Fe y fanatismo político o la mirada del escéptico
David De los Reyes
Nuestro mundo de comunicaciones a tiempo real y de
algoritmos, vuelve a un sentido de mentalidad medieval de fe y fanatismo. Ya lo
vaticinaba Umberto Eco hace unas cuantas décadas atrás. Se nos tiene
acostumbrado escuchar el echar la culpa de los desmanes del fanatismo y la fe a
las religiones, cosa que puede ser evidente. Pero nuestro mundo reluciente de
redes y digitalidades inmersas en un mar electrónico, crece en él un perpetuo
transitar temporal a través de una mentalidad común centrada en la fe y del fanatismo.
Bien se dice, para aquellos que no se han podido
nutrir de un mínimo de escepticismo y conciencia crítica, que la fe no necesita
pruebas, pues le vasta la voluntad, la gracia, el misterio y la confianza. Esta
última pareciera establecerse de forma fehaciente en todos los mundos
alimentados por las emanaciones iconológicas de las pantallas planas. Una
confianza en que todo lo que aparece tiene realidad. Una conciencia universal
de creencias en perpetuo crecimiento. Una creencia en todo lo que fluye y que
va construyendo un espacio que cubre toda nuestra subjetividad; reduciendo
nuestra reflexión por el impacto de la neurótica información,
independientemente del grado de realidad de experiencias compartidas vividas.
La fe siempre tuvo y tiene su antídoto en la
duda. Son extremos que se niegan uno al otro. Si creemos no dudamos, y
aceptamos lo dado por concluido y por siempre, es el “así lo quiso -¡y quiere!-
dios (o la virgen y todo el resto de la zoología fantástica religiosa e
ideológica). Con la duda, pues no se llega a esencias absolutas, a una meta
terminal, sino a un perpetuo abrirse a un camino que hay, primero, que
transitar; el escéptico observa e indaga, y a toda afirmación coloca su
contrapartida, es decir, una contraposición, para mostrar que tanto una, como
la otra, no llega a nada definitivo, o mejor dicho, no posee una verdad
indiscutible; para este ensayador de mundos posibles solo hay probabilidades
más no conclusiones absolutas: conjeturas y refutaciones, ya decía Popper. Los
escépticos pirrónicos aceptaban la imperturbabilidad (la ataraxia) y la
suspensión del juicio (la epojé). La serenidad ante el maremágnum de la
confusión del mundo mental humano y de los fanáticos en verdades eternas o en
ideologías del presente y futuras.
Las doctrinas católica, coránica o judaica y
demás tribus numinosas, han sido siempre coherentes en todo esto; mantienen su
débil poder en la ignorancia al referir que la fe otorga una garantía de
realidades invisibles, mistéricas, que no se ven, relacionándolo con la
obediencia “ciega” (nunca mejor usado este adjetivo). Y ello hace que se someta
inteligencia, libertad y voluntad al dictamen del tótem monosilábico del dios
uno (o de varios…) con el añadido del doloroso pecado o culpa. Un ejemplo
contundente sería la acción llevada a cabo por el delirante Abraham, al
solicitar que sacrifique su hijo por una voz del más allá…la religión como
renuncia, no como liberación o, en otras palabras, como una entrega
incondicionada.
Pero el fanatismo y la fe no se queda en las
constelaciones de los dogmas religiosos. Los Pudiéramos decir, con una palabra
muy religiosa, trasciende a ese redil. dogmas políticos tienen larga vida. El
marketing político se ha dado cuenta de los beneficios que la fe, los dogmas y
las conductas fanáticas aportan ante las masas como método de control. La otra
fe “ciega” es la que se ha construido hoy en relación con las ideologías
salvíficas, con mirada a un futuro provisorio (que siempre termina siendo peor
que el presente; llámese socialista o comunista) o de una repartición de los
panes gracias a la oferta y la demanda del mercado (como si el tinglado de la
tierra vendría a proveer infinitamente materiales para nuestro consumismo
adictivo; llámese neoliberalismo o capitalismo salvaje, el comunismo y
socialismo también comparte esta “explotación”). Ambos tienen tics similares…
terminan creando una suerte de prohombre fanático. Sea por ignorancia o por
intereses oscuros. El fanático no sabe salir del “templo” (Fanum; se siente
cómodo dentro de él, le han dado todas las respuestas de su vacía existencia y
no tiene que esforzarse en atreverse a pensar por sí mismo; fuera el “sapere
aude” (atrévete a pensar por ti mismo) kantiano). Es otro espécimen con
diferentes colores de cueros mentales. Su delirio se lo come y lo lleva a
aniquilar a los que no piensen como el rebaño al que pertenece. Lo hemos visto
en los asaltos terroristas de la yihad coránica, pero continua también en el
fanatismo político que quiere ampliar territorios invadiendo otros países por
la fuerza, la destrucción, la coacción y el miedo en función de su explotación
colonial o imperial. Desde nuestra óptica la guerra que padece una parte de
nuestro mundo no es sino producto de una personalidad delirante e irracional,
pura voluntad de poder ególatra encarnado. Se sienten posesionados de una única
verdad. Vivimos en un mundo que alberga el humus suficiente para que surja la
figura del tirano por doquier casi como hongos. Estas mentalidades de la
aniquilación del otro no dudan, tampoco pueden comprender la salutífera actitud
del ejercicio del dudar y de asumir las circunstancias para mejorarlas por
medio del consenso democrático. El fanatismo que hemos encontrado en el cerco
asesino que se extiende por Ucrania se adhiere a una postura que no puede
exhibir una prueba indiscutible de justificación, y tampoco llega a entablar
una negociación sometiéndose a una discusión libre entre las partes.
Fe y fanatismo es la mentalidad que cunde entre
ciertos líderes histriónicos y absolutistas en pleno siglo XXI. Personalidades
que se atienen a una irreflexiva i-que verdad (sea histórica, providencial, de
raza, de herencia o lo que la justifique), que le llama - ¡escucha una voz
invisible! - a una fe de ambición de poder en la acción criminal en que
descalifica y destruye al que en su imaginación es la “bestia”, el otro.
A diferencia del escéptico y su
imperturbabilidad y su falta de acción por la eterna duda, y que está en la
acera contraria, el fanático es impulsado por su propia morbosidad, no se hace
preguntas, siempre se siente que está en lo cierto, y sólo sabe dar -¡más no
escuchar a los otros!-, respuestas. En el fanatismo religioso y político
observamos ciertas identidades comunes, no hay tonos grises, no se aceptan
relativismos ni espacio para el error y la duda. Sus objetivos son aceptados
desde una claridad contumaz, en que más que irracionalidad se vale de una
racionalidad instrumental para llevar a cabo sus fines delirantes y criminales,
como han sido la mayoría de los hechos que han acontecido en el río de la historia
humana. Un fervor, un afán ciego, una intolerancia a la escucha y al diálogo al
exponer sus razones, una pasión funesta y de impotente, que se nutre de ideas
supersticiosas que terminan resultando de una intensa injusticia y crueldad que
recae, sobre todo, en los ciudadanos desarmados. Vivimos en un planeta que se
nos ha hecho cada vez más chico. Al que se adhiere un velo de ignorante fe y
fanatismo compulsivo, bien religioso, bien político, donde muchos políticos y
colectividades idiotizadas del presente nos muestran una intensa sordera, no
saben o ya no pueden escuchar, se les ha atrofiado el sentido para oír la voz
real del clamor de la humanidad presente. Sólo aceptan escuchar sus cacofónicas
y estentóreas ideas criminales irremediablemente acompañadas de ambición y
sometimiento, de una falsa grandeza épica, sin apertura a la duda cuestionadora
y crítica y un posible consenso mutuo.