lunes, 1 de noviembre de 2010

LA DIMENSIÓN ETICA DEL RACIONALISMO CRÍTICO DE KARL POPPER

Por: Carlos Blank
     




                                           
Resumen

Este artículo tiene dos propósitos. El primero es poner de manifiesto la profunda afinidad que hay entre la filosofía de la ciencia y la filosofía social de Karl Popper. El segundo es destacar la dimensión ética que el mismo Popper confiere a la formulación de su posición epistemológica básica, a saber, su racionalismo crítico. En su formulación original podemos encontrar elementos para superar ese irracionalismo mínimo que,  según él, está incluido en su planteamiento y amenaza sus bases. En suma, su posición corresponde a una postura ética o compromiso moral en lugar de a una teoría o doctrina. 

Palabras clave: racionalismo crítico, irracionalismo, decisión ética.                 




Uno de los más sublimes aspectos de la filosofía de Popper es que, aunque austeramente rigurosa en la invocación de los principios de la lógica, destila, no obstante, un profundo sentido para comprender la imperfección humana. 
David Miller 
                                                                                  
A mi juicio, Marx evitó formular una teoría moral explícita porque aborrecía los sermones. Desconfiando profundamente del moralista que vive predicando que se beba agua mientras él bebe vino, Marx se resistió a expresar explícitamente sus convicciones éticas.     
Karl Popper                                       

Las dos citas anteriores recogen las ideas básicas de nuestro trabajo. La primera es que  todo el edificio lógico de argumentaciones del pensamiento popperiano tiene su punto de apoyo en una posición de carácter moral y ético. Que la lección que podemos extraer de todo ello es una lección moral, se resume en la enseñanza socrática acerca de la fragilidad de la razón humana, aunque en el reconocimiento de esta fragilidad se encierra su verdadera fortaleza. Finamente entretejido con la aparentemente fría estructura racional del discurso popperiano es imposible no advertir también su profundo contenido de carácter ético, su profundo sentido moral.  De hecho está tan finamente entretejido que no podemos separar este hilo moral sin deshacer toda su costura, pues ese impulso siempre está atemperado por un modo expositivo de argumentación racional.  
La segunda idea es que esta posición moral está en gran parte de modo implícito y presupuesto en su obra, aunque aparezcan formulaciones aquí y allá, y  busca apartarse lo más posible de cualquier moralismo barato o hipócrita, ese que hace que otros tomen agua mientras nosotros tomamos vino o que nos pide defender con hambre y desnudos una revolución, mientras nosotros comemos bien y nos vestimos elegantemente. 

Feyerabend

Más aún, el punto de vista que pretendemos desarrollar es que el pensamiento popperiano solo puede ser comprendido cabalmente desde una perspectiva ética, desde su trasfondo ético innegable. Quizás el primero en advertir claramente el trasfondo moral de Popper  haya sido Feyerabend, aunque solo fuese para burlarse de esos valores puritanos, como la responsabilidad y la honestidad intelectuales, y nos indicase los recursos bastante oportunistas y bastante poco honestos con los cuales Galileo trataba de imponer sus ideas.  
 Sin embargo, no ha sido sino en años recientes que se ha ido desarrollando una vertiente interpretativa que toma este trasfondo ético como una posible clave unitaria de su pensamiento. Al respecto vale la pena señalar que, en un seminario celebrado en Kyoto en 1992, él lamentaba las diversas orientaciones y reinterpretaciones que se le había dado a sus planteamientos originales, en particular, a su defensa del racionalismo crítico o de la actitud racional, y planteaba la necesidad de recobrar el sentido y contexto ético original de su propuesta. Son diversas las razones que explican este alejamiento de su contexto ético original.
 En primer lugar, como analizaremos más adelante,  fue el propio planteamiento original de Popper el que dio pie a una serie de equívocos y de dificultades que colocaban aparentemente su postura en un callejón sin salida.
En segundo lugar, muchos de sus planteamientos éticos aparecen como presupuestos obvios o como elecciones personales que no requieren análisis ulterior, por lo que suelen ser obviados con facilidad.
Y por último, pero no el menos importante, una de las constantes del autor ha sido la de criticar los peligros que encierra la fácil apelación a la moral y cómo en su nombre pueden cometerse los peores crímenes y barbaridades. Los crímenes que se han cometido en nombre de la moral y de los más nobles sentimientos o ideales morales, han hecho que él sea bastante cauto a la hora de plantear su propia valoración ética. En sus propias palabras:

Las principales perturbaciones de nuestro tiempo –y no niego que vivimos en tiempos perturbados- no se deben a nuestra perversidad moral, sino, por el contrario, a nuestro entusiasmo moral, a menudo mal dirigido: a nuestra ansiedad por mejorar el mundo en que vivimos. Nuestras guerras son, fundamentalmente, guerras religiosas: son guerras entre teorías rivales acerca de la manera de establecer un mundo mejor. Y nuestro entusiasmo moral se halla a menudo mal dirigido porque nos damos cuenta de que nuestros principios morales, sin duda muy simples, son con frecuencia difíciles de aplicar a las complejas situaciones humanas y políticas a las que nos sentimos obligados a aplicarlas. [2]
      

El problema principal al  cual se enfrenta Popper es, sin duda,  a la labor de darle una formulación satisfactoria a su posición clave: su racionalismo crítico. Emprende esta tarea en el que constituye uno de los más fascinantes capítulos de toda  su extensa obra La sociedad abierta y sus enemigos. El título del capítulo 24 habla por sí solo: “La filosofía oracular y la rebelión contra la razón”.[3]  No dudamos en calificar estas páginas como una de las defensas más impresionantes que se hayan llevado jamás a favor de la razón, no sólo en contra de sus enemigos sino también de aquellos que dicen defenderla y sostienen supuestamente una postura racionalista. Efectivamente, uno de los rasgos más sobresalientes de su pensamiento ha sido el de revisar críticamente las posturas que él mismo defiende, con la finalidad de reforzar lo más posible sus propias defensas, de evitar en lo posible flancos débiles que hiciesen fácil el ataque de posiciones enemigas. Cuando se defienden  ideas, no sólo es necesario conocer las debilidades del enemigo sino, con más razón, las propias.   Sin embargo, la forma como él plantea su defensa del racionalismo crítico pareciera indicar, desde el comienzo y por propia confesión, que no puede evitar determinados flancos débiles y que por ende debe hacerle concesiones a la posición contraria. Como decíamos  anteriormente, la forma como él planteó inicialmente su defensa del racionalismo crítico fue en parte la responsable de que se fuese alejando del contexto ético original, de que se fuese difuminando su acento ético y  de que se orientase en otras direcciones imprevistas. Veamos porqué.
Popper se ve ante la difícil tarea de “justificar”-así, entre comillas- o defender el racionalismo frente al irracionalismo. Ya de entrada debe reconocer que el  irracionalismo tiene mejor posicionamiento que el racionalismo, pues está completamente exento de requerir autojustificación alguna. El irracionalista puede adoptar la razón cuando le dé la gana, pero también abandonarla cuando lo desee y no está obligado a dar razones en su defensa, todo ello sin contradecirse o sin temor a contradecirse. En cambio,  al racionalista consecuente no le está permitida esta posibilidad sin poner en peligro su postura, sin minar sus propias pretensiones.
 Pasa a distinguir entonces entre dos tipos de racionalismo: uno no crítico o inclusivo, el otro crítico y no inclusivo. Según el primer tipo de racionalismo, solo puede ser aceptado aquello que está apoyado o bien por la razón o bien por la experiencia. Pero como él señala, “no es difícil ver que este principio del racionalismo no crítico es inconsecuente, pues dado que no  puede, a su vez, apoyarse en ningún razonamiento ni experiencia, él mismo nos indica que debe ser descartado.”[4]
         El racionalismo no crítico o comprensivo se refuta a sí mismo, pues no puede ser sostenido ni por la experiencia ni por la razón. (A un problema similar se enfrentaba para Hume la justificación de la inducción, así como también el principio de verificabilidad defendido por el positivismo lógico.)   La única forma de resolver este dilema es si ya hemos adoptado previamente la posición o la actitud racionalista,  esto es, si previamente estamos dispuestos a aceptar el dictamen de la razón o de la experiencia.

La actitud racionalista se caracteriza por la importancia que le asigna al razonamiento y a la experiencia. Pero no hay ningún razonamiento lógico ni ninguna experiencia que puedan sancionar esta actitud racionalista, pues solo aquellos que se hayan dispuestos a considerar el razonamiento o la experiencia y que, por lo tanto, ya hayan adoptado esta actitud racionalista, se dejarán convencer por ellos. Es decir que debe adoptarse primero una actitud racionalista si se quiere que una argumentación o experiencia dadas tengan eficacia, y esa actitud no podrá basarse, en consecuencia, ni en le razonamiento ni en la experiencia. [5]


Hasta aquí su planteamiento no conduce  aparentemente a ningún problema y luce como una movida perfectamente válida frente al carácter inconsistente del racionalismo no crítico o inclusivo. Sin embargo, esta congruencia se ve seriamente amenazada cuando  a renglón seguido plantea la cuestión en los siguientes términos, mucho más discutibles:

Pero esto significa que todo aquel que adopte la actitud racionalista lo hará porque ya ha adoptado previamente, sin ningún razonamiento, algún supuesto, decisión, creencia, hábito o conducta que caen dentro de los límites de la irracionalidad. Sea ello lo que fuere, podríamos darle el nombre de fe irracional en la razón. El racionalismo dista necesariamente de ser comprensivo o autónomo. [6]

 Y más adelante  insiste en que “el hecho de la actitud racionalista fundamental se basa en una decisión irracional o en la fe en la razón”  y que le confiere “en esa medida cierta prioridad al irracionalismo”. Tal como él mismo plantea las cosas, o bien el racionalismo resulta inconsecuente o bien está obligado a hacerle concesiones al irracionalismo, aunque sea en grado mínimo.   Así pues, no es de extrañar que su decisión a favor de la razón crítica, que él considera como la “más fundamental en el campo ético”, amenace aparentemente toda su postura, al contener un indeseable e irreductible elemento irracional. Para él, la admisión de este elemento irracional en el núcleo del racionalismo crítico constituye una aporía inevitable.
 Tampoco es de extrañar que una de las vías de solución  planteada haya sido la de expurgar al pensamiento popperiano de todo elemento fideista, de todo compromiso ético, de toda convicción moral, y elaborar una suerte de racionalismo auntoinclusivo o pancrítico.  Este camino, emprendido por Radnitzky, Bartley y Vollmer, entre otros, soluciona el problema original, pero plantea nuevas aporías lógicas y está lejos de ser completamente satisfactorio[7]. Por esta vía, además, botamos el bebé junto con el agua, pues perdemos toda la riqueza de matices éticos y morales que están contenidos en la postura popperiana original.
Popper ha reconocido que hablar de racionalismo en lugar de razonabilidad o de actitud racional ha ayudado a extender el equívoco de que se trata de una posición puramente teórica. Por otro lado, reconoce que al hablar de una fe ha dado pie a que se interprete como defendiendo la tesis filosófica del fideísmo. Él aclara estos equívocos a que ha dado pie su formulación inicial, en una intervención espontánea realizada en el ya mencionado seminario celebrado en Kyoto, en la que hace mención explícita de William Bartley.  A continuación reproducimos parte de lo que dijo entonces:

         Esto es lo que yo he llamado Racionalismo Crítico. No es una tesis, no es una 
teoría, no es un dogma. Es la actitud según la cual si nos dedicamos a los problemas de modo crítico podemos aprender. A esto es a lo que yo llamo Racionalismo Crítico. Es muy importante que no es una teoría, y por tanto tampoco es una fe en el sentido del fideísmo.
 Ahora el fideísmo, según Bartley, que está muerto, y diré unas pocas palabras sobre esto –el fideísmo, ¿qué tiene que ver con esto? Yo recomiendo a mis lectores en mi libro una actitud. Si no la recomendase, no tendría sentido. La recomiendo porque pienso que es una actitud que todos deberíamos, al menos, intentar. No digo “deberíamos adoptar”, digo “intentar”. Todos deberían al menos intentar ver hasta donde les lleva. Es la actitud del Racionalismo Crítico. Pero, ¿qué tiene que ver el fideísmo con esto? Si yo recomiendo esta actitud a mis lectores, debo creer en la posible bondad de esta actitud. Y aquí se acabó.  “Creencia” en inglés también se llama “fe”, y “fe” es la misma palabra, la misma raíz, que fideísmo. Sin embargo, mientras el fideísmo es muy importante para los fideístas y, por así decirlo, lo escriben con una F mayúscula, es una tesis filosófica. El fideísta dice: esto es una tesis filosófica.
  Mi Racionalismo Crítico es una respuesta al fideísmo. No es una tesis filosófica, admite que al final puede que realmente no sepamos, y yo siempre hablo por todas partes intentando recordarnos lo poco que sabemos. Y a pesar de saber tan poco, recomiendo esta actitud, al menos para que mis lectores la intenten. Pero debo decir y admitir: ¿por qué lo hago? Por que se trata de una actitud que es buena para probarla o incluso adoptarla. Una actitud no puede ser formulada en la forma de un enunciado, una tesis, una definición ni nada de este tipo, pero uno puede creer que esta actitud hace a la gente amiga más bien que enemiga. Es muy importante aquí qué significa discusión racional. Discusión racional significa discutir no la actitud o cosas por el estilo, sino problemas, y soluciones de estos problemas: por tanto, proposiciones, teorías, etc. Lo que se discute son teorías, proposiciones, etc. El Racionalismo crítico es solamente la actitud abierta para discutir estas cosas. Esta es la situación. El fideísmo no tiene nada que ver. Sólo interviene mi creencia en que se trata de una actitud que es buena para probarla o quizás adoptarla, pero el fideísmo es la tesis según la cual todas nuestras teorías, todas nuestras opiniones deben estar basadas en último término sobre una fe. Espero que se vea que estas dos cosas son completamente diferentes.[8]                            
             
La cuestión que se plantea, entonces, es si podemos preservar el contexto ético en que es formulado originalmente el racionalismo crítico y eliminar también ese elemento indeseable e incómodo de irracionalidad que él dice conceder. En lo que sigue veremos cómo su invitación a al menos intentar probar el racionalismo crítico, está lejos de ser la adopción de una fe irracional, sino que existen buenas razones y consecuencias muy concretas que lo hacen elegible o digno de ensayarlo.
En primer lugar, no cabe duda de que la adopción del racionalismo, o de la actitud o disposición racional, es de carácter moral, es una decisión ética. Pero esto no implica necesariamente, como concede él, que se trata de una decisión irracional y, en consecuencia, pasemos necesariamente al campo del irracionalismo.  Se trata  de una decisión ética o de una convicción moral, “por muchos conceptos la decisión más fundamental en el campo ético”, y como tal no puede ser forzada por argumentos racionales. Pero esto tampoco quiere decir, como él también reconoce, que sea una decisión a ciegas o que no podamos dar argumentos a su favor. Podemos analizar las consecuencias que derivan de tal actitud y argumentar a su favor.

Como vimos antes y nuevamente ahora en nuestro análisis  de la versión no crítica del racionalismo, los argumentos no pueden determinar una decisión moral tan fundamental: Pero esto no quiere decir que nuestra decisión haya de prescindir de toda suerte de argumentos. Muy por el contrario, toda vez que nos veamos ante una decisión moral de tipo más abstracto nos convendrá analizar cuidadosamente las consecuencias correspondientes a las distintas alternativas entre las cuales debemos optar. En efecto, solo si alcanzamos a ver estas consecuencias de forma concreta y práctica conoceremos realmente  el peso de nuestra decisión, pues de otro modo estaríamos decidiendo a ciegas. [9]

Por ejemplo, una de las razones que le conducen a la adopción del racionalismo es que constituye una alternativa al empleo de la violencia, esto significa, que aquel que adopta la actitud racionalista estará siempre menos dispuesto a utilizar algún medio violento que aquel que no adopta esta postura. Popper resume así su postura básica:

'Creo que tengo razón, pero yo puedo estar equivocado y ser usted quien tenga la razón; en todo caso discutámoslo, pues de esta manera es más probable que nos acerquemos a una verda­dera comprensión que si meramente insistimos los dos en tener la razón'. [10]

Esta disposición a escuchar los argumentos del otro, a conceder el beneficio de la duda al momento de defender nuestras opiniones, a reconocer que podemos estar equivoca­dos y, sobre todo, a reconocer que el otro puede tener razón, aunque al comienzo pensemos lo contrario, es una disposición o una actitud de consecuencias invalorables en los asuntos humanos.  Para él esta disposición a escuchar los argumentos  del adversario es comparable a la "actitud que trata, en la medida de lo posible, de transferir al campo de las opiniones en general las reglas de todo procedimiento legal: primero, que se debe oír siempre a ambas partes; segundo, que quien es parte en el caso no puede ser un buen juez."[11]   Esta disposición supone una diferenciación importantísima entre los argu­mentos que sostiene una persona y la persona que los sostiene. Esto implica que podemos atacar los argumentos de una persona, sin dejar por ello de respetar la dignidad de la persona que los profiere, que po­demos criticar sus argumentos sin atacar directamente a la persona. Este cambio de espadas (swords) por palabras (words), constituye un paso decisivo en la evolución humana y supone que nuestros argumentos pueden morir en lugar de nosotros. En efecto, "no se mata a un hombre cuando se adopta primero la actitud de escuchar sus argumentos."[12]  En cambio, "es imposible tener una discusión racional con un hombre que prefiere dispararme un balazo antes que ser convencido por mí."[13]  En resumen:
El hecho de que la actitud racionalista tenga más en cuenta el argumento que la persona que lo sustenta es de importancia incalculable.  El nos lleva a la conclusión de que debemos reconocer en todo aquel con quien nos comunicamos una fuente potencial de raciocinio y de información razonable; se establece, así, lo que podría llamarse la 'unidad racional del género humano'. [14]

Por otra parte, la actitud del irracionalista se caracteriza a menudo  por “ignorar o, cuando mucho, deplorar la existencia de esos seres inferiores que son los racionalistas”, esos “pobres de espíritu consagrados a actividades prosaicas y en gran parte mecánicas, ajenos a los problemas más profundos del destino humano y de su filosofía.”[15]  El irracionalista considera que los verdaderos resortes de la conducta son las pasiones y las emociones y considera que la actitud del racionalista “carece irremediablemente de realismo, pues no tiene en cuenta la debilidad de la ‘naturaleza humana’, la flaca dotación intelectual de la mayor parte de los hombres y su dependencia obvia de las emociones”.[16]   
Popper  no niega la importancia o el valor de los sentimientos y de las emociones en la vida humana, pero  está firmemente convencido  de que esa insistencia en las capas más profundas del ser humano, en el predominio de lo emocional y lo pasional, conduce a la larga a la violencia y al asesinato. Esta actitud “debe conducir a la idea de que el pensamiento es tan solo una manifestación algo superficial de o que yace dentro de esas profundidades irracionales” y “debe llevar a la  creencia de que ‘pensamos con nuestra sangre’, ‘con nuestro patrimonio nacional’ o ‘con nuestra clase’” o, finalmente, a “la idea de espíritus selectos o inspirados que ‘piensan por la gracia de Dios”.[17]   Él se resiste, por razones morales, a aceptar cualquiera de estas concepciones inmodestas, pues “no juzgan los pensamientos por sus propios méritos”. Además, esta apelación al vínculo emocional entre las personas  tiende a dividir más a las personas que a unirlas.

Emocionalmente, todos dividimos a los hombres entre aquellos que están cerca nuestro y aquellos que están lejos. La división de la humanidad entre amigos y enemigos es un distingo emocional elemental, tanto, que ha sido reconocida incluso en el mandamiento cristiano: ‘¡Ama a tus enemigos! … De este modo, aun la apelación a nuestros mejores sentimientos, el amor y la compasión, sólo pueden tender a dividir a la humanidad en diferentes categorías.[18]

Esa apelación a los más nobles sentimientos morales puede fácilmente convertirse en lo contrario, abre la puerta para que también se manifiesten los más bajos o menos nobles. Esto es particularmente cierto, según él,  en el caso de aquellos que apelan al gobierno directo del amor en lugar de la razón. Pero para él tal actitud emocional en relación con la humanidad en abstracto  no es posible, pues "podemos amar a la humanidad sólo en ciertos individuos concretos”, ni  tampoco es deseable, puesto que esta "apelación a nuestros mejores sentimientos, el amor y la compa­sión, sólo puede tender a dividir la humanidad en diferentes catego­rías."[19]  Estos nobles sentimientos difícilmente pueden sustituir a la razón en la solución de los conflictos humanos, pues no fomentan pre­cisamente la imparcialidad y, en cambio, le brindan una oportunidad para que actúen "a aquellos que sólo quieren y pueden gobernar por el odio."[20] La apelación a los sentimientos más nobles abre la espita para que apa­rezcan los menos nobles, razón por la cual "ningún sentimiento, ni si­quiera el amor, puede reemplazar el gobierno de las instituciones con­troladas por la razón."[21]
 Estrechamente vinculado a lo anterior está el impulso a hacer feliz al ser amado, está la búsqueda de la felicidad como un objetivo político.  Este es de todos los ideales políti­cos no sólo el que revela mayor ingenuidad, pues no es posible hacer felices a los hombres por medios institucionales, sino el que reviste también mayor peligrosidad.
Pero de todos los ideales políticos quizás el más peligroso sea el de querer hacer felices a los pueblos. En efecto, lleva invaria­blemente a imponer nuestra escala de valores 'superiores' a los demás, para hacerles comprender lo que a nosotros nos parece que es de la mayor importancia para su felicidad; por así decirlo para salvar sus almas. Y lleva al utopismo y el romanticismo. Todos tenemos la seguridad de que nadie será desgraciado en la comunidad hermosa y perfecta de nuestros sueños; y tampoco cabe ninguna duda de que no sería difícil traer el cielo a la tierra si nos amásemos unos a otros. Pero como dijimos antes, la tentativa de llevar el cielo a la tierra produce como resultado invariable el infierno.  Ella engendra la intolerancia, las guerras religiosas y la salvación de las almas mediante la Inquisición. Se basa además –a mi entender- en una interpretación completamente errónea de nuestros deberes morales. [22] 


Claro que, como dice Popper: "¡A quien podría no gustarle traer el paraíso a la Tierra!  Y sin embargo debemos tener como principio rector de toda política racional el de que no podemos traer el paraíso a la Tierra."[23]  Y añade:

En política, al igual que en medicina, lo más probable es que el que promete demasiado sea un charlatán. Debemos dar el máximo para mejorar las cosas pero debemos abandonar la idea de una piedra filosofal o de una varita mágica capaz de convertir nuestra corrupta sociedad humana en oro puro y perdurable.[24]

        Por lo menos durante un tiempo, acota  con tono humorístico, debemos acostumbrarnos a la idea de que no somos ni vamos a convertirnos en espíritus puros o ángeles, o cualquier cosa que se le parezca.
   En el dominio de las políticas públicas debemos ser muy precavidos y cautelosos con las metas e ideales que nos proponemos realizar. En particular, el concepto de felicidad es un concepto bastante elusivo   Ya Kant había señalado el carácter contingente que un concepto como el de felicidad tiene, pues depende de consideraciones subjetivas acerca del placer y del dolor, por lo que es imposible elabo­rar a partir de él una guía práctica o una ley universalmente valedera para todos los hombres. En particular, Kant se oponía también a toda forma de “gobierno benevolente” porque entendía la amenaza a la libertad que ello entraña.

Un gobierno fundado en el principio de la benevolencia para con el pueblo, tal como el de un padre para con los hijos, es decir, un gobierno paternal (imperium paternale) en el que entonces, los súbditos, como niños menores de edad incapaces de diferenciar lo que es verdaderamente útil o dañino, están obligados a comportarse de un modo meramente pasivo a fin de esperar únicamente del juicio del jefe de Estado la manera en que deben ser felices, y solo de su bondad el que él lo quiera igualmente, -un gobierno así es el mayor despotismo pensable (constitución que suprime toda libertad de los súbditos que, por tanto, no tienen derecho alguno).[25]



El problema consiste en que se tratan de manera simétrica el placer y el dolor, cuando en realidad se trata de una relación asimétrica. La concepción utilitarista que privile­gia el placer y la felicidad "supone, en principio, una escala continua del placer al dolor que nos permite tratar a los grados de dolor como grados negativos de placer."[26]   Pero esto es algo que no se puede hacer y me­nos aún cuando esta escala se pretende aplicar a una escala social, pues ello supondría que el dolor de toda una generación puede ser compren­dida como un grado negativo de placer de la siguiente o como una cuota de sacrificio para la felicidad, siempre incierta, de la siguiente.
Por eso, en lugar de las fórmulas utilitaristas que afirman "la mayor suma de felicidad para el mayor número" o "aumentemos la felicidad", debemos emplear fórmulas más realistas y realizables como "la menor cantidad de dolor posible para todos" o "disminuyamos el dolor".  Para él, la reducción del sufrimiento y la injusticia son “los problemas eternos de la moral pública, el eterno ‘programa’ de la política pública.”[27] 
Aparte de consideraciones de orden moral y humanitario, existen razo­nes de orden metodológico y práctico para preferir este otro enfoque del problema, pues "es más fácil llegar a un acuerdo razonable acerca de los males existentes y de los medios para combatirlos, que con respecto al bien ideal y a los medios para materializarlo."[28]  Esta asimetría entre el placer y el dolor no debe ser vista, como una diferencia pu­ramente verbal, sino como una diferencia de enfoques metodológicos, como lo que diferencia a la ingeniería social gradual de la utópica. Esta asimetría guarda estrecha relación con la asimetría que él plantea a nivel metodológico entre la verificabilidad y la falsabilidad.

Se me ocurre que existe cierta analogía entre este punto de vista de la ética y el de la metodología científica que yo propiciaba en mi obra Logik der Forschung. En el campo de la ética se gana en claridad si formulamos nuestras exigencias en forma negativa, es decir, si exigimos la eliminación del sufrimiento más que la promoción de la felicidad. De modo semejante, es útil formular la tarea del método científico como la eliminación de las falsas teorías (de entre las diversas propuestas), más que como la consecución de verdades eternas. [29]


  
Esta asimetría también está presente y constituye la base de un sistema democrático. La democracia constituye el único método disponible, aunque desgraciadamente no infalible, para evitar la dictadura; se trata, en lo fundamental, de un sistema que permite sancionar a los malos gobernantes y desalojarlos pacíficamente del poder. Creer que la democracia constituye el gobierno de la mayoría y que la mayoría no puede equivocarse, constituye una peligrosa superstición que debe ser condenada por razones morales, al igual que la dictadura.[30]
En  última instancia, la adopción de la actitud racional nos compromete moralmente a la defensa de aquellas “instituciones sociales destinadas a proteger la libertad de la crítica, la libertad de pensamiento y, de esta manera, la libertad de los hombres”,  todo ello, por cierto, “no mediante la ‘ciencia’, mediante una autoridad platónica, pseudorracional, sino mediante la razón socrática consciente de sus limitaciones y respetuosa, por lo tanto, de los demás hombres a quienes no aspira a coaccionar, ni aun para procurarles su felicidad.”[31] 
Todo lo anterior pone de manifiesto la opinión de Popper de que el debate a favor de la razón no debe plantearse en un plano abstracto o teórico, sino en un plano ético o humano bien concreto y particular, en el ámbito de situaciones específicas, y desde él, sopesar sus consecuencias.
Después de haber revisado posibles consecuencias prácticas que se derivan de la adopción de la actitud racional en contraste con la actitud irracional, pudiéramos considerar necesario adoptar la primera en lugar de la segunda. Sin embargo,  todo lo anterior no hace racional nuestra decisión a favor de la razón, ningún análisis de las posibles consecuencias podría hacerlo, pues siempre  podemos adoptar otra posición y “somos siempre nosotros los que decidimos”.  Pero ello tampoco implica, como esperamos haber aclarado, que esta decisión sea enteramente irracional o a ciegas. Nuestra decisiones éticas tienen ese elemento final de libertad y no pueden ser por ello determinadas de modo enteramente racional.

Es imposible, a no dudarlo, demostrar la corrección de determinado principio ético o argüir a su favor en la misma forma en que puede razonarse a favor de un enunciado científico. La ética no es una ciencia. Pero aunque no exista ninguna base científica racional de la ética, existe una base ética de la ciencia y del racionalismo. [32]

           En este sentido, el pensamiento ético de Popper se sitúa claramente dentro de la tradición que defiende el dualismo de hechos y normas, de hechos y valores, de hechos y decisiones, de proposiciones y propuestas, considerando que es imposible inferir los segundos a partir de los primeros –lo que se conoce como la falacia naturalista.

La formulación de una decisión, la adopción de una norma o de un modelo, es un hecho. Pero la norma o el modelo adoptado no es un hecho. Que la mayoría de la gente ajusta su conducta a la norma ‘No robarás’ es un hecho sociológico, pero la norma ‘No robarás’ no es un hecho y jamás podrá inferirse de las proposiciones que tienen a hechos por objeto de su descripción. [33] 


 
La naturaleza tiene sus propios patrones

Para él “somos nosotros quienes imponemos patrones a la naturaleza y quienes introducimos, de este modo, la moral en el mundo natural”[34], quienes introducimos la ética en el mundo de los hechos.  Por eso mismo también se opone a todo intento de reducir la ética o una cuestión de gustos o preferencias, de sentimientos o emociones – lo que se conoce con el nombre de emotivismo o expresionismo-, pues todo ello apuntaría hacia una naturalización de la ética. Es bueno lo que nos agrada, malo lo que nos desagrada.   La formulación paradigmática y paradójica de esta posición es la conocida expresión de Hume: “No es contrario a la razón el preferir la destrucción total del mundo a sufrir un arañazo en uno de mis dedos.”
El equívoco surge, para nuestro autor, de que al separar la naturaleza de la convención, asimilamos lo convencional a lo artificial, y lo artificial a lo arbitrario.  Desde luego que muchos de los productos humanos tienen un alto grado de artificialidad y pueden ser considerados, en cierto grado, arbitrarios. Incluso los llamados "lenguajes naturales" tienen un alto grado de artificialidad, pero sería un error considerarlos completamente arbitrarios por eso. Los lenguajes de la ciencia o de la música son altamente artificiales y convencionales, pero de ello no se sigue que sean arbitrarios. En especial, debemos hacer una importante diferenciación entre las decisiones en el plano estético y en el plano ético.

Existe, específicamente, una gran diferencia entre las decisiones éticas y las decisiones en el campo del arte. Muchas decisiones morales involucran la vida o la muerte de otros hombres, en tanto que difícilmente podrían encontrarse, en el campo del arte, decisiones de tal importancia. Resulta en extremo equívoco, decir que un hombre se decide a favor o en contra de la esclavitud, del mismo modo que podría decidirse a favor o en contra de ciertas obras musicales o literarias, o bien, que las decisiones morales son una simple cuestión de gusto. Tampoco son, tan solo, meras decisiones de cómo tornar más hermoso el mundo u otros refinamientos por el estilo; lejos de ello su gravitación es, las más de las veces, decisiva. [35]
  
Con todo lo dicho hasta aquí esperamos que haya quedado suficientemente realzada la dimensión eminentemente moral que reviste la adopción del racionalismo crítico en Popper. Como toda decisión moral fundamental, y esta lo es sin duda, no puede ser determinada lógicamente, pues entonces carecería de ese indispensable elemento de libertad que  requiere toda decisión ética. Pero no por ello se trata de una decisión completamente arbitraria o irracional, de una decisión a ciegas, como él mismo se encarga de demostrarlo.
De este modo ha debido quedar expuesta la fina costura moral con la que está entretejido todo el racionalismo popperiano. Sin dejar de recurrir a argumentos racionales cuando ello es posible, la defensa de la razón emprendida por él está alejada del frío discurso puramente racional y se acerca más al tono de un compromiso moral  o de un acto ético decisivo. Por eso, despojar al racionalismo crítico de su contexto ético original es despojarlo de su rasgo más característico y esencial.

El hombre ha creado nuevos universos: el lenguaje, la música, la poesía la ciencia y, el de mayor importancia aún, la ética, con su exigencia moral de igualdad, libertad y ayuda a los necesita­dos. [36]

En suma, el racionalismo crítico en Popper no puede entenderse meramente como una teoría epistemológica, aunque también lo es; como una mera doctrina filosófica, aunque también lo es; sino como una invitación amigable a probar al menos una disposición a o una actitud de escuchar a los demás en lugar de tratar de imponerles nuestras “verdades” o “creencias”.  Podemos o no aceptar esta invitación y el ser libres de aceptarla o no es sin duda lo más importante en este caso. Así se contrapone a toda forma de adoctrinamiento o de sermoneo moralista. O como dice él: “y puesto que soy un racionalista, no quiero convertir a nadie”[37]
 
Karl Popper
     
                                           

                             



[1] El siguiente artículo es una versión corregida y ampliada de nuestro artículo del mismo título publicado en Lógoi, No. 8, Caracas, UCAB, 2005.
[2] POPPER, Karl: El desarrollo del conocimiento científico. Conjeturas y refutaciones, Paidós, Buenos Aires, 1979, p. 422.
[3] En realidad Popper ya se había ocupado de este problema anteriormente, al señalar que la aceptación provisional de determinados enunciados como elementos de la base empírica de una teoría científica dependía en última instancia de una decisión libre. Con lo cual resolvía el trilema de Fries o, como también se le conoce, el trilema de Münchausen: entre dogmatismo, regreso infinito y psicologismo o detención arbitraria.  Pero es en este capítulo que se reconoce explícitamente la dimensión moral de esta decisión libre como principio de su racionalismo crítico. También nos hemos ocupado del carácter intersubjetivo y al mismo tiempo autónomo de la racionalidad en “Popper y el problema de la autonomía del pensamiento sociológico”,  Lógoi, No. 4.  Caracas, UCAB, 2001, pp. 15-37.
[4] POPPER, Karl: La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona, 1981(1945), p. 397
[5] POPPER, Karl: La sociedad abierta y sus enemigos,  pp.397s.
[6] Ibid., p. 398.
[7] Véase en particular RADNITZKY, Gerard & W. Bartley III (ed.): EvolutionaryEpistemology, Rationality and the Sociology of Knowledge, Open Court, Illinois, 1988. El racionalismo crítico es autoinclusivo en la medida en que sostiene que toda tesis es revisable, incluyendo la del propio racionalismo crítico. Para un excelente análisis de este problema véase: BÜBNER; Rudiger: La filosofía alemana contemporánea, Cátedra, Madrid, 1984, pp. 132-150.
[8] En ARTIGAS, Mariano: Lógica y ética en Karl Popper, Eunsa, Pamplona, 1988, pp. 30s. Este libro constituye un minucioso análisis de cada una de las oraciones que Popper dijo en aquella oportunidad. También existe una versión más breve con el mismo título en formato electrónico.
[9] POPPER, Karl: La sociedad abierta y sus enemigos, p. 399.
[10] POPPER, Karl: El desarrollo del conocimiento científico, p. 410.
[11] Ibid., pp. 410s.
[12] La sociedad abierta y sus enemigos, p. 404.
[13] El desarrollo del conocimiento científico, p. 411.
[14] La sociedad abierta y sus enemigos, p. 393.
[15] Ibid., p. 396.
[16] Ibid., p. 400.
[17] Ibid., p. 402.
[18] Ibid., p. 401.
[19] Ibid., p. 406.
[20] Ibid., p. 402.
[21] Ibid., p. 403.
[22] Idem.
[23] Ibid., p. 628, 4n.
[24] Idem.
[25] KANT, Immanuel, Teoría y Praxis, pdf. p. 23, copyright www.elaleph.com, 1999. Por eso señala también: “El soberano quiere hacer feliz al pueblo según la idea de felicidad que él mismo tiene, y se convierte en déspota”. Para un excelente tratamiento de este tema véase de Lucas, Javier: “Sobre el origen de la justificación paternalista del Poder en la Antigüedad”, Doxa 5, 1988. Véase también POPPER, Karl: “Observaciones referentes a la teoría y praxis de los Estados democráticos”, en La responsabilidad de vivir, Paidós, 1995, pp.183-202. Por eso Popper entiende las formas totalitarias como expresión de una profunda necesidad de tener un Jefe, un Líder, un Führer o un Padre, si se quiere.  De allí su  fácil arraigo.
[26] La sociedad abierta y sus enemigos, pp. 533, 2n.
[27] Ibid., pp. 403s.
[28] Ibid., p.159.
[29] Ibid., p. 534, 2n.
[30] Hemos abordado este tema con más profundidad en “Una aproximación al liberalismo crítico de Karl Popper”, Lógoi, No. 15, Caracas, UCAB, 2010, pp. 76-92.
[31] La sociedad abierta y sus enemigos, p. 404s.
[32] Ibid., p. 404.  (Subrayado nuestro)
[33] Ibid., p. 73.
[34] Ibid., p. 71.
[35] Ibid., p. 74.
[36] Idem. (Subrayado nuestro)
[37] “A propósito del tema de la libertad” en La responsabilidad de vivir, p.140.
LA TELEVISIÓN: UN PELIGRO PARA LA DEMOCRACIA.
Autor: Karl Popper y John Condry.
Traducción libre de David De los Reyes.






INTRODUCCIÓN.
POR GIANCARLO BOSETTI.
YA DESPUÉS DE ALGUNOS AÑOS, Karl Popper proyectaba lanzar la propuesta que se encuentra en el ensayo que nosotros presentamos aquí, seguido de un ensayo de John Condry. Desde 1991, había comprendido bien, en el curso de nuestras conversaciones, cuando el dijo que "nosotros educamos a nuestros niños para la violencia por la televisión y los otros medios de comunicación" y que "ello hacía desgraciadamente tener que recurrir a la censura", eso no traduce la irritación de un misántropo, ni tampoco una actitud personal, por otra parte respetable, sino más bien el resultado de una reflexión madura sobre el hecho de cómo se trasmite la cultura y el espíritu cívico, de cómo el Estado de derecho se impone y se consolida, y de cómo funciona la democracia. Hay ciertamente una parte de provocación en ese llamado a la censura - que tiene por otra parte un lugar aislado, el juicio manifiestamente ineficaz e irrealizable en una democracia: lo teórico de la sociedad abierta, la de los mayores intérpretes del pensamiento liberal, deseaban, de hecho, lanzar un vibrante grito de alarma.
Ello no sería, para Popper, tener ahí la solución simple al problema de la televisión; todo remedio imaginable debe ser compatible con los principios de la democracia y del liberalismo. Una amplia literatura, principalmente norteamericana, de la que el trabajo de John Condry ofrece una síntesis útil, testimonia los daños que inflinge a la sociedad una expansión descontrolada del poder de la televisión: se trata de tiempos malgastados, de la influencia nefasta que ella ejerce sobre los comportamientos, de la concurrencia que ella instaura con la familia y con la escuela, de la distorsión del debate público, de la inflación desmesurada de mitos y de la "vedetización". Pero la televisión es igualmente la expresión y la manifestación de un principio de libertad, por lo cual se trata de ver como se puede limitar su poder en un ambiente liberal.
En un primer momento, Popper volvería sobre las bases mismas del Estado de derecho: "en el corazón del Estado de derecho, hay la no-violencia. Por consecuencia, nosotros descuidamos más nuestro deber de educar la no violencia, más nosotros deberíamos aplicar las leyes penales y normas restrictivas severas en el dominio de la edición, de la televisión y de las comunicaciones de masas". En otros términos, la cultura con la que se tendría que nutrir el Estado de Derecho debería estar inspirada para refutar la violencia, que es la esencia misma de la democracia; ello haría menos necesario el hacer pasar sobre los individuos medidas represivas, de amenazas de encarcelamiento, de controles opresivos. Cuanto más desarrollada esté la vida cívica y el nivel de educación de los ciudadanos sea más elevado, menos el Estado, con todos sus mecanismos, tendría que intervenir. "Es un principio muy simple", agrega Popper, refiriéndose otra vez a Kant. "Y la idea es siempre la misma: extender al máximo la libertad de cada uno en los límites que impone la libertad de los otros. O, si persistimos en ese punto, nosotros nos encontramos rápidamente en una sociedad donde el asesinato será menos corriente".
Sobre el camino que conduce a la sociedad abierta hacia un mundo mejor, la televisión representa un obstáculo mayor, pues ella no es solamente hija del progreso técnico sino también de la libertad. "Nosotros tenemos deseo de libertad", escribía Popper reflexionando sobre las paradojas de la democracia, "en impedir al Estado de abusar de su poder, y tener necesidad del Estado para impedir que la libertad sea arrastrada por el abuso". Y agrega: "Está claro que es un problema que no puede jamás ser resuelto en abstracto y en teoría por las leyes. Le falta una corte constitucional y, sobre todo, de la buena voluntad". "De todas formas, -continúa-, nuestro amor por la libertad nos debe inducir a negligir los problemas ligados al uso abusivo de la libertad" como "la consecuencia de la coexistencia humana" .
La televisión instituye la violencia en el seno de la sociedad: tal es la primera y principal acusación que el filósofo vienés esgrime contra ella; la compara igual a la guerra. La una y la otra, por caminos diferentes, hacen sufrir perturbaciones catastróficas al corazón normal de la vida social; la una y la otra arrastran a una "pérdida de los sentimientos normales que son el corolario de un mundo bien ordenado" esto donde el crimen queda como una "excepción extraordinaria". Y sobre esta acusación, como se verá luego, Popper no recula. Da, paralelamente con Condry, igualmente una justificación todavía más argumentada desde el punto de vista de la educación. Pero esta acusación no es la única que ejerce contra ella. Considera que nuestra época todavía no ha medido plenamente la importancia de la televisión y de sus efectos en la sociedad; Popper evoca, con calma, la paciencia y la generosidad de un maestro opuesto a los niveles que faltan de madurez, otro dominio gravísimo producido por ese ingenio electrónico. De hecho, su relativa novedad y por la inercia de las instituciones políticas incapaces de regir con rapidez, la televisión ha llegado a ser un poder incontrolable y un poder incontrolable en relación a los principios de la democracia.
Es así que Popper hizo suya la idea de completar su reflexión por una proposición política de que el texto que presentamos aquí enuncia las observaciones y el esquema global. Su análisis, como también sus proposiciones, aparecen más reflejados, más completos y más realistas; ellos no fueron verosímiles cuando él lanzó su primer grito de alarma. No es solamente una cuestión de violencia, sino del desequilibrio de la vida política, de la corrupción del discurso público, de la dificultad más y más grande de percibir la diferencia entre la realidad y la ficción. Eso lleva largamente a hacer sentir la necesidad de que nosotros seamos informados de los efectos de la lata de imágenes; una formación que debería ser útil y obligatoria para todos aquellos que tienen una responsabilidad directa frente a la televisión.
Hasta el presente la proposición de Popper no ha dado lugar sino a algunas menciones sumarias y parciales: censurar la violencia, imponer un juramento a aquellos que trabajan para la televisión, instaurar una autorización revocable. Se podrá conocer de ahora en adelante el contenido de su proyecto en su integridad y dar -esperaba él-, una discusión menos superficial y menos limitada que la que se ha hecho hasta hoy día .
Antes de exponer sus ideas en las páginas que siguen, Popper había intentado tres veces exponer su proyecto en la televisión testimoniando así su confianza sobre los medios de comunicación. El lo hizo por un canal nacional alemán, por una cadena italiana y por la BBC inglesa. Pero esa confianza fue apenas recompensada. Cortes, diferimientos, horarios mal escogidos, vinieron a ahogar el proyecto del filósofo. "Se habla de censura..." dijo Popper a la persona de la televisión, "pero son ellos, los productores de TV, quienes tienen el poder de censurar todo a su elección, y quedan sin sacar nada". Ni en los periódicos, ni en los parlamentos de los países europeos, el proyecto fue objeto de una discusión de fondo. Los trabajos del Parlamento europeo se han mantenido hasta el presente ignorantes y sin la menor eficacia, tanto como aquellos del Consejo de las Comunidades europeas que no obstante emitieron un comunicado haciendo explícitamente referencia a la protección de los menores y a la función educativa de los programas televisados.
Si Popper nos ha dado luz sobre diferentes aspectos de la educación, de la psicología, de la evolución y de la biología del ser humano en la era de la televisión, se explica, entre otras cosas, por la diversidad de disciplinas que ha estudiado a lo largo de su formación. No es necesario repetir que el autor de La Lógica del descubrimiento científico y de La Sociedad abierta y sus enemigos no sea solamente un filósofo o un epistemólogo. Luego de su tesis doctoral, Popper ha evolucionado entre la filosofía y la psicología, ciencia por la cual se interesó y profundizó desde el punto de vista de la biología. El fue miembro de la Academia Americana de las ciencias en la sección consagrada a la evolución y a la biología. Pero otra de sus competencias particulares en toda su obra demuestra una no menos interesante: Popper fue educador durante todo un período de su existencia. El se ocupó de niños vieneses entre 1918 y 1937, antes de abandonar su país. Colaboró largamente con Alfred Adler y su Sociedad de psicología individual. En este último empleo, fue consultor del gobierno austríaco hasta el advenimiento del nazismo; aquel había instalado varias clínicas especializadas para la atención de niños inadaptados. Popper trabajó en contacto con esos niños en el marco de las investigaciones de la sociedad, pero él tuvo igualmente un empleo de educador por la municipalidad de Viena.

UNA LEY PARA LA TELEVISIÓN.
Karl Popper .

EL ARTÍCULO DE JOHN CONDRY publicado muestra dos cosas: la inmensa influencia que ejerce la televisión sobre los niños y el tiempo considerable que pasan mirando, tales fenómenos están manifiestamente unidos. El autor de ese ensayo parece muy bien informado sobre el tema y habla en forma objetiva y clara. Al final de su artículo, concluye diciendo, que no se puede reprochar a los niños por el tiempo que pasan delante de la televisión y que ellos no son culpables de recibir por medio de la televisión una información deformada. Y el análisis que él hace de la televisión nos deja bien desarmados, ya que según él: "la televisión no está destinada a desaparecer y es poco probable que constituya un día un ambiente favorable a la socialización de los niños".
Quisiera hacer sobre este punto una observación. Tengo la impresión que se ha producido este año , particularmente en Gran Bretaña, una ligera mejoría, más ella es tan pequeña que no sé si valga la pena que amerite hablar de ella. De todas formas es posible afirmar que la situación no ha empeorado desde los últimos tiempos, cuando en el curso de estos últimos años la televisión no había cesado de degradarse sensiblemente a todos los niveles.
Coundry nos dice, un poco más lejos, que la televisión es incapaz de enseñar a los niños las cosas necesarias para su educación. O, si Uds. prefieren: tal como está organizada hoy día la televisión no puede jugar ese rol. Pienso, más bien, que la televisión, cuya influencia puede ser terriblemente nociva, podría ser, al contrario, una extraordinaria herramienta de educación. Ello podría serlo, aunque es poco probable que sea, porque hacer de ella una institución cultural beneficiosa representa una labor particularmente ardua. Para decirlo en forma simple, es difícil encontrar las personas capaces de producir cada día, durante veinte horas consecutivas, emisiones de valor. Es mucho más fácil, en cambio, encontrar gente capaz de producir por día veinte horas de emisiones mediocres o malas, con, tal vez, una emisión de buena calidad de una o dos horas. Nos encontramos, de hecho, frente a un problema extremadamente arduo: a medida que son más numerosos los canales es mucho más difícil de encontrar profesionales verdaderamente capaces de producir programas a la vez atrayentes y de buena calidad.
Hay, pues, una dificultad interna fundamental, que está en el origen de la degradación de la televisión. Su nivel ha bajado porque los canales de televisión, para mantener su audiencia, se encuentran en la obligación de producir más y más programas sensacionalistas. Y lo que es sensacional raramente es bueno.
Ahora, si se me pide explicar lo que es bueno y lo que es malo, diría que no soy muy amante de las definiciones. Creo, sin embargo, que toda persona responsable y dotada de buen sentido, sabe lo que se puede entender por bueno y malo en ese dominio. Es un punto en el que no profundizaría mucho más. Recordemos simplemente que hay gente interesada en problemas de educación, particularmente en América, donde esos temas ocupan un gran lugar en las universidades. No falta, pues, gente que no sepa discernir, en el plano de la educación entre lo que es bueno o no lo es. Y me parece que ese tipo de capacidades podría servir para hacer nacer una producción televisiva muy superior, sabiendo, igualmente, que ello no sería una tarea fácil, porque es necesario personas con talento para realizar programas interesantes y de buena calidad a la vez.
He ahí el problema fundamental, pero hay otro también no menos importante: los canales son demasiados numerosos ¿Por qué ellos están en competencia? Es totalmente evidente que es para acaparar a los telespectadores y no por fines educativos. Ellos no compiten ciertamente para producir programas de alta calidad y de corte moral, que inculcaría a los niños una cierta ética. Ello es un punto importante y delicado porque no se puede enseñar una ética a los niños sino sólo ofreciéndoles un ambiente sano e interesante y presentándoles ejemplos edificantes.
Bajo esas condiciones ¿Qué debemos hacer?
El análisis de Condry no nos da ninguna esperanza, pero ello tiene el mérito de no hacernos creer ninguna receta ilusoria. Si consideramos nosotros la historia de la televisión constatamos que en sus comienzos ella era relativamente buena. No veíamos esos programas mediocres que hemos conocido más tarde; proponía buenos filmes y programas honestos. Es verdad que al principio la audiencia era casi nula y que la demanda del público no se había aún desarrollado. La producción podía ser más selectiva.
Es, por otra parte, interesante escuchar a los productores de programas de televisión sobre esta cuestión. En ocasión de una conferencia que hice hace algunos años en Alemania, pude encontrarme con el responsable de una cadena que había venido a escucharme con algunos de sus colaboradores. Me abstengo de nombrarlo para evitar cualquier problema personal. En el curso de nuestra discusión me lanzó una proposición espantosa que a él le parecía naturalmente indiscutible: "Nosotros debemos ofrecer a la gente lo que ellos esperan", decía, por ejemplo, como si él pudiera saber lo que la gente quiere, simplemente apoyándose sobre las estadísticas de la audiencia. Todo lo que se puede obtener, eventualmente, son indicaciones sobre las preferencias de los telespectadores ante los programas que le son ofrecidos. Tales cifras son incapaces de decirnos lo que podemos o debemos proponer y ese director de canal no puede saber mucho de cuáles elecciones harían los telespectadores ante otras propuestas que no sean las suyas. De hecho, estaba convencido de que la elección no era posible sino únicamente en el marco de lo ya ofrecido y no consideraba ninguna alternativa. Tuvimos una discusión realmente increíble. Su posición le parecía conforme a "los principios de la democracia" y pensaba que debía seguir en la única dirección que era comprensible para él, la cual consideraba como "la más popular". Nada en la democracia justificaría la tesis de ese director de canal el hecho de que presentar programas más y más mediocres corresponda a principios democráticos "porque es lo que la gente espera". ¡ Con esta historia lo que nos queda es irnos al infierno!



La democracia, lo he explicado en otra parte, no es más que un sistema de protección contra la dictadura y en el interior de la democracia no hay ninguna prohibición para comunicar las personas más instruidas su saber a las que son menos. Al contrario, la democracia siempre busca elevar el nivel de educación, es su aspiración auténtica. Las ideas de ese director de canal no corresponden para nada al espíritu democrático, que siempre ha sido ofrecer , a todos, las posibilidades de mejorar y de tener mejores posibilidades. Al contrario, sus principios conducen a proponer a los telespectadores programas más y más malos; que el público los acepte, por poco que se les agregue violencia, sexo y sensacionalismo. De hecho, al hacer más uso de ese género de ingredientes, más se incita a la gente a pedirlo. Y como esas prácticas son las que los roductores comprenden mejor y que suscitan una más fácil adhesión del público, se renuncia a propuestas más exigentes. Se contentan con agregar algo picante en los programas. Y el director del canal se imagina haber resuelto así el problema. Es lo que se produce año tras año desde que la televisión apareció: se agrega siempre más picante sobre los platos de baja calidad, a fin de hacer pasar su gusto detestable o insípido.


Yo tenía cerca de cuarenta años cuando comenzaron las primeras emisiones de televisión y tuve una discusión muy animada con una dama, doctora en psicología, que había sido encargada por el gobierno británico para estudiar si la televisión representaba o no un peligro para los niños. Su veredicto fue el siguiente: no, la televisión no presenta para ellos ningún daño. Sin duda ella había llegado a esta conclusión luego de haber mirado algunos programas en la televisión, que para entonces comenzaba, y había juzgado sobre esa base. El gobierno británico fijó su juicio y no se preocupó más de ese problema. Es a partir de ese momento que los niveles de las producciones televisivas comenzaron a bajar lenta pero firmemente; hasta hace alrededor de un año, puesto que el número de crímenes y de escenas violentas presentadas en las emisiones infantiles suscitó tantas protestas que esta degradación, hasta entonces regular, disminuyó sensiblemente.
Hace ocho años sostuve en una conferencia la tesis según la cual nosotros educábamos a los niños para la violencia; que esa situación no cesaría de empeorar si no se intervenía, pues cualquier cambio siempre tomaría el camino más fácil. En otros términos, siempre vamos allí, donde las dificultades y los problemas se resuelvan con un mínimo de esfuerzo. La violencia, el sexo, lo sensacional, son los medios a los cuales los productores de televisión recurren más fácilmente: es una receta segura, siempre apta para seducir al público. Y si se deja así, ello es suficiente para aumentar la dosis. Por otra parte es muy probable que ese mecanismo vuelva a aparecer incluso si la situación mejorase. Yo no conozco la televisión italiana, pero esto es lo que pasa en Inglaterra y en los Estados Unidos. Se han censado un número de casos no despreciables donde los autores de los actos criminales han reconocido estar inspirados en lo que ellos han visto en la televisión. Hay también el caso de dos niños de diez años y medio que raptaron y mataron sin ningún motivo a un niño pequeño de dos años en febrero de 1993, en Liverpool.
El suceso hizo mucho ruido e inquietó profundamente la opinión pública: no se conocieron nunca los precedentes de un acto tan horrible. La discusión fue viva y no faltó el establecer un vínculo con la televisión, más muchos expertos tomaron la palabra para declarar que eso era un error, sobre el plano de la psícología. Es por lo cual yo tiendo a tomar una posición simple y llana sobre las relaciones psicológicas que existen entre los niños y la televisión.
Ya que hablamos del pensamiento, deberíamos evocar la idea de la orientación en el mundo, que es esa capacidad fundamental del ejercicio del pensamiento. ¿De qué se trata? En suma, es la aptitud de encontrar nuestro camino en el mundo. Aquí me regreso bien atrás. Ese tema me es muy familiar, y si bien no he escrito nada preciso sobre ese punto, se pueden encontrar los elementos en diversas obras que yo he consagrado a la teoría del conocimiento. Porque en la relación entre infancia y televisión nos encontramos de cara con un problema de evolución: cuando los niños vienen al mundo ellos deben cumplir una tarea difícil, se deben adaptar a su ambiente. Por tanto que yo sepa, esa noción, muy simple, nunca se ha tocado en una discusión sobre la televisión. En otros términos, con las condiciones innatas de las cuales ellos disponen para salir al mundo, los niños están equipados para poderse adaptar a los diferentes medios que ellos encuentran. Así, su evolución mental dependen estrechamente de su medio y eso que nosotros llamamos educación es simplemente el medio del cual nos servimos para actuar sobre ese medio, para hacerlo favorable a su desarrollo. Enviamos a nuestros niños a la escuela para que puedan aprender esas cosas. Pero ¿qué significa aprender en el fondo? ¿Y enseñar? ¿Qué buscamos nosotros hacer? En efecto, eso que nosotros queremos hacer es áctuar sobre su ambiente en razón de prepararlos para sus tareas futuras como: convertirse en ciudadanos, ganar dinero, tener miembros familiares de una generación nueva, etc. Esta es la razón por lo cual todo depende del ambiente, esto quiere decir, que cuando formamos a la generación precedente, tenemos la responsabilidad de darles el mejor ambiente posible. O, reconocer el hecho de que la televisión forma parte del ambiente de los niños y que de eso también somos responsables; porque la televisión es obra de los hombres.


Yo he tenido a lo largo de mi existencia la ocasión de ocuparme de los problemas de la educación. Yo he aprendido mucho con el contacto con niños difíciles, nacidos la mayor parte, en familias donde reinaba la violencia. Las madres, en sus hogares, habían sido víctimas de la brutalidad de su marido; éstos eran, por lo general, alcohólicos y su comportamiento marcaba a la vida familiar por entero. Era el esquema típico en el cual los niños se encontraban confrontados con un ambiente violento. En nuestros días, la violencia se ha desplazado, apoderándose de las pantallas de la televisión. Ahí es donde los niños contemplan la violencia día a día durante horas. Me parece, por mi experiencia, que ahí atacamos el punto más importante, incluso capital. La televisión produce la violencia y la introduce en los hogares de tal modo que de otra manera no la llegaríamos a conocer.
Veamos ahora lo que hay que hacer. Hagámonos primero la pregunta: ¿Nosotros podemos hacer algo? Son numerosos los que piensan, como John Condry, que no se puede hacer nada, sobre todo en los países democráticos, primero porque la censura no está de acuerdo con la democracia y segundo no tendría ningún efecto sobre la televisión porque prácticamente es imposible disponer de una censura preventiva sobre la programación. Se podría, si acaso, intervenir al lado de las personas responsables que producen los programas acordando un margen considerable de violencia trasmitida, pero eso no es un método susceptible de ser entendido dentro del conjunto del sistema televisivo.
Veamos pues, en pocas palabras, mi proposición. Ella se inspira en el protocolo al cual los médicos son generalmente sometidos. Los médicos tienen un poder importante sobre la vida y sobre la muerte de sus pacientes, el cual debe sufrir necesariamente una forma de control. Los médicos están sometidos por sus propios organismos según un método altamente democrático. Todos los países civilizados poseen tales organismos, así como una ley que define su función. Propongo que el Estado cree un organismo parecido y que ejerza un control en todas aquellas personas que tienen un compromiso en la producción de programas televisivos. Cualquiera que participe de tal producción debería estar provisto de una patente, de una licencia o de un título que podría serle retirado definitivamente si alguna vez obrase en contradicción con ciertos principios. Así se podría instaurar al fin un inicio de reglamentación en ese dominio. Toda persona que trabajaría para la televisión fomaría parte de una organización y poseería una licencia. Licencia que podría perder si se infringen las reglas establecidas por ese organización. La institución que tuviera el poder de retirar la licencia sería una especie de organismo. Así, bajo la mirada de una institución, cada uno se sentiría constantemente responsable porque perdería su licencia cuando cometiera un error. Tal control constante sería mucho más eficiente que la censura, de tal manera, que en mi proyecto, la licencia no sería obtenida inmediatamente por una formación seguida de un examen.


El objetivo de esta formación sería hacer comprender a aquellos que se destinan a realizar la televisión que son partícipes de un proceso educativo de gran magnitud. Todos aquellos que hicieran la televisión deberian, volens nolens, tomar conciencia de que tienen un rol de educadores por el solo hecho de que la televisión es mirada por los niños y los adolescentes.
Ya que he tenido la ocasión de hablar de todo ello con los profesionales de la televisión, percibo que eso sería algo para ellos totalmente nuevo; nunca habían considerado su trabajo bajo ese aspecto, pero ellos admitían sin pena que estaba bien así. Lo que la gente de la televisión debería aprender en lo sucesivo, el que la educación es necesaria en toda sociedad civilizada y que los ciudadanos de dicha sociedad -es decir, los ciudadanos civilizados que manifiestan un comportamiento cívico- no son producto del azar sino de un proceso educativo. Ahora bien, la civilización consiste esencialmente en reducir la violencia. Tal es su función principal y es el objetivo de nuestra visión ya que nosotros tratamos de elevar el nivel de civismo en nuestra sociedad. El contenido de los cursos de formación debería, a mi parecer, girar sobre el rol fundamental de la educación, sobre sus dificultades y sobre el hecho que ésta no consiste sólo en mostrar los sucesos, sino sobretodo mostrar cuán importante es la eliminación de la violencia.
Ello podría igualmente explicar, en el curso de esta formación, cómo los niños reciben las imágenes, cómo ellos absorben eso que la televisión les presenta y cómo ellos tratan de adaptarse en un ambiente marcado por la televisión. Hay que mostrar que los niños, al igual que un cierto número de adultos, no hacen nunca la distinción entre ficción y realidad, como sucedió en Inglatera cuando una mujer quiso castigar al actor que había tenido el rol de un criminal. Es por lo tanto uno de los blancos de la ficción en general y que todos los géneros de ficción propuestos en la televisión tratan de mostrar las escenas tan vivas y reales como sea posible.
Los mecanismos mentales que hacen la distinción o confusión entre ficción y realidad deberían ser abordados por aquellos que trabajan en la televisión pues para la mayoría aún es algo desconocido. Muchos ignoran todos los efectos que sus producciones ejercen sobre el subconsciente tanto de niños como de adultos. Es evidente que esos efectos dependen del nivel de inteligencia de los telespectadores, pero también de otros factores. En torno a este aspecto, que deberían tratar los cursos y tratar con una atención particular sobre el riesgo que hay, para las personas vulnerables, de confundir realidad y ficción y de los efectos que esa confusión puede traer.
Aquellos que se dejan absorver por la televisión no poseen siempre un nivel de formación y de madurez suficiente para poder hacer la distinción entre realidad y ficción. La gente de la televisión debería tomar conciencia de ese problema a lo largo de su formación. El examen permitiría, por otra parte, a los candidatos, de mostrar no solamente lo que han asimilado de los cursos, sino también de la consciencia que han tomado, de su responsabilidad como educadores, por lo que se empeñarían en obrar en consecuencia. Cualquiera que trabajara para la televisión debería conocer los errores a evitar de modo que su actividad no tuviera consecuencias nefastas sobre el plano educativo.
Esa licencia no debería concernir únicamente a los productores, que tienen la mayor responsabilidad en la elección de los programas sino también a los técnicos, los camarógrafos, etc., puesto que todos aquellos que tienen que colaborar en la producción televisiva tienen una parte de responsabilidad en su difusión. Así todo empleado podría decir a los directores de producciones: "No colaboraré en esa emisión porque tiendo a respetar mis compromisos y no quiero arriesgar perder mi licencia". Los productores estarían, por lo mismo, sumisos al control de las gentes que trabajan bajo su dependencia.
La proposición que yo he señalado no solamente tiene un carácter de urgencia, ella corresponde también a una necesidad absoluta desde el punto de vista de la democracia. He aquí algunas palabras. La democracia consiste en someter el poder político a un control. Es su característica esencial. Y no debería existir en una democracia ningún poder político no controlado. Ahora bien, la televisión hoy día ha adquirido un poder colosal; se puede decir que ella es potencialmente la más importante de todos, como si ella hubiera remplazado la voz de Dios. Y será así en tanto que nosotros continuemos soportando sus abusos. La televisión ha adquirido un poder muy extenso en el seno de la democracia. Ninguna democracia podrá sobrevivir sino se le pone fin a ese todo poderoso. Y es cierto que ella abusa de su poder hoy día, notablemente en Yugoslavia, pero sus abusos pueden producirse no importa donde. El uso que se hace de la televisión en Rusia es igualmente abusivo. La televisión no existía bajo el régimen de Hitler, aunque su propaganda fuese organizada sistemáticamente con un poder casi comparable al de la televisión. Un nuevo Hitler poseería con ella un poder sin límites.
No se puede mantener la democracia si no se somete la televisión a un control o, para hablar más precisamente, la democracia no puede subsistir por mucho tiempo en tanto que el poder de la televisión no sea completamente puesto a raya. En efecto, los enemigos de la democracia no tienen aún sino una débil consciencia de ese poder. Cuando ellos hayan comprendido lo que se puede hacer ellos la utilizarán en todas las formas, incluyendo las más peligrosas. Para entonces será muy tarde. Es ahora cuando debemos tomar consciencia de ese riesgo y someter la televisión a un control por los medios que he indicado. Eso me parece a mí ser lo mejor y pueden ser los únicos posibles. Pero otros, desde luego, podrán hacer mejores proposiciones que las mías, aunque me parece no haber oído ninguna hasta el presente.



LADRÓN DEL TIEMPO, SIRVIENTE INFIEL.
John Condry .
LA EVOLUCIÓN BIOLÓGICA PROGRESA LENTAMENTE, privilegiando a lo largo de los siglos y milenios ciertas mutaciones en relación a otras. La evolución social es totalmente de otro orden: estimulada por los descubrimientos y los inventos es, frecuentemente, rápida e imprevisible. Ciertas invenciones provocan cambios ligeros, generalmente buenos, algunos otros, malos: la pólvora, por ejemplo. Pero otros modifican la cultura y la sociedad de una manera profunda e imprevisible y ellas sólo pueden ser comprendidas retrospectivamente.
Hoy día hay algo profundamente inquietante en los modales de los niños americanos crecientes. Es un hecho innegable. Se dan a ello explicaciones muy diferentes, que se observan en general en las transformaciones rápidas que han intervenido en los últimos años. El desarrollo de los transportes ha modificado el tejido urbano, destruyendo antiguos barrios y descomponiendo también las infraestructuras sociales. La familia parece totalmente desorientada; la escuela funciona mal, cuando ella funciona. Los test propuestos a los discípulos muestran que el nivel escolar está bajando constantemente desde hace veinte años y ningún mejoramiento parece anunciarse. El número de suicidios y homicidios se elevan más cada día. Muchos niños presentan signos de problemas físicos y psicológicos.
¿La televisión puede ser responsable de tal situación?



Para comprender el rol que juega la televisión en la vida de los niños americanos, es importante ver primero cuáles son las necesidades de los niños. ¿Cómo un niño se convierte en un sujeto útil a la sociedad? ¿Cómo su inmadurez nos ayuda a prepararlo para la edad adulta? ¿En qué emplea su tiempo? El tiempo es una unidad de medida confiable, porque contrariamente a la riqueza y posibilidades es un bien que es igual para todos. En el curso de un día de veinticuatro horas, los niños permanecen despiertos alrededor de dieciséis horas. También disponemos de ciento doce horas de vigilia semanales sobre el cual basar nuestro estudio. ¿En qué se ocupan nuestros niños americanos hoy en día, en especial aquellos que tienen entre tres y once años, en el transcurso de esas ciento doce horas?
Hasta el comienzo de este siglo la mayor parte de los niños pasaban su tiempo en las comunidades y en las ciudades que los habían visto nacer, observando a los adultos en sus actividades cotidianas. Los niños adquirían las capacidades y aptitudes que les permitían adaptarse a la sociedad que les rodeaba. Una vez llegados a adultos, sus capacidades y sus aptitudes desarrolladas en la infancia eran puestas en práctica. Así, eso que se aprendía en la familia durante una generación servía de modelo a la generación siguiente. De esta forma los niños se preparaban para el trabajo y la vida; aprendían a conocer el mundo que existía para la familia y para la comunidad.
Las cosas comenzaron a cambiar con la revolución industrial. La gente fue cada vez en mayor número abandonando las comunidades dentro de las cuales habían vivido para marcharse a las ciudades, antiguas y nuevas, con el fin de encontrar mejores condiciones de vida. En ese mundo urbano e industrial, los niños hicieron su aprendizaje de otra forma. Las escuelas vinieron a completar el aprendizaje adquirido por la observación cotidiana.
En el curso de los últimos años la situación ha evolucionado en forma más espectacular aún. Se sabe que los niños americanos pasan una media de cuarenta horas por semana mirando la televisión o jugando con los juegos de video. Si agregamos las cuarenta horas que pasan en la escuela, contando el tiempo necesario para los trayectos y los deberes, les quedan treinta y dos horas para estar con sus amigos y familiares. Para tener una idea de eso que los niños han podido aprender del mundo que los rodea de ellos mismos, habría que mirar de cerca lo que constituye su ambiente, es decir la familia, la escuela, la vecindad y, con atención particular, la televisión. El rol que juega esta última en el ambiente y, por tanto, en la socialización de los niños, merece ser examinada atentamente.




¿POR QUÉ LOS NIÑOS MIRAN LA TELEVISIÓN?
CUANDO LOS NIÑOS SE INSTALAN ante un aparato de televisión sus motivaciones son muy diferentes a los del adulto. Estos últimos, por su propia confesión, la miran generalmente para divertirse. La mayoría de los niños, si bien encuentran igualmente diversión, la miran para comprender mejor al mundo. Los adultos admiten poca importancia a la televisión y la miran con lo que se podría llamar una especie de credulidad consciente: para divertirse, aceptan las descripciones irracionales y frecuentemente el marco y los postulados que la emisión le propone, ninguno mal admite que un personaje se desplace por los aires, se vuelva invisible o cómplice de actos subhumanos. Por definición, un espectáculo de ficción no debe necesariamente ser posible, real o verdadero.
Los niños, en cambio, distrayéndose por la cualidad de divertir de la televisión, tienen dificultades en hacer diferencias entre realidad y ficción, debido a la comprensión limitada que tienen del mundo. Son pues más vulnerables que los adultos. Por otra parte, la influencia que ejerce sobre ellos -la familia, la gente de su entorno, la escuela y la televisión- actúan todos al mismo tiempo. Los niños hacen una mala selección de las informaciones que provienen de cada uno de esos diferentes contextos. También, una información recogida en cada uno de aquellos no puede ser útil si no se encuentra unida con las informaciones dadas por los otros. Sin el sostén de la familia, una gran parte de eso que le es enseñado en la escuela se perdería. Si la escuela fuera más eficiente el poder de la televisión sería menor. De igual manera, las personas del entorno ejercen un poder y una influencia particulares que no tienen ni la familia ni la escuela.



TIEMPOS Y CONTENIDOS.
LA INFLUENCIA EJERCIDA por la televisión reposa en dos factores: El tiempo que se pasa mirando la televisión y el contenido de los programas. Cuanto más tiempo pasa el telespectador frente a la televisión, más sufre su influencia, sin que ello dependa, en cierta medida, del contenido. Sin embargo esto nos comprueba que el tiempo que se pasa mirando la televisión influenciaría al telespectador independientemente del contenido. Examinemos algunos elementos dados a ese sujeto.
La televisión nació en los Estados Unidos en los años cincuenta. Al comienzo del decenio cerca del 10 % de las familias americanas poseían un televisor; en 1960 ese número se elevó al 90 % y todos aquellos que poseían un aparato miraban regularmente la televisión. Esto aquí representa un cambio profundo en el empleo del tiempo de los Americanos. Si la invención del automóvil elevó una pérdida del 6 % del tiempo que los Americanos pasaban viajando (ello ha permitido que se recorran más largas distancias), la llegada de la televisión a hecho aumentar, según ciertas estimaciones, a un 58 % el número de horas que los americanos consagran a los medias.
A partir de 1950, pues, el tiempo pasado por una familia media, delante de la pequeña pantalla es difícil de creer -hoy en la actualidad son más de siete horas por día. El americano medio mira la televisión cerca de cuatro horas por día durante la semana y un poco más los fines de semana. En los años 80, ya que el cable y los videos invadieron el ambiente, los índices de audiencia de los tres principales canales americanos comenzaron a bajar cayendo de un 90 % a un 60 % hoy día. Sin embargo el número de permanencia frente a la pantalla permanece aproximadamente igual; solamente el número de canales ha cambiado. Ello nos da estadísticas que valen tanto para los niños como para los adultos. Los niños americanos miran la televisión aproximadamente 4 ó 5 horas semanales y entre 7 y 8 los fines de semana, lo cual hace una suma global de 40 horas por semana. Esa cifra comprende las películas de video, los juegos de video y los programas por cable. Independiente de la calidad de las emisiones propuestas, los niños que miran mucha televisión leen menos, juegan menos y tienen frecuentemente una tendencia mayor a la obesidad que los otros. Tales son los efectos indirectos del consumo excesivo de la pequeña pantalla.
Si la obesidad de los jóvenes es un problema nacional podemos decir, por tanto, que ¿la televisión crea un terreno favorable para esa patología? Si bien no se conoce exactamente una unión entre causa y efecto entre televisión y obesidad, hay buenas razones para pensar que sí. El hecho de mirar la televisión conlleva una gran pasividad sobre el plano físico, ello incita frecuentemente a consumir alimentos y los estudios han mostrado una baja de metabolismo en los telespectadores, particularmente en los niños ya obesos. Ello puede también hacer que la publicidad alabe los productos alimenticios favoritos al consumismo de alimentos para el espectador, y la publicidad de alimentos es esencial para la televisión.
La televisión es una ladrona del tiempo. 



Cuando los niños miran la televisión durante horas pierden el beneficio de otras actividades que podrían a largo plazo ser mucho más importantes para su desarrollo. Pero hay un aspecto más grave aún: el contenido mismo de los programas y de la publicidad influye profundamente sobre las actividades, las creencias y las acciones de los niños.
En general los niños comienzan a mirar los dibujos animados a la edad de 2 años. A los 6 años, la mayoría de ellos, cerca del 90%, están ya habituados a la televisión. Entre los seis y los once años se le agregan los programas cómicos y las telenovelas.
Los niños pequeños miran los dibujos animados porque estos últimos están netamente codificados, es decir cada acción está remarcada de efectos sonoros particularmente enfocados para estimular su comprensión y a retener su atención. Y como la atención de los niños es difícil, los códigos sonoros los llevan a permanecer atentos.
La mayor parte del tiempo, si la atención de los niños es dificultosa es porque el contenido de los programas no son totalmente comprensibles. A los niños le penetra solamente una parte de todo lo que ven, contrario a los adultos. No pueden comprender secuencias largas; las motivaciones y las intenciones de los diferentes personajes se les escapan en parte. Pero sobre todo, no son capaces de hacer deducciones, no comprenden lo que está implícito.
Al ver ellos las escenas de violencia, por ejemplo, es probable que concluyan como un hecho que los que tienen más fuerza tienen la razón. Tienden, en cambio, a comprender mal los mensajes más sutiles y que ciertas acciones son más justificadas que otras. Al contrario, ellos comprenden sin problemas que se obtiene lo que se quiere teniendo el poder. Ese mensaje es aún más marcado en los dibujos animados de acción y de aventuras que han reemplazado los espectáculos y programas infantiles en vivo que fueron hechos durante cierta época. Se ha demostrado ampliamente que la suma de violencia presente en ellos son considerablemente más elevados que en los programas destinados a los adultos en las horas de mayor audiencia. Un estudio reciente ha mostrado así que hoy hay más o menos una media de veinticinco actos de violencia por hora de programación infantil y únicamente cinco en la horas de gran audiencia. Los dibujos animados de acción y aventura relatan de facto los hechos del poder.
¿Tales programas tienen una influencia sobre el comportamiento de los niños? Cientos de investigaciones elaboradas durante los primeros años de los 60 -de estudios experimentales realizados sobre pequeños números de niños, como de vastas encuestas efectuadas en diversos medios y utilizando técnicas muy variadas- llegaron a la conclusión que los niños que miran mucha televisión son más agresivos que aquellos que la miran poco. Los espectáculos violentos no afectan solamente a su comportamiento, sino también a sus creencias y sus valores. Por ejemplo, los jóvenes que miran mucha televisión temen en general más la violencia del mundo real. Otros, en cambio, se insensibilizan en relación con esa violencia; son menos golpeados por ella y reaccionan menos fuerte.



Por otra parte, los programas destinados a los niños presentan a los hombres y a las mujeres en roles estereotipados y los niños que están habituados a pasar largas horas frente a la televisión terminan por reproducir esos esquemas. Basta ver la manera en cómo los jóvenes y los viejos, los médicos y la policía, o aún más, los enfermos mentales son representados en la pantalla para darse cuenta de la imagen deformada de la realidad que da la televisión.
En la medida en que los niños crecen son más capaces de comprender historias complejas, que si bien, por una parte conocen mejor al mundo que les rodea, por otra parecen estar familiarizados con los códigos y funcionamiento de la televisión, de modo que llegan a ser rápidamente unos especialistas de la pequeña pantalla. Saben en lo sucesivo apreciar los filmes de televisión, las situaciones cómicas. Como en los dibujos animados, esos programas van acompañados de risas grabadas -esto último ha reemplazado los ruidos de fondo especiales pero los efectos producidos sobre la atención y sobre la comprensión del telespectador es la misma. Al final del año las telenovelas llegan a ser los programas más populares. Ellas están exentas de violencia. Las olas de risas grabadas señalan a los niños que ha sucedido algo importante; por ese medio, los niños adquieren conocimiento de los usos y valores de su cultura, en forma notable respecto a los comportamientos sexuales.
Al comienzo de la adolescencia, hacia los nueve o diez años, sus gustos van cambiando en función de su sexo y tienden a aproximarse a los del adulto. Las niñas prefieren ver telenovelas, creyendo y aprendiendo algunas cosas de la vida; los muchachos buscan la acción y la aventura, frecuentemente por las mismas razones. Las películas de acción y de aventuras muestran generalmente a los hombres en roles de jefes triunfando contra los malos. Ese tipo de género complace particularmente a los muchachos. Los espectáculos que ponen en escena a los héroes masculinos agradan igualmente a las muchachas, pero la reciprocidad no es la misma: los muchachos tienen la tendencia a evitar los programas donde el rol principal es llevado por una muchacha o una mujer. Es por esta razón que hay tan pocos programas televisivos para los niños donde los personajes principales son mujeres: esos programas son simplemente menos rentables.





EL ELOGIO DEL PRESENTE.

¿CUANDO MIRAN LA TELEVISIÓN los niños siguen haciendo lo que antes hacían, observar a la sociedad para tratar de comprender el lugar en el que ellos deberán estar? ¿La televisión no les enseña nuestras costumbres, incluso con más tiempo, exactamente como en otros tiempos los niños se iniciaron a la vida y a las reglas de la comunidad observando las personas con que vivían?
Uno puede responde que sí y que no. Sí, los niños continúan observando el mundo, pero nunca estuvieron tan sólos para hacer ese aprendizaje, los adultos les ayudan de menos en menos. No, porque la televisión no les informe sobre el mundo; les da frecuentemente una imagen deformada. La intención de la televisión no es de dar a los niños informaciones sobre el mundo real. Cuando trata de tomar ese rol los resultados son muy mediocres. La televisión moderna, en especial la americana, tiene un sólo objetivo: vender. Es esencialmente un instrumento comercial. Los valores que tienen por suyos son los del mercado; su estructura y sus contenidos son reflejo de esa función.
El trabajo de los responsables de la programación es de conseguir captar la atención del público y de conservarla por un buen tiempo para poder luego pasar un mensaje publicitario. Si se toma en cuenta la psicología humana ello no es una misión fácil. Los seres humanos se dejan fácilmente y son rápidamente ganados por la indiferencia. Para retener nuestra atención, la televisión está constantemente obligada a su transformación. Por otra parte, sus intereses se sitúan en el presente inmediato, los problemas que no pueden resolverse en un corto tiempo no le interesan para nada. Así, la rebelión de los ghettos de Los Ángeles que captan los informadores de la tv. durante una semana es olvidada al cabo de un mes, con lo que tenemos la hipótesis de que la televisión refleja la memoria del público.
Las series televisadas, los telefilmes no tienen razón para tener en cuenta la realidad. Si el hecho de deformar la realidad permite captar la atención de los telespectadores, no se vacilará en deformarla. El objetivo primordial de la televisión es ganar la audiencia y la llamada televisión educativa no escapa a ese imperativo. Si bien ésta no se ocupa de vender productos está en competencia con la televisión comercial, a la cual sí le concierne la audiencia.
La televisión corre en el presente; no permanece en el pasado y muestra poco interés por el futuro. Esperanzados en que los niños se preocupen por el pasado o el futuro, la televisión es respecto a eso una influencia desastrosa. Una de las primeras funciones de la educación , tanto en la casa como en la escuela, es mostrar cómo lo pasado está unido con el futuro, de cómo el presente desarrolló los eventos pasados y cómo el futuro vincula el uno con el otro.
La televisión está gobernada por la hora.
Al final de una emisión, todas las intrigas deberán ser resueltas y las incertidumbres disueltas. El momento está dado para vender los productos. De esta manera el reloj comanda el paso de una emisión a otra y a los otros productos. Bajo este aspecto al menos la televisión se relaciona con la escuela. Cuando un alumno viene a interesarse en algo particular o cuando una discusión es atrayente o estimulante comienza justo antes que el timbre ha sonado, ello no es más que estar sometido a la tiranía del reloj. La hora ha pasado: se cambió de asunto. Tales actitudes tienen por efecto minimizar el interés y molestar el aprendizaje. Le enseña a los niños a aprender todo en forma superficial. ¿De qué se extrañan los maestros cuando comprueban la falta de concentración de sus alumnos y del hecho de que éstos no consigan hacer un trabajo de largo aliento, aunque se trate de un trabajo escogido por ellos mismos?. Ni la televisión ni la escuela educan el interés de los niños más allá de cierta duración. No alientan la búsqueda del saber. 



La televisión no da prueba alguna de verdadera curiosidad, y ella frecuentemente hace que los niños carezcan de hábitos al mirarla por largo tiempo. Sistema omnisciente por excelencia, no deja ningún espacio para el misterio. El tener tiempo para percibir los verdaderos misterios; supondría el comienzo de verdaderos conocimientos y de situaciones reales para estimularlo.
Aunque las informaciones por algunos instantes ofrezcan un auténtico misterio. Los niños no se interesan casi en esas informaciones; prefieren mirar otros programas, los cuales ciertamente, por otra parte, hablan de hechos misteriosos. Uno de ellos: Los enigmas irresueltos, relatan en general historias insípidas: de un platillo volador que se ha posado en New Jersey, por ejemplo, o algún otro hecho imaginario del mismo género. Ellos no tienen nada que ver con la realidad ni con algún misterio en sí.
Si, como se ha dicho, los niños de hoy día son crueles los unos contra los otros, si toda compasión es extraña, si se burlan de los débiles y desprecian a aquellos que tienen necesidad de ayuda ¿eso es debido a que ellos vean la televisión? Es verdad que los pobres y los infelices ocupan rara vez la pequeña
pantalla y cuando aparecen son más bien puestos en ridículo. En la televisión es la riqueza la que tiene la llave de la felicidad; se admira a las personas ricas que viven en espléndidos domicilios y pasean en limosinas brillantes.
Lo más absurdo es que nunca se muestra a las personas en su puesto de trabajo ni cómo ellas adquieren sus talentos. Ninguna relación se establece entre riqueza y trabajo. Los niños prefieren las soluciones más fáciles, aspiran a la felicidad que la televisión define -es decir, poseer bienes materiales- pero ellos no saben cómo se ha hecho para obtenerlos. ¿Cómo lo sabrían? ¡Para la televisión mostrar a las personas en su lugar de trabajo es una maldición, es tiempo perdido! El programa se volvería aburrido, eso no es tolerable. En la televisión cada instante debe ser excitante, todo hecho debe atrapar la atención. Por lo que es imposible que muestre la unidad entre riqueza y trabajo o de evocar temas difíciles de presentar.



¿CUÁL ENSEÑANZA OFRECE LA TELEVISIÓN?
COMO LO HA DICHO Nicholas Johnson, que fue miembro de la Comisión Federal Norteamericana para la Comunicación , "la televisión es siempre educativa, pero todavía falta saber qué es lo que ella enseña". Consideremos algunos casos, pues, bien específicos. Desde hace diecinueve años el país se lanzó en eso que se llamó la guerra contra las drogas. Todo el mundo, o casi, admitió la dimensión educativa de esa acción como un elemento esencial. En el marco de esa campaña, diversos organismos, como la Asociación para una América libre de Drogas estuvo financiando mensajes publicitarios destinados a ser difundidos en la televisión; estos últimos durarían alrededor de treinta segundos y exhortarían al público, sobre todo a los jóvenes, a evitar las drogas. Se ignora cuál fue la influencia que esos cortos pequeños mensajes pudieron tener, pero las escasas consideraciones que han sido recogidas parecen indicar que tuvieron una débil eficacia. ¿Por qué?
Una de las posibles razones de este fracaso es el siguiente: en la medida en que la televisión ponía en guardia a los jóvenes contra las drogas, ella difundía por otra parte un gran número de mensajes favorables a su uso. Con el fin de verificar en cuál proporción esa hipótesis era verdadera, nosotros hicimos, Cynthia Scheibe, Tim Christensen y yo mismo, pasar una encuesta y examinamos los mensajes televisivos que eran favorables o no a las drogas. Nosotros habíamos seleccionado y codificado un cierto número de programas televisivos que fueron emitidos en 1989 (programas y comerciales). Todos los mensajes relativos a las drogas -los mensajes favorables (mostrando un personaje consumiendo droga bajo una luz favorable), como de los mensajes desfavorables (mostrando un personaje en la misma situación pero bajo una clara desventaja), fueron tomados en cuenta. Nos limitamos en nuestro estudio a las bebidas alcohólicas, al tabaco y a las drogas -se trata de drogas inhaladas, fumadas o ingeridas. Cuando un personaje aparecía con una copa de alcohol o un cigarro en la mano, sin ninguna consecuencia negativa señalada, nosotros hacíamos entrar esa secuencia dentro de la categoría de "mensajes favorables". Si otro personaje se encontraba en otra situación idéntica, pero sufriendo cualquier daño, la considerábamos como un "mensaje desfavorable".
Durante las treinta y seis horas de programación vistas y que recogimos en el curso de dos días de grabación, encontramos 149 mensajes que tenían una relación con las drogas. Sobre ese total había 121 mensajes favorables (81,2%) y 22 mensajes desfavorables (14,8 %); 6 eran ambiguos. En suma, por un mensaje desfavorable habían seis mensajes favorables y para ciertas drogas la proporción era aún más fuerte: en lo que concierne al alcohol, por ejemplo, habían diez mensajes favorables por un mensaje desfavorable.
Un gran número de mensajes favorables se encontraban en los comerciales publicitarios que alababan ciertos productos lícitos: medicamentos, cerveza o de vino: se encontraron igualmente esos mensajes en ciertas películas; estos últimos bosquejaban el retrato de personajes que utilizaban alegremente toda suerte de drogas legales -alcohol, cigarrillos- con el fin de sentirse mejor, de festejar un suceso, de subir la moral luego de un fracaso o de distraerse luego de un día de trabajo realizado.
Por un mensaje televisivo que nos dice "Rechaza la droga", seis nos dicen: "si no nos sentimos bien toma cualquier cosa, así estaremos mejor". ¿Ud. no duerme bien? Tome un tranquilizante. ¿Ud. duerme todo el tiempo? Tome un excitante. ¿Ud. quiere adelgazar? Tome una pastilla para quitar el apetito. ¿Si Ud. se siente cansado? Tome un estimulante o en tal caso beba una cerveza o un vaso de vino. Así que mientras las campañas de interés público se esforzaban en sensibilizar a la gente ante el peligro de la droga y de luchar contra el consumo de alcohol, la mayor parte de los mensajes televisivos describen un mundo donde esos productos son utilizados en cantidad. ¿Qué enseña la televisión a los jóvenes respecto a ese tema? No les revela nada, en realidad esas drogas son legítimas, forman parte de nuestra cultura ¿a excepción de aquellas que figuran en la lista de drogas ilegales?



La imagen que la televisión da de la sexualidad no es muy distinta. Muchos de los adolescentes y pre-adolescentes ven en la televisión un medio para informarse sobre la sexualidad. Esas informaciones que, por otra parte, no son siempre fáciles de juntar son de una gran importancia, la mayoría de los padres tienen a mal hablar de la sexualidad con sus niños. Una encuesta realizada en 1969 mostraba que tanto los parientes como los amigos constituían las principales fuentes de información sobre la sexualidad; no se mencionaba para nada a la televisión. En 1987, los dos tercios de adultos interrogados sobre ese tema consideraban que la televisión tenía una influencia sobre la actividad sexual de los jóvenes y que no daba una imagen realista u objetiva de la sexualidad.
En 1986 una encuesta fue realizada junto a 110 adolescentes de 10 a 14 años para saber cuáles programas televisivos miraban. Se analizó luego la razón de qué roles eran los tratados en ellos. La sexualidad era esencialmente abordada por el lenguaje y no por las imágenes. Cuando las relaciones sexuales eran evocadas se ponían, por lo general, escenas con parejas no casadas. Las telenovelas del mediodía presentaban un gran número de escenas o de alusiones que trataban de sexualidad. En los programas nocturnos el comportamiento sexual y amoroso era presentado de hecho en forma más humorística mientras que los análisis más realistas eran reservados para la programación más tardía, como Dallas. La homosexualidad, tema raramente evocada por la televisión, era frecuentemente tratada de manera cómica. En fin, la variedad de los comportamientos sexuales y amorosos comunes eran muy poco representado en ese género de programas.
Un adolescente acostumbrado a mirar regularmente la televisión recibe una media por años de 2500 mensajes sobre sexualidad. Según un investigador "las escenas eróticas anticipan a las escenas violentas o sirven de contexto a la violencia. O además, la sexualidad es hecha en razón de suscitar una risa nerviosa. En las comedias y en los espectáculos de variedad, los personajes se tocan, se abrazan, se enlazan; las escenas de galanteo, de seducción, evocan un clima de intimidad sexual y esos mensajes son generalmente acompañados de risas grabadas".
En esas condiciones ¿se puede concluir que los niños de hoy tienen un mal comienzo en la sexualidad? Si la televisión es incapaz de informarlos sobre la sexualidad es por dos razones de principio: la imagen que ella da de la sexualidad es generalmente falsa y deforme; luego, ella no nos enseña nada sobre la diversidad de comportamientos amorosos ni sobre la selección que nosotros hacemos.




LOS VALORES PREDICADOS POR LA TELEVISIÓN.
LA ESTRUCTURA DE LA INFORMACIÓN por la televisión no es sólo cosa que nos debe inquietar; su sistema de valores es totalmente deficiente. Nosotros hemos realizado un análisis de los valores pregonados por un gran número de comerciales publicitarios difundidos en 1983 y nos hemos servido para eso de una encuesta frecuentemente utilizada, poniendo en evidencia dos tipos de valores: los valores instrumentales (aquellos que permiten atender a un objetivo dado) y de valores finales ( aquellos que representan un fin en sí mismo); y nosotros hemos aprendido mucho. Ciertas personas, por ejemplo, valorizan el trabajo porque eso permite adquirir una seguridad financiera; así, según nuestra definición, el trabajo es un valor instrumental y la seguridad financiera un valor final. Al aplicar esa encuesta nosotros pudimos obtener un cierto número de valores instrumentales y finales. Los valores instrumentales más frecuentemente recomendados son la honestidad, la solidaridad, la responsabilidad y la tolerancia. Entre los valores finales encontramos: la igualdad, la paz y la belleza. Codificados esos valores revelan un cierto número de secuencias publicitarias, arbitrariamente escogidos, se dibuja poco a poco un perfil que la publicidad nos invita a imitar.
Entre los valores instrumentales que son frecuentemente mencionados en los comerciales publicitarios se encuentran: ser capaz, estar listos a ayudar a los otros, ser maligno; entre aquellos que son raramente representados, tenemos: tener coraje, saber perdonar. Entre los publicitarios sustentados sobre la apariencia personal, los valores más frecuentes puestos delante eran: ser bello, tener una apariencia joven. Ser sexy no aparecía sino en un 6% más o menos de las secuencias analizadas.
Entre los valores finales el que dominaba por sobre todos los otros era: la felicidad. Este valor aparecía hasta en un 60% de las secuencias publicitarias, es decir, dos veces más frecuente -o menos- que cualquier otro. El reconocimiento social venía en el segundo lugar. Los valores finales que preconizaban egoísmo o egocentrismo (tales como la felicidad personal, una vida interesante, el reconocimiento social) eran citados mucho más frecuentemente que los valores altruistas como la igualdad o la amistad.
Esa escala de valores varía en función de los tipos programados: en los programas para niños, por ejemplo, los valores no son los mismos. Los comerciales destinados a los niños por lo general daban menos importancia a los valores llamados altruistas; en cambio, subrayaban otros valores como el juego, la diversión, la felicidad; ciertos, en cambio, -como ayudar a los otros, ser obediente- no fueron, por así decir, nunca mencionados. Ese predominio, en la publicidad, de los valores egoístas y egocéntricos sobre los otros valores altruistas, debería hacernos reflexionar.
Los programas específicos son más difíciles de analizar. En primer lugar porque ellos duran más tiempo; los valores raramente son observables en el interior de una historia compleja más que en un mensaje publicitario de treinta segundos. No obstante, el mundo real presenta las mismas distorsiones. La mayoría de las personas, por ejemplo, están persuadidas a que los criminales permanecen sin castigo porque los tribunales son muy indulgentes y piensan que las penas infligidas son muy cortas. La realidad es de hecho contraria a ese cuadro. Si en la mayoría de las ciudades norteamericanas, el 15% o 18% de los crímenes conocidos solamente llegan a un arresto, la mayoría de las personas arrestadas están, sin embargo, encarceladas y con largas condenas. Hay, hoy día, tres veces más gente encarcelada que hace diez o doce años; las condenas pronunciadas en los Estados Unidos son más largas que en cualquier otro país industrial del mundo occidental.



¿De dónde tenemos nosotros esas ideas? ¿Cómo se hace para que los hechos diverjan tanto de la opinión? ¿En describir las cosas de esta manera, generalmente a fin de dramatizar, la televisión no se mantiene sino de falsas creencias? En la pantalla, los criminales son apresados pero escapan generalmente a toda sentencia gracias a la indulgencia y a la laxitud de los jueces. La policía,en los programas de televisión no comete ningún error sino, raramente: ella conoce a los culpables antes de atraparlos. A fuerza de mirar ese género de programas la gente termina por adquirir poco a poco, cada día, semana tras semana, una cierta visión de la justicia y de la policía -que son el fundamento mismo de la democracia americana. Tales programas, por la influencia que ejercen cotidianamente, no pueden dejar de omitir influencias en las elecciones políticas de los legisladores y en el comportamiento del electorado.
Los valores morales alabados por la televisión dependen enteramente de la razón, por tanto, de los personajes que están representados. En un estudio nosotros pedimos a algunos televidentes situar las diversas acciones de los personajes de una película sobre una escala de valores activa de buenos a malos. Las personas interrogadas debían igualmente evaluar la simpatía que ellas tenían por cada personaje. Nosotros hemos constatado que en la televisión el grado de moralidad de una acción dada depende de quien la realiza: una conducta es juzgada moral o inmoral según sea hecha por un personaje que se admire o se ame o bien de un personaje antipático y del que se desconfíe. Así, las acciones que en tiempo normal serían percibidas como inmorales -chantaje, homicidio, robo, etc.- llegan a ser aceptadas si son realizadas por alguien que se gane la simpatía del público.
Parecería que la gente utilizara diferentes escalas de moralidad según los personaje les sean familiares o no. Los juicios morales que llevan los espectadores que no conocen los personajes parecieran reconstruir una escala de moralidad ideal; según el caso que los personajes inspiren simpatía o no importa poco. En cambio, en presencia de personajes que les son familiares, que ellos conocen y que aprueban sentimentalmente, sus juicios morales son diferentes. Lo que ellos reprobarían en un personaje que no conocen les parecería del todo aceptable en un personaje que les es familiar y que los afecte.
Tal es, pues, el funcionamiento moral de la mayor parte de los programas analizados que son destinados a adultos o a niños. Una acción es juzgada moral o inmoral en función de quien la ha hecho no por lo ocurrido. Los valores morales de la televisión son manipulados por los personajes. Hay los buenos y los malos; los buenos no pueden para nada hacer el mal; los malos no pueden hacer el bien. Tales simplificaciones nos parecen familiares; es la visión moral de un niño de cinco años.
Todos esos ejemplos nos muestran que la televisión no puede ser una fuente útil de información para los niños, puede ser igualmente peligrosa. Las ideas que ella propone son falsas, irreales; ella no ofrece ningún sistema coherente de valores, su sistema de valores no sirve sino al consumo. En cuanto al telespectador no aprenderá nada útil para sí mismo. Tantos aspectos hacen de la televisión un instrumento de socialización deplorable. Como no ha sido concebida para ese rol, los niños, que la utilizan al menos en ese sentido, tienen el riesgo de salir de su infancia posiblemente perturbados.



¿QUE HACER?
NOSOTROS DEBEMOS DEJAR de abusar de nosotros mismos con la televisión y debemos actuar ahora a partir de los conocimientos adquiridos. Ciertos familiares podrían limitar el tiempo que sus niños pasan delante de la pequeña pantalla; sería suficiente utilizar el argumento que ellos invocan cuando sus pequeños rechazan comer otra cosa que no sea los corn flakes azucarados: ese régimen es malo para la salud; los daños causados por la televisión son múltiples; tanto en el orden personal y social como en el sicológico e intelectual. Pero la mayoría de los padres no están dispuestos a hacer eso; es más, muchos ignoran los daños causados por la televisión.
Lo que es necesario, en todo caso, es hablar con sus niños de los programas que miran, comentar con ellos lo que les parezca falso o tramposo. Ello podría ser útil si bien el resultado de la mayoría de las investigaciones de parientes y niños nos dicen que raramente ven televisión juntos. Sólo en ciertos hogares seleccionan sus programas en la noche. Los familiares notificados hablaron con sus niños de los programas que ellos miraron en la tarde, el sábado o la mañana del domingo. Eso permitió a los niños tener una mirada más crítica sobre la televisión y las informaciones que ella da.
Si nosotros aceptamos que los niños miren la televisión, debemos esforzarnos por mejorar los programas que se dirigen a ellos. Un mayor número de programas pedagógicos de calidad deberían ser subvencionados. Los programas útiles a los niños deberían ser más numerosos. Nada impide que sean al mismo tiempo de distracción. Tales programas deberían entrar en competencia con los programas producidos por la red comercial. El combate será rudo. Pero combatir enérgicamente por la salud y felicidad de los niños no es una cosa fácil.
La escuela debe enseñar a los niños a usar la televisión, respecto a los programas y a la publicidad. Deberían explicarles qué uso se puede hacer, cuando ella no proporciona nada. Si comprenden que la adquisición de bienes materiales no es el bien supremo para la existencia y que los valores emitidos por los programas y la publicidad de la televisión están en contradicción con lo que ellos aprenden en la escuela, será ya algo. En lugar de hacer como si ella no existiese, la escuela debería proponer a los niños la discusión de los programas y de las ideas buenas y malas que les son presentadas. Deberían subrayarse los programas pedagógicos que son dirigidos a hacer de los niños, desde la más temprana edad, telespectadores dudosos de espíritu crítico. Permitir utilizar a ellos los equipos de video para hacer pequeños espectáculos y mensajes publicitarios; y que ellos mismos se den cuenta cómo se puede fácilmente deformar la realidad con una cámara.





CONCLUSIONES.
LA MAYORÍA DE LOS NIÑOS americanos de hoy están perturbados y ello es debido en parte al hecho de pasar mucho tiempo mirando la televisión. Todo ese tiempo es tiempo perdido; la televisión le quita a los niños un tiempo precioso del cual tienen necesidad para aprender a conocer el mundo donde ellos viven y el lugar que ellos ocupan en él. Eso es ya grave pero más grave aún es el hecho de que la televisión miente. Los niños ven en la televisión una fuente confiable de información sobre el mundo. Aún si ese no fuera el caso ¿cómo ellos lo sabrían? Por la poca verdad que ella trasmite, la televisión manipula un gran número de cosas falsas y deformadas y se tratan como valores y hechos reales.
El contenido de los programas televisados reflejan una violencia extrema en comparación con la vida cotidiana. Los dibujos animados de acción, vistos por millones de niños, contienen las escenas más violentas de la televisión. Los niños reaccionan con eso que ven y se comportan de la manera más brutal; finalizan por ser insensibles al mirar la violencia, adoptan las convicciones y los valores que la televisión les da y creen lo que les enseña, por ejemplo, que vivimos en un mundo mezquino y peligroso donde la violencia es moneda corriente y digna de admiración.
La televisión influye sobre las convicciones, los valores y las conductas de los telespectadores, pero no influye en todos de la misma forma. Su influencia varía en función del tiempo en que la gente pasa delante de la pantalla y del contenido de los programas. Por otra parte, los niveles de instrucción del telespectador, su ambiente social -el contexto familiar, notablemente- son los factores que determinan profundamente la influencia ejercida por la televisión. De hecho las familias se preocupan muy rara vez de intervenir sobre ese plan y la escuela permanece indiferente frente a la televisión; los niños no pueden contar sino con ellos mismos para darle un sentido a eso que le ofrece ese medio de comunicación.
Si la televisión ejerce tal influencia sobre los jóvenes, es precisamente porque las otras instituciones que se ocupan de los niños funcionan muy mal hoy día. En otros tiempos, en otros lugares, la televisión habría podido tener otro efecto. ¿Tal vez sea mucho alarde de romanticismo el recordar que en el transcurso de los siglos precedentes las fábulas y los cuentos ocupaban una gran parte en la vida de los niños y que no hace mucho tiempo que se hacía la lectura a los jóvenes y se encargaban a los más grandes de esa actividad?
Hoy en día en muchas familias la televisión ha reemplazado a los cuentos por las historias modernas, homogéneas pero menos coherentes. El tiempo que ellos pasan mirando les desvía de la lectura; su capacidad de leer no está desarrollada; se da poco interés al premio de esa actividad. Los niños se encuentran abandonados en las manos de un sirviente infiel que le ofrece historias deshilvanadas donde actúan personajes inconsistentes.
Considerándolo bien, los problemas de la escuela se reencuentran en la televisión. La escuela no se preocupa más por la excelencia y la televisión no cultiva tampoco ese arte. Se suscita cada vez menos la curiosidad de la gente y no se les pide su implicación -he aquí, al menos un punto sobre el cual la escuela y los productores de la televisión parecen entenderse. No se habla más de educar, se trata de ejercitar. ¿Quién se encarga de inculcar los valores? ¿La escuela? ¿La Familia? La televisión sobre todo. ¿Pero los valores que ella inculca son tales que quisiéramos que fueran adoptados por nuestros niños?
Aquellos de nosotros que miramos mucha televisión estamos influenciados por lo que ella trasmite y las imágenes deformadas que trasmite no están sólo marcadas por la violencia. Si los niños hacen un uso excesivo de la violencia y lo sufren durante su desarrollo ¿sobre quién debemos achacar la falta? ¿Quién es responsable?
La responsabilidad le incumbe largamente a la televisión en sí misma. En América, es una institución ávida, que sirve a los intereses de quienes la subvencionan, sin servir para nada al interés público. Aún más, la televisión ha utilizado la violencia para captar la atención y ella continúa haciendolo a pesar de la reprobación pública. Su función comercial aparece en todo lo que ella hace. La televisión es responsable de los contenidos de los programas, pero el uso que la gente hace de la televisión no depende de ella.
¿Los niños son capaces de censurar? ¿Es su culpa si la información manipulada por la televisión es hasta este punto falsa? La escuela, la cual tiene el rol de transmitir nuestra cultura, no es en parte responsable de esa situación; hasta ahora ella ha fracasado en guiarnos a nosotros sobre el uso que deberíamos hacer de la televisión.



La televisión no está llamada a desaparecer y es poco probable que ella se constituya un día en un ambiente favorable a la socialización de los niños. Es una realidad que nosotros deberíamos aceptar. Podemos tratar de mejorar las cosas, de asegurarnos que los programas que ofrecemos a nuestros niños sean de mejor calidad pero más importante aún es enseñarles a los niños que la televisión no es una fuente de información sobre el mundo. Si queremos que se consagre menos tiempo a la televisión nosotros debemos proponerles otras actividades. Los niños tienen necesidad de conocerse ellos mismos tanto como conocer al mundo exterior; no podrán hacer ese aprendizaje sino sólo por medio de su propia experiencia y estando en contacto con otros seres humanos. Lo que requieren los niños es más tiempo para experiencias y menos de televisión.
La televisión no es capaz de enseñar a los niños lo que es necesario para llegar a ser adultos. La televisión es un instrumento publicitario y es legítimo que en cuanto tal ocupe ese lugar. Puede ser diversión y el hecho de divertir no es malo en sí. Puede tener un rol de información y eso es una buena cosa. No obstante, no es capaz de ser un instrumento de socialización válido. Es lo que debemos reconocer y es sobre ese problema que tenemos que intervenir. La escuela y la familia deben jugar un rol esencial en ese dominio y actuar más de lo que lo hacen en la hora actual; y ayudarles en toda la medida de lo posible. Podríamos comenzar por reducir la influencia que ejerce la televisión en la vida de los niños. Eso sería un buen comienzo. El momento está dado para dar ese paso.




SOBRE LA SOCIEDAD ABIERTA.
Jean Baudouin.
TODOS AQUELLOS QUE ESTIMAN que el pensamiento de Karl Popper se agota, por lo esencial, en una epistemología y no es acorde a la vida y a la organización de la ciudad más que como una atención subalterna, las páginas densas y cursivas consagradas a la televisión aportan, una vez más, un cruel desmentido. ¡Popper jamás ha sido tentado a la deserción cívica y moral! Al contrario, a partir de los análisis y de las intuiciones extremadamente ricas que él desarrolló en 1942 en La Sociedad abierta y sus enemigos, no ha cesado de pensar en la aventura democrática en todos sus ambivalencias. No es, sin duda, un azar si el último de sus textos está consagrado a la televisión. Todos aquellos que apreciamos la calidad y la audacia de sus reflexiones sobre la sociedad abierta extrañamos interiormente que ellas no tomaron jamás en cuenta, o al menos de un modo menor, el peligro representado, para la época contemporánea, del extranjero tragaluz y, más generalmente, por lo que Abraham Moles nombró como la opulencia comunicacional. Ese texto llenó realmente una laguna y se dirigió directamente a los habitantes de una sociedad abierta.
Es menos, en efecto, para la sociología divisar el fenómeno mediático que un ciudadano alerta por sus derivados y el pensamiento de la dificultad democrática que lo que Karl Popper ha escrito en pocas páginas. Toda su demostración consiste en insertar un diagnóstico y un conjunto de proposiciones. El diagnóstico se apoya sobre los trabajos realizados por el sicólogo americano John Condry y, mucho más, sobre las innumerables encuestas empíricas tomadas en Gran Bretaña y los Estados Unidos, con vistas de escrutar, de identificar y si es posible, de medir los efectos de inculcación que producían los programas de televisión destinados a los niños y a los adolescentes. La terapia sugerida nos recuerda que Popper jamás soportaría las actitudes de indiferencia y de renuncia, y que él siempre ha creído, que el fundamento mismo de una sociedad abierta tenía la posibilidad, por naturaleza infinita, no solamente de percibir los problemas y de identificar los peligros sino igualmente de administrarlos tan humana como eficazmente sea posible. De ese punto de vista, la sombra constante que establece y las proposiciones que él expone representan una condensación particularmente convincente de la reflexión que venía haciendo por más de medio siglo sobre los beneficio y de las ambigüedades propias de una sociedad abierta.



UN PROCESO DE DESCIVILIZACION,

POPPER SIEMPRE HA PERTENECIDO a la especie de los liberales intransigentes. Ha sido el testigo angustioso del hundimiento de las jóvenes repúblicas de la Europa central y de ahí adquiere la convicción de que una democracia bien comprendida no debe tolerar la intolerancia, con la cual aquellas claramente eran identificables. A primera vista, la televisión, pública o privada, no es el análogo moderno del fascismo de entre guerras. Ama, al contrario, dar de ella misma un rostro agradable, sonriente y relajado. Por tanto, el ejemplo americano le resta esa vista irónica. La sumisión del mundo mediático a los imperativos sagrados de la competencia y de los veredictos cotidianos de la audiencia provocan una nivelación hacia lo bajo de aquellos efectos más deletéreos que se hacen sentir a través de las emisiones destinadas a los niños y a los adolescentes.
La crítica formulada con gravedad nos lleva a una teoría general de la evolución social y moral de la cual Popper tuvo muy tempranamente el presentimiento, aunque no la sistematice hasta mucho más tarde. El niño que es dado a la vida, como cualquier otro organismo humano, requiere de una necesidad de regularidad. No se puede esperar que él llegue a ser un día un ciudadano formado si no se beneficia de un ambiente estable que le muestre las señales y le muestre el camino. Luego, la televisión moderna arruina metódicamente los cuadros tradicionales de la experiencia inicial. Ella es, según la bella expresión de J. Condry, esa ladrona del tiempo que enviste las miradas y los espíritus, por medio de sus programas o sus folletones, no vacila en tomar el gusto acre de la muerte y de la violencia, de destilar amoralismo y futilidad. Nunca las posiciones y los temores expresados por Karl Popper se habían acercado tanto a ese punto sobre las tesis dichas desde larga data en los Estados Unidos por los círculos abusivamente calificados de neoconservadores. Nosotros estamos, bellamente, en presencia de una barbarie moderna, de un movimiento de descivilización que ataca los resortes más íntimos de la sociedad abierta. Por una parte, y es un riesgo mayor que Popper señalaba ya en La lección de este siglo, el muestrario impúdico de sangre y de odio de debilitar la resistencia a la violencia, desgastar, poco a poco, en el espíritu de los individuos, las defensas inmunitarias que luego de dos siglos de cultura democrática ya habían preciosamente incorporado. Por otro lado, al subutilizar el tiempo libre y en detrimento de la instancia de socialización principal, si no exclusiva de los jóvenes, ella destruye todo sentido crítico, ella no educa con valores positivos y no vuelve a los sueños fecundos, ella impide la formación de espíritus curiosos y vigilantes.
Una sociedad democrática tiene el deber de educar a su juventud con las ideas de libertad, de responsabilidad y de solidaridad. Ella renuncia a esa tarea decisiva si ella acepta que las funciones estructurantes de socialización, que aseguraban tradicionalmente la familia, la escuela o el vecindario, sean en lo sucesivo abandonados al azar de la audiencia.





LOS RECURSOS DE UNA SOCIEDAD ABIERTA.
EL ANÁLISIS DE POPPER lanza con una claridad particularmente rica sobre su propia concepción de una sociedad abierta. No se trata sobre todo de una forma plena y segura que convendría amueblar progresivamente y que sería naturalmente prevenida contra toda intemperie. Popper, si hubiera tenido conocimiento, no hubiera apoyado, ciertamente, la tesis exitosa desarrollada por F. Fukuyama según la cual la democracia no tendría más hoy día ningún rival declarado y representaría, en consecuencia, el fin de la historia. Igual cuando se ha asociado a la vulgata democrática el historicismo que es lógica y políticamente insostenible. Es, al contrario, en la naturaleza de una sociedad abierta, aceptar tener enemigos y comprender que jamás estará definitivamente cubierta contra la barbarie. Una sociedad tal se reconocería por aceptar de entrada el horizonte de su propia finitud.
Esto no significa, felizmente, que una democracia no sea un tallo frágil llamada a ceder a las primeras tormentas. Popper no es Spengler. No tiene en su temperamento el declinar bajo todos los tonos de la decadencia de Occidente y de abandonarse a un nihilismo distinguido. Si apuesta a la sociedad abierta es porque ella pone a la disposición de sus participantes toda una gama de recursos intelectuales, argumentativos e institucionales. Con estas consideraciones, el texto escrito por sir Karl Popper profundiza las intuiciones que él desarrollaría en La lección de este siglo y llama oportunamente a la importancia que acordaría, al final de su vida, del concepto del Estado de derecho. Ello nos recuerda, en efecto, que la filosofía política de Karl Popper ha dado regularmente lugar a dos usos igualmente erróneos. Por una parte, un uso más bien social demócrata tomando apoyo en su teoría proteccionista del Estado y sobre su concepción prudencial de la reforma social. Por otra parte, un uso claramente liberal convoca, al contrario, su elogio a las libertades y los contrapoderes pero también sus temores a la extensión infinita de las funciones estáticas. Luego, en La lección de este siglo, Popper define así el Estado de Derecho: (éste) consiste ante todo en eliminar la violencia. Diría que ello podría ser una buena definición (...) Pero cuando nosotros aceptamos que se ha reducido a nada la aversión general que inspira la violencia, nosotros saboteamos el Estado de Derecho y el acuerdo general en virtud del cual ella debe ser evitada. De un mismo golpe nosotros saboteamos nuestra civilización. Afirma, en esta ocasión, que la violencia que se ejerce sobre los cuerpos o sobre los espíritus, sería la infección más grave que pudiera conocer una sociedad, y sería el deber del Estado de preservar los sentimientos elementales de justicia y de no-violencia que únicamente, en último recurso, pueden conservar un carácter humano.
La toma de consciencia de los peligros presentes en la televisión no podía sino incitar a ahondar aún más esa intuición mediatriz. Si una sociedad democrática precisa de la libertad para neutralizar el poder del Estado, ella igualmente necesita del arma reglamentaria para limitar los malos usos de la libertad. Popper siempre estimó que la economía de mercado era la compañera más o menos indócil de la democracia política. Pero no acepta que ella extienda inconsiderablemente sus lógicas a todos los registros de la vida social. Sobre todo en nombre de la eficacia y de la rentabilidad, ella somete los canales de televisión al reino ciego de la competencia y hace así el cauce de programas más nocivos y más deseducativos. Entre la hipótesis obsoleta de un monopolio estático de la radio-televisión y el escenario actual de la privatización y de la competencia salvaje hay lugar, quizás, para una solución intermedia: la creación de un orden corporativo deliberante de los permisos de televisión y con el poder en todo momento de retirar las licencias acordadas. No el todo-Estado ni el todo-mercado.



UNA ÉTICA DE LA RESPONSABILIDAD.
QUIZÁ SEA TIEMPO DE RECORDAR la definición aparentemente muy rústica que Popper da de una sociedad abierta en su obra de 1942: Yo llamo sociedad cerrada a la sociedad mágica o tribal y sociedad abierta aquella donde los individuos son confrontados a las decisiones personales. Y del reproche remarcado que hace en la ocasión del Simposium de Viena en 1988: No se puede esperar de una sociedad democrática que sea más democrática que sus habitantes. De comienzo a fin, el pensamiento popperiano se articula alrededor de una ética de la responsabilidad. Las mejores instituciones y los procedimientos más sutiles no harán nada si sus habitantes y sus usuarios han, de hecho, renunciado a su deber de ciudadanos. Una sociedad abierta es una sociedad que no busca devorar en sus miembros su responsabilidad personal, sino que, al contrario, los coloca en la medida para ejercerla serena y activamente. De ahí que entonces las proposiciones que emanan del texto Una ley para la televisión sean particularmente sugestivas.
Esa ética de la responsabilidad se dirige, en primer lugar, a las generaciones nacidas de la revolución democrática contemporánea. Karl Popper siempre pensó que pertenecía a una línea intelectual y social que tenía que disparar contra las devastaciones provocadas por las barbaries totalitarias y que, bajo ese título, llegar a una responsabilidad especial en la consideración de las generaciones siguientes. Ello no es, pues, un azar que su crítica sin concesiones al universo mediático apunte esencialmente a los programas destinados a los jóvenes. Es, en efecto, a aquella población de adultos que dirigen la sociedad y enuncian las leyes a las que les pertenece justamente tomar responsabilidades y no abrigar en forma tímida y última los imperativos del mercado, los veredictos de la audiencia, o los gustos del público para excusarse ahí.
Pero esa ética de la responsabilidad se dirige, sobre todo, al conjunto de personas que participan directa o indirectamente en la producción de los programas de televisión. Es notable, en efecto, que la proposición sugerida por Popper basada en la orden de los médicos o de los abogados sea capaz de otorgar los permisos del personal de la televisión y de fijar así la categoría, las obligaciones y los cargos precisos y personalizados de ese personal. Se trata, entonces, de instruir una cadena de interdependencias y de reciprocidades que es característico del funcionamiento de una sociedad abierta bien entendida. A saber: dar a cada eslabón de la cadena mediática el sentido de honor y de responsabilidad, a mantener, entre el conjunto del personal, un estado permanente de efervescencia intelectual y de consciencia crítica, de establecer una especie de estructura panóptica en el seno de cada programa y de debilitar el poder de unos, en todo momento, siendo neutralizados por los escrúpulos y temeridades de los otros, evitando así que una sociedad de apariencia democrática no incurra en su seno en un principio de domesticación. Ninguna orden estaría, por naturaleza, prevenida contra los excesos corporativos; quizá convendría asociar a esa reflexión y su acción, a la colectividad ciudadana de telespectadores adultos y niños que tendrían, a consciencia la tarea de aguijonear aguijonear los múltiples actores de la cadena mediática.


NO SE DISCUTIRÁ SOBRE los aspectos más sombríos y, sin duda, discutibles de la demostración. Ello reproduciría un método que sir Karl Popper utilizó regularmente hasta ver convencida a la opinión de la presencia de un peligro particularmente grave. Ese método consiste en discutir la ambivalencia característica de un fenómeno social efectivamente inquietante, con el fin de mejorar haciendo resaltar sus elementos más deletéreos y de dramatizar positivamente la situación. Se podría, en efecto, reprochar a Popper que la televisión cumple también una función de pacificación de las protestas sociales y de legitimación de las intolerancias ideológicas y que no es cierto que ella pueda ser mañana aprovechada por un nuevo Hitler. Así, el célebre senador McCarthy hubiera largamente aprovechado de las retransmisiones televisadas de los debates de la Comisión de actividades antiamericanas, antes de ser convertido en víctima de la pantalla mediática, por sus excesos verbales y sus retóricas frenéticas que finalizaron por irritar a aquellos mismos que les habían dado el plebiscito. Pero, respetando lo señalado por Karl Popper, reflexionemos sobre los peligros que él describió y que nos obliga a nosotros a permanecer reinventando continuamente la sociedad abierta.

Traducción libre de David De lo Reyes.