viernes, 1 de julio de 2011



¿Cual democracia para América Latina?


Fabiana Sorel (*)



Hablar de democracia moderna en el contexto latinoamericano es sin duda un tema hecho para la controversia y los debates. Un tema de explicación filosófica, pero también de política y, en términos ortodoxos, de teoría del estado de derecho y de economía. Cada especialidad aporta los contenidos teóricos que la presentan, respaldan o la inscriben en los marcos de decisiones político-normativas para que en la práctica se pueda institucionalizar como soporte gubernamental legítimo, único e insuperable. El contexto social y político de América Latina supone desde sus inicios una historia marcada por la guerra de independencia, la separación de la Gran Colombia y la instauración de diferentes gobiernos a lo largo de nuestra vida desde la llamada “independencia”.

Menciono estos saberes puesto que son los que componen la vasta discusión de lo que significa hoy preguntarse qué es la democracia o mejor aún, si existe verdaderamente la democracia como único postulado político en el cual los representados se aseguren que no viven bajo ninguna otra forma de gobierno que pueda superar el hecho de elegir a sus representantes para poder, de alguna manera, participar en las decisiones que las sociedades requieren, y de quienes las gobiernan.

La cultura de Nuestra América es occidente; el destino de la modernidad europea fue privilegiado por quienes seguirían hasta nuestra época la comprensión de los paradigmas del progreso, la educación, el humanismo y los avances científicos, pero como un devenir de explotación al mismo tiempo que las riquezas naturales y formas de lucha por la independencia fueron desde Bolívar eliminadas por el peso de la dominación militar y de la explotación económica de las metrópolis conquistadoras. Saqueada y empobrecida, con las venas abiertas y los crepúsculos de oro y plata de los Andes altivos permanece hoy por hoy en el dilema de la esclavitud y de la libertad. Como herederos de la tradición occidental, avasallados por el peso de la conquista y de la humillación de un continente casi aniquilado, Latinoamérica ha forjado el destino que le fue sembrado por la herencia colonizadora: muerte, dependencia y corrupción. Lo que la caracteriza en su corta historia desde la conquista española es el hecho de no haber podido desarrollar un criterio propio con sus intelectuales, que perseguidos y formados en el eurocentrismo no han creado ideas y orientaciones para renunciar a repetir lo que las teorías políticas de la filosofía francesa o alemana y del derecho italiano, español y francés nos han legado. Nuestra formación, y me refiero aquí a una forma de educación, nos encausa a servirnos de "lo que se ha gestado" en el mundo de los que forjaron las colonias y la colonización que llevamos como herencia. Europa, a pesar de sus grandes pensadores, entre ellos el padre de la democracia moderna Jean-Jacques Rousseau, es el continente que dejó a su paso la historia de los imperios, de las conquistas sanguinarias, de la explotación y humillación de los pueblos dominados. Este legado de muerte y de dominación nos lleva a repetir los errores por donde ellos ya pasaron y nos impide promover ideas propias y nuevas a nivel político.  

En un primer momento veremos qué es la democracia y cómo resurge en el siglo de las luces en Francia con Rousseau hasta anclarse en la política contemporánea como el régimen “de las mayorías” y “de la equidad socio-política”. En un segundo momento se presentará la democracia desde la modernidad y veremos cómo en Latinoamérica pueden existir rasgos que podrían hacer de este régimen una ideología para incentivar la retórica demagógica, siendo capaz de encubrir los totalitarismos y las dictaduras.  Para terminar, es necesario tomar partido por una posición que contrarreste los mecanismos que la promueven bajo argumentos falaces para desmantelar los meandros de la ideología que la respaldan y la sostienen. La democracia, régimen político, ideología de instrumento constitucional y por ende hegemónico es un poder que somete hoy por hoy las consciencias y acapara con fuerza las estrategias de los dispositivos de dominación y de control.


Cueva de las Manos, Patagonia Argentina. Fotografia de Kidoma


Surgimiento de la democracia y su desarrollo histórico

La etimología de democracia viene del griego dèmos (pueblo) y kratos (poder, comandar). El poder del pueblo, de la colectividad que luego va a ser retomada por la modernidad. Es bien sabido que Platón criticó  la democracia  ateniense puesto que ella surgió de la oligarquía quien en su afán de ganancia y de poder de conquista legitimaba su hegemonía política so pretexto de una participación del pueblo y de una igualdad artificial. Este régimen no era para Platón conveniente puesto que él critica la Atenas del siglo V en donde la navegación y el comercio se convierten en formas de imperialismo sometiendo a todos los Estados cercanos, especialmente a los espartanos.  Además, otra de las críticas que Platón hace a la democracia está en el hecho de permitir que grupos dominantes quienes sirviéndose de la ignorancia del pueblo lo persuadan para mantenerse en el poder. Hoy por hoy esta práctica se fomenta a través de los medios de comunicación, una forma de tiranía soterrada y de alto poder persuasivo o mejor aún de adoctrinamiento.
El Estado ideal de Platón es la sofocracia: gobierno de los sabios. Este gobierno no es eterno: va a degenerar cuando los guerreros lleguen al poder. Sin embargo, el filósofo-rey es para Platón una forma de concepción política en la cual "el sabio" es el indicado para gobernar puesto que a la luz de las ideas y del conocimiento mantendrá el equilibrio y el bienestar sociales.
Tanto Platón como Aristóteles consideran que el Estado y la sociedad deben garantizar el equilibrio del bien común entre los hombres, dando condiciones para la realización de la vida moral e intelectual y por ende política. La crítica hecha por ellos a la democracia es debido a la falta de seguridad respecto a las normas por el hecho de que "el pueblo o las clases bajas" pudiesen determinar el destino político del estado ateniense bajo la hegemonía de demagogos y de la oligarquía que aproveche para sí misma lo que corresponde al buen equilibrio del funcionamiento estatal.  
Teniendo en cuenta ésta premisa Aristóteles describe la democracia como una de las formas desviadas de gobierno, pero ve en la  "Politeia"  la mejor forma de gobierno, tomando como referencia la organización social de la ciudad-estado griega. La organización de una república de una sociedad, en donde la oligarquía y la democracia aparezcan, sin ser excesivamente numerosa, con unas dimensiones relativamente reducidas y con autosuficiencia económica y militar, de modo que pueda atender a todas las necesidades de los ciudadanos, tanto básicas como de ocio y educativas.  
Después del siglo de oro de Pericles y de su caída, la democracia no podía ser ni para Platón ni para Aristóteles la mejor forma de gobierno, pero es probable que éste último se haya basado en la Constitución de los cinco mil; en donde en la República entendida como es el régimen político donde se fundamentan las leyes y la igualdad de todos ante éstas, sea la más adecuada de las formas políticas. Una sociedad donde predomine la existencia de las clases medias  y en la que en los ciudadanos se vayan alternando las distintas funciones de gobierno, gracias al respeto de los derechos fundamentales y de las libertades civiles. Un gobierno en donde la distribución de la riqueza sea más homogénea, elimine las causas de los conflictos y garantice de forma más adecuada la consecución de los objetivos de la ciudad y del Estado, legitimando su gobierno a fin de preservarlo.

Desde la caída de la democracia del siglo de oro de Pericles el régimen político democrático no fue pensado como un régimen conveniente para el desarrollo de la polis y después de lo que vendrá a ser la república  romana.  Durante milenios y desde Platón el régimen político óptimo se denominó república (del latín res: cosa pública). Más aún, la Revolución Francesa se refiere al ideal republicano, y tan solo en 1794 cuando Robespierre utiliza el término democracia en sentido elogioso, asegurando así su mala reputación durante otro medio siglo. Sin embargo a partir de Jean-Jacques Rousseau a través de El contrato social, la democracia recobró el sentido en el que se concibe y ejerce actualmente en la teoría política del estado de derecho. Desde las luces hasta nuestros días hablamos de “república democrática” para denominar así el pacto social que hacen las sociedades modernas con aquellos que representan el pueblo sirviéndolo y apoyando el bienestar individual y por ende social. Bajo la premisa de la soberanía popular como fundamento de la voluntad general del pueblo y bajo la puesta en marcha del pacto social, el individuo puede ejercer su auto-afirmación. Es decir, su propia autonomía respondiendo siempre a la voluntad general respaldada por el derecho natural del individuo y de su derecho civil en la sociedad.
De ésta manera podemos decir que si bien durante milenios la democracia no es defendida ni apreciada como en la actualidad, Occidente es hija de los principios fundamentales de la polis griega y de sus pensadores: justicia, sabiduría y belleza para el bien común, son los pilares de la reflexión de la cual hemos sido herederos y de la cual continuamos a trabajar, para pensar en términos del bienestar común viviendo el germen de reconstitución de nuestro continente latinoamericano.  Porque si bien es cierto, no descendemos directamente le la herencia griega, esos son los referentes identitarios que nos han mostrado a través de nuestra formación. Una historia de ideales o de orientaciones que nos permiten seguir adelante buscando nuevas perspectivas políticas para aquellos que nos interesamos en el destino de América latina. Es por esto que para nosotros la tradición directa de la antigüedad griega no es la misma. Nos hemos pasado la vida estudiando los manuales de los europeos; sin haber siquiera tratado de hacer una arqueología del pensamiento o de la política precolombina, hemos recibido el método científico cartesiano que nos ha permitido hacer ciertos aportes a la ciencia; a pesar de las precariedades económicas y la instigación de las amenazas hemos seguido forjando una cultura de letras reconocida universalmente. Los técnicos han podido avanzar gracias a las necesidades de los capitales extranjeros ávidos de inversiones para desarrollar la consabida hegemonía de la colonización. Hemos maltratado y perseguido las poblaciones indígenas y negras, otra herencia del racismo que no es nuestro sino también heredado, le hemos arrancado a nuestros fiscos y a nuestras tierras sus propias riquezas de oro, plata, carbón, recursos hídricos, petroleros y ahora ecológicos en el Amazonas, para entregarlos nuevamente a los que nos han saqueado y nos han derrotado desde las conquistas de nuestros imperios Inca y Azteca, sin contar con  las culturas de los miles de pueblos que perecieron en el olvido de los estudiosos de las ciencias humanas. Es cierto que las culturas precolombinas norteamericanas también fueron víctimas de los saqueos europeos, y fueron aniquiladas en dimensiones incluso mayores que las de América Latina.  Aunque compartimos a la base una experiencia similar, los Estados Unidos ha llegado a ser la potencia económica occidental que hoy por hoy se impone en nuestras economías. La dinámica histórica en norteamérica ha sido diferente, a pesar de que compartimos la misma experiencia en contacto inicial con occidente ellos lograron potenciar los valores de la productividad y del trabajo. Sin embargo, la herencia colonizadora forjó la prolongación del imperio inglés en tierras americanas, aniquilando a las poblaciones de origen y esclavizando a los pueblos africanos. Pero dejando a un lado ésta reflexión, que permite ubicar nuestra visión cultural y socio-política existe en la actualidad esa democracia la de la herencia de occidente para ser pensada y dilucidada. Que siga el hilo conductor para conocer la articulación de una visión política que nos permita pensar con los antiguos griegos cuál política y cuáles instituciones nos corresponden ahora que ya vivimos y presenciamos cambio sociales y “propuestas revolucionarias” en éste nuevo milenio en Latinoamérica.
La democracia en la actualidad para la modernidad occidental y consolidada en la economía globalizada es el modelo político en el cual los estados se jactan y se ufanan de ser respetuosos de las libertades sociales. Sin embargo, lo que pareciera una expresión de libertad se vuelve ideología. En éste sentido, la democracia cambia y no siendo un simple modelo político, sino un conjunto de principios en donde se montan estrategias de poder a nivel económico, social y cultural “la democracia” fortifica abusos y ayuda a que las hegemonías políticas se solidifiquen a través de los medios de comunicación de dichos "poderes democráticos".  Así mismo toda expresión que contenga el término democrático es sinónimo de igualdad o de equilibrio entre las personas situadas en un asunto de validez en cualquier tipo de consenso. Es por esto que la democracia es participativa; porque permite que las decisiones sean sometidas a la mitad más uno para aprobar así los parámetros legales que legitiman el ejercicio de los asociados desde el más grande estamento que es el estado de derecho hasta la decisión de cualquier tipo de asociación.  Una de las mayores causas del subdesarrollo en América Latina propiciado por las élites políticas alienadas por el deslumbre arribista  es la de querer parecerse a los europeos, o de seguirlos simplemente, porque esa es la educación que hemos recibido por la falta de un reconocimiento de autonomía que no permite crear posiciones políticas, culturales y económicas frente a los pueblos que subsistieron y resistieron todo tipo de engranaje hacia el “progreso de la modernidad europea”. La falta de identificación y de comprensión de nuestra identidad ha marcado nuestros pueblos con el hierro candente de la falta de autonomía y de respeto por las tradiciones que fueron destruidas so pretexto del paradigma de otro tipo de creencias, de otra cultura y de otros estamentos políticos superiores a los de las poblaciones aniquiladas.

"Occidentalizada" a la fuerza Nuestra América aún no logra reponerse de sus pérdidas en vidas, de las exclusiones de sus propias poblaciones, de sus dilemas de pobreza heredados del sistema capitalista-liberal implantado desde la conquista eternizándose en un subdesarrollo de las conciencias y de su propia economía. El hecho de no haber producido pensamiento filosófico desde una arqueología del saber precolombino para educar a sus generaciones en la comprensión de los calendarios, de las matemáticas, de las formas agrícolas, del pensamiento ancestral mítico-mágico religioso y formas políticas solidarias para integrarlo al pensamiento de las ciencias de nuestros visitantes y la religión impuesta, no nos ha permitido crear una identidad fundamentada en una filosofía propia. Decir filosofía en nuestro contexto es decir eurocentrismo, repetición de las orientaciones occidentales, mitos ajenos y estudios políticos descontextualizados.
Si la política nace como criterio para la convivencia de una comunidad, los valores culturales y religiosos se extienden hacia la convivencia del cuerpo político. Si se menciona la posibilidad de conocer identariamente cómo los pueblos que precedieron la conquista española dirigieron el poder y las relaciones sociales, podríamos establecer una comprensión mucho más amplia que la que tenemos con respecto a nuestra propia identidad. Para las poblaciones que subsistieron como, por ejemplo, las cuatro tribus de la sierra Nevada de Santa Marta en Colombia (Arhuaco(Wintukwa), Kogi(kagaba) o Wiwa(Arzario) y los kankuamos (quienes perdieron su lengua y sus hábitos ancestrales) los principios espirituales son los pilares fundamentales para la comprensión del mundo socio-político en el que viven. Subsiste entre ellos una constitución del inconsciente que los lleva a pensar que son un cuerpo con su entorno natural y el animismo reanima el tiempo arquetípico del mito, haciendo que el ciclo de la creencia ancestral dinamice sus valores socio-espirituales. La supervivencia de éstos pueblos que han resistido a la evangelización y las guerras internas de nuestros países nos permiten comprobar que el mito estructura y vivifica la existencia misma de estas etnias y de sus culturas a nivel socio-político. Sin embargo, no podemos incluir de manera válida una concepción espiritual ligada a lo político como algo legítimo, puesto que como bien lo establece Marcel Gauchet de la triada religión, inconsciente y democracia en una especie de “antropología de la religión” las sociedades modernas occidentales viven “el desencanto” de toda relación espiritual con el mundo y "el vacío espiritual" del hombre mismo. El hecho de que la democracia contemporánea esté ligada a la orientación económica de la globalización neoliberal y del capitalismo como modo de legitimación de cualquier expresión “democrática” entendida como equilibrio y equidad, permite que las sociedades adoctrinadas a través de los medios de comunicación sean manejadas al antojo del gran capital globalizado de los grupos de poder político y económico del planeta. Ahora bien, América Latina dependiente y empobrecida está más dominada por la ignorancia puesto que los intelectuales protegen la hegemonía del pensamiento occidental y se enfrenta a fenómenos diversos que como chispas generan nuevos problemas internos (mafia, guerrilla, dictadores, delincuentes y corrupción entre otros) en donde la independencia económica e intelectual no se puede gestar sin referentes identitarios de respeto por las tradiciones ancestrales de eso que también debería ser parte de nuestra educación : el pensamiento precolombino.
Podemos decir que nuestra tradición política repite los mismos errores de occidente que además de una profunda crisis espiritual, se enfrenta en éste momento a la crisis económica que empobrece a las sociedades, pero que enriquece a los capitales. Si el hombre europeo vive el individualismo y la falta de espiritualidad que lo conduce hacia la soledad, el hombre latinoamericano vive la opresión de un inconsciente forjado en la culpabilidad y el desarraigo de lo propio. En la actualidad, con la crisis económica la condición de Europa es incierta, puesto que las sociedades se empobrecen y los capitales se enriquecen a expensas de sus trabajadores y des sus productores agrícolas.  La democracia, como ya lo expresamos, no es sino la expresión de una reglamentación que regula la economía de mercado y sostiene a los poderes políticos quienes argumentado antiguos valores como los derechos del hombre y las políticas sociales revelan en la práctica toda violación a los derechos fundamentales y la cohesión de un respeto por la ecología y por los trabajadores. En otras palabras, la democracia encubre una economía que forja formas de empobrecimiento para el planeta que es depredado, así como también formas esclavistas de producción.    

Tapiz de los indios kuna, Panamá


¿Hacia dónde se dirige la democracia en América Latina? 

Para introducir los contenidos teóricos de lo que significa democracia desde la visión Latinoamericana  es necesario volver a las fuentes de El contrato social. Sin embargo, no pretendo estudiar aquí la especificidad de cada uno de los países que viven bajo una constitución democrática. Cada país, dependiendo de su historia, presentaría sus propias tendencias para enfrentarse a la opresión de un pasado que no nos ha permitido salir de la opresión económica y social. Sin embargo, los problemas son múltiples puesto que vivir sin identidad es vivir en el vacío del desconocimiento de su propia cultura. Por esto se teme el abuso de gobiernos que pueden impulsar discursos demagógicos incentivando “la democracia como el mejor de los regímenes” para llegar al pueblo con el fin de instalarse de manera indefinida, en una especie totalitarismo democrático disfrazado de independencia y libertad frente a los pueblos ignorantes cansados de opresión y pobreza. 

En un artículo llamado la ilusión democrática René Schérer describe claramente cómo las dificultades de la democracia directa en época actual se condensan en la formulación de la voluntad general. A través del capítulo III del libro II de El contrato social, Schérer dice: "Si  voluntad general puede errar”. Rousseau distingue cuidadosamente “voluntad general" de “la voluntad de todos” entendiendo esta última la expresión de las voluntades particulares quienes dominan la colectividad e impiden ver el bien común. La voluntad de todos es el reino de la opinión, de la comunicación en el sentido de banalización; podemos actualmente fácilmente trasponer y actualizar para nuestra utilización, viendo el reino de una opinión manipulada por vía mediática. Es la voluntad de todos quien puede ser manipulada por los demagogos y los dictadores que tienen a su mando los medios de comunicación. Fluctuante y del ámbito de la opinión es “la voluntad de todos” puesto que “se fija en interés privado, no siendo más que una suma de voluntades particulares”. La voluntad general es vista como una integración de diferenciales que conforman pequeñas singularidades absorbiéndose en la ley y que hacen parte del consenso. De una voluntad general basada en el consenso de la diversidad y del respeto por la individualidad y del cuerpo social en la singularidad de “los excluidos”,  de grupos minoritarios como el de los homosexuales, las mujeres, los locos, los prisioneros, los desempleados, los inmigrantes y los sin morada, Schérer pone en tela de juicio la llamada democracia directa que no tuviera en cuenta verdaderamente a ese dèmos del cual el poder de la ley a través del poder de unos cuantos, los gobernantes, nadie se ocupa.

Si bien la reflexión de Schérer tiene en cuenta Francia en su actualidad podemos hacer un paralelo con las demagogias democráticas de nuestras repúblicas en América Latina en donde la pobreza, la corrupción, “la dictadura burocrática”, las mafias, los grupos armados y los discursos anacrónicos de los partidos políticos despliegan todo su poderío contribuyendo a destruir las sociedades, a separarlas y a encontrar los medios para que se repitan los engendros políticos de los cuales los europeos aún no pueden deshacerse: dictaduras de izquierda, gobiernos tiránicos de ultraderecha e imperios de intereses individuales que andan en boga hoy por hoy con la propaganda al discurso capitalista después de la caída de las dictaduras de izquierda.  La democracia disfraza un poder demagógico que domina a través del proselitismo de los medios de comunicación. La democracia entendida como la fuente de participación legal por medio de la cual son respetados los derechos del hombre, pierde su razón de ser cuando es la economía de mercado predominante que no permite que los valores y los derechos sean respetados. La pérdida de valores a la cual asiste el mundo europeo actual la hace vulnerable productivamente a corto y mediano plazo. Esa es la tesis fundamental del Jacques Rancière en su libro: El odio de la democracia en donde denuncia la estrategia de la economía de mercado que se sirve de la democracia para acabar con los valores sociales o que al contrario es la democracia la que impulsa esa estrategia en donde los valores, derechos y principios no se tengan en cuenta. De otra parte, la puesta en marcha de dispositivos de control para tratar de frenar la delincuencia no detiene el inconformismo de las poblaciones excluidas y esclavizadas de por lo menos la tercera o cuarta generación de inmigrantes.

Para la existencia de una soberanía popular y su expresión existe  la democracia que como es bien sabido hoy por hoy legitima el ejercicio del poder en cualquier país del mundo económicamente globalizado  pretendiéndose justo ya que le permite al cuerpo político participar de manera directa a la elección de sus representantes  que en concreto organiza como democracia participativa. Esta es la forma de gobierno o mejor el régimen político del cual el mundo moderno desde la revolución francesa y mejor aún desde Rousseau como ya lo dijimos permite a los representante ser elegidos por la mayoría quien legitima la democracia directa y participativa a través de la constitución permitiéndole al pueblo participar en los proyectos de puesta en marcha de los contenidos de ley para favorecer el funcionamiento del estado de derecho.  
Lo que hace de la democracia una utopía y entonces una fuerza política superior es que el pueblo es libre para decidir su cohesión. El individuo como tal existe y se une a la voluntad del cuerpo político para decidir sobre la conveniencia del destino social. Es decir gracias a la democracia los individuos aseguran un consenso y se vuelven participantes activos de lo que sería la organización estatal y por ende social. 

La democracia que pretende ser el régimen de autolimitación puesto que está concebido para la existencia de la división de los poderes, su vigilancia y su control no es más que una entidad estatal que no puede verdaderamente ser ejercida sin la coherencia de un pacto social en el cual se busque verdaderamente el respecto de la norma constitucional o superior para salvaguardar el equilibrio del ejercicio del poder. A fin de evitar excesos y abusos de poder la constitución es concebida como la norma suprema en donde se deja inscrita la noción de democracia para el equilibrio del ejercicio del estado de derecho. Sin embargo, bajo la ilusión democrática América Latina se puede ver enfrentada a regímenes dictatoriales y a tiranos que saquen partido de sus riquezas y de su fragilidad histórica. De las eternas amenazas y muertes recibidas a los símbolos de nuestra liberación y de reivindicación por nuestra autonomía hemos sobrevivido a la ambición de la corrupción política que sigue perpetuando el saqueo de las colonias.

Vayamos al punto esencial de lo que llamamos la ilusión democrática. Todo se reduce a hegemonía de poderes y a intereses económicos. En Latinoamérica la gestión de hegemonía de los capitales extranjeros y la puesta en marcha del modelo de colonización que salvaguarda los intereses extranjeros ha permitido que nuestra historia genere el subdesarrollo y el privilegio para unos cuantos que han colaborado con la dependencia y la esclavitud de nuestros pueblos. Sin embargo, nuevas manifestaciones de postulados políticos de independencia y puesta en marcha de políticas sociales han surgido hoy en día, gobiernos socialistas que han llegado por vía democrática al poder se encuentran en auge en la actualidad. Como respuesta a una Europa en donde se consolida la derecha, en la mayoría de los países de América latina se ha ido forjando una dinámica “revolucionaria” en donde históricamente se genere una resistencia a la consabida pobreza y humillación del pueblo y de las poblaciones indígenas y negras junto con los pobres.
América Latina supeditada a la pobreza de las oligarquías protectoras del capital de los gobiernos extranjeros, sus monopolios y sus multinacionales se encuentra en la actualidad probando nuevas formas “de gobiernos sociales”. Sin pretender entrar a hacer una descripción de las democracias actuales veamos ciertos aspectos que sirven de contexto para saber cómo se realiza la democracia en nuestros países. Veamos por ejemplo el caso de dos países en donde existe la democracia ejercida por un gobierno de izquierda y otra por uno de derecha. En Venezuela con el paradójico gobernante quien pretendiendo políticas gubernamentales “contra el imperio” devalúa la moneda y se cierra a la economía globalizada, estancando toda proyección económica que viabilice otro producto fuera del petróleo. Paradójico, puesto que ha reivindicado el poder del pueblo, pero a las singularidades que se oponen a su hegemonía las ha silenciado. Ha dividido la sociedad en dos grandes campos de batalla, los que están con él y los que están contra él. Los llamados enemigos de su democracia social revolucionaria. Después de la arrogancia de los gobiernos oligárquicos y excluyentes en Venezuela, el consenso por ahora apoya y sostiene el gobierno de Hugo Chávez quien propuso un último referendo para poder acceder a la repetición de cargos públicos, junto al cargo de presidente siempre y cuando el pueblo esté de acuerdo. De todas maneras, ha abierto espacios para la educación, ha desarrollado campañas para proteger la salud de los más necesitados y ha incentivado una búsqueda de identidad desenmascarando las atrocidades de los estados coloniales o de aquellos que permiten que, so pretexto de ayuda “contra el terrorismo”, se los invadan como es el caso de Colombia, país en el cual en el 2009 el presidente Alvaro Uribe  aprueba 7 bases militares estaudinendenses para la supuesta ayuda al plan Colombia para la salvaguardia de la soberanía nacional contra los grupos guerrilleros. El país de la guerra fratricida en América Latina es Colombia. La democracia participativa no es más que el régimen de la letra muerta en donde la constitución nacional existe y se proclama como república democrática. Las elecciones se hacen pero los diferentes grupos de poder, es decir guerrilla, paramilitares, mafia y gobierno, consolidan desde hace más de 50 años una guerra fratricida en la cual se han gestado las atrocidades y violencias temibles  en donde se sortea la suerte del escrutinio a la fuerza o a la conveniencia de los intereses particulares o de los Estados Unidos. Los candidatos de corte socialista han sido asesinados y sus crímenes han quedado impunes.
Lo cierto del caso es que históricamente Latinoamérica está viviendo una transformación política fulgurante con los llamados gobiernos de democracias socialistas. Venezuela, Bolivia, Ecuador y Brasil representan los gobiernos de izquierda del continente junto con la nueva elección del antiguo Tupamaro Uruguayo José Mujica quien se ha posesionado en la presidencia en el mes de marzo del 2010. Habría entonces qué preguntarse hacia dónde van dichas democracias. Si los derechos fundamentales se ejercerán y protegerán  y si el pueblo tendrá su libertad para una autonomía de refundación de apreciación cultural e histórica. Nuestro libertador tenía mil veces razón en su discurso ante el Congreso de Angostura en 1819 cuando describe, después de haber hablado de los hombres que deben cambiar sus mentalidades para preservar una libertad digna de nuestras riquezas, los tesoros universales de orgullo y preservación de nuestro legado al mundo: “ [...] Al contemplar la reunión de esta inmensa comarca, mi alma se remonta a la eminencia que exige la perspectiva colosal que ofrece un cuadro tan asombroso. Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, entre esos océanos que la naturaleza había separado y que nuestra Patria reúne con prolongados y anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de emporio a la familia humana; ya la veo distribuyendo por sus divinas plantas la salud y la vida a los hombres dolientes del antiguo universo; ya la veo comunicando sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuán superior es la suma de las luces a la suma de las riquezas que le ha prodigado la naturaleza. Ya la veo sentada sobre el Trono de la Libertad, empuñando el cetro de la Justicia, coronada por la Gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno.”[1] Sin embargo, todo este legado está por verse, por valorar y por ser un epicentro de paradigmas en donde se contrarreste la hegemonía de la dominación, la destrucción y la muerte.
Ninguna democracia puede sostenerse de manera adecuada sin una subjetividad que genere los valores sociales necesarios para poder pensar en que los regímenes sociales que se vienen gestando garanticen nuevas y verdaderas formas de participación democrática para el equilibrio y la autonomía política de nuestros pueblos. Sin embargo es bueno recordar que el destino político de nuestros pueblos se encuentra manejado por la mano invisible del capital extranjero globalizado que dirige y se apodera sin escrúpulos  las economías que producen las materias primas, pero que no tienen a su alcance los medios de producción para poder producir con independencia y de manera organizada. Con la crisis actual del sistema financiero capitalista, nuestras economías dependientes se han visto muy afectadas y con ello el aparato político que incentiva a su manera los intereses privados que apoyan ciertos mercados internacionales. En otras palabras, no es posible hablar de democracia sin valores y principios individuales y del cuerpo político que la consoliden sin un argumento de la economía globalizada que mueve el mundo contemporáneo. Eso es lo que se teme en la actualidad, que la democracia no sea practicada sino como palabra, no como garantía de libertad de las sociedades. ¿Que los presidentes se eternicen en el poder no es forma de excluir cualquier forma de elección? No basta con reconocer la teoría del estado de derecho para asegurar la salvaguardia de los derechos constitucionales para el equilibrio de la división del poder en un estado democrático. Es necesario para su buen funcionamiento que la educación como pilar fundamental para el ejercicio de la libertades se incremente y se desarrolle sin adoctrinamiento y sin abusos de poder. Por otra parte, un estado que pretenda ausentarse de la globalización económica es un estado proclive al desequilibrio de la dictadura del capital. La pregunta está en cómo poder solidificar las economías latinoamericanas con independencia del capital globalizado que exige mano de obra barata e invierte para consolidar monopolios sirviéndose de nuestras riquezas. La democracia sí, pero siempre y cuando se solidifiquen las libertades y se encuentren vías de ayuda conjunta para el desarrollo de tratado de comercio e intercambio que dinamicen nuestras frágiles economías. La democracia sí, pero no a través de una educación por un partido o por unas ideas de rechazo a la diferencia. La democracia sí, pero sin contribuir a instalar una dictadura burocrática que tenga en cuenta sino los intereses privados.
La experiencia histórica que América Latina vive en su actualidad nos permite darnos cuenta de la insatisfacción de los pueblos quienes explotados por los gobiernos oligárquicos, que eran elegidos por vía democrática, ven surgir nuevas propuestas políticas. Hay el surgimiento de micro-políticas que desean proponer nuevas formas de postulados políticos, de aprecio a nuestra identidad y formas sociales que permitan valorar el capital humano, los recursos ambientales y las secuelas que la humillación, la violencia y la injusticia nos dejaron. 

tapiz de los indios Kuna, Panamá



Subjetividad y autonomía social para el desarrollo del régimen democrático. 

Hemos identificado la concepción del pensamiento político desde el derecho y la ciencia política teniendo como base fundamental “la filosofía política”, hemos construido discursos que permiten más especificidad en los saberes de las ciencias sociales y comportamentales para encontrar nuevas formas de comprensión estatales y gubernamentales. Sin embargo, pensadores como Spinoza, Nietzsche, Bachelard, Deleuze, Guattari, Foucault, Fourier y Schérer entre otros han propuesto otros postulados que superan la concepción de la política como saber aparte de la constitución de la subjetividad que pasa por la conciencia afectiva, poética, científica, pasional y estética potenciando diversas facetas en las cuales el lenguaje filosófico no se fija, ni se inmoviliza, sino que dinamiza sus postulados, para bloquear los antiguos modelos que impiden liberar nuevas virtudes y transvalorar los antiguos esquemas comportamentales. Teniendo en cuenta esto nos preguntaríamos si la política como fundamento de la organización social de los pueblos y sobre todo como forma de emacipación y de bienestar no es un asunto de cambio de la subjetividad es decir, de lo que Foucault llama el proceso de subjetivación.

Teniendo aún el legado vivo de un pensamiento cósmico podemos hacer emerger los principios para hacer valer una nueva subjetividad. Aunque el término de subjetividad no es muy antiguo ya que tan sólo remonta al siglo XVIII y no pertenece para nada a la filosofía cartesiana como lo podríamos creer, es el término por donde pasa obligatoriamente la historia de la filosofía. No es con Descartes con quien aparece dicha noción, pero es a través de él en donde toda la modernidad tiene un valor único, propio del sujeto que piensa lo existente y se define otro respecto del objeto exterior. Ni los griegos ni los clásicos dispusieron de ésta noción. En una carta de Leibniz a de Volder se le atribuye el uso de la subjetividad en el pensamiento moderno cuando nos permite afirmar del sujeto sus predicados, lo que es esencialmente la substancia individual según Leibniz: “Pertenece al sujeto envolver además su pensamiento presente e igualmente sus pensamientos futuros y pasados”. Se trata entonces de reflexionar sobre los términos de sujeto del pensamiento qué es la subjetividad de la modernidad asociada a la forma predicativa derivada del griego que adquiere la significación de un ser “subjetivo” que en el fondo no se definirá como tal sino a través de la oposición a lo “objetivo”. Esta separación definitiva conlleva a una implantación profunda entre la entidad Hombre conciente que se apropia del objeto para poseerlo y dominarlo so pretexto de comprenderlo y de saberlo.

A comienzos del siglo XXI el pensamiento de una racionalidad eminentemente fijada en los esquemas de una razón instrumental o fijada en esquemas lógicos ha sido superado. Gracias a una nueva dimensión estética-ética en donde los principios cósmicos del respeto a la tierra  y al universo mitológico surgen como fuente de nuevas bases históricas para una humanidad consciente de preservar los recursos naturales y espirituales.
De una subjetividad que no se queda encerrada en sí misma y que permite el movimiento y el devenir de la conciencia nace la subjetivación como devenir, como algo capaz de percibirse, de crearse y de entrar en un contexto social y de una época determinada. Este proceso de subjetivación lo explica Deleuze de la filosofía de Foucault en una relación de afecto de sí y para sí, a través de una fuerza plegada que recupera subjetivaciones colectivas que recomponen la relación de la conciencia de sí  que no se queda inmóvil sino que se dinamiza y multiplica su devenir en el tiempo, en las épocas y en los espacios.

Otra concepción más cercana a la nuestra data de los años ochenta en donde Felix Guattari describe en “Las tres ecologías” los sucesos que habrían de ocurrir con la crisis económica actual, la catástrofe liberal que acelera el subdesarrollo de los llamados países industrializados y la lucha por la preservación de los recursos naturales a nivel planetario. El paradigma de una nueva subjetividad propuesto por Félix Guattari sobrepasa el restringido dominio de los deterioros ambientales, culturales y humanos dejando a un lado el poder tecnocrático. La propuesta es la crear una articulación ético-política y estética nombrada ecosofía. Existiendo tres registros ecológicos : el ambiental, el de las relaciones sociales y el de la subjetividad humana, el hombre puede contrarrestar el flagelo de la falta de valores fomentado por las relaciones capitalo-liberales y el gran aparato mediático que parecen petrificar al hombre en los esquemas de la avaricia, la codicia y la dominación para su destrucción así como la del planeta.

La violencia de una racionalidad sin imperativos estético-éticos hace que autores como René Schérer y Guy Hocquenghem en su texto Alma Atómica. Para una estética de la era nuclear superen toda tendencia a que la estética se quede a nivel de juicios de valor por la obra de arte y tengan una propuesta de un nuevo proceso de subjetivación estético en donde la vida se une al mito como forma de materialización productora de un alma de lo estético. Gracias a los poderes afectivos de la creación, a una cierta dosis de irracionalismo constructor de vida, de un movimiento pasional generador de  creatividad y de  valoración del imaginario se hace también posible valorar la época de la técnica y del desarrollo científico : “No se trata de una estética perfeccionante, ya que no la rige ningún imperativo cultural. Es una línea divisoria. Sus categorías reúnen los rayos difractados en toda su multiplicidad. Es el hombre visualizado en su destino estético, no la Estética concebida y organizada como medio para perfeccionar el hombre. Esta inversión es lo que permite escapar de la garras de los especialistas y derivar de lo moderno una posmodernidad. Porque esta última apunta más allá de lo que ella misma proclama en sus discursos (sus manifiestos o antimanifiestos, sus transvanguardias o antivanguardias). Lo propio de ella no es inspirar nuevas obras (de arte) o nuevas tendencias (de la moda) sino formular una nueva manera de conducirse frente a la estética, forjar un vivir estético, que no sea un vivido estetizado”[2]  
Ahora bien, la propuesta de una subjetivación estética trasmuta el yo desde la concepción de un sujeto que deviene en las articulaciones sociales y ambientales fuente de transvaloración y formulación ética. El reconocimiento de la estética permite sacralizar un nuevo imaginario que proyecte nuevos valores y formas de cohesión entre los hombres. Un imaginario estético destinado para el deseo de vivir con nuestras pasiones en una organización menos violenta y egoísta.
Nuestra América habrá avanzado en esta vía cuando nuevas articulaciones políticas se opongan a la feroz destrucción de nuestros recursos ecológicos y fomenten la preservación de una educación y una economía autónoma y líder en materias primas. Valorar nuestros pueblos y nuestros mitos, explorar nuestras necesidades y difundir nuevas bases para la nueva subjetividad latinoamericana puede brindarnos un universo de sólida identificación e identidad de nuestros valores. Una ecosofía pensada dentro de concepciones mágicas y mitológicas permitiría renovar la confianza en una humanidad con principios espirituales y estéticos. Pensar en el nacimiento de esta subjetividad nos permite, desde ya, pensar en una sólida arqueología del saber precolombino fundadora de una nueva época para esa Latinoamérica unida con la que tanto algunos hemos soñado ...
Trabajar por esa toma de confianza en la cual lideremos procesos constructivos en la educación, en la ecología, en la industria y las asociaciones nos permitirá descubrir que nuestra lucha es una lucha frontal por actuar y por construir. No se trata pues de quedarnos en las eternas guerras de poder en donde nos hemos debatido desde la partida definitiva de nuestro Libertador hasta nuestros días. Se trata de construir una subjetividad que identifique las soluciones a corto y a mediano plazo, los valores humanos, las dimensiones ambientales y sociales para preservar nuestras culturas, las lenguas y los modos de vida.
Valorando nuestro mundo y nuestra labor como cosmonautas de nuevas rutas podremos rescatar los mitos que renueven nuestra confianza y nuestro valor en un futuro constructor de autonomía y libertad de orden universal. Lucha y revolución en pos de sociedades unidas por la libertad y la valoración de nuestros recursos, Nuestra América puede orientar nuevos paradigmas reconociéndose en las diferencias y la heterogeneidad de sus vivencias culturales y políticas. Un nuevo universo en el cual las concepciones de un pensamiento propio se nos hagan indispensables y sobre todo posibles lejos del peso de la colonización mental y económica. Nuestra lucha y nuestro combate es el de forjar individuos libres que difundan y creen valores universales en esta época en donde el neoliberalismo globalizado se obstina en su propia estrategia de negar toda posibilidad de unión y armonía entre los hombres de nuestro Planeta la Tierra.
Así se postula la importancia de una arqueología del saber precolombino mezclada con los pensadores occidentales que ya han propuesto nuevas formas de subjetivación para  rescatar e incorporar  la búsqueda de una democracia latinoamericana. Una integración de creatividad en donde el lenguaje político se consolide en la práctica cultural, pedagógica y productiva. La democracia sólo puede ser participativa si los representantes comprenden que la protección por los valores ancestrales le da sentido a la política democrática en el equilibrio del hombre para con su entorno.

Fabiana Sorel
Doctora en Filosofía

tapiz de los indios Kuna, Panamá


Notas:
(*) Fabiana Sorel Doctora en filosofía de París 8 y abogada. Profesora, investigadora y conferencista internacional ha escrito varios textos sobre la estética y la política. Directamente invitada por la Universidad Central de Venezuela participa y estudia una producción filosófica que salga del eurocentrismo y haga posible forjar un nuevo pensamiento en América Latina a través de una alianza con el pensamiento occidental que garantice la creatividad y la autonomía. 
[1] Simón Bolívar. Escritos políticos. El áncora editores, Bogotá. 1984, p. 78 y 79.
[2] Guy Hocquenghem y René Schérer. El alma atómica. Para una estética de la era nuclear,   Gesida éditorial, Barcelona, 1987. p. 26. 




Bibliografía:
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- Jacques Bouveresse, Le Mythe de l’intériorité. Paris. Ed. de Minuit, 1976.
- Cornelius Castoriadis. :
·         Domaines de l’homme. Les carrefours du labyrinthe II. Paris Seuil,  1978.
·         La Montée de l’insignifiance. Les carrefours du labyrinthe, IV. Paris Seuil, 1996.
·         La cité et les lois. Ce qui fait la Grèce, 2. Paris Seuil, 2008.

- Gaston Bachelard :
  • L’intuition de l’instant. Paris, Stock, 1932
  • Matérialisme rationnel. Paris, PU.F. 1953
  • Essai sur la connaissance approchée. Etude sur l’évolution d’un problème de physique, 1928, France,  (Essai Ed. Vrin), 1928
  • La Formation de l’esprit scientifique : Contribution à une psychanalyse de la connaissance. Paris, Librairie philosophique J. VRIN, 1999
- Notions de philosophie II, la subjectivité, sous la direction de Denis Kambouchnen, Paris. Folio essais, Gallimard, 1976.
- Gilles Deleuze :
·         Foucault. Paris, Ed. de Minuit, 1986/2004 capítulo sobre los pliegues o el interior del pensamiento (la subjectivación).
·         Critique et Clinique. Ed. de Minuit, 1993.

-Marcel Gauchet :
·         Le desenchantement du monde. Une histoire politique de la religion, Gallimard, Paris, 1985.
·          La democratie contre elle-même. Gallimard, Paris, 2002.

- Félix Guattari :
·         Les trois écologies. Paris, Ed. Galilée, 1989.
·         Chaosmose. Paris, Ed. Galilée, 1992.

Michel Foucault, les mots et les choses, Paris, Gallimard, 1996.

Emmanuel Kant, La critique de la faculté de juger. Paris, Aubier, 1995

René Schérer :
  • L’écosophie de Charles Fourier: deux textes inédits. Paris, Anthropos : diff. Economica, 2001.
  • Pour un nouvel anarchisme, Paris, Ed. cartouche, 2008.
  • Nourritures anarchistes. L’anarchisme explosé. Paris, Ed. Hermann 2008.
  • L’illusion démocratique.  Revue Réfractions. Libertés imaginées. N° 1. Hiver, 1997. http://refractions.plusloin.org/spip.php?rubrique25

René Schérer et Guy Hocquenghem :
  • L’âme atomique, Pour une esthétique d’ère nucléaire, Albin Michel, 1986.
- Emmanuel Lévinas, De l’existence à l’existant, Paris, Vrin, 1947.
-Jean-Paul Sartre, La transcendance de l’égo, Esquisse d'une description phénoménologique  
Paris, 1936, réedité par Sylvie Le Bon, Vrin, 1965.
-Robert Misrahi. La problématique du Sujet aujourd’hui, France, Encre marine 1994.
-José Marti. Fragmento de Nuestra América en La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.
-Simón Bolivar. Escritos politícos, El Ancora editores, Bogotá, 1984.


Textos Clásicos La función política de la mentira moderna



   Alexandre Koyré

Traducción de M.ª José Pozo Sanjuán


Alexandre Koyré








Nunca se ha mentido tanto como ahora. Ni se ha mentido de una manera tan descarada, sistemática y constante.
Es posible argumentar que eso no es así, que la mentira es tan antigua como el mundo o, por lo menos, que el hombre mendax ab initio; que la mentira política nació con la ciudad misma, como repetidamente lo evidencia la historia; por último, sin remontarse ya a una era pretérita, que, cuando se produjo el lavado de cerebro de la Primera Guerra Mundial, y junto con la mentira propagandística de la época subsiguiente, se alcanzaron unos niveles y se establecieron unas marcas que muy difícilmente serán superados.
Sin duda, todo esto es verdad; o casi. Es cierto que el hombre se define por la palabra, que es la que soporta la posibilidad de la mentira, y que -sin que ello le desagrade a Porfirio- el mentir, mucho más que reír, es lo propio del hombre. Igualmente, es verdad que la mentira política existe desde siempre; que las reglas y la técnica de lo que antaño se llamaba «demagogia», y hoy es llamado «propaganda», han sido sistematizadas y codificadas desde hace miles de años, y que los productos de esas técnicas, la política de los imperios olvidados y abandonados, nos hablan, todavía hoy, desde lo alto de los muros de Karnak y desde las rocas de Ankara.
Es indiscutible que el hombre ha mentido siempre. Se ha engañado a sí mismo y a los demás. Ha mentido por su propio placer -por el placer de ejercer esa facultad tan sorprendente de «decir lo que no es»-, y de crear, por medio de su palabra, un mundo en el que sólo él es responsable y autor.
Ha mentido también para defenderse: la mentira es un arma. El arma favorita del inseguro y del débil, que, al confundir al adversario, se engrandece y se venga, así, de  él.
Pero no vamos a proceder aquí al análisis fenomenológico de la mentira, ni al estudio del lugar que ocupa en la estructura del ser humano: esto nos llevaría demasiado tiempo. Sólo a la mentira moderna y, más concretamente, a la mentira política moderna, en especial, quisiéramos consagrar algunas reflexiones. Ya que, a pesar de las críticas que nos hagan, y de las que nos hacemos a nosotros mismos, estamos convencidos de que en este terreno quo nihil antiquius, la época actual, o más exactamente, los estados totalitarios han innovado poderosamente.
Sin duda, la innovación no es total, y los regímenes totalitarios no han hecho más que llevar al límite ciertas tendencias, ciertas actitudes, ciertas técnicas que existían mucho antes que ellos. Pero no hay nada absolutamente nuevo en el mundo, todo tiene sus fuentes, sus raíces y sus orígenes; y todo fenómeno, todo concepto, toda tendencia, empujados hasta sus extremos, se alteran, se transforman en algo sensiblemente diferente.

Mirada y mano, Antoni Tapies, 2003

Así pues, mantenemos que nunca se ha mentido tanto como se hace hoy en día, y que nunca se ha mentido tan masiva, tan íntegramente como en la actualidad.
Nunca se ha mentido tanto..., en efecto, día a día, hora a hora, minuto a minuto, se vierten mentiras en el mundo, a raudales. La palabra, los escritos, el periódico, la radio... todo el progreso técnico se ha puesto al servicio de la mentira. El hombre moderno -refiriéndonos de nuevo al hombre totalitario-, se baña en la mentira, respira la mentira, está sometido a la mentira en todo momento de su vida.
En cuanto a la calidad -nos referimos a la calidad intelectual- de la mentira moderna, ha evolucionado en sentido inverso a su extensión. Es comprensible, por lo demás. La mentira moderna -ahí radica su valor distintivo-, está fabricada en serie y se dirige a la masa. Ahora bien, toda producción de masas, es decir y especialmente, toda producción intelectual destinada a la masa, está obligada a rebajar su rasero. Así como no hay nada más refinado que la técnica de la propaganda política moderna, no hay tampoco nada tan burdo como el contenido de sus aserciones, que manifiestan un desprecio tan absoluto y total por la verdad. E incluso por la propia verosimilitud. Desprecio que no es sino igualado, y lo supone además, por el de las facultades mentales de aquellos a los que se dirige.
Podríamos preguntarnos incluso -de hecho, nos lo preguntamos efectivamente-, si tenemos todavía el derecho de hablar aquí de «mentira». Así, el concepto de «mentira» presupone el de la veracidad, de la cual ella es su opuesto y su negación, lo mismo que el concepto de falsedad presupone el de verdad. Ahora bien, las filosofías oficiales de los regímenes totalitarios proclaman unánimemente que la concepción de la verdad objetiva, una para todos, no tiene ningún sentido; y que el criterio de «Verdad» no remite a su valor universal sino a su conformidad con el espíritu de la raza, de la nación o de la clase, su utilidad racial, nacional o social. Prolongando y llevando hasta el extremo las teorías biologicistas, pragmáticas, activistas de la verdad y consumando lo que muy bien se ha llamado «la traición de los intelectuales», las filosofías oficiales de los totalitarismos niegan el valor propio del pensamiento que, para ellos, no es una ilustración sino un arma; su fin, su función, dicen ellos, no es revelarnos la realidad, es decir, lo que realmente es, sino que nos ayudan a modificarla, a transformarla, guiándonos hacia lo que no es. Por todo ello, como ha sido reconocido durante mucho tiempo, el mito a menudo es preferido a la ciencia, y la retórica que se dirige a las pasiones es preferido a la demostración dirigida a la inteligencia.
También en sus publicaciones (incluso en las que se dicen científicas), en sus discursos y, por supuesto, en su propaganda, los representantes de los estados totalitarios se preocupan muy poco de la verdad objetiva. Más fuertes que Dios todopoderoso, transforman a su antojo el presente, e incluso el pasado. Se podría concluir, y se ha hecho a veces, diciendo que los regímenes totalitarios se sitúan más allá de la verdad y de la mentira.
Creemos, por nuestra parte, que eso no tiene importancia. La distinción entre la verdad y la mentira, lo imaginario y lo real, queda bien justificada en el interior mismo de las concepciones y de los estados totalitarios. Es sólo su lugar y su papel los que en cierta manera están intercambiados: los totalitarismos están fundados sobre la primacía de la mentira.
El lugar de la mentira en la vida humana es muy curioso. Los códigos de moral religiosa, al menos en lo que concierne a las grandes religiones universalistas -sobre todo, las que están instauradas en el monoteísmo bíblico-, condenan la mentira de una manera rigurosa y absoluta. Esto es evidente: su Dios, siendo el de la luz y el de ser, resulta por fuerza el de la verdad. Mentir, esto es, decir lo que no es, deformar la verdad y velar el ser es, por tanto, pecado; e incluso, un pecado muy grave, pecado de orgullo y pecado contra el espíritu, pecado que nos separa de Dios y nos opone a Dios. La palabra de un justo, al igual que la palabra divina, no puede y no debe ser sino verdadera.
Las morales filosóficas, dejando de lado algunos casos de rigor extremo, como los de Kant y Fichte, son en general mucho más indulgentes. Más humanas. Intransigentes en lo que concierne a la forma positiva y activa de la mentira, suggestio falsi, lo son mucho menos en lo que concierne a su forma negativa y pasiva, suppressio veri. Saben que, según el proverbio, «no es conveniente decir siempre la verdad», al menos no se debe decirla siempre ni a todo el mundo.
Mucho más que las morales con base puramente religiosa, las morales filosóficas tienen en cuenta el hecho de que la mentira se expresa por medio de las palabras y de que toda palabra se dirige a alguien. No se miente «en el aire». Se miente -cuando se dice o no se dice la verdad- a alguien. Ahora bien, si la verdad es el «alimento del alma», ésta es la de las almas fuertes. Y puede ser peligrosa para los demás. Al menos en estado puro. Incluso puede herirlos. Hay que dosificarla. Diluirla. Revestirla. Además, hay que tener en cuenta las consecuencias del uso que harán a quienes se les diga.
Por tanto, en líneas generales, no existe la obligación moral de decir la verdad a todo el mundo. Y no todo el mundo tiene derecho a exigírnosla.

Tierra y paja, Antoni Tapies

Las reglas de la moral social, de la moral real que se expresa en las costumbres y que rige, de hecho, nuestras acciones, son mucho más cobardes aún que las de la moral filosófica. Esas reglas, generalmente, condenan la mentira. Todo el mundo sabe que «está feo» mentir. Pero esta condena está lejos de ser absoluta. La prohibición está muy lejos de ser total. Hay casos en los que la mentira se ve permitida, tolerada e incluso recomendada.
Una vez más, el análisis minucioso nos llevaría mucho más lejos. Grosso modo se puede constatar que la mentira es tolerada en tanto que no perjudica el buen funcionamiento de las relaciones sociales, en tanto que «no hace daño a nadie». Está permitida siempre que no lacere el vínculo social que une al grupo, es decir, siempre que se ejerza no en el interior del grupo, entre «nosotros», sino fuera de él: uno no engaña a los «suyos»; en cuanto a los «otros»... lo siento, ¿pero no son precisamente los «otros»?
La mentira es un arma. Por lo tanto, es lícito emplearla para la lucha. Incluso sería estúpido no hacerlo. Por supuesto, a condición de no utilizarla más que contra el adversario y no volverla en contra de los amigos y aliados.
Así pues, a grandes rasgos, se puede mentir al adversario, engañar al enemigo. Hay pocas sociedades, como los maoríes, que sean tan caballerescas como para prohibirse las astucias en la guerra. Hay todavía menos, como los cuáqueros o los wahhabíes, que sean tan religiosos hasta el punto de prohibirse toda mentira con el otro, el enemigo, el adversario. Casi por doquier se admite que el engaño está permitido en la guerra.
La mentira, en líneas generales, no está recomendada en las relaciones pacíficas. Sin embargo (por ser el extranjero un enemigo potencial), la veracidad nunca ha sido considerada como la cualidad preferida de los diplomáticos.
La mentira es más o menos admitida en el comercio; aún así, las costumbres nos imponen límites que tienen tendencia a hacerse cada vez más estrechos. No obstante, las costumbres comerciales más rígidas toleran sin protestar la mentira que se reconoce como reclamo. La mentira resulta, pues, tolerada y admitida. Pero precisamente... no debe ser sino tolerada y admitida. En ciertos casos. Hay alguna excepción, como en la guerra, durante la cual, únicamente, utilizarla se convierte en algo justo y bueno.
Pero, ¿y si la guerra, estado excepcional, episódico, pasajero, se convierte en estado perpetuo y cotidiano? Está claro que la mentira, de ser excepcional, pasaría también a ser cotidiana, y que un grupo social que se viera y se sintiera rodeado de enemigos, no dudaría jamás en emplear contra aquellos la mentira. Verdad para los suyos, falsedad para los otros: se convertiría en una regla de conducta, se introduciría en las normas del grupo en cuestión.
Vayamos más lejos. Consumemos la ruptura entre «nosotros» y los «otros». Transformemos la hostilidad de hecho en una enemistad en cierto modo esencial, fundada en la naturaleza misma de las cosas. Sometamos a nuestros enemigos más amenazantes y poderosos. Está claro que todo grupo, situado de esta manera en medio de un mundo de adversarios irreductibles e irreconciliables, vería abrirse un abismo entre ellos y él mismo, un abismo que ninguna vinculación, ninguna obligación social, podría franquear. Parece evidente que en y para un grupo como éste, mentir -mentir a los otros, claro está-, no sería un acto simplemente tolerado, ni siquiera una simple regla de conducta social: se haría obligatorio, se convertiría en una virtud. En cambio, la veracidad fuera de lugar, la incapacidad de mentir, muy lejos de ser considerada como un gesto caballeresco, se convertiría en una tara, un signo de debilidad y de incapacidad.
El análisis tan resumido e incompleto que acabamos de exponer no es -ni mucho menos-, un simple ejercicio dialéctico, un estudio abstracto de una posibilidad puramente teórica. Sino al contrario: no hay nada más concreto y más real que los grupos sociales cuya descripción esquemática hemos intentado esbozar. No sería difícil dar, ni incluso multiplicar, ejemplos de sociedades cuya estructura mental presenta, en varios planos, los rasgos fundamentales o, si se prefiere, la perversión fundamental que acabamos de señalar.
Ahora bien, estos niveles, a los que por otro lado hemos seguido en escala ascendente, expresan, según nos parece, la acción de tres factores:
1) El grado de alejamiento y de oposición entre los grupos en cuestión. Existe, lejos de la hostilidad natural por el extranjero, enemigo potencial e incluso enemigo real, un odio sagrado que inspiran los combatientes en una guerra religiosa; y, lejos de aquella también, la ferocidad biológica que anima a los que participan en una guerra de exterminación racial.
2) La relación de fuerzas, es decir, el grado de peligro que amenaza al grupo estudiado por parte de sus vecinos-enemigos. La mentira, ya lo hemos dicho, es un arma, y sobre todo, el arma del más débil: no se emplea la astucia contra los que es fácil aplastar sin grandes riesgos: se actuará con astucia, se engañará al contrario para poder escapar del peligro.
3) El grado de frecuencia de contactos entre los grupos hostiles y sus miembros. En efecto, si estos grupos, sea cual sea su grado de hostilidad, no entran nunca en contacto, o sólo en el campo de batalla, si los miembros de un grupo no frecuentan nunca la sociedad de los otros, tendrán, fuera del ardid guerrero, rara ocasión de mentir a éstos. La mentira presupone el contacto; implica y exige el intercambio.

tapies_2
Letras de Tierra, Antoni Tapies



Este último comentario nos obliga a dejar de lado el análisis para más adelante. Suprimamos la existencia autónoma de nuestro grupo. Sumerjámonos por completo en el mundo hostil de un grupo extranjero, adentrémonos en el seno de una sociedad enemiga, con la que, sin embargo, entramos en contacto diariamente: está claro que en y para el grupo en cuestión, la facultad de mentir será mucho más necesaria, y la virtud de mentir más apreciada que la presión exterior, que la tensión entre «nosotros» y los «otros», que la enemistad de los «otros» hacia «nosotros», que la amenaza que esos «otros» hacen pesar sobre «nosotros», crecerá y aumentará de intensidad.
Llevemos todo hasta el límite; hagamos crecer la hostilidad hasta volverla absoluta y completa. Está claro que el grupo social del que estamos a punto de seguir sus avatares se encontrará obligado a desaparecer. A desaparecer de hecho, o bien, aplicando hasta el extremo la técnica y el arma de la mentira, a desaparecer a los ojos de los otros, a escapar de sus adversarios y eludir su amenaza refugiándose en la oscuridad del secreto.
El cambio de posición, en adelante, será absoluto: la mentira para nuestro grupo, convertido en grupo secreto, será más que una virtud. Se convertirá en la condición de su existencia, en su modo cotidiano de ser, el fundamental y prioritario.
Por el mero hecho de ser secreto, ciertos rasgos característicos propios de todo agregado social se encontrarán acentuados y exagerados fuera de toda medida. Así, por ejemplo, todo grupo erige una barrera más o menos permeable y salvable entre él mismo y los otros; todo grupo reserva para sus miembros un trato privilegiado, establece entre ellos un cierto grado de unión, de solidaridad, de «amistad»; todo grupo atribuye una particular importancia al mantenimiento de ciertos límites de separación entre él y los «otros», y por tanto, a la salvaguardia de elementos simbólicos que forman, de algún modo, su contenido; todo grupo, el vivente al menos, considera la pertenencia al grupo como un privilegio y un honor, y ve en la fidelidad a su grupo un deber para con sus miembros. Cualquier agregado social, por lo tanto, desde que se consolida y consigue una cierta expansión, implica una cierta organización, una cierta jerarquía.
Todos esos rasgos aparecen exasperados en una agrupación secreta; la barrera, permaneciendo en ciertas condiciones franqueable, se vuelve impermeable, la integración en el grupo se convierte en una prueba iniciática irrevocable, la solidaridad se transforma en una dependencia apasionada y exclusiva; los símbolos adquieren un valor sagrado, la fidelidad al grupo se convierte en el deber supremo, a veces incluso único, de sus miembros; en cuanto a la jerarquía, convirtiéndose en secreta, adquiere también ella misma, un valor absoluto y sagrado; la distancia entre sus escalafones aumenta, la autoridad se vuelve ilimitada y la obediencia perinde ac cadaver es la regla y la norma de las relaciones entre el miembro del grupo y sus jefes. Pero todavía hay más. Toda sociedad secreta, bien sea un grupo de doctrina o bien de acción, una secta o una conspiración -y, por lo demás, siendo bastante difícil trazar el límite entre estos dos tipos de grupos, pues el grupo de acción será, o se convertirá casi siempre, en un grupo de doctrina-, es un grupo secreto o incluso de secretos. Queremos decir que, aún cuando sea un mero grupo de acción, como una banda de gansters o una conspiración de pasillos, no posee rasgos de doctrina esotérica y secreta en la que esté obligado a salvaguardar los misterios escondiéndolos a los ojos de los no iniciados, y su existencia misma está indisolublemente ligada al mantenimiento de un secreto e incluso de un doble secreto; del secreto de su propia existencia al igual que el de los fines de su acción.
Por todo ello, el deber supremo del miembro del grupo secreto, el acto con el que expresa su afinidad y su fidelidad a éste, el acto por el cual se afirma y se confirma su pertenencia a dicho grupo, consiste, paradójicamente, en la disimulación de este hecho. Disimular lo que se es, y, para poder hacerlo, simular lo que no se es: ahí radica, pues, el mecanismo de subsistencia que, necesariamente, cualquier sociedad secreta impone a sus miembros.
Disimular lo que se es, fingir lo que no se es... Esto implica, sin lugar a dudas, no decir -nunca- lo que se piensa ni lo que se cree, y también decir -siempre- lo contrario. Así, para todo miembro de un grupo secreto, la palabra no es más que un medio para ocultar su propio pensamiento. Por lo tanto, todo lo que dicen es falso. Toda palabra, al menos todo discurso en público, es mentira. Sólo las cosas que no dicen o al menos que no revelan más que a los «suyos» pueden, o no, ser verdad.
La verdad resulta, pues, siempre esotérica y oculta. Nunca es accesible al común, al profano. Ni siquiera lo es para el que no está completamente iniciado.
Todo miembro de una agrupación secreta, digno de su papel, tiene plena consciencia de ello. Por lo tanto, jamás creerá lo que oiga decir en público por un miembro de su propia asociación, y sobre todo, no admitirá jamás como verdadero algo que sea públicamente proclamado por su jefe. Ya que no es a él a quien se dirige su jefe, sino a los «otros», a esos «otros» a quienes tiene el deber de cegar, estafar, engañar. Y, entonces -de nuevo con una paradoja-, sólo en el rechazo de creer en lo que dice y proclama se expresa la confianza del miembro del grupo en su jefe.

El Estatuto, Antoni Tapies


Sin duda, podría objetarse que nuestro análisis, tan justo como sea, se aleja de su objeto. Los gobiernos totalitarios no son, desgraciadamente, ni más ni menos que sociedades secretas, rodeadas de enemigos amenazantes y poderosos, y se ven obligados, por este hecho, a buscar la protección de la mentira, a esconderse, a disimular. E incluso los «partidos únicos» que forman el armazón de los regímenes totalitarios, no pueden, nos dirán, tener nada en común con los grupos de conspiradores: operan en pleno día. También, lejos de querer encerrarse, y levantar una barrera entre ellos mismos y los otros, su fin, reconocido y patentado, es precisamente el de absorber a todos esos «otros», englobar y abarcar a la nación (o a la raza) entera.
Por otra parte, cabría discutir el vínculo que pretendemos establecer entre totalitarismo y mentira. Podríamos valorar que, aunque lejos de ocultar y disimular los fines cercanos y lejanos de sus acciones, los gobiernos totalitarios siempre los han proclamado urbi et orbi (para lo que ningún estado democrático ha tenido nunca el valor), y que es ridículo acusar de mentir a alguien que como Hitler anunció públicamente (e incluso lo imprimió, negro sobre blanco, en Mein Kampf ) el programa que a continuación realizó punto por punto.
Todo lo cual, sin duda, es acertado; pero sólo en parte. Y por ello las objeciones que acabamos de formular no nos parecen de ninguna manera decisivas.
Es verdad que Hitler (como los otros caudillos de estados totalitarios), anunció todo su programa de acción públicamente. Pero, precisamente porque sabía que no sería creído por los «otros», que sus declaraciones no serían tomadas en serio por los no iniciados, precisamente así, diciéndoles la verdad, estaba seguro de engañar y adormecer a sus adversarios. Sería, pues, ésta una vieja técnica maquiavélica de la mentira en segundo grado, técnica perversa por antonomasia, y en la que la verdad misma se convierte en puro y simple instrumento de engaño. Parece claro que la tal «verdad» no tiene nada que ver con la verdad.
También es cierto que ni los estados ni los partidos totalitarios son sociedades secretas en el sentido mismo del término y que actúan públicamente. E incluso con gran respaldo de publicidad; y es que justamente en esto consiste la innovación de la que tanto hemos hablado. Son conspiraciones a la luz del día.
Una conspiración en pleno día -forma nueva y curiosa de un grupo de acción, propia de la época democrática, de la época de civilización de masas-, no está rodeada de amenazas, ni tiene, pues, necesidad de disimular. Más bien al contrario, estando obligada a hacer reaccionar a las masas, a ganarse a la gente, a englobar y organizar el mundo, necesita aparecer a la luz, e incluso a concentrar esa fuerza sobre sí mismos y sobre sus cabecillas. Ni siquiera los agrupados necesitan esconderse; al revés, pueden exhibir su pertenencia al grupo, al «partido», pueden hacerlo visible y reconocible a los otros e incluso por sus símbolos exteriores, emblemas, insignias, brazaletes o uniformes, o por sus gestos rituales consumados en público. Pero mientras que los miembros de una sociedad secreta -y a pesar del hecho, ya mencionado, de que la conspiración en pleno día tiende a convertirse en una organización de masas-, guardarán una distancia entre ellos y los otros; la adopción de signos exteriores de pertenencia al «partido» no hará más que acentuar la oposición y hacer más sólida la barrera que les separa de los de fuera; la fidelidad al grupo será la virtud principal de sus miembros; la jerarquía interna del «partido» adquirirá el aspecto y tendrá la estructura de una organización militar, y la regla non servatur fides infidelibus será aún más escrupulosamente observada. Ya que la conspiración a la luz del día, si no corresponde a una sociedad secreta, es al menos propia de una sociedad con secreto.

Circulo II de Antoni Tapies

La victoria, es decir, el éxito de la conspiración, no destruirá los rasgos que acabamos de citar; se limitará a debilitar a algunos, aunque, en cambio, fortalecerá a otros y particularmente, reforzará el sentimiento de superioridad de la nueva clase dirigente, su convicción de pertenecer a una élite, a una aristocracia íntegramente separada de la masa.
Los regímenes totalitarios no son sino conspiraciones, resultantes del odio, el miedo, la envidia, nutridas por un deseo de venganza, de dominación, de rapto; confabulaciones que han conseguido, o mejor, y ese es un punto importante, que han logrado parcialmente el éxito, que han conseguido imponerse en su país hasta conquistar el poder, adueñándose del Estado. Pero que no han logrado -todavía- realizar los fines que se han propuesto, y, precisamente por ello, continúan conspirando.
Podríamos preguntarnos si el concepto de conjurar a la luz del día no es una contradicción in adjecto. Una conspiración implica misterio y secreto. ¿Cómo podría hacerse a la vista de todos?
Sin duda. Toda confabulación implica un secreto; secreto que concierne precisamente a los fines de sus actuaciones, fines que debe disimular justamente para poder alcanzarlos y que no son conocidos sino a quienes les concierne. Pero la conspiración a la luz del día no es una excepción a la regla, ya que, como decimos, no siendo una sociedad secreta propiamente dicha, es de todas maneras una sociedad con secreto.
¿Cómo una sociedad de este tipo, es decir, una sociedad que actúa en la plaza pública , que busca organizar a las masas, y cuya propaganda se dirige a las masas, podría mantenerse en secreto? La pregunta es completamente legítima. Pero la respuesta no es tan difícil como parecería en principio. Es incluso bastante simple, porque sólo hay un medio de guardar un secreto: el de no revelarlo o el de revelarlo sólo a quienes confiamos, a una élite de iniciados.
Ahora bien, en una conspiración a ojos vistas, esta élite, que únicamente está volcada a los fines reales del complot, está formada naturalmente por los jefes, los dirigentes del «partido». Y como éste ejerce una acción pública y sus jefes reaccionan en público y están obligados a exponer públicamente su doctrina, hacer discursos públicos y declaraciones públicas, resulta que el mantenimiento del secreto implica la aplicación constante de esta regla: toda aserción pública es un criptograma y una mentira; una aserción doctrinal tanto como una promesa política, una teoría o fe oficial tanto como una obligación contraída por compromiso.
Non servatur fides infidelibus sigue siendo la regla suprema. Los iniciados lo saben. Los iniciados y los que son dignos de serlo. Comprenderán, descifrarán y traspasarán el velo que enmascara la realidad.
Los otros, los adversarios, la masa, incluida la masa de adherentes al grupo, aceptarán como verdades las aserciones públicas, y por ello mismo, se revelarán indignos de recibir la verdad secreta y de formar parte de la élite.
Los iniciados, los miembros de la élite -y todo ello, merced a una especie de saber intuitivo y directo- participan del pensamiento íntimo y profundo del jefe, conocen los fines secretos y reales del movimiento. De modo que no se sienten confundidos por las contradicciones y las inconsistencias de sus aseveraciones públicas: saben que tienen como fin defraudar a la masa, a los adversarios, a los «otros», y admiran al jefe que maneja y practica con maestría la mentira. En cuanto a los otros, a los que los creen, demuestran por este mismo hecho que son insensibles a la contradicción, impermeables a la duda e incapaces de pensar.
La actitud espiritual que acabamos de describir, actitud que corresponde a todos los estados totalitarios -y sobre todo, claro está, al régimen totalitario por excelencia, es decir, el régimen hitleriano-, implica, evidentemente, una concepción del hombre, una antropología. Sin embargo, aunque antítesis de la antropología democrática o liberal, la antropología totalitaria no estriba de ninguna manera en un cambio de valores que, rebajando el pensamiento, la inteligencia, la razón, sitúa en la cima del ser humano las fuerzas oscuras, «telúricas», del instinto y de la sangre. Sin lugar a dudas, la antropología totalitaria insiste en la importancia, el papel y la primacía de la acción. Pero de ningún modo desprecia la razón. O por lo menos, lo que desprecia -o más exactamente, lo que aborrece-, no son sino sus más altas formas, la inteligencia intuitiva, el pensamiento teórico, el nous como lo llamaban los griegos. En cuanto a la razón discursiva, la razón razonante y calculadora, realmente su valor no es desdeñado en absoluto. Todo lo contrario. La sitúa en una cima tan alta que la hurta al común de los mortales.
En la antropología totalitaria, el hombre no se define por el pensamiento, la razón o el juicio, justamente porque, según aquélla, la inmensa mayoría de los hombres está desprovisto de ellos. Por otro lado, ¿podemos seguir hablando de hombre? De ninguna manera. Ya que la antropología totalitaria no admite la existencia de una esencia humana única y común a todos. Entre un hombre y «otro hombre» no habría diferencia, una diferencia de grado, sino una diferencia de naturaleza. La vieja definición griega que designa al hombre como un zoon logicon, descansa en un equívoco: no hay relación necesaria entre logos -razón y logos -palabra, como tampoco existe medida común entre el hombre, animal razonable y el hombre, animal que habla. Ya que el animal hablante es ante todo un animal crédulo, y el animal crédulo es precisamente el que no piensa.

Arco y cruz, de Antoni Tapies


A su juicio, el pensamiento, es decir la razón -discernimiento de lo verdadero y lo falso, decisión y juicio-, se estima como algo raro y muy poco extendido en el mundo: sería un asunto de la élite y no de la masa. Y esta última se ve guiada o, mejor, movida por el instinto, la pasión, por los sentimientos y resentimientos. En ella, no sabe pensar. Ni querer. No sabe sino obedecer y creer.
Y cree todo lo que oye. Con tal de que se lo digan con suficiente insistencia. Con tal de que halaguen sus pasiones, sus odios y sus pavores. Por lo tanto, es inútil intentar permanecer más acá de los límites de la verosimilitud: al contrario, cuanto más descarada, masiva y cruelmente se miente, mejor se será creído y seguido. Resulta inútil igualmente intentar evitar la contradicción: la masa nunca la percibirá; es inútil hacer concordar lo que se dice a unos con lo que se cuenta a los otros: nadie creerá lo que se comenta a los otros, y todo el mundo creerá lo que se le dice a él; es inútil aspirar a la coherencia: la masa carece de memoria; es inútil disimularles la verdad: es radicalmente incapaz de percibirla; es inútil incluso esconderles que se la engaña; no comprenderá jamás que se trata de eso mismo, que se trata del tratamiento al que se la somete.
Toda la antropología a la que nos referimos está en la base de la propaganda de los miembros de esa conspiración a la luz del día: y el logro mismo que le acompaña explica el desprecio literal y sobrehumano de los totalitarios -nos referimos a los miembros de la élite que sabe- por la masa, tanto por la que forman sus adversarios, como la que constituyen sus adherentes, es decir, por todos los que les creen y les siguen; y asimismo por todos los que, sin seguirles, les creen. No vamos a contestar al fundamento de esta actitud. Nos parece suficientemente justificada. Por lo demás, los representantes y los jefes de los regímenes totalitarios están bien situados como para poder juzgar el valor intelectual y moral de sus adherentes, de sus estafados.
Nos limitaremos a constatar simplemente que si el triunfo de la conspiración de los totalitarios puede considerarse como una prueba experimental de su doctrina antropológica así como de la perfecta eficacia de sus métodos de enseñanza y de educación basados en la mentira, esta experiencia no sirve más que para sus propios países y para sus pueblos. No sirve para los demás y, notablemente, no vale para los países democráticos que, después de todo, obstinados e incrédulos, se han mostrado reacios a la propaganda totalitaria: pues, en esos países, esta propaganda, aunque sostenida por pequeñas conjuras locales, no ha podido, en fin de cuentas, equivocar sino a una parte de la sedicente «élite social».
De modo que, y por una última paradoja -que en el fondo no es más que una sola-, precisamente las clases populares de los países democráticos, de esos países pretendidamente degenerados y bastardos, se han revelado como pertenecientes a una categoría superior de la humanidad, de estar compuestas por hombres inteligentes, según los principios mismos de la antropología totalitaria, y son, en cambio, los seudo-aristócratas totalitarios, los que representan su categoría inferior, la del hombre crédulo que no logra pensar.


Alexandre Koyré (1892Taganrog, Rusia – 1964París) fue un filósofo e historiador de la ciencia francés de origen ruso. 




[1] Publicado originalmente  en 1943 por la revista RENNAISSANCE, Francia.
Tomado de la Revista AEN, Nº63.