lunes, 1 de junio de 2015

Apología del Ocio
Ensayo

Robert Louis Stevenson






BOSWELL: Cuando no hacemos nada, nos aburrimos.

JOHNSON: Esa sucede, señor, porque como los demás están ocupados, nos falta compañía; si ninguno hiciera nada, no nos aburriríamos; nos divertiríamos los unos a los otros.





En esos tiempos en que todos estamos obligados bajo pena de lesa respetabilidad a entrar en alguna profesión lucrativa y a trabajar en ella con entusiasmo, un grito del partido opuesto, el de los que se contentan con tener lo suficiente, con mirar a su alrededor y gozar mientras tanto, puede sonar un poco a bravata o fanfarronería. Sin embargo no debería ser así. Lo que suele llamarse ociosidad, que no consiste en no hacer nada, sino en hacer mucho de lo que no está reconocido en los formularios dogmáticos de la clase dominante; tiene derecho a mantener su posición al igual que la industriosidad. Es cosa admitida que la presencia de gentes que rehusan entrar en las profesiones que se premian con peniques, es a la vez un insulto y un desánimo para aquellos que lo hacen. Un buen muchacho (como vemos muchos) toma su determinación, vota por su oficio, y según la enfática expresión americana, "va por ellos". Mientras éste avanza trabajosamente por el camino, no es difícil comprender su resentimiento al ver algunas personas echadas tranquilamente en el prado al lado del camino, con un pañuelo en las orejas y un vaso al alcance de la mano. Alejandro fue tocado en su punto más débil ante la indiferencia de Diógenes. ¿De qué servía a estos bárbaros la gloria de haber conquistado Roma, si al entrar a la Casa del Senado se encontraron allí a los Padres, sentados y silenciosos, indiferentes en absoluto de su éxito? Es duro haber trabajado tanto y escalado altas colinas, y cuando todo ha sido realizado, encontrar a la humanidad indiferente a los logros conseguidos. De ahí que los físicos condenen a los no físicos; los financistas sólo toleran superficialmente a aquéllos que poco saben acerca de la bolsa; la gente culta desprecia a los incultos; y que la gente que tiene metas se alíe para menospreciar a quienes no las tienen. Pero aunque esta es una de las dificultades del tema, no es la mayor. A nadie se le puede meter en prisión por hablar contra la industria, pero sí puede ser enviado a Coventry por hablar como un loco. La mayor dificultad, en la mayoría de los temas, es tratarlos bien. Por tanto, recuerden por favor que esto es una apología. Es cierto que hay mucho que argumentar juiciosamente en favor de la diligencia. Sólo hay una cosa que decir contra ella, y es lo que diré en esta ocasión. Exponer un argumento no significa necesariamente estar sordo a los otros, y que un hombre haya escrito un libro de viajes sobre Monte- negro, no quiere decir que nunca haya estado en Richmond. Seguramente está fuera de toda duda que la gente suele estar un poco ociosa durante la juventud. Pues aunque pueda hallarse un Lord Macaulay que escapa de la escuela con todos los honores sin mengua de su ingenio, la mayoría de los muchachos pagan tan caro medallas y condecoraciones, que nunca más tienen un penique en el bolsillo y comienzan su vida en bancarrota. Y lo mismo sucede cuando un muchacho se educa a sí mismo, o mientras otros lo educan. Debió haber sido un viejo caballero insensato el que se dirigió a Johnson en Oxford con estas palabras: "Joven, aplíquese diligentemente a los libros ahora y adquiera una buena cantidad de conocimientos; ya que con el paso de los años advertirá que el andar entre los libros es una tarea bastante penosa". El viejo caballero parece no haber tenido en cuenta que, aparte de los libros, también hay otras cosas no menos trabajosas, y que algunas llegan acaso a hacerse imposibles cuando el hombre se ve obligado a usar anteojos y no puede caminar sin la ayuda de un bastón. Los libros están bien en su estilo, pero son apenas un pálido sucedáneo de la vida. Es una pena estar como la dama de Shalott, mirándose al espejo, de espaldas al clamor y al bullicio de la realidad. Y si un hombre se entrega demasiado a la lectura, como nos lo recuerda la vieja anécdota, no le quedará tiempo para pensar. Si recordamos los tiempos de nuestra educación, estoy seguro de que no serán las intensas, vívidas e instructivas horas de travesuras las que deploremos; serán más bien los deslustrados períodos entre el sueño y la vela de las clases. Por mi parte, asistí a una buena cantidad de clases en mi tiempo. Todavía puedo recordar que el girar de una peonza es un caso de estabilidad cinética. Recuerdo también que la enfiteusis no es una enfermedad, ni el estilicidio un crimen. Pero aunque no renuncio a estas migajas de ciencia, no las sitúo en el mismo lugar que otras cosas sueltas que aprendí mientras vagaba en la calle. No es este el momento para extenderme sobre ese poderoso lugar de educación -la calle- que fue la escuela favorita de Dickens y de Balzac, y que cada año otorga títulos a tantos desconocidos en el Arte de la Vida. Basta con decir esto: el muchacho que no aprende en la calle, es porque no tiene capacidad para aprender. No es preciso estar siempre en la calle para vagabundear, pues, si se lo prefiere, se puede ir al campo atravesando los suburbios; puede sentarse al lado de unas lilas y fumar innumerables pipas arrullado por el golpear del agua sobre las piedras. Un pájaro cantará en la enramada. Mientras tanto, podrá sumirse en agradables pensamientos, ver las cosas en una nueva luz. Si no es esto educación, ¿qué lo es? Podemos imaginar a Don Mundanal Prudencio, acercándose al muchacho y sosteniendo la siguiente conversación: -Vamos muchacho, ¿qué haces aquí? -A decir verdad, señor, paso el rato. --¿No es acaso tu hora de clase? ¿No deberías ahora hallarte sumido en tus libros con diligencia, de modo que puedas obtener conocimientos? -¡Si usted me lo permite, así también aprendo! -Aprendes ¿qué? Contéstame, ¿matemáticas? -No, ciertamente. -¿Metafísica? -Tampoco. -¿Alguna lengua? -No, ninguna. -¿Comercio? -No, comercio tampoco. -¿Qué cosa, pues? -En efecto, señor, como pronto llegará para mí el momento de hacer mi peregrinaje, deseo saber qué hacen los que están en casos similares al mío, y dónde están los peores abismos y espesuras del camino. Además, quiero saber qué cosas me habrán de ser útiles para el camino. Más aún, estoy aquí, al lado del arroyo, para aprender una canción que mi maestro me enseñó y que se llama Paz o Contento. Aquí el señor Mundanal Prudencio no pudo contener su enojo y blandiendo su bastón de modo amenazador, se expresó de este modo: -¡Aprendiendo! ¡Qué va! Si por mí fuera, todos estos bandidos serían azotados por el verdugo!- Y siguió su camino, arreglándose la corbata entre crujidos de almidón, como un pavo cuando extiende sus plumas. Ahora bien, esta opinión del señor Prudencio es la opinión común. Un hecho, por ejemplo, no es considerado un hecho, sino meras habladurías, si no cae dentro de alguna de las categorías anotadas. Una investigación debe ir orientada en una dirección reconocida y con un nombre definido. De otro modo, no se estará investigando sino haraganeando, y el asilo será algo demasiado cómodo para nosotros. Se su- pone que todo conocimiento se encuentra en el fondo de un pozo, o a una distancia inusitada. Sainte Beuve, al envejecer, empezó a considerar toda experiencia como contenida en un gran libro único, en el que estudiamos unos pocos años antes de partir. Y le daba igual si se leía el capítulo XX, sobre el cálculo diferencial, o el capítulo XXXIX, sobre el oír tocar la banda en el jardín. De hecho, una persona inteligente, teniendo abiertos los ojos y atentos los oídos, sin dejar de sonreír, adquirirá una educación más verdadera que muchos otros que viven en heroicas vigilias. Hay, en verdad, cierto árido y frío conocimiento propio de las cimas de las ciencias formales y laboriosas; pero es mirando alrededor como se podrán adquirir los cálidos y palpitantes hechos de la vida. Mientras otros llenan su memoria con una baraúnda de palabras, la mitad de las cuales olvidarán antes de que termine la semana, nuestro vagabundo aprenderá tal vez un arte útil como tocar el violín, apreciar un buen cigarro o hablar con pro- piedad y facilidad a toda clase de personas. Muchos que se han aplicado a los libros con diligencia y lo saben todo a propósito de esta u otra rama de la sabiduría aceptada, terminan sus estudios con un aire de búhos viejos, y se muestran secos, rancios y dispépticos en los aspectos mejores y más brillantes de la vida. Algunos llegan a amasar grandes fortunas sin que por ello dejen de ser vulgares y patéticamente estúpidos hasta el final de sus días. Mientras tanto, ahí va nuestro ocioso, que empezó su vida a la par con ellos, y que nos muestra, si ustedes me lo conceden, una figura bien distinta. Ha tenido tiempo para cuidar de su salud y de su espíritu; ha pasado buena parte de su tiempo al aire libre, que es lo más saludable tanto para el cuerpo como para la mente; y si nunca ha leído lo más oscuro y recóndito del libro, se ha hundido en él y lo ha ojeado con excelentes resultados. ¿No estaría acaso el estudiante dispuesto a entregar algunas raíces hebreas, y el hombre de negocios algunas de sus coronas, por compartir algunos conocimientos que el ocioso posee sobre la vida en general y sobre el Arte de Vivir? El ocioso, incluso, tiene otras y más importantes cualidades que estas. Me refiero a su sabiduría. Él, que con tanto detenimiento ha contemplado las pueriles satisfacciones de los otros en sus entretenimientos, mirará los propios con una muy irónica indulgencia. Su vozno se oirá entre el coro de los dogmáticos. Tendrá siempre una gran comprensión por todo tipo de gentes y opiniones. Del mismo modo que no halla verdades irrefutables, tampoco se identificará con flagrantes falsedades. Su camino lo lleva siempre por vías laterales, no demasiado frecuentadas, pero muy llanas y placenteras, que a menudo se las llama el Belvedere del Sentido Común. Desde allí contemplará un paisaje, si no noble, al menos agradable. Mientras otros contemplan el Este y el Oeste, el Demonio y la Aurora, él observará contento una suerte de hora matutina que se posa sobre todas las cosas sublunares, con un ejército de sombras que se cruzan rápidamente y en todas direcciones acercándose al luminoso día de la eternidad. Las sombras y las generaciones, los eruditos doctores y las clamorosas guerras, se hunden al cabo y para siempre en el silencio y el vacío. Pero, por encima de todo esto, un hombre puede ver, a través de las ventanas del Belvedere, un paisaje verde y pacífico. Muchas habitaciones alumbradas; la buena gente que ríe, bebe, y hace el amor como se hacía antes del Diluvio y la revolución francesa; y al viejo pastor que cuenta sus historias bajo el espino. El celo extremado, trátese de la escuela o del colegio, de la iglesia o del mercado, es síntoma de deficiente vitalidad; y una capacidad para el ocio implica un apetito universal y un fuerte sentimiento de identidad personal. Hay un buen número de muertos-vivos, gentes gastadas, apenas conscientes de que están vivos, salvo por el ejercicio que les demanda una ocupación convencional. Lléveselos al campo, o embárqueselos, y se los verá cómo claman por su escritorio o sus estudios. Carecen de curiosidad; no pueden abandonarse a los excitantes imprevistos; y no derivan ningún placer en el ejercicio de sus facultades como tales; y a menos que la necesidad los espolee, no se moverán de su lugar; no vale la pena hablar con esta gente: no pueden estar ociosos, su naturaleza no es lo suficientemente generosa; y pasan aquellas horas que no dedican furiosamente a hacer dinero, en un estado de coma. Cuando no tienen que ir a la oficina, cuando no están hambrientos o sedientos, el mundo que respiran alrededor suyo está vacío. Si deben esperar una hora el tren, caen en un estúpido trance con los ojos abiertos. Al verlos, uno supone que no hay nada que mirar en el mundo, ni nadie con quién hablar. Se creerá que sufren de parálisis o de enajenación; y, sin embargo, se trata de gentes que trabajan duro en sus oficios, y que tienen una mirada rápida para descubrir un error en la escritura o un cambio en la bolsa. Han estado en el colegio y en la universidad, pero siempre han tenido los ojos fijos en las medallas; han recorrido el mundo y han tratado con gente de mérito, pero todo el tiempo han estado sumidos en sus propios asuntos. Como si el alma humana no fuera de por sí suficientemente pequeña, han empequeñecido y estrechado las suyas, mediante una vida dedicada al trabajo y carente en absoluto de juego. Al llegar a los cuarenta, ahí los tenemos, con una atención distraída, la mente vacía de toda diversión, y ningún pensamiento qué frotar con otro mientras esperan el tren. Antes de "echarse los pantalones largos", hubieran trepado a los vagones; a los veinte, seguramente habrían mirado a las muchachas; pero ahora la pipa se ha consumido, el rapé se agotó, y mi hombre se halla tieso sentado en una silla, con ojos lastimosos. Esta forma de éxito no me parece atractiva en lo más mínimo. Pero no es sólo la propia persona la que sufre con sus malos hábitos, sino también su mujer y sus hijos, sus amigos y conocidos, e inclusive la gente que se sienta con él en el tren o el carruaje. La perpetua devoción a lo que un hombre llama sus asuntos, sólo puede sostenerse a costa de la perpetua negligencia hacia muchas otras cosas; y no es de manera alguna cierto que el trabajo de un hombre sea lo más importante. Desde una mirada imparcial, resulta claro que los papeles más sabios, más virtuosos y más benéficos que pueden representarse en el Teatro de la Vida son representados por actores gratuitos, y que estos aparecen ante el mundo en general como períodos de ocio; pues en dicho Teatro, no sólo los caballeros paseantes, las doncellas que cantan, los diligentes violinistas de la orquesta, sino también aquéllos que observan y aplauden desde las graderías cumplen con la misma eficacia su cometido en bien del resultado final. No hay duda de que dependemos en buena medida del consejo de nuestros abogados y agentes de bolsa, del guarda y de los conductores que nos llevan rápidamente de un lugar a otro, del policía que se pasea por las calles para darnos protección; pero ¿hay un pensamiento de gratitud en nuestro corazón para algunos otros benefactores que nos hacen sonreír cuando nos los topamos, o sazonan nuestras comidas con su buena compañía? El coronel Newcome ayudaba a sus amigos a malbaratar su fortuna; Fred Bayham tenía la fea manía de pedir camisas prestadas; y, sin embargo, era preferible estar con ellos que con Mr. Barnes; y aunque Falstaff no fue ni sabio ni sobrio, conozco a más de un Barrabás sin cuya presencia el mundo no habría perdido mucho. Hazlitt comenta que se sintió más obligado para con Northcote, quien por lo demás no le prestó jamás nada que pudiera llamarse un servicio, que respecto a su círculo de ostentosos amigos; ya que consideraba que un buen compañero es, enfáticamente, el más grande benefactor. Sé que hay personas que no pueden sentirse agradecidas a menos que el favor que se les haga se haya logrado al costo del dolor y las dificultades. Pero esto no es más que una mezquindad. Un hombre nos envía cuartillas repletas de los chismes más entretenidos, o un artículo que nos hace pasar media hora divertida y provechosa. ¿Pensamos que el servicio habría sido mayor si los hubiera escrito con sangre, o en pacto con el demonio? Seríamos más considerados con nuestro corresponsal, en caso de que hubiera estado maldiciéndonos por nuestra falta de oportunidad? Aquello que hacemos por placer es más benéfico que lo que hacemos por obligación, pues, al igual que la piedad, resulta dos veces bendito. Un beso puede hacer felices a dos, pero una broma a veinte. Pero donde quiera que se encuentre un sacrificio, o el favor se conceda con dolor, la gente generosa lo recibe con confusión. Ningún deber se valora menos entre nosotros que el deber de ser felices. Siendo felices sembramos anónimamente beneficios para el mundo, que permanecen desconocidos aún para nosotros mismos, o que cuando se les revela a nadie sorprenden tanto como a nosotros mismos. El otro día, un muchacho andrajoso y descalzo corría calle abajo detrás de una piedra, con tal aire de felicidad que contagiaba a todo el que se encontraba de su buen humor; una de estas personas, cuyos negros pensamientos habían desaparecido como por arte de magia, detuvo al muchacho y le dio algunas monedas a tiempo que comentaba: "ya ves lo que sucede con sólo parecer contento". Si antes había parecido contento, ahora seguramente debía parecer mistificado. Por mi parte, no puedo dejar de justificar el que se anime a los niños a sonreír antes que a llorar. No deseo pagar por ver otras lágrimas que las del teatro. Encontrar un hombre feliz o una mujer feliz es mejor que encontrarnos con un billete de cinco libras. Él o ella son focos que irradian buenos sentimientos; y cuando entran a un salón, sucede algo así como si se hubiera encendido una vela de más. No nos importa si pueden o no demostrar la proposición cuarenta y siete; hacen algo más que eso: demuestran, prácticamente, el gran teorema de lo Vivible que es la Vida. Consecuentemente, si una persona sólo puede ser feliz permaneciendo ociosa, ociosa debe permanecer. Es un precepto revolucionario; pero debido al hambre y a los asilos, uno del que no puede abusarse fácilmente; y dentro de límites prácticos, se trata de una de las más incontrovertibles verdades del Corpus Moral. Contemplemos uno de esos tipos industriosos por un momento. Siembra afanes y malas digestiones; hace rentar una gran cantidad de actividad, y recibe como beneficio una buena suma de desgaste nervioso. Una de dos: o se retira del mundo y de toda compañía, como un recluso en su buhardilla, con zapatillas y un pesado tintero, o se mete entre la gente ácida y afanosamente, sintiendo contracciones en su sistema nervioso, para descargar su malhumor antes de volver al trabajo. No me interesa qué tanto o qué tan bien trabaja, este sujeto es dañino para las vidas de los otros. Se viviría mejor si él hubiese muerto. Preferirían en la oficina pasarse sin sus servicios, antes que tener que tolerar su malhumor. Emponzoña la vida en la fuente. Es mejor verse empobrecido por un sobrino bribón, que soportar día a día a un tío receloso. ¿Y para qué, Dios mío, tantos afanes? ¿Cuál es la causa por la que amargan sus vidas y las de otros? Que un hombre pueda publicar tres o treinta artículos al año, que pueda o no terminar su gran pintura alegórica, son asuntos de poca importancia para el mundo. Las filas de la vida están llenas; y aunque unos cuantos caigan, habrá siempre otros que vengan a llenar la brecha. Cuando se le dijo a Juana de Arco que debía estar en casa realizando oficios de mujer, ella respondió que había muchas para hilar y lavar; y lo mismo podría afirmarse de cualquiera, aunque tuviera las más raras habilidades; cuando la naturaleza es tan "descuidada de la vida individual", ¿por qué habríamos de imaginar que la nuestra tiene excepcional importancia? Supongamos que Shakespeare hubiera sido golpeado en la cabeza alguna noche oscura en la cota de caza de sir Thomas Lucy; ¿marcharía el mundo mejor o peor, dejaría el cántaro de ir a la fuente, la hoz al grano y el estudiante al libro? Y ni de la pérdida del más sabio nos habríamos dado cuenta. Entre las obras existentes no hay muchas, si se miran las alternativas, que valgan lo que una libra de tabaco para un hombre de medios limitados. Esta es solamente una reflexión que serenará nuestra vanidad terrena. Ni siquiera el estanquero podrá encontrar vanagloria personal en lo que acabo de expresar; pues aunque el tabaco resulte un excelente sedante, las cualidades requeridas para venderlo no son raras ni preciosas en sí mismas. i Ay! Esto puede tomárselo como se quiera, pero pocas son las funciones individuales verdaderamente indispensables. Atlas fue solamente un individuo con una prolongada pesadilla; y, con todo, es fácil ver comerciantes que labran una gran fortuna y que terminan en los tribunales por quiebra; escribientes que pasan su vida escribiendo pequeños artículos, hasta que su temperamento se convierte en una cruz para quienes están a su lado, como si se tratara de Faraones, que en vez-de construir pirámides, construyeran alfileres; y muchachos que trabajan hasta el agotamiento, para ser transportados luego en una carroza fúnebre adornada de plumas blancas. ¿No suponemos que en el oído de éstos, alguien habría susurrado la promesa de un destino sobresaliente? ¿Y que la bola en que su destino se jugó, era el centro y ombligo del universo? Y, sin embargo, no hay tal. Las metas por las que ellos entregaron su inapreciable juventud, en lo que les toca, pueden ser quiméricas o perjudiciales; las glorias y las riquezas que esperan, pueden no llegar jamás, o llegar cuando les son indiferentes; y ellos mismos y el mundo que habitan son tan insignificantes, que la mente se hiela con sólo pensarlo.

viernes, 1 de mayo de 2015

Juan Liscano,  el pensar y los días (I)

En el centenario de su nacimiento
(1915 - 2001)

David De los Reyes


Resultado de imagen para juan liscano


“No se debe escribir la primavera sino después de haberla mirado sin memoria”
Juan Liscano
“La verdadera metafísica consiste en volver sensible aquello que es abstracto”
Josep Pla

(Observación: Este trabajo sobre los ensayos de Juan Liscano, ha sido elaborado para conmemorar el centenario de su nacimiento, y está dividido en dos partes. Esta que publicamos hoy y una segunda,  continuación del mismo, que se  colocará en la próxima entrada del mes de junio de nuestro blog. Esta primera parte tocamos, además de su estética, algunos de los pensadores y filósofos que captaron su atención en su obra: Krishnamurthi, Nietzsche, Sartre, Camus, Teilard de Chardin. En la segunda parte del mes de junio tocaremos aspectos como el gnosticismo, la sexualidad, lo religioso, el suicidio, su posición ante la vida, entre otros).


I
Hesíodo,  el antiguo bardo griego (circa 700 A.C.), escribió un largo poema (820 estrofas),   Los Trabajos y los Días, donde  recogió una serie de consejos, instrucciones, proverbios, fábulas,  símiles y mitos del mundo griego en crisis que le tocó vivir.  La actividad humana del trabajo la entendió como el destino del hombre, pero sólo quien esté dispuesto a trabajar podrá con él.  Esta prédica griega se entona en torno a una gran crisis agraria en  todo el continente griego, lo cual inspirará una búsqueda de nuevas tierras para ser colonizadas. Juan Liscano (1915 – 2001), cual Hesíodo venezolano,   será el poeta de la zona tórrida, del canto al erotismo amoroso y a las preocupaciones del  desfogue civilizatorio contra la naturaleza y la  pérdida del ser auténtico  en el hombre, y de su preocupación patriótica por su país.  Su pensamiento poético no queda  detenido  entre el metro y la metáfora, sino que se expande su pensar la realidad a partir del ensayo personal en todas sus variantes temáticas posibles, tocando la crisis que siente y sufre,  vive y explora,  describe y prescribe, ataca y esclarece en torno a la vorágine desenfrenada de la civilización moderna universal  y al fracaso continuo que exhibe la historia de su país: Venezuela. Asimismo trasciende  a la  pérdida del rastro  mítico arquetipal   en la psique del hombre del presente, a la vorágine del hombre por el hombre, al horror permanente que hace la historia contra los incautos, a la  guerra y sistemas genocidas y ecocidas del entorno ambiental, al abandono de la búsqueda y   crecimiento del ser individual en el presente, al lavado de cerebro  y  masificación de gustos y vida a través de los medios  de comunicación, la realidad virtual del internet y sus usos  por Estados y sociedades multinacionales con el espigón totalitario a cuestas, sin abandonar nunca la relación tormentosa de la espiritualidad y la literatura.   
En sus ensayos encontramos, como en Hesíodo, consejos,  observaciones sobre, la cotidianidad histórica,  los mitos del eterno humano; pero en el bardo venezolano además de todo eso,  nos lleva agarrados de la mano sobre los mitos y crueldades de la modernidad, sus prescripciones ante el destemplado y voraz desbarajuste  político nacional (Venezuela), e hispanoamericano,  y sus lúcidas reflexiones contra la corriente de las opiniones oficiales de la historia, sus análisis introspectivos  de la espiritualidad y el vacío humano en la alienación y la mediocridad,  la literatura  y de la común sociedad,  entre otros temas. Este espacio reflexivo  liscaniano es la nave que  abordaremos en las siguientes  páginas,  adentrarnos en las aguas profundas de lo mítico, apocalíptico y lúcido  que  emerge de su pensamiento en los días tormentosos  unos, felices otros pocos, que le tocó vivir entre su pensar y sus días, cuando se cumplen en este año el centenario de su nacimiento.
Reiteremos la pregunta: ¿Cuáles son los temas a los que presta atención su pensamiento? Múltiples. Van de la literatura, a  la poesía, espiritualidad, mitología, religión, la religiosidad y su simbología mítica, atravesando la historia nacional, regional y global, junto a sus teorías y posiciones, la política y sus vínculos con los modelos de producción: capitalista y socialista, la revolución y sus aberraciones contra el individuo, la utopía y sus espejismos, los vínculos y diferencias espirituales, eróticas y sexuales entre Oriente y Occidente,  sin ser indiferente a la ciencia, la tecnología, la ecología y, sobre todo, al individuo y la masa, advirtiendo  su condición  psicológico-emocional y el vacío de ser. Son algunos de los temas que podemos notar rápidamente al abordar sus textos ensayísticos. Su acontecer, como hombre moderno, está en el destino que determina la actualidad del proceder social y global del hombre, la cual la ve como una edad oscura y frustrante. Época a la que su palabra  busca mostrar la causa  de nuestros errores por ignorar la mayoría de los humanos la dirección de la civilización y el mundo. Más que ver  al mundo y la civilización bajo el manto positivista del progreso continuo, -cosa que niega-, se preocupa en presentarnos nuestro tiempo y su devenir como un intervalo en retroceso, descenso, alienación, vacío,  genocidio humano y ecológico perpetuo por el abandono de la formación y búsqueda, olvido y experiencia del ser individual y colectivo auténtico, al albergar una conciencia adormecida, abocada  solamente a la realidad de la experiencia exterior inmediata. Sintió  y vivió la edad moderna como una verdadera edad negra. ¿la civilización y el mundo prospera? ¡Retrocede!
Entre los filósofos que encontramos preferencias y referencias en sus personales atenciones conceptuales están Platón, Aristóteles, Plotino, San Agustín, Pascal, Rousseau, Hegel, Fuerbach, Marx, Spengler, Heidegger, Camus, Sartre, Marcuse, Teilhard de Chardin,  Popper,  junto a una serie de filósofos rusos anticomunistas. Sin dejar de lado a los guías espirituales G. Gurdjieff, Madame Blavatski, D. Ouspenski, y sin olvidar, por supuesto, a Krishnamurti.  Unos y otros serán cuestionados y retomados para subrayar ideas pertinentes en su reflexión ensayística. Personalmente tengo la intención de presentar cómo y en qué contexto emergen algunos de ellos en los ensayos del poeta.  Comprender que su generación estaba llamada a examinar con lucidez el pasado, arrancando sobre todo el lastre de las máscaras en que se oculta, tras las que los artificios internos e irracionales de la historia permanecen ocultos (son los casos de los carniceros humanos, por ejemplo, de Bolívar, Boves en nuestro país; o Hitler, Stalin, Guevara, dentro de las realidades totalitarias o tanáticas, que constituyeron  con su destino alcanzar el poder y la gloria: realidades monstruosas y atroces). Para Liscano la senda del devenir sólo es progresiva rechazando lo histórico como destino, y  dirigir el devenir humano hacia lo que él comprendió como espiritualidad; en cómo las sociedades inteligentes contribuyen en conjunto al desarrollo individual de esa espiritualidad, a desprenderse del peso exterior y adentrarse en su interioridad; se trata, como dicen los filósofos hindúes, en ayudar al hombre en convertirse en  lo que es.
Nuestro ensayo está estructurado en distintos temas y filósofos que llevó, en su obra, a  detener nuestra mirada personal. Entre los asuntos que tocaremos están su estética, lo religioso, lo espiritual, su posición ante la vida. Y entre sus preocupaciones de orden filosófico, traeremos su percepción y apreciación de distintos filósofos: Nietzsche, Sartre, Camus, Heidegger,  Theilard de Chardin, y  guías espirituales como Krishnamurti. Otros aspectos a tocar son su  permanente interés por la concepción gnóstica, la sexualidad, el suicidio. Con ello no hemos intentado agotar los temas posibles que vendrán a estar presentes en su ensayística y en su poesía. Son algunos elegidos, y como ya dije,  que detuve mi mirada en  el pensar y los días de la vida de Juan Liscano. Veamos.

II
Estética.  Liscano no  se aferra a una concepción estética particular o certificada por la academia. Afirma, por ejemplo,  que encontrar una estética en su obra poética puede darse de forma involuntaria. La estética que practicó es de carácter evolutivo, sin obedecer a una escuela o a una particular posición teórica. Lo que sí determinó su sensibilidad creadora estuvo referido al tema a abordar, entendiendo por tema como una inclinación del alma que lo lleva a expresarse. Ante una pseudo-espontaneidad poética,  que convierte al poeta en un ente incapaz de pensar, de plantearse un problema, Liscano aborda  su actitud poética y creativa en función de objetivos que lo motivan a canalizar su sensibilidad y dirigir su intuición hacia la construcción de imágenes que denoten no sólo emoción sino  comprensión de lo tratado: postura de una poética conceptualista. No se alista en la poesía de inspiración espontánea,  circunstancial. Fija su mirada en los temas que los días dirigen a su pensar y emoción. ¿Algunos de ellos? La ciudad, lo erótico, lo telúrico, lo femenino, la naturaleza, la destrucción ecológica, la desintegración del mundo, la sobrepoblación, la deshumanización, etc.[1]
Su estética  poética lleva a despertar más un sentir, a un sentimiento que no implica sentimentalidad; su concepción de poeta conceptual  lo lleva  también a estar presente en sus ensayos. Sabe que perderse en las sensaciones  lleva a negarse a sí mismo, impidiendo  el poder  de dirigir sus acciones  y sus previsiones.  La poesía no es un instrumento de desahogo sentimental para él. La poesía vista y construida a partir de expresar experiencias. Acumular sensaciones en vez de expresar experiencia conduce a los paraísos artificiales, a la falsificación de la verdadera intensidad. El sentimiento, como la intuición son formas mayores de conocimiento[2]. Donde la intuición es un pensamiento que sume el riesgo, un pensamiento que se aventura; un pensamiento en acción. Es contrario a toda postura formalista del pensar, por ejemplo, científica, rodeado de instrumentos de precisión, al uso de términos abstractos, que pretenden siempre cuantificar al mundo. Hay un pensamiento aventurero que siempre se arriesga. Vuelve lo abstracto  en imagen sensible.  La intuición comprendida como una forma de instinto, lo cual involucra un hallazgo, una penetración en el misterio del universo y del ser humano a través del concepto, de la palabra, de un logos poético.
Si bien la poesía contiene metáforas, emoción, sugerencias, sensorialidad, musicalidad no deja de ser pertinente y necesario el concepto, el pensamiento aventurero, la reflexión, sin llegar a normar ello en una estética definitiva. La creación estética abierta al misterio de lo no hallado aún, recobrando significado de cara al futuro. Su ritmo poético, de buen poeta bailarín como lo fue, establece que todo es una ida y vuelta, un flujo y reflujo, un eterno retorno, oscilación pendular, en el sentido del hermetismo de Hermes Trismegisto presentes en el Kybalión[3].
Su ataque a la época presente tiene siempre un talante pesimista. Observa que se vive en un constante estado lavado de cerebro general, donde cada vez se piensa menos como individuo y se acepta más las formas colectivas de sentir y pensar programados por el Estado, la industria cultural, las empresas globales, el partido único, etc.  Afirmó que lo narrado en la novela 1984 de Orwell, ya no es ficción, está sucediendo  o ya sucedió (y está superada en los controles de todo tipo en la angosta vida privada individual…); y respecto al planeta nos advierte que se vive  un ecocidio permanente gracias al germen de la ganancia inmediata, que piensa sólo en su sucio provecho egoísta, pero no en la destrucción que impulsa en todo, sin preservar el planeta para las generaciones futuras: piensa, -y nosotros también junto a él-, que se está violando todos los órdenes de la naturaleza para no poderse recuperar nunca más. No vislumbró un resurgimiento espiritual auténtico y lo que se da con ese nombre son modas pasajeras de individuos desesperados, confundidos, atados al dictamen mediático o político del momento. Buscó un resurgimiento espiritual como actitud de insurgencia contra  el continium masificante, lo cual siempre quedará reducida a verborrea textualista, esa expansión cancerosa del lenguaje. Para él estuvo claro que todo acto creador es solitario; todo creador está sólo, aunque piense en la humanidad.
Juan Liscano, que se considera un escritor para minorías pensantes, fue adquiriendo un modo de pensar cada vez más preciso y nervioso por su percepción espiritual y personal del mundo que captó su mirada y sensibilidad, conduciéndolo al desencanto general de la realidad, aunque siempre con una postura crítica, combatiente y anunciadora   ante el descalabro  de la prospectiva de la especie humana. Es hijo de una generación que conoció, vivió y reaccionó contra las guerras, el totalitarismo soviético, el castro-comunismo, y el nacional-socialismo, todas ellas formas de estado que persiguen la total inversión de cualquier posibilidad de humanismo: convierten al hombre en cazador del hombre; vuelven, de manera absoluta, pero fragmentándolo,  al hombre en cosa.
Vivió la violencia de la guerra, las matanzas de un bando contra otro; con ello comprendió y aceptó  que toda acción humana termina revirtiéndose contra sí mismo. A esto se sumaban otras realidades que niegan a la vida, como lo era (y es), la guerra nuclear, la tremenda destrucción ecológica en desarrollo intenso y permanente, el desproporcionado crecimiento demográfico (se prevé que para el 2050 seremos unos 9 mil millones de habitantes en este pingüe planeta globalizado y civilizadamente destartalado); tales hechos, no ilusorios sino tangibles, sembraron en él un sentido de constante pesimismo al notar, con gran desesperanza, un desencanto en el destino del hombre por su hacer en el presente y sobrevivir en un futuro cercano. Sin embargo, no por ello duda de poder construirse la convicción  de cierta solidaridad que no se puede encontrar sino en ese mismo hombre disminuido y extrañado.
Vislumbra una difícil rendija pasajera de luz para el desaliento universal; a este ahogo permanente, se asienta en el reducto carnal  de la fusión erótica (tema que será retomado más adelante).  La cópula es un horizonte de posibilidades para la unión trascendente  y no de guerra o violencia cerril;   al aislarse la pareja en su intimidad, del contexto histórico, político y social haya una vivida liberación individual. Eros y sexualidad son condiciones humanas de libertad individual;  todo régimen autoritario y totalitario nunca mira con buenas  intenciones la sexualidad y el amor pasión, pues individualiza a los protagonistas, los mueve a romper las normas, a ser subversivos[4]. La novela 1984  de Orwell, referencia de Liscano,  es una historia de amor y su ahogo dentro de un régimen totalitario. Su trama está resumida en estas palabras que se agrega lo erótico-amoroso humano como espacio libertario humano:
Por eso el nacional socialismo, el comunismo, en su etapa más sectaria, el fascismo, persiguen a los grandes amantes,  cuando  la realización erótica adquiere un valor subversivo. Porque el ideal  del Estado todopoderoso es la uniformización de los seres humanos. Es decir: conceder una importancia mayor a la proyección y a la adoración del Estado, del poder. Y la sexualidad, la cópula aísla a la pareja. En ese momento de la cópula cesa la historia, cesa el compromiso, cesa la relación con los demás. Es una acción de inmenso valor subversivo e introyectivo[5].




Krishnamurti


III
Para hacer el viaje juntos tiene usted
que ir ligero de equipaje y eso solo puede
hacerlo si no va cargado de opiniones y conclusiones.
Krishnamurti

Krishnamurti (1895 – 1986).  Este pensador hindú ha sido  de gran influencia, importancia y descubrimiento personal a lo largo de la vida de Juan Liscano, a quien considera como uno de los expositores místicos más exigentes de nuestra era[6].  Lo honra, y admite sus posturas espirituales y prácticas que construyen una vida auténtica y cercana al ser,  creando toda una teoría de espiritualidad propia para Occidente. Tuvo una  intensa influencia   en una etapa de su vida[7]. Fue al intentar  una aventura o viaje de carácter mental y espiritual que terminó en un fracaso, ya que no llega a alcanzar lo que había imaginado como otros niveles de liberación personal.  El fracaso lo sintió en trastornos psicosomáticos que lo llevaron posteriormente a una creatividad más depurada. Pasó la crisis de esa búsqueda personal sin abdicar a un impulso de renovación íntima y espiritual. 
Krishnamurti fue un pensador que iba en una línea contraria con Liscano. El hindú rechaza la historia, no la toma en cuenta para su transitar espiritual; como rechaza además  toda la mitología hindú, y todo el universo de meditación mandálica. Liscano posee un sentido demasiado racional y terrenal del curso  de la historia y de la memoria. Sin embargo reconoce la importancia que tuvo el mensaje transformador  de ese guía universal, al cual considera como uno de los fenómenos más importantes de su época; haciendo tabula rasa con toda  referencia cultural posible.  Como siempre lo manifestó, asumir las posturas de Krishnamurti es aceptar y buscar el salto al vacío. 
Al vacío alude como estado de consciencia y ser, al hablarnos del sentido del pasado en su vida. El pasado es un lastre del cual hay que desprenderse para alcanzar la plenitud vital,  obtener algún grado de liberación en el presente. Romper con la carga personal del pasado  y renacer cada día como si entráramos a un tiempo original, prístino con cada amanecer; empezar el día la existencia entera, ello implica una actitud deslastrante  del ayer, involucra una voluntad de ruptura, de abolición de toda pesadez  que frene la vitalidad continua;   lo cual no ofrece más que acondicionamientos, repeticiones, limitaciones inconscientes. El pasado es fundamentalmente tiempo de sufrimiento, de acondicionamientos para este escritor. Su detención a reubicar los acontecimientos del pasado es llegar a mostrar cómo las acciones  tienen un grado de azar, que en su momento no pueden conocerse sus resultados, observando que no hay una lógica en el pasado; mostrar el absurdo histórico constante. Por ello exige deslastrarse del pasado, sabiendo cuál ha sido la experiencia interior, lo vivido,  lo cual requiere de una negación y un mantener en el recuerdo, para  así recuperar el presente que promueva la originalidad,  la vitalidad, la autenticidad del encuentro con el sí mismo y el horizonte de un  hacer creador renovado, proteico.  Una especie de nihilismo afirmativo del ser ante el permanente genio fáustico occidental.
Krishnamurti siempre consideró al sentido del tiempo como el germen de la condición del miedo humano por el devenir; la experiencia del tiempo retrotrae siempre nuestra consciencia a un saber previo, hacia la memoria prácticamente perenne, deteniendo todo avance al separarse del pensamiento, frenando la libertad del movimiento interior del ser.
Liscano reconoce  que Krishnamurti posee un lenguaje abrupto, implacable, que se expresa para ser oído y comprendido  por el estado general de crisis en Occidente. Es un místico sin dios;  y logra descondicionarse; desaprender lo dado como inamovible dentro de una tradición y unas creencias y valores.  Por su experiencia en ese largo andar de búsqueda y reconocimiento de sí, solicita al individuo (él, en este caso), abolir al tiempo, la memoria, la historia. Y con ello al deseo (en tanto memoria de un placer que se quiere repetir); se persigue ser un liberado  en vida, propio de lo que se llama jivan-mukta. Según Liscano para un occidental es imposible lograr tal estado; considera que hay un determinismo genético, reafirmado por nuestra educación desde la lactancia y nuestra existencia, que nos lleva a una serie de condicionamientos innumerables e interminables[8].
No deja de reconocer en Krishnamurti una enseñanza importante respecto a la memoria, la cual es un factor determinante en su proceso de creación poética. Intentó defenderse del peso de la memoria, llevando a realizar un descondicionamiento memorioso; se trata, igualmente, de una explosión total en lo interior del individuo, en las capas inexploradas de la conciencia individual, una destrucción del sentido de duración: se trata de morir a la duración, a la concepción total del tiempo:  al pasado, presente y futuro; una muerte a los símbolos, a las palabras, las cuales son para el hindú factores de descomposición; se trata de una acción en el centro de la mente que se libere de la estructura sociológica y psicológica de la sociedad para convertirse en una mente religiosa[9]; y con ello la muerte del psiquismo por ser la fábrica del Tiempo psicológico, el cual carece de toda realidad: invención en la nada de la mente. No deja  otra condición que la vida situada más allá de las palabras; lugar  del ser, donde la acción desemboca en el éxtasis místico del presente.  
Liscano, semejante a Krishnamurti, se consideró como una persona que no tiende a volver la página, a no recordar lo innecesario, lo contingente, a perpetuar el resentimiento. Critica aquellos escritores que tienen la imposibilidad de ver hacia adelante, que siempre vuelven atrás, a su pasado, a sus vivencias como el material de sus obras.  Liscano en su trabajo literario rechazó una memorización de tipo personal; pero sí memoriza un tiempo, una historia, sin la necesidad de memorizarse a sí mismo[10]: la palabra no es la cosa. La más profunda realización espiritual pareciera descansar en el silencio y  la soledad: el salto al vacío exigido por el hindú.



Frederich Nietzsche

IV
…el lenguaje es una dulce locura: hablando,
el hombre baila sobre todas las cosas.
F. Nietzsche

Nietzsche (1844 – 1900) y el Eterno Retorno.  La concepción del Eterno Retorno de este autor se hace presente en Liscano en su texto Espiritualidad y literatura,  al entablar  la pugna del hombre ante el tiempo y su sucesión y cambio. La rueda infinita del eterno retorno la encontramos en la figura del Convalesciente del poema filosófico Así habló Zaratustra. Es la idea de repetición  presente en la rueda de la fortuna que, como la rueda de Ixión, siempre presenta un movimiento circular. Es la idea de que todo lo que fue volverá a aparecer en un futuro próximo; dejará de acontecer por un momento, pero se repetirá en cualquier otro ubicado en el futuro.  En ese intervalo de movimiento giratorio se presenta todas las posibilidades de la vida: desgracias y dichas, caídas y triunfos. Este sabor fatalista y determinista de esta imagen de lo temporal circular  se relaciona con un saber metafísico tradicional. Cantidad de recreaciones míticas ancestrales lo tienen  presente: la cuenta de los kutunes de los mayas, la teoría de los yugas hindúes, el anillo del dios asirio Nirsroch, adoptado  por los griegos con el nombre de Cronos y transformado en Saturno por los romanos. El Eterno Retorno arrastra una larga tradición mítica y filosófica en la humanidad pero no presente en la filosofía occidental hasta alcanzar la atención nietzscheana  dicha concepción giratoria temporal  de la sucesión de los eventos y experiencias: semejante concepción perturba la racionalidad cartesiana y la idea de un tiempo lineal, histórico[11].
Nietzsche redescubre esta noción,  y en rebelión contra el monoteísmo occidental, lo absorbe en su postura nihilista trascendental, restándole todo vestigio soteriológico en su corpus filosófico. Igualmente no acepta la búsqueda utópica de una conciencia edénica en el pasado ni su resurrección en un futuro. Liscano advierte que este autor  despoja su pensamiento de toda ascensión depurativa que pretenda reabsorberse en el Gran Todo, y no muestra esperanzas de regeneración mediante la reconversión a un pasado mítico y su puesta en escena en el presente o en el porvenir. El Eterno Retorno es visto aquí como el infierno  incandescente circular, donde gestos, actos, dichas y desgracias, están sometidos y serán repetidos hasta el infinito eternamente. En su girar temporal se repiten las mismas imágenes dadas en un pasado prístino. Todo va, todo vuelve; todo muere, todo vuelve a florecer; todo se destruye, todo se reconstruye de nuevo; el centro está en todas partes: tortuoso es el camino de la eternidad. Esta concepción que surge del diálogo entre los animales emblemáticos y Zaratustra en su gruta vienen a exclamar la doctrina del eterno retorno: Ahora muero y desaparezco…las almas son mortales como los cuerpos…¡Yo mismo formo parte del eterno retorno!...Regresaré…no para una vida nueva, ni para una vida mejor o semejante: Volveré eternamente para esta misma vida, idénticamente igual, en lo grande como en lo pequeño, a fin de enseñar el eterno retorno de todas las cosas[12].  La aventura humana no tiene novedad, se cierra en este movimiento cinético determinista desde la eternidad, se repetirán las mismas cosas, las mismas situaciones, los mismos seres, los mismos hombres, las mismas desdichas, las mismas dichas, las mismas muertes, las mismas vidas. No hay entrada para ningún tipo de salvación; el tiempo circular es visto míticamente (como lo es cualquier otra postura religiosa de salvación), indetenible, repetible; se reduce todo proceso histórico, junto a su psiquismo y sus valores, a una inexorable predeterminación, a una continuidad humana  siempre igual a sí misma.
Liscano, ante tal desbordamiento delirante de reiterados giros  plantea una salida: la locura, sin duda, constituye una salida  para ese universo de cadena perpetua, porque libera de la consciencia del mismo[13].   Ante esta aventura espiritual nietzscheana, que termina en el derrumbamiento y fracaso del pensamiento al descubrir el mítico infierno giratorio en el parque de atracciones de la vida, su creador mismo, Nietzsche, termina esbozando su vida, perdiéndose para la realidad de su vida personal y su realización espiritual: Nietzsche-Zaratustra, figuración mítico literaria de excepcional proyección dentro de ese campo,  triunfo para “siempre” del arte, relativo a la duración de la presencia humana sobre el planeta[14]. El hombre no puede ser otro, en esto termina esta perspectiva ascética. ¿Cómo pudiera haber algo  fuera de mí?¡No hay no-yo! Se es el que se es. O estoicamente: sé el que eres (Epícteto). Para Liscano el filósofo alemán quedó desgarrado ante  su propia creación mítica, sobreviviendo al final de su vida con un alma desgarrada, ida, ¿previa condición para el eterno retorno? Lo que queda claro en Nietzsche es  que la experiencia subjetiva de querer encarnar un mito espiritual lleva, inexorablemente, más allá del lenguaje, del logos, pues: el lenguaje es una dulce locura: hablando, el hombre baila sobre todas las cosas, nos dice el eterno retorno del discurso nietzscheano. En su nihilismo positivo  plantea deshacerse de toda ilusión, de los mitos y entrar en la realidad incontestable del ser, en lo que es en sí, que da calidad de ser a lo que existe, lo cual en el fondo devengará en sustrato que sostiene toda ilusión, mito, razón, logos, arte, filosofía, literatura.  Una realidad sustancial que para este nihilista estará más allá de todo subjetivismo: la realidad no necesita del hombre para existir, ¡qué magnifico hallazgo!  Se trata de aceptar la contingencia humana en toda su intensidad y sentido, y ¡aprender a bailarla!; la  existencia en general no necesita  del hombre para mover sus mecanismos internos pero en su contemplación ese mismo individuo puede acceder por la vía espiritual, a una ascesis prolongada, que constituye un desligamiento de las palabras y sus imágenes occidentales.
Sin embargo Nietzsche, al comienzo de su Zaratustra no deja de lado la importancia de lo humano: ¿Qué sería de tu felicidad, gran astro, si no tuvieras a los que alumbras? El hombre dará cuenta del universo nombrándolo, y con ello obtendrá su conciencia de sí y del mundo a la vez.
Finalmente las palabras del mismo Liscano para terminar esta aproximación de Nietzsche en su obra:
Si la idea del Eterno Retorno de Nietzsche convierte a la eternidad en una reiteración, en una rueda que gira en el vacío,  sin adelantar ni retroceder por lo tanto, y torna acto inútil aunque heroico el propósito humano de sobrepasarse a sí mismo, volviéndose sobrehumano, la espiritualidad tradicional con sus teorías de períodos cíclicos desgraciados o felices, de edades oscuras o apocalípticas y otras de creatividad generosa y renacimiento, enriquecidas por las doctrinas de salvación (reencarnación, metempsicosis, transmigración de las almas), ofrecen una liberación del concepto historicista que, en nuestro tiempo, constituye servidumbre y alienación mayor, y la posibilidad de purificaciones sucesivas en las vidas terrestres, gracias a las cuales el alma desencarnada, hecha esencia accede al Conocimiento, al Absoluto, se reabsorbe en el principio supremo creador[15].

Liscano nos muestra la permanente necesidad humana de vencer al tiempo como un constante impulso metafísico secular, presente en todo momento. Desarrollar el llamado espíritu por medio de una ascesis y meditación disciplinada, preparación para todo conocimiento metafísico prescrito por el gnosticismo, lo cual expande la conciencia mítica de una espiritualidad depurada, sin necesidad de la palabra, del mito, de la literatura, de la filosofía racional.  Se trata de entrar en el camino del ver sin distorsión propuesto por Krishnamurti. El hombre nuevo es aquel que está liberado del pasado y de la sed del porvenir[16].




Jean Paul Sartre y Simon de Beavoir


V
Sobre Sartre (1905 – 1980) y otros existencialismos.  Esta figura intelectual está en las antípodas respecto a su posición intelectual,  a su obra y a su vida; uno de los intelectuales contemporáneos más lejanos a él, pero que, sin embargo,  lo seduce; encontramos reacciones críticas a lo largo de su obra ensayística contra el pensador francés. Lo desconcertante para Liscano  del  filósofo existencialista es que  está integrado a la sociedad que ataca con sus escritos, además de ser un agnóstico radical. Es un hombre que está como pez en el agua  en esta hora que está viviendo la humanidad. Un hombre que está en la línea de fuego de lo actual, advierte[17].  No dejó de hablar sobre los temas que ocuparon su tiempo: la guerra de Vietnam, la sexualidad, la minifalda, la política, etc. Lo que observa del devenir del mundo pareciera, más que asombrarlo, contentarlo. En el fondo es un optimista iluso, pues cree en la historia y en el progreso revolucionario. Y no sólo en su senectud sino   desde su juventud. 
Al comparar a Sartre, por ejemplo, con el escritor francés iconoclasta Ferdinand Celine (1894 – 1961)[18], encuentra que este último es un apocalíptico y el primero un integrado. Liscano refiere  que el marginado Celine se dio cuenta de ello cuando Sartre pidió represalias contra él por haber sido colaboracionista en la gran última guerra. Con lo cual Sartre  mostró que sus posaderas estaban cómodamente integradas al común redil social. Esto le dio, con toda su postura crítica de cercanías o lejanías ante el comunismo marxista, una comodidad permanente. Su comodidad se instaló dentro de la ficción del contra: propia  del mandarinato de la inteligencia francesa. Sartre y la Beauvoir eran el centro, el país vivía pendiente de sus reacciones, establecían normas que luego desobedecían, sus libros se vendieron a montones y eran la comidilla cotidiana, los comentarios abundaban, el éxito los perseguía, estaban siempre in como se dice ahora, y sus opiniones  las amplificaban  los medios, así como los pleitos, amistades, enfermedades y copulaciones[19].  El referir el calificativo de “integrador” no quiere decir que son intelectuales que estén de acuerdo con todo.  Bien sabemos que Sartre cuestionó todo, pero al estar ausente de un elán  poético y sumado su agnosticismo, sólo le quedó el camino del cuestionado materialismo historicista y antropológico sin mayor resonancia metafísica alguna, que termina en la iluminación momentánea y su permanente claroscuro de la encajonada y delirante revolución marxista. Sartre termina siendo un romántico, un producto de la burguesía progre, del  racionalismo y del mandarinato intelectual francés: su odio hacia su clase era tan enfermizo como su ceguera final. Detesta la sociedad creada  por la burguesía, detesta su tolerancia, sus miras utilitarias y su capacidad de alienación. Ante la alienación, Sartre no concibe sino la locura, el suicidio o la tradición. Lo otro sería la Revolución con mayúscula[20].  Practicó un odio antiburgués  junto a una fe  fetichista ante amarga cosquilla de la revolución; al final se refugió en el estoicismo senil,  lo cual le da cierto aire de respeto.
Como bien sabemos, hay una gran diferencia entre Camus (1913 – 1960) y Sartre que no escapa a Liscano. Y es la soledad y la honestidad del pensador. Su libro El Horror en la Historia está inspirado en las propuestas del argelino-francés  en su texto El hombre Rebelde. En cambio Sartre, como ya se dijo,  tuvo  siempre todo un contexto que lo apoyó: revistas, admiradores sumisos, movimientos de apoyo, publicidad en pro o  en contra, pero nunca indiferente ante él. Si bien advierte que no es nadie para criticar a Sartre considera que es uno de las personalidades intelectuales que menos  le interesa, sin encontrar ninguna afinidad con él, ni por ser pro o contra comunista o pro o contra castrista. Sin embargo podemos decir, como ya advertimos antes,  que encontramos un enfrentamiento intelectual al existencialista-marxista en varias ocasiones  en sus ensayos;  visto así, tal indiferencia no fue total; negar también tiene el complemento, sino de afirmarlo, no dejarlo pasar indiferente entre las honduras de su  pensamiento. Entre ambos   se presentan grandes diferencias, manifestándose en aspectos cualitativos, hermenéuticos, escatológicos y políticos en sus respectivas obras;  se diferencian por el temple y la tónica espirituales de cada uno. La experiencia espiritual determina en la dimensión final de la obra cumplida, el valor y el sentido de la misma[21]. Pero la espiritualidad no puede ser sustituida por la literatura, así sea filosófica, como es en este caso.  
Ante la náusea –y el miedo- de la existencia fenomenológica de la naturaleza  que expresa el personaje sartreano de Roquentin (su: yo también estaba de más), en su obra  La Náusea, el escritor venezolano acepta, en contrapartida, la necesidad de la humanidad de  aprender lo que es la existencia en sí,  la naturaleza y la espiritualidad que somos y nos envuelve, el medio ambiente del planeta; y poder reducir el orgullo y la soberbia antropocéntrica que nos ahoga. El egocéntrico Roquentin siente náuseas  al  sentir que   está excluido de  esa cruda existencia de la naturaleza. El camino liscaniano es otro, la de enfrentar y descubrir, por medio de la ascesis, cómo vencer ese estado de negación personal que es la náusea; descubrir que somos una partícula ínfima frente al cosmos; y no menos ante la naturaleza que perseguimos  sin descanso destruir y no comprenderla para convivir con ella. En cambio, Roquentin se desespera porque la naturaleza demuestra su ingente existencia y él no tiene cabida en ella[22]. El punto en cuestión es que el personaje sartreano no se siente parte de la naturaleza, se siente ajeno a ella, desgajado,  no llega a tomar conciencia de ella dentro de sí; se aísla y no se integra al cosmos. Nuestro escritor prefiere más bien hablar de una profunda tristeza e indignación cósmica al observar el resultado terrible de la acción humana que no termina de ser siempre destructora del planeta en conjunto: pareciendo esta ser la ley del destino ontológico del hombre. La grandeza que puede expresar en relación a su propia especie es que tiene la capacidad de pensar en dios, de pensar el universo; al cambio de su propia destrucción;  mostrándole, a la vez, su pequeñez, al depender totalmente de lo que destruye: aire, agua, fauna, vegetación, energía.
Liscano se sirve de la obra del filósofo venezolano J.R. Guillent Pérez (1923 – 1989), Dios, el ser, el misterio para desarmar la mirada sartreana de la náusea ante la insignificancia de la vida[23].  Pérez establece  una diferencia ontológica entre el ser y el ente, refiriéndose a la pura presencia de las cosas en relación al episodio entre Antonine Roquentin y la revulsión que siente frente al mundo que lo rodea: la plazoleta, lo árboles, las cosas que son ellas mismas, que le espetan su independencia indiferente ante los ojos del personaje. Guillent Pérez, suscribe  Liscano, advierte que el hundimiento del mundo no tiene que arrastrarnos a la náusea y la angustia, sino al reverso de la moneda de la existencia sartreana: el descubrimiento de lo único que pueda hacer feliz al mortal. Una postura que no es optimista sólo, sino vivencial y que aspira al esfuerzo individual del descubrimiento del ser, sin necesidad de ser pensado y traducido de inmediato a los mecanismos complejos del yo[24]. Guillent Pérez suplanta la razón por la condición de intuir e instalarse en el ser. Pienso que ni Sartre ni Guillent pueden  absorber mi espíritu personal respecto al estar en el mundo. Somos logos  y el desarrollo del mismo nos lleva a poder contemplar al mundo desde una perspectiva particular; si bien no en una absoluta indiferencia, si en una condición producida por  nuestras proyecciones personales frente al entorno,  y rescatarnos del mundo exterior para la hondura interna de la experiencia del ser y del mismo logos. Los estados de felicidad son instantes de la vida; el ser es lo permanente y la permanencia ante lo cambiante de lo externo que rodea a esa misma vida.
Otra de las imágenes que impuso la imaginación sartreana  y retoma Liscano es la idea del infierno, del cual nos dice que  el infierno son los otros. El escritor venezolano, de manera similar, pero sentido desde otro ángulo; nunca desmintió estar obsedido por el infierno que le representaba el mundo contemporáneo que vio venir en el transcurso de su larga vida. Un infierno que el peor de los males catalogaba a la alienación del ser humano, en tanto imposibilidad de escapar y solucionar  los tremendos conflictos que había contraído la especie por  el aluvión y espejismo de la tecnología apocalíptica (o ciencia aplicada para la destrucción del hombre y del habitad).  El origen de ese infierno lo está en el germen que introdujo el judeocristianismo y su imagen de dios, como podemos notar en  carta dirigida al escritor merideño Jiménez Ure: El judeocristianismo con su Dios Personal, iracundo y entrometido en la vida de los humanos,  preparó la protesta: el pacto con el Diablo. Cuando podamos pensar en algo divino que no tenga que ver con nosotros, el mundo, el Bien y el Mal, estaremos en disposición de aprender algo sobre el Universo y sus energías[25].
Su infierno no es el de Sartre que presenta en su obra de teatro  A puerta cerrada, donde tres personajes tienen que convivir por la eternidad encerrados en un cuarto, reducido espacio en que se devoran uno a otro en permanente conflicto y maltrato psicológico. El infierno  liscaniano  surge de un orden absurdo real, humano y deshumano, en la continua presencia que arroja el conflicto de la guerra fría y la opción de la guerra atómica, que hasta los años 90 del siglo XX no dejó de ser una sombra permanente sobre la nebulosa claridad fría de la cotidianidad mundial. Ello le parecía estar viviendo en una  precariedad muy grande. Nunca se sintió del todo seguro ante el hecho de una hecatombe total. Apostaba a la posibilidad que pudiese desencadenarse por los azares de los actos humanos: una equivocación de los sistemas de control, un azar  inesperado del descuido o falla humana. Todas suposiciones personales, obsesivas pero muy posibles, pues había una declaración de eliminación mutua  en caso de un conflicto internacional entre las potencias hegemónicas del momento, EU y la URSS. El hombre del zaguán se colocó  siempre del lado del desarme nuclear.  Apoyó la postura del marxista humanista Mijaíl Gorbachov ante el presidente Ronald Reagan en llegar a una negociación, cosa que pasó y que Liscano apoyó, costándole que lo tomaran como pro-soviético  por parte de cierta   intelectualidad nacional. 
Encontramos que Liscano estuvo más cercano del filósofo alemán Heiddegger,  por sus propuestas poéticas, que de Sartre. Encuentra en el alemán la exigencia de un salto mágico que transfigure la existencia al situarla en la dimensión de lo inefable, lo irracional, lo poético, que conduce a un sentido y valor que trascienda la realidad ante un mundo habitado en lo residual terrestre, que no hace sino proliferar las cosas (o la imagen de las cosas en presencia asfixiante y casi hasta el infinito: J. L. Borges), sin otra perspectiva que la identidad física y material, que hoy incluiría a todo ello, seguramente, la llamada realidad virtual. Se trata de aceptar el misterio, el salto mágico, la fundación del ser. A Sartre lo describe como un pensador que encarna la insuficiencia del humanismo racionalista e intelectualista, carente de fines últimos, de dirección escatológica,  de un pensador agobiado por la fenomenología, que convierte  a la idea de la revolución en una divinidad terrestre y que sustituye a la diosa Razón de  sus antepasados ilustrados del siglo XVIII. 
Sartre, hombre de mucho conocimiento y casi ninguna sabiduría[26], en el umbral de su muerte, que para Liscano debía ser la muerte de un endemoniado, se le presentó de forma muy integrada, apacible, como viejo chocho, como un buen burgués francés.



 
Teilhard de Chardin

VI
Yo es otro
A.      Rimbaud

Teilhard de Chardin (1881 – 1955). De este pensador católico Liscano hace atención a ciertos principios que están en su extensa obra. Es  importante para la evolución del cristianismo de Occidente; afirma que su pensamiento mantiene una vigencia  por la gran síntesis del catolicismo, sin pasar por el poder que le dio el edicto del emperador romano Constantino. Representa de Chardin una fuerte tradición católica por la investigación que se propone penetrar en todos los fenómenos de la filosofía, de la cultura y de la ciencia contemporánea, con énfasis en la biología. En este campo descolló, sin olvidar  el peso de  la teología, de la astronomía, mostrando, en su momento, ser un hombre al día con los avances de la civilización a la que perteneció, dando una visión global esperanzadora. Sosteniendo la condición intrínseca al catolicismo, el principio esperanza,  en tanto proposición fraternal de amor al prójimo. Una visión de mundo que incluye al colectivismo, una conciencia que habla al orden comunitario ante la dispersión y fragmentación  de la conciencia general; buscó un futuro en que albergue una reintegración hacia una forma de unidad,  en la que al final el hombre se encontraría con dios.  Un dios que vendría ser el Gran Conector, que es como se refiere Chardin a ese sustantivo. Nos muestra una concepción de la vida no lineal, sino más  bien circular: principio y fin están siempre tocándose.  Celebra el optimismo de este pensador; pero Liscano está consciente que él no posee tal convicción, pues no fue, ni quiso ser,  un católico creyente.
Será afín con el pensador católico por proponer que ya ha comenzado una mutación  de la especie humana: el alma nueva estaba naciendo. Mutación que se opera en las regiones profundas de la inteligencia, otorgando esta alteración renovadora la capacidad de obtener una visión  total y complejamente distinta del universo. Tal mutación implica pasar de un estado de vigilia onírica de consciencia a un estado superior,  que lleva a  un verdadero despertar. Proponiendo una revolución psicológica espiritual.  
Igualmente reconoce la importancia de su concepto de planetarización de  la cultura humana, que implica un desarrollo interior superior, adelantándose a la globalización total, visión liscaniana de los años de la década de los ’70 que llamó hombre planetario, el cual desplaza hoy tanto a la cerrada consciencia regional y nacional, abriéndose a lo llamado por glocal (la consciencia de lo global y lo regional simultáneamente), un efecto universal de interconexión planetaria, más presente que nunca por los cambios operados por la transformación permanente de la tecnología de las comunicaciones y el flujo indetenible de la información, sus influjos y cambios globales y planetarios en la condición de la vida y en la evolución de la mente, arrastrando al ser humano hacia un  homo pantallicus. Aportando así una aparición de  cierta co-consciencia colectiva, superadora del individualismo romántico y nihilista, donde se reabsorbe el proceso de individuación dentro de la totalidad planetaria; un proceso de interiorización y “cerebralización”. Una complejidad mayor constante del ser humano que puede conducir a la percepción de la condición Omega, punto último de la evolución, donde la consciencia se convierte (muta) en ello: Motor, Colector, Consolidador   de una superior evolución intelectual y espiritual de conjunto; momento en que se alcanza el sentido último de la vida  de la Tierra; destino cósmico del espíritu completo; trascendencia que reside más allá del fin de los tiempos de nuestro planeta. Para desarrollar este tipo de conocimiento se requiere mutar  hacia otra forma de inteligencia, una especie de estado de alerta, contemplación absoluta, ¿iluminación mística planetaria? Se nos propone que el fenómeno humano sea medido igualmente por la escala de lo cósmico. El yo es otro…

(En el mes de junio de nuestro blog continuará la segunda parte de este ensayo).





Notas


[1] En relación a esta poética liscaniana encontramos su declaración respecto a su poemario Fundaciones, donde  para  crear su lenguaje de un mundo  enteramente vegetal, luego de una imaginaria destrucción de todo vestigio humano y de casi sin vida animal, salvo insectos extraños; nos dice: tuve  que leer mucho sobre botánica, geografía y mineralogía, etc…El resultado es un poema largo fundado enteramente sobre el lenguaje. Y a través  de éste se descubre un planeta sin vida animal. La tierra, quizás, después de la guerra atómica, (Machado, 1987:73).
[2] Idem, p:74.
[3] Juan Liscano es un conocedor de la llamada filosofía hermética, que  condensa sus principios  en el texto El Kybalion, de autoría anónima.  Esta obra fue redactada en el siglo XIX que contiene las enseñanzas del hermetismo. Se basa en siete principios y se atribuye al grupo de Los Tres Iniciados. Representa  un mundo  propio del alquimista místico, práctica que interesó a Juan Liscano y su concepción espiritualista de la vida y de la creación literaria. El creador de tal espiritualismo se remite a Hermes Trismegisto de Egipto. Los Siete Principios o Axiomas son: a.- Todo es mente, el universo es una mente en expansión; b.- Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba, lo cual se manifiesta a nivel físico, mental y espiritual; c.- nada permanece quieto, todo está en perfecto movimiento: todo corresponde a una constitución vibrátil; d.- todo es doble, siempre hay dos polos opuestos: lo semejante y lo antagónico,  los opuestos son semejantes en naturaleza pero se diferencian en grados advirtiendo que los extremos se tocan, no hay una verdad única y absoluta pero todas las paradojas pueden conciliarse; e.- el fluir en todo está condicionado a periodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende, condición pendular de toda manifestación: el movimiento hacia la derecha  es la misma que el del sentido izquierdo: todo ritmo es compensación; h.- toda causa tiene su efecto y viceversa, todo se sucede de acuerdo a una ley, el azar es el  nombre que se le da a la ley no reconocida en lo manifiesto: muchos son los planos de la causalidad y nada escapa a la ley; i.- el género existe en todo, todo posee su principio masculino y femenino, y ello se manifiesta en todos los planos, en el plano  físico es la sexualidad, la cual es el principio de toda generación (entendiendo por género  como concebir, procrear, generar, crear, producir, lo cual tiene un significado más amplio que el de sexualidad). Ver: VV.AA.: 2004. Tres iniciados. El Kybalión. Estudio sobre la filosofía hermética del antiguo Egipto y Grecia. Editorial Kier, Madrid.

[4] Machado, 1987, p:93.
[5] Idem.
[6] Liscano, 1977, p:56
[7] Así lo deja ver igualmente Arráiz (2009, p:59): La lectura de Krishnamurti representó un cataclismo para Liscano, al punto  que lo paralizó en su obra de escritor. En el fondo, produjo un cortocircuito entre la expresión literaria y la búsqueda espiritual. Este chispazo…lo condujo  a una revisión general de su trabajo y de su obra. Al intentar hacer bueno el proyecto krishnamurtiano de liberación del yo a partir del silencio, dejó de escribir, negando así su esencia personal y su propia historia de escritor. Se sumergió  en una crisis psicosomática grave: se le inflamó el nervio facial del trigémino, produciéndole agudos dolores, que lo llevaron al quirófano y a la convalecencia. Años después, el poeta consideró  esta experiencia como una típica de resurrección personal, de renacimiento.
[8] Machado, 1987, p:95
[9]  Krishnamurti nos precisa lo que para él significa mente religiosa: Por mente religiosa entendemos una mente que se da cuenta no solo de las circunstancias externas de la vida, de cómo está formada la sociedad y de los complejos problemas  de las relaciones externas, sino que también percibe su propio mecanismo, la forma en la que piensa, siente y obra. Una mente así no es fragmentaria, no se interesa por lo particular, ya sea este el yo o la sociedad, sino que más bien se interesa por la comprensión  total del hombre, de nosotros mismos.  Para este pensador espiritual todas las estructuras religiosas, cristianas, no cristianas, protestantes, judaicas, islámicas, no proporcionan madurez pues construyen una mente reducida, basándose todas en el miedo psicológico y corporal.  Krishnamurti, 2007: Temor, placer y amor. Ed. Edaf, Madrid., p:59
[10] Exceptuando el poema Zona Tórrida del poemario Nuevo Mundo Orinoco, (Machado 1987, p:95)
[11] Liscano, 1977, p:40
[12] Cit. en Liscano 1977, p:41
[13] Ibid, p:42
[14] idem
[15] Ibid, p:44s
[16] El tema del hombre nuevo es recurrente y de cierta forma absorbe su pensamiento. De él nos dice que: el mito del hombre nuevo es inherente a la cultura. Los cultos primitivos animistas y las grandes religiones, la gnosis y las doctrinas esotéricas, la Alquimia, las revoluciones históricas y el credo positivista, la filosofía y el marxismo, proponen siempre la salvación o como fin último del hombre, su renovación, su novedad recuperada…coinciden en perseguir mediante concepciones operativas el objetivo de cambiar al hombre, de no limitarse a verlo tal cual es, sino tal cual pudiera ser. Ver: Liscano, 1977, p:194.
[17] Ibid, p:112.
[18] De Celine, quien en vida fue partícipe de una rebelión  en negativo,  Liscano celebra su novela  Viaje al final de la noche, la cual considera como una de las obras cumbres del siglo XX, capaz de degradar el lenguaje, la condición humana, los mitos de fuga, el viaje y la aventura, en una epopeya desalmada, sórdida y magnífica del rencor y el asco que desborda melancolía, metafísica y belleza desesperada. Su obra se muestra como la rebelión contra la agonía de la consciencia individual.  Ver en Liscano, 1977, p:200.
[19] Machado, 1987, p:113.
[20] Ibid, p.114.
[21] Liscano, 1977, p:24.
[22] Machado, 1987, p:114
[23] Hay que destacar que Liscano tuvo una encarnada polémica con este filósofo. Así nos lo deja ver Arráiz: Entre las polémicas más amargas que sostuvo Liscano se cuenta la que protagonizó con J.R. Guillent Pérez, a partir de unas declaraciones de  Salvador Garmendia sobre la novela venezolana. Polémica encarnizada, vehemente. De donde llegaron a tratar la condición del ser venezolano y  el rescate o la negación del pasado cultural. Al final Liscano pone fin a la polémica y entabla un diálogo amistoso con Guillent Pérez, con el que posteriormente  tuvo una larga y fructífera amistad y encuentro intelectual. Arráiz, 2008, p:48ss.
[24] Liscano, 1976, p:17s
[25] Ver: Juan Liscano/Jiménez Ure a contracorriente, 2008. Ed. Universidad de los Andes, Mérida. En: http://urescritor.wordpress.com/2013/04/06/juan-liscanojimenez-ure-a-contracorriente/?blogsub=confirming#subscribe-blog. Visitado el 15 de diciembre de 2014.


Bibliografía

AA.VV.: 2004. Tres iniciados. El Kybalión. Estudio sobre la filosofía hermética del antiguo Egipto y Grecia. Editorial Kier, Madrid.
Arráiz , R. 2008: Juan Liscano. Ed. El Nacional. Caracas.
Guillent, J.R., 1984: Dios, el ser y el misterio: ensayo. Ed. Monte Ávila. Caracas.
Hesíodo: Teogonía. Los Trabajos  y los Días. El Escudo. Ed. Centro Editor de América Latina. B.A.
Krishnamurti, 2007: Temor, placer y amor. Ed. Edaf, Madrid.
Machado, A., 1987: El Apocalipsis según Juan Liscano. Ed Seleven. Caracas.
Liscano, J., 1976: Espiritualidad y literatura. Una relación tormentosa. Ed.  Seix Barral. Barcelona.
                    1980: El Horror en la Historia. Ed. Ateneo de Caracas. Caracas.
                    1988: Los Mitos de la Sexualidad en Oriente y Occidente. Ed. Alfadil. Caracas.
                    1993: La tentación del Caos. Ed. Alfadil. Caracas.
                    1995: Pensar Venezuela. Ed. Academia Nacional de la Historia. Caracas.      
        2007: Obra poética completa (1939 -1999). Ed. Fundación Cultura Urbana. Caracas.
Liscano, J. y Ure, J.: 2008: Juan Liscano/Jiménez Ure a contracorriente,  Ed. Universidad de los Andes, Mérida. En: http://urescritor.wordpress.com/2013/04/06/juan-liscanojimenez-ure-a-contracorriente/?blogsub=confirming#subscribe-blog. Visitado el 15 de diciembre de 2014.
Pauwlis, L. y Bergier, J. 1960: Matin des magiciens. Ed. Gallimard. Paris.
Picón-Salas, M.: 1964: Antología de la prosa venezolana. Ed. Edime. Caracas.