martes, 7 de abril de 2026

 

Las Formas que se desvanecen 

Para una filosofía de las plantas

 David De los Reyes

Serie Fungos Truncus. Redes Sociales Vegetales DDLR2026, abril



Hay formas que parecen definirse por lo que llenan, y otras que, en realidad, solo existen por lo que dejan libre. Las plantas entran en esta segunda categoría. Su forma no se sostiene en la materia que las compone, sino en el espacio que crean. Un tallo no es solo un cuerpo vertical: también representa el espacio que abre entre dos densidades. Una hoja no es únicamente una superficie: es la interrupción de un flujo de aire. Y una raíz no es solo una línea bajo tierra: es la constante negociación con un volumen oscuro que no se deja ver.

Si uno observa con atención —y aquí la atención es más crucial que la simple mirada— se da cuenta de que la planta no se afirma contra el mundo, sino que fluye con él. No delimita un territorio propio, sino que se adapta al que encuentra. No impone su forma: la ajusta. No busca un centro: se distribuye. Y en esa disposición hay una lección estética que a menudo pasamos por alto: la forma no es un borde, sino una relación.

La tradición occidental ha insistido en pensar la forma como un contorno, como un límite claro, como una definición precisa. La planta, en cambio, nos obliga a reconsiderar la forma como porosidad. Una hoja no existe sin el aire que la rodea. Un pétalo no tiene sentido sin la luz que lo atraviesa. Un árbol no se ría nada sin la sombra que proyecta. La planta es, en su esencia, una forma que se sostiene en lo que no se ve.

Esto resulta incómodo para una cultura que ha privilegiado lo sólido, lo estable, lo visible. Nos cuesta aceptar que la vida se apoya en lo que no tiene consistencia. Que la raíz crece en la oscuridad. Que la savia circula sin ruido. Que la flor se abre sin testigos. Que la planta confía más en lo invisible que en lo evidente.

La noción de vacío, tan malinterpretada en nuestra tradición, encuentra en las plantas una expresión concreta. El vacío no es ausencia, sino una condición necesaria. Sin vacío no hay crecimiento, no hay respiración, no hay posibilidad. El vacío no es lo que falta: es lo que permite. Es el espacio donde la vida se acomoda, donde la forma encuentra su ritmo, donde la existencia se vuelve flexible.

La planta no teme al vacío: lo habita. Lo convierte en aliado. Lo transforma en un espacio de expansión. Mientras nosotros llenamos, acumulamos, saturamos, la planta deja libre, deja pasar, deja ser. Su sabiduría no está en lo que ocupa, sino en lo que libera.

Si uno mira un bosque con esta sensibilidad, descubre que no es un conjunto de cuerpos, sino un conjunto de espacios. Cada tronco abre un hueco en la luz. Cada rama dibuja un gesto en el aire. Cada hoja modula la atmósfera. El bosque no es densidad: es respiración. Es un tejido de vacíos que se sostienen mutuamente.

Y, aun así, nuestra mirada insiste en ver lo lleno, lo sólido, lo visible. Nos cuesta aceptar que la vida se sostiene en lo que no se ve. Que la raíz crece en la oscuridad. Que la savia circula en silencio. Que la flor se abre sin testigos. Que la planta confía en lo invisible más que en lo evidente.

Hay una dimensión política en esta disolución de la forma. Una política que no se basa en la conquista, sino en la coexistencia. Una política que no se sostiene en la identidad, sino en la relación. Una política que no se afirma en el poder, sino en la disponibilidad. La planta no gobierna: participa. No domina: convive. No exige: ofrece.

En un mundo saturado de formas rígidas —instituciones, fronteras, discursos, identidades— la planta propone una estética de la flexibilidad. Una ética de apertura. Una política del vacío. No un vacío nihilista, sino un vacío fértil, un vacío que permite que algo más crezca, que algo más respire, que algo más exista.

La planta no se pregunta quién es: se cuestiona dónde puede estar. No se pregunta qué posee: se pregunta qué necesita. No se pregunta cómo imponerse: se pregunta cómo sostenerse. Y en esa diferencia hay toda una filosofía.

Quizás por eso, cuando uno observa una planta con verdadera atención, siente que algo en su interior se afloja. Que la rigidez se disuelve. Que la identidad se vuelve permeable. Que el yo deja de ser un muro y se convierte en un umbral. La planta no nos pide que la imitemos: nos invita a recordar que también somos espacio, que también somos vacío, que también somos forma que se disuelve.

Y tal vez, en esa disolución, encontremos una manera más amable de estar en el mundo.

 

lunes, 6 de abril de 2026

  Pensando como una montaña (1949)[1]*

Aldo Leopold[2]



Aldo Leopold


 

Un aullido profundo resuena desde el fondo del pecho, como eco de peñasco en peñasco, bajando desde la montaña para desvanecerse en la profunda oscuridad de la noche. Es el arrebato de una pena desenfrenada, salvaje y desafiante, llena de coraje ante todas las adversidades del mundo.

Todos los seres vivos (y tal vez también muchos de los muertos) prestan atención a este aullido. Para el ciervo es un aviso del destino de la carne, para el pino es una previsión de luchas de medianoche y sangre sobre la nieve, para el coyote es una promesa de los restos de las presas que vendrán, para el ranchero es una menaza de cifras rojas en la cuenta del banco, para el cazador es el desafío del colmillo contra la bala. Sin embargo, más allá de estas expectativas y temores obvios e inmediatos subyace un significado más profundo, que solo la montaña conoce. Solo la montaña ha vivido el tiempo suficiente como para escuchar y comprender el aullido de un lobo.

Incluso aquellos que son incapaces de descifrar este significado oculto saben que este existe, pues se siente en todos los territorios con lobos y eso distingue a estos territorios de los demás. Su mensaje “hormiguea en la  médula” de todos los que escuchan lobos en la noche o encuentran sus huellas durante el día. Aun cuando no los veamos u oigamos, su presencia se manifiesta en un centenar de pequeños acontecimientos: el relincho de un caballo de carga a medianoche; el golpeteo de rocas que ruedan y caen, los brincos de un ciervo en fuga, y la forma en que las sombras yacen bajo los pinos.Solo el insensible podría dejar de percibir la presencia o ausencia de los lobos, o el hecho que la montaña posee una opinión secreta acerca de ellos.

Mi propia convicción acerca de este hecho proviene del día cuando vi morir a una

 loba. Almorzábamos arriba de un alto peñasco, bajo el cual se abría paso un río turbulento, cuando vimos algo que pensamos era una cierva vadeando el torrente, con su pecho en las aguas blancas. Mientras subía por la ribera hacia nosotros y sacudía la cola, constatamos nuestro error: era una loba. Una media docena de otros, evidentemente cachorros grandes, saltaban en las praderas y todos se juntaban en una mezcla de bienvenida, como juego que se manifiesta con colas meneándose y mordiscos. Seextendía al pie de nuestro peñasco, literalmente, un montón de lobos que retozaban y se revolcaban en el centro del llano abierto.

En esos días no concebíamos dejar pasar oportunidad alguna para matar un lobo. Dentro de unos segundos lanzábamos plomo a la manada, pero nuestros disparos iban con más excitación que precisión; siempre es confuso apuntar un tiro empinado que va cuesta abajo. Cuando nuestros rifles estuvieron vacíos, la loba vieja ya estaba derribada y un cachorro arrastraba una pierna hacia rodados intransitables.

Alcanzamos a llegar donde la loba vieja a tiempo para ver en sus ojos moribundos un salvaje fuego verde que se extinguía. Allí me di cuenta, y desde entonces supe para siempre, que había algo nuevo para mí en esos ojos, algo que solamente ella y la montaña conocen. En esos días yo era joven y estaba lleno de ganas de disparar; pensaba que mientras menos lobos hubiese más ciervos habría; la ausencia de lobos traería entoncesun paraíso para los cazadores. Pero después de haber visto morir ese fuego verde, sentí que ni los lobos ni la montaña compartían mi parecer.

 

Desde entonces he vivido para observar cómo en región tras región se han ido exterminando los lobos. He contemplado la faz de las montañas donde recientemente se han extirpado los lobos, y en ellas he visto cómo las laderas que miran hacia el sur se van arrugando con miríadas de laberintos de nuevas huellas de ciervos. He visto cómo cada arbusto y retoño comestible ha sido ramoneado, primero hasta una debilidad anémica y luego hasta la muerte. He visto cada árbol comestible para los ciervos, deshojado hasta la altura de sus cuernos. Tal ontaña se ve como si alguien le hubiese dado a Dios una podadora y le hubiese prohibido hacer otro ejercicio. Al final, blanqueándose junto a los esqueletos de los arbustos muertos o pudriéndose bajo los altos cipreses rayados, encontramos los huesos de aquellos ciervos de los cuales se esperaba tanto y que murieron de hambre por ser demasiados.

Ahora sospecho que tal como la manada de ciervos vive con el temor mortal de los lobos, la montaña vive con el temor mortal de la presencia de los ciervos. Y tal vez con mayor razón, puesto que para sustituir a un ciervo macho eliminado por los lobos se necesitan dos a tres años, pero para recuperar una pradera eliminada por el exceso de ciervos se necesitan muchas décadas. Lo mismo ocurre con los vacunos. El ranchero que limpia sus terrenos de lobos no se da cuenta que es él mismo quien debe realizar el trabajo de los lobos; esto es, debe ir ajustando el número del ganado para mantener su pradera. El ranchero no ha aprendido a pensar como la montaña. Por eso tenemos erosión, y los ríos lavan los suelos llevándose el futuro al mar.

 

Todos aspiramos a tener seguridad, prosperidad, comodidad, una vida larga y sin sobresaltos. El ciervo se esfuerza con sus patas ágiles, el vaquero con sus  rampas y venenos, el estadista con su lápiz, la mayoría de nosotros con máquinas, votos y dólares. Todos aspiramos a lo mismo: la paz en nuestros días. Un cierto grado de éxito en estos ámbitos parece necesario. Sin embargo, necesitamos un modo de pensar más objetivo, porque parece que demasiada seguridad genera solamente peligro en el largo plazo. Tal vez este es el mensaje contenido en la máxima de Thoreau[3]: “en lo salvaje está la salvación del mundo”. Tal vez ese es el significado oculto en el aullido del lobo, conocido desde hace mucho por las montañas, pero rara vez percibido por el hombre



* Este texto es tomado de la Revista Ambiente y Desarrollo 23 (1): 13 - 15, Santiago de Chile, 2007, a la que agradecemos por su publicación y por permitir colocarlo en el blog de Filosofía Clínica.

[1]  Este artículo fue originalmente publicado con el título Thinking like a mountain, por Aldo Leopold en 1949 (Sand County Almanac, Oxford University Press; reimpreso por Ballantines Books Edition, Nueva Cork, Septiembre 1970, pp. 137-141). Traducción de Uta Berghöfer, Mitzi Acevedo y Ricardo Rozzi.

[2] Aldo Leopold (1887-1948), ecólogo, ingeniero forestal y ambientalista estadounidense que impulsó el desarrollo de la ética ambiental contemporánea. Leopold es considerado el padre del manejo de áreas silvestres en Estados Unidos. Trabajó en el Servicio Forestal y fue más tarde profesor en la Universidad de Wisconsin. Con una gran capacidad de comunicación escribió ensayos apelando al concepto de la tierra como organismo vivo. Leopold murió en 1948 de un ataque al corazón mientras combatía un incendio en los pastizales de un proyecto de restauración en Wisconsin. Su obra más conocida es A Sand County Almanac –una colección de ensayos que incluye Pensando como una Montaña–, la cual fue publicada póstumamente por sus hijos en 1949.

[3] N. del T. Henry David Thoreau (1817-1862), escritor, anarquista y filósofo estadounidense, pionero de la ética ambiental, la ecología y la literatura norteamericana.