martes, 22 de septiembre de 2009


Para una Genealogía de la Sexualidad

 David De los Reyes








Precisando conceptos

El término genealogía habitualmente se comprende para referirse a la cadena de ascendientes o descendientes de un tronco familiar, llevando a cabo una búsqueda hacia el origen.
Nietzsche es quien lo ha utilizado en filosofía pero con un sentido distinto, como interpretación de los conceptos morales,  que los define en tanto prejuicios morales. Traduciendo esto a nuestros intereses podríamos comprender que lo que intentamos es una interpretación de los conceptos sexuales en tanto prejuicios sexuales, con el fin de presentar cuáles son el motivo real de estos sentimientos. Y la sexualidad será, además de una emoción, un valor que puede beneficiar una nobleza o bajeza de la persona en relación a nuestra práctica y sentimiento de la sexualidad. Podemos convertirnos en unos genealogístas de la sexualidad en la medida que vayamos estableciendo una crítica radical a los valores sexuales en tanto prejuicios y ejercicio de poder en el cuerpo del individuo y en la estructura y organización del cuerpo social, que refleja los sentidos aceptados de dicha sexualidad. Ante ello intentamos mantener una postura teórica y práctica de la sexualidad, en tanto valor absoluto o relativo, que vendrán a ser los elementos diferenciales de dicho valor.
Hemos dicho que la genealogía expresa búsqueda hacia al origen, pero más que un acercamiento a ese origen, se trata de una diferenciación o distancia del ser del origen de la sexualidad como prejuicio y determinismo social sobre el individuo. Se trata de un desciframiento de los jeroglíficos del pasado de las conductas sexuales, intentando hallar las condiciones sobre la que los grupos humanos de civilizaciones, culturas, y sociedades construyeron y mantuvieron valores y conductas sobre qué era la buena o mala, aceptada o censurada sexualidad y los recursos ideológicos, filosóficos, científicos, religiosos y culturales que construyen las reglas que dan el uso y valor correcto para un grupo dominante o minoritario.
No se trata ni de una historia de la sexualidad o lo erótico, como tampoco de meter el dedo en su condición ontológica, pues no se remite a indagar en una identidad pura originaria sino en una diversidad plástica de posturas  vitales y actitudes gozosas  ante la sexualidad. La sexualidad no se puede descifrar su esencia exacta en tanto cosa o como posibilidad pura, a través de una identidad originaria replegada sobre sí misma, de forma inmóvil y anterior a su manifestación, en tanto accidente y sucesión. Buscar el origen es como buscar lo que ya existía. Y la sexualidad sólo se puede manifestarse en un permanente devenir cultural y corporal inscrito en nuestro ser sometido a un inestable equilibrio permanente. Más que encontrar un origen de la sexualidad nos interesan las manifestaciones de su existencia, sus astucias, sus despliegues, sus usos y todos los disfraces en que se envuelve. Se trata de un desentrañar y quitar máscaras para develar al fin un suelo fértil de satisfacción y placer, de frustración y miedo, de eros y emoción/atracción amorosa. El genealogista sabe que detrás de las cosas hay otra cosa distinta, detrás de la fachada de la casa es dónde se encuentra su propia vida. La metafísica del origen siempre manifiesta que había una luz antes de la caída, antes que nuestro propio cuerpo, antes que el mundo y que la existencia. El genealogista sexual no cree en soberanías establecidas desde lo exterior a él en tanto formas pre-establecidas por la dirigencia del poder (políticas, científicas,  y todo el repliegue establecido en las disciplinas “psi”) o de las autoridades religiosas, ambas especialistas en esgrimir frente a los otros la culpabilidad, normativa, reducción de fuentes y el temor permanente ante la sexualidad. No hay origen divino en esto sino humano, demasiado humano.
Para la genealogía el origen, como veremos, no es el lugar de la verdad. Es un conocimiento que quiere alejarse de todo saber positivo estable. Con su estabilidad inamovible se quiere, sin embargo recubrir, mediante la charlatanería de la doxa, la articulación inevitablemente perdida entre la verdad de la cosa y la verdad del discurso sobre la cosa, en que inmediatamente desaparece y se pierde para facilitar la crueldad en los cuerpos y en el pensamiento sexual. Todo ello sólo avala una cascada de errores funcionales que estructuran una intimidad, una cercanía o una lejanía entre los cuerpos y con mi cuerpo. No se trata de quitar el velo a la verdad sino de llevar a cabo ciertos ejercicios espirituales (Hadot) desde la filosofía para encontrar un cause al sentido y la emoción expansivo del ser de ese instinto de vida implícito y personal. Por ello, la genealogía de la sexualidad no busca la verdad del origen sino acercarse a las vicisitudes, azares y las oportunidades (kairos), a las aristas  de los momentos y de los comienzos, mostrando la irrisoria mezquindad que fabrica la vida humana para su acorralamiento y reducción tanto a un más acá como para obtener un más allá. Se trata (Foucault 2008:23) de conjugar la quimera del origen, al igual que el buen filósofo requiere del médico para conjurar la sombra del alma. Y comprender que todo discurso filosófico no puede poner de lado el saber diagnosticar las enfermedades del cuerpo, sus estados de debilidad y sus energías, sus fisuras y sus resistencias. Somos un cuerpo en devenir que forja su propia historia en su obcecada creencia de alcanzar el espejismo final en su imaginación sin pasar por el escuchar de los gritos mudos y los sentimientos ciegos de su cuerpo. Ello nos daría un entramado de marcas sutiles, singulares y subindividuales que nos interconectan y entrecruzan entre nosotros y los demás, formando una red difícil de interpretar y desenredar. No se trata de buscar semejanzas sino relacionar lo que aparentemente procede como marcas diferentes o patrones distintos y separados sólo en apariencia pero que complementan su inscripción en el espacio temporal de la existencia. Más que un origen lo que hay es una multiplicidad de comienzos que permanecen como marcas borradas que pueden que pase por alto sólo para el ojo histórico con sed de origen común. Una red de acontecimientos en que se forma la sexualidad de los individuos a través y en oposición a sus creencias y sus acciones. No se trata de traer el pasado o una evolución que aún vive en la sexualidad de cada individuo y que lo marque por un destino grupal. Se trata de comprender cómo ha surgido todo de la dispersión, de localizados accidentes, de las mínimas desviaciones que luego recrecen en ocultamiento y perversión y necesidad de transgresión. Valores que surgen casi como inalterables para todos. Podemos escribir que se trata de descubrir que en la raíz de lo que conocemos y de lo que somos no hay el ser ni la verdad absoluta, sino la contingencia, el accidente y el gozo de ser, de ahí que la normativa surgida del tótem del origen requiera de la crítica de sus prejuicios sexuales en tanto moral irrenunciable.
La genealogía, como la encamino nuestro facilitador Nietzsche, se sitúa más allá del bien y del mal, conduciéndonos al conocimiento de valores y prácticas iniciales, ya que la sexualidad, si bien constituye un instinto de supervivencia en el reino orgánico, en el caso del hombre encontramos una separación al constituir en él uno de los mayores principios de placer y bienestar, frustración y malestar, y, por ende, plenitud o culpabilidad en el individuo, además de la consabida  reglamentación normativa  por parte de la sociedad en su obtención personal y grupal. Hay una sexualidad elevada y noble según ciertas posturas religiosas, la cual estaría determinada por los principios emanados por determinada divinidad y naturaleza,  reduciendo principalmente la sexualidad a fines únicamente biológicos de reproducción de especie o como sacrificio. Su otra condición, que también puede ser religiosa o sagrada, según las culturas, será en Occidente tomada como baja, obscena, perversa, que  encallaría en el uso de la sexualidad en función de la satisfacción y el placer individual. La conciencia formal sobre la sexualidad abarca un noble o un innoble uso de esa sexualidad. Pero uno y otro, a la final, no tienen, en sus aspectos culturales, más que un inventor y creador: el mismo hombre, quien será su regulador, su propiciador, su represor en función de los fines a desplegar dicha potencia humana: ocultando, manifestado, aceptando, redirigiendo, dominando, liberando la energía sexual humana.
Es por ello que podemos desarrollar una genealogía de la sexualidad en la medida que mostremos a una sexualidad negadora de satisfacción, placer, reconciliación con nuestra vida y que la convierte en resentida y desconfiada, que decanten hacia una inserción de una sexualidad decadente y servil. Se persigue una transvalorización de los valores sexuales que retome una moral sexual no de esclavos sino de seres autónomos y libres en el uso constructivo de la sexualidad en tanto eros gratificador y modulador del bienestar dentro de la existencia personal, alejándonos del resentimiento, culpabilidad, temor, vergüenza, aislamiento y negación respecto al uso de nuestro cuerpo en función del conocimiento de nuestra propia economía sexual.

Condiciones y circunstancias en cómo surgieron nuestros valores sexuales, cómo se desarrollaron y modificaron como síntoma, como máscara, como tartufería, como enfermedad, como malentendido. Sin dejar de lado la sexualidad como causa, medicina: terapia, estímulo, como freno y como veneno. Tomamos a nuestros valores sexuales como algo dado, real y efectivo, situando a la moral sexual aceptada (sea hetero, bi u homosexualidad y otras más) fuera de toda duda. Es por ello que podemos encontrar un uso de ella en tanto satisfacción digna que se encuentra a un nivel superior a la tomada como indigna, de una sexualidad aceptada por ser vista como útil, provechosa para el hombre normal. Qué pasa si encontramos que esa conducta buena de la sexualidad regulada por la sociedad decanta en un proceso de perversión, malas conductas, sexualidades ocultas, represiones que llevan a la violencia, a la violación, al dominio y humillación del individuo? Retomando las palabras de Nietzsche (1980:24) “¿Qué ocurriría si la verdad fuera lo contrario?” ¿Qué ocurriría si en la buena sexualidad hubiese un síntoma de retroceso, y asimismo un peligro, unas seducción, un veneno, un narcótico, de modo más bajo? Se trata de pensar la sexualidad en las condiciones y las circunstancias en donde aparecen ese peligro, esa seducción, ese veneno, ese narcótico, ese modo bajo por los cuales la sexualidad es limitada sin que pueda el individuo alcanzar una potencialidad, una fuerza y una magnificencia sumas por la ortopedia de un tipo de hombre sexual y un tipo de sociedad.

Toda moral sexual de dominio comienza con el resentimiento, conduciéndonos a crear valores. Este resentimiento lleva a convertirse, por los productos, efectos, controles y manejos obtenidos en lo aceptado como norma, (sea la sexualidad de la alcoba matrimonial o la sexualidad pagada del lupanar, ambas tienes una función de explotación y mercancía), impidiendo una auténtica reacción, una reacción de acción reveladora, dirigiendo únicamente a una satisfacción imaginaria más no plenamente corporal y espiritual. Es una sexualidad que no dice sí a sí mismo sino que se encalla en un no a sí, arrastrando a una moral dominada por un afuera, un otro, un no-yo. En lugar de volverse a su experiencia personal y consciente, es decir, hacia sí, esta moral del dominio sexual establece que su satisfacción obedece en función de una aceptación o prohibición (que es la cara que completa a la moneda) del mundo opuesto y externo. La sexualidad no la comprende desde su propio cuerpo sino como un impulso que lo lleva a atarse, domesticarse, reducirse a ese elemento que surge de nuestra relación con lo externo y del mundo (cultural e histórico). Esta moral sexual del resentimiento y del control requiere, fisiológicamente hablando, de estímulos externos para poder actuar de forma absoluta; su acción es, de raíz, una reacción y nuestro tiempo ha conformado todos los ambientes (culturales, mediáticos, productivos), para que ello ocurra. Una trans-moral sexual es la que dice sí a sí mismo desde su propia interioridad y brota espontáneamente en tanto individuo o pareja; se dice sí con júbilo y agradecimiento.
La sexualidad en tanto valor bajo, vulgar, malo, es sólo un pálido contraste que nace posteriormente cuando es vista en tanto concepto básico (útil), positivo. Estableciendo el sentido de un uso correcto que se establece como realidad buena, noble, bella y feliz. Cuando la persona infringe esta concepción anclada por la jurisprudencia junto a la transgresión aceptada (la cual no es más que una conducta normada invertida y complementaria para el ejercicio social de la primera), se toma como equivoca y se peca contra la realidad. De hecho, surge en la imaginación el acto conculcado en la realidad pero esgrimido metafísicamente y virtualmente en nuestra conciencia.
La aparición de una moral sexual normada es la del insatisfecho permanente, del resentido y de la vergüenza sexual que anhela y desprecia el goce sexual, mira con superioridad y odio al resto y a los de relajada conducta. Los convierte en esfinge En él se mezclan ciertos gestos y conductas que lo declaran como tal.
El individuo pleno sexual no tiene que construir una felicidad corporal artificial, llegando hasta persuadirse de ella, mintiéndose y tomando un resentimiento por su conducta satisfactoria. La sexualidad, vista así, integra y repone, mediante la distensión de las energías negativas contenidas, un retomar las fuerzas mediante un instinto de vida o principio vital que lo devuelve a cierta armonía y reconciliación con su ser y el mundo. Es un hombre necesariamente activo que no saben separar su propia actividad de su bienestar; de ello se desprende ese sentido del obrar bien y la de ser feliz. El otro sentido de la felicidad es la que surge de los impotentes, de los oprimidos, de los llagados por los sentimientos venenosos y hostiles, en los que el bienestar aparece como narcosis, aturdimiento, posesión material, quietud y paz pasiva.
La práctica de la sexualidad abierta y que dice sí subraya una vida con confianza, sentido de autonomía, plenitud  de ser  y franqueza frente a sí mismo. A diferencia del resentido sexual que se ufana de su represión y no es ni franco, ni honesto y fiel a sí mismo. Mira de reojo, su espíritu ama los escondrijos, contiene el peso de una cruz a cuestas mental, transitar por  los caminos difíciles por ser sólo difíciles y le gusta pasar por puertas falsas. Le atrae, por su desconocimiento y temor de la sexualidad, lo encubierto como su mundo: en ello encuentra su alivio, su seguridad, su replegar el temor de sí, sabe cuándo y cómo callar, de no olvidar (para alimentar su resentimiento), de aguardar (para infringir la venganza), llegando a empequeñecerse y humillarse transitoriamente en función de su conveniencia enferma (con ello queremos especificar una reducción o disminución de la plenitud de su ser en tanto cuerpo, mente y espíritu). Nietzsche prodiga que una raza de este tipo de hombres terminaría siendo más inteligente que aquella otra. Venerará la inteligencia de una manera distinta, a saber, como la condición más importante de su existencia en tanto condición de apropiarse de lo externo. A diferencia del individuo no resentido sexualmente, quien encontrara la inteligencia en tanto comprensión de sí, refinamiento y desarrollo de la inteligencia en función de la sensibilidad y emoción estética, es decir, erótica para sí. Para ellos son más importantes los instintos inconscientes reguladores, como es la de emprender la vida mediante la pasión y el afecto inteligente hacia el amor, el respeto, el agradecimiento, la cólera y la defensa del derecho a su vida.
En esta vida de plenitud sexual el individuo vence pronto a sus propios contratiempos que puedan surgir del querer venganza, o mantener odio. No lo tolera por mucho tiempo. Ello es propio de naturalezas fuertes y autónomas. Poseen una fuerza plástica sobreabundante, remodeladora, regeneradora, una fuerza que le hace fácil olvidar[1].  Un hombre de esta manera se sacude de un solo golpe los gusanos psíquicos (sus obsesiones, sus fantasmas, su negación), gracias a la superación de lo bajo presente en él, mediante la comprensión y experimentación de lo amoroso sexual como fin de vida. En el reprimido o resentido sexual, estos gusanos psíquicos anidan subterráneamente, llevando una obra que horadan su persona sin poder salir a la luz de su propia reconciliación sexual.

Foucault (2008:11) ha afirmado que la genealogía es gris, meticulosa y pacientemente documental. Trabaja con pergaminos embrollados, borrosos, varias veces reescritos. En nuestra propuesta no lo es menos. Volver a reinterpretar textos tanto filosóficos como de otras latitudes y saberes es lo que lleva a darle color a ese tono grisáceo de toda labor hermenéutica genealógica. Es un trabajo que no describe génesis lineales ni ordenadas por el sentido de lo útil o razonable. El deseo tiene múltiples direcciones y toda propuesta (hasta esta inclusive), siempre esconde piel de normatividad. Se irrumpe en la sexualidad a través de los canales por los que apenas roza la historia, como son los sentimientos, el amor, el sexo y los sexos, la imaginación, los instintos, sin pretender equívocamente de una evolución. La evolución sólo en tanto decorado externo por los que se agazapa los distintos mecanismos para normar y controlar la sexualidad de los cuerpos y de los individuos.
En esta genealogía de la sexualidad toma al cuerpo como un pilar en su ejercicio espiritual de búsqueda y desentrañamiento. El cuerpo se inscribe en un sistema nervioso, en una emocionalidad, en unos humores, portador de un registro de funciones vitales que le dan continuidad y forma. Y nada cambia por interpretar que nuestras mala digestión, nuestro débil aparato respiratorio, nuestro disfuncionamiento cardiaco se corregirán o mejoraran por la magia del origen de nuestros antepasados, y esto también podemos comprenderlo al aplicarlo a las disfunciones o aptitudes físicas sexuales. Esto es crear una realidad que procede de un más allá y nuestro cuerpo es sólo y siempre, un más acá. No hay verdades originarias pues es el cuerpo mismo quien lleva su vida y su propia muerte, su fuerza y su debilidad, su despliegue y energía sexual dirigida contra sí a contra el mundo, comprendida como placer de sí y placer del otro. Quedar y justificar por el origen nuestro cuerpo es mantener un error, un determinismo y un aislamiento de nuestro cuerpo ante el segmento vital a transitar.
La vida sexual del cuerpo puede ser vista como algo sucia, deshonesta, baja, instintual, y ser opuesta a aquella aceptada y aparentemente sagrada y la vida contemplativa que han inventado ciertos hombres para justificar su existencia y un tipo de dios. ¿Cuál es el motivo que debamos apostar por ese tipo de existencia? Si le preguntamos a Platón la respuesta es fácil, porque el cuerpo es la cárcel del alma, aquel es perecedero y este inmortal. Y si indagamos en Nietzsche en su Aurora (par.42) sugerirá que es propio de aquellas épocas en que los hombres comienzan a flaquear, a debilitarse, a enfermarse, en ser melancólicos y hastiados y, a consecuencia de ello, su cuerpo queda sin apetito y los deseos se reducen a la quietud inocua. Aparentemente deviene un hombre mejor, es decir, menos peligroso, y sus ideas sólo se formulan a través de las palabras y las reflexiones, dejando de lado la acción para sí y para otro. En ese estado es que aparecen los pensadores y predicadores de dioses llevando a la imaginación a instaurar supersticiones por doquier. El cuerpo es cubierto y ocultado –literalmente- por ellas, quedando bajo la dirección de los acontecimientos del pasado, haciendo nacer en él determinados significados y búsqueda de deseos, debilidades y errores. Ello hace que aparezcan sus conflictos y sus separaciones y en relación a la sexualidad un uso del cuerpo y un uso de la semilla vital.
El cuerpo es la superficie de inscripción de los acontecimientos (Foucault idem:32) en la medida que las ideas lo constriñen y el lenguaje lo marca. Y no ocupa nunca el mismo lugar de otro. La genealogía de la sexualidad pretende articular el lugar del cuerpo con su historia en tanto campo de errores y aciertos. En los que el cuerpo se ha impregnado de modelos y cómo los modelos han digerido y dirigido su energía sexual y su satisfacción y realización. De unos patrones que se adueñan y que constriñen al cuerpo violentándolo, transgrediéndolo, transformándolo y anulándolo. Se trata de presentar el camino seguido para instaurar y aceptar, restablecer y legitimar los diversos sistemas de sometimiento en el ejercicio del poder sobre el cuerpo. No se trata, como señala Foucault, la búsqueda originaria del sentido sino del juego azaroso de las dominaciones, de sus normativas y desviaciones, de sus gratificaciones y sus castigos, de su culpa y sus temores ante la potencia personal de nuestra sexualidad. Se trata de presentar el combate de las circunstancias. De la emergencia de ciertos estados de fuerza, de escapar de la degeneración y recuperar el vigor al alejar de sí lo que procede a debilitar nuestra corporalidad y nuestra psique. Comprender la emergencia como entrada en escena de las fuerzas que se inscriben en él. Así como el catolicismo tuvo y tiene una condición permanente de volver al individuo contra sí mismo, castigando su propio cuerpo como fin único que tiene todo hombre en su existencia temporal, dejando sólo que se manifieste la vida como espíritu de una pura religión de la conciencia sin cuerpo. El cuerpo debe castigarse hasta exprimirle su sed de deseos. Redimido sólo por la altura de la espiritual de un alma difusa, se queda a la espera de una vida de ultratumba.
La idea de emergencia en la genealogía de la sexualidad desentraña la contraposición de las distintas fuerzas y energías que se distribuye en el enfrentamiento, control y poder de unos contra otros; de una institucional moral sexual puritana frente a una globalizante moral sexual pervertida o díscola; del espacio interior que redistribuye su hacer y sus vacíos, de la intensidad o debilitamiento de vida y el fortalecimiento y distanciamiento con la muerte. Las emergencias de estas fuerzas dejan la marca en el cuerpo, la señal de Caín sexual. Siendo la emergencia de las constricciones del placer y del bienestar sexual el lugar de enfrentamiento íntimo y social de la sexualidad.
En el terreno de la sexualidad no sólo vienen a presentar un teatro donde residen los dominados y los dominadores, cosa que existe, claro está, sino en cómo los mecanismos internos del individuo fortalecen esa dominación ejerciendo y diseñando unas libertades aceptadas por la jurisdicción y otras constreñidas, ocultadas y viviendo agazapadas en tanto formas desviadas de manifestación y expresión sexual. La dominación sexual impone ceremonias y fija, desde la abstracción y desde fuera hacia el cuerpo, la sucesión ritual. Unos tienen obligaciones y otros derechos sexuales, y elabora los métodos de absorción e instauración de los usos del placer y del dolor sobre y dentro del cuerpo. Este ritual es el que establece los límites y los permisos, el número de los miembros, los momentos y espacios del amor, la correspondencia de los sexos, y el género y su manifestación. Son las marcas metafísicas y físicas que distribuyen nuestros comportamientos y nuestras correspondencias de placer, de bienestar, de salud, de agudeza o intensidad. Unos límites que construye un universo de complementariedad en que más que reducir la violencia sexual lleva a la aparición y su recrudecimiento en tanto dominio ejercido por otro como la aceptación de dicho dominio desde los pliegues de nuestra psique y corporalidad. La norma de dominio sexual en sí es el cálculo de nuestra represión y el repliegue de nuestra energía sexual hacia sí mismo. Facilitan la recreación de la violencia meticulosamente repetida entre los individuos y fija el control y límite sexual. La violencia sexual abierta se norma mediante las reglas que se aceptan para reaparecer como sistema de control y culpa en el ejercicio de dominio cruzado.
La genealogía de la sexualidad intenta interpretar esa capacidad para reapropiarse de un sistema de reglas que en sí mismas no tienen mayor significación pero que fuera de ellas nos imponen una dirección. Es un intento de redirigirlas y plegarlas a nuestra voluntad construyendo reglas secundarias de expansión de esa misma sexualidad en búsqueda de restituir una corporalidad sexual autónoma. Pero la genealogía consiste en una serie de interpretaciones que nos pueden llevar a unos ejercicios espirituales de búsqueda del conocerse sexual de sí y en contraposición a los ritos que, impuestos, se nos declaran como determinantes del origen de una sexualidad en tanto destino. Es por ello que no fijamos a la sexualidad en ninguna postura absoluta de la misma, sino como ampliación del horizonte de la experiencia en tanto satisfacción personal y crecimiento de nuestra energía obstruida por la metafísica y la regla de la norma, la representación abstracta y de la convención aceptada aunque se nos presente en tanto perversión y transgresión. La transgresión se reduce a negar a la transgresión de los personajes y máscaras que se han convertido en minorías o en generalidad contenida y proclive a la perversidad.
Comprendemos que el cuerpo no sólo está organizado por unas leyes fisiológicas que nos son dadas por naturaleza. Eso sería un franco error. Encontramos que los cuerpos y con ellos nuestra sexualidad, se encuentran rodeados de una serie de regímenes y gustos, de modas y esquemas, que lo modelan. Se tiene que someter a horarios de trabajo, de ocio y de esparcimiento. E igualmente se encuentra intoxicados por sustancias y alimentos que lo alteran envenenándolo o narcotizándolo, imponiendo leyes morales puras es decir, reduciendo su sensibilidad en y por la abstracción, (aunque se tenga la creencia que ingiriendo ciertas sustancias podamos, por momentos, intensificar nuestros registros corporales emocionales; el debilitamiento que causan las mismas en su adicción constituyen otro patrón en que la sexualidad queda reducida a un complemento, mas no en una condición de bienestar y existencia).
Se intenta de introducir una interpretación que nos permita  establecer una discontinuidad en nuestra sexualidad aniquilada o reducida, domeñada y sometida a la fuerza de lo abstracto y del mundo e historia exterior a nuestras vidas. Se trata de forjar una actitud de ruptura de hábitos y estetización del cuerpo en función en que reconozcamos nuestros instintos mediante un ejercicio de dramatización de los mismos, ampliando las posibilidades del gozo y de la reconciliación y oposición con nosotros mismos.
En esto no encontramos para nada la búsqueda de una ilusión sino la restitución de una condición propia del cuerpo y su dignidad en tanto ser sensible y amoroso, erótico e individual más también social. No podemos esperar un final milenario que nos devuelva la Edad de Oro de nuestra sexualidad. Eso que llaman algunos por  socialismo también ejerce sus propios mecanismos de represión, como bien propuso y habló Reich respecto al fascismo instaurado en las masas al redirigirles su energía sexual hacia una negación de su individualidad y una exaltación y sacrificio por la única vida posible satisfecha, la del líder fascista.


¿El sexo es aburrido?

“El sexo es aburrido”, dijo Foucault a un periodista norteamericano que lo entrevistó en 1984. Esta boutade es una atención para ponerse en guardia ante los intentos contemporáneos de racionalizar lo sexual. René Scherer (1987:169) lo señaló al decirnos que esta afirmación del filósofo de la Historia de la Sexualidad iba contra la positividad del sexo tomado en sí mismo, de su organismo transformado en criterio de existencia y de verdad.
El sexo es aburrido cuando la sexualidad se reflexiona desde los asientos de la seca ciencia positiva o por las tabulaciones de los géneros (moda anglosajona que llega a nuestros suelos). Se separa de las regiones donde roza con lo sagrado, lo divino, con el mito y el afecto. El sexo que pierde el roce con lo sublime sólo ondea a través del placer orgánico en su sombría compulsión. Se le despoja del aura, y termina siendo una búsqueda de socios de un club deportivo  a compartir. Su ejercicio, una gimnasia, aparta el goce del sexo en tanto vivencia y termina por ser sólo una higiene momentánea sin compromiso, al sobrepasar la individualidad a través del afecto y compromiso con el otro.
Scherer (idem) dirá que nuestra postmodernidad es un escaparate de sexos-objetos del cual se alejan el contexto de las almas (¿sexuales?). Ante este aburrimiento con que se rodeado la sexualidad-objeto, al individuo, le queda tomar el camino espinoso de la sublimación, por un lado, pero por otro, volver a la experiencia de sacralización de la sexualidad en tanto conocimiento del ser interior e intensidad de la afectividad y la emoción proporcionada en su conjunción y complicidad con el otro.
La sublimación de la sexualidad es espinosa por la condición de separarse de la promesa de bienestar que brinda una sensualidad compartida plena y satisfecha. Pero esto sirve quizás a todos aquellos que ahondaron hasta determinado límite la sexualidad, conformando una reducción de la sexualidad a la pulsión desencadenante; al acto maquinal, a un sexo de orden mecanicista, sin el aura de la corporalidad erotizada e intensificada en y a partir de sí. El sexo quedaría reducido, como es visto por Scherer, a una sucesión monótona de tensiones y descargas, que se subliman en un reemplazo desexualizado que decanta en la acción del arte o de la creación. Ante esta doble opción interpretativa de sexo aburrido o sublimación de la pulsión en creatividad o búsqueda de conocimiento o actividad laboral, podemos desplegar el entorno del cuido de sí de la sexualidad en función de la emoción estética de los cuerpos e intensidad emocional desarrollada en relación lúdica que implica una transformación y reconocimiento de nuestra sensibilidad sexual por medio del intercambio generado de la aproximación de los cuerpos y el significado emocional recobrado por ellos. La sexualidad sólo es aburrida cuando termina siendo gimnasia sexual, corte positivo de emanaciones y secreciones orgásmicas, repetición del acto sin significación afectiva. Se trata de pensar no a la sexualidad como medida de todas las cosas (caso de Freud, parafraseando a Protágoras), no de la reducción de la sexualidad sólo a pulsión sino de la sexualidad como acto de exaltación de la individualidad, del encuentro con el éxtasis, y de la complicidad que se funda en sí mismo con su otro. No se trata de definir positivamente al sexo, sino de intensificar la pasión que se despierta por la sexualidad. Esa pasión está implicada y aunada a una calidad de fisiología o corporalidad, a un nivel de nuestra apertura de aceptación psicológica y a una intensificación o éxtasis metapsicológico en tanto conjunción de lo físico con lo psíquico que se da a través del acto como conductor y mediador a ese otro estado que unifica, por la pasión y el éxtasis, a los cuerpos en una conjunción de placer inusitado y estético. La sexualidad en tanto pasión no busca ningún concepto ni un fin prefijado, sino que transgrede sus límites como intensificación de la pasión en tanto exploración del individuo frente a sí mismo y con otro (tanto psíquico –en la mente del amante-, como físico, por la presencia compartida de la pasión corporal). Esta emoción estética de la sexualidad es una vivencia irrepresentable donde se sublima toda forma para encontrarse con lo informe permitiendo el paso de la emoción vuelva al cuerpo erotizado y pasional.


De la seducción y la sexualidad

La sexualidad en tanto estética de la seducción vendrá a establecer una subjetividad en relación del afecto de sí y para sí en relación por el ser-atraído del otro, el cual puede ser el cuerpo o el alma o la conjunción de ambos. Se trata de un replanteamiento de espiritualizar el cuerpo a través de las vibraciones que se despliegan en el alma por la presencia del sujeto amado en el interior del amante. Es una estética que recompone los valores emocionales en el interior del ser-atraído gracias a la contemplación y participación del acto sexual. Es la inserción de la afectividad manifestándose por el deseo y la atracción. Es reencontrarse con la atracción implícita, ontológica, presente en el ser en tanto ser-atraído. De resignificar la emoción a través del movimiento de atracción y repulsión que encontramos permanente en tanto ser sexual. Un ser atrapado en la maya de lo exterior pero que vuelve a reconquistarse a sí gracias a ese contacto corporal libidinal. No se trata de una seducción que se engendra desde la avidez del mundo mercantilista y nihilista de nuestra sociedad de consumo. Es una seducción de los cuerpos que han superado la relación del universo abstracto del sexo-objeto para encontrarse con la sexualidad de la plenitud de los sujetos que participan en ella. La seducción en tanto afecto surgido por la atracción del otro, sea por su erotización, por el sentido de su belleza, por el simple hecho de la emoción suscitada en tanto ser-atraído. Ello constituye la posibilidad de un imaginario sexual pasional deslastrado de la pesadez del objeto y de la sensación inicua suscitada por el entorno de la exterioridad de la seducción en tanto insatisfacción repetida y proclive de eterno consumo, propio de nuestro mundo materialista. Donde la perversión hasta puede ser fuente de autosatisfacción de nuestras pasiones y manías de diversificación de los componentes amorosos y eróticos. Este imaginario puede estructurar nuestra afectividad emocional y nuestra reconciliación con el instinto de vida. Un imaginario irreal que encuentra una salida en tanto realidad gracias a la afectividad suscitada por el objeto imaginado-representado viviéndolo desde nuestra atracción afectiva.
La atracción es originada por la experiencia en tanto vivencia erotizante, vinculante con el ser-atrayente en el ser-atraído. Es una intuición que atraviesa a lo sensible para derivar en una estetización de nuestra emoción.
La sexualidad no es nada sin el afecto, el cual es promovido por la seducción en tanto deseo y atracción, que se traduce en afecto y en posesión vivida en el imaginario subjetivo. Es lo que impulsa a dinamizar la fuerza de las pasiones, en un libre (y coercitivo, a la vez), obrar amoroso en tanto fundamento de la sexualidad y de la ceremonia de los cuerpos suspendido en el éxtasis compartido. Pasión y fuerza atractiva es el impulso que inicia un eros que trasciende al cuerpo por medio del cuerpo o de los cuerpos; es comunión mística que escapa al mundo para establecer el mundo del afecto, de la intensificación de nuestra corporalidad en unión trascendente con la inmanencia sagrada del azar cósmico. La plenitud sexual seduce como verdad vivida a distancia de cualquier explicación racional; es una movilización del ser hacia la intuición, y al misterio como fuente que contiene el contacto pleno con la belleza y el encanto del ser individual por la mediación del cuerpo/alma atractiva del otro.



Notas:
[1] Nietzsche (1980:46) nos da a Mirabeau como ejemplo, el cual no tenía memoria para los insultos ni para las villanías que se cometían con él, y que podía perdonar por la única razón que olvidaba.




Bibliografía:Barrera, C. 2008: Nueva estética de la seducción. Manuscrito de la autora.
Foucault, M. 2008: Nietzsche, la Genealogía y la Historia. 
Pre-textos, Valencia.
Kerenyi, K.: 1967: Eleusis: Archetypal Image of Mother and Daughter. 
Pantheon Books, N.Y.
Nietzsche, F. 1980: Genealogía de la moral. Alianza, Madrid.
Nilsson, M.P. 1961: Historia de la Religión Griega. Eudeba, Buenos Aires.
Rousseau, J. 2005: Las Confesiones. Amorrortu, México.
Scherer, R. 1987: El alma atómica. Para una estética de la era nuclear. Gedisa, Barcelona



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Las condiciones de la evolución sexual
Por: Robin Fox


La evolución del comportamiento sexual se puede abordar a distintos niveles, ya sea a nivel de todos los organismos con reproducción sexuada (incluidas las plantas), o bien a nivel de una especie o subespecie particular. Al considerar una especie o subespecie cualquiera, no se pueden soslayar los problemas generales de la reproducción sexuada y, en primer lugar, la cuestión de explicar por qué existe. Teóricamente, los organismos con reproducción sexuada emplazados en una situación de competencia con organismos de reproducción asexuada deberían desaparecer en beneficio de estos últimos. Si se tiene en cuenta que, en su origen, la reproducción es asexuada, es necesario explicar cómo ha aparecido la reproducción sexuada, ya que cualquier mutación favorable en un organismo asexuado se puede reproducir de inmediato, mientras que la mutación sexuada tiene que diluir el efecto de esa mutación en las generaciones siguientes, por medio de la fecundación. Ni siquiera el acoplamiento entre consanguíneos (inbreeding) se puede presentar como una ventaja de la reproducción sexuada, ya que se trata de una reproducción más lenta que la de los organismos asexuados, que, en caso de proliferar, produciría homocigotos mortales.
La conclusión que se impone es que la única ventaja de la reproducción sexuada —el incremento de la variación genética— ha debido ser tan considerable en unas determinadas circunstancias que este modo de reproducción ha acabado por convertirse en el componente singular dominante en una estrategia evolutivamente estable (dominant partner in an evolutionarily stable strategy). Esta conclusión aún plantea algunos problemas teóricos, pero se puede comprobar que la mezcla de caracteres de los progenitores podría perfectamente conferirle, en ciertas condiciones marginales, una cierta ventaja sobre la simple mutación y la mitosis. A este respecto, se invoca frecuentemente «un entorno sometido a cambios bruscos», aun- que esto resulte bastante vago.
Ahora bien, cualquiera que sea la manera como la reproducción sexuada se ha originado y el nivel en que aparece, exige ciertas condiciones para que se dé. Quizá la única exigencia absoluta sea la de que los dos sexos mantengan suficientes contactos para que puedan intercambiar el material genético de que son portadores. En este sentido, la reproducción hermafrodita cumple esta condición, puesto que un mismo organismo posee los dos «sexos». Cuanto más se complica el intercambio genético, más complejas se hacen las relaciones entre los sexos. Por otro lado, en algunos organismos primitivos no existe una distinción bien definida entre los sexos. Entre dos organismos, el que se desplaza con mayor rapidez se convierte en «macho», porque su velocidad ligeramente superior le permite inocular la materia en el más lento. Pero esto es relativo, dado que, en los organismos superiores, la división se estabiliza. Sin embargo, el principio continúa siendo el mismo: el esperma es más rápido que el óvulo.
En cualquier caso, no es suficiente con que el intercambio sexual se produzca; es necesario, además, que un «sexo» asuma la gestación, después de lo cual, la progenitura será asumida, según cuál sea la trayectoria evolutiva adoptada por el organismo, por uno de los sexos, por los dos o por ninguno de ellos. Habitualmente, es la «hembra» quien se ocupa de la gestación, y es la hembra, ya sea sola o en colaboración con otras hembras, la hembra y el macho inseminador, o bien grupos de machos y hembras, además de otras posibles combinaciones, los que asumen los cuidados que requiere la descendencia. No es necesario enumerar aquí las diversas formas que puede adoptar en las diferentes especies con reproducción sexuada. Simplemente, basta hacer constar su variedad.
Si nos fijamos en los mamíferos, encontramos, también, una gran diversidad; limitada, no obstante, por las peculiaridades propias de la adaptación que caracteriza a esta clase: sangre caliente, viviparismo, lactancia de las crías, gestación interna, etc. Se habrá dicho mucho de lo que se puede decir respecto a la sexualidad humana, al afirmar que corresponde a lo que cabe esperar de un mamífero omnívoro, de gran talla, dotado de un cerebro voluminoso, caracterizado por un dimorfismo sexual moderado y susceptible de reproducirse a lo largo de todo el año, con un ritmo lento. Ahora bien, esto no quiere decir que sólo sea previsible un modelo único de comportamiento sexual: con lo anterior, lo que se define son los límites dentro de los cuales se producirá la variedad. Para poder comprender ésta, lo mejor es que nos preguntemos cuáles son las variables, lo que no deja de entrañar dificultades, pues nos arriesgamos a predeterminar la respuesta en virtud de la forma en que nos planteemos tal interrogante. Antes que partir de categorías de dudosa universalidad cultural, como «familia nuclear» y «matrimonio», es preferible adoptar como punto de partida una unidad objetiva que es, por definición, universal para los mamíferos y, por tanto, no contaminada por las categorías culturales. Esta unidad evidente es la que constituyen la madre y la descendencia que depende de ella.
En los mamíferos —por definición— las crías nacen vivas y son amamantadas por la madre. Lo que varía, según los casos, es: a) lo que la madre invierte, por encima del mínimo necesario, en su progenie; b) el grado y la naturaleza del vínculo que uno o varios machos tienen con esta unidad fundamental (y las relaciones de las distintas unidades entre ellas).
Un resultado interesante que deriva del desarrollo de la cultura por el hombre es que reproducimos, en el interior de nuestra propia especie, todas las variantes que se pueden detectar en los diversos órdenes de los mamíferos; pero volveremos después sobre este aspecto. Por el momento, consideremos algunos casos extremos en esta clase, a título de ilustración. El hámster vive en madrigueras solitarias, y el contacto de machos y hembras se limita a un encuentro furtivo en el curso de un breve período de celo cuando un macho penetra en la madriguera de una hembra para copular. Después de un corto período de gestación, la hembra amamanta a sus crías durante algunas semanas, al término de las cuales aquéllas se dispersan y excavan sus propias madrigueras. Aquí tenemos, a grandes rasgos, el límite inferior de la organización de las relaciones sexuales en los mamíferos. Consideremos, ahora, algunos ungulados como las gacelas, las cebras, los ciervos, etc. Existen notables diferencias en cuanto al modo de organización de sus manadas, pero, fundamentalmente, el núcleo permanente de los agrupamientos lo constituyen las hembras y los jóvenes. Los machos viven en solitario la mayor parte del año o bien se reagrupan en manadas errantes formadas sólo por machos. En su período de celo (el otoño), los machos combaten entre sí, y los vencedores se aparean con las hembras, agrupadas en rebaños, para después alejarse. Las hembras paren (en primavera) y amamantan unas crías precoces que muy pronto son capaces de seguir a sus madres. Al cabo de un año, los machos se dispersan. Veamos ahora el caso de una manada de perros de caza o de hienas. Los machos y las hembras permanecen juntos durante todo el año, sea época de celo o no. Por otro lado, existe una compleja jerarquía en el apareamiento. Además, las hembras paren cachorros de crianza lenta. En este caso, los machos, como las hembras, se ocupan de la descendencia de diversas maneras, fundamentalmente regurgitando la carne de los animales que cazaron, etcétera.
Así pues, hemos pasado de una ausencia casi total de contactos entre machos y hembras, excepción hecha del minuto y medio propio del contacto sexual del período de celo, a un contacto estacional, y finalmente a un contacto permanente. Hemos pasado, igualmente, de los mínimamente imprescindibles cuidados de los progenitores, a la crianza asumida por (15)la madre y por las hembras de la manada hasta su asunción por todos los machos y todas las hembras de un grupo con una organización compleja. Existen numerosas variantes en estos temas, como la constitución de parejas monógamas en territorios bien delimitados (monogamous territorial pair bonding) (como es el caso entre los gibones) o las hordas de machos y hembras (en los monos aulladores), pero las variables aquí consideradas son efectivamente las más importantes. Estas variables se ven influidas por el proceso de adaptación, de forma que, según los casos, los machos están en mayor o menor medida implicados en los asuntos de las hembras y de los jóvenes. Esencialmente, la intervención de los machos no es necesaria en estos asuntos, en lo fundamental. Si la hembra no tiene necesidad del macho una vez que éste la ha fecundado, entonces prescinde normalmente de su presencia. Sin embargo, cuando más compleja se vuelve la vida del animal, mayores son las probabilidades de que el macho cumpla otras funciones, sobre todo la de defensa, pero también, en los carnívoros cuyo ritmo de crecimiento es relativamente lento, la de proveer de carne a los cachorros y la de «enseñarles» (atendiendo a su capacidad de imitar) el arte de la caza. Por su parte, las hembras también difieren respecto al grado en el que se necesitan unas a otras: así, viven en soledad, como los hámsters; en compañía de su pareja sexual, como es el caso de las hembras gibones; o se reúnen en rebaños, como entre los ungulados, etcétera.
Por lo demás, una cosa es casi cierta: cuando varias hembras colaboran mutuamente es muy probable que tengan vínculos genéticos entre sí. Lo mismo puede decirse de los machos, pero la probabilidad es menor en este caso. Para comprender este fenómeno y, por consiguiente, para comprender la variante humana —lo que llamamos «sistemas de parentesco (consanguíneo) y de emparejamiento» (systems of kinship and marriage)— es necesario tener presente el proceso que Darwin bautizó como «selección sexual» (sexual selection) y el pro-(16)ceso subsidiario al que recientemente se le ha dado el nombre de «selección parental» (kin selection).
Básicamente, la selección sexual es una variante de la se lección natural, pero que consiste no tanto en una lucha dirigida contra lo que Darwin denominaba «las fuerzas hostiles de la naturaleza», como en una lucha de los sexos por obtener una ventaja en el proceso de reproducción. Esta selección implica la competencia entre los animales de un mismo sexo
—normalmente los machos— para apropiarse de sus correspondientes parejas del otro sexo, así como la elección por parte de este otro sexo —normalmente las hembras— de sus parejas entre los vencedores.
Vernos, pues, que todo ello es el resultado de las condiciones necesarias de adaptación de las que hablábamos más arriba: las hembras tienen necesidad de los machos al menos para la inseminación, pero también para la protección, y, eventualmente, para la alimentación; en consecuencia, escogen entre los machos a aquellos cuyo éxito en la lucha los ha revelado como los más capaces. Esta competencia puede adoptar diferentes formas, y atraía la atención de Darwin en la medida en que explicaba desarrollos anatómicos extraordinarios, como la cornamenta del ciervo o la enorme pinza que le sirve de reclamo al cangrejo. Sin embargo, las evoluciones pueden ser meramente de comportamientos e implicar, por ejemplo, representaciones «ritualizadas» del combate. Lo que se exige a los machos será diferente en cada especie. En el caso de los ungulados y de los mamíferos marinos, en los que el emparejamiento macho-hembra es estacional y orientado exclusivamente al acoplamiento, poner de manifiesto la superioridad de la propia fuerza es suficiente. Por otra parte, cuando machos y hembras viven juntos de manera permanente, otras cualidades pueden revestir mayor importancia: la capacidad para escalar en la jerarquía de los machos, por ejemplo, que supone poner en juego otros aspectos diferentes de la fuerza.
Sin embargo, lo que es necesario subrayar a propósito de la selección sexual es que, sea cual fuere el criterio adoptado (17)(fuerza, velocidad, ocupación de un territorio, exhibición ritual, etc.), sólo son una minoría los machos que consiguen reproducirse, mientras que, generalmente, todas las hembras lo consiguen, al menos una vez. Esto se explica fácilmente: un macho puede fecundar a un gran número de hembras, mientras que una hembra, una vez preñada, debe llevar el feto durante un período que puede llegar a un año y, además, muy a menudo tiene que amamantar y criar al vástago. Consiguientemente, las «estrategias» de los dos sexos no pueden sino diferir de una manera notable. Desde el punto de vista de la reproducción, el macho tiene la ventaja de poder aparearse con tantas hembras como le sea posible, mientras que la hembra —que no tiene más que una oportunidad al año— tiene que intentar obtener los «mejores» genes. Del hecho de la «selección parental» deriva el interés de la hembra por jugar tal baza en colaboración con hembras a las que está ligada genéticamente, y debemos investigar ahora por qué. Pero subrayemos, en primer lugar, que las «estrategias» de las que hablábamos antes, serán sensiblemente modificadas por poco que, desde el punto de vista de la reproducción, el macho tenga interés en intervenir en su progenie. Cuando no existe una ventaja definida —sobre todo entre la mayor parte de los ungulados y de los mamíferos marinos—, la lucha despiadada de la que hemos hablado parece que es lo que prevalece. Pero cuando los machos han de intervenir activamente para garantizar la supervivencia de su descendencia, la competencia, aunque existe, es mucho más sutil y complicada y, además, el macho debe atender a un número menor de hembras. Tal es lo que caracteriza a los primates, los carnívoros sociales y, sobre todo, al hombre. De ello resulta, por ejemplo, un dimorfismo sexual mucho menos marcado y una ausencia de rasgos anatómicos altamente especializados, que fue lo que llevó a Darwin a emprender las investigaciones sobre este modo de selección.
Pero nos es necesario volver a la cuestión del grado de emparentamiento genético (relatedness) o del parentesco consanguíneo (kinship), puesto que tal cuestión se refiere al aspecto genético, es decir, a aquello sobre lo que actúa la selección. Si hablo de «estrategias» de los genes, o de los animales, huelga decir que no me refiero a estrategias conscientes. (Parece que esta apreciación aún se les escapa a algunos.) Se trata simplemente de que, en ocasiones, es más fácil utilizar la metáfora de las «intenciones» que formular su razonamiento en el correcto lenguaje de la teoría de la «selección». Hablando con propiedad, el único objetivo de los genes es producir copias de sí mismos. Los organismos son sus agentes. Sin embargo, los genes idénticos no están confinados en un organismo, sino que son compartidos por los organismos emparentados genética mente, siendo el número de genes comunes tanto más alto cuanto mayor es el grado de parentesco. Siempre hay, por consiguiente, un grupo de organismos estrechamente ligados en el plano genético que comparten un gran número de copias de genes idénticos: una especie de pequeño pool genético. Padres e hijos son los más próximos, genéticamente hablando, en el mismo grado en que lo son los hermanos y las hermanas. Pues bien, los «grupos de hembras» que hemos evocado anteriormente, casi siempre son familias extensas de madres-hijas, grupos de parentesco uterino (groups of female kin) fuertemente ligados en términos genéticos. Si consideramos a estos grupos como pequeños pools de genes idénticos que buscan su reproducción, podemos observar cómo, en ciertos estadios de su evolución, les resulta más provechoso obrar en conjunto, antes que individualmente, y, aún más, escoger los genes de los machos «superiores» para producir una nueva generación asociándolos a los suyos.
Los primeros trabajos que trataron sobre la selección sexual ponían su acento en la competencia entre los machos (male competition) y, en efecto, la selección parece funcionar de una manera mucho más espectacular en este caso. Pero, más recientemente, se ha tenido que reconocer que la «elección por parte de las hembras» (female choice) quizá constituya el último determinante en la vía de la evolución. Los machos, por decirlo así, se agotan en la lucha de unos contra otros para que, a continuación, las hembras se adjudiquen los vencedores que les servirán de sementales. Si, por otro lado, se tiene en cuenta que entre los grupos de hembras puede haber diferencias considerables en cuanto al éxito en la reproducción, podremos comprender toda la dinámica del sistema.
La estrategia de las hembras consiste necesariamente en escoger el «mejor» macho, sean cuales fueren los criterios de elección. Si las hembras de un grupo pueden ser inseminadas por los genes de un macho superior, no sólo su descendencia femenina saca un inmediato provecho de ello, sino que se incrementan, igualmente, las posibilidades de que sus «hijos» fecunden a más grupos de hembras. De este modo, los genes del grupo de parentesco uterino originario se extenderán en el conjunto de la población con muchas más probabilidades de éxito que los de los grupos rivales. Parafraseando la célebre fórmula de Samuel Butler (un polluelo es la forma por la que un huevo produce otro huevo) y diciendo que un macho es la forma por la que las hembras generan hembras (o, incluso, que un macho es la forma mediante la cual un grupo de parentesco uterino genera otro grupo de parentesco uterino), nos aproximamos a lo esencial del proceso de selección sexual. Pero hemos de considerar todo esto, en última instancia, como el resultado de la estrategia de autorreproducción de los genes.
No podemos aquí examinar todas las condiciones que determinan este comportamiento de «coalición entre consanguíneos» (kin-coalition) y el interesante modo de selección que resulta. En realidad, no conocemos todas esas condiciones, aunque sea plausible considerar que las ventajas en lo que se refiere a la obtención del alimento que resultan de un comportamiento como éste han debido desempeñar un papel decisivo. Pero basta que esas condiciones «se» produzcan y eso es muy importante para nosotros, pues los primates, que es nuestro propio orden, manifiestan fuertes tendencias en esa dirección en numerosas especies, comprendida la nuestra. Sin embargo, los primates, a diferencia de los ungulados, viven en grupos que se caracterizan por «un contacto permanente entre machos y hembras». Este factor —que comparten, por ejemplo, con los carnívoros sociales— ejerce una profunda influencia. No neutraliza los procesos de selección sexual o de selección parental, pero los modifica, y esta modificación es el primer paso en el camino que conduce al comportamiento sexual del hombre.
Todo ocurre como si las hembras, en los ungulados, en vez de contactar a los machos victoriosos durante un breve período en la época de celo, hubieran decidido incorporarlos de forma permanente al grupo y, además, reunir varios grupos de parentesco uterino en un grupo más amplio. Las razones por las que esta fusión se produce en ciertas especies (como los primates) son muy diversas: las más importantes son, seguramente, las que se refieren al éxito en la búsqueda de alimentos, la necesidad de defensa para las hembras y, en los carnívoros, la necesidad que tienen los jóvenes —dotados de un desarrollo relativamente más lento— de que los machos les aporten el alimento. Los primates superiores son vegetarianos (los babuinos y los chimpancés no cazan sino esporádicamente) y no «alimentan» a sus hijos, por lo que éstos deben buscar por sí mismos su comida, una vez destetados. En este caso, la protección parece ser la razón más probable. Sin embargo, el número y los tipos de combinaciones de los machos incorporados, así como las formas de la organización social, varían enormemente según las especies y, por nuestra parte, no podemos más que proponer un esbozo de algunos rasgos muy generales de todo ello. Por un lado, tenemos un solo macho que es incorporado a un grupo de hembras; por el otro, varios machos que entran a formar parte de un número igualmente elevado de familias de hembras. En este sentido, se puede considerar la pareja monógama —que, por ejemplo, encontramos en los gibones— como un caso límite: por razones ecológicas, un territorio solamente es suficiente para abastecer a las necesidades de una hembra y un macho. Entre los orangutanes, las hembras son las que establecen los dominios territoriales, y los machos intentan adjudicarse varias hembras sin permanecer de (21) forma permanente con ninguna de ellas. Entre los chimpancés, los grupos de machos, por un lado, y los de parentesco uterino, por otro, forman una «horda» del bosque: de este modo, los machos permanecen mucho más ligados al grupo, aunque continúen constituyendo un «bloque» separado dentro del sistema social. Entre los babuinos y los macacos comunes, coexisten dos jerarquías, la de las unidades de parentesco uterino, por una parte, y la de los machos individuales, por otra. Por lo que se refiere a los babuinos hamadryas y geladas, los rebaños están compuestos por «harenes», estando cada uno de ellos bajo el control de un macho. Los gorilas, por su parte, viven en bandas compuestas por un macho dominante, algunos machos más jóvenes, y las hembras con sus hijos.
La «ley del macho opcional» (law of the dispensable male) interviene en algunos de estos grupos. Bajo ciertas condiciones extremas, por ejemplo, los grupos de macacos «se desembarazan» de sus machos hasta que no quede más que uno, mientras que en períodos más favorables puede haber en un mismo grupo un gran número de machos. Por lo demás, las especies caracterizadas por constituir «grupos de un solo macho» (one-male groups) o harenes presentan, en su mayor parte, rasgos comunes con los ungulados: los machos entran en competencia bajo diversas formas y sólo algunos consiguen constituir su harén. En los «grupos con más de un macho» (multimale groups), la situación es diferente: también aquí la competencia entre los machos está presente, pero, puesto que deben coexistir, han de establecer entre ellos un orden jerárquico que limite los perjuicios de la competencia. De una forma parecida se jerarquizan las familias de hembras, y son las familias dominantes las que atraen hacia sí a los machos de mayor rango. Los «hijos» de estas familias, a su vez, tienen mayores probabilidades que los demás de llegar a ocupar un rango elevado, contribuyendo, de ese modo, a perpetuar el proceso. Así pues, podemos observar cómo el modelo «estacional» de los ungulados ha sido en esos grupos, en cierta manera, «deformado», para (22) dar paso a un tipo de colaboración permanente y jerárquicamente organizado de machos y familias de hembras.
La principal modificación que esta organización introduce en el proceso de selección natural tiene relación con los criterios de definición de los «mejores genes» en los machos. Las especies que se caracterizan por formar grupos con un solo macho se asemejan, en su mayoría, a los ungulados, sobre todo por su acusado dimorfismo sexual y por los rasgos anatómicos específicos en el macho (la crin y la «capa» de los hamadryas, por ejemplo). Las especies en cuyos grupos hay varios machos, por su parte, se caracterizan por un menor dimorfismo sexual y una menor especialización de los sexos, y es la capacidad de desarrollar una vida en común y de organización la que prevalece en la selección, antes que la simple fuerza, la resistencia o los alardes rituales. A menudo, por ejemplo, las hembras del orden jerárquico superior no toleran a los machos demasiado agresivos o muy batalladores, y son éstos, precisamente, quienes han de abandonar el grupo y llevar una vida solitaria.
Sin embargo, ¿existe en este amplio espectro de sistemas de relaciones sexuales/sociales un modelo básico de los primates (basic primate pattern). Es importante aclarar este punto, pues se trataría del modelo que ha caracterizado a nuestros propios ancestros hasta la culminación de su «hominización» (transition to humanity). En este sentido, este modelo sería la materia prima de la sociedad de los homínidos: de ese sistema de relaciones sexuales sería de donde ha surgido el «sistema social». En mi opinión, se puede inferir, a partir de los primates que viven en grupos, un modelo pan-primático (pan-prima te pattern) de las relaciones, o de lo que hemos denominado las «estrategias», que se establecen entre los tres bloques (blocks) principales o grupos de interés del sistema, como son:
a) los machos con carácter «estable» dentro del grupo (established); b) las hembras y los jóvenes, y c) los machos periféricos o pretendientes (peripheral or aspirant)1. Los machos «estables» son los que tienen acceso a las hembras en celo por haber sabido constituir sus harenes, por haber progresado en la jerarquía del grupo, haberse asegurado el control sobre un territorio o, simplemente, por cumplir con otra cualquiera de las condiciones requeridas para obtener la hegemonía. A ellos, se enfrentan los machos —generalmente más jóvenes— que aspiran al status de procreador. Las hembras se intercalan entre ambos bloques: «aportan» machos jóvenes a los grupos periféricos y se proveen de los «mejores genes» de los machos adultos. Las combinaciones posibles son numerosas, pero básica mente el esquema es éste. Por lo demás, no difiere sustancialmente del modelo característico de los otros mamíferos de vida grupal, si exceptuamos el caso de los primates, donde los machos están incorporados al grupo de forma permanente, lo que, como hemos visto, influye notablemente en los criterios de definición del «mejor macho».
Ahora bien, si se trata de abordar el modelo fundamental que caracteriza a los primates vegetarianos, hemos de preguntarnos qué cambio crucial dio origen a la raza de los homínidos y, finalmente, a nuestra propia raza humana. Parece que nuestros ancestros fueron primates vegetarianos que practicaban una variante del modelo abordado aquí. Así pues, dado que existe una estrecha relación genética con el chimpancé, por un lado, y una similitud entre el tipo de adaptación al medio propio de nuestros ancestros y el de los babuinos y macacos comunes, por otro, la variante en cuestión muy probablemente ha sido una versión del sistema del «grupo con varios machos con grupo de parentesco uterino» («multi-male group with female kim group» system»). Sin embargo, lo que hoy por hoy es incontestable, a tenor de los datos recogidos en el este de África, es que nuestros ancestros se pusieron a cazar y a ali-(24)mentarse de animales muertos, hace ya entre dos y tres millones de años, a gran escala (hunting and scavenging). Entonces ya eran bípedos, pero el paso del consumo esporádico de alimentos cárnicos a un régimen en el que la mitad de la dieta era la carne, había de suponer un cambio radical en las relaciones entre los sexos y entre los machos jóvenes y los viejos. Estas fueron las transformaciones que dieron lugar al hombre tal como actualmente lo conocemos, pues cuando apareció el Homo erectus el cambio irreversible ya se había producido, según podemos constatar a tenor de las medidas de la estatura y del cerebro. Y éste fue el hecho crucial: la rapidez, sin precedentes, de la evolución del cerebro de los homínidos (cuyo volumen se ha triplicado en dos millones de años) ha tenido lugar exactamente a lo largo del período en el que la actividad cazadora se ha incrementado, y en proporción a este incremento. En otras palabras, el volumen y la complejidad del cerebro se han desarrollado paralelamente y en la misma proporción que el tamaño y la cantidad de las presas.
Por lo que hace a los factores determinantes de estos cambios, no son muy difíciles de determinar, pero las consecuencias sobre el proceso interno de la selección sexual ya no son tan fáciles de delimitar. Abordemos el problema desde el punto de vista de los machos. En el tipo de competencia en el que el vencedor exclusivo lo obtiene todo, es la fuerza bruta la que cuenta; pero en la competencia «jerárquica» de los primates, la autoridad y el cálculo son lo que cuenta; en la caza, obviamente, es la habilidad para obtener la carne con la que abastecer a las hembras y a los hijos lo que desempeña el papel preponderante. Sin embargo, la realidad es más compleja: la fuerza, la autoridad y la habilidad del cazador no son suficientes en una sociedad que practique la caza de forma cooperativa. Las dotes de mando, de organización, pero también las facultades nacientes, como la elocuencia, los conocimientos chamánicos, etc., pueden llegar a constituir las principales bazas en el acceso a las posiciones dominantes y, consiguientemente, a las hembras fecundables. Esto reviste una particular importancia en la evolución de los homínidos, pues no tenían millones de años de experiencia de vida como carnívoros en sus genes, como era el caso de los carnívoros sociales. Por ejemplo, no podían utilizar para cazar sus armas naturales, era necesario que las inventasen; tampoco podían alimentar a sus hijos regurgitando los alimentos, por eso era necesario transportar el alimento a su hábitat; el bipedismo y la liberación de las manos son, en este sentido, de una importancia fundamental. Pero, sobre todo, los machos tenían que discurrir soluciones inteligentes frente al desafío que suponían las diferentes formas de caza: desde el punto de vista selectivo, lo que determinaba la ventaja de uno sobre otro estaba ligado a la inteligencia antes que a cualquier otra capacidad.
Desde el punto de vista de las hembras, la transformación esencial consistió en la división del trabajo que la caza, como nuevo medio de vida, trajo consigo. Básicamente, las hembras de los homínidos proporcionaban la alimentación vegetal —destinada a la dieta omnívora— y dependían de los machos en la provisión de carne. A su vez, los machos dependían de las hembras en lo que a dos servicios fundamentales se refiere, y que eran desconocidos, al principio, entre los primates: la recolección y preparación de los alimentos vegetales y el cuidado de los hijos (éstos se desarrollan más lentamente debido a la neotenia progresiva que entraña el bipedismo, al carácter relativamente prematuro del recién nacido humano y a la necesidad que tiene el cerebro, con un mayor volumen, de efectuar una mayor parte de su crecimiento fuera del seno materno).
De ahí deriva el hecho de que los machos tuvieran que «invertir» mucho en su progenie, mientras que, en los otros primates, los individuos jóvenes, una vez destetados, se valían por sí mismos. Consiguientemente, la estrategia de los grupos de parentesco uterino debió consistir no saben adquirir «los mejores genes» (lo que quería decir los «mejores cazadores») sino, asimismo, en retener a los machos con el fin de que continuasen abasteciendo a sus hijos de carne, alimento que en adelante era necesario.
Ahora bien, durante el período crucial que va de —2,5 millones de años a —1 millón, todo esto significó para el sistema de relaciones sociosexuales de los homínidos una convulsión en las relaciones entre los tres «bloques» del sistema, aunque se conservase el fundamento primitivo. Hemos de entender que una nueva criatura se estaba forjando en el crisol de la selección natural y sexual: el hombre-mono cazador (hunting ape-man), Y cabe decir que, en términos evolutivos, se trató de una evolución rápida. Por consiguiente, las tensiones entre el modelo fundamental y las nuevas exigencias de la criatura emergente están en el centro de la condición humana actual. Por eso, los tres bloques debían aún acomodarse unos a otros, interferirse entre ellos; pero siempre en unas circunstancias que no cesaban de modificarse. El principal cambio fue, como hemos visto, en su origen, la división del trabajo entre los sexos, que revolucionó no sólo las relaciones entre los dos sexos, sino también las relaciones en el interior de los grupos sexuales.
Fueron sobre todo los machos jóvenes o periféricos —como ocurre siempre en la selección sexual— quienes cargaron con las consecuencias del cambio. Las condiciones por las que podían escalar en la jerarquía y convertirse en procreadores efectivos se volvían cada vez más complejas. Por su parte, los machos dominantes, más viejos, debían enfrentarse a los machos jóvenes bien dotados. De esta forma, la lucha en el interior del grupo de los machos, entre los que eran dominantes y los que aspiraban a serlo, debió intensificarse desde el mismo momento en que las hembras exigieron de los machos que participasen con carácter permanente en el aprovisionamiento de los jóvenes.
La respuesta revolucionaria que se dio a este reto fue, si se juzga por su resultado final, es decir, el sistema de relaciones sociosexuales del Homo sapiens, la doble invención de la iniciación y el matrimonio. Una vez alcanzado este estadio, era inconcebible que la competencia entre los machos estuviese abierta a todos. Por otra parte, el cerebro no habría podido evolucionar con tanta rapidez sin un sistema de relaciones sexuales altamente selectivo, de modo que sólo los «mejores genes» fuesen transmitidos a las generaciones siguientes. En consecuencia, era necesario que este sistema satisficiese dos condiciones: el control del acceso de los machos jóvenes a las hembras en celo y el control de la atribución de las parejas por los machos más viejos.
Se comprende, así, inmediatamente el papel de los sistemas de iniciación. Son sistemas directos de represión y selección por los cuales se realiza la función psicológica de la «identificación con el agresor» (Freud), en concreto, la identificación de los machos jóvenes con los viejos. Dado que el acceso a las hembras en celo no se permite sino después de la iniciación, y a veces incluso sólo después de haber tenido la experiencia de la guerra, un pool de hembras jóvenes se destina a los polígamos viejos. Por supuesto, los machos jóvenes intentan sustraerse a las restricciones manteniendo relaciones sexuales ilícitas. Cuanto más se retrasa la edad de acceso al matrimonio para los machos y más jóvenes se casan las hembras, mayores son las posibilidades de que se desarrolle la poligamia. El modelo de matrimonio (marriage pattern) más extendido en las sociedades humanas (en un 75 % de ellas) es la «poligamia de los fuertes» e incluso en las que son oficialmente monógamas o debido a razones «ecológicas», los más fuertes gozan habitualmente de mayores posibilidades de acceso a las hembras jóvenes o, al menos, se reservan el monopolio en materia de matrimonio.
De todos modos, a veces pasa inadvertido el hecho de que los sistemas de parentesco (consanguíneo) en el hombre —que derivan de la selección parental ya existente— constituyen también una respuesta al control que los machos más viejos y/o más fuertes ejercen sobre los machos jóvenes. (En su origen, esto debía suponer una simple gerontocracia. Pero con la aparición de las estratificaciones sociales por órdenes y clases, fue el poder y no simplemente la edad lo que contaba, aunque en el interior de las clases la oposición entre jóvenes y viejos no desapareció.) Es evidente que en las nuevas condiciones de división sexual del trabajo y de la caza en cooperación, ya no había lugar para el antiguo sistema de relaciones sexuales fundado en el principio de «todo para el vencedor». La visión freudiana de una horda primitiva parricida (y quizá fratricida) probablemente no esté muy alejada de la verdad. De cualquier manera, ya se había introducido una atenuación a esta situación a través de la influencia selectiva de los grupos de parentesco uterino, que, además, debió de ser modificada por la necesidad que tenían los machos de establecer matrimonios dentro de cada banda y entre las diferentes bandas, así como por el deseo de las hembras de vivir con garantías de seguridad con los machos que habían escogido. En los primates, el emparejamiento (alliance) —o sea, la constitución de parejas permanentes— así como la consanguinidad (kinship) —entendida en el sentido de grupos que se basan en una filiación común (commond descent)— también existían, pero no dentro del mismo sistema. La innovación que aportaron los humanos consistió en combinar esos dos elementos en un solo sistema, al utilizar la definición del emparentamiento genético para expresar las posibilidades de emparejamiento. (No se trataba aquí del tabú del incesto. Los humanos, como la mayor parte de las especies con reproducción sexuada, evitan de todas las formas el exceso de relaciones sexuales entre allegados consanguíneos. El tabú es simplemente una confirmación de esta evitación, con algunos aditivos propios de la especie humana.)
De este modo, los sistemas de «parentesco (consanguíneo) y de emparejamiento» (kinship and marriage) se constituyeron como consecuencia de la necesidad de redefinir las relaciones y las estrategias de los tres bloques. La innovación más sobresaliente consistió en que la consanguinidad no solo vinculó al conjunto de los miembros de los tres bloques sino que fue utilizada, también, para definir el modo en que se hacía la atribución de las esposas: es decir, en realidad, la distribución de las hembras jóvenes entre los machos. Es por tanto la exogamia —concebida por Lévi-Strauss, con toda propiedad, como un sistema de intercambio positivo— lo que constituye la verdadera innovación humana. Sin embargo, lo que habitualmen(29)te no se reconoce es que los sistemas de parentesco no aseguran simplemente el intercambio de esposas, sino que están «dispuestos» de tal manera que la elección de las parejas disponibles para los machos de la joven generación depende de la elección que hicieron los machos de más edad, es decir, que son las reglas propiamente dichas que controlan el acceso de los jóvenes a las hembras. Por tanto, la responsabilidad del control es competencia de la colectividad y las representaciones colectivas desempeñan la función de «restricciones» respecto al comportamiento de los jóvenes. Y allí donde el sistema de parentesco no establece ese control con sus propias reglas, son los machos más viejos (o más fuertes) quienes han de intervenir directamente para delimitar los márgenes de cada opción y la elección de pareja de los jóvenes. He hablado de los machos, pero seguramente los grupos de parentesco uterino basados en la cooperación tienen algo que decir a propósito del problema de saber con quién han de mantener relaciones sexuales sus miembros. Estos grupos, como el modelo básico da a entender, ejercen a menudo una considerable influencia sobre sus miembros, aunque puede adoptar formas muy diversas. Es difícil que los intereses de estos grupos coincidan, y la lucha que de ello se deriva está en el origen de la dinámica y de la extraordinaria versatilidad de los sistemas de relaciones sexuales y de relaciones sociales en el hombre. Otros muchos elementos intervienen y vienen a representar otras tantas formas de poner en cuestión la configuración básica: factores de orden ecológico, económico, político, consideraciones de clase, de poder, así como elementos de orden ideológico y tecnológico (la píldora, por ejemplo). Pero mientras la reproducción de las generaciones futuras dependa del control de las relaciones sexuales, el modelo básico tendrá que ser respetado y las nuevas condiciones deberán adaptarse a él. La tan traída y llevada «familia nuclear», por ejemplo, no es más que una forma de acomodación, entre otras, que, como el modelo permite apreciar, se verifica en ciertas sociedades. Esta forma no constituye, ver-daderamente, la configuración básica, como a menudo afirman los investigadores en ciencias sociales.
De esta manera, esta perspectiva evolutiva nos permite considerar de distinta forma las transformaciones históricas de las relaciones entre los dos sexos. Una de las principales conclusiones que podemos sacar es que es necesario abordar todos estos procesos desde el punto de vista de las relaciones entre los tres bloques antes mencionados: el de los machos dominantes, el de las hembras y sus hijos y, por último, el de los machos pretendientes. En la actualidad, las muchachas disponen de una libertad de elección mucho mayor que nunca; con la píldora, el control que ejercen los adultos se ha reducido considerablemente. Sería interesante ver en qué medida el modelo de base reaparece en las relaciones actuales. Me parece que hay muchos elementos —como las tasas de embarazos en las adolescentes, el aumento de la proporción de divorcios, los movimientos de solidaridad entre las mujeres, etc.— que son probablemente signos indicativos de que el modelo se reafirma más bien que manifestaciones patológicas o el resultado de una toma de conciencia (que lo sería si se considerase a la «familia nuclear» como punto de partida, lo que no es con mucho el caso).
En mi opinión, los historiadores y los antropólogos podrán reconsiderar con provecho sus datos a la luz de este esquema. Por ejemplo, los trabajos de Lévi-Strauss y de Ariés adquieren pleno sentido en ese marco de análisis; ambos autores abordan, en realidad, aspectos del modelo fundamental. Ahora bien, esto no quiere decir que la configuración básica no pueda ponerse en entredicho, sino que es la causa de nuestro comportamiento actual: porque somos el resultado de ella y, como Freud subraya oportunamente, estamos condenados a reproducirla. Nuestro cerebro, nuestra fisiología y nuestro comportamiento son la memoria viva de su evolución; nuestras sociedades son el resultado variopinto de las posibilidades que ofrece. Desde luego, podríamos liberarnos por completo de este modelo, y existe un serio peligro de que así lo hagamos. Pero no está claro que el resultado pudiera aún llamarse «sociedad humana», o que pudiera durar2.



Robin Fox
Universidad Rutgers










Del libro: Sexualidades Occidentales
Título del original francés: Sexualités occidentales
Editions du Seuil, París
© Copyright Editions du Seuil, 1982.
Traducción: Carlos García Velasco
1a. edición en Argentina, 1987
Impreso en la Argentina - Printed in Argentina
En el mes de Julio de 1987 en los Talleres RIPARI S.A.
J. G. Lemos 246/48 -Tel 552-3900; Buenos Aires
Queda hecho el depósito que previene la ley 11723
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Guanajuato 202 A; México D.F.




















Advertencia: Este artículo es de dominio público. Agradecemos que sea citado con nuestra dirección electrónica: http://www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com/.

Sexo
Desmond Morris



(Capítulo 2 del libro, El Mono Desnudo de 1969)




Max Sauco

Sexualmente, el mono desnudo se encuentra hoy en día en una situación un tanto confusa. Como primate, es impulsado en una dirección; como carnívoro por adopción, es impulsado en otra, y, como miembro de una complicada comunidad civilizada, lo es incluso en otra.
Para empezar, debe todas sus cualidades sexuales básicas a su antepasado el mono de los bosques, comedor de frutos. Estas características fueron después drásticamente modificadas para adaptarlas a su vida de cazador en campo abierto. Esto era bastante difícil, pero, a continuación, tuvo que adaptarse al rápido desarrollo de una estructura social crecientemente compleja y determinada por la cultura.
Desmond Morris


El primero de estos cambios, de comedor de frutos sexual a cazador sexual, fue realizado en un período de tiempo relativamente largo y con éxito aceptable. El segundo cambio fue menos afortunado. Se produjo con demasiada rapidez y tuvo que depender de la inteligencia y de la aplicación de una sujeción aprendida, más que de modificaciones biológicas fundadas en la selección natural. Podríamos decir que, más que moldear la civilización el moderno comportamiento sexual, ha sido el comportamiento sexual el que ha dado forma a la civilización. Si esta declaración parece demasiado rotunda, permítanme exponer primero el caso, para volver a argumentar al final de este capítulo.
En primer lugar, tenemos que establecer con exactitud la manera en que se comporta actualmente el mono desnudo en el terreno sexual. Esto no es tan sencillo como parece, debido a la gran variedad que existe en y entre las sociedades. La única solución es sacar a colación el término medio, tomándolo de numerosos ejemplos de las sociedades más adelantadas. Podemos prescindir, en términos generales, de las sociedades reducidas, atrasadas y poco florecientes. Estas pueden tener costumbres sexuales extrañas y curiosas, pero, biológicamente hablando, no representan la corriente principal de la evolución. Es muy posible que su raro comportamiento sexual haya contribuido a su fracaso biológico como grupos sociales.
La mayor parte de la información detallada que tenemos que nuestra disposición proviene de numerosos y fatigosos estudios realizados en años recientes en Norteamérica y fundados principalmente en su cultura. Afortunadamente, es una cultura biológicamente amplísima y floreciente, y puede ser tomada, sin miedo de distorsión, por representativa del moderno mono desnudo.
El comportamiento sexual pasa, en nuestra especie, por tres fases características: formación de la pareja, actividad precopulativa, y cópula, en general, pero no siempre por este mismo orden. La fase de formación de la pareja, normalmente llamada galanteo, es notablemente prolongada, a escala animal, y con frecuencia dura semanas e incluso meses. Como ocurre en muchas otras especies, se caracteriza por un comportamiento experimental y ambivalente, que implica conflictos entre el miedo, la agresión y la atracción sexual. El nerviosismo y la vacilación disminuyen poco a poco si las mutuas señales sexuales son lo bastante fuertes. Estas comprenden expresiones faciales complejas, actividades del cuerpo y manifestaciones verbales. Estas últimas abarcan las señales sonoras especializadas y simbolizadas del lenguaje, pero, y esto es igualmente importante, ofrecen al miembro del sexo opuesto un tono de expresión distinto. Con frecuencia se dice de las parejas de novios que «murmuran dulces tonterías», y esta fase compendia claramente el significado del tono de la voz, en contraste con lo que se habla.
Después de las fases iniciales de exhibición visual y vocal, se realizan contactos corporales. Estos acompañan generalmente a la locomoción, que aumenta ahora considerablemente cuando la pareja está junta. Los contactos de las manos y los brazos van seguidos de los de la boca a cara y de boca a boca. Se producen besuqueos mutuos, ya en posición estática, ya durante la locomoción. Con frecuencia vemos súbitas carreras, presecuciones, saltos y pasos de baile, y pueden también reaparecer las manifestaciones infantiles.
Gran parte de esta fase de formación de la pareja puede desarrollarse en público, pero cuando se pasa a la fase precopulativa se busca la soledad, y las sucesivas formas de comportamiento se producen, en lo posible, aisladamente de los otros miembros de la especie. En la fase precopulativa aumenta de manera chocante la adopción de la posición horizontal. Los contactos entre los cuerpos aumentan de intensidad y duración. Las posiciones poco intensas de costado dan progresivamente paso a los contacto cara a cara de gran intensidad. Estas posiciones pueden mantenerse durante muchos minutos o incluso varias horas, mientras las señales visuales y vocales pierden gradualmente importancia y se hacen más frecuentes las señales táctiles. Estas comprenden pequeños movimientos y variadas presiones de todas las partes del cuerpo, pero particularmente de los dedos, manos, labios y lengua. La pareja se despoja total o parcialmente de la ropa y el estímulo táctil de piel a piel es aumentado en una zona lo mayor posible.
Durante esta fase, los contactos boca a boca alcanzan su mayor frecuencia y duración, y la presión ejercida por los labios varía desde una suavidad extrema a una extrema violencia. Durante las respuestas de alta intensidad, los labios se separan y la lengua se introduce en la boca del compañero. Los movimientos activos de la lengua sirven para estimular la piel sensible del interior de la boca. Los labios y la lengua se aplican también a otras muchas zonas del cuerpo del compañero, especialmente a los lóbulos de las orejas, el cuello y los órganos genitales. El macho presta atención particular a los senos y los pezones de la hembra, y el contacto de los labios y la lengua se convierten en más complicados lametones y chupetones. Una vez establecido el contacto, los órganos genitales del compañero pueden ser también objeto de acciones de esta clase. Cuando se produce esto, el macho suele concentrarse principalmente en el clítoris de la hembra, y la hembra en el pene del macho, aunque en ambos casos se abarcan otras zonas.
Además del beso y de las acciones de lamer y de chupar, la boca se aplica también a diversas regiones del cuerpo del compañero en una acción de morder, de intesidad variable. En general, esto se limita a suaves mordiscos de la piel, o a débiles pellizcos, pero a veces, puede convertirse en violentas e incluso dolorosas mordeduras.
Mezcladas con los estímulos vocales del cuerpo del compañero, y frecuentemente acompañándolos, se produce una abundante manipulación de la piel. Las manos y los dedos también exploran toda la superficie del cuerpo, pero especialmente la parte delantera y, cuando la intensidad es mayor, las nalgas y la región genital. Como en los contactos orales, el macho presta atención particular a los senos y pezones de la hembra. En su movimiento, los dedos golpean y acarician, repetidamente. De vez en cuando, agarran con fuerza, hasta el punto de que las uñas pueden hundirse profundamente en la carne. La hembra puede asir el pene del macho o sacudirlo rítmicamente, simulando los movimientos de la cópula, y el macho estimula los órganos genitales de la hembra, particularmente el clítoris, de modo parecido y frecuentemente con movimientos rítmicos.
Además de estos contactos de la boca, de las manos y del cuerpo en general, existe también una tendencia, en los momentos más intensos de actividad precopulativa, a frotar rítmicamente el sexo sobre el cuerpo del compañero. Se producen también muchas contorsiones y entrelazamientos de brazos y piernas, en ocasionales y fuertes contracciones musculares, de manera que el cuerpo experimenta una enorme tensión, seguida de relajamiento.
Estos, son, pues, los estímulos sexuales practicados en el compañero durante los arranques de actividad precopulativa, y que producen una excitación fisiológica sexual suficiente para que se produzca la cópula. Esta empieza con la inserción del pene del macho en la vagina de la hembra. Ordinariamente, se realiza cara a cara, con el macho sobre la hembra, ambos en posición horizontal y teniendo la hembra las piernas separadas. Existen muchas variaciones en esta posición, según veremos más adelante; pero ésta es la más sencilla y la más típica. Después, el macho inicia una serie de rítmicos empujes de la pelvis. Estos pueden variar considerablemente en fuerza y rapidez, pero, si no hay ningún impedimento, suelen ser rápidos y muy penetrantes. En el curso de la cópula, hay una tendencia a reducir los contactos orales y manuales, o, al menos, a reducir su sutileza y complejidad. Sin embargo, estas formas ahora subsidiarias de estímulo mutuo prosiguen en cierto modo durante la mayor parte de las secuencias de la cópula.
La fase copulativa es típicamente mucho más breve que la precopulativa. En la mayoría de los casos, y a menos que emplee tácticas dilatorias, el macho llega al momento de la eyaculación en pocos minutos. Otras hembras primates no parecen llegar a una culminación del episodio sexual; en cambio, la hembra del mono desnudo constituye una excepción a este respecto. Si el macho sigue copulando durante largo rato, también la hembra alcanza un momento de consumación, una experiencia orgásmica explosiva, tan violenta y liberadora de la tensión como la del macho, y fisiológicamente idéntica, salvo la única y natural excepción de la evacuación de esperma. Algunas hembras pueden llegar muy pronto a este momento, mientras que otras no llegan en absoluto; pero, en general, se alcanza entre los diez y los veinte minutos del comienzo de la cópula.
Es raro que exista esta discrepancia entre el macho y la hembra en lo que atañe al tiempo requerido para alcanzar el clímax sexual y el alivio a la tensión. Es éste un asunto que habremos de examinar con mayor detalle más adelante, cuando estudiemos la significación funcional de las diversas pautas sexuales. Bástenos decir aquí que el macho puede superar el factor tiempo y provocar el orgasmo de la hembra prolongando y agudizando los estímulos precopulativos, de modo que ella se encuentre ya fuertemente excitada antes de la penetración del pene, o bien empleando tácticas inhibitorias durante la cópula, a fin de retrasar el propio orgasmo, o prosiguiendo la cópula inmediatamente después de la eyaculación y antes de que cese la erección, o tomándose un poco de descanso y copulando por segunda vez. En este último caso, su debilitado impulso sexual hará que, automáticamente, tarde más tiempo en alcanzar el suyo.
Cuando ambos partícipes han experimentado el orgasmo, sigue normalmente un considerable período de agotamiento, de relajamiento, de descanso y, con frecuencia, de sueño.
De los estímulos sexuales debemos pasar ahora a las respuestas sexuales. ¿Cómo responde el cuerpo al estímulo intensivo? En ambos sexos se producen considerables aumentos de las pulsaciones, de la presión sanguínea y de la respiración. Estos cambios empiezan durante las actividades precopulatorias y alcanzan su máximo en el momento de la consumación. El número de pulsaciones, que normalmente es de 70 a 80 por minuto, se eleva a 90 ó 100 durante las primeras fases de la actividad intensa y llega hasta 150 en el orgasmo. La presión sanguínea, que empieza aproximadamente en 120, se eleva a 200 e incluso a 250 en el momento del clímax sexual. La respiración se hace más profunda y más rápida, y, al acercarse el momento del orgasmo, se convierte en un prolongado jadeo, a menudo acompañado de rítmicos gemidos o gruñidos. Al final, el rostro puede estar contraído, con la boca muy abierta y dilatadas las ventanas de la nariz, a la manera de los atletas en su máximo esfuerzo o de las personas a quienes les falta el aire.
Otro cambio importante que se produce durante la actividad sexual es una drástica mutación en la distribución de la sangre, desde las regiones más profundas a las zonas superficiales del cuerpo. Esta acumulación de sangre adicional en la piel tiene numerosas y chocantes consecuencias. No sólo es causa de que el cuerpo resulte más caliente al tacto -color o fuego sexual-, sino que produce ciertos cambios específicos en numerosas zonas particulares. Durante una intensa actividad, aparece un característico rubor sexual. Este se presenta corrientemente en la hembra; empieza en la región de piel que cubre el estómago y la parte superior del abdomen, se extiende a la parte alta del pecho, después a los lados y región media de los senos y, por último, a la parte inferior de éstos. También la cara y el cuello pueden verse afectados. En hembras muy sensibles, puede extenderse también al bajo vientre, a los hombros, a los codos y, con el orgasmo, a los muslos, a las nalgas y a la espalda. En ciertos casos, puede cubrir casi toda la superficie del cuerpo. Ha sido descrito como una especie de ataque de sarampión y resulta ser una señal óptica sexual. Ocurre también, aunque más raramente, en el macho, empezando igualmente por la región superior del abdomen y extendiéndose al pecho y, después, al cuello y a la cara. En ocasiones, cubre los hombros, los antebrazos y los muslos. Una vez producido el orgasmo, el rubor sexual desaparece rápidamente, siguiendo el orden inverso a su aparición.
Además del rubor sexual y de una vasodilatación general, existe también una marcada vasocongestión en varios órganos dilatables. Esta congestión sanguínea es producida por las arterias, que vierten sangre en estos órganos más de prisa de lo que tardan las venas en extraerla. Esta condición puede mantenerse durante largo tiempo porque la propia hinchazón de los vasos sanguíneos en dichos órganos contribuye a cerrar las venas que pretenden llevarse la sangre. Esto ocurre en los labios, la nariz, los lóbulos de las orejas, los pezones y los órganos genitales de ambos sexos, y también en los senos de la hembra. Los labios se hinchan, enrojecen y sobresalen más que en cualquier otro momento. Las partes blandas de la nariz se hinchan y las ventanas se dilatan. Los pezones aumentan de tamaño y se ponen erectos en ambos sexos, pero más en la hembra. (Esto no se debe sólo a la vasocongestión, sino también a la contracción del músculo del pezón.) La longitud del pezón de la hembra llega a aumentar un centímetro, y su diámetro hasta medio centímetro. La región circular de piel pigmentada que rodea los pezones también se hincha y toma un color más vivo en la hembra, pero no en el macho. Los senos de la hembra muestran igualmente un significativo aumento de tamaño. Cuando se ha alcanzado el orgasmo, el seno de la hembra habrá aumentado, por término medio, hasta un 25 por ciento de sus dimensiones normales. Se hace más firme, más redondeado y más protuberante.
Los órganos genitales de ambos sexos experimentan considerables cambios en los períodos de excitación. Las paredes vaginales de la hembra sufren una intensa vasocongestión que origina la rápida lubricación del tubo vaginal. En algunos casos, esto puede ocurrir a los pocos segundos de empezar la actividad precopulativa. Hay también alargamiento y distensión de los dos tercios interiores del tubo vaginal, y la longitud total de la vagina aumenta hasta diez centímetros en la fase de alta excitación sexual. Al acercarse al orgasmo, se hincha el tercio exterior del tubo vaginal y, durante aquél, se produce una contracción muscular espasmódica que dura de dos a cuatro segundos, seguida de contracciones rítmicas a intervalos de ocho décimas de segundo. Estas contracciones rítmicas oscilan entre tres y quince en cada orgasmo.
Durante la excitación, los órganos genitales externos femeninos se hinchan considerablemente. Los labios interiores se abren y se hinchan, y llegan a alcanzar hasta dos o tres veces su tamaño normal y salen fuera de la cortina protectora de los labios externos, añadiendo así un centímetro más a la longitud total de la vagina. Al aumentar la excitación, se produce otro cambio chocante en los labios interiores. Congestionados ya, y protuberantes, cambian ahora de color, adquiriendo un tono rojo brillante.
El clítoris (equivalente femenino del pene del macho) aumenta de tamaño y se hace más protuberante al empezar la excitación sexual; pero, al aumentar ésta, la hinchazón labial tiende a disimular esta cambio, y el clítoris se encoge bajo la caperuza labial. En esta fase avanzada, no puede ser estimulado directamente por el pene del macho; pero, al estar hinchado y sensibilizado, puede verse afectado indirectamente por las rítmicas presiones ejercidas sobre la región por los movimientos impulsores del macho.
El pene del macho experimenta con la excitación sexual grandes modificaciones. Blando y flácido al principio, se alarga, se endurece y se yergue, gracias a una intensa congestión de los vasos. Su normal longitud media de nueve centímetros y medio aumenta en siete u ocho centímetros. Su diámetro aumenta también considerablemente, de modo que la especie tiene el pene erecto más largo de todos los primates actuales.
En el momento culminante de la actividad sexual del macho, se producen varias poderosas contracciones musculares del pene, que proyecta el líquido seminal dentro del tubo vaginal. Las primeras contracciones son las más fuertes y se producen a intervalos de un octavo de segundo, semejantes a los de las contracciones vaginales orgásmicas de la hembra.
Durante la excitación, la piel del escroto del macho se contrae, y se reduce la movilidad de los testículos. Estos se elevan al acortarse los cordones espermáticos (lo propio ocurre a causa del frío, el miedo y la ira) y se juntan más al cuerpo. La congestión de los vasos de la región da por resultado un aumento del tamaño testicular, que llega a alcanzar un cincuenta e incluso un ciento por ciento.
Estas son, pues, las principales modificaciones causadas por la actividad sexual en los cuerpos masculino y femenino. Una vez alcanzado el clímax, todos los cambios observados se invierten rápidamente, y el individuo, relajado después del acto, recobra al instante el estado fisiológico tranquilo y normal. Vale la pena mencionar una última respuesta posorgásmica. Inmediatamente después del acto sexual, puede producirse un copioso sudor, tanto en el macho como en la hembra, independientemente del mayor o menor esfuerzo físico realizado en el curso de la actividad sexual. Pero si no guarda relación con el total desgaste de fuerzas, sí que la tiene con la intensidad del propio orgasmo. La capa de sudor se extiende sobre la espalda, los muslos y la parte alta del tórax. El sudor puede fluir de las axilas. En casos intensos, puede afectar a todo el tronco, desde los hombros hasta los muslos. También sudan las palmas de las manos y las plantas de los pies, y, cuando la cara ha estado arrebolada por el rubor sexual, puede aparecer el sudor en la frente y sobre el labio superior.
Este breve resumen de los estímulos sexuales de nuestra especie y de las respuestas obtenidas por los mismos puede servir de base para discutir la significación de nuestro comportamiento sexual en relación con nuestro linaje y con nuestro sistema general de vida; pero, ante todo, conviene señalar que no todos los estímulos y respuestas mencionados se producen con igual frecuencia. Algunos de ellos ocurren forzosamente cuando un macho y una hembra se juntan para la actividad sexual, pero otros se producen únicamente en cierta proporción según los casos. Pero, aun así, se producen con frecuencia para ser considerados como «características de la especie». En lo que atañe a las respuestas corporales, el rubor sexual aparece en un 75 por ciento de las hembras y, aproximadamente, en un 25 por ciento de los machos. El sudor copioso después del orgasmo es característico en un 33 por ciento de machos y hembras. Aparte de estos casos específicos, la mayoría de las otras respuestas corporales mencionadas se aplican a todos los casos, aunque, naturalmente, su intesidad y duración reales variarán según las circunstancias.
Otro punto que debemos aclarar es la distribución de estas actividades sexuales a lo largo de toda la vida del individuo. Durante la primera década de vida, ninguno de ambos sexos puede tener verdadera actividad sexual. Cierto que muchas veces observamos en los niños los llamados «juegos sexuales», pero es evidente que, hasta que la hembra empieza a ovular, y el macho a eyacular, no pueden producirse verdaderos actos sexuales. En algunas hembras, la menstruación empieza a los diez años, y a los catorce un 80 por ciento de las jóvenes mestrúan activamente. Todas lo hacen a los diecinueve. El crecimiento del vello del pubis, el ensanchamiento de las caderas y la hinchazón de los senos acompañan a dicho cambio y, en realidad, se anticipan a él. El crecimiento del cuerpo sigue un curso más lento y no es completo hasta los veintidós años.
La primera eyaculación de los muchachos no suele producirse hasta después de cumplir los once años; son, pues, sexualmente, más atrasados que las niñas. (La eyaculación más precoz registrada en un niño, a los ocho años, es un caso excepcional.) A los doce años, un 25 por ciento de los chicos han experimentado su primera eyaculación, y a los catorce lo han hecho un 80 por ciento. (Por consiguiente, alcanzan a las chicas al llegar a esta edad.) Por término medio, la primera eyaculación se produce a los trece años y diez meses. Lo mismo que en las chicas, otras características acompañan a este cambio. Empieza a crecer el pelo del cuerpo, especialmente en el pubis y en la cara. El orden típico de aparición de esta vellosidad es el siguiente: pubis, axilas, labio superior, mejillas, mentón y, después y más gradualmente, tórax y otras regiones del cuerpo. En vez del abultamiento de las caderas, se produce un ensanchamiento de los hombros. La voz se hace más grave. Este último cambio se observa también en las muchachas, pero con intensidad mucho menor. En ambos sexos, adviértase también una aceleración del crecimiento de los órganos genitales propiamente dichos.
Es interesante observar que, si medimos la actividad sexual en términos de frecuencia del orgasmo, el macho alcanza su máxima capacidad mucho más rápidamente que la hembra. Aunque el proceso de maduración sexual de aquél empieza aproximadamente un año más tarde que el de ésta, alcanza, empero, su culminación orgásmica antes de los veinte años, mientras que las jóvenes no la alcanzan hasta los veintipico o incluso los treinta y pico. En realidad, la hembra de nuestra especie tiene que cumplir los veintinueve para ponerse al nivel orgásmico de un macho de quince. Sólo un 23 por ciento de las hembras de quince años ha tenido especial del orgasmo, y de esta cifra sólo se eleva a un 53 por ciento a la edad de veinte. A los treinta y cinco, es de un 90 por ciento.
El macho adulto, realiza, por término medio, unos tres orgasmos por semana, y más de un 7 por ciento efectúa una eyaculación diaria o más. En el macho corriente, la frecuencia del orgasmo es mayor entre los quince y los treinta años, y desciende después, gradualmente, desde los treinta hasta la vejez. La facultad de realizar múltiples eyaculaciones se desvanece, y mengua el ángulo de erección del pene. Antes de los veinte años, la erección puede mantenerse, por término medio, cerca de una hora; en cambio, a los setenta, dura únicamente siete minutos. Sin embargo, un 70 por ciento de los machos son todavía sexualmente activos a los setenta años.
Una imagen parecida de sexualidad menguante podemos hallarla en la hembra. La más o menos repentina cesación de la ovulación, alrededor de los cincuenta años, no disminuye totalmente el grado de sensibilidad sexual, si consideramos a la población femenina en su conjunto. Existen, no obstante, grandes variaciones individuales en cuanto a la influencia de aquélla en el comportamiento sexual.
La inmensa mayor parte de la actividad copulativa que hemos examinado se produce cuando la pareja se encuentra atada por un vínculo. Este puede tener la forma del matrimonio reconocido oficialmente, o de una relación irregular de cualquier clase. La alta frecuencia de la cópula extramarital, que sabemos que existe, no debe tomarse como señal de promiscuidad desenfrenada. En la mayoría de los casos es consecuencia de un típico comportamiento de galanteo y formación de la pareja, aunque el lazo resultante no suele ser muy duradero. Aproximadamente un 90 por ciento de la población se empareja legalmente, pero el 50 por ciento de las hembras y el 84 por ciento de los varones han tenido experiencia de la cópula antes del matrimonio. A los cuarenta años, el 26 por ciento de las mujeres casadas y el 50 por ciento de los varones casados han realizado cópulas extramatrimoniales. También, en muchos casos, llegan a romperse totalmente los lazos oficiales (por ejemplo, un 0,9 por ciento en América, en 1956). Aunque muy fuerte, el mecanismo de este lazo está muy lejos de ser perfecto.
Ahora que hemos sentado todos estos hechos, podemos empezar a hacer preguntas. ¿De qué manera contribuye nuestro comportamiento sexual a nuestra supervivencia? ¿Por qué nos comportamos de esta manera, y no de otra cualquiera? Quizá podamos responder mejor a estas preguntas si formulamos otra: ¿Cómo es nuestro comportamiento sexual en comparación con el de otros primates actuales?
Inmediatamente podemos observar que la actividad sexual es mucho más intensa en nuestra especie que en las de los demás primates, incluidos nuestros más próximos parientes. Entre éstos, la prolongada fase de galanteo brilla por su ausencia. Son rarísimos los monos que establecen relaciones prolongadas de apareamiento. La actividad precopulativa es muy breve y consiste, generalmente, en unas cuantas expresiones y simples vocalizaciones. El acto en sí también es muy breve. (Los mandriles, por ejemplo, no tardan más de siete u ocho segundos entre el momento de montar a la hembra y la eyaculación con un total de quince movimientos de la pelvis o aún menos.) La hembra no parece experimentar la menor excitación. Si se produce en ella algo que merezca el nombre de orgasmo, no es más que una trivial respuesta, en comparación con la de la hembra de nuestra especie.
El período de receptividad sexual de la mona es todavía más limitado. Generalmente, sólo abarca una semana, o un poco menos, de su ciclo mensual. Esto supone ya un avance en relación con los mamíferos inferiores, en los cuales se ve severamente limitado al tiempo real de ovulación; pero, en nuestra propia especie, la tendencia del primate a una receptividad mayor ha sido llevada hasta el límite, pues la hembra es virtualmente receptiva en todos los tiempos. Cuando una mona queda preñada o amamanta a su pequeño, deja de ser sexualmente activa. En cambio, nuestra especie ha extendido también su actividad sexual a estos períodos, de manera que sólo hay un breve tiempo, inmediatamente antes y después del parto, en que la cópula está seriamente limitada.
Salta a la vista que el mono desnudo es el primate actual de sexo más activo. Para observar la razón de esto tenemos que observar de nuevo sus orígenes. ¿Qué ocurrió? Primero: tenía que cazar, si quería sobrevivir. Segundo: tenía que mejorar su cerebro, para compensar su debilidad física de cazador. Tercero: tenía que tener una infancia más prolongada, para desarrollar y educar su cerebro. Cuarto: las hembras tenían que quedarse a cuidar de los pequeños, mientras los machos salían de caza. Quinto: los machos tenían que colaborar entre sí en los trabajos de la caza. Sexto: tenía que erguirse y emplear armas, para que la caza fuese fructífera. No quiero decir con esto que los cambios se produjeron en este mismo orden; por el contrario, parece indudable que se realizaron gradual y simultáneamente, ayudando cada modificación a todas las demás. Me he limitado a enumerar los seis cambios mayores y fundamentales que tuvieron lugar en la evolución del mono. Pero creo que, en estos cambios, están todos los ingredientes necesarios para explicar nuestra presente complejidad sexual.
Para empezar, los machos tenían que estar seguros de que sus hembras les serían fieles cuando las dejaran solas para ir de caza. Por consiguiente, las hembras tenían que desarrollar una tendencia a la formación de parejas. También si se suponía que los machos más débiles tenían que cooperar en la caza, había que otorgarles mayores derechos sexuales. Las hembras tendrían que ser más compartidas, y la organización sexual, más democrática, menos tiránica. También los machos necesitaban una tendencia más fuerte al emparejamiento. Además, los machos estaban ahora provistos de armas mortíferas, y las rivalidades sexuales hubiesen resultado demasiado peligrosas: una nueva y buena razón de que cada macho se contentara con una sola hembra. Y, por si todo esto fuera poco, el lento crecimiento de los pequeños motivaba que aumentasen sus exigencias a los padres. Tenía que perfeccionarse el comportamiento familiar y repartir los deberes paternos entre el padre y la madre, otra buena razón para establecer una pareja firme.
Tomando esta situación como punto de partida, podemos ver ahora cómo se desarrollaron otros aspectos de la cuestión. El mono desnudo tenía que crear la facultad de enamorarse, de unirse sexualmente con un solo compañero, a fin de lograr el lazo entre los dos. De cualquier modo que se plantee el asunto, siempre volvemos a lo mismo. ¿Cómo se las ingenió para lograr esto? ¿Qué factores le ayudaron en esta tarea? Como primate, debía de tener ya una tendencia a formar breves enparejamientos de unas horas, o incluso de unos días, de duración; pero esto tenía que ser intensificado y ampliado. Una de las circunstancias que debieron de ayudarle fue su propia prolongada infancia. Durante los largos años de su crecimiento, debió de tener ocasión de crear una profunda relación personal con sus padres, una relación mucho más fuerte y duradera que cuanto podía experimentar un joven mono. La pérdida de este lazo familiar, al llegar a la madurez y a la independencia, tenía que producir «un vacío afectivo», un hueco que había de llenar. Por consiguiente, se hallaría bien dispuesto para la creación de un nuevo e igualmente poderoso vínculo que sustituyese al antiguo.
Aunque esto era suficiente para intensificar su necesidad de formar un nuevo lazo entre dos, se requerían ayudas adicionales para conservarlo. Tenía que durar lo necesario para el largo proceso de crianza de los hijos. Ya que se había enamorado, tenía que seguir enamorado. Había conseguido lo primero inventando una fase de galanteo prolongado y excitante pero necesitaba algo más después de esto. El método más sencillo y más directo de lograrlo consiste en hacer más complejas y placenteras las actividades compartidas de la pareja. En otras palabras, conseguir que el sexo fuera más sexo.
¿Cómo se consiguió? De todas las maneras posibles: ésta parece ser la respuesta acertada. Si volvemos ahora al comportamiento del mono desnudo actual, vemos cómo el plan toma forma. La aumentada receptividad de la hembra no puede explicarse únicamente en términos de aumento de la natalidad. Es indudable que, al encontrarse dispuesta a copular cuando se halla todavía en la fase de crianza del niño, la hembra acrecienta el ritmo de los nacimientos. Dado el largo período de dedicación a aquélla, sería un desastre si la hembra obrase de otro modo. Pero esto no explica por qué está en disposición de recibir al varón y de excitarse sexualmente a lo largo de cada uno de sus ciclos mensuales. Unicamente ovula en un momento de aquel ciclo; por consiguiente, las uniones fuera de aquel tiempo no pueden ejercer una función procreadora. La gran abundancia de copulación en nuestra especie se debe, evidentemente, no a la producción de retoños, sino al reforzamiento del lazo entre la pareja, gracias a los mutuos goces de los compañeros sexuales. Entonces, la reiterada consecución de la consumación sexual, no es, para la pareja, un fruto refinado y decadente de la civilización moderna, sino una sana tendencia de nuestra especie, con base biológica y profundamente arraigada.
Incluso cuando ha interrumpido sus ciclos mensuales -en otras palabras, cuando está embarazada-, la hembra sigue respondiendo al varón. Esto tiene también particular importancia porque con el sistema de un-varón-una-hembra sería peligroso defraudar al varón durante un período tan largo. Podría poner en peligro la vinculación entre la pareja.
Aparte del aumento de la cantidad de tiempo en que pueden desarrollarse las actividades sexuales, estas propias actividades han sido perfeccionadas. La vida cinegética que nos desnudó la piel y nos dio manos más sensibles, nos brindó un campo mucho más amplio para el estímulo sexual del contacto entre los cuerpos. Estos desempeñan importantísimo papel en el comportamiento precopulativo. Los golpecitos, los roces, las presiones y las caricias son más abundantes e intensas que en cualquier otra especie de primate. Además, ciertos órganos especializados, como los labios, los lóbulos de las orejas, los pezones, los senos y los órganos genitales, están abundantemente dotados de terminaciones nerviosas y han llegado a sensibilizarse sobremanera al estímulo táctil erótico. Ciertamente, los lóbulos de las orejas parecen haber evolucionado exclusivamente para este fin. Los anatomistas los han calificado a menudo de apéndices insignificantes o de «inútiles y grasosas excrecencias». En términos generales, los explican como «residuos» de los tiempos en que teníamos grandes las orejas. Pero si observamos otras especies de primates, descubrimos que no poseen lóbulos carnosos en el pabellón de la oreja. Parece más bien que, lejos de ser un residuo, son algo nuevo; y al advertir que bajo la influencia del estímulo sexual se ponen congestionados, hinchados e hipersensibles, casi no se puede ya dudar de que su evolución no ha tenido otro móvil que la producción de otra zona erógena. (Aunque parezca extraño, el humilde lóbulo de la oreja ha sido bastante olvidado a este respecto, y vale la pena consignar que se han registrado casos, tanto en varones como en hembras, en que se ha producido el orgasmo como resultado de estímulos en el lóbulo de la oreja.) Es interesante observar que la nariz carnosa y protuberante de nuestra especie es otro rasgo único y misterioso que los anatomistas no pueden explicar. Uno de ellos ha dicho que es, simplemente, «una variación prominente, sin ninguna significación funcional». Resulta difícil creer que algo tan positivo y distintivo en el campo de los apéndices de los primates haya evolucionado sin tener una función. Y cuando leemos que las paredes laterales de la nariz contienen un tejido esponjoso eréctil, que, por vasocongestión durante la excitación sexual, conduce a una expansión y ensanchamiento de las ventanas de la nariz, empezamos a hacernos preguntas sober la cuestión.
A semejanza del mejorado repertorio táctil, existen algunos desarrollos visuales bastante singulares. La compleja expresión facial representa aquí un importante papel, aunque su evolución tiene que ver también con el mejoramiento de las comunicaciones en muchos otros aspectos. Como especie primate, poseemos la musculatura facial más desarrollada y más compleja de todo el grupo. En realidad, tenemos el sistema de expresión facial más sutil y complejo de todos los animales que viven en la actualidad. Mediante pequeños movimientos de la carne que rodea la boca, la nariz, los ojos, las cejas y la frente, y la combinación de estos movimientos en una enorme variedad de conjuntos, podemos transmitir toda una serie de complejos cambios de humor. Durante los encuentros sexuales, y en especial durante la primera fase de galanteo, estas expresiones revisten primordial importancia. (Su forma exacta se expondrá en otro capítulo.) La dilatación de la pupila se produce también durante el período de excitación sexual, y aún más de lo que imaginamos. La superficie del ojo brilla también más.
Como los lóbulos de las orejas y la nariz prominente, los labios de nuestra especie son también distintivos singulares que no se encuentran en los otros primates. Desde luego, todos los primates tienen labios, pero no vueltos hacia fuera como nosotros. El chimpancé puede sacar y doblar los labios en una mueca exagerada, poniendo al descubierto, cuando lo hace, una membrana mucosa que normalmente permanece escondida dentro de la boca. Pero los labios son mantenidos durante breve tiempo en esta posición antes de que el animal vuelva a adoptar su expresión normal de «labios apretados». Nosotros, en cambio, tenemos permanentemente salientes los labios. A los ojos de un chimpancé, debemos de estar haciendo una mueca continua. Si tienen ustedes ocasión de ser besados por un chimpancé amigable, el beso aplicado al cuello les convencerá de su habilidad en ofrecer una señal táctil con los labios. Para el chimpancé, se trata de una señal de saludo más que sexual; en cambio, en nuestra especie se emplea para ambas cosas, y el contacto del beso se hace más frecuente y prolongado durante la fase precopulativa. Teniendo en cuenta esta finalidad, fue seguramente más conveniente tener las superficies mucosas sensibles permanentemente al descubierto, de modo que no hubiese que mantener las especiales contracciones musculares de la boca durante los prolongados contactos del beso. Pero esto no es todo. Los labios descubiertos y mucosas tomaron una forma característica y bien definida. No se confundieron de modo gradual con la piel facial circundante, sino que se formó una línea fija de delimitación. Así, llegaron a ser también un órgano importante de señales visuales. Ya hemos visto que la excitación sexual produce hinchazón y enrojecimiento de los labios, y la clara demarcación de su zona contribuyó, sin duda alguna, al perfeccionamiento de estas señales, haciendo más fácilmente reconocibles los sutiles cambios en las condiciones de los labios. También salta a la vista que, incluso fuera del estado de excitación, son éstos más rojos que el resto de la piel de la cara, y que el simple hecho de su existencia, y aun cuando no indiquen ningún cambio de condición fisiológica, actuarán como señales anunciadoras, llamando la atención sobre la existencia de una estructura sexual táctil.
Intrigados por la significación de nuestros singulares labios mucosos, ciertos anatomistas declaran que «todavía no comprendemos claramente» su evolución, y sugirieron que quizá tiene algo que ver con la prolongada acción de chupar que realiza el niño durante su lactancia. Pero también el joven chimpancé efectúa copiosamente esta acción de chupar con eficacia, y, en todo caso, sus labios, más musculares y prensiles que los nuestros, parecen estar aún mejor dispuestos para ello. Esto tampoco explica la evolución de la marcada separación entre los labios y la piel facial circundante, ni las sorprendentes diferencias entre los labios de las gentes de piel blanca y las de color. En cambio, si consideramos los labios como aparatos de señales visuales, estas diferencias son más fáciles de comprender. Al exigir las condiciones climáticas una piel más oscura esto redunda en perjuicio de la eficacia de los labios como emisores de señales visuales, ya que es menor el contraste de colores. Si su función de emisores de señales es realmente importante, tenía que producirse alguna clase de compensación, y esto es precisamente lo que parece haber ocurrido: los labios negroides resultan más visibles debido a haber aumentado de tamaño y a haberse hecho más protuberantes. Lo que perdieron en contraste de colores lo ganaron en forma y en tamaño. También los bordes de los labios negroides aparecen más firmemente delineados. Las «costuras labiales» de las razas más pálidas forman crestas más prominentes y de color más pálido que el resto de la piel. Anatómicamente consideradas, estas características negroides no parecen ser primitivas, sino que más bien representan un positivo avance en la especialización de la región labial.
Existen otras muchas señales sexuales visuales evidentes. Como se ha mencionado anteriormente, la pubertad y, con ella, el alcance de un estado generativo plenamente capaz, vienen señalados por el desarrollo de ostensibles matas de vello, principalmente en la zona genital y en las axilas, y en la cara de los varones. En la hembra, se aprecia un rápido crecimiento de los senos. También cambia la forma del cuerpo, ensanchándose los hombros del varón y la pelvis de la hembra. Estos cambios sirven no sólo para diferenciar al individuo sexualmente maduro del inmaduro, sino también el varón maduro de la hembra madura. No sólo actúan como señales reveladores de que el sistema sexual es ya operante, sino que indican también si éste es masculino o femenino.
Generalmente, se considera que el desarrollo de los senos femeninos es, primordialmente, un fenómeno maternal más que sexual; pero no parecen haber muchas pruebas de esto. Otras especies de primates ofrecen a sus retoños una lactancia copiosa y, sin embargo, sus hembras no presentan seños hemisféridos claramente definidos. En este particular, la hembra de nuestra especie es única entre los primates. La evolución de unos senos prominentes y de forma característica parece constituir otro ejemplo de señal sexual, hecha posible, y fomentada por la evolución de la piel desnuda. Los abultamientos de los senos habrían sido mucho menos ostensibles en una hembra velluda; en cambio, al desaparecer el vello, sobresalen claramente. Además de su forma ostensible, sirven también para concentrar la atención visual en los pezones y hacer más visible la erección del pezón, que acompaña a la excitación sexual. La zona pigmentada de piel alrededor del pezón, cuyo color se oscurece durante la excitación sexual, es significativa en el mismo sentido.
La desnudez de la piel hace también posibles ciertas señales de cambio de color. En otros animales, esto ocurre únicamente en limitadas zonas lampiñas; en cambio, abunda mucho más en nuestra especie. El sonrojo se produce con frecuencia particularmente acusada durante las primeras etapas de galanteo de comportamiento sexual, y en ulteriores fases de excitación más intensa aparecen las manchas características del rubor sexual. (Esta es otra forma de señal que las razas de piel oscura tuvieron que sacrificar a las exigencias climáticas. Sabemos, sin embargo, que también experimentan estos cambios, porque, aun siendo invisibles como mutaciones de color, un examen más atento revela significativos cambios en la textura de la piel.)
Antes de terminar el examen de las señales sexuales visuales, debemos mencionar un aspecto bastante raro de su evolución. Para ello, echaremos un vistazo a ciertas particularidades bastante extrañas que se han producido en los cuerpos de ciertos primos nuestros, los simios. Recientes investigaciones alemanas han revelado que algunas especies han empezado a realizar una suerte de autoimitación. Los ejemplos más chocantes de ellos nos son ofrecidos por el mandril y el babuino gelada. El mandril macho tiene el pene de color rojo brillante, con manchas escrotales azules a ambos lados. Esta distribución de colores aparece también en su cara, donde la nariz es de un rojo brillante, mientras que las hinchadas y lampiñas mejillas son de un azul intenso. Parece como si la cara del animal imitase su región sexual, ofreciendo idénticas señales visuales. Cuando el mandril macho se acerca a otro animal, su aparato genital tiende a quedar oculto por la posición del cuerpo, pero, a pesar de ello, se encuentra en condiciones de transmitir los mensajes vitales, empleando para ello su rostro fálico. La hembra gelada se vale también de una imitación parecida. Alrededor de su órgano genital, existe una zona de piel roja y brillante, flanqueada de papilas blancas. Los labios de la vulva, en el centro de esta zona, son de un rojo más oscuro y más vivo. Esta muestra visual se repite en la región del pecho, donde presenta también una mancha de piel lampiña y roja, rodeada de la misma clase de papilas blancas. En el centro de esta mancha, los pezones de color rojo oscuro están tan juntos que recuerdan vivamente los labios de la vulva. (En realidad, están tan próximos que los pequeños suelen chupar de ambas tetas al mismo tiempo.) Como la verdadera zona genital, esta región del pecho varía de intensidad de color durante las diferentes fases del ciclo sexual mensual.
La ineludible conclusión es que el mandril y el gelada trasladaron sus señales genitales a la región frontal por alguna razón. Sabemos demasiado poco acerca de la vida de los mandriles en estado salvaje para poder especular sobre las razones de este extraño fenómeno en su particular especie; en cambio, sabemos que los geladas pasan mucho más tiempo en posición sentada y erguida que la mayoría de otras especies parecidas de simios. Si es ésta su posición más típica, de ello se deduce claramente que el hecho de tener un sistema de señales sexuales en el pecho les permite transmitir estas señales a otros miembros de su grupo con mayor facilidad que si las marcas existieran solamente en su cuarto trasero. Muchas especies de primates tienen los órganos genitales vivamente coloreados; en cambio, estas imitaciones frontales son muy raras.
Nuestra propia especie ha introducido un cambio radical en esta típica posición del cuerpo. Como los geladas, pasamos una gran parte de nuestro tiempo sentados en posición erguida. También permanecemos en pie, enfrentados unos con otros, durante los contactos sociales. ¿Es, pues, posible que también nosotros hayamos realizado algo parecido, en un sentido de autoimitación? ¿Puede haber influido nuestra posición vertical en nuestras señales sexuales? Considerada así la cosa, parece que la respuesta tiene que ser afirmativa. La típica postura de apareamiento de todos los primates exige que la aproximación del macho a la hembra se realice por la espalda. La hembra levanta su cuarto trasero y lo dirige hacia el macho. Este lo ve, se acerca a ella, y la monta por detrás. No hay contacto frontal en los cuerpos durante la cópula; la región genital del macho se aprieta contra la rabadilla de la hembra. En nuestra propia especie, la situación es muy diferente. No sólo existe una prolongada actividad precopulativa cara a cara, sino que también la cópula se realiza casi siempre de frente.
Este último punto ha sido objeto de algunas discusiones. Se ha creído durante mucho tiempo que esta posición frontal para la cópula es la única biológicamente natural en nuestra especie, y que todas las demás deben considerarse como refinadas variaciones. Pero algunos autores lo han negado recientemente, sosteniendo que no existe una postura fundamental en lo que a nosotros atañe. Opinan que cualquier relación corporal es buena para nuestro sistema sexual y que, como especie inventiva que somos, es natural que adoptemos las posiciones que mejor nos parezcan, y, cuantas más, mejor, porque esto aumentará la complejidad del acto sexual y la de su novedad, y evitará el aburrimiento sexual entre los miembros de la pareja largo tiempo unida. Su argumento es perfectamente válido en la forma en que lo presentan, pero al tratar de reforzarlo han ido demasiado lejos. Su verdadera objeción era la idea de que toda variación de la postura fundamental era «pecaminosa». Para contrarestar esta idea, acentuaron el valor de estas variaciones, y en esto anduvieron acertados, por las razones indicadas. Cualquier mejoramiento en las recompensas sexuales de la pareja tiene evidente importancia para el fortalecimiento del lazo que la une. Y aquéllas son biológicamente saludables para nuestra especie. Sin embargo, en el ardor de la polémica los autores indicados dejaron de tener en cuenta la circunstancia de que a pesar de todo, existe una postura de apareamiento básica para nuestra especie: la posición cara a cara. Virtualmente, todas las señales sexuales y las zonas erógenas están en la parte anterior del cuerpo: las expresiones faciales, los labios, la barba, los pezones, las señales areolares, los senos de la hembra, el vello del pubis, los propios órganos genitales, las principales zonas de sonrojo y las principales zonas de rubor sexual. Podría argüirse que muchas de estas señales actuarían perfectamente en las primeras fases, desarrolladas frente a frente, pero que, para la cópula, con ambos compañeros totalmente excitados por el estímulo frontal, el varón podría colocarse detrás de la hembra para la introducción del miembro, o, en definitiva, adoptar cualquier otra posición que juzgara conveniente. Esto es perfectamente cierto, y posible como novedad, pero presenta algunos inconvenientes. En primer lugar, la identidad del compañero sexual es mucho más importante para una especie como la nuestra, en la que existe un lazo entre dos. La aproximación frontal significa que las futuras señales y recompensas sexuales se mantienen estrechamente relacionadas con las señales de identidad del comportamiento. El sexo cara a cara es un «sexo personalizado». Además, las sensaciones táctiles precopulativas de las zonas erógenas frontalmente concentradas pueden extenderse a la fase copulativa, si el acto sexual se realiza cara a cara. Muchas de estas sensaciones se perderían adoptando otras posturas. La aproximación frontal proporciona, también, la máxima posibilidad de estímulo del clítoris de la hembra durante los movimientos pelvianos del macho. Cierto que aquél puede ser pasivamente estimulado por los efectos de arrastre de los movimientos del varón, independientemente de la posición de su cuerpo en relación con la del cuerpo de la hembra, pero en la cópula de frente existirá, además, la directa presión rítmica de la región pubiana del macho sobre la zona del clítoris, y esto aumentará considerablemente el estímulo. Por último, hay que tener en cuenta la anatomía básica del canal vaginal de la hembra y la acusada derivación de su ángulo hacia delante, en comparación con otras especies de primates. Esta traslación hacia delante es mucho más de lo que cabría esperar si se tratase simplemente de un resultado pasivo del proceso de transformación en especie vertical. Es indudable que si, para la hembra de nuestra especie, hubiese sido importante presentar su aparato genital de modo que el macho la montase por detrás, la selección natural habría apoyado rápidamente este tendencia, y el conducto vaginal de la hembra estaría ahora mucho más inclinado hacia atrás.
Por consiguiente, parece plausible considerar la cópula de frente como fundamental de nuestra especie. Existen, desde luego, numerosas variaciones que no excluyen el elemento frontal: el varón encima, la mujer encima, de lado, agachados, de pie, etcétera; pero el sistema más eficaz y corrientemente empleado es el de la posición horizontal, con el varón encima de la hembra. Los investigadores americanos han calculado que, entre sus compatriotas, el 70 por ciento de la gente emplea únicamente esta posición. Incluso los que varían sus posturas siguen empleando la posición fundamental durante casi todo el tiempo. Menos de un diez por ciento adoptan posiciones para la introducción por detrás. En un estudio masivo y cultural que abarcó casi doscientas sociedades diferentes y desparramadas por todo el mundo, se llegó a la conclusión de que la cópula mediante la introducción del miembro por detrás no era práctica corriente en ninguna de las comunidades estudiadas.
Si damos este hecho por sentado, podemos terminar esta ligera digresión y volver a la cuestión original sobre la autoimitación sexual. Si la hembra de nuestra especie tenía que atraer eficazmente la atención del macho sobre su parte frontal, la evolución tenía que hacer algo para que la región frontal resultara más estimulante. Debió de haber un tiempo, en época de nuestros remotos antepasados, en que se empleó la aproximación por detrás. Supongamos que hubiésemos llegado a la fase en que la hembra incitaba sexualmente al macho desde atrás, con un par de carnosas nalgas hemisféricas (que, digámoslo de paso, no se encuentran en ninguna otra especie de primates) y con un par de brillantes labios genitales. Supongamos que el macho hubiese adquirido una fuerte sensibilidad sexual para responder a estas señales específicas. Supongamos que, llegada a este punto de su evolución, la especie se volviese cada vez más vertical y orientada de frente en sus contactos sociales. En esta situación, cabría esperar que encontrásemos alguna especie de autoimitación frontal del tipo que hemos visto en el mandril. Si observamos las regiones frontales de la hembra de nuestra especie, ¿podremos descubrir alguna estructura que sea posible remedo de la antigua exhibición genital de las nalgas hemisféricas y de los rojos labios? La respuesta aparece con la misma claridad que el propio pecho de la hembra. Los senos protuberantes y hemisféricos de la hembra son, seguramente, copia de las carnosas nalgas, y los vivos y definidos labios rojos de la boca deben de ser una réplica de los de la vulva. (Conviene recordar que, durante la excitación sexual intensa, tanto los labios de la boca como los labios genitales se hinchan y adquieren un color más intenso, de modo que no sólo se parecen, sino que cambian también de igual manera con la excitación sexual. Si el macho de nuestra especie estaba ya obligado a responder sexualmente a estas señales cuando procedían de la parte posterior de la región genital, tenía que forjarse una nueva susceptibilidad en su presencia, siempre que se reprodujesen en la parte frontal del cuerpo de la hembra. Y esto es lo que al parecer ocurrió, precisamente, al adoptar las hembras el duplicado de sus nalgas y labios genitales en el pecho y boca, respecticamente. (Inmediatamente pensamos dejar esto para más adelante, cuando tratemos de las técnicas sexuales especiales de la civilización moderna.)
Además de las importantísimas señales visuales, cierto estímulo olfativo desempeña también un papel sexual. Nuestro sentido del olfato se redujo considerablemente durante la evolución, pero durante las actividades sexuales es más eficaz y más operante de lo que normalmente pensamos. Sabemos que existen diferencias sexuales en los olores del cuerpo, y alguien ha sugerido que parte del proceso de formación de la pareja -enamoramiento- involucra una especie de impresión olfativa, una fijación sobre el olor individual específico del cuerpo del compañero. Con esto se relaciona el intrigante descubrimiento de que, en la pubertad, se produce un marcado cambio en las preferencias olfativas. Antes de la pubertad, existe una marcada predilección por los olores dulces y la fruta; en cambio, con la llegada de la madurez sexual, esta reacción se extingue y se desvía fuertemente en favor de los olores a flores, a aceite o a almizcle. Esto se aplica a ambos sexos, pero la reacción al olor almizcleño es más fuerte en el macho que en la hembra. Se sostiene que, en nuestra edad adulta, podemos detectar la presencia de almizcle incluso cuando éste está diluido a razón de una parte por ocho millones de partes de aire, y es significativo que este sustancia desempeña un papel dominante en el rastro oloroso de muchas especies de mamíferos, producido por glándulas especiales. Aunque nosotros no poseemos grandes glándulas segregadoras de olor, tenemos un gran número de glándulas pequeñas: las glándulas apocrinas. Son parecidas a las glándulas sudoríparas corrientes, pero sus reacciones poseen una proporción más alta de materia sólida. Existen en numerosas partes del cuerpo, pero se hallan particularmente concentradas en las regiones genitales y en las axilas. Los mechones de vello localizados en estas zonas funcionan, indudablemente, para mitigar el olor. Se ha sostenido que la segregación de olor en estas zonas aumenta durante la excitación sexual, pero aún no se ha hecho ningún análisis detallado de este fenómeno. Sin embargo, sabemos que la hembra de nuestra especie posee un 75 por ciento de glándulas apocrinas más que el macho, y es interesante recordar que en los encuentros sexuales de los mamíferos inferiores el macho huele a la hembra más que ésta a aquél.
La localización de nuestras zonas especiales segregadoras de olor parece ser otra adaptación más de nuestra aproximación frontal en los contactos sexuales. Esto no se sale de lo corriente en el centro genital, es una condición que tenemos en común con muchos otros mamíferos; en cambio, la concentración en las axilas es una característica mucho más peculiar. Parece ser debido a la tendencia general de nuestra especie a añadir nuevos centros de estímulo sexual en la parte anterior del cuerpo, en la relación con el incremento de los contactos sexuales cara a cara. En este caso particular, daría por resultado una mayor aproximación de la nariz del compañero a una importante zona segregadora de olor, durante la mayor parte de las actividades precopulativa y copulativa.
Hasta aquí, hemos estudiado las maneras en que ha sido mejorado y fomentado el comportamiento de nuestra especie en relación con el apetito sexual, a fin de que los contactos entre los miembros de la pareja hayan sido cada vez más remuneradores, fortaleciendo y manteniendo, por ende, su lazo afectivo, que ha requerido también ciertos perfeccionamientos. Consideremos un instante el sistema de los antiguos primates. Los machos adultos son sexualmente activos en todo momento, salvo cuando acaban de eyacular. El orgasmo consumativo es valioso para ellos, porque el consiguiente alivio de la tensión sexual aplaca sus impulsos sexuales durante el tiempo necesario para que su depósito de esperma vuelva a llenarse. Por otra parte, las hembras sólo son sexualmente activas durante un limitado período, centrado alrededor de su tiempo de ovulación. Durante este período, están dispuestas a recibir a los machos en todo momento. Cuantas más cópulas realicen, tanto mayor será su seguridad de conseguir una fertilización positiva. Para ellas, no hay hartazgo sexual, no hay clímax copulatorio que satisfaga y aplaque sus apremios sexuales. Mientras están en celo, no tienen tiempo para perder, deben seguir adelante a toda costa. Si experimentasen orgasmos intensos, perderían un tiempo valioso de apareamiento. Al terminar la cópula, cuando el macho eyacula y desmonta, la mona da muy pocas señales de trastorno emocional y suele marcharse como si nada hubiera pasado.
En nuestra especie, con sus parejas ligadas, la situación es completamente distinta. En primer lugar, como hay un solo macho afectado, no sería particularmente ventajoso que la hembra siguiese reaccionando sexualmente en el momento en que aquél queda sexualmente agotado. Por consiguiente, nada se opone a la existencia de un orgasmo femenino. En cambio, hay dos circunstancias que lo favorecen. Una de ellas es la enorme compensación que aporta al acto de cooperación sexual con el compañero. Como todos los otros mejoramientos de la sexualidad, contribuye a fortalecer el vínculo entre la pareja y mantener la unidad de la familia. La otra circunstancia es que aumenta considerablemente las probabilidades de fertilización. Esto se produce de una manera bastante especial, que afecta únicamente a nuestra peculiar especie. Para comprenderlo, debemos observar, una vez más, a nuestros parientes primates. Cuando una mona ha sido inseminada por el macho, puede alejarse sin temor a perder el fluido seminal, depositado en el fondo de su conducto vaginal. Por algo anda a cuatro patas. El ángulo de su conducto vaginal es, aproximadamente, horizontal. Si la hembra de nuestra especie se conmoviese tan poco por la experiencia de la cópula que fuese capaz de levantarse y marcharse inmediatamente después, la situación del conducto vaginal, durante la locomoción corriente, es casi vertical. Bajo la simple influencia de la gravedad, el fluido seminal bajaría por el conducto, perdiéndose en gran parte. La reacción que tiende a mantener a la hembra en posición horizontal, cuando el macho eyacula y cesa la cópula, constituye, pues, una gran ventaja. La violenta respuesta del orgasmo femenino, que deja a la hembra sexualmente saciada y exhausta, produce precisamente este efecto. Por tanto, es doblemente valiosa.
El hecho de que el orgasmo femenino de nuestra especie es único entre los primates, combinado con la circunstancia de que fisiológicamente es casi idéntico al del macho, sugiere que es quizás, en sentido evolucionista, una respuesta «seudomasculina». En la constitución del macho y de la hembra existen propiedades latentes que pertenecen al sexo contrario. Gracias al estudio comparativo de otros grupos de animales, sabemos que la evolución puede, en caso de necesidad, despertar una de estas cualidades latentes y traerla a primer plano (en realidad, el sexo «equivocado».) En este caso particular, sabemos que la hembra en nuestra especie ha desarrollado una sensibilidad especial al estímulo sexual del clítoris. Si recordamos que este órgano es el equivalente femenino, o la contrapartida, del pene masculino, esto parece indicar la circunstancia de que, al menos en su origen, el orgasmo femenino es un fenómeno tomado prestado del macho.
Esto puede explicar también por qué el varón tiene el pene más grande de todos los primates. No sólo es extraordinariamente largo cuando se halla en pleno estado de erección, sino que es también muy grueso en comparación con los penes de otras especies. (El del chimpancé es un simple espigón en comparación con él.) Este abultamiento del pene hace que los órganos genitales externos de la hembra estén sometidos a mayor presión durante la realización de los movimientos pelvianos. A cada empujón del pene, la región del clítoris es comprimida hacia abajo, y seguidamente, a cada retroceso, vuelve a surgir. Añádase a esto la presión rítmica ejercida sobre la región del clítoris por la región pubiana del macho que copula frontalmente, y se obtendrá un reiterado masaje del clítoris que -si se tratara de un macho- equivaldría a una masturbación.
Todo esto puede resumirse diciendo que, tanto por lo que se refiere al comportamiento estimulante como al copulativo, se ha hecho todo lo posible para aumentar la sexualidad del mono desnudo y asegurar la adecuada evolución del básico sistema de formación de la pareja en un grupo de mamíferos, sistema virtualmente desconocido en las demás especies. Pero las dificultades acarreadas por la introducción de esta nueva pareja de monos desnudos, venturosamente juntos y ayudándonos mutuamente en la crianza de los hijos, todo parece marchar por buen camino. Pero los hijos crecen y alcanzan pronto la pubertad. ¿Qué pasa entonces? Si las antiguas normas de los primates no se modifican, el macho adulto no tarda en expulsar a los jóvenes y aparearse con las jóvenes hembras. Estas se convierten entonces en parte de la unidad familiar, como hembras adicionales de cría al lado de su madre, y volvemos a encontrarnos en el punto de partida. Por otra parte, si los jóvenes machos son relegados a un estado inferior, en el borde de la sociedad, como ocurre en muchas especies de primates, la naturaleza cooperadora del grupo cazador constituido por todos los machos resultará perjudicada.
Resulta evidente que se requiere, aquí, alguna modificación adicional del sistema de crianza, una especie de exogamia. Para que sobreviva el sistema de vinculación por parejas, tanto las hijas como los hijos tienen que encontrar su complemento propio. Esto no es una exigencia fuera de lo corriente en las especies que forman parejas, y los mamíferos inferiores nos dan muchos ejemplos de ello; pero la naturaleza social de la mayoría de los primates hace que la cosa sea más difícil. En la mayoría de las especies que forman parejas, la familia se divide y se dispersa cuando crecen los jóvenes. Debido a su comportamiento social cooperativo, el mono desnudo no puede permitirse el lujo de desparramarse de esta suerte. El problema es, pues, más acuciante, pero, en el fondo, se resuelve de la misma manera. Como ocurre en todos los animales que forman parejas, los padres tienen un mutuo sentimiento de posesión. La madre «posee» sexualmente al padre, y viceversa. En cuanto los retoños, al llegar a la pubertad, empiezan a mostrar señales sexuales, se convierten en rivales sexuales: los hijos, del padre, y las hijas, de la madre. Se producirá una tendencia a apartarlos a ambos. Los hijos empezarán también a sentir la necesidad de un «territorio» hogareño propio. Los propios padres experimentaron, evidentemente, esta necesidad, al crear antes que nada un hogar familiar, y lo que pasará ahora no será más que una repetición. El hogar-base, dominado y «poseído» por la madre y el padre, no tendrá las condiciones adecuadas. Tanto el propio lugar como los individuos que viven en él llevarán una pesada carga de señales paternas, tanto primarias como asociativas. El adolescente rechazará esto automáticamente y sentirá la necesidad de establecer una nueva base para la cría. Esto es típico de los jóvenes carnívoros territoriales, pero no de los jóvenes primates, y constituye otro cambio fundamental de comportamiento que se exigirá al mono desnudo.
Es quizás una desgracia que este fenómeno de la exogamia haya sido a menudo considerado como indicador de un «tabú incestuoso». Ello sugiere inmediatamente que se trata de una restricción relativamente reciente y culturalmente controlada; pero, biológicamente, debió de desarrollarse en una fase mucho más remota; de lo contrario, el típico sistema de cría de la especie no habría salido jamás del antiguo marco de los primates.
Otro rasgo afín y que parece exclusivo de nuestra especie, es la retención del himen o doncellez en la hembra. En los mamíferos inferiores, aquél se presenta como una fase embrionaria en el desarrollo del sistema genitourinario; en cambio, es conservado como parte de la neotenia del mono desnudo. Su persistencia significa que la primera cópula en la vida de la hembra tropezará con algunas dificultades. El hecho de que la evolución haya ido tan lejos en la tarea de sensibilizar a la mujer al estímulo sexual, hace que parezca extraño, a primera vista, que la dotara de algo que equivale a un elemento anticopulativo. Pero la situación no es tan contradictoria como parece. Al hacer difícil e incluso doloroso el primer intento de cópula, el himen asegura que ésta no se realice con ligereza. Sabido es que, durante la adolescencia, se pasa por un período de experimentación sexual, de «correteos» en busca de la compañía adecuada. En esta época, los jóvenes machos no tienen motivos para evitar la cópula total. Si no se forma el lazo entre la pareja, no se habrán comprometido en modo alguno y seguirán sus correrías hasta que encuentren la compañera que les conviene. En cambio, si las jóvenes hembras hicieran lo mismo, correrían grandes riesgos de quedar embarazadas y condenadas a una situación de maternidad sin la presencia de un compañero. Al frenar parcialmente esta tendencia de la hembra, el himen hace que ésta tenga que hallarse en un profundo estado emocional antes de dar el paso definitivo, un estado emocional lo bastante fuerte para hacerle vencer esta primera incomodidad física.
Conviene añadir aquí unas palabras sobre la cuestión de la monogamia y la poligamia. La creación del vínculo entre la pareja, propio de la especie en su conjunto, favorece naturalmente la monogamia, pero no la exige de manera absoluta. Si la violenta vida cinegética motiva que los machos adultos sean más escasos que las hembras, es natural que los machos supervivientes tiendan a establecer lazos con más de una hembra. Esto hará posible un aumento de la población, sin las peligrosas tensiones derivadas de la existencia de hembras «sobrantes». Si el proceso de formación de la pareja llegase a ser tan exclusivo que evitara esto, resultaría ineficaz. Sin embargo, la cosa no sería fácil, debido al instinto de posesión de las hembras afectadas y al peligro de provocar graves rivalidades sexuales entre ellas. Otro factor contrario sería la presión económica derivada de la necesidad de mantener un mayor grupo familiar con todos sus retoños. Podría existir un pequeño grado de poligamia, pero sumamente limitada. Es interesante observar que, aunque ésta existe todavía hoy en cierto número de culturas inferiores, todas las sociedades importantes (que equivalen a la inmensa mayoría de la población mundial de la especie) son monógamas. Incluso en aquellas que permiten la poligamia, ésta suele practicarse únicamente por una pequeña minoría de los varones afectados. Sería curioso especular sobre si su omisión en casi todas las culturas importantes ha constituido realmente un factor primordial en la consecución de su elevada situación presente. En todo caso, podemos concluir diciendo que, hagan lo que hagan las oscuras y atrasadas tribus actuales, la corriente principal de nuestra especie manifiesta su tendencia a constituir parejas exclusivas en su forma más extrema, es decir, en las relaciones monógamas a largo plazo.


Este es, pues, el mono desnudo en toda su erótica complejidad: una especie intensamente sexual, formadora de parejas y con muchos rasgos singulares; una complicada combinación de antecedentes primates con grandes modificaciones carnívoras. Ahora, tenemos que añadirle un tercero y último ingrediente: la civilización moderna. El cerebro aumentado, que acompañó la transformación del sencillo morador de los bosques en cazador cooperativo, empezó a interesarse en las mejoras tecnológicas. Las simples residencias tribales se convirtieron en grandes pueblos y ciudades. La era del hacha dio paso a la era espacial. Pero, ¿qué influencia han ejercido todos estos oropeles en el sistema sexual de la especie? Al parecer, muy poca. Todo ha sido demasiado rápido, demasiado súbito, para que se produjesen fundamentales avances biológicos. Cierto que, superficialmente, parecen haberse producido; pero esto es más que nada una ilusión. Detrás de la fachada de la ciudad moderna, sigue morando el viejo mono desnudo. Sólo los hombres han cambiado: en vez de «caza», decimos «trabajo»; en vez de «campo de caza», «barrio comercial»; en vez de «cubil», «hogar»; en vez de «apareamiento», «matrimonio»; en vez de «compañera», «esposa», etcétera. Ciertos estudios americanos sobre las normas sexuales contemporáneas, en comparación con las primitivas, han revelado que el equipo fisiológico y anatómico de la especie sigue empleándose con toda intensidad. Los indicios proporcionados por los restos prehistóricos, combinados con datos comparativos de otros carnívoros y de otros primates actuales, nos dan una idea de cómo debió utilizar su sexo el mono desnudo en el remoto pasado, y de cómo debió de organizar su vida sexual. Las pruebas contemporáneas nos ofrecen el mismo cuadro básico, una vez removida la capa de oscuro barniz de la moralidad pública. Como dije al principio del capítulo, fue la naturaleza biológica de la bestia la que moldeó la estructura social de la civilización, y no ésta la que moldeó aquélla.
Sin embargo, aunque el sistema básica sexual ha sido conservado en una forma bastante primitiva (no ha habido colectivización del sexo para hacer frente al aumento de las colectividades), se han introducido, en cambio, numerosos controles y restricciones de menor importancia. Estos se han hecho necesario, debido al complicado surtido de señales sexuales anatómicas y fisiológicas, y a la creciente sensibilidad a los estímulos sexuales adquirida durante nuestra evolución. Lo cierto es que todo esto había sido proyectado por su uso en unidades tribales pequeñas y compactas, no en vastas metrópolis. En las grandes ciudades, nos rozamos continuamente con centenares de estimulantes (y estimulables) desconocidos. Y esto es algo nuevo, que hay que solucionar.
En realidad, la introducción de restricciones culturales debió de empezar mucho antes, cuando no había aún personas extrañas. Incluso en las simples unidades tribales, los miembros de la pareja debieron de sentir la necesidad de ocultar de algún modo sus señales sexuales al transitar en público. Si la sexualidad tenía que agudizarse para mantener unida a la pareja, debieron de tomarse medidas para apaciguarla cuando sus miembros estaban separados, a fin de evitar el estímulo excesivo de terceros. En otras especies que forman parejas, pero viven en comunidad, esto se logra mediante ademanes agresivos, pero a una especie cooperativa como la nuestra le convenían métodos menos beligerantes. Aquí es donde entra en juego nuestro desarrollado cerebro. Indudablemente, el lenguaje realiza una función vital a este respecto («A mi esposo no le gustaría»), como en muchas otras facetas de la vida social; pero se requieren también otras medidas más inmediatas.
El ejemplo más palpable es la famosa proverbial hoja de la parra. Dada su posición vertical, es imposible que un mono desnudo se acerque a otro miembro de su especie sin realizar una exhibición genital. Otros primates, que andan a cuatro patas, no tienen este problema. Si quieren mostrar su aparato genital, tienen que adoptar una posición especial. Nosotros, en cambio, lo mostraríamos siempre, hiciéramos lo que hiciéramos. De ahí se infiere que la cobertura de la región genital con alguna sencilla prenda debió de ser un perfeccionamiento cultural muy primitivo. Sin duda, partiendo de aquella circunstancia, el empleo de vestidos como protección contra el frío tomó incremento al desparramarse la especie por climas menos benignos; pero, probablemente, esta fase fue muy posterior. El empleo de vestiduras antisexuales varió según las diversas condiciones culturales, extendiéndose a veces a otras señales sexuales secundarias (senos, labios) y dejando de hacerlo en otras ocasiones. En ciertos casos extremos, el aparato genital de la hembra queda, no solamente oculto, sino también completamente inaccesible. El más famoso ejemplo de esto es el cinturón de castidad, que cubría los órganos genitales y el año con una tira metálica, perforada en los sitios adecuados para dejar pasar los excrementos. Otras prácticas similares consistieron en coser el aparato genital de las jóvenes antes del matrimonio, o en asegurar los labios de aquél con grapas o anillos de metal. En tiempos más recientes se registró el caso de un varón que practicaba orificios en los labios de la vulva de su compañera y cerraba su aparato genital después de cada cópula. Estas precauciones extraordinarias son, desde luego, muy raras; pero el menos drástico procedimiento de ocultar simplemente el aparato gential bajo una vestidura es, actualmente, casi universal.
Otro importante mejoramiento fue la realización en privado de los propios actos sexuales. No sólo se convirtió el aparato genital en una parte privada, sino también en una parte usada en privado. Esto ha dado como resultado una creciente asociación entre las actividades sexuales y el sueño. Dormir con alguien se ha convertido en sinónimo de copular con él: por esto la mayor parte de la actividad copulatoria se realiza a una hora determinada, la de acostarse, en vez de repartirse por igual durante el día.
Como ya hemos visto, los contactos cuerpo a cuerpo han llegado a adquirir tal importancia en el comportamiento sexual, que tienen que ser aplazador durante la rutina de la vida diurna. Hay que reprimir el contacto físico con extraños en nuestras atareadas y populosas comunidades. Cualquier roce accidental con el cuerpo de un desconocido va inmediatamente seguido de una disculpa, cuya elocuencia suele ser proporcional al grado de sexualidad de la parte del cuerpo tocada. La película acelerada de una multitud discurriendo por una calle, o cruzándose en el interior de un gran edificio, revela claramente la increíble complejidad de estas continuas maniobras de «evitación de contactos corporales».
Esta restricción de los contactos con desconocidos sólo se interrumpe normalmente en condiciones de gran aglomeración o en circunstancias especiales derivadas de la categoría de ciertos individuos (por ejemplo, los peluqueros, los sastres y los médicos) que están socialmente «autorizados para tocar». El contacto con parientes y amigos íntimos está más permitido. Sus papeles sociales han quedado claramente definidos como no sexuales, y existe menor peligro. Pero, incluso así, las cortesías de salutación se han estilizado sobremanera. El abpretón de mano se ha convertido en norma rígidamente establecida. El beso de salutación ha tomado su propia forma ritual (besos recíprocos en la mejilla), que nada tiene que ver con el beso sexual en la boca.
Las posiciones del cuerpo se han «desexualizado» de varias maneras. Se evita, sobre todo, la postura sexualmente incitante de la mujer con las piernas separadas. Cuando ésta se sienta, mantiene las piernas juntas, o cruzada una encima de la otra.
Si la boca tiene que adoptar una postura que recuerde de algún modo una respuesta sexual, suele ocultarse con la mano. Las risitas sofocadas y ciertas clases de risa o de muecas son características de la fase de galanteo, y cuando se produce en circunstancias sociales vemos que, con frecuencia, se levanta una mano para cubrir la región de la boca.
En muchas civilizaciones, los varones suprimen algunos de sus rasgos sexuales secundarios, afeitándose la barba y el bigote. Las hembras se depilan las axilas. Dada su importante función de estímulo olfativo, hay que eliminar el vello de los sobacos si los vestidos corrientemente empleados dejan al descubierto esta región. El vello del pubis se oculta siempre con tanto cuidado que hace, general, innecesario aquel tratamiento, pero es interesante observar que también esta zona aparece con frecuencia afeitada en las modelos de los artistas, cuya desnudez no es sexual.
Además, se practica intensamente la desodoración del cuerpo. Este se lava y se baña con mucha mayor frecuencia de la requerida por los simples cuidados médicos o higiénicos. La sociedad suprime los olores del cuerpo y los desodorantes químicos comerciales se venden en grandes cantidades.
La mayoría de estos controles se mantienen con el sencillo e incontrovertibles subterfugio de referirse al fenómeno que restringen como «inelegante», «inconveniente» o «tosco». En cambio, raras veces se meciona o se tiene siquiera en cuenta la verdadera naturaleza antisexual de las restricciones. Se aplican también otros controles más patentes, en forma de artificiales códigos morales o de leyes sexuales. Estas varían considerablemente de una civilización a otra, pero la principal finalidad es siempre la misma: evitar la excitación sexual de los desconocidos y suprimir la interacción sexual fuera de la pareja. Para ayudar a la consecución de este fin, cosa reconocida como muy difícil incluso por los grupos más puritanos, se emplean diversas técnicas se subliminación. Por ejemplo, los deportes escolares y otras actividades físicas vigorosas son a veces fomentadas con la vana esperanza de que apaciguarán las exigencias sexuales. El cuidadoso estudio de este concepto y de su aplicación revela su indiscutible y lamentable fracaso. Los atletas no son ni más ni menos sexualmente activos que otros grupos. Lo que pierden por cansancio físico, lo ganan por aptitud física. El único método de comportamiento que parece tener alguna eficacia es el antiguo sistema del castigo y la recompensa: castigo para los excesos sexuales y recompensa para la contingencia sexual. Pero esto, desde luego, produce la represión, más que la disminución, del individuo. Parece evidente que el anormal crecimiento de nuestras comunidades exigirá algunas medidas de esta clase para contrarrestar el creciente peligro social de un enorme aumento de actividades sexuales fuera de la pareja. Pero el mono desnudo, como primate de acentuada sexualidad, se resiste contra este tratamiento. Su naturaleza biológica se rebela sin cesar. En cuanto se aplican controles artificiales en un sentido, surgen inmediatamente las contramedidas. Esto conduce, a menudo, a unas situaciones ridículamente contradictorias.
La hembra se cubre los senos, y seguidamente acentúa su forma con un sostén. Este artificioso estimulante sexual puede ser almohadillado o hinchable, de forma que no solamente rehaga la forma oculta, sino que también la realce y la aumente, imitando de esta suerte la hinchazón de los senos que se produce durante la excitación sexual. En algunos casos, las hembras que tienen los senos flácidos llegan al extremo de acudir a la cirugía estética, sometiéndolos a inyecciones subcutáneas de cera para lograr efectos parecidos, pero más permanentes.
Los añadidos sexuales se aplican también a otras partes del cuerpo: sirvan de ejemplo las hombreras de los trajes de los varones y los polisones de las hembras. En ciertas civilizaciones actuales, las mujeres flacas pueden adquirir sostenes para las nalgas o «postizos para el trasero». La costumbre de llevar zapatos de tacón alto aumenta la oscilación de la región glútea durante la locomoción, al alterar la posición normal de la marcha.
En diversas épocas se ha empleado el almohadillado de las caderas, y las curvas de éstas y del pecho pueden también exagerarse con el uso de cinturones ceñidos. A causa de esto, se ha preconizado la cintura estrecha de la hembra y se ha practicado muchísimo la presión del corsé sobre esta región. Esta tendencia alcanzó su punto culminante hace un siglo, con los «talles de avispa», época en la cual llegaron algunas mujeres al extremo de hacerse extraer quirúrgicamente las costillas inferiores para aumentar el efecto.
El generalizado empleo del lápiz de labios, el colorete y el perfume, para aumentar el estímulo de los labios, del rubor y del olor del cuerpo, respectivamente, presenta mayores contradicciones. La hembra que mediante el lavado suprime sistemáticamente su propio olor biológico, lo reemplaza a continuación con perfumes comerciales sexy, que, en realidad, no son más que formas diluidas de los productos de las glándulas olorosas de otras especies de mamíferos totalmente diferentes.
Si tenemos en cuenta todas las restricciones sexuales y sus contrapartidas artificiales, no podemos dejar de pensar que sería mucho más fácil volver al punto de partida. ¿Por qué refrigerar una habitación, si después encendemos fuego en ella? Como antes he indicado, la razón de las restricciones es bastante justa: se trata de evitar un estímulo sexual desenfrenado que rompa los lazos entre las parejas. Pero, ¿por qué no una total restricción en público? ¿Por qué no limitar las exhibiciones sexuales, tanto biológicas como artificiales, en los momentos de intimidad entre los componentes de la pareja? Esto se contesta, en parte, diciendo que es precisamente nuestro alto nivel de sexualidad el que exige una constante expresión y un constante desahogo. Se llegó a él para mantener unida a la pareja, y ahora resulta que, en la estimulante atmósfera de una sociedad compleja, sirve para crear continuamente situaciones ajenas a tal pareja. Pero esto es sólo una parte de la respuesta. El sexo se emplea también por motivos de conveniencia, maniobra muy corriente en otras especies de primates. Si una mona quiere acercarse a un macho agresivo con fines no sexuales, realiza a veces una exhibición sexual, no porque quiera copular con él, sino porque, obrando así, despertará su impulso sexual lo suficiente para eliminar su agresión. Estas formas de comportamiento se denominan actividades remotivadoras. La hembra emplea el estímulo sexual para remotivar al macho y conseguir, de esta manera, una ventaja no sexual. Trucos parecidos son empleados también por nuestra especie. Gran parte de los estímulos sexuales artificiales tienden a este fin. Al hacerse atractivos a los miembros del sexo contrario, los individuos pueden reducir eficazmente los antagonismos con otros miembros del grupo social.
Desde luego, tratándose de una especie en que los individuos están atados por parejas, esta estrategia tiene sus peligros. El estímulo no debe ir demasiado lejos. Aceptando las básicas restricciones sexuales impuestas por la civilización, es posible dar claras señales de que «no estoy disponible para la cópula» y, al propio tiempo, dar otras señales que digan: «no obstante, soy muy sexual». Estas últimas cumplirán su misión de reducir el antagonismo, mientras que las primeras evitarán que las cosas salgan de su cauce. De esta manera, uno sabe nadar y guardar la ropa.
Esto podría dar muy buenos resultados, pero, desgraciadamente, juegan otras influencias. El mecanismo de apareamiento no es perfecto. Tuvo que ser injertado en el primitivo sistema de los primates, y éste sigue manifestándose. Si algo sale mal en la situación de la pareja, vuelven a surgir los antiguos impulsos del primate. Añádase a esto que otro fruto importante de la evolución ha sido la extensión de la curiosidad infantil a la fase adulta, y veremos claramente que la situación puede hacerse peligrosa.
El sistema estuvo obviamente encaminado a funcionar en una situación donde la hembra producía una copiosa familia infantil y el macho estaba siempre cazando con otros machos. Aunque esto ha persistido en lo esencial, dos circunstancias han cambiado. Existe una tendencia a limitar artificialmente el número de retoños. Esto significa que la hembra emparejada no dará un pleno rendimiento familiar y será más abordable, sexualmente, durante la ausencia de su compañero. Y existe también, en muchas mujeres, una propensión a sumarse al grupo de cazadores. Naturalmente, la caza ha sido actualmente sustituida por «el trabajo», y los machos que marchan hoy día a trabajar están expuestos a encontrarse en grupos heterosexuales, en vez de las antiguas partidas cinegéticas. Esto significa que el lazo entre la pareja tiene que aguantar tirones por ambas partes. Y, con excesiva frecuencia, acaba por romperse. (Recordemos aquí que, según las estadísticas americanas, un 26 por ciento de las hembras casadas y un 50 por ciento de los varones casados han realizado cópulas extramatrimoniales antes de llegar a los cuarenta años.) Sin embargo, muchas veces el lazo original es lo bastante fuerte para resistir durante estas actividades externas, o para reafirmarse cuando éstas han pasado. Sólo en un pequeño porcentaje de casos se produce una ruptura completa y definitiva.
No obstante, si dejáramos las cosas así, exageramos el caso a favor del lazo entre la pareja. Este puede, casi siempre, sobrevivir a la curiosidad sexual, pero no es lo bastante fuerte para suprimirla. Aunque el poderoso ligamen sexual mantiene unida a la pareja, no elimina su interés por las actividades sexuales externas. Y si los apareamientos externos chocan tan violentamente con el vínculo de unión de la pareja, hay que encontrarles un sustituto menos perjudicial. La solución ha sido el voyeurismo, en su más amplio sentido, el cual se practica en gran escala. En este sentido estricto, el voyeurismo significa la obtención de excitación sexual mediante la contemplación de la cópula de otros individuos; pero puede ampliarse lógicamente hasta incluir toda clase de interés en la actividad sexual, sin participar en ella. Casi todo el mundo se dedica a esta práctica, mirando, leyendo o escuchando. La mayor parte del material de la televisión, de la radio, del cine, del teatro y de la novela tiende a satisfacer esta demanda. Las revistas, los diarios y las conversaciones contribuyen también a ello. Se ha convertido en una industria importante. Pero, en realidad, y a pesar de tanta alharaca, el observador sexual no hace nunca nada. Todo se realiza por poderes. Tan copiosa es la demanda, que tuvimos que inventar una categoría especial de ejecutantes -actores y actrices- que fingen los episodios sexuales para que nosotros podamos contemplarlos. Cortejan y se casan, e inmediatamente asumen nuevos papeles, para cortejar y casarse otra vez. De esta manera, se aumenta copiosamente el material del voyeur.
Si observamos la mayoría de las especies animales, llegaremos a la conclusión de que esta actividad contempladora es biológicamente anormal. Sin embargo, es relativamente inofensiva e incluso puede ayudar a nuestra especie, porque satisface en cierto grado las insistentes exigencias de nuestra curiosidad sexual, sin incitar a los individuos a contraer nuevas relaciones sexuales que podrían amenazar el lazo entre la pareja.
La prostitución actúa de manera parecida. En ésta hay, naturalmente, una unión real, pero, en su forma típica, queda absolutamente limitada a la fase copulativa. La primera fase de galanteo e incluso las actividades precopulatorias se reducen al mínimo. Son éstas las etapas en que empieza la formación de la pareja, y son debidamente suprimidas. Si el varón satisface su deseo de novedad sexual copulando con una prostituta, puede dañar el lazo que le une a su pareja, pero menos que si acude a una aventura amorosa romántica no copulativa.
Otra forma de actividad sexual que hay que examinar es el desarrollo de la fijación homosexual. La función primordial del comportamiento sexual es la reproducción de la especie, y es evidente que esto no puede lograrse con la formación de parejas homosexuales. Aquí conviene hacer una sutil distinción. Biológicamente hablando, no hay nada fuera de lo corriente en los actos homosexuales de seudocópula. Muchas especies los practican, en numerosas circunstancias. Pero, desde el punto de vista de la reproducción, la formación de un lazo homosexual es inconveniente, ya que no puede conducir a la producción de retoños y estropea la posible función reproductora de los adultos. Para comprenderlo, echaremos un vistazo a otras especies.
He explicado ya cómo puede una hembra emplear señales sexuales para remotivar a un macho agresivo. Excitándole sexualmente, elimina su antagonismo y evita ser atacada por él. El macho inferior puede valerse de un truco semejante. Los jóvenes monos machos adoptan a menudo posturas femeninas sexualmente excitantes, y son montados por machos dominantes que, de otro modo, les habrían atacado. Las hembras dominantes pueden montar, de igual manera, a otras hembras inferiores. Esta utilización de una línea sexual en situaciones no sexuales llegó a ser fenómeno corriente en el escenario social de los primates, y ha resultado sumamente valiosa para ayudar a mantener la armonía y la organización del grupo. Como estas otras especies de primates no están sometidas a un intenso proceso de formación de parejas, no corren los riesgos que podrían derivarse, a largo plazo, de los apareamientos homosexuales. La cosa sirve sólo para resolver problemas inmediatos de dominio y no origina relaciones homosexuales duraderas.
El comportamiento homosexual se presenta también en ocasiones en que el objeto sexual ideal (un miembro del sexo contrario) resulta inalcanzable. Esto ocurre en muchos grupos de animales: un miembro del mismo sexo es empleado como sucedáneo, como «mal menor», en la actividad sexual. Es frecuente que, en un aislamiento total, los animales recurran a medidas extremas o intenten copular con objetos inanimados, o se masturben. Sabemos, por ejemplo, que ciertos carnívoros en cautividad han copulado con los recipientes de su comida. Los monos adquieren con frecuencia hábitos masturbatorios, y este caso ha sido también registrado entre leones. De la misma manera, animales encerrados con otros de especie diferente intentan copular con ellos. Pero estas actividades cesan casi siempre cuando el estímulo biológicamente correcto -un miembro del sexo contrario- aparece en escena.
Situaciones parecidas se producen con gran frecuencia en nuestra propia especie, y las relaciones son casi las mismas. Cuando los machos o las hembras, por el motivo que sea, no encuentran acceso sexual a los individuos del sexo contrario, buscan otro desahogo a sus impulsos. A veces, acuden a otros miembros de su propio sexo; otras veces, llegan a valerse de miembros de otras especie; otras, se masturban. Minuciosos estudios americanos de comportamiento sexual revelan que, en su sociedad, un 13 por ciento de las hembras y un 37 por ciento de los varones, han realizado, antes de los cuarenta y cinco años, contactos sexuales productores de orgasmo. Los contactos sexuales con otras especies de animales son mucho más raros (porque, naturalmente, éstas no ofrecen el adecuado estímulo sexual), y sólo se han registrado en el 3,6 por ciento de las hembras y en el 8 por ciento de los varones. La masturbación, aunque carece de «estímulo del compañero», es, empero, tan fácil de iniciar que se produce con mayor frecuencia. Se calcula que un 58 por ciento de las hembras y un 92 por ciento de los varones se masturban en alguna época de su vida.
Si todas estas actividades inútiles, desde el punto de vista de la reproducción, pueden realizarse sin menguar la potencia procreadora a lo largo de los individuos afectados, habrá que concluir que son inofensivas. En realidad, pueden ser biológicamente ventajosas, porque pueden contribuir a evitar frustraciones sexuales capaces de originar diversas perturbaciones sociales. Pero en el momento en que dan origen a fijaciones sexuales, crean un verdadero problema. Como ya hemos visto, existe en nuestra especie una fuerte tendencia a «enamorarse», a crear un poderoso vínculo con el objeto de nuestra atención sexual. Este fenómeno de fijación sexuales produce el importantísimo compañerismo a largo plazo, tan vital para las prolongadas exigencias familiares. La fijación empezará a actuar en cuanto se establezcan serios contactos sexuales, y sus consecuencias son evidentes. Los primeros objetos a los que dirigimos nuestras atenciones sexuales están expuestos a convertirse en los objetos. La fijación es un fenómeno asociativo. Ciertos estímulos clave, presentes en el momento del goce sexual, quedan íntimamente vinculados a este goce, y, al poco tiempo, la acción sexual no puede producirse sin la presencia de estos estímulos vitales. Si las presiones sociales nos impulsan a experimentar nuestros primeros goces sexuales en contexturas homosexuales o masturbatorias, es probable que ciertos elementos presentes en estas ocasiones asuman un enorme significado sexual de tipo duradero. (Las formas más raras de fetichismo se originan también así.)
Podría esperarse que estos hechos fuesen más perturbadores de lo que son en realidad, pero, en la mayoría de los casos, dos cosas ayudan a evitarlo. En primer lugar, estamos bien equipados con una serie de reacciones instintivas a las señales sexuales características del sexo contrario; por consiguiente, no es probable que experimentemos fuertes reacciones emotivas ante cualquier objeto que carezca de estas señales. En segundo lugar, nuestras primeras experiencias sexuales tienen carácter de ensayo. Empezamos enamorándonos y desganándonos con gran frecuencia y muy fácilmente. Es como si el proceso de la fijación total anduviera rezagado en relación con los otros sucesos sexuales. Durante esta fase de «búsqueda» desarrollamos un gran número de «fijaciones» poco importantes, cada una de las cuales es contrarrestada por la siguiente, hasta que llegamos indefectiblemente a un punto en que somos susceptibles de una fijación importante. En general, cuando llega este momento hemos experimentado una variedad de estímulos sexuales suficientes para inclinarnos hacia los biológicamente adecuados, y entonces, el apareamiento se produce como un fenómeno normal heterosexual.
Tal vez comprenderemos esto más fácilmente si lo comparáramos con la situación que sea producida en algunas de las otras especies. Por ejemplo, las aves coloniales que forman parejas emigran a los lugares de cría, donde construirán sus nidos. Los jóvenes pájaros sin pareja, que vuelan como adultos por primera vez, sienten la necesidad, a semejanza de los más viejos, de establecerse en un terreno y de formar parejas de cría. Esto se hace sin pérdida de tiempo, poco después de la llegada. Los jóvenes pájaros escogerán su pareja guiándose por sus señales sexuales. Después de cortejar a la compañera, sus intentos sexuales se limitarán a este individuo en particular. Esto se produce gracias a un proceso de fijación sexual. En el curso del galanteo para la formación de la pareja, las claves sexuales instintivas (comunes a todos los miembros de cada sexo y de cada especie) tienen que quedar vinculadas a ciertos factores únicos de identificación individual. Sólo de esta manera, el proceso de fijación puede limitar las reacciones sexuales de cada pájaro a su compañero. Todo esto tiene que hacerse rápidamente, porque la temporada de cría es muy breve. Si, al principio de esta fase, todos los miembros de un solo sexo fuesen experimentalmente trasladados de la colonia, sin duda se establecerían numerosos lazos homosexuales, al tratar desesperadamente los pájaros de encontrar lo más parecido a una pareja que tuviera a su alcance.
En nuestra propia especie, el proceso es mucho más lento. Nosotros no tenemos que actuar contra el límite de una breve temporada de cría. Esto nos da tiempo para explorar y «divertirnos». Aunque nos encontremos en un medio de segregación sexual durante considerables períodos de nuestra adolescencia, no por esto establecemos lazos homosexuales automáticos y permanentes. Si fuésemos como las aves coloniales, ningún adolescente podría salir de un pensionado de varones (o de otra parecida organización unisexual) con la esperanza de crear jamás un lazo heterosexual. En realidad, el proceso no es tan perjudicial. En la mayoría de los casos, el grabado queda únicamente esbozado y puede borrarse con facilidad mediante ulteriores y más fuertes impresiones.
Sin embargo, en algunos casos, el daño es más permanente. Acusados trazos asociativos se habrán ligado firmemente con la expresión sexual y ya no se podrá prescindir de ellos en ulteriores situaciones de formación de lazos. La inferioridad de las básicas señales sexuales ofrecidas por un compañero del mismo sexo no será suficiente para superar las asociaciones de fijación positiva. En seguida se nos ocurre preguntar por qué ha de exponerse una sociedad a tales peligros. La respuesta parece radicar en la necesidad de prolongar lo más posible la fase educacional para satisfacer las enormemente especializadas y complicadas exigencias tecnológicas de la cultura. Si los varones y las hembras jóvenes estableciesen unidades familiares en cuanto estuviesen biológicamente preparados para ello, se perdería una enorme cantidad de instrucción en potencia. Por consiguiente, se les somete a fuertes presiones para evitarlo. Desgraciadamente, por muchas que sean las restricciones culturales, éstas no evitarán el desarrollo del sistema sexual, y , si éste no puede seguir el rumbo acostumbrado, buscará y encontrará algún otro.
Hay otro factor independiente, pero importante, que puede influir en las tendencias homosexuales. Si en el ambiente familiar los retoños se ven sometidos a una madre varonil y dominadora, o a un padre débil y afeminado, esto puede acarrearles una considerable confusión. Las características de comportamiento actuarán en un sentido, y las anatómicas en otro. Si al llegar a la madurez sexual los hijos buscan compañeros que tengan las cualidades de comportamiento (más que las anatómicas) de la madre, están expuestos a elegirlos más entre los varones que entre las hembras. Las hijas corren un riesgo similar, pero a la inversa. Lo malo de los problemas sexuales de esta clase es que el prolongado período de dependencia infantil crea un contacto tan grande entre las generaciones, que los desórdenes se transmiten una y otra vez. El padre afeminado que hemos mencionado tuvo, probablemente, que presenciar anomalías sexuales en las relaciones de sus propios padres, y así sucesivamente. Los problemas de esta clase se transmiten de una generación a otra durante largo tiempo, hasta que desaparecen o hasta que se hacen tan agudos que se resuelven por sí solos al impedir totalmente la procreación.
Como zoólogo, no puedo discutir las «peculiaridades» sexuales según la moral corriente. Sólo puedo aplicar una especie de moralidad zoológica, en términos de éxito o fracaso en la reproducción. Si ciertos hábitos sexuales impiden el éxito reproductor, podemos calificarlos sinceramente de biológicamente inadecuados. Grupos tales como los de los monjes, monjas, solterones y solteronas, y homosexuales permanentes, son todos ellos anómalos desde el punto de vista de la reproducción. La sociedad los cría, y ellos se niegan a devolverle el favor. De la misma manera, podemos decir que un homosexual activo no es más anómalo que un monje desde aquel punto de vista. E igualmente se puede afirmar que ninguna práctica sexual, por muy asquerosa u obscena que parezca a los miembros de una civilización particular, puede ser biológicamente criticada, mientras no impida el éxito reproductivo general. Si los más chocantes refinamientos del acto sexual contribuyen a asegurar que se producirá la fertilización entre los miembros de una pareja, o que se fortalecerán los lazos de la misma, entonces ha cumplido su misión reproductora y es, biológicamente, tan aceptable como la costumbre sexual más «limpia» y aprobada por todos.
Dicho esto, debo ahora señalar que existe una importante excepción a la regla. La moralidad biológica que acabo de esbozar deja de aplicarse en el caso de una superpoblación. Cuando ésta se produce, se invierten las normas. Por estudios realizados sobre otras especies en estado de superpoblación experimental, sabemos que llega un momento en que el aumento de densidad de población alcanza un punto extremo en el que se destruye toda la estructura social. Los animales contraen enfermedades, matan a sus pequeños, luchan con saña y se mutilan ellos mismos. Ninguna secuencia de comportamiento puede desarrollarse como es debido. Todo se fragmenta. En definitiva, son tantas las muertes, que la densidad de población vuelve a alcanzar un bajo nivel y puede empezar de nuevo la cría; pero no antes de que acontezca una conmoción catastrófica. Si en tal situación hubiese podido instaurarse algún medio anticonceptivo controlado, en cuanto se manifiestan los primeros síntomas de superpoblación se habría podido evitar el caos. En estas condiciones (grave superpoblación, sin señales de alivio en un futuro inmediato), los procedimientos sexuales anticonceptivos deberían estudiarse bajo una nueva luz.
Nuestra especie se encamina rápidamente hacia tal situación. Hemos llegado a un punto en que debemos dejar de sentirnos satisfechos. La solución es evidente: reducir el ritmo de la natalidad, sin poner obstáculos a la estructura social existente; evitar un aumento en cantidad, sin impedir un aumento en calidad. La necesidad de unas técnicas anticonceptivas salta a la vista; pero no debemos permitir que rompan la básica unidad familiar. En realidad, este riesgo sería muy pequeño. Se han expresado temores de que el uso generalizado de anticonceptivos perfeccionados conducirá a una promiscuidad desenfrenada; pero esto es muy poco probable: la poderosa tendencia de la especie a formar parejas cuidará de evitarlo. Pueden producirse dificultades si muchas parejas emplean los anticonceptivos hasta el punto de no procrear un solo hijo. Estas parejas exigirán mucho de sus lazos, y éstos pueden romperse por un exceso de tensión. Tales individuos constituirán una gran amenaza para las parejas que intenten constituir familias. Pero estas reducciones extremas son innecesarias. Si cada familia procrease solamente dos hijos, los padres se limitarían a reproducir su propio número y no habría aumento de población. Y si tomamos en consideración los accidentes y las muertes prematuras, el término medio de hijos podría ser incluso ligeramente superior al indicado, sin conducir por ello a un ulterior aumento de la población y, en definitiva, a la catástrofe de la especie.
Lo malo es que como fenómeno sexual, los anticonceptivos mecánicos y químicos son algo fundamental nuevo, y necesitaremos algún tiempo para saber exactamente la clase de repercusiones que habrán de tener en la estructura sexual fundamental de la sociedad después de que lo hayan experimentado un gran número de generaciones y se hayan desarrollado gradualmente nuevas tradiciones a partir de las antiguas. Pueden causar distorsiones o quebrantamientos indirectos e imprevistos en el sistema socio-sexual. Es algo que sólo el tiempo podrá decirnos. Pero, ocurra lo que ocurra, sino se aplica el control de la natalidad, la alternativa será mucho peor.
Teniendo en cuenta este problema de superpoblación, podría argüirse que la necesidad de reducir drásticamente el índice de reproducción destruye todas las críticas biológicas que pueden hacerse a las categorías no reproductoras, tales como frailes y monjas, solteronas y solterones empedernidos, y homosexual permanentes. Esto es cierto desde el exclusivo punto de vista de la reproducción, pero no resuelve otros problemas sociales con los que, en ciertos casos, tendrán que enfrentarse, aislados en su especial papel minoritario. Sin embargo, mientras sean miembros bien adaptados y valiosos de la sociedad, al margen de la esfera procreadora, su no contribución al aumento explosivo de la población puede considerarse altamente beneficioso.
Echando ahora una mirada retrospectiva a todo el escenario sexual, podemos observar que nuestra especie ha permanecido mucho más fiel a sus fundamentales impulsos biológicos de lo que habríamos podido imaginar en un principio. Su sistema sexual de primate, con modificaciones de carnívoro, ha sobrevivido con notable éxito a todos los fanáticos avances tecnológicos. Si tomamos un grupo de veinte familiar suburbanas y lo colocamos en un medio primitivo subtropical, donde los machos tengan que salir de caza para obtener comida, la estructura sexual de esta nueva tribu requerirá muy pocas modificaciones, o acaso ninguna. En realidad, lo que ha ocurrido en todos los pueblos grandes o ciudades ha sido que los individuos que moran en ellos se han especializado en sus técnicas de caza (de trabajo), pero han conservado su sistema sociosexual más o menos en su forma primitiva. Los inventos de la ciencia ficción sobre criaderos de niños, actividades sexuales colectivizadas, esterilización selectiva y división del trabajo controlado por el Estado en las funciones procreadoras, no han llegado a materializarse. El mono del espacio sigue llevando en la cartera el retrato de su mujer y sus hijos, mientras navega a toda velocidad con rumbo a la Luna. Sólo en el campo de una limitación general de la natalidad, podemos presenciar ahora el primer ataque serio a nuestro antiquísimo sistema sexual por las fuerzas de la civilización moderna. Gracias a la ciencia médica, a la cirugía y a la higiene hemos alcanzado la cúspide de un éxito increíble en materia de crianza. Hemos practicado el control de la muerte, y ahora debemos equilibrarlo con el control de la natalidad. Cualquiera diría que nos vemos abocados a cambiar por fin, durante el próximo siglo o algo más, todos nuestros hábitos sexuales. Pero, si lo hacemos no será porque éstos hayan fracasado, sino porque su éxito habrá sido excesivo.

Javi Muñoz
































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