La obscena contabilidad del
apocalipsis nuclear
David De los Reyes
La expiración del Nuevo START revela el
verdadero rostro de la disuasión: un sistema costosísimo, inestable y
éticamente indefendible que pone en riesgo la supervivencia de la civilización.
“Las
armas nucleares no protegen a las naciones; las toman como rehenes.”
— George F. Kennan,
diplomático y arquitecto de la contención durante la Guerra Fría
El mundo será objetivamente más inseguro a partir de mañana
si los líderes estratégicos de Estados Unidos y Rusia no alcanzan un acuerdo
para frenar la producción y el despliegue de armas nucleares. Con la expiración
del tratado Nuevo START, el último instrumento legal que limitaba el
tamaño de los arsenales estratégicos de ambas potencias deja de tener vigencia.
La pregunta no es si esto tendrá consecuencias, sino cuán profundas y
cuán irreversibles serán. Para la humanidad, las implicaciones son
claras: todas negativas.
La desaparición de este marco de control abre la puerta a una
nueva carrera armamentista, una reedición de la Guerra Fría, pero en
condiciones mucho más peligrosas. No hablamos de una tensión ideológica
contenida, sino de un calentamiento nuclear real, explícito y
sin disimulos. El presidente Donald Trump ha manifestado en repetidas ocasiones
su disposición a reactivar y expandir la producción de armamento nuclear,
rompiendo con décadas de relativo consenso sobre la contención estratégica. Del
otro lado, Vladímir Putin —en el contexto de una guerra de agresión contra
Ucrania y de un creciente desgaste económico— ha dejado claro que Rusia no
renunciará a su papel central en la lógica de la disuasión nuclear. Dos
potencias, dos liderazgos autoritarios o hiperpersonalistas, y un mismo
resultado: más armas, menos seguridad.
El primer tratado START fue firmado en 1972, en pleno clímax
de la Guerra Fría, como reconocimiento tácito de una verdad incómoda: la
proliferación nuclear no ofrece seguridad, sino una forma sofisticada de
suicidio colectivo. El acuerdo fue actualizado en 2010 bajo el nombre
de Nuevo START, estableciendo límites verificables a las ojivas
estratégicas desplegadas. No es un dato menor que Estados Unidos y Rusia
concentren cerca del 90 % del arsenal nuclear mundial
(Federation of American Scientists, 2024: https://fas.org).
Rusia mantiene actualmente unas 5 500 ojivas nucleares,
mientras Estados Unidos conserva alrededor de 5 200. El resto
del mundo vive bajo la sombra de esa desproporción.
Conviene desmontar una fantasía persistente, muy útil para la
propaganda militarista: las armas nucleares no pueden destruir el planeta. No
pueden hacerlo explotar, partirlo en pedazos ni sacarlo de su órbita. Para eso
se requeriría una energía comparable a la de un gran asteroide, algo fuera del
alcance humano. Pero esta precisión física no debe tranquilizarnos. Las
armas nucleares no destruyen la Tierra; destruyen la civilización. Y
eso es más que suficiente.
Un intercambio nuclear a gran escala provocaría la muerte
inmediata de cientos de millones de personas. Colapsarían los
sistemas eléctricos, el abastecimiento de agua, la atención sanitaria, las
comunicaciones y las redes digitales. A esto seguiría el fenómeno conocido como
invierno nuclear, ampliamente documentado por estudios
científicos desde la década de 1980 y reafirmado en investigaciones recientes
(Robock et al., Nature Food, 2022: https://www.nature.com/articles/s43016-022-00573-0).
El humo y el hollín bloquearían la radiación solar durante años, desplomando la
producción agrícola global y desencadenando hambrunas capaces de matar a miles
de millones de personas. No sería el fin del planeta, pero sí el fin
del mundo humano.
Y, sin embargo, no existe hoy una arquitectura política
global capaz de frenar esta deriva. Las Naciones Unidas carecen de poder
coercitivo real frente a las potencias nucleares. Los tratados se abandonan
unilateralmente. Todo queda reducido a la psicología, el cálculo político y, en
el peor de los casos, el ego de unos pocos individuos con acceso a códigos de
lanzamiento. Nunca antes tanto poder destructivo dependió de tan poca
cordura.
Después de cierto umbral, acumular más armas no aumenta la
capacidad de destrucción: solo garantiza que nadie gane. Estados Unidos y Rusia
poseen juntas unas 10 700 ojivas nucleares. A ellas se suman
las de China (576), Francia (280), Reino Unido (225), India (180), Pakistán
(170), Israel (90) y Corea del Norte (50), según la Federation of American
Scientists (https://fas.org/issues/nuclear-weapons/status-world-nuclear-forces/).
La repetición de este dato debería producir vértigo moral.
La obscenidad no termina en el potencial destructivo.
Continúa en el costo económico. Una ojiva nuclear cuesta entre
20 y 50 millones de dólares, considerando únicamente su
fabricación (NTI, https://www.nti.org). Esto
no incluye misiles, submarinos, bombarderos, sistemas de mando y control ni
décadas de mantenimiento. Solo los arsenales de Estados Unidos y Rusia
representan entre 214 000 y 535 000 millones de dólares en
costos de producción de ojivas. El costo real, al incluir toda la
infraestructura, asciende a billones de dólares.
Según el Los Alamos Study Group (abril de 2025),
Estados Unidos gastará cerca de un billón de dólares entre 2025 y 2034
en operar, mantener y modernizar su arsenal nuclear (https://lasg.org).
De ese monto, 357 000 millones se destinarán exclusivamente al
mantenimiento del arsenal existente, con un promedio anual cercano a los 100
000 millones de dólares. Rusia, aunque mucho más opaca, gastó entre 8
y 9 mil millones de dólares en 2023 en mantenimiento y modernización
nuclear (ICAN, https://www.icanw.org).
Este es el punto central: mantener armas nucleares es
radicalmente más caro que desmantelarlas, y aun así se sigue
invirtiendo en ellas como si fueran una garantía de estabilidad. No lo son. Son
un chantaje permanente al futuro. El debate nuclear no es técnico ni militar;
es ético y civilizatorio. Cada dólar destinado a la disuasión nuclear es un
dólar retirado de la salud pública, la educación, la adaptación climática o la
reducción de la pobreza.
El siglo XXI enfrenta desafíos complejos creados por nuestro
propio modelo de desarrollo industrial y por una obsesión patológica con el
poder. Seguir apostando a la disuasión nuclear es insistir en una lógica
infantil y narcisista: “si tengo más armas, estaré más seguro”. La realidad
demuestra lo contrario. Nunca hemos estado tan cerca de la
autodestrucción, ni tan bien financiados para ejecutarla. El problema
ya no es si podemos permitirnos eliminar las armas nucleares. El problema es si
la humanidad puede permitirse seguir existiendo con ellas. La disuasión nuclear
es la aceptación racional de un suicidio colectivo como política de Estado
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