miércoles, 2 de junio de 2010

Instituciones, individuo y el arte de saber escuchar.

Por: David De los Reyes.


Resumen

Las instituciones democráticas garantizan el ejercicio de la libertad individual y en consecuencia, la realización del sujeto. La construcción democrática se define en un ámbito público dentro del cual es posible actuar autónomamente y con garantías de protección a los derechos individuales. El lenguaje democrático evoluciona cuando existen condiciones institucionales que lo favorecen, en términos de permitir el establecimiento de diálogos que permiten modelar el espíritu libre de la democracia a través de la construcción de significados.

Palabras claves: Individualidad, esfera pública, democracia, instituciones, lenguaje.

Abstract

Democratic institutions guarantee the exercise of individual liberties and the realization of the individual. Democracy is defined as a public aphere where subjects can act with autonomy, and with guarantees for the protection or their individual rights. Democratic language evolve as there are institutions that favors its evolution, by allowing dialogues that model the free spirit of democracy.

Key words: Individual, public sphere, democracy, institutions, language.

ooOOOoo

"Al tratar del Estado debemos recordar que sus instituciones no son aborígenes, aunque existieran antes de que nosotros naciéramos; que no son superiores al ciudadano; que cada una de ellas ha sido el acto de un solo hombre, pues cada ley y cada costumbre ha sido particular; que todas ellas son imitables y alterables, y que nosotros las podemos hacer igualmente buenas o mejores."

R. W. Emerson.

Individualidad e instituciones

Anna Arendt ha planteado que la modernidad está marcada por el triunfo de lo social sobre lo político. Lo social se articula por medio del trabajo y, por tanto, por la ciencia de la economía, la cual define al hombre por unos comportamientos necesarios, induciendo la negación de la singularidad y de la acción personal. Es por lo que llega a afirmar que la forma de medir el triunfo de la sociedad en los tiempos modernos es distinta a épocas anteriores. La modernidad sustituyó, en principio, el comportamiento de la acción pública y la eventual democracia, por el predominio de lo anónimo en la vida personal. La economía, no instaura comportamientos sino en el dominio de actividades relativamente restringidas y que le conciernen; igualmente, en las ciencias sociales, en tanto estudio del comportamiento humano, somete al hombre tomándolo como un todo, en el que todas sus actividades están en el mismo nivel de un animal condicionado a un comportamiento previsible (Arendt, 1961:84).

Las instituciones democráticas en su actividad, deberían plantearse la defensa del espíritu que habitaba la ciudad antigua, en la que tanto la esfera de la acción social, como de la acción política, afirmaba la individualidad de los ciudadanos. Pertenecer a un pequeño número de ciudadanos era poder vivir entre iguales; pero el dominio público mismo estaba animado por una intensa competencia: cada quien debía intentar distinguirse de los otros y mostrar en sus actos hechos únicos, deseando que fuesen los mejores. En otras palabras, las instituciones democráticas, comprendidas en tanto reciprocidad entre individuos y estructuras sociales, deben proteger el dominio público conservándolo como la esfera de la individualidad.

Esto permite que muestre al hombre realmente como es, viéndolo como una particularidad irremplazable para esa sociedad (idem:80). Más que incorporar un espíritu de masas a las instituciones a través de procesos permanentes de mayor homogenización, la acción de toda institución democrática debe mostrar su acción política en la medida que defienda plantear y reivindicar la autonomía individual según sus posibilidades.

El espíritu de comunidad que pudiera encontrarse en toda institución está determinado por el trabajo en conjunto. Pareciera denotar que su actividad se desempeña como si todos actuasen y fuesen un solo hombre; en tal sentido, el espíritu de comunidad impregna al trabajo común. Tal naturaleza colectiva de trabajo, lejos de fundar una realidad reconocible por cada miembro del equipo, desplaza, paradójicamente, toda conciencia de individualidad y de identidad. Es por lo que Arendt plantea, que todos los valores derivados de la actividad laboral, corresponden a otra función dentro del proceso vital, siendo enteramente social sus resultados: ello no se diferencia mucho más que el placer de beber y comer en compañía.

Este tipo de instituciones que reduce al hombre a una unidad total, es completamente antipolítica. Es todo lo contrario al que predomina en las sociedades políticas y comerciales y, que no dependen -tomado en el sentido aristotélico- de una asociación (koinomia) de dos médicos, por ejemplo, sino de la asociación entre personas diferentes, de distinta profesión o fines personales.

El descontento del trabajador (animal laborans), respecto a su distinción y reconocimiento y, en consecuencia, a su expresión y acción individual, pareciera estar confirmada por todas las rebeliones de los esclavos en la antigüedad como en los tiempos modernos.

Hanna Arendt


Para Arendt, la defensa de los derechos de los trabajadores desde el siglo XIX hasta el siglo pasado, han sido gestas gloriosas para la especie humana, siendo el único sector organizado que ha dado origen a dirigentes populares. En las instituciones contemporáneas, y sobretodo en los países que aspiran mantener y desarrollar organizaciones totalitarias, no han llegado nunca a desarrollar una forma de gobierno auténtico, sino organismos destructores de la autonomía del individuo. Por tanto, de involución del desarrollo humano. Desde hace más de doscientos años, no existen formas de gobiernos e instituciones novedosas que hayan dirigido su acción con fines auténticos. Es lo que ha sucedido con los llamados –y ahora querer volver a resucitarlos- consejos del pueblo o consejos comunales, que pretenden remplazar al sistema de partidos democráticos, los cuales, para Arendt, ya estaban desacreditados antes de ponerse en práctica.

De ello podemos comprender el sentido del origen de unas instituciones abiertas y democráticas a otras cerradas y totalitarias. Los destinos históricos de estas dos condiciones sociales arrojan resultados opuestos a la vida institucional. Las organizaciones ciudadanas propias de sociedades abiertas y la de los ¿sirvientes-proletarios-obreros-misioneros? propias de sociedades totalitarias, son distintas según las aspiraciones políticas del pueblo. Los sindicatos de la clase obrera organizada dentro de las sociedades modernas abiertas, obtuvieron importantes logros en su calidad de vida. Mientras que los movimientos políticos obreros, en tanto consejos comunales o del pueblo, han sido vencidos cada vez que han osado presentar sus propias reivindicaciones o programas distintos a los del partido único y reformas económicas. Por lo que deducimos que las instituciones democráticas deben ir bajo la dirección de esta doble tendencia: la de la autonomía y la de representar intereses comunes. Esta concepción democrática enmarca una función no de una tendencia estatal sino de organizaciones sociales reconocidas en tanto partidos vivos. Estos representan modos y estilos de vida que vienen a reemprender una tolerancia y mejoras ciudadanas ante las diferencias sociales pero sin la destrucción de identidades culturales comunes e individuales, sean de minorías o de mayorías. En el fondo, se trata de mantener vivos los derechos del hombre como una mirada permanente por las que las instituciones democráticas deben justificar su existencia. Lo característico de las sociedades totalitarias, como bien conocemos, es tratar de ocultar tales derechos; justifican su negación y anacronismo anteponiéndoles un discurso difuso referido a un futuro esplendoroso y feliz que siempre expresa y se adecua a la preclaridad de líderes únicos y cuasi eternos en el poder.

El bienestar, en sociedades abiertas, lo obtenido se construye desde el presente para el presente y no en el falso ilusionismo de utopias.

Estos derechos del hombre deben comprender principios democráticos que si bien no existen en tanto instituciones se pueden inventar sus elementos que completen a toda organización de una manera real. Su eficacia está en la adhesión que puede suscitar en función al tipo de vida de una sociedad; sus ventajas no han llegado a existir de manera fortuita, sino que han sido consolidadas dentro de la tradición de vivir el derecho, reafirmado por la conciencia y la acción humana.

Bajo esta perspectiva vemos surgir la necesidad de una sociedad autónoma, es decir, una sociedad capaz de autoinstituirse. Por tanto, cuestionar sus propias instituciones establecidas, plantearse qué es una ley justa, pudiendo evolucionar siempre frente a la actuación institucional (Castoriadis, 1986:218s). Cuando se habla de individuos autónomos se está refiriendo a una extensión de toda institución social democrática. Y al hablar de instituciones sociales comprendemos que únicamente pueden ser portadoras de efectividad y eficacia si aglutina en su seno a una colectividad de individuos. No pueden existir individuos libres dentro de una sociedad servil, y ello es una fatalidad dentro de las sociedades totalitarias o cerradas.

Tales instituciones necesitan interactuar con individuos autónomos que tengan la capacidad de cuestionarse a sí mismos y que encuentren en aquellas una igual participación para todos en la conformación del poder. Sin ello no hay libertades públicas, de la misma forma que no existe libertad sin igualdad ante la ley. ¿Cómo ser libre si otros deciden por mí lo que me concierne en tanto individuo? Más que proponer una visión liberal en esta concepción de las instituciones democráticas, se aspira a una reciprocidad entre libertad e igualdad. Se busca defender al individuo contra el poder omnimodo del Estado, lo cual supone una heteronomía política. Esta situación no acepta a las instituciones como esferas estáticas separadas de la colectividad, adhiriéndoles un sentido de poder parcial y. por tanto, se presentan como un mal necesario.

Por el contrario, en la sociedad democrática, en que las instituciones asumen los derechos humanos, permiten una mejor igualdad y libertad individual.

Sólo las “democracias populares” tienen un sentido de la igualdad total en tanto servidumbre o neo-esclavismo en el cual no hay, a la final, ningún provecho para nadie. Tal mecanismo de poder termina beneficiando a una sola persona. Y ese alguien no puede gobernar solo en una sociedad. Se establece una complicidad de corrupción y ello debe dar cierta ventaja a una fracción de la sociedad, lo cual implica una desigualdad, propio de toda demagogia tildada de demócrata. Podemos apreciar que las distinciones tradicionales entre igualdad y derechos e igualdad de condiciones deben ser relativizadas.

Castoriadis (idem), refiere este problema. Opina que es vano querer una sociedad democrática si la posibilidad de igual participación en el poder político no es tratada por la colectividad. A esta le concierne su realización, y que esté amparada por instituciones que defiendan la autonomía individual, la igualdad ante la ley y la transparencia de la justicia social.

Cornelius Castoriadis



Cambios de rumbo en las instituciones

Lo anterior nos plantea que el mayor problema al que hoy en día se enfrentan las instituciones, no es sólo su permanencia o continuidad, sino más bien la pérdida de significado social, y los fines para los que han sido fundadas.

La vida de cada institución estatal pareciera que ya no posee una función discernible y transparente. El imperativo que se impone ahora a muchas instituciones, no es simplemente la existencia política de un espacio público, sino la efectividad ciudadana ante un mundo en permanente cambio respecto al rumbo de los intereses políticos, económicos, sociales y culturales. Como solución, la tarea que se vislumbra, no se refiere a eliminarlas o a modificarlas de forma permanente. Se trata de evolucionar al ritmo de un nuevo mundo organizacional político y económico. De exigencias impostergables, en la cual ya no observamos una continuidad; no hay una tradición y cultura fijas, tampoco podemos obviar los cambios demográficos, migratorios y ecológicos en que están inmersas las naciones.

Varias pueden ser las causas que llevan a la decadencia de las instituciones, una de ellas es la incapacidad de adecuarse a los grandes cambios. ¿Cuáles son estos cambios aceptados y a las que están atentas las sociedades democráticas? Podemos enumerar los más evidentes: a) el impacto de las nuevas tecnologías y su implicación para interactuar dentro del mundo global; b) el insoslayable y permanente vínculo de atención a la progresiva extensión de los problemas sociales dentro de las naciones; c) el vacío estatal en relación a un amplio espectro poblacional; d) la carencia de los recursos requeridos para una eficiente atención respecto a los fines por las que se estableció dicha institución o la incapacidad de implementar los recursos en la dirección requerida; y, por ultimo, e) el impacto que ha creado la globalización en todos los aspectos de la vida, tanto en las instituciones privadas como en las públicas.

Esta situación en las instituciones, le acompaña la interacción de la nueva economía en todas las esferas de la vida ciudadana, y define su apuesta por el cambio permanente.

La propuesta de los gobiernos en relación a sus políticas fiscales y la respuesta ciudadana, no son ágiles al respecto. Además encontramos políticas internacionales, cuya intención es moderar la velocidad del cambio institucional por la nueva economía. Esto conduce a transformaciones aún más profundas en la vida de la política institucional dentro de los estados, alejándolos más de la participación y equidad dentro de la comunidad mundial. Más que dejarse envolver por la ola, se trata de remontarla aprendiendo a responder desde múltiples opciones de acción en defensa del bien común.

La difusión global de nuevos recursos tecnológicos para la organización institucional, es una tendencia que continuará siendo independiente de los fines de servicio de las instituciones ciudadanas, aunque sabemos que hay actividades básicas de gobernabilidad para la vida de una nación. Como refiere el pensador inglés John Gray: No somos los amos de nuestras tecnologías, pero igualmente éstas tampoco pueden alterar las circunstancias básicas de la vida humana.[1]


Pieter Brueghel el Viejo, Torre de Babel.

Cambios de lenguaje

Otro de los cambios operados por las nuevas tecnologías, es el aceleramiento que conlleva a la reestructuración de las instituciones y la eliminación del personal en sus cargos. Crea situaciones de crisis a las personas y en la competitividad institucional.

Los cambios de lenguaje operativos de las tecnologías y de las organizaciones, vuelven caducas ciertas direcciones organizacionales. De forma simultánea, aparecen nuevas implicaciones en funciones que se daban por inalterables. Como ocurre en algunas universidades, en la que la academia tiende a fosilizar ciertos conocimientos en lugar de recrear una mirada epistemológica de los mismos. Hoy se han visto en la necesidad de asumir ese reto de cambio permanente, encontrándolo hasta en los modelos de enseñanzas de autores clásicos.

Si no evolucionan llegaran a colapsar y a perder la razón de su existencia pública. No se trata de revolucionarlas ideológicamente, a través de un pensamiento único, propio de estados totalitarios.

Una institución no es solo cambios tecnológicos, sino enfrentamientos a necesidades que van surgiendo en el desarrollo de la vida pública y política de una nación. Sin una revisión permanente de los lenguajes simbólicos y técnicos, y en los enfoques epistémicos organizacionales, no se obtendrán rendimientos sustanciales en las prácticas de gobernabilidad. Vivirán en una permanente condición de anacronía y anomia; solo alimentarán un espacio público estéril disfuncional de costosos cargos burocráticos sin mayor realce para la existencia y viabilidad de un estado.

Los lenguajes institucionales son los que facilitan los alcances, límites y fines de toda institución; de ahí su importancia. Por el lenguaje se modela el espíritu democrático o totalitario, estatal o público de la institución. Su autenticidad permite obtener eficiencia dentro de una organización de servicio democrático. Lo contrario nos lleva en dirección a otro tipo de estado en contradicción a las libertades individuales y públicas.

Estamos en un período de transición institucional abierto. Esto lo observamos en la división social, así como en los derechos vigentes del ciudadano y en el tipo de trabajo en profesiones que pertenecen a una fase de desarrollo tecnológico anterior.

En un tiempo de economías basadas en el conocimiento, es importante confiar menos en ocupaciones estáticas y específicas para cada industria, y abocarse más en la reestructuración continua del uso de la información para el hacer profesional; en los flujos de conocimientos internos y externos, y en un estudio permanente de desarrollo tecnológico y científico, adecuados para atender con eficacia la demanda surgida de los asuntos enmarcado en la ciudadanía.

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© Christopher Furlony Images


Transitoriedad institucional

En un tiempo de instituciones sustentadas en principios políticos inalterables o en cotas de poder partidista o grupales, encontramos que la operatividad de ellas exige otra actitud en función de la puesta en práctica del saber que les da eficiencia y convencimientos de competencia pública. Por tanto, no podemos darnos el lujo de tener instituciones incompetentes. En el campo de apertura que genera la información y el conocimiento, así como en normativas y estándares competentes, permiten a los funcionarios y a la misma institución actualizarse. Esto amplía la capacidad de atender con eficacia los servicios públicos, y reafirma la idea de que cada una ellas tiene su desempeño único dentro del conjunto estatal y social, privado o público.

Los temores en las instituciones de nuestros países latinoamericanos se concentran en el crecimiento de la marginalidad social y en la exclusión de eficiencia pública. Esto lleva a desperdiciar el significado de la acción institucional por su inestabilidad en su organicidad, sin autonomía y anclaje, sin vínculos operativos de alianzas estratégicas entre las distintas instancias estatales para su desempeño.

La pérdida de virtudes de las instituciones consigna una disminución en su seguridad política e intensifica una carga presupuestaria dentro de los costos sociales que representan; surge el reclamo y la incertidumbre ciudadana sobre ellas.

Apartando esta realidad, dentro de una sociedad democrática podemos encontrar tres claves éticas que son determinantes en la inoperancia de las instituciones. Primero, las instituciones han sido organismos a través de los cuales la mayoría de la gente participa directamente para darle vida y justificación, obteniendo de esta manera una identidad pública en la convivencia ciudadana y económica. Si bien no pueden mantenerse planes y normativas vitalicias, tampoco podemos dejar sin respuesta lo que la sociedad espera de ellas. Una institución requiere del reconocimiento y participación de la comunidad en la que se establece, y al ejecutarlo se construye una identidad y un imaginario social que lleva al desarrollo de la interconectividad y enraizamiento individual y grupal. El segundo punto ético compete en que las instituciones ocupen un espacio que de origen a la existencia de la atención estatal de sus usuarios. Y una tercera disposición ética, será la autonomía para saber jerarquizar cuáles acciones debe atender de forma responsable ante cualquier poder público que quiera interponerse en los requerimientos ciudadanos.

La institución pública debe tener independencia en la constitución de sus políticas sin que esto choque con los fines constitucionales y económicos de un estado. Pudieran preverse situaciones que lleven asumir prácticas que no sean cónsonas ideológicamente con la línea del gobierno de turno. Las instituciones deben su condición a que si bien los cambios influyen en ellas, deben quedar eximidas en someterse a intereses doctrinarios o del partido político en el gobierno. La eficacia debe ser un eje determinante de su justificación política, y su existencia, una permanente evolución en función de los requerimientos de la población y del desempeño de la sociedad en conjunto.



Autonomía y valores institucionales

La autonomía institucional debe tener en cuenta a los individuos y a las agrupaciones por igual. Encontramos en lo mejor de nuestras tradiciones políticas individuos que promovieron importantes cambios en sus comunidades y, por ende, en sus instituciones. Involucraron directamente a sus conciudadanos en proyectos que surgieron de las asambleas de deliberación ciudadana y de las asociaciones. Con ello se crearon instituciones novedosas y una fisiología institucional que estaba integrada por un conjunto de hábitos que modelaron su existencia en correspondencia con la evolución social en la que estaban inscritas.

Esto significa adaptarse a estructuras con lógicas fluidas, que emerjan como formas de organizaciones colectivas, públicas y privadas en un mundo en permanente revisión. Erigir una cultura de adaptación en contra de las recesiones de creatividad política, lo cual crea una tendencia general a que se petrifiquen por el abandono, la anomia y el fatalismo.

Esta visión se rige en aportar valores a la comunidad. Sus prácticas deben renovar la vida, y concebir mayores espacios ciudadanos a través de productos o nuevos servicios, de logros políticos, como la mejora o creación de una ley o nuevas instituciones. Esto nos exige la necesidad del estudio de las anomalías sociales, pues son la fuente de la construcción de nuevos conocimientos y técnicas innovadoras. Lo cual permite el inicio de un cambio en un contexto de responsabilidades compartidas.

Deben aceptar la responsabilidad de producir soluciones ante los conflictos para convertirse en creadoras de una historia de vida e identidad evolutiva.

Estos cambios institucionales promueven valores y bienes comunes e individuales, no solo de orden material sino espiritual, como es la defensa de la libertad, la libre expresión y la calidad de vida. Exige mantener a largo plazo el compromiso social y la confianza en épocas de cambio, ante las minorías e intolerancias.

Las llamadas instituciones de estructura mutua (Charles Leadbeater y Ian Christielas) están presentes en muchas de las actividades sociales. Estas son particularmente idóneas para permitir que las familias y las comunidades empobrecidas logren un mejor control en su función productora en la medida en que las instituciones apoyen sus acciones a través de recursos y valores culturales. Podemos comprender que la diversidad de instituciones que hoy se requieren debe ir mucho más allá del lenguaje doctrinario, del discurso convencional político.

Los cambios necesarios para el desarrollo de la nueva institucionalidad están encaminados a una educación institucional hacia la ciudadanía.

Por lo tanto se debe tener una política comunicacional educativa institucional permanente, en que el individuo se conciba de acuerdo a sus capacidades, intuiciones, emociones y habilidades. Toda institución debe tomar en cuenta la diversidad cultural y los conocimientos que residen en los individuos que le dan razón de existir. Es lo que Giddens ha planteado como democracia emocional.

Por ello se tiene la necesidad de comenzar en aprender el arte de escuchar las preocupaciones de los individuos y comunidades e identificarlas con ciertas constantes históricas. De vigilar el desarrollo de la conciencia ciudadana, de formar ciudadanos. No podemos aceptar una institución que califique de forma abstracta a los ciudadanos.

Se deben erradicar conductas egocéntricas, patrioteras y nacionalistas, en la medida que implican una disminución de la autonomía ciudadana. Permite establecer estructuras mutuas que constituyen verdaderos puentes entre sociedad e institución.

Tradicionalmente vivimos condicionados por representaciones discursivas que distorsionan la realidad, lo que impide comprender los hechos en su contexto y verdadera dimensión. Rectificar esta situación nos permite ampliar nuestra conciencia institucional, requisito necesario de una sociedad plural y de múltiples manifestaciones pluri-culturales, tanto a nivel general así como en minorías. Esto nos enlaza con otras perspectivas individuales, acercándonos a una historia común y personal, presente en sujetos creativos y de variadas condiciones, llegando a aceptar la pluri-universalidad.


¿Un arte de escuchar institucional?

La forma de escuchar las instituciones a sus ciudadanos, les exige conocer el concepto de vida buena desde la diversidad. Motivándolos a permanecer identificados con su organización, siendo coherentes a la hora de una negociación que pueda presentarse dentro del cuerpo social. De esta manera las instituciones están preparadas para administrar compromisos y desarrollar confianza, al crear equipos sólidos en función de las actividades requeridas. Diseñando estrategias para una educación que oriente el espíritu emprendedor de equipos comunales de acción social. Estas herramientas hacen que la ciudadanía decida por sí misma a través de formas de discursos no estandarizados e ideologizados, y que ofrezcan una apertura al debate o a proponer soluciones no tradicionales. En vez de establecer un diálogo de sordos, debemos buscar coincidencias. Las instituciones tienen que invitar a una apertura, no a la instauración de un diálogo enfático que pretenda legitimar acciones y narraciones de discursos desde la política, los cuales vienen solo a establecer generalidades institucionales sin dar paso a una ventaja transformadora particular para la sociedad.

En un mundo de cambios solo se puede transitar por él en la medida en que puedan imaginarse acuerdos y beneficios no surgidos de una tradición o estándar institucionales únicos, lo cual se caería en un lenguaje dogmático desde la unilateral razón de ser del ente institucional. Las instituciones deben tener equipos consolidados para plantearse y enfrentar los problemas, tomando en cuenta la voz de los ciudadanos para manifestar públicamente sus requerimientos.

La actividad a realizar por las instituciones, construye su significado en torno a un pensamiento ético que toma en cuenta las consecuencias por las resoluciones asumidas. Esto implica analizar la estructura de poder en las que aparecen los conflictos, siendo esto, en parte, lo que la constituyen y la sostienen. Las instituciones pueden implementar campañas educativas para que las personas aprendan a desarrollar una interpretación autónoma y comprometida de su mundo social. Que comprendan dónde y cómo reside el poder ciudadano institucional en tanto fuerza política y social, cultural y económica. El poder dado a los ciudadanos debe entenderse como el arte de construir nuevas relaciones materiales y espirituales para la comunidad. Ello implica la instauración de nuevos valores que induzcan a la mayoría a aumentar su la calidad de vida.

En definitiva, si ha de tener significado para la mayoría de las personas la existencia de instituciones a tono con los tiempos de transición y en permanente transformación cultural, debemos reconsiderar su estructura y organización práctica distanciándonos de propuestas radicales o revolucionarias del presente. Las instituciones deben pensarse no desde un marco anacrónico y tradicional sino en prácticas que impliquen el compromiso, la correcta competencia, la saludable eficacia, un conocimiento eficiente, una evolución política y creativa democrática a partir del mismo grupo social al que deben atender y a la que deben su existencia.

Alexis de Tocqueville

Coda final

Las instituciones democráticas, más que aceptar a un socialismo o a un comunitarismo, es que en ellas se dediquen a formar un individuo igualitarista. Esto le da a cada uno un lugar, un valor y una condición determinada. La igualdad institucional dentro de las democracias contemporáneas, ganaría al pensarla como igualdad de condiciones, y no como una dependencia absoluta con la comunidad. Esto no significa la propagación del valor del egoísmo como forma de vida. Es en el sentido de Tocqueville (1985:t.II:125s), el cual afirmó que el individualismo es un sentimiento reflexivo y tranquilo, que dispone cada ciudadano al apartarse de la masa, y en retirarse a compartir con su familia y sus amigos. De tal manera que así crea una especie de sociedad de uso, creando nuevas instituciones sociales a partir de esa agrupación de individuos; esta actitud es de origen democrático pues nace de su propio desarrollo en la medida que las instituciones sociales favorecen la igualdad. Las instituciones comunitaristas reducen los espacios de cada hombre en su acción personal; se les fija un lugar inalterable y jerarquizado, percibiendo a la final que la burocracia se convierte en una especie de aristocracia estatal, imposibilitando el cambio social. Se constituye una jerarquía donde se rompe la opción de relacionarse distintas culturas y clases sociales, convirtiendo en enemigos y extraños los miembros de una nación. Ello crea eslabones que se solidifican como actitud totalitaria. La democracia rompe la cadena y permite el paso para la creación de instituciones abiertas y autónomas. Hoy en nuestras sociedades inciviles con tintes democráticos pareciera reafimarse la observación de Emerson: "La sociedad es en todos los sitios una conspiración contra la personalidad de cada uno de sus miembros."


Emerson sobre un manuscrito personal.

Bibliografía

Arendt, A. 1961: Condition de l´homme moderne. Ed. Calmann-Lévy, Paris.

Castoriadis, M. 1986: Domaines de l’homme. Les carrefours des laberynthe, II. Ed. Le Senil, Paris.

Tocqueville 1981: De la démocratie en Amérique t.II. ed Flammarion. Paris.

martes, 1 de junio de 2010

J.J. Rousseau y su pasión por la botánica

Por. David De los Reyes.


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Henri Rousseau: El Sueño, 1910.

I

Rousseau, tras la publicación del Emilio (1762) y del Contrato Social (1760-61), pone en peligro su vida. Con estas obras se inicia para él un periodo de intenso rechazo y persecución en Francia, estando a punto casi de verse encarcelado. Regresar a Suiza es una posibilidad y un escape; encontrarse con su ciudad natal Ginebra, sería, también, un desengaño. La ciudad no lo acoge y su gobierno lleva a prohibir, condenar y quemar esas dos obras en plaza pública. Sólo le resta otra vez mirar al horizonte, al camino, huir.


Escapa a los alrededores del territorio suizo, y se refugia en el valle de Travers, instalándose en la ciudad de Môtier (Neuchâtel), bajo la protección de Federico II. La tranquilidad dura poco. Escribe la Carta a Christophe de Beaumont, donde defiende las tesis de su escrito Profesión de fe de un vicario saboyano, incluida en el libro IV del Emilio. En sus Cartas desde la montaña (1764) denunciará el maltrato recibido por la ciudad de Ginebra. Sus acciones lo encaminan a que la hostilidad social contra su persona sea el aire perpetuo que respire y del cual viva. El cura de la tranquila Motiers no deja pasar por alto sus apreciaciones políticas y religiosas; este pastor conmina a su población, es decir, a sus agresivas e intolerantes ovejas, a echar al filósofo de esos parajes. Otra vez la huida, la fatiga que produce la censura, la vuelta al camino, al fardo en el hombro, y el caminar ligero. ¿Culpa? Todo por la intranquilidad de haber pensado en voz alta y públicamente contra las convenciones dogmáticas de una sociedad cerrada, centrada en el culto y control eclesiástico de sus ciudadanos. Ante esa situación crece y se intensifica su mente y sus nervios; su vida se convierte en incansable transitar de un lado a otro; le queda un refugio natural y agreste, cercano a Neuchâtel, la isla de Saint-Pierre en el centro del lago de Biel-Bienne; allí se refugia, siendo acogido por los monjes del convento que habitaban la isla. Permanecerá en esos parajes hasta marchar a Inglaterra, al aceptar la invitación ofrecida por su amigo David Hume.

David Hume

Es en este ínterin de idas y venidas, de persecuciones, en gran parte, unas reales, otras imaginarias, Rousseau se adentra en el estudio de la botánica como un refugio donde puede encontrar una tranquilidad para su insana y perturbación mental y su permanente sensación de perseguido.

Rousseau se dedicó a la botánica en las horas más dolorosas de su vida. Maltratado, calumniado, condenado, exilado encontró en esta actividad las más dulces satisfacciones y una tranquila consolación a través de la observación en estos verdes organismos que para él se le antojan poéticos y agradables. Un nuevo campo de estudio ante sus ojos esta por cruzar y llevar adelante en sus acostumbrados paseos por la campiña del Valle de Travers. Allí se halla huyendo de los hombres, buscando la soledad, no imaginando y aún menos pensando (OC. Ed. Pleyade, t.i p.1066). Bajo estas circunstancia nace esta nueva pasión de este permanente paseante solitario. Una pasión tan violenta como durable que la mantendrá viva hasta el final de sus días, al trasladarse a Ermenonville en el año de 1778, hasta que un ataque de apoplejía lo separa de la vida el 9 de octubre de 1779.

J.j. Rousseau, óleo de la época.

II

Sus primeros acercamientos a la ciencia amable se debió a sus amigos Jean-Antoine d’Ivernoir, médico de la ciudad de Neuchâtel y botánico aficionado, al rico comerciante Du Peyrou y, de forma especial al médico Abrahan Gagnebin, excelente botánico, quien a primera vista sabía distinguir y nombrar cientos de especies vegetales.

La botánica, más que tener para él intereses utilitarios o lucrativos –aunque vendió y envió herbarios a amigos y personas que le solicitaron sus servicios- no tuvo otra ambición mayor que el perfeccionarse en esa actividad tan atrayente como amistosa, tan seductora como misteriosa y a cada instante renovada por su afán de asombro. Era una acción acorde a su antigua y juvenil idea de reintegrarse con la naturaleza.


Carlos de Linneo


En sus días de inicio y formación en este campo de estudio tuvo en Motier, como libro de cabecera, al Sistema Naturae de Carlos de Linneo[1], quien fue el mayor innovador y más interesante estudioso en ese campo de saber científico para entonces. Discutida su obra en toda Europa por sus novedosas propuestas botánicas, Rousseau, lector infatigable, no tardaría en reconocerle su genial originalidad. En sus páginas sobre botánica encontramos la viva influencia del estudioso sueco.

Sus días en Motier, en los alrededores del prolífico y fértil valle de Travers, transcurren en largas caminatas, en búsqueda de nuevas especies vegetales para su colección. Trasladándose también para ello a la cercanía de los campos de Neuchàtel o a la apacible casa Du Peyrou en Cressier. Cuando decide irse a la isla de Saint-Pierre, en el lago de Biel, tenía la firme intención de no marcharse del tranquilo lugar hasta no acabar una misión; esa isla la veía como un espacio a estudiar metódicamente la totalidad de los componentes de su flora con el fin de satisfacer su laudable y verde pasión, ahora retirado del contacto de los hombres y del malestar de las ciudades.

St Peters Island, Lake of Bienne

Isla de Saint Pierre, en el lago de Biel-Biene, Suiza. Grabado de W.H. Barlett, 1836.

III

Como se puede notar, nuestra intención no es la de precisar y definir la importancia -menor, por supuesto- que tuvieron los estudios botánicos para este suizo, sino en sacar a la luz la importante influencia que ella tuvo sobre sus estados anímicos en el curso de los últimos tres lustros de su atribulada vida.

La botánica, pensamos, le fue a este autor una respuesta a los problemas que le planteó su filosofía, el refugio obtenido gracias al esfuerzo para lograr separarse de la depravación social por él sentida y vivida en la época, y adentrarse en un estado de inocencia y pureza al reintegrarse con la naturaleza y sus formas de solaz esparcimiento vegetal cognitivo entre la campiña y campesinos. En sus páginas dedicadas a este estudio uno puede leer que este acercamiento al mundo vegetal se convirtió en una intensa necesidad intelectual y afectiva, en una actividad reconfortante ante los sombríos pensamientos que le asaltan durante esos años de persistentes tormentos y lejanía del mundo político y polémico de los filósofos de la ilustración.

La botánica fue su último refugio donde encontró las más tranquilas consolaciones junto a una cercanía de contemplativa serenidad, a pesar de sus crisis pasajeras de desaliento y dudas respecto a la abandonada armonía en su carácter. Este Rousseau botánico nace de una necesidad existencial de hallar una fuente irremplazable de pequeñas pero puras alegrías llevándolo, quizás, a los momentos de encuentro con una perfecta felicidad momentánea que había huido hace tiempo de su vida.

IV

Recorriendo la verde naturaleza, buscando y descubriendo en ella nuevos temas de admiración, junto su sosegada actividad, es que sus últimos años y luego, sus últimos meses ya de vejez en Ernonville, pasaron alrededor de sus queridas plantas. Un Epicuro moderno pero para quien su jardín era la naturaleza entera de los campos europeos que encontró a su paso. Entre la actividad botánica y la redacción de los Sueños de un paseante solitario se precipitará, este pensador que está al margen de toda clasificación, hacia sus días finales.

Sus obras en este campo son pocas y realmente de poca importancia para el desarrollo de esta ciencia. Están las Cartas sobre Botánica y su esbozo para un Diccionario sobre Botánica. Pero estos dos escritos tienen la virtud de ser obras de invitación. Estos dos textos tienen una intención pedagógica la primera y práctica la segunda; de invitar y facilitar a los interesados en adentrarse en el estudio del reino vegetal.

Los Fragmentos sobre botánica que hemos traducido en esta ocasión quieren mostrar, en estos breves escritos, tanto el interés como la pasión de este autor por motivar a los hombres al acercamiento de su estudio, siendo una fuente terapéutica contra malsanas perturbaciones nerviosas y mentales del hombre común en un recinto donde su ocio puede soslayarse en completa paz con una actividad que, para ojos de Rousseau, nos devolvía la pura contemplación desinteresada de cualquier fin utilitario social y una cercanía con las formas vegetales más caprichosas de la naturaleza casi abandonadas y olvidadas.

Goethe, en su Ensayo sobre la metamorfosis de las plantas, juzga feliz la obra botánica de Rousseau. Lo felicita por su método regional, local, indígena, el cual consistía en fundar su enseñanza sobre el ejemplo de plantas inmediatamente observables en el lugar y conocidas directamente por los interesados estudiantes. Opinión que suscribirá también nuestro botánico y ecólogo suizo-venezolano Henri Pittier.

La botánica, con todo su desarrollo actual, no deja de ser una actividad que hoy bien pudiera otra vez ser tenida en cuenta y de forma práctica en la enseñanza de los planteles medios como toma de conciencia y freno ante los embates ecosidas que podemos observar por doquier dentro del salvajismo mercantil y la cómoda ignorancia imperante y sin retorno. Sería una educación para volver amar y reencontrarnos con el reino vegetal, en volver a admirar, con los instrumentos del método científico y una actitud moral ecológica, al reino vegetal de este mundo, reino tan desconocido y olvidado por el hombre común, por ese nuevo espécimen que somos, llamado por el mexicano Bartra como salvaje artificial.

Bibliografía:

Rousseau, J.-J. 1969: Oeuvres completes, bajo la dirección de Bernard Gagnebin y Marcel Raymond. Biblioteque de la Pleyade, Editions Gallimard, t. I y IV

Jardín botánico


Fragmentos de Botánica

Por J.J. Rousseau[2]

Traducción libre de David De los Reyes


1

La botánica es la parte de la historia natural que trata del reino vegetal. Como ese reino es el más rico y variado de los tres, la botánica es la parte más considerable del estudio naturalista.

La naturaleza, que ha puesto tanta elegancia en todas sus formas y tanta selección en todas sus distribuciones, a tomado sobretodo un cuidado particular en cubrir la desnudez de la tierra de un adorno tan rico y tan variado que encanta a los ojos y aviva la imaginación; es el examen de este brillante ornato, es el estudio de esta profusión de riqueza en el que el botánico admira con éxtasis al arte divino y el gusto exquisito del obrero que fabricó el vestido de nuestra madre común.

El arte de estudiar las plantas por la combinación de sus mezclas que componen su sustancia, el arte de determinar sus virtudes medicinales verdaderas o falsas, ora sea por la experiencia, ora por la observación siempre imperfecta y tramposa y sean realizados por el análisis químico aún más responsable, no tiene nada en común con la botánica. El botánico estudia en las plantas sus tejidos, sus formas, su organización, su generación, su nacimiento, su crecimiento, su vida y su muerte. Puede considerarlas también por su color, por su gusto, por su olor, su sabor, en fin, por todas las partes que ellas pueden ofrecer a los sentidos. Esto no es sino un estudio analógico y secundario para esclarecer y confirmar aquellas formas; las plantas son a los ojos del botánico solo seres orgánicos; tan pronto la planta muere, o cesa de ser vegetal, o bien sus partes no tienen la misma correlación que la hace vivir y la constituye, dejan de ser un recurso para el botánico; se convierten en una simple sustancia, en una materia, una mixtura, una tierra muerta, que no pertenece más, a partir de entonces, al reino vegetal sino al mineral. Los médicos, los charlatanes, los empíricos, pueden hablar de las virtudes maravillosas de las plantas muertas y descompuestas; ello no es observarlas. Habría que admitir que se le ha dado autoridad a hombres que son mentirosos, sin fe ante la naturaleza, la cual no miente jamás y que en nada se le parece.

El botánico no acepta ningún punto intermediario entre la naturaleza y él. No admite por verdad sino aquello que se le muestra; rechaza todo lo que los hombres quieren imponerle por autoridad. Se separa de las plantas en el momento en que el médico se apodera de ellas. La observa en su estado vivo; muerta, la estudia aún por su fisiología; la diseca y la observa, pero tan pronto su forma es destruida y se muele en un mortero, se vuelve nada para él. Insisto mucho sobre este punto. Estoy persuadido que el mayor obstáculo al progreso de la botánica ha sido querer hacer también con ella una parte de la medicina. Ello, creo, es lo que la ha vuelto baja, ridícula y separada de alegría, siendo realmente en sí una actividad agradable. Las formas más elegantes, los más vivos colores de las flores primorosas, sus perfumes deliciosos, todo ello es un estudio atrayente y apropiado, sin parangón, sin reparo, sin otra fatiga que aquella de los paseos campestres, sin otro instrumento que un pequeño microscopio, una aguja, unas pinzas y unas tijeras. Cuan diferente este gentil estudio respecto al de su anatomía, donde el horrible instrumento revela a la vez al corazón y a los sentidos, conviviendo con un cadáver o casi un mineral, con el fatigoso esfuerzo de arrancarlas de las entrañas de la tierra y analizar a grandes rasgos, frecuentemente con grandes riesgos en las cuevas de los Cíclopes.

Los cercanos esmaltados de las flores son el único laboratorio del botánico. La excursión es su único trabajo. Llevar cómodamente todos sus instrumentos en su bolsa, no se ha de ocupar sino de objetos amables y no ve sino guirnaldas en las riberas, donde el herborista sólo ve hierbas para sus lavativas. No hay que rechazar a la botánica por ser un estudio tan delicioso al separarlo de la medicina y devuelto al naturalista.

Pero la ignorancia y el prejuicio se preguntará para qué sirve la botánica. Comentarán que el mundo ha sido, por tanto, hecho para las enfermedades y si la historia natural no cura de la fiebre con su estudio no es bueno para nada. Estoy de acuerdo que los trabajos útiles al cuerpo deben tener la preferencia; pero de todos los usos que hacemos con nuestro tiempo libre, aquellos que nos curan de la ignorancia y del error son, sin duda, los menos inútiles Y si se le permite tener al hombre distracciones, permitidle como tal, por lo menos, el examen del universo y sus partes. Pues no todo el mundo tiene los meritos y los medios de poder pasar su vida matando animales o de quemar las cartas; está bien que algunos ociosos se diviertan contemplando la naturaleza.

Two Monkeys in the Jungle

Henri Rousseau, Dos monos en la jungla, 1909.

2

¿Acaso no es de los hombre sensibles acercarse a la belleza natural sin o mezclando siempre algún interés personal? Para observar, para admirar las maravillas de la organización vegetal, ¿habrá absoluta necesidad de ser médico? El atavío de la tierra, ese ornato imponente y radiante, ¿no amerita, acaso, nuestra mirada? Esos colores, esos olores, esas figuras elegantes y variadas ¿acaso han sido dada a las plantas para sólo hacerlas moler en el mortero? Ah! Sepamos amar a la naturaleza, sepamos mirarla, estudiarla, conocerla, sepamos admirar las bellezas que no es sino para adornarla, aprendamos a permanecer entre ella y nosotros, y nos cure de la ociosidad, del fastidio, de ser una carga para nosotros mismos y para los demás. Démonos entretenimientos fáciles, inocentes, amables que nos dispensen de encontrar la ruina, o actos criminales o insensatos. Si el estudio de las plantas no purifica el alma, como lo hace conmigo, no logro visualizar ninguna otra cura para ella.

Tan pronto que veas la tierra cubrirse de una extraña colcha verde y casi imperceptible, date prisa en cambiar o de retirar las plantas que quisieras conservar porque ellas no tardarán mucho en perecer.

Henri Rousseau, Caballo atacado por Jaguar, 1910

3

Ello sería entregar un gran servicio a las personas ocupadas que las libraría de la importunidad de los ocios, y la mejor forma de lograrlo sería de ocupar así a los ociosos mismos en ello.

4

Por qué no se busca en ese libro de la botánica más valor en él del que he advertido desde las primeras palabras de su título, que no es otra cosa sino la distracción de un hombre ocioso, y al que debo agregar aún que él no es sino obra de un ignorante.

Que en esos majestuosos bosques que coronan las montañas, en sus frescos parajes que bordean los riachuelos de los valles, otros no buscan sino drogas. Los farmaceutas no ven en el rico cañamazo de las praderas sino hierbas para sus brebajes, independiente de lo que la vida humana gane en ello, bien sea si los hombres se porten mejor o vivan más tiempo. Para mí sólo veo objetos de admiración que me transportan y me hacen respetar la organización que los produjo. ¿Por qué debería cortar, secar, machacar en un mortero las rosas, la reseda, la Euphrasia? Destruiría sus elegantes ramas, su bello follaje, su tupido tejido brillante y delicado de esas flores. No, yo contemplaré, recogeré, extraeré, observaré, y quizás anatomice pero no iría con una mano estúpida y brutal apilando y desgarrando las frágiles bellezas que admiro. Veo que mis ojos las disfrutan, que las observan, que ellas los agotan, que en ellas se sacian si es posible: sus figuras, sus colores, esa simetría no ha sido puesta ahí por nada.

5

Las hojas de la espinaca, del avum, de la acedera, del bon Henri se parecen tanto que se podría alguna vez confundirse.

Pero si aquellas hojas que ve son farinosas, es el bon Henri. Si ellas son ácidas al gusto es la acedera. Si ve un trazo paralelo a lo largo de su borde y a contra luz, es el avum. La espinaca es entonces fácil de distinguir. No tienen nada de eso.

La hoja de la succisa parece un poco a las de la jacea y a otras plantas. Pero si quiere distinguirla de una sola mirada, rasgue dulcemente la hoja: si ve un hilo sutil y se extiende a las dos mitades de la hoja, es la succisa infaliblemente. Para probar tire la raíz. Si la encuentra roída y mordida, también por ello puede ser nombrada Mordida-del-Diablo.

6

Botan. François.T.I. p.154.

El público que no tiene nada de método y poco conocimiento de las especies no da al Cerezo el nombre del Ciruelo; pero quien quiera que conozca y admita los géneros le placerá, sin sorpresa y sin pena, poner al Cerezo en los géneros de los ciruelos.

Henri Rousseau, La comida del león, 1907

7

Adanson reclama a Linneo de haber criticado la singular frase de Tourrefort: Vicia flore, vicia sepium, como si ignorase, agrega Adanson, que las plantas de diferentes familias podrían tener parecido unas con otras en relación con alguna de sus partes, pero eso no es de lo que se trata aquí. Para distinguir dos especies del mismo género no hay que señalar lo que tienen en común sino aquello que las diferencia. Porque a la final, no hay planta que tenga las flores más parecidas a las del vicia sepium que la vicia sepium misma. Para distinguirla no es suficiente haber dicho lo que tienen en común si no se le agrega aún aquello en lo que consiste su diferencia.

8

Colores a proveerse

Verde De iris

Bermellón

Laca fina

Azul de Prusia

Ultramar muy puro. 10 o 12 granos al menos

Stil en grano

Goma arábiga

unas conchas vacías y algunos buenos pinceles.

9

D’Alibart en su obra Florae parisiensis prodromus confunde el receptáculo con la placenta. Ambas son ideas distintas. El receptáculo es la parte por donde el fruto se agarra de la planta; la placenta es la parte por donde las semillas toman al pericarpio. Es verdad que cuando las semillas están unidas al receptáculo son la misma cosa; pero todas las veces que el fruto es angiospérmico, el receptáculo y la planta son diferentes.


10

Según Rey, las flores llamadas indeterminadamente polipétalas son aquellas cuya corola está compuesta de más de cinco pétalos. En cambio que los frutos polispérmicos son aquellos que contienen solamente más de cuatro semillas. La diferencia de esta medida numérica viene dada por la numerosa familia de las rosaceas (rosacées) que es toda pentapétala, y las dos familias de las borragineas (borragineas) y de las labiales (labiées) son tetraspermas, lo cual compromete a este autor a tomar la denominación indefinida de varias de ellas más allá de los nombres usados frecuentemente. Pareciera, sin embargo, que hubiera de encerrar aún en los nombres determinados las corolas hexapétalas que llevan la mayor parte de las lilaceas, y por esta razón no llamar polipétalas como ha hecho luego Mr. Ludwig para las flores que no tienen más de seis pétalos.

Henri Rousseau, Negro atacado por un jaguar, 1910.

11

Hay brotes de frutas, brotes de hojas y brotes de frutas y hojas. Los árboles y los arbustos que florecen antes de reponer las hojas tienen todos brotes de fruta y de hojas, pero aquella que saca la hoja antes de florecer, tal como ocurre con el Alisier, el Espino Blanco, etc., no tienen sino que brotes mixtos, a saber, hojas y frutos todo a la vez.

12

Imbricar: adj. Arreglar gradual y alternativamente por niveles como se arreglan las tejas sobre los tejados. Esta disposición tiene lugar más comúnmente en el cáliz de las flores compuestas que en las otras partes de las plantas. Un cáliz imbricado está compuesto de varias hileras de escamas que ciñen y encierran las flores, de manera que la primera hilera interior de escamas las ciña y toque inmediatamente; la segunda hilera de escamas ciñe y toca a la primera; cada escama exterior recubre la unión de dos interiores y cada unión de la segunda hilera cae sobre la mitad de una escama de la primera. La tercera hilera ciñe a la segunda como la segunda ciñe a la primera y así seguidamente; como tales escamas disminuyen gradualmente de tamaño cada hilera es más corta que aquella que la rodea, dejando aparecer la extremidad superior y todas esas hileras se distinguen fácilmente al ojo aunque conecta todas por abajo al mismo disco o receptáculo.

13

Linneo da el mismo nombre de receptáculo a la adherencia del fruto con la planta y a la unión de la semilla al fruto. Me parece más ventajoso seguir en esto a los botánicos franceses que dejan el nombre de receptáculo a la primera y a la otra como placenta.

Henri Rousseau, Joyeux farceurs, 1906.

14

La naturaleza no ha hecho un esfuerzo inútil al ornar y variar el aspecto de las plantas por lo que esconde como por lo que muestra.

Seguramente es un objeto digno de la curiosidad humana de conocer todas los puntos de ese soberbio tapiz que cubre la faz de la tierra

Habría que distinguir aquellas que son ordenadas en espiral

como

aquellas que son alternativas como

y aquellas que son dispersas confusamente (este párrafo está inacabado en el original; nota del traductor).

Porque, por ejemplo, en esa encantadora pequeña flor azul llamada por los botánicos Myosotis Scorpiodes, las hojas de abajo son estrechas en su conexión, largas y redondeadas por la otra extremidad como en forma de espátula y las de lo alto, al contrario son más largas en la base que en la punta. Muéstrese esas dos distintas hojas una al lado de la otra y no se dirá nunca por la forma que ellas pertenecen a la misma planta.

Notas:

[1] Carl von Linne (1707-1735), también llamado Carolus Linnaeus al latinizar su nombre, fue un connotado botánico y naturalista sueco. Dio a la ciencia importantes y prácticos criterios taxonómicos y clasificatorios de los seres vivos, junto a una nomenclatura moderna para dicha clasificación. Crea la forma binaria de hacerlo en la que cada organismo es catalogado atendiendo al género y a la especie. Sin embargo defendió la tesis fijista de la naturaleza en oposición al evolucionismo. Su obra principal fue la ya citada Sistema Naturae de 1735, contemporánea al joven Rousseau.

[2] Para esta traducción se ha utilizado copia del manuscrito que se encuentra en la Sociète Jean-Jacques Rousseau de la Bibliteca Pública de Neuchatel (Suiza), y cotejado con la edición presentada en las Oeuvres completes de J.-J. Rousseau, bajo la dirección de Bernard Gagnebin y Marcel Raymond. Biblioteque de la Pleyade, Editions Gallimard, 1969. t. IV, p.1249-1256.