jueves, 3 de septiembre de 2026

Orfeón Universitario UCV:

50 años cantando sobre las nubes

José Antonio Furiati Manganelli




Allá en lo azul los lirios

ornan alcázares de ensueño

arpas de estrellas

melodizan los ritmos

y teorías de mil auroras

van cantando sobre las nubes

su fresca juventud

Cántico – Vicente E. Sojo

 

Tranquilos transcurrían los días de aquel verano, —fines de agosto e inicios de septiembre—, en 1976. Estaba a punto de concluir el más largo periplo que aquella pareja hubiese podido concebir. Es decir, Violeta y este servidor vivíamos entonces la culminación de un fabuloso tour planificado mes y medio atrás a partir de itinerarios y recomendaciones brindadas por familiares y amigos conocedores de estas 30 ciudades europeas visitadas.

Todas ellas urbes a las que pudimos recorrer por vía terrestre, gracias a la majestuosa nave de “Manu”, un ómnibus muy particular como su conductor. Aquel que proyectaba la viva estampa de un gallardo y rubio alemán, pero que en realidad era catalán y quien fue desde el inicio un inseparable compañero de destinos, incluyendo su “Ciutat Comtal”. Sí Barcelona, la misma donde hoy Violeta y yo residimos.

Tras algunos paseos finales, arribamos al hotel aquel 04 de septiembre a retirar el equipaje grueso dejado allí para aligerar el recorrido, pernoctar y volar al día siguiente hacia Caracas. Al ingresar junto a mi esposa, el encargado del lobby añadió a su saludo la frase: “sentido pésame, señor”. Atónitos conocimos entonces que el día anterior (viernes 03) se había estrellado un avión militar modelo Hércules C-130 procedente de mi país sin sobrevivientes. Entre sus 68 víctimas se encontraban los integrantes del Orfeón de la Universidad Central de Venezuela y su director, el Maestro Vinicio Adames. Un episodio fatal de nuestra historia contemporánea que se conocería como la Tragedia de Las Azores, pues aconteció justo en Terceira, una de las islas del archipiélago portugués, la madrugada de ese 03 de septiembre de 1976.

El impacto fue doble al tratarse de la agrupación coral representante de mi Alma Mater, pero además al confirmar que entre sus víctimas se encontraba mi amigo y paisano Vinicio. Aún conmocionado salí a la esquina a comprar el diario La Vanguardia y allí encontré unas declaraciones de Raúl Delgado Estéves, entonces director invitado de la agrupación, quien milagrosamente viajó antes para resolver asuntos de logística de la gira europea que traería a la agrupación coral por primera vez al Viejo Continente.

A mi abrumada mente vinieron recuerdos de nuestra natal Barquisimeto, la reconocida Capital Musical de Venezuela, donde Adames inició su carrera en el canto que luego le llevaría a las filas de los tenores del orfeón ucevista. Los más jóvenes le admirábamos y buscábamos imitarle en rondallas que armábamos en la esquina del Teatro Florida. Serenatas amateur a las cuales de tanto en tanto se incorporaba su hermano, Alí Adames.

El mortal accidente del turbo-avión estuvo rodeado de toda clase de eventos contradictorios, que son reseñados en detalle en la investigación del musicólogo Eleazar Torres:

… “el aeropuerto de Lajes, en Terceira, siendo una base militar estadounidense, no tenía iluminación en ese momento. Además, en la torre de control no estaba el personal profesional capacitado, sino un asistente que no pudo ofrecer mayor ayuda al piloto, .... Adicionalmente, el radar no estaba funcionando. Ante todas estas adversidades, sólo un milagro hubiese hecho falta para que esta tragedia no hubiese ocurrido” (Torres Rodríguez, 2023).

Más allá de haber sido testigos involuntarios de cómo los españoles y el mundo recibieron la infausta noticia sobre la única agrupación latinoamericana que haría parte del XII Festival Internacional del Canto Coral de Barcelona, queremos con estas líneas, escritas 50 años después, realizar un vívido tributo a esa gran comunidad de voces venezolanas que siempre pusieron en alto a su valiosa institución.

Y para ello también vale la pena reproducir las palabras de aliento brindadas al maestro Raúl Delgado Estéves por sus colegas organizadores de aquel cónclave catalán dispuesto a reunir lo más excelso del arte coral mundial:

“Hermanos cantores de la Universidad Central de Venezuela. Con ilusión de niños, veníais a traer vuestras bellas canciones (…) Parece que el mismo Dios en sus misterios e insoldables planes ha preferido para vosotros otro escenario mejor. Ha querido llevaros a su lado, para que cantéis eternamente en el Gran Festival del Cielo. Nosotros os ofrecemos desde la tierra todas las canciones de XII Festival Internacional de Canto Coral. Las vamos a cantar mirando vuestra bandera donde queda un gran espacio vacío, un gran hueco sin llenar. Y nos vamos a quedar en silencio tratando de escuchar en nuestro corazón la gran canción de vuestra muerte” (Márquez, 2019).

Y así aconteció pues durante todas las jornadas musicales en las que estuvo previsto la participación del Orfeón Universitario (Patrimonio Artístico de Venezuela), a lo largo de los cinco días del encuentro, sus almas fueron honradas enarbolando nuestra bandera tricolor en aquellas tribunas donde sus cánticos resonarían. Como esperamos también en 2027 se escuchen las voces del hoy renovado Orfeón UCV en la edición 62° del Festival Internacional que acoge nuestra Barcelona sonora.

 

¡PAZ A LOS 52 MÁRTIRES!

Referencias

Márquez, A. P. (30 de 05 de 2019). Raúl Delgado, el sobreviente de Las AZores. Obtenido de guatacanights.com: https://www.guatacanights.com/noticias/2019-5-30-ral-delgado-el-sobreviviente-de-las-azores

Torres Rodríguez, E. (01 de 08 de 2023). Ofeón Universitario ´76: Su voz sigue sonando. Obtenido de documental.cusibglobal.org: https://documental.cusibglobal.org/wp-content/uploads/2023/08/ORFEON_UNIVERSITARIO_76_SU_VOZ_SE_SIGUE.pdf

 

 

Sobre narcoestética David De los Reyes

 Sobre narcoestética

David De los Reyes


Territorios ocres y verdes vegetales
RSV/DDLR2024

                                                                       La narco-estética no es mal gusto, es otra estética, la del nuevo riquismo prometido por el capitalismo.

Omar Rincón. Narcocolombia 

¿Por qué hablar de una estética de la extravagancia? Es el término como ase han referido a los gustos y maneras, costumbres y posesiones que se encuentran dentro de este ambiente de prosperidad ilícita.  La cualidad de llamar la atención y el reconocimiento ante los demás a partir de ser, en el conjunto de su vida, llamativo, poseer de lujos, ser poseedor de lo que está fuera de lo común de las personas y tener gastos exorbitantes, que se muestran como inusuales y exagerados. Propio de ellos fue gastar constantemente en finas vestimentas demarca, en accesorios de lujo y de una serie de detalles sofisticados que aspiran tener, por lo llamativo de sus vidas, la distinción social con la cual aspiran ser reconocidos. Se piensa tener un estilo y personalidad original, pero también puede verse como un derroche innecesario y formas de ostentación.

Esta estética de la extravagancia, si bien se muestra como una condición de exageración y un destacarse por el llamar la atención, poseer lujos inusuales en torno a lo que les rodea.  Con ella se persigue, directa o indirectamente, en mostrar signos de la riqueza adquirida, esgrimiendo una persistente opulencia. Presente en los objetos que visten y con los que conviven, que van de los vestidos, diseños caros de firma, joyas finas de oro y piedras preciosas, como también en la elección de la decoración que habita. Lo llamativo de esto nos muestra su uso de los tonos de colores intensos y brillantes, siempre alusivos a dorados, plateados, el púrpura, el rojo y el azul real. A esto se incluirán encajes y bordados de tamaño exagerado. Colores y detalles que despiertan una sensación de lujo.

No menos en el tipo de construcciones en que habitan, que se destacarán por su tamaño y proporciones exagerados. Además de lo excesivo en los elementos y detalles que combinan de forma exagerada, una manera inusual para crear una apariencia de soberbia, posesión y exhibición de riqueza. Proporcionando una expresión personal audaz y segura que los hace destacar, buscando ser diferentes y únicos en su expresión y posesiones personales.

Luego se darán cuenta que más que mostrarse bajo el teatro de lo excesivo, se buscara cierta simplicidad y austeridad en sus modos de vida, como el no llamar la atención, de modo pasar desapercibidos en cualquier ambiente en que se encontrasen.

Bajo estas premisas surge toda una estética del narcotráfico suramericano, siendo, en primera instancia, una representación visual y cultural de lo exagerado que se dará en diferentes plataformas artísticas en tanto tema a descifrar, no menos que la música con el género del narcocorrido, como ha sido su presencia en la literatura, en el cine y en otros medios de comunicación. Se busca mostrar en la percepción de esta estética latinoamericana un glamour y una ostentación, pero que no deja de enseñar sus rasgos de peligrosidad de la condición del narcotraficante; vidas de lujos que algunos llevan, pero que también termina delatándolos.

Por otra parte, encontramos que glorificación social dentro de determinados estamentos llevan a que emerja como un santo carismático que convierten, al capo, en un Santo para una iglesia tribal dentro del submundo en consenso emocional de intereses individuales y de grupo. Son prácticamente transliterados casi en una deidad pagana que le sirve de vector referencial para muchos miembros de una población marginal. Y para el movimiento musical industrial de las expresiones del narcocorrido vienen a ser intermediarios, mediadores que proveen una constelación de significados, notas, hechos, acciones que alimentan esta estética de lo narco-tribal.

Por esto último se puede hablar de su condición de actividad ilegal y arriesgada, esta fascinación estética de este narco glamur del exceso, no deja de ser una influencia dañina y peligrosa por todas las implicaciones que emergen en la sociedad.

Así lo ha visto el investigador y periodista colombiano Omar Rincón, al referir que lo narco no es sólo un tráfico y un negocio; sus actividades no dejan intactas a los gustos comunes y populares donde se instalan. Una estética que va a imbricarse y tejerse cerradamente con la historia de Colombia (como antes lo ha hecho con México). El narcotráfico ha construido su propio mundo, y han instaurado sus propios valores en todos los entornos en que se han aposentado sus actividades. Sus manifestaciones están presentes en la música, en el lenguaje (jergas comunes), programas y series de televisión, filmes, literatura y arquitectura. El referido Rincón es de los que habló de una narcoestética ostentosa, exagerada, grandilocuente, que se distingue por la adquisición de autos caros, siliconas y fincas, junto a la atracción de mujeres hermosas que se visualizan mezclándose con la virgen y la madre. Este escritor no las define como de mal gusto, si no que surge del mismo gusto de la idiosincrasia y cultura popular del colombiano.  Al venir de comunidades desposeídas que sacan la cabeza a la modernidad, se encuentra que con el dinero les cambia sus posibilidades y posesiones de existir en el mundo[1].

Respecto a lo narco. Los capos son tratados por los narcorridos a través de construir un mito, se convierten en figuras míticas.  Se convierten en tipos sociales que permiten la aparición de una estética afectiva común que vendrá a servir de receptáculo a la expresión de un nosotros común sostenido por la presencia de la pieza musical en la memoria de esta sociabilidad tribal.

La narcoestética, como bien ha dicho Omar Rincón, se comprende desde una óptica moralista (de clase), o exhibicionista (por los artistas) o como problema cultural (por los académicos) o como pecado nacional (por los políticos). Pienso que se debe primero comprender como una realidad que produce un gran excedente de capital y un beneficio inmediato para aquellos que participan en él. Pero, sobre todo, sin dejar de apreciarlo como una realidad cultural que, guste o no guste, que tengan buen o mal gusto estético, no deja de crear un cerco seductor que entibia su rechazo y atrae con su introyección presencial en todos los ámbitos de la cultura contemporánea latinoamericana. Se crea toda una mitología entorno al narco y su organización muy asociada a la antigua condición romántica y atractiva del mito del hampa, propia de lo señalado como la musa del hampa.

Este estudioso del fenómeno, el periodista Rincón, advierte que el gusto narco es el gusto del capitalismo en su mejor condición. Es un pase para la valoración de la vida a través del fetichismo del dinero, del hiperconsumo y toda una moral del narco arriesgado dentro del dominio de un mercado ilegal. Es buena parte de la consciencia del capitalismo regional que impone una antiética y cultura del exceso, de la fuerza, del terror y del crimen. Y advierte que el narco no es un solo país, como pudiera ser el caso de Colombia, ¡por supuesto que no! Pero el capitalismo requiere de la aceptación y la apertura de sus mercados y su producción para adentrarse en cualquier territorio. De esta forma podemos comprender que desde esta óptica que el capital no tiene nacionalidad, y su entramado surge dentro de los mismos valores y símbolos que nos han permeado a nuestro ser en tanto existentes en una época narco.

El paradigma narcoestético viene a experimentarse y sentir en tanto comunión de la persona en la medida que sólo vale en cuanto se relaciona con los demás imponiendo se condición de permitirse existir en el espíritu de los demás. No es una estética que se construye contractualmente, al estar asociado con otros individuos, sino que nos adentramos en ella en la medida que participamos de al exhibir y prodigar todo o que incluye su entorno de exceso, es aceptar el mito narco, junto a sus implicaciones jerárquicas de poder. Es la entrada de una buena estratificación del hombre del pueblo en el juego del capitalismo, primero regional, luego nacional y últimamente global. Es la muestra de una épica epocal del ideal individualista intrínseco al capitalista del hombre hecho a sí mismo, el corrido por los territorios del peligro en las siete leguas del mundo. Y con el narcocorrido puede el narco sentir la plena satisfacción de su postura ante el mundo. Revela su aventura y riesgo, la épica vivida a través de todo medio posible, es decir, primeramente, en su entorno inmediato donde habita, pero sobre todo por los medios que expande su condición a una velocidad inmediata en la medida que se producen los hechos para su reconocimiento social: en las redes digitales, en la música como sabemos, y también en la arquitectura, las fiestas y el hiperconsumo de lujo, gustos con los que se identifica plenamente.

Visto en una dimensión macro regional observamos una condición afirmativa de todo este tejido que construye el negocio del narcotráfico latinoamericano. Este infernal negocio nos presenta una cualidad positiva en su instalación a nivel global. Es una industria que puede casi afirmarse que es la mejor y más cuidad organización integral regional e internacional. A partir de unos países productores y distribuidores (Colombia, Perú, México, Bolivia) que son la cabeza de exportación por donde circulan sus productos (países de Centroamérica y ahora también Ecuador), por otros circulan para su venta y consumo (como Estados Unidos Europa, principalmente España, Francia e Italia, entre otros como mercados prioritarios), que satisfacen una alta demanda de esos productos en los países desarrollados del norte, pero que en el reparto de las ganancias, a la final ganan, quienes realmente se lucran son pocos. Una situación que no busca legalizar tal comercio pues el gran negocio es mantenerlo en el marco de la ilegalidad, entre las sombras de la realidad.  Empresa que vendrá a finalmente invertir en ciencia y tecnología para sus fines. Organización que crea una extensa ccultura de consumo que moviliza a la economía formal actuando por detrás de las bambalinas. Todo ello pudiera ser un conjunto de elementos para que expertos en comercio mundial lo estudien en tanto buna práctica imitar para una mejor y exitosa integración latinoamericana y su presencia a escala de mercados y globalización, y adentrarse en el sueño mundial de nuestra condición del sueño capitalista, centrando al mundo como un único mercado. Visto así, hasta ahora en nuestros territorios nadie viaja e integra mejor que lo narco y los narcos.

Podemos afirmar entonces que es importante reconocer al narcocorrido como la expresión de una población, de una situación, de una realidad presente para nada ausente es adentrarnos a mirar en el espejo del alma de los hombres que forman parte de un drama internacional y, ahora, nacional. En los años 70 del siglo pasado, se cantaban canciones que reivindicaban la opción de un cambio social ante las injusticias crecientes en un mundo que se basa, buena parte de él, en el pillaje sistemático. Tales temas estuvieron prohibidos en muchos medios y en espacios culturales y público de todo tipo. El estatus quería ocultar lo que expresaban las letras de esas canciones. Los narcocorridos en las naciones epicentro de esas multinacionales del tráfico de estupefacientes también siguen sufriendo las mismas consecuencias de tales cantos de denuncia, información, gestas, épicas y modos de esa cultura narco. Convirtiéndose en un drama no sólo nacional sino internacional para las naciones. Aunque los temas y la música del narcocorrido tengan una factura popular y kitsch, ramplona y burda, cumplen con una estética realista en contar y narrar lo que para muchos viene a ser un núcleo de identidad tribal de vida. Moralmente se pueden objetar y mantener su censura, pero pienso que hay que escucharlas porque nos están mostrando una parte de la realidad con la que debemos compartir todos los días, sin una respuesta certera a ese drama de la perpetua violencia urbana en nuestro efímero presente.

Estas propuestas vendrán a sonar simultáneamente con las que encontramos en el grupo de investigadores de Narco.Colombia,  que buscan son sus proyectos de instalación y obras artísticas cuestionadoras, el inducir a una especia de catarsis al revelar para los que estamos conscientes de esta realidad social, nuestra alma narco, vislumbrando, desde un prisma estético y ético, que sí hay un gusto narco que se imbrica y extiendo el mismo que aporta internamente el espíritu capitalista, pero no menos también el que encontramos dentro de los regímenes del  capitalismo salvaje de los socialismos del siglo XXI latinoamericano.

   

 



[1] De esta forma afirma Rincón que: “Trump, Bolsonaro, Bukele, Berlusconi, Uribe, Chávez, Zuckerberg, Bezos, Maluma y siga listando… No son narcos, pero habitan los valores de la narco-cultura y expresan en sí mismos y en sus modos de actuar la narco-estética. No es la estética colombiana, es la del capitalismo”. Pudiéramos añadir a Daniel Ortega, Nicolas Maduro y su corte, como también al isleño tropical del Caribe Miguel Díaz Canel. Sin olvidarnos incorporar al más representativo de todos, el mexicano Andrés Manuel López Obrador, alias AMLO. Ver Omar Rincón: Narco.estética y narco. cultura en narco.colombia. Rev. Nueva Sociedad. Nº 222, julio-agosto 2009. Ver en: https://nuso.org/articulo/narcoestetica-y-narcocultura-en-narcolombia/ Visitado el 18 de septiembre de 2023. 

domingo, 16 de agosto de 2026

Las cárceles del poder y la geología del miedo: notas sobre Venezuela

Redes Sociales Vegetales/ DDLR2026, agosto

Hay países que producen instituciones y hay países que, con el tiempo, terminan produciendo síntomas. Venezuela puede leerse hoy desde esta segunda perspectiva. No porque haya dejado de ser una nación, un territorio o un sistema político, sino porque su historia reciente ha convertido esas dimensiones en el escenario visible de algo más profundo: una determinada forma de organizar los cuerpos, administrar los afectos y delimitar aquello que una sociedad puede imaginar como posible.

La reciente liberación de más de 130 presos políticos constituye un acontecimiento que no debería interpretarse únicamente como un gesto humanitario ni como una victoria diplomática. Ambas lecturas son posibles, pero resultan insuficientes. Cuando un régimen libera cuerpos que previamente ha privado de libertad, la libertad misma aparece inscrita dentro de una relación de poder. El cuerpo liberado no deja de ser, por ello, un cuerpo que ha sido convertido previamente en objeto de decisión, castigo y negociación.

Aquí aparece una paradoja fundamental: el preso político es capturado precisamente porque no ha podido ser completamente capturado. Su encarcelamiento revela el fracaso de la maquinaria para absorber aquello que considera intolerable. El Estado puede confinar un cuerpo, someterlo, aislarlo y convertirlo en expediente judicial; pero no necesariamente puede eliminar aquello que ese cuerpo representa. La prisión intenta transformar la disidencia en silencio, pero con frecuencia termina produciendo memoria.

Desde esta perspectiva, el poder no debe pensarse únicamente como una instancia central que prohíbe y castiga. Es también una red de fuerzas que atraviesa los cuerpos, organiza los comportamientos y establece los límites de lo pensable. No se trata solamente de impedir que alguien haga algo, sino de producir un campo en el que determinadas acciones aparezcan como peligrosas, imposibles o demasiado costosas.

Las denuncias de torturas, desapariciones forzadas, tratos crueles y procesos judiciales arbitrarios deben entenderse desde esta perspectiva. No constituyen únicamente episodios de violencia institucional. Forman parte de una tecnología del miedo. El objetivo último del castigo no reside solamente en quien lo padece. También alcanza a quienes observan. El cuerpo torturado se convierte entonces en un mensaje dirigido a una comunidad entera: esto es lo que puede ocurrir si atraviesas determinado límite.

El miedo funciona así como una infraestructura política. No necesita estar presente en todas partes porque puede ser anticipado. Basta con que los ciudadanos sepan que existe la posibilidad del castigo para que comiencen a regular sus propias conductas. El poder alcanza entonces una forma particularmente eficaz: aquella en la que ya no necesita intervenir permanentemente porque los individuos han incorporado la posibilidad de su intervención.

La cárcel deja de ser, en este sentido, un espacio aislado. Su verdadera extensión se encuentra fuera de sus muros. Se prolonga en la familia que teme hablar, en el ciudadano que mide sus palabras, en quien evita determinadas conversaciones, en quien sabe que la crítica puede tener consecuencias. La prisión física se transforma en una geografía mental.

Pero toda máquina de captura encuentra aquello que no puede capturar completamente.

Esta es quizá una de las claves filosóficas para comprender la experiencia venezolana. El poder puede intentar inmovilizar los cuerpos, pero la vida social continúa produciendo desplazamientos, memorias, relaciones y formas de resistencia que desbordan las estructuras que pretenden contenerlas. La tortura busca destruir la palabra; el testimonio vuelve a producirla. El encarcelamiento busca aislar; la memoria establece conexiones. La censura busca impedir la circulación de un acontecimiento; el relato encuentra otros circuitos.

Por eso quienes recuperan su libertad no abandonan simplemente una prisión. Salen de un dispositivo que pretendía convertir su existencia en una demostración de fuerza estatal. Y cuando hablan, cuando reconstruyen lo ocurrido, cuando sus historias circulan, el significado de aquella prisión comienza a desplazarse. Lo que pretendía funcionar como instrumento de silenciamiento puede convertirse en archivo del poder.

Los casos de María Auxiliadora Delgado, Yanín Pernía y Emirlendris Benítez adquieren así una dimensión que excede sus historias individuales. Sus experiencias permiten observar cómo el poder puede inscribirse directamente sobre los cuerpos. La tortura no es únicamente una agresión física: es un intento de producir una subjetividad sometida, de hacer sentir al individuo que su cuerpo ya no le pertenece completamente.

El cuerpo se convierte entonces en el primer territorio político.

Y precisamente porque el cuerpo es ese territorio, también puede convertirse en el lugar de la resistencia. Resistir no significa necesariamente vencer. A veces significa simplemente conservar la capacidad de recordar, de narrar, de establecer una diferencia entre lo que el poder afirma y lo que realmente ocurrió.

La dimensión internacional de las recientes liberaciones introduce, además, otra paradoja. El poder venezolano parece moverse entre dos espacios simultáneos: la clausura interior y la negociación exterior. Hacia adentro, control; hacia afuera, intercambio. Esta doble lógica permite comprender por qué los presos políticos pueden convertirse en objetos de negociación internacional.

La libertad aparece entonces atrapada dentro de una economía política del intercambio. No se trata necesariamente de que la vida humana carezca de valor, sino de que el régimen convierte ese valor en una variable negociable dentro de relaciones de fuerza más amplias. Los cuerpos encarcelados adquieren un valor diplomático precisamente porque han sido previamente despojados de su libertad.

La paradoja es brutal: aquello que debería pertenecer al ámbito de los derechos fundamentales termina funcionando como ficha dentro de un tablero geopolítico.

Sin embargo, sería demasiado sencillo reducir el problema venezolano a la figura de un gobernante determinado o incluso exclusivamente a una corriente política. El fenómeno posee raíces históricas más profundas. América Latina ha conocido reiteradamente la tentación de imaginar al Estado como redentor, como instancia capaz de resolver desde arriba las contradicciones sociales. El problema aparece cuando esa promesa de emancipación comienza a exigir una identidad política única.

En ese momento la política corre el riesgo de transformarse en teología. El adversario deja de ser alguien con quien se disputa el poder y se convierte en una figura moralmente ilegítima. La discrepancia deja de ser desacuerdo y comienza a ser interpretada como traición. La crítica deja de ser una condición de la vida democrática y pasa a ser presentada como una amenaza contra la comunidad.

La revolución, cuando se transforma en régimen, enfrenta entonces una contradicción que le es difícil resolver: aquello que nació bajo la promesa de liberar puede terminar necesitando mecanismos de captura para conservarse.

Esta contradicción constituye uno de los problemas centrales de la experiencia venezolana. ¿Qué ocurre cuando el Estado pretende ocupar progresivamente los espacios de la vida social? ¿Qué sucede cuando la diferencia política deja de ser considerada una dimensión legítima de la sociedad y comienza a ser tratada como una anomalía que debe ser corregida?

La respuesta no está solamente en los discursos oficiales. Está también en las cárceles.

Porque allí se hace visible la dimensión material del poder. Allí donde una determinada concepción política aspira a convertirse en totalidad, el cuerpo se convierte en el lugar donde esa totalidad encuentra resistencia. El cuerpo detenido, torturado o silenciado es, paradójicamente, la evidencia de que existe algo que el poder todavía necesita someter.

Y aquello que necesita ser sometido revela que todavía no ha sido completamente conquistado.

Por eso las historias de los presos políticos poseen una importancia que excede la denuncia de casos particulares. Son documentos de una lucha por definir qué significa ser sujeto político en una sociedad determinada. Cada testimonio introduce una fisura en el relato que pretende presentar al poder como totalidad coherente. Cada memoria individual puede convertirse en una forma de resistencia frente al olvido institucional.

Desde una perspectiva deleuziana, podríamos decir que allí donde existe una estructura de captura existen también posibilidades de fuga. Pero una línea de fuga no debe confundirse con una salida inmediata ni con una promesa de liberación. No es necesariamente un camino hacia la victoria. Es, más modestamente, aquello que impide que el sistema cierre completamente el campo de lo posible.

Venezuela se encuentra precisamente en esa tensión: entre una maquinaria política que intenta fijar los límites de lo posible y una sociedad que, pese a todo, continúa produciendo memoria, lenguaje, vínculos y formas de resistencia.

Las recientes excarcelaciones no anuncian necesariamente una democratización. Tampoco significan el final del conflicto. Sería ingenuo convertirlas en una narrativa de redención. Pero tampoco deberían reducirse a una simple operación diplomática. Son un acontecimiento ambiguo: revelan simultáneamente la capacidad del poder para disponer de la libertad de otros y la imposibilidad de mantener indefinidamente oculto aquello que esa misma disposición produce.

Quizá ahí reside la verdadera dimensión política del acontecimiento. 

Porque una prisión puede encerrar un cuerpo, pero no controla necesariamente la memoria que ese cuerpo produce. Puede silenciar una voz, pero no determina todos los lugares desde los cuales esa voz volverá a escucharse. Puede intentar detener un acontecimiento, pero no tiene la garantía de controlar sus efectos.ñ

Toda prisión encierra cuerpos.

El problema para el poder comienza cuando esos cuerpos, una vez liberados, llevan consigo la memoria de aquello que ocurrió dentro.

Y es entonces cuando la cárcel deja de ser solamente un lugar de encierro y se convierte en una pregunta abierta sobre los límites del poder

jueves, 13 de agosto de 2026

                                     Lo lúdico en la música en 

                        Kant, Schiller y Hegel


                          David De los Reyes


Redes Sociales Vegetales, Serie Fungus Truncus. DDLR/2026

 

Lo lúdico en la música lo encontramos tanto en su aprendizaje como en su interpretación, pero no menos en el escucha atenta. La música se presta para realizar juegos físicos (danza, p.ej), e intelectuales (composiciones e interpretación, p.ej), como también en su interpretación abierta a la improvisación libre o controlada, y esto nos lleva a adentrarnos en este arte bien como intérprete o como escucha participante.

Para el crítico francés Roger Caillois el juego es una conducta básica humana, ontológica pudiéramos afirmar. Y la música nos lleva a un espectro metafísico de la existencia, superando la realidad al agregar el sentido lúdico en nuestras grises vidas. “El juego es una actividad libre, separada de la vida cotidiana, que permite la expresión de la creatividad humana”[1]. Concibiendo la música como un juego sonoro, su sentido lúdico nos lleva a explorar nuevas ideas y formas de expresión, propiciando el riesgo de la aventura estética y creativa, que se evidencia en la improvisación musical, en la interpretación personal y en la simple escucha de una obra, donde navegamos por territorios subjetivos alternativos, creados en un preciso momento irrepetible. Bajo este señalamiento anterior podemos adentrarnos en un abordaje dentro de la filosofía del idealismo alemán y reflexionar en la concepción de lo lúdico en la música en el vasto campo de la estética moderna de Kant, Schiller y Hegel.

Como bien se ha repetido, la visión del arte kantiano se centra en los parámetros del idealismo alemán donde la estética se estructura a partir del placer de lo bello, entendiendo que tal agrado o contemplación no nace por la utilidad del objeto sino de un estado mental/emocional específico, donde surge un libre juego (Freies Spiel) entre la imaginación y el entendimiento. La experiencia estética no se cierra en los conceptos o en los juicios universales. Aquí nos desprendemos del concepto para dejar que la imaginación juegue con la forma del dispositivo artístico, para que el entendimiento nos organice internamente las percepciones en tanto sentimiento de placer desinteresado[2].

Esto nos permite adentrarnos en la apreciación de la música para Kant al afirmar que ella es, quizás, la expresión más pura de este libre juego del espectro sonoro que no representa a un objeto fijo (como una pintura, por. ej.), sino que la música nos permite volar sin límites en nuestra emoción. ¿Qué encontramos en la música bajo este entorno de la modernidad ilustrada? Varias afirmaciones: la música (la instrumental especialmente), no dice nada en concreto, la música se vive en ausencia de conceptos. Nos lleva a buscar un orden lúdico en el caos de los sonidos. Creando una tensión y una resolución que es cómo el compositor juega con el oyente. Se conforma lo que Kant sugiere como un juego de emociones, de una presencia vibrátil que no requiere palabras, es un libre juego de los sonidos dentro de la forma temporal en que se integra su manifestación.

La música tiene como condición que la escuchamos no precisamente para aprender algo, si no, sobre todo, que nuestras facultades emocionales se adentren en una vibrátil danza temporal sonora. Lo lúdico no es frivolidad, sino esencia misma de la libertad humana: es la intrínseca búsqueda ontológica del ser humano de recrear y construir orden y belleza en el sonido por el puro placer de sentirnos reconciliados y unificados por la más metafísica de las artes, al decir de otro filósofo alemán, Schopenhauer.  

“El arte bello es el arte de la génesis de lo bello, en cuanto que produce un libre juego de las facultades del ánimo”[3], nos afirma Kant. Ante tal proposición pudiéramos agregar otras opciones posibles respecto a ese libre juego.  En nuestro presente esta relación entre lo bello y el juego al que se refiere Kant estaría trasladada a que la obra musical, sin dejar de poseer la cualidad de algo bello para el escucha (¡y para el intérprete o el compositor, en tanto placer vivido!), encontramos que la génesis de la afectación estética lúdica estaría en que aviva el juego de las facultades no sólo del ánimo, y la tensión emocional que pueda provocar, sino también la incursión de la imaginación en la construcción de la experiencia lúdica estética. Lo lúdico despierta un simple juego de las emociones y de la imaginación, más allá de presentarse como objeto bello. Lo bello, pareciera ser, como un estadio contemplativo del espectador, de una representación que nos lleva a conservar una univocidad de apreciación sin fin y más allá del placer. En la experiencia lúdica nos enfrentamos que no sólo es contemplación sino participación, una intensidad que escapa más allá de la representación usual de la visión tradicional del arte. Como bien nos dice sus palabras respecto a su apreciación del arte musical: “La música juega con las sensaciones del oído en el tiempo, como la pintura con las del ojo en el espacio”.[4]  Esto nos muestra su carácter eminentemente lúdico: la música no transmite conceptos o representaciones, sino que organiza el tiempo en vibraciones sonoras que despiertan directamente el sentimiento. La música, bajo esta observación kantiana, lleva a ser apreciada como una manifestación artística que no trasmite conceptos, sino que su finalidad está dirigida a organizar el tiempo en vibraciones sonoras que deslumbran a nuestros sentimientos. En el parágrafo §53 de su Crítica del Juicio añade: “La música, aunque carece de concepto, despierta en el ánimo un libre juego de sensaciones que, por sí mismas, producen placer”[5]. Entrando en una zona entre lo bello y lo agradable, actualizando su carácter lúdico en su condición ontológica. No buscamos significados, nos arrastra dentro de su cortina de vibraciones que se extienden en la temporalidad del sonido, cuyo movimiento sin finalidad es activar la imaginación y la sensación.

En Schiller y en Hegel nos encontramos con una ampliación de esta visión kantiana de lo lúdico. Entramos en el terreno de la libertad estética y en la expresión de la interioridad del alma. Para el primero, como buen representante de la filosofía del idealismo alemán, en sus Cartas sobre la educación del hombre, radicaliza la propuesta kantiana al presentar al impulso del juego (Spiltrieb) en el arte en tanto impulso sensible e impulso formal. Esto es lo requerido para este autor para que aparezca el juego en tanto condición de la posibilidad de la libertad estética, al conducir la obra, gracias a la obra música –en este caso particular- a experimentarse como un ser que se posee como una totalidad reconciliada, al no orientarse lo lúdico musical sino hacia una manifestación pura que encontramos en el impulso del juego, lejos de buscar o llegar a una utilidad o a un conocimiento. Sino una emocionalidad libre que reconcilia el ser con su presente temporal dentro de sí.

Hegel, en sus Lecciones de Estética, nos aparta hacia un campo más sombreado, pues la dinámica de la música nos vincula con nuestra interioridad más subjetiva que, en lenguaje hegeliano, está referido el movimiento del alma o espíritu subjetivo. Advierte, equívocamente, que la música no posee una objetividad conceptual, no llega a comprender que su objetividad conceptual está en la partitura, en la existencia de la obra escrita. Sin embargo, señala que la música tendrá la finalidad de expresar nuestra vida interior a través de su forma sonora, convirtiéndolo en un arte de transición entre lo sensible y lo espiritual.

En estos tres pensadores alemanes podemos comprender que, en Kant, la música no representa conceptos y por ello tiene un espacio privilegiado en el libre juego de la libertad estética subjetiva, individual. Aparece lo lúdico en la música al no obligar a la mente en fijarse en un objeto material determinado, sino permitir que oscile nuestra sensibilidad en el puro movimiento de su sonido, lo cual vendría a ser, desde este intervalo del clasicismo moderno filosófico, la esencia del juicio del gusto. Luego en Schiller esto se eleva a un principio antropológico: lo lúdico estético como la opción de experimentar la libertad de la reconciliación del ser con el mundo. Y Hegel termina refiriendo que el arte musical encarna la idea de una belleza que pregona y nos muestra una libertad subjetiva del alma, en tanto experiencia como juego. Con ello hemos intentado acercarnos al terreno estético de tres pensadores que, entre el bosque filosófico de sus obras, podemos tallar un puente que vincula al arte musical con el sentido lúdico que la constituye tanto en sus elementos ontológicos como en su experiencia estética.


Notas: 

[1] Caillois, Roger. Los juegos y los hombres. Ediciones Siglo XXI, 1979.

[2] Es lo afirmado en el parágrafo §9 del capítulo Del juicio de gusto “El placer que proporciona lo bello surge del libre juego de la imaginación y el entendimiento.”.  Kant, Crítica del Juicio p115.

[3] Ídem 163

[4] Ídem p. 285.

[5] Ídem p.293

 

Bibliografía

Cassirer, Ernst. Kant, vida y doctrina. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

Caillois, Roger. Los juegos del hombre.  Ediciones Siglo XXI, 1979.

Fubini, Enrico. La estética musical desde la Antigüedad hasta el siglo XX. Madrid: Alianza Editorial, 2001.

Hegel, G. W. F. Lecciones sobre la estética. Madrid: Akal, 2007.

Kant, Immanuel. Crítica del Juicio. Trad. Manuel García Morente. Buenos Aires: Losada, 2003.

Schiller, Friedrich. Cartas sobre la educación estética del hombre. Madrid: Alianza Editorial, 1990.

Schiller, Friedrich. Kallias: Cartas sobre la educación estética del hombre. Barcelona: Anthropos, 1990.




lunes, 20 de julio de 2026

 

¿Qué es la participación estética?

Arnold Berleant


Redes Sociales Vegetales, julio 2026 - @ddlr2025 


Los desarrollos en las artes asociados con el modernismo comenzaron en la última parte del siglo XIX con el Impresionismo y el Postimpresionismo. A estos movimientos les siguió una sucesión de innovaciones estilísticas que alcanzaron su punto culminante en la segunda mitad del siglo XX. En las décadas de 1960 y 1970 surgió una proliferación de prácticas artísticas que traspasaron los límites convencionales. Las prácticas innovadoras dieron lugar a nuevas características perceptivas en las artes: escaparon del marco del lienzo y se proyectaron fuera de su superficie plana, descendieron desde el escenario del proscenio hacia el público, y se produjeron otras modificaciones de la experiencia apreciativa que descartaron la separación tradicional entre audiencia y objeto artístico. No solo las artes incorporaron nuevos materiales y prácticas; también se abrieron a materias temáticas sorprendentes. Todas las artes comenzaron a irrumpir en el espacio antaño seguro del espectador exigiendo una implicación activa en el proceso de apreciación. La participación del público se volvió manifiesta y necesaria para la realización de la obra, no solo en las artes visuales sino en el teatro, la ficción, la escultura y otras formas artísticas. La separación tradicional entre la experiencia artística contemplativa y aislada y el mundo de la experiencia ordinaria fue deliberadamente vulnerada.

La estética se encontró en un aprieto y, por un tiempo, se obsesionó con el problema de definir el arte que había excedido con mucho sus límites acostumbrados. Además, las maneras tradicionales de caracterizar la experiencia apreciativa, en particular una actitud contemplativa y distanciada unida al desinterés kantiano, parecían inapropiadas e irrelevantes para el mundo del arte que había emergido. Fue en este contexto que la atención comenzó a desplazarse, para algunos teóricos, desde un enfoque en el objeto artístico —que pasó a denominarse con el término asumido «obra de arte»— hacia la experiencia apreciativa del arte. En una serie de artículos y libros iniciados a mediados de la década de 1960, el filósofo estadounidense Arnold Berleant comenzó a desarrollar una explicación teórica que pudiera acomodar estos desafiantes desarrollos en las artes contemporáneas. El concepto central que emergió en esta indagación fue la idea de «engagement», más tarde especificada como «participación estética». La participación estética se convirtió en el concepto central de una estética que surgió como alternativa al desinterés estético que era central en la teoría estética tradicional.

La participación estética rechaza el dualismo inherente a las explicaciones tradicionales de la apreciación estética y epitomizado en la estética kantiana, que trata la experiencia estética como la apreciación subjetiva de un objeto bello. En cambio, la participación estética enfatiza el carácter holístico y contextual de la apreciación estética. La participación estética implica una participación activa en el proceso apreciativo, a veces mediante acción física manifiesta pero siempre mediante una implicación perceptiva creativa. La participación estética también devuelve la estética a sus orígenes etimológicos al subrayar la primacía de la percepción sensorial, de la experiencia sensible. La percepción misma se reconfigura para reconocer la actividad mutua de todas las modalidades sensoriales, incluida la sensibilidad cinestésica y somática en sentido más general.

El concepto de participación estética, entonces, epitomiza una estética holística y unificada en lugar del dualismo del relato tradicional. Rechaza las separaciones tradicionales entre el apreciador y el objeto artístico, así como entre el artista y el intérprete y la audiencia. Reconoce que todas estas funciones se solapan y se fusionan dentro del campo estético, el contexto de la apreciación. Las separaciones y oposiciones habituales entre las funciones de artista, objeto, apreciador e intérprete desaparecen en la reciprocidad y continuidad de la experiencia apreciativa. Así, ya no es necesario mantener la ficción que convierte funciones diferentes en entidades opuestas. Se convierten en aspectos del proceso estético más que en objetos o acciones discretas, y la experiencia apreciativa se vuelve perceptivamente activa, directa e íntima. La participación estética reconoce que la belleza, o el valor estético en sentido más amplio, no reside en el objeto ni en el perceptor, sino que es más bien la característica principal del proceso recíproco de participación perceptiva entre apreciador y objeto.

Entendida de esta manera, la participación estética es un concepto valioso para comprender y apreciar los desarrollos recientes. Al mismo tiempo, reaviva nuestra experiencia de las artes tradicionales. La participación estética tiene un efecto transformador cuando se aplica a la pintura de paisajes y al retrato neerlandés del siglo XVII, al canon clásico de la música, a la poesía y a la novela, así como a las artes modernas. Además, la participación estética se presta particularmente bien al amplio interés por la estética ambiental, donde la participación ofrece una descripción más apropiada de la apreciación ambiental que ha descendido de la distancia contemplativa de una perspectiva escénica a caminar por un sendero boscoso o remar por un arroyo serpenteante. La participación estética también resulta útil para el interés aún más reciente en la estética de lo cotidiano donde, de nuevo, el modelo kantiano de contemplación desinteresada se vuelve irrelevante.

La cuestión central ahora no es la diferencia entre arte y no‑arte sino entre lo estético y lo no estético. Tanto por su valor teórico para acomodar innovaciones artísticas, por su capacidad para abarcar desarrollos en la apreciación estética que se extienden a la vida y la actividad ordinarias, como por su capacidad para proporcionar una teoría unificada de las artes y de la apreciación estética de la naturaleza, la participación estética ha demostrado ser particularmente útil. Lo que se necesita ahora son estudios específicos de las artes y otras ocasiones de valor estético que demuestren su capacidad para iluminar la experiencia de la apreciación.

Arnold Berleant ab@contempaesthetics.org

Arnold Berleant es profesor de Filosofía (emérito) en la Long Island University (EE. UU.). Su trabajo abarca estética, las artes, ética y filosofía social, y ha dado conferencias y escrito ampliamente en estas áreas, tanto a nivel nacional como internacional. Berleant es autor de numerosos artículos así como de ocho libros sobre estética, las artes y, especialmente, la estética del entorno. También es el editor fundador de esta revista.

Publicado el 30 de diciembre de 2013.

 Las Redes Sociales Vegetales 

y la participación estética de Arnolt Berleant

David De los Reyes

 

Redes Sociales Vegetales julio 2025 - @ddlr2025

 

La participación estética transforma la relación humano‑vegetal: no es mirar plantas, sino entrar en una experiencia recíproca, sensorial y ética que despierta conciencia ecológica y prácticas de cuidado.

La noción de participación estética formulada por Arnold Berleant desplaza la atención desde el objeto aislado hacia un campo de percepción donde apreciador y entorno se co‑constituyen; la experiencia estética se vuelve activa, corporal y contextual, y el valor estético emerge en la reciprocidad perceptiva entre humanos y no humanos. Integrar esta idea en un proyecto de Redes Vegetales Sociales significa concebir las plantas y sus hábitats como agentes perceptivos que invitan a la inmersión: el paseo por un sendero, el tacto de una hoja, la escucha del viento son prácticas estéticas que reconfiguran la atención y fomentan una ética del cuidado.

La estética ambiental contemporánea reclama ampliar la sensibilidad hacia lo cotidiano y lo no‑escénico; Yuriko Saito subraya la necesidad de cultivar una alfabetización estética que reconozca el valor de paisajes modestos y prácticas diarias, desplazando la preferencia por lo espectacular hacia la apreciación de la salud y la sostenibilidad de los ecosistemas. Esta orientación permite que las Redes Vegetales Sociales no compitan por la mirada sino que transformen hábitos perceptivos, enseñando a ver la riqueza en lo aparentemente ordinario y a valorar funciones ecológicas invisibles.

La dimensión somática —trabajada por la tradición de la somaestética— aporta herramientas prácticas: entrenar la sensibilidad corporal (respiración, postura, ritmo) intensifica la percepción del mundo vegetal y convierte la experiencia en una disciplina de atención que mejora tanto la apreciación como la acción ecológica. En la práctica, esto se traduce en ejercicios de caminata lenta, sesiones de escucha vegetal y talleres de respiración en comunidad junto a parches verdes que aumentan la conciencia somática y la empatía ecológica.

Una toma de conciencia ecológica profunda exige, además, aceptar la interdependencia y la complejidad de los sistemas vivos: la estética participativa no es neutral; es política y ética, porque al transformar la percepción transforma también las prácticas —desde el cuidado cotidiano hasta la gobernanza compartida de espacios verdes— y abre paso a formas de pertenencia que sostienen la vida.

Propongo que las Redes Vegetales Sociales articulen prácticas concretas que conviertan la teoría en experiencia: rutas coreográficas que modulen velocidad y contacto; nodos de escucha que amplifiquen sonidos vegetales; estaciones táctiles que inviten al contacto respetuoso; y jornadas de cuidado colectivo que combinen trabajo y reflexión estética. Estas prácticas transforman la estética en pedagogía ecológica: percibir, cuidar y pertenecer se vuelven actos inseparables.

Si la estética deja de ser contemplación distante y se convierte en participación, las ciudades y los territorios pueden reconfigurarse como redes sensibles donde la experiencia estética es también una práctica de supervivencia y de justicia ecológica; las Redes Vegetales Sociales, así entendidas, son laboratorios de percepción y de política ambiental que enseñan a vivir con plantas, no solo a mirarlas.

Notas

  1. Arnold Berleant, “What is Aesthetic Engagement?,” Contemporary Aesthetics 11 (2013).
  2. Arnold Berleant, The Aesthetics of Engagement (texto y edición en línea; resumen y discusión).
  3. Yuriko Saito, “Future Directions for Environmental Aesthetics,” Environmental Values 19 (2010): 373–391.
  4. Yuriko Saito, “The Aesthetics of Unscenic Nature,” The Journal of Aesthetics and Art Criticism 56, no. 2 (1998): 101–111.
  5. Yuriko Saito, “The Significance of Environmental Aesthetics,” Rebus Press / capítulos introductorios sobre alfabetización estética.

Bibliografía (formato Chicago Deusto)

Berleant, Arnold. What is Aesthetic Engagement? Contemporary Aesthetics 11 (2013).

Berleant, Arnold. The Aesthetics of Engagement. (ediciones y artículos recopilados).

Saito, Yuriko. “Future Directions for Environmental Aesthetics.” Environmental Values 19 (2010): 373–391.

Saito, Yuriko. “The Aesthetics of Unscenic Nature.” The Journal of Aesthetics and Art Criticism 56, no. 2 (1998): 101–111.

Saito, Yuriko. The Significance of Environmental Aesthetics. Rebus Press; introducción y síntesis.

 

miércoles, 1 de julio de 2026

  


Estética del recalentamiento en las Redes Sociales Vegetales, exceso y colapso en el Antropoceno

David De los Reyes


Nuestra imagen de la colección de mis Redes Sociales Vegetales (@ddlr2025) nos lleva a relacionarla con diversas ideas por las que estamos sobrellevando nuestro día a día que, muchas de las veces, no tenemos consciencia de ello, o no queremos tenerla, y preferimos borrarlas o invisibilizarlas de nuestro mundo. Esta imagen para mí presenta, en su estructura más inmediata, una constelación de intensidades más que un intento de representar un objeto con identidad fija reconocida. No hay aquí una oscilación que se estabilice, sino una multitud de líneas, manchas y flujos prolongadas que pretenden oscilar, como foto intervenida, entre lo orgánico y lo digital, entre la vibración vital y la saturación técnica. La oscuridad presente del fondo no se anuncia como vacío, sino como una manta densa de la que parten fragmentos rosados, blancos y verdes que estallan, se expanden, se destilan a un supuesto vacío que no lo es. La experiencia visual no exige contemplación pasiva, sino casi una mirada térmica: uno no “ve” la imagen, la mirada es travesada por un halo de calor y ruido espacial.

Nuestra intensión, de este gesto visual formal, me permite referir la obra sobre el horizonte del Antropoceno, no como una consideración que se apoya en un argumento científico, sino como un volumen que contiene una transformación estética radical. Lo que se deshace en la imagen no es solo un cuerpo imaginario, sino la posibilidad misma de una naturaleza estable. Ya no hay “paisaje”; solo procesos. Ya no hay figura; solo modulaciones intensivas.

Por tanto, la imagen puede leerse como una narrativa que se relaciona como una inscripción visual del recalentamiento global. Pero no en el nivel de una imagen del atiborrado y asfixiante realismo fotográfico denunciante (no hay fábricas, ni humo, ni ríos contaminados, islas de plástico en medio del océano, ni glaciares derritiéndose), sino persigo un nivel más matizado: como desorganización de la constitución atómica bajo un régimen energético excesivo. El rosa saturado —que podríamos relacionar con carne, coral o flor— aparece aquí excedido, redimensionado, casi en estado de combustión. No es vida imaginaria representada, sino vida trasladada al límite de su propia estabilidad en perpetuo cambio. Aquí resulta pertinente evocar a Bruno Latour cuando afirma: “Ya no vivimos en la naturaleza, sino en una zona crítica donde la acción humana interfiere con todos los procesos de la Tierra¹”.

La imagen nos proyecta, precisamente, a una “zona crítica”: un espacio donde ya no es posible separar lo natural de lo artificial. Las líneas parecen a la vez arterias, cauces de corrientes marinas, mapas isotérmicos y errores digitales (glitch). Una totalidad que se nutre de la ambivalencia que no es un efecto estético superficial, sino el sello de una mutación ontológica: la Tierra ya no es sustrato basal, sino un cuerpo inestable, radicalmente mutado por la técnica en expansión y dominio de todo espacio posible.

Desde otra perspectiva, podría alegarse que la imagen hace visible lo que el filósofo Timothy Morton denomina hiperobjeto. El cambio climático, según Morton, no es fantasía y afirmación de un cuento de ciencia ficción futurista, es más real que el aire que respiramos, pero no nos percatamos directamente de su existencia en su totalidad; se distribuye en múltiples manifestaciones fragmentarias: “El cambio climático es un hiperobjeto: algo tan vasto en escala temporal y espacial que trasciende la localización²”.

Lo que vemos en la esta imagen no es una representación del cambio climático en sí —lo cual, de por sí, sería imposible—, sino algo más simple y complejo a la vez, es una traducción sensible de su excedencia. La distensión, la saturación cromática, la pérdida de centralidad compositiva: todo ello son matices perceptivos de una situación que excede nuestra escala. La imagen no intenta mostrar el fenómeno; pretende intensificar su percepción.

Hay, además, un elemento interesante a reseñar: el desvanecimiento del horizonte en mi intervención fotográfica. Tradicionalmente, una fotografía (o pintura paisajista o realista), organiza la experiencia mediante una línea de separación entre cielo y tierra, entre distancia y proximidad. Aquí esa estructura está ausente. Todo está lo he puesto como si estuviera al frente nuestro, todo choca contra la superficie. Este enquistamiento espacial lo puede interpretar como una metáfora del presente ecológico: ya no hay distancia desde donde observar la catástrofe; estamos inmerso en ella. En este contexto, mi obra también pudiera dialogar con la visión de Donna Haraway sobre el fin de la nostalgia natural: “No hay retorno posible a la naturaleza; solo podemos aprender a vivir con el problema³”.

Lo que muestra esta obra no es la ausencia y disolución de la naturaleza como lamento, sino la aparición de otra condición ineludible: un mundo en el que lo vivo continúa sin nosotros, pero transformándose, mutándose, irrigándose por flujos que ya no le pertenecen exclusivamente. Las formas teñidas de rosado podrían evocar un coral o un tejido biológico aparecen contaminadas y tocadas por líneas que recuerdan a circuitos, a interferencias técnicas en vibraciones entrecruzadas. No hay pureza posible, solo hibridación.

Bajo esta afectación visual estética, esto implica un ciclo fundamental: el calentamiento global no solo afecta al mundo de nuestro entorno inmediato, sino también a como percibimos y representamos. Como hemos podido notar, las convenciones de la belleza clásica, ligada a la armonía y al equilibrio, son insuficientes. Aparece, en cambio, una estética del exceso, de la saturación, de la vibración sin reposo. Podríamos hablar —siguiendo una intuición deleuziana— de una imagen intensiva, donde lo que importa no es la forma sino la fuerza.

Gilles Deleuze, en su reflexión en torno a la pintura de del artista inglés Francis Bacon, señalaba que el arte no representa nada, sino que su mejor opción es hacer visibles fuerzas invisibles⁴. Esta afirmación resulta determinante aquí: la imagen no tiene ninguna intención de describir un paisaje ecológico, sino en hace perceptible la fuerza abstracta del recalentamiento —su presencia, su inestabilidad, su carácter invasivo, en apariencia invisible, pero total.

En tal sentido, la obra no es tanto una denuncia, no pretende mostrar una realidad afectada de nuestro entorno inmediato sino es, más bien, presentada como una experiencia. Nos coloca ante un foco perceptivo donde la estabilidad ha desaparecido. La vibración permanente, la fragmentación de las líneas, la saturación cromática, todo el conjunto producen una sensación de exceso que no permite serenidad. Es como si el propio plano fotográfico estuviera afectado por un aumento de temperatura invisible.

Para finalizar, creo que es importante señalar un rasgo integrado: la dialéctica entre creación y destrucción. Las formas parecen estallar, pero también generarse, una suma de contrarios que se complementan y se dinamizan en su absorción mutua. Hay algo floral en la expansión rosada, pero también algo violento, casi explosivo. Esta ambivalencia es esencial para pensar la crisis ecológica contemporánea: no se trata simplemente de un fin, sino de una transformación irreversible de los regímenes de existencia a los que hemos estado habituados como especie.

Mi intención con esta intervención fotográfica, en este sentido, no es mostrar un apocalipsis, sino algo más turbador: un mundo que sigue su devenir, pero en condiciones radicalmente transformadas, donde lo vivo, si persiste, se encuentra en un estado de tensión dinámica permanente. No hay quietud, ni estabilidad, no hay equilibrio, no hay retorno. Solo intensidades vibrátiles en transformación continua.

Notas:

  1. Latour, Bruno. ¿Dónde aterrizar? Cómo orientarse en política. Madrid: Taurus, 2018, p. 35.
  2. Morton, Timothy. Hiperobjetos: filosofía y ecología después del fin del mundo. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2018, p. 27.
  3. Haraway, Donna. Seguir con el problema: generar parentesco en el Chthuluceno. Bilbao: consonni, 2019, p. 12.
  4. Deleuze, Gilles. Francis Bacon: lógica de la sensación. Madrid: Arena Libros, 2002, pp. 48–50.

 

Referencias bibliográficas:

Deleuze, Gilles. Francis Bacon: lógica de la sensación. Madrid: Arena Libros, 2002.

Haraway, Donna. Seguir con el problema. Bilbao: consonni, 2019.

Latour, Bruno. ¿Dónde aterrizar?. Madrid: Taurus, 2018.

Morton, Timothy. Hiperobjetos. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2018.