jueves, 1 de octubre de 2026

Lo que la obra sabe: 

pensar con el arte contemporáneo


 David De los Reyes



 

 

Paisaje contaminado de el estero de  El Salado, Guayaquil. Foto: DDLR2026

 

Durante mucho tiempo, entender una obra de arte significó disponer de la teoría adecuada para explicarla. El orden parecía natural. Primero venían los grandes sistemas: Kant y su analítica del juicio de gusto, Hegel y su filosofía del Espíritu, luego la fenomenología o el posestructuralismo. Después, casi como un apéndice, llegaban las obras que confirmaban lo dicho. Mirar una pintura o una instalación equivalía a comprobar que lo aprendido funcionaba. Ese orden tiene un costo: deja a la obra muda, la silencia. La reduce a un caso, a un objeto pasivo que espera que alguien le explique lo que es.

Invertir ese orden supone empezar por la obra y por las preguntas que abre. No es solo una decisión pedagógica, sino una posición teórica. Mieke Bal, retomando una noción de Hubert Damisch, llamó a la obra objeto teórico: algo que produce pensamiento y no se limita a ilustrarlo. Si se acepta esta idea, el urinario que Marcel Duchamp presentó en 1917 con el título Fuente, las acciones sociales de Joseph Beuys o las intervenciones de Doris Salcedo sobre la violencia en Colombia no son ejemplos de lo que pensaron Heidegger, Foucault o Rancière. Discuten con ellos en igualdad de condiciones. Desde esta perspectiva, la teoría deja de ser un sistema que se contempla y pasa a ser lo que Michel Foucault llamó, en una conversación con Gilles Deleuze en 1972, una caja de herramientas, a la que se recurre cuando un problema lo exige. Deleuze y Félix Guattari lo dijeron en ¿Qué es la filosofía? (1991): un concepto que no responde a un problema carece de sentido. En otras palabras, el problema es lo que da sentido al concepto y no el concepto aislado lo que puede responder al espacio intelectual y sensible que exige la pregunta de partida.

Este punto de partida tiene una genealogía crítica de la obra de arte. Peter Bürger mostró en Teoría de la vanguardia (1974) que las vanguardias históricas de comienzos del siglo XX no se limitaron a proponer un estilo nuevo: atacaron la institución arte misma, es decir, la separación entre el arte y la vida y los mecanismos que deciden qué es una obra. Después de la Segunda Guerra Mundial, las neovanguardias retomaron ese ataque: el arte pop, el grupo Fluxus, el minimalismo, el arte conceptual y la performance. Desde entonces ya no es posible saber de antemano qué es una obra; su existencia es un titilar de significados cambiantes según la perspectiva desde que se la observe. Esa incertidumbre no paraliza el pensamiento, lo pone a prueba. Es su mejor punto de partida para entrar en otros parámetros de la reflexión artística.

La primera pregunta que plantea el arte es a la vez la más simple y la más difícil: ¿qué tipo de cosa es una obra? Martin Heidegger dio una respuesta tajante en las conferencias que dictó entre 1935 y 1936 y publicó en 1950 con el título «El origen de la obra de arte». Rechazó a la vez dos tradiciones que enfrentaban a la aproximación de la coseidad de la obra de arte dentro de una tradición filosófica del arte: la estética de la vivencia, que reduce la obra a un estímulo para las emociones del espectador, y la teoría de la representación, que la entiende como copia de algo que ya existía. Heidegger nos da una mirada original desde su visión ontológica, la obra es el lugar donde acontece la verdad, entendida desde el concepto griego de aletheia, desocultamiento, y no como correspondencia entre una idea y una cosa. Su ejemplo más célebre es un cuadro de Vincent van Gogh que representa un par de zapatos viejos. Heidegger sostiene que esos zapatos hacen aparecer el mundo entero de la campesina que los usa: el cansancio del trabajo, la humedad del surco, la espera silenciosa del pan. El segundo ejemplo es el templo griego del Partenón de la Atenas antigua, el cual, en un primer acercamiento desde el presente, no representa nada y sin embargo abre un mundo, porque reúne a un pueblo en torno a lo que venera, a lo que teme y a su destino.

Según Heidegger, esa apertura del desvelamiento tiene dos caras. La obra levanta un mundo, que es un horizonte de sentido, y al mismo tiempo hace presente la tierra, la materia que se cierra y se resiste: la piedra que pesa, el color que brilla. Entre mundo y tierra hay un combate (Streit), y la verdad surge de esa tensión. Por eso el arte, para Heidegger, no refleja una época: la funda. Funda una relación de tensiones y lejanías entre mundo y tierra.

El siglo XX puso esta respuesta en crisis; el arte busca una extensión mayor que la de ser  un simple desocultamiento de algo oculto, de fundar un orden humano. En 1964, Andy Warhol expuso en la Stable Gallery de Nueva York unas Brillo Boxes: cajas de madera pintadas que a simple vista eran idénticas a las cajas de estropajos del supermercado. Si nada visible distingue la obra del objeto común, la pregunta ya no es qué verdad revela la obra, sino qué la hace obra. Arthur Danto respondió ese mismo año, en su artículo «The Artworld»: lo que convierte un objeto en arte no se ve. Es una atmósfera de teoría, un mundo del arte que lo reconoce como tal. Umberto Eco ya había descrito en 1962 la obra abierta, que no se termina en el taller sino en cada recepción. La obra dejó de entenderse como una cosa acabada y pasó a ser acontecimiento, proceso o relación; la obra se vive como apertura a ser reconstruida por cada nueva recepción que aparece a ser percibida por la situación de quien la capta.

Con la obra cambió también la figura del artista. El artesano medieval, el genio romántico, el bohemio del siglo XIX, el profesional del mercado global y el artista investigador de hoy no son la misma figura con distintos trajes. Son construcciones históricas producidas no por la función que puedan cumplir en una realidad sino por las instituciones, los discursos y las economías en la que se insertan. Pensar al artista exige abandonar el mito del genio y preguntar qué condiciones sociales permiten que alguien sea reconocido como tal y que su obra, esa cosa inútil en principio, pueda ser reconocida como arte.

La pregunta de Heidegger por el origen vale más por la estela que dejó abierta que por el puerto a que pretendía llegar, es decir, por lo que respondió, porque sus conceptos fueron retomados, discutidos y transformados por el pensamiento posterior. La fenomenología dejó la gris teoría y volvió a la experiencia vivida. Maurice Merleau-Ponty, el filósofo francés aficionado a la pintura de fin de semana, sostuvo en El ojo y el espíritu (1964), que el pintor no copia el mundo visible, sino que muestra cómo el mundo llega a hacerse visible. Cuando el bizarro de Paul Cézanne pintó una y otra vez la montaña Sainte-Victoire, no la reprodujo: pintó su nacimiento ante la mirada. El cuerpo del pintor se entrelaza con lo que ve, y ese entrelazamiento es lo que da vida a la obra. La hermenéutica de Hans-Georg Gadamer, en Verdad y método (1960), puso el acento en la comprensión, es decir, en la narrativa conceptual lúdica. La obra es un juego que se juega a sí mismo a través de quienes participan en él, y comprenderla es una fusión de horizontes entre su pasado y el presente del intérprete. En La actualidad de lo bello (1977), Gadamer resumió el arte en tres figuras, juego, símbolo y fiesta, y las tres implican que la obra solo existe plenamente cuando alguien vuelve a vivirla. La obra existe porque la reconstruimos con nuestra vida al percibirla. La relación entre observador y obra es vital para esta última y con ella se nos abre una apertura a la humanidad del artista que le dio existencia.

Heidegger afirmaba también que todo arte es, en esencia, poesía (Dichtung): el arte funda mediante el decir. Pero ¿Cuál decir? La afirmación abre una inquietud. Si la obra funciona como un lenguaje, ¿qué ocurre cuando el sentido pierde su fundamento estable? La polémica sobre los zapatos de Van Gogh lo mostró. En 1968, el historiador del arte Meyer Schapiro señaló que los zapatos del cuadro eran probablemente del propio pintor, un habitante de la ciudad, y no de una campesina. La lectura del caminante de la Selva Negra Heidegger se apoyaba, entonces, en una atribución que él mismo había proyectado sobre la tela. Diez años después, Jacques Derrida volvió sobre la disputa en «Restituciones», dentro de La verdad en pintura (1978). No quiso decidir de quién eran los zapatos. Quiso mostrar que Heidegger y Schapiro compartían el deseo de restituir la obra a un dueño y a un origen. Para Derrida, la obra dispersa el sentido y no tiene un origen al que pueda volverse. Deleuze tomó otro camino en Francis Bacon. Lógica de la sensación (1981) cambia su formulación ante la plástica. Según él, las figuras deformadas de Bacon no revelan una verdad, sino que producen sensaciones que actúan directamente sobre el sistema nervioso. Ya no se abre un mundo: se vuelven visibles unas fuerzas.

Por otra parte, tres problemas forman un mismo nudo: la autoría, la experiencia del espectador y la producción del sentido. Roland Barthes anunció en 1967 «la muerte del autor»: el sentido de un texto no está en la intención de quien lo escribió, sino en quien lo lee. Cada lector origina un sentido del texto. Dos años después, Foucault preguntó «¿Qué es un autor?» y mostró que el autor no es la persona que origina el discurso, sino un agente que organiza su circulación. Las artes visuales llevaron estas ideas a la práctica con apropiaciones, obras colectivas, instrucciones que cualquiera puede ejecutar y piezas que solo existen cuando alguien participa; se inicia la relación lúdica del espectador para la presencia y sentido de la obra. Nicolas Bourriaud llamó estética relacional (1998) a las obras cuya materia son los vínculos humanos, como las comidas que Rirkrit Tiravanija cocinaba y compartía con el público dentro de las galerías. Hoy la autoría ha ampliado sus alcances y se reparte entre colectivos, comunidades participantes, curadores, programadores y máquinas.

Lo que pierde el autor lo gana el espectador. Jacques Rancière advirtió en El espectador emancipado (2008) contra una idea muy extendida: que al espectador hay que molestarlo, hay que sacarlo de su pasividad. Mirar ya es actuar, interpretar y componer, y no conviene confundir actividad con emancipación. El espectador no necesita que lo activen ni que lo emancipen, sino que lo reconozcan como alguien capaz de producir su propio sentido. Claire Bishop, en Infiernos artificiales, estudió además las ambigüedades del arte participativo: la participación puede pretender proponer una metafísica de emancipar, pero también puede ser una nueva forma de gestionar a las personas. La experiencia misma se transformó. El filósofo estadounidense John Dewey ya había propuesto en El arte como experiencia (1934) bajar el arte del pedestal del museo y devolverlo a la experiencia cotidiana. El arte contemporáneo llevó esa propuesta al límite: la obra se recorre con el cuerpo y sus sentidos, se atraviesa en el tiempo y se vive como acontecimiento y proceso, y desplazan las categorías tradicionales de contemplación, forma y genio no alcanzan para describirla.

Si las cajas de Brillo de Warhol pueden ser obras, alguien tiene que decidirlo ¿certificarlo? Aquí las instituciones dejan de ser un escenario neutral y se convierten en un problema de legitimidad y de poder. George Dickie formuló la teoría institucional del arte: una obra es un artefacto al que alguien que actúa en nombre del mundo del arte concede el estatus de candidato a la apreciación. Howard Becker, en Los mundos del arte (1982), mostró que toda obra resulta de una red de cooperación entre artistas, técnicos, galeristas, críticos, comisarios,  curadores, coleccionistas y público; sino la obra no es obra y, en principio, no existe como tal. Pierre Bourdieu, en Las reglas del arte (1992), añadió la dimensión del poder: el campo artístico es un espacio de luchas por el capital simbólico, donde se decide qué vale y quién tiene autoridad para decirlo. Museos, galerías, bienales, mercados, universidades y hoy los algoritmos de visibilidad del universo digital no se limitan a mostrar el arte: lo producen.

La crítica institucional convirtió este problema en material de trabajo. Marcel Broodthaers creó un museo ficticio, el Musée d'Art Moderne, Département des Aigles, para exhibir los mecanismos de la institución. En 1971 el Museo Guggenheim canceló una exposición de Hans Haacke por una obra que documentaba los negocios inmobiliarios de un propietario de Nueva York. Andrea Fraser se hizo pasar por guía de museo para parodiar el discurso con que la institución se presenta. En América Latina, donde las instituciones han sido débiles, intermitentes o importadas, la pregunta pesa todavía más. Ticio Escobar propuso en El arte fuera de sí (2004) pensar el arte más allá de los límites del canon moderno europeo y reconocer el valor de las prácticas populares y nativas, porque la institución no solo legitima: también decide qué cuenta como arte y qué queda relegado a «artesanía». En Guayaquil, preguntar quién premió durante décadas en el Salón de Julio, con qué criterios y a quién dejó fuera también es hacer filosofía del arte.

Una pregunta resulta decisiva: si la obra abre un mundo, ¿de quién es ese mundo? En el ensayo de Heidegger, la campesina de los zapatos nunca habla: el delirante filósofo se adjudica su voz, y trae al mundo un fantasma que pretende hablar por ella. Y el pueblo que se reúne en torno al templo, emblema del poder, no es una abstracción, para un pensador que en 1933 se afilió al Partido Nacionalsocialista y asumió el rectorado de la Universidad de Friburgo. Stuart Hall sostuvo que la representación no refleja una realidad previa, sino que la construye. Por eso los estereotipos y los cánones no son errores u opciones de apreciación de percepción, sino formas de poder. Gayatri Spivak, en «¿Puede hablar el subalterno?» (1988), advirtió que incluso los discursos que quieren dar voz a los excluidos pueden terminar hablando por ellos. Griselda Pollock mostró en Visión y diferencia (1988) que el canon no es un depósito natural de obras maestras, sino una construcción ligada al género, la clase y la raza. Linda Nochlin había formulado antes la pregunta incómoda: «¿Por qué no ha habido grandes artistas mujeres?» (1971). Su respuesta fue que el problema no era la falta de talento, sino unas instituciones que excluyeron a las mujeres de la formación académica, del estudio del desnudo y del mercado. Revisar el visible canon, por tanto, no estriba en añadir nombres o fórmulas de creación, sino en preguntar qué criterios permitieron excluir cualquier otro. En América Latina, Cecilia Fajardo-Hill y Andrea Giunta recuperaron en Mujeres radicales (2017) a artistas que la historia oficial había olvidado, y Gerardo Mosquera cuestionó el esquema de un centro que crea y unas periferias que copian. Se trata de arriesgarse a descentralizar la creación artística y dar otras vías originales y personales de sentido ante un mundo desbordante de poderes absurdos y limitantes.

El pensamiento decolonial amplió esta crítica. Aníbal Quijano llamó colonialidad del poder a la jerarquía racial y epistémica que se construyó junto con la modernidad europea y que la sostiene. Walter Mignolo propuso distinguir la estética, canon europeo del siglo XVIII, de una aiesthesis decolonial que abarca las formas de sentir que ese canon llamó artesanía, folclor o superstición. Boaventura de Sousa Santos denunció el pensamiento abismal, que declara inexistente lo que queda al otro lado de la línea colonial, y propuso una ecología de saberes. Silvia Rivera Cusicanqui mostró en Sociología de la imagen (2015) que en los Andes las imágenes conservaron saberes que la escritura colonial borró. El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría ofreció en La modernidad de lo barroco (1998) una clave propia: el ethos barroco, la manera en que los pueblos colonizados vivieron la modernidad teatralizándola y resistiéndola a la vez. Después de estas críticas, la verdad que la obra desoculta se convierte en una pluralidad de opciones invisibilizadas por convenimiento jerarquico. No hay un solo mundo que se abre, sino muchos mundos en conflicto.

La técnica atraviesa todos estos problemas. Walter Benjamin anunció en 1936 que la reproductibilidad técnica terminaría con el aura de la obra única, su presencia irrepetible en un aquí y un ahora. Vilém Flusser dio el paso siguiente en Hacia una filosofía de la fotografía (1983): la imagen técnica no la produce una mano, sino un aparato con su propio programa, y quien fotografía trabaja dentro de las posibilidades que ese programa permite. Hoy importa también cómo circulan las imágenes. Hito Steyerl, en «En defensa de la imagen pobre» (2009), describió imágenes comprimidas, copiadas y deformadas que pierden resolución a medida que ganan velocidad y alcance. Harun Farocki llamó imágenes operativas a las que producen máquinas para otras máquinas, como las de las cámaras de vigilancia, los drones o los sistemas de reconocimiento. La imagen ya no solo representa el mundo: actúa sobre él. Construye límites de acción y control ciudadana.

Heidegger ofrece aquí una intuición que sigue siendo útil. En «La pregunta por la técnica» (1953) recordó que techne, en griego, nombraba tanto el arte como el oficio, y que ambos eran poiesis, una forma de hacer aparecer. La técnica moderna, en cambio, es Gestell, una estructura de emplazamiento que trata todo, incluida la naturaleza, como una reserva disponible para ser explotada. Para Heidegger, el arte podría ser el lugar donde se piense otra relación con la técnica. Yuk Hui, en Fragmentar el futuro (2020), criticó que Heidegger entendiera la técnica como un destino único y occidental. Propuso en su lugar la cosmotécnica: cada cultura une de manera distinta el orden del cosmos y el orden moral por medio de sus técnicas, de modo que no hay una técnica universal, sino una tecnodiversidad.

La inteligencia artificial generativa reúne todas estas preguntas. Obliga, primero, a volvernos a preguntar por lo que significa la creatividad y cómo se genera al estar el hombre a disposición de las máquinas y no las máquinas en disposición de la poiesis humana. Margaret Boden distinguió un matiz de rigor ante ello, la de una creatividad que combina, otra que explora y otra que transforma las reglas mismas del espacio en que se crea. Las máquinas actuales dominan las dos primeras, y la discusión era si pueden alcanzar la tercera, lo cual ya parece que lo ha hecho. Ya no nos preguntamos por el aura  benjamiano de la obra. Hoy está en juego también la capacidad de la originalidad o de la invención imperfecta humana: si una imagen recombina millones de obras previas, ¿a quién pertenece? En el caso Thaler versus Perlmutter, la justicia estadounidense negó derechos de autor a una imagen creada sin intervención humana, y los litigios de artistas contra las empresas que entrenan modelos siguen abiertos. Está en juego, por último, el concepto de responsabilidad. Kate Crawford mostró en Atlas de la IA (2021) que la inteligencia artificial no es inmaterial, es decir, no es un instrumento virtual: depende de minería, energía, trabajo precario y, sobre todo, de datos tomados sin consentimiento. Joanna Zylinska propuso en AI Art (2020) que la pregunta relevante no es si una máquina puede ser artista, sino qué idea de lo humano revela esa pregunta. En la inteligencia artificial se cruzan la autoría, la legitimación, la imagen técnica, los sesgos de la representación, el canon que alimenta a los modelos y el costo ecológico del cómputo.

De todos los conceptos de Heidegger, el que más pude resonar hoy, por las condiciones de vida sobre la que subsistimos,  es el de tierra: lo que se cierra, pesa y no se deja reducir al sentido humano. El pensamiento reciente lo ha recuperado desde otro lugar. Rosi Braidotti, en Lo posthumano (2013), cuestiona que el ser humano sea el centro de la obra y del mundo, y propuso una subjetividad en continuidad con los animales, las máquinas y el planeta (yo agregaría el del cosmos de lo vegetal, el cual se le olvidó a esta autora). Donna Haraway, en Seguir con el problema (2016), invitó a pensar con otras especies en una tierra dañada. Jane Bennett habló de materia vibrante: las cosas actúan, afectan y hacen cosas. Leída a contrapelo, la tierra de Heidegger deja de ser un fondo oscuro sobre el que se levanta el mundo y pasa a ser una fuerza activa, un campo de energías, que coproduce la obra. Bruno Latour sostuvo en Cara a cara con el planeta (2015) que la Tierra ya no es un escenario pasivo de la historia humana, sino un actor que responde. Anna Tsing, en La seta del fin del mundo (2015), siguió la vida del hongo matsutake para mostrar cómo la vida persiste en las ruinas del capitalismo gracias a colaboraciones entre especies. El arte da forma a estas ideas con organismos vivos, procesos de descomposición, sonidos de ecosistemas y alianzas con comunidades que defienden su territorio. T. J. Demos advirtió en Decolonizing Nature (2016) que la ecología en el arte no puede separarse de la historia colonial del extractivismo.

Ecuador ofrece aquí un caso excepcional. La Constitución de 2008 reconoce a la naturaleza como sujeto de derechos en sus artículos 71 a 74, a partir del concepto de sumak kawsay, y la consulta popular de 2023 sobre la explotación petrolera en el Yasuní mostró que la pregunta por las agencias no humanas tiene consecuencias jurídicas y políticas. Junto a la naturaleza aparecen otras dimensiones del mismo campo relacional. El cuerpo dejó de ser un motivo representado y se volvió soporte y materia: en las Siluetas de Ana Mendieta, en las performances de resistencia de Marina Abramović y en la acción de Regina José Galindo, que en 2003 caminó descalza con los pies en sangre desde la Corte de Constitucionalidad hasta el Palacio Nacional de Guatemala. La memoria, cuya obsesión a fines del siglo XX describió Andreas Huyssen, se volvió urgente en sociedades marcadas por la violencia, y el arte latinoamericano hizo del duelo y del testimonio una práctica crítica. El territorio, que Robert Smithson intervino a gran escala con Spiral Jetty (1970), aparece también en prácticas situadas que preguntan por la ciudad, el río o el barrio. En Guayaquil podemos interrogar espacios fundamentales que tiene nombres concretos: el puerto, el manglar y su muerte del estero Salado y la regeneración urbana que reordenó quién puede estar en el espacio público.

Todo este recorrido desemboca en una forma de mirar más que en una lista de teorías. John Berger mostró en Modos de ver (1972) que mirar no es un acto natural. Se aprende, y en ese aprendizaje se heredan jerarquías, deseos y exclusiones. Si mirar se aprende, también puede volver a aprenderse. La mirada que el arte contemporáneo exige tiene tres cualidades. Es crítica en el sentido que Foucault dio a la palabra en 1978: «el arte de no ser gobernado de esa forma», es decir, la capacidad de preguntar cómo se nos hace ver. Nicholas Mirzoeff llevó esta idea al terreno visual en El derecho a mirar (2011): la visualidad es un sistema de autoridad que decide quién puede mirar a quién, y frente a ella existe una contravisualidad que exige ser visto en los propios términos y mirar al otro como igual. Es sensible, fiel al sentido original de la estética como aisthesis, atenta a la materia, el ritmo, la escala y el silencio de la obra, a lo que afecta antes de significar. Si, como sostiene Rancière, la política pasa por el reparto de lo sensible, educar la sensibilidad ya es un acto político. Y es situada. Haraway criticó en «Conocimientos situados» (1988) el «truco divino» de mirar desde ninguna parte y pretender verlo todo, y defendió una objetividad que asume su posición parcial. Mirar desde Guayaquil no es una desventaja que haya que corregir, sino un lugar de enunciación que permite ver lo que otras miradas no ven.

Esa mirada requiere tres capacidades. La primera es formular problemas. Paulo Freire opuso en Pedagogía del oprimido (1970) la educación bancaria, que deposita contenidos, a la educación problematizadora, que parte de preguntas sobre la propia realidad. Deleuze afirmó en Diferencia y repetición (1968) que la verdad depende de la calidad de los problemas, y que un problema mal planteado produce respuestas inútiles por correctas que sean. Ante una obra, formular un problema significa dejar de preguntar qué quiso decir el artista y preguntar qué tensión abre la obra, qué da por supuesto, qué muestra y qué deja fuera. La segunda capacidad es relacionar. Aby Warburg lo mostró en su Atlas Mnemosyne, compuesto en los últimos años de su vida (1924-1929). Sobre paneles cubiertos de tela negra reunió reproducciones de relieves antiguos, pinturas renacentistas, sellos postales, anuncios publicitarios y fotografías de prensa, y dejó que el sentido surgiera del intervalo entre ellas: la misma fórmula gestual de una ninfa antigua reaparecía siglos después en contextos insospechados. Georges Didi-Huberman retomó ese método en la exposición Atlas ¿Cómo llevar el mundo a cuestas? (2010), con una premisa clara: el atlas no clasifica, monta, y cada montaje produce un conocimiento distinto. Mieke Bal añadió en Conceptos viajeros en las humanidades (2002) que los conceptos cambian cuando viajan entre disciplinas, épocas y obras, de modo que «mirada», «archivo» o «performatividad» no significan lo mismo en el psicoanálisis, en la historia o en una acción de Regina José Galindo. La tercera capacidad, la más delicada, es interpretar sin reducir. Susan Sontag advirtió en «Contra la interpretación» (1964) que cierta hermenéutica empobrece la obra al traducirla a un contenido, y concluyó que, en lugar de una hermenéutica, hace falta una erótica del arte. Didi-Huberman criticó en Ante la imagen (1990) el «tono de certeza» de la historia del arte y propuso quedarse ante lo que en la imagen no se deja saber. Una buena interpretación se reconoce en que el concepto sale transformado del encuentro con la obra. Si sale intacto, la obra solo sirvió de ejemplo.

Desde aquí, el arte puede entenderse como una forma de pensamiento que participa en cómo percibimos, recordamos, nos relacionamos y habitamos el mundo. Después del impresionismo, la luz se ve de otra manera, y después del cine, el tiempo también. En Imágenes pese a todo (2003), Didi-Huberman defendió cuatro fotografías que un miembro del Sonderkommando tomó clandestinamente en Auschwitz-Birkenau en 1944. Frente a quienes sostenían que el horror era inimaginable, mostró que las imágenes no sustituyen la memoria, pero la hacen posible. En América Latina, el arte ha sido duelo público donde el Estado callaba. Judith Butler mostró en Marcos de guerra (2009) que los marcos visuales deciden qué vidas merecen duelo y cuáles no, y el arte puede reforzar esos marcos o romperlos, con lo que cambia a quién reconocemos como semejante. Heidegger, en «Construir, habitar, pensar» (1951), sostuvo que habitar no es ocupar un espacio, sino cuidar un lugar. En tiempos de crisis ecológica, esa idea adquiere una urgencia que su autor no pudo prever.

El recorrido permite una conclusión más amplia que cualquiera de sus partes. La pregunta que Heidegger formuló sobre el origen de la obra no encontró una respuesta definitiva, y quizá su mayor mérito sea no haberla encontrado. Cada tradición que vino después tomó uno de sus conceptos y lo llevó a otro lugar. La fenomenología y la hermenéutica profundizaron la apertura de mundo. Derrida y Deleuze desarmaron la búsqueda de un origen. Los feminismos, el pensamiento decolonial y las epistemologías del Sur preguntaron de quién es ese mundo y a quién deja fuera. El posthumanismo y los nuevos materialismos devolvieron a la tierra su fuerza. Las filosofías de la técnica discutieron el destino que Heidegger atribuyó a la técnica moderna. Mientras tanto, las obras siguieron desplazando el problema: las cajas de Warhol hicieron invisible la diferencia entre arte y objeto, el urinario de Duchamp puso en evidencia el poder de la institución, las siluetas de Mendieta devolvieron el cuerpo a la tierra y los paneles de Warburg enseñaron a pensar con intervalos. El origen de la obra no es, por tanto, un punto fijo al que pueda regresarse. Se desplaza cada vez que una obra abre un mundo que no estaba previsto.

Ese desplazamiento tiene una consecuencia para la relación entre arte y filosofía. Si la filosofía aparece cuando las obras la hacen necesaria, no puede reclamar la última palabra. Debe aceptar que el arte la interrogue, la contradiga y a veces la corrija. Esto no disminuye la filosofía, sino que la hace más honesta. Los conceptos dejan de ser moldes en los que se vierten las obras y se convierten en hipótesis que las obras ponen a prueba. Heidegger construyó una de las reflexiones más influyentes del siglo XX sobre un cuadro cuyos zapatos probablemente no eran de una campesina, y fue la obra la que terminó cuestionando su lectura. El filósofo estadounidense Arthur Danto tuvo que revisar la definición misma del arte porque unas cajas de detergente se lo exigieron. En ambos casos, la obra enseñó algo que la teoría no sabía.

Esta forma de pensar tiene además un alcance ético y político, sobre todo en un contexto como el latinoamericano. Durante siglos, el conocimiento sobre el arte se produjo en otros lugares, y las obras de la región se leyeron con categorías prestadas, casi siempre como variantes tardías o periféricas de un relato ajeno. Partir de las preguntas que plantean las obras, en vez de aplicarles teorías elaboradas para otros objetos, abre la posibilidad de que las prácticas locales produzcan sus propios conceptos. Una intervención de recuperación en el estero Salado, una participación en una fiesta popular, una fotografía de la regeneración urbana o una pieza de un joven artista latinoamericano pueden plantear problemas que ninguna teoría ha formulado todavía. Reconocerlos exige una mirada crítica, sensible y situada, capaz de sostener la tensión entre lo que se sabe y lo que la obra propone.

Queda, por último, una tarea para el presente. En un mundo saturado e inundado de imágenes que circulan a una velocidad sin precedentes, producidas cada vez más por máquinas y ordenadas por algoritmos que deciden qué se ve y qué no, la capacidad de detenerse ante una imagen y formularle preguntas se vuelve una forma de resistencia y de reafirmar nuestra presencia como seres humanos. No se trata de rechazar la técnica ni de volver nostálgicamente al aura perdida. Se trata de recuperar la posibilidad de que la mirada no quede gobernada por completo y tenga la opción de cambiar e interrogar a la perspectiva desde que nos situamos ante la realidad. El arte contemporáneo, con sus incertidumbres, sus provocaciones y sus silencios, ofrece un espacio único para ejercer esa posibilidad. Frente a una imagen que nadie ha pensado todavía, lo decisivo no es tener la teoría adecuada, sino poseer la suspicacia crítica, la de saber formular el problema, tejer las relaciones pertinentes y dejar que la imagen conserve su fuerza. Pensar con el arte, y no solo sobre él, significa aceptar que la obra también sabe algo y que la tarea del pensamiento es aprender a escucharla y descifrarla desde la experiencia sensible.

 

Bibliografía

 

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jueves, 17 de septiembre de 2026

 

Escuchar al enemigo: 

Daniel Barenboim  y la lógica del exterminio

 entre palestinos e israelitas


David De los Reyes




 

La historia de Palestina e Israel constituye uno de los escenarios más dramáticos donde la modernidad ha puesto a prueba sus propias categorías morales y políticas. Durante décadas, los acontecimientos han sido interpretados a través de nociones como territorio, soberanía, ocupación, seguridad, terrorismo, nacionalismo o guerra. Todas ellas son categorías necesarias para comprender la complejidad del conflicto, pero quizá ninguna alcance a explicar su núcleo más profundo. Existe algo más fundamental que precede a la disputa por la tierra y que sobrevive incluso cuando cambian las fronteras, los gobiernos o los acuerdos diplomáticos. Lo que se encuentra en el centro de esta tragedia histórica es una crisis del reconocimiento.

Las reflexiones de Daniel Barenboim permiten formular esta cuestión desde una perspectiva extraordinariamente original. Formado en el mundo de la música, habituado a pensar la convivencia de múltiples voces dentro de una misma estructura sonora, Barenboim comprende que el problema palestino-israelí no puede reducirse únicamente a una confrontación de intereses. Lo que está en juego es la dificultad de dos pueblos para admitir que la existencia del otro constituye una realidad legítima e irreductible. En numerosas ocasiones ha insistido en que no existe una solución militar para el conflicto y que los destinos del pueblo palestino y del pueblo israelí están inseparablemente ligados. Su tesis no es simplemente política. Es ontológica. Parte de la convicción de que ninguna identidad alcanza plenitud mediante la destrucción de aquello que la contradice.

Esta intuición encuentra un antecedente filosófico decisivo en Hegel. La conciencia humana, según la lectura hegeliana, sólo deviene plenamente consciente cuando es reconocida por otra conciencia. Ninguna identidad puede fundarse exclusivamente sobre sí misma. Necesita la mirada del otro. Necesita el reconocimiento del otro. Sin embargo, la tragedia comienza cuando cada sujeto exige reconocimiento sin estar dispuesto a reconocer. Surge entonces la lucha. Cada parte desea ser afirmada en su singularidad, pero rechaza otorgar esa misma legitimidad a quien se encuentra frente a ella. La consecuencia es una confrontación interminable donde ambos adversarios se vuelven dependientes precisamente de aquello que intentan negar.

La situación palestino-israelí parece reproducir de manera casi ejemplar esta dialéctica. El pueblo judío reclama el reconocimiento de su historia, de la persecución sufrida durante siglos y de la experiencia traumática del Holocausto. El pueblo palestino reclama el reconocimiento de la Nakba, del desplazamiento, del desarraigo y de la ocupación. Ambas exigencias son legítimas. Ambas surgen de experiencias históricas reales. Sin embargo, con frecuencia aparecen formuladas como si la legitimidad de una exigiera la negación de la otra. Cada memoria se presenta como absoluta. Cada sufrimiento aspira a convertirse en criterio exclusivo de legitimidad. El resultado es una paradoja devastadora: dos pueblos que buscan ser reconocidos encuentran cada vez mayores dificultades para reconocer.

Precisamente aquí la reflexión de Barenboim se vuelve especialmente fecunda. La música le enseña una verdad que la política suele olvidar. Ninguna voz se realiza en soledad. Ninguna melodía agota el significado de una obra. Una fuga de Bach no está construida sobre la eliminación de las diferencias sino sobre su coexistencia. El sujeto necesita al contrasujeto. La presencia de otra voz no disminuye la identidad de la primera; por el contrario, la hace posible. La grandeza de la polifonía consiste en mostrar que la pluralidad puede constituir una unidad sin perder su diversidad. Aquello que la política moderna suele interpretar como amenaza, la música lo convierte en condición de posibilidad.

Desde esta perspectiva, la tragedia palestino-israelí no puede comprenderse únicamente como un conflicto territorial. Es también el fracaso de una escucha. Y la escucha, para Barenboim, no es una actividad pasiva. Escuchar significa reconocer que la voz ajena posee una legitimidad equivalente a la propia. Significa aceptar que la historia del otro continúa existiendo, aunque contradiga ciertos aspectos de nuestra propia narrativa. Escuchar implica aceptar la coexistencia de perspectivas que no pueden reducirse a una sola.

Es inevitable recordar aquí la distinción establecida por Martin Buber entre la relación Yo-Tú y la relación Yo-Ello. El Tú aparece como una presencia irreductible. No puede ser poseído, administrado o reducido a objeto. El Ello, por el contrario, es aquello que convertimos en instrumento o categoría. Una de las tragedias fundamentales de toda guerra consiste precisamente en la transformación progresiva del Tú en Ello. El otro deja de comparecer como una existencia concreta y se convierte en una abstracción.

Cuando el palestino deja de aparecer como un ser humano singular para convertirse únicamente en una amenaza demográfica, un riesgo de seguridad o una cifra estadística, la relación Yo-Tú se rompe. Del mismo modo, cuando el israelí deja de aparecer como una vida concreta y pasa a representar exclusivamente la figura abstracta del ocupante o del colonizador, también desaparece la relación auténtica. Lo que permanece es un mundo poblado por categorías. Y las categorías, a diferencia de los rostros, pueden ser eliminadas sin remordimiento.

 

La importancia filosófica del pensamiento de Barenboim radica en su constante resistencia frente a esta cosificación. La Orquesta West-Eastern Divan no constituyó únicamente un gesto simbólico o cultural. Constituye una experiencia de reaprendizaje de la alteridad. Allí palestinos e israelíes descubren que es posible mantener diferencias irreductibles sin transformarlas en destrucción mutua. La música no elimina los antagonismos. Los integra dentro de una estructura donde cada voz continúa siendo distinta. Lo decisivo es que ninguna intenta convertirse en la única voz posible.

La cuestión adquiere una especial gravedad cuando observamos los acontecimientos contemporáneos. Después de los ataques perpetrados por Hamás y de la devastadora respuesta militar desarrollada en Gaza, el mundo ha vuelto a enfrentarse a preguntas que parecían pertenecer únicamente al siglo XX. Las discusiones sobre terrorismo, legítima defensa, proporcionalidad militar, castigo colectivo, crímenes de guerra o genocidio muestran hasta qué punto el conflicto se desarrolla simultáneamente en el plano jurídico, político y moral. Sin embargo, incluso más allá de esas discusiones, emerge una cuestión filosófica fundamental: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de ver rostros y empieza a ver únicamente amenazas?

Toda guerra posee una capacidad singular para erosionar la percepción de la humanidad del otro. Las víctimas se convierten en números. El sufrimiento se vuelve estadística. El duelo queda reservado para unos mientras otros parecen excluidos de toda posibilidad de ser llorados. La violencia extrema opera precisamente mediante esta reducción. Desaparece la singularidad. Desaparece la complejidad. Desaparece el rostro.

No es casual que la crisis contemporánea pueda interpretarse también como una crisis de hospitalidad. Toda comunidad necesita fronteras, pero ninguna comunidad sobrevive encerrándose completamente dentro de ellas. La hospitalidad no significa renunciar a la propia identidad. Significa aceptar que el otro posee derecho a aparecer ante nosotros sin quedar reducido inmediatamente a enemigo. La imposibilidad de imaginar una hospitalidad mínima constituye uno de los rasgos más inquietantes de los nacionalismos contemporáneos. Allí donde el otro es percibido exclusivamente como amenaza, desaparece la posibilidad misma de una convivencia futura.

La hermenéutica nos recuerda que comprender no significa absorber la perspectiva ajena ni abandonar la propia. Comprender significa exponerse a la posibilidad de ser transformado por el encuentro. Ningún diálogo auténtico es posible cuando las conclusiones están determinadas de antemano. Comprender exige vulnerabilidad. Exige aceptar que la propia mirada puede no ser suficiente. Exige admitir que el otro tiene algo que decir acerca de la realidad que nosotros solos no podemos ver.

Quizá una de las razones por las que el conflicto palestino-israelí parece tan intratable sea precisamente la dificultad de alcanzar esta disposición hermenéutica. Ambas sociedades han desarrollado mecanismos de memoria extraordinariamente sofisticados para preservar su historia. Sin embargo, la memoria corre siempre un riesgo: convertirse en resentimiento. Recordar es necesario. Ninguna comunidad puede sobrevivir sin memoria. Pero cuando la memoria deja de abrirse al reconocimiento y se transforma únicamente en una reafirmación de la propia herida, termina consolidando aquello que pretendía superar.

La memoria del Holocausto constituye una obligación ética para toda la humanidad. La memoria de la Nakba constituye igualmente una realidad histórica que no puede ser ignorada. Ninguna de las dos desaparece porque exista la otra. Lo problemático aparece cuando una memoria es utilizada para negar la posibilidad de la memoria ajena. La herida deja entonces de ser lugar de reflexión y se convierte en instrumento de exclusión.

Barenboim comprende esta dificultad con una lucidez poco frecuente. Su pensamiento no propone una reconciliación ingenua ni una fraternidad inmediata. La música le ha enseñado algo mucho más complejo. La diferencia no desaparece. El conflicto tampoco. Lo que cambia es la manera de habitarlo. Una obra musical importante no elimina las tensiones; las organiza. No destruye las voces incompatibles; encuentra formas de coexistencia. La armonía no es ausencia de contradicción. Es la posibilidad de que la contradicción no desemboque en exterminio.

Por ello la lógica del exterminio constituye el verdadero antagonista de todo el pensamiento de Barenboim. Exterminar no significa solamente destruir cuerpos. Significa negar al otro la condición misma de interlocutor. Significa expulsarlo del espacio donde puede ser escuchado. Significa convertir su desaparición en condición de la propia plenitud. Y precisamente esa fantasía constituye uno de los mayores peligros políticos de nuestro tiempo.

Toda identidad que pretende realizarse mediante la eliminación del otro termina mutilándose a sí misma. La homogeneidad absoluta no produce plenitud. Produce empobrecimiento. Las culturas crecen mediante el contacto. Las sociedades prosperan mediante la interacción. La conciencia se desarrolla mediante el reconocimiento. Lo que la música muestra cotidianamente es que la unidad no nace de la uniformidad sino de la relación.

 

Tal vez por ello la aportación más profunda de Barenboim trascienda el ámbito específico de Oriente Medio. Lo que su reflexión pone en cuestión es una tendencia mucho más amplia de la modernidad tardía: la tentación de construir identidades defensivas basadas en la exclusión. Frente a esta lógica, propone una ontología de la escucha. Escuchar al otro no significa renunciar a la propia verdad. Significa reconocer que la verdad humana nunca se presenta bajo la forma de una voz única.

La cuestión decisiva para palestinos e israelíes no es, en última instancia, cuál de los dos pueblos posee el monopolio del sufrimiento o de la legitimidad histórica. La cuestión decisiva consiste en determinar si serán capaces de reconocerse mutuamente como condiciones de existencia del otro. Si la enseñanza de Hegel conserva todavía alguna vigencia, la libertad exige reconocimiento. Si la intuición de Buber sigue siendo relevante, la humanidad sólo aparece allí donde el Yo es capaz de encontrarse verdaderamente con un Tú. Y si la música tiene todavía algo que enseñarnos acerca de la condición humana, tal vez sea precisamente esto: que ninguna voz alcanza plenitud convirtiéndose en la única voz del mundo.

En una época dominada por la polarización, la exclusión y el miedo, la reflexión de Barenboim nos obliga a recuperar una verdad elemental y difícil. El otro no constituye simplemente el límite de nuestra identidad. El otro forma parte de sus condiciones de posibilidad. Allí donde esta verdad es olvidada, la historia se llena de guerras. Allí donde comienza a ser comprendida, se abre la posibilidad de una paz que no sea mera suspensión de la violencia, sino reconocimiento efectivo de una humanidad compartida. Esa posibilidad sigue siendo frágil, incierta y lejana. Pero quizá toda esperanza política auténtica comience precisamente en la capacidad de escuchar aquello que durante demasiado tiempo hemos intentado silenciar.

 

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jueves, 3 de septiembre de 2026

Orfeón Universitario UCV:

50 años cantando sobre las nubes

José Antonio Furiati Manganelli




Allá en lo azul los lirios

ornan alcázares de ensueño

arpas de estrellas

melodizan los ritmos

y teorías de mil auroras

van cantando sobre las nubes

su fresca juventud

Cántico – Vicente E. Sojo

 

Tranquilos transcurrían los días de aquel verano, —fines de agosto e inicios de septiembre—, en 1976. Estaba a punto de concluir el más largo periplo que aquella pareja hubiese podido concebir. Es decir, Violeta y este servidor vivíamos entonces la culminación de un fabuloso tour planificado mes y medio atrás a partir de itinerarios y recomendaciones brindadas por familiares y amigos conocedores de estas 30 ciudades europeas visitadas.

Todas ellas urbes a las que pudimos recorrer por vía terrestre, gracias a la majestuosa nave de “Manu”, un ómnibus muy particular como su conductor. Aquel que proyectaba la viva estampa de un gallardo y rubio alemán, pero que en realidad era catalán y quien fue desde el inicio un inseparable compañero de destinos, incluyendo su “Ciutat Comtal”. Sí Barcelona, la misma donde hoy Violeta y yo residimos.

Tras algunos paseos finales, arribamos al hotel aquel 04 de septiembre a retirar el equipaje grueso dejado allí para aligerar el recorrido, pernoctar y volar al día siguiente hacia Caracas. Al ingresar junto a mi esposa, el encargado del lobby añadió a su saludo la frase: “sentido pésame, señor”. Atónitos conocimos entonces que el día anterior (viernes 03) se había estrellado un avión militar modelo Hércules C-130 procedente de mi país sin sobrevivientes. Entre sus 68 víctimas se encontraban los integrantes del Orfeón de la Universidad Central de Venezuela y su director, el Maestro Vinicio Adames. Un episodio fatal de nuestra historia contemporánea que se conocería como la Tragedia de Las Azores, pues aconteció justo en Terceira, una de las islas del archipiélago portugués, la madrugada de ese 03 de septiembre de 1976.

El impacto fue doble al tratarse de la agrupación coral representante de mi Alma Mater, pero además al confirmar que entre sus víctimas se encontraba mi amigo y paisano Vinicio. Aún conmocionado salí a la esquina a comprar el diario La Vanguardia y allí encontré unas declaraciones de Raúl Delgado Estéves, entonces director invitado de la agrupación, quien milagrosamente viajó antes para resolver asuntos de logística de la gira europea que traería a la agrupación coral por primera vez al Viejo Continente.

A mi abrumada mente vinieron recuerdos de nuestra natal Barquisimeto, la reconocida Capital Musical de Venezuela, donde Adames inició su carrera en el canto que luego le llevaría a las filas de los tenores del orfeón ucevista. Los más jóvenes le admirábamos y buscábamos imitarle en rondallas que armábamos en la esquina del Teatro Florida. Serenatas amateur a las cuales de tanto en tanto se incorporaba su hermano, Alí Adames.

El mortal accidente del turbo-avión estuvo rodeado de toda clase de eventos contradictorios, que son reseñados en detalle en la investigación del musicólogo Eleazar Torres:

… “el aeropuerto de Lajes, en Terceira, siendo una base militar estadounidense, no tenía iluminación en ese momento. Además, en la torre de control no estaba el personal profesional capacitado, sino un asistente que no pudo ofrecer mayor ayuda al piloto, .... Adicionalmente, el radar no estaba funcionando. Ante todas estas adversidades, sólo un milagro hubiese hecho falta para que esta tragedia no hubiese ocurrido” (Torres Rodríguez, 2023).

Más allá de haber sido testigos involuntarios de cómo los españoles y el mundo recibieron la infausta noticia sobre la única agrupación latinoamericana que haría parte del XII Festival Internacional del Canto Coral de Barcelona, queremos con estas líneas, escritas 50 años después, realizar un vívido tributo a esa gran comunidad de voces venezolanas que siempre pusieron en alto a su valiosa institución.

Y para ello también vale la pena reproducir las palabras de aliento brindadas al maestro Raúl Delgado Estéves por sus colegas organizadores de aquel cónclave catalán dispuesto a reunir lo más excelso del arte coral mundial:

“Hermanos cantores de la Universidad Central de Venezuela. Con ilusión de niños, veníais a traer vuestras bellas canciones (…) Parece que el mismo Dios en sus misterios e insoldables planes ha preferido para vosotros otro escenario mejor. Ha querido llevaros a su lado, para que cantéis eternamente en el Gran Festival del Cielo. Nosotros os ofrecemos desde la tierra todas las canciones de XII Festival Internacional de Canto Coral. Las vamos a cantar mirando vuestra bandera donde queda un gran espacio vacío, un gran hueco sin llenar. Y nos vamos a quedar en silencio tratando de escuchar en nuestro corazón la gran canción de vuestra muerte” (Márquez, 2019).

Y así aconteció pues durante todas las jornadas musicales en las que estuvo previsto la participación del Orfeón Universitario (Patrimonio Artístico de Venezuela), a lo largo de los cinco días del encuentro, sus almas fueron honradas enarbolando nuestra bandera tricolor en aquellas tribunas donde sus cánticos resonarían. Como esperamos también en 2027 se escuchen las voces del hoy renovado Orfeón UCV en la edición 62° del Festival Internacional que acoge nuestra Barcelona sonora.

 

¡PAZ A LOS 52 MÁRTIRES!

Referencias

Márquez, A. P. (30 de 05 de 2019). Raúl Delgado, el sobreviente de Las AZores. Obtenido de guatacanights.com: https://www.guatacanights.com/noticias/2019-5-30-ral-delgado-el-sobreviviente-de-las-azores

Torres Rodríguez, E. (01 de 08 de 2023). Ofeón Universitario ´76: Su voz sigue sonando. Obtenido de documental.cusibglobal.org: https://documental.cusibglobal.org/wp-content/uploads/2023/08/ORFEON_UNIVERSITARIO_76_SU_VOZ_SE_SIGUE.pdf