domingo, 1 de diciembre de 2013

Nubes y Relojes

Carlos Blank

A la memoria de una mujer entrañable y excepcional, Elsa Blank Antich




Introducción: “No hay nada nuevo bajo el Sol”

Popper es ampliamente conocido como defensor de la “sociedad abierta”, así como de la libertad y de la creatividad humanas. Entender que el futuro está abierto y que es intrínsecamente y objetivamente impredecible es de capital importancia para defender esta visión de la sociedad humana. La idea de una sociedad abierta se corresponde también con la idea de un universo abierto, de un universo en constante evolución y en el que emergen nuevas estructuras que no estaban prefijadas en un principio y que constituyen auténticas novedades o sorpresas. Por la misma razón de que no son reducibles a estadios precedentes es imposible predecirlas de antemano. Por esta misma razón el conocimiento humano es también intrínsecamente y objetivamente abierto e incompleto. La posición opuesta a esta es la del determinismo científico, la creencia de que el futuro es siempre predecible: si podemos conocer de antemano todas las condiciones iniciales en el presente de los fenómenos,  entonces podemos predecir todos sus estados futuros, gracias a la existencia de leyes naturales determinísticas. Popper sugiere una forma intuitiva de entender esta posición determinista por medio de la metáfora del mundo como una gran película y de Dios como su director.

La idea intuitiva de determinismo puede resumirse diciendo que el mundo es como una película de cine: la fotografía o la escena que está proyectándose es el presente. Las partes de la película que ya se proyectaron constituyen el pasado. Y las que aun no se han proyectado constituyen el futuro.

En la película, el futuro coexiste con el pasado; y el futuro está fijado, exactamente, en el mismo sentido que el pasado. Aunque el espectador no conozca el pasado, todo nuestro futuro, sin excepción, podría en principio conocerse con certeza, exactamente como el pasado, puesto que existe en el mismo sentido en el que existe el pasado. De hecho, el futuro es conocido para el productor de la película, para el Creador del mundo. (Popper, 1983: 28s)

En un primer momento puede considerarse el determinismo científico como una reinterpretación o versión moderna y actualizada –o remake- de la omnipotencia y omnisciencia divinas, “con las ideas de divina omnipotencia –poder total para determinar el futuro- y divina omnisciencia, que entraña que el futuro es conocido por Dios ahora, y, por tanto, cognoscible de antemano y fijado de antemano.” (p. 29) De hecho Popper considera que esta es históricamente la explicación más plausible.

Históricamente, se puede considerar la idea de un determinismo “científico” como el resultado de substituir la idea de Dios por la idea de naturaleza, y la idea del la ley divina por la de ley natural. La naturaleza, o quizá “la ley de la naturaleza”, es omnipotente y omnisciente. Todo lo fija de antemano. Al contrario que Dios, que es inescrutable, y a quien sólo puede conocerse a través de la revelación, las leyes de la naturaleza pueden ser descubiertas por la razón humana ayudada por la experiencia humana. Y si conocemos las leyes de la naturaleza podemos predecir el futuro a partir de los datos presentes por métodos puramente racionales. (p. 29)

Obviamente, se trata de una interpretación histórica. Como siempre hay otras interpretaciones alternativas. Nuestro autor plantea, en efecto, otro punto de vista un tanto diferente: el determinismo científico constituiría un claro desafío a la visión del sentido común de acuerdo a la cual hay eventos relativamente predecibles y hay también eventos que por su propia naturaleza son imposibles de predecir.

Aunque la idea de determinismo “científico” parece, históricamente hablando, una especie de transferencia del determinismo religioso a términos naturalistas y racionalistas, es posible, desde luego, ver la idea del determinismo “científico” bajo un aspecto diferente. Se puede presentar, por ejemplo, como resultado de una crítica un tanto sofisticada de la concepción del mundo según el sentido común, según la cual todos los sucesos del mundo pueden dividirse en dos tipos: los sucesos predictibles, tales como el cambio de las estaciones, los movimientos diarios y anuales del sol y las estrellas fijas, o el funcionamiento de un reloj; y los sucesos impredictibles, tales como los caprichos del tiempo o el comportamiento de las nubes. (p. 30)

A diferencia del determinismo basado en creencias religiosas, el determinismo científico es   rebatible, pues “si hubiera un solo suceso futuro en el mundo que no pudiera predecirse, en principio, por medio del cálculo basado en las leyes naturales y en los datos que conciernen al estado presente o pasado del mundo, entonces habría que rechazar el determinismo “científico”.” (pp. 29s) Las exigencias claramente sobrehumanas del determinismo científico se ponen en evidencia cuando nos exige “que seamos capaces de calcular, a partir de nuestra tarea de predicción específica, el grado de precisión de la información inicial que nos es necesaria para realizar la tarea de predicción.” (p. 39) Así que por un lado tenemos que si existe un solo hecho que sea imposible de predecir no importa lo bien que conozcamos los estados iniciales de un evento entonces el determinismo científico es falso. Por otro lado, tenemos la imposibilidad de cumplir con las exigencias previas de conocer hasta en sus detalles infinitesimales el estado del universo en el presente, de modo que podamos entonces predecir sus estados futuros. La dificultad -`por no decir imposibilidad- de satisfacer estas exigencias fue puesta de manifiesto en la conocida formulación del determinismo hecha por Pierre Simon Laplace.

Por eso Laplace introdujo la ficción de un demonio: una inteligencia sobrehumana, capaz de averiguar el conjunto completo de las condiciones iniciales del sistema del mundo en cualquier instante del tiempo. Con la ayuda de estas condiciones iniciales y con las leyes de la naturaleza, es decir, las ecuaciones de la mecánica, el demonio sería capaz, según Laplace, de deducir todos los estados futuros del sistema del mundo; esto mostraría que, siempre que se conociesen las leyes de la naturaleza, el futuro del mundo estaría implícito en cualquier instante de su pasado; y así quedaría establecida la verdad del determinismo. (pp. 52s)

Lo más importante del aporte de Laplace consiste en deshacerse de la idea de Dios, la de considerar a Dios como un hipótesis superflua e innecesaria, como le respondiese al incrédulo de Napoleón Bonaparte. Es así “que el demonio de Laplace no es más que un científico idealizado. En realidad, es un Laplace idealizado.” (p. 54)

El punto crucial del argumento de Laplace es éste: Hace de la doctrina del determinismo una verdad de la ciencia y no de la religión. El demonio de Laplace no es un Dios omnisciente, sino simplemente un supercientífico. No se le supone capaz de nada que no puedan hacer los científicos humanos, o al menos que no puedan hacer aproximadamente: simplemente se le supone capaz de realizar sus tareas con perfección sobrehumana. (p. 53)

A diferencia de una posición determinista de carácter religioso o metafísico, que son simplemente irrefutables, el determinismo científico tiene la ventaja de ser refutable y no precisamente, como piensan algunos, porque la física contemporánea nos ofrezca claros ejemplos del carácter intrínsecamente indeterminista o probabilístico de ciertos fenómenos de la naturaleza. Como veremos, este indeterminismo “científico” es tan poco satisfactorio como el determinismo científico y suele ser utilizado de manera abusiva  para justificar la existencia de la libertad humana. Por el contrario, el indeterminismo y el puro azar tampoco son suficientes para permitir la existencia de acciones humanas libres. Todo ello es resumido por Popper en  la siguiente expresión: “el indeterminismo no basta”. Si el pensamiento de que vivimos en un mundo en que “no hay nada nuevo bajo el sol” puede ser calificado, siguiendo a Popper,  como “la pesadilla del determinista”, pensar en un mundo dominado por el puro azar y la casualidad podríamos también calificarlo, si se nos permite la expresión, como la “pesadilla del indeterminista”. De hecho, nuestro autor está en contra del tinte subjetivista e idealista que suele darse al indeterminismo.  No se trata, pues, de sí la historia reciente de la física favorece o no el determinismo, sino de encontrar argumentos válidos en contra del determinismo científico y a favor del indeterminismo.

Aunque no creo que la mecánica cuántica permanezca como la última palabra en física, sí creo que su indeterminismo es fundamentalmente correcto. Yo creo que la mecánica clásica newtoniana es indeterminista en principio. Esto resulta claro si introducimos en ella modelos físicos de conocimiento humano; por ejemplo, computadoras. La introducción de conocimiento humano objetivo en nuestro universo –la introducción del “Mundo 3” (no debemos olvidar que las computadoras, aunque no son humanos, están hechas por el hombre)- nos permite probar no sólo el carácter indeterminista de este universo, sino también su esencial apertura o incompletud. (p. 147).

Volviendo ahora a la mecánica cuántica, quiero señalar que el indeterminismo de un Dios que juega a los dados, o de las leyes de probabilidad, no crea espacio para la libertad humana. Porque lo que queremos entender no es sólo cómo podemos actuar impredictiblemente y de una forma fortuita, sino cómo podemos actuar deliberada y racionalmente. La famosa constancia probabilística de sucesos fortuitos como el de que se echen cartas al correo sin dirección puede ser una curiosidad interesante, pero no tiene semejanza alguna con el problema de la libertad de escribir un poema, bueno o malo, o de presentar una nueva hipótesis sobre, digamos, el origen del código genético. (p. 148)



La pesadilla del determinista
Como ya hemos mencionado, el sueño del determinista es, más bien, una pesadilla, pues excluye toda posibilidad real de actuar con libertad y espontaneidad, impide la acción humana y el libre arbitrio, impide, en definitiva, esa chispa de creatividad que nos hace humanos. Por otro lado, la defensa de un indeterminismo puro y simple no nos deja mejor parados. (Obviamente, existen teorías compatibilistas, que conjugan la defensa del determinismo físico y la existencia de la libertad humana, como las de David Hume, Immanuel Kant o, más recientemente, Daniel Dennett)  De acuerdo con Popper, sin embargo, existen argumentos en contra del determinismo científico. Al esgrimir estos argumentos le estaríamos restando piso también al determinismo religioso y metafísico, si bien estos últimos son,  como ya dijéramos antes, irrefutables en principio.
Pero para poder argumentar mejor en contra de este determinismo científico se hace necesario hacer formulaciones más precisas de él, pues cuanto más precisa sea su formulación más precisa será también su refutación. Ya hicimos mención de la formulación del “demonio laplaciano”. A continuación Popper lo reformula en los siguientes términos:

Una teoría física es determinista prima facie si, y sólo si, nos permite deducir, a partir de una descripción matemáticamente exacta del estado inicial de un sistema físico cerrado que se describe en términos de la teoría, la descripción, con cualquiera que sea el grado de finito de precisión estipulado, del estado del sistema en cualquier instante dado del futuro. (Popper, 1983: 54)

La cuestión importante que debemos plantearnos a continuación es la siguiente: “¿estamos autorizados a inferir de dicha suposición la verdad del determinismo ‘científico’? o, dicho de otro modo, ¿estamos autorizados a inferir el carácter determinista del mundo del carácter determinista prima facie de una teoría?” (p. 55) La opinión de Popper es que no. Pero además existen buenas razones para suponer que es imposible encontrar una teoría determinista completa. Y la razón de ello es bastante simple. Es imposible hallar una teoría que pueda dar completamente todas las razones de la realidad. Sin duda que la ciencia ha tenido un gran éxito, en especial, la mecánica newtoniana. Sin embargo, este éxito es producto de una simplificación deliberada de la realidad, dejando al margen si la realidad es mucho más compleja de lo que se asume en nuestro modelo idealizado.[1] La cuestión ahora es la de si de la simplicidad de nuestros modelos podemos inferir la simplicidad de la realidad. Pero “el mundo tal como lo conocemos, es enormemente complejo; y, aunque pueda tener aspectos estructurales que sean simples en un sentido u otro, la simplicidad de algunas de nuestras teorías –que son nuestra propia creación- no entraña la simplicidad intrínseca del mundo.” (p. 66) Aunque podamos preferir siempre aquella explicación más simple, entre otras cosas, porque nos facilita su contrastación, no podemos transferir esta simplicidad a la realidad como tampoco el determinismo. En este sentido la ciencia puede ser descrita como “el arte de la ultra-simplificación sistemática, el arte de discernir lo que es ventajoso omitir.” (p. 67) El conocimiento científico es, en cambio, una secuencia infinita de aproximaciones, una sucesión de mallas o redes de distinto tamaño y grosor, de las que es imposible que no se nos escape algún pez más pequeño.

Pero, puesto que no hay medida absoluta para el grado de aproximación logrado por la tosquedad o fineza de nuestra red –sino sólo una comparación con aproximaciones mejores o peores-, incluso nuestros  esfuerzos de mayor éxito no pueden producir más una red cuya malla es demasiado tosca para el determinismo. Intentamos examinar el mundo exhaustivamente con nuestras redes; pero sus mallas siempre dejarán escapar algún pequeño pez; siempre habrá suficiente juego para el indeterminismo. (pp. 69s)

La otra importante línea argumentativa en contra del determinismo científico proviene de la naturaleza del tiempo. Existe una asimetría fundamental entre el pasado y el futuro: mientras que el pasado puede considerarse trivialmente como algo determinado y clausurado, en cambio, el futuro nunca está completamente determinado, está abierto a nuevas posibilidades e influencias. A diferencia de aquellos sistemas que consideran el tiempo como una variable reversible, como una mera ilusión, existen poderosas razones para considerar el tiempo como real y dotado de una dirección irreversible –la flecha del tiempo-. Para entender mejor el concepto, imagínense lo absurda que nos parece una película cuando la mostramos hacia atrás o lo imposible que puede resultar separar determinados elementos una vez que ya han sido mezclados  o “recoger la leche derramada”. Esto no sólo es compatible con nociones de sentido común, sino que además está en clara sintonía con los principios de la termodinámica y con el hecho de que el calor pasa de un cuerpo más caliente a uno más frio, perdiéndose irreversiblemente ese calor. Claro está, que hay también “estructuras disipativas”   apartadas de ese estado de equilibrio termodinámico o muerte térmica.

Prigogine está desarrollando esta parte de la física, tanto teórica como experimentalmente, y ahora es claro que los sistemas abiertos en un estado distante del equilibrio pueden construir nuevas estructuras en lugar de moverse hacia un estado de equilibrio, de maximización de la entropía, de desaparición de la estructura: de esa muerte del calor que desde hacía tanto tiempo se predecía para el universo. (p. 194)

Además, la predicción del futuro debe enfrentarse a toda una serie de dificultades. Una de ellas tiene que ver con la imposibilidad de conocer ahora lo que sólo podemos conocer en el futuro. Más allá de las “predicciones” triviales y de las generalidades a los que nos tienen acostumbrados aquellos que son capaces de “leer el futuro”, las predicciones científicas deben ser lo suficientemente precisas para que puedan tener algún interés. Ahora bien, esa precisión tiene necesariamente un límite, es imposible alcanzar una precisión infinita o absoluta. Es imposible, por ejemplo, conocer de antemano todas las consecuencias que se derivan de un nuevo conocimiento o de un agente, de nuestras propias acciones. Es imposible saber cómo nuestras propias predicciones pueden afectar el futuro. Existe un límite a lo que podemos anticipar, aunque sólo sea por el hecho de que aquello que queremos anticipar ni siquiera se encuentra remotamente presente en el ahora. En la medida en que nosotros o una máquina calculadora –da igual- debe incluir permanentemente sus propios estados en cualquier predicción futura, esta predicción no podrá realizarse plenamente. En la medida en que nosotros somos parte del universo que pretendemos describir es imposible llevar a cabo una descripción completa, pues para ello deberíamos incluirnos a nosotros mismos como parte de nuestra descripción, lo cual nos enfrenta, como en “Las Meninas” de Velázquez  o en   “Las manos dibujando” de Escher , a una regresión o tarea infinita. Por algo no le gustaban a Borges los espejos: porque multiplican la realidad al infinito.

En el planteamiento del determinismo científico se esconde una trampa similar a la que encontramos en los defensores de la inteligencia artificial, en la que se nos pide que seamos lo suficientemente precisos en la determinación de aquellas actividades que realiza un ser humano y que una máquina es incapaz de realizar.

Turing afirma que los hombres y las computadoras son indistinguibles en principio por sus funciones (comportamentales) observables y reta a sus oponentes a que especifiquen alguna realización o comportamiento observable del hombre que, en principio, no pueda llevar a cabo una máquina. Pero este desafío es una trampa intelectual: al especificar un tipo de comportamiento, suministramos condiciones para la construcción de un computador. Además, usamos y construimos computadores para que realicen aquellas cosas que nosotros no podemos hacer, del mismo modo que  yo empleo una pluma o un lápiz para hacer una suma que me resulta imposible resolver de memoria. Einstein acostumbraba a decir “mi lápiz es más listo que yo”, lo cual no demuestra que fuese indistinguible de su lápiz. (Popper, 1974: 209, 40n)[2]

Las computadoras son máquinas hechas por nosotros, su existencia era impredecible hace muchos años. Si alguien las hubiese predicho con mucho detalle, no las hubiese predicho sino inventado. Esto ocurre con todos aquellos objetos que inventamos. ¿Quién podría predecir todos los cambios que se originan a partir del uso de las computadoras? Algo similar  ocurre  con nuestras propias teorías. También aquellos que han descubierto o inventado una teoría –a los propósitos actuales es lo mismo- son incapaces de predecir todas y cada una de las consecuencias de su propia teoría. El ejemplo favorito de Popper es que si Dios o nosotros inventamos o creamos los números naturales, existen posteriormente propiedades que deben ser descubiertas, por ejemplo, la de ser un número primo o la de que no hay un número primo máximo o la conjetura de Goldbach de que todo número par >2 es la suma de dos números primos. Estas son propiedades que descubrimos y que no podíamos conocer de antemano, tienen un carácter relativamente autónomo y libre.  

Miremos o no al universo como a una máquina física, tenemos que enfrentarnos al hecho de que ha producido vida y hombres creativos, que está abierto a sus pensamientos creativos y que ha sido cambiado físicamente por ellos. No debemos cerrar los ojos ante este hecho ni permitir que nuestra apreciación de los éxitos fraguados por los programas reduccionistas nos impida ver que el universo que alberga la vida es creativo en el mejor sentido: creativo en el sentido en el que lo han sido los grandes poetas, los grandes artistas, los grandes músicos, y también los grandes matemáticos, los grandes científicos y los grandes inventores (Popper, 1983: 195). 

La otra alternativa es la pesadilla del determinismo físico, según el cual “el mundo es su conjunto, con todo lo que hay en él, es un inmenso autómata y, por tanto, nosotros no somos más que diminutos engranajes o, a lo sumo, sub-autómatas suyos.” ( Popper, 1974: 207) Para visualizar mejor lo que de pesadilla hay en el determinismo físico nos plantea el siguiente ejemplo.

Pondré un ejemplo aún más impresionante: si el determinismo físico está en lo cierto, entonces un físico completamente sordo que nunca haya oído una composición musical podrá escribir todas las sinfonías y conciertos de Mozart o Beethoven por el simple expediente de estudiar los estados físicos exactos de sus cuerpos y predecir en qué lugar del pentagrama habrían de poner las señales negras. Nuestro físico sordo podría hacer aún más cosas: mediante un estudio suficientemente detallado de los cuerpos de Mozart o Beethoven podría componer partituras que ellos, de hecho, nunca escribieron, pero que habrían escrito  si hubiesen comido cordero, pongo por caso, en lugar de pollo o si hubiesen bebido té en lugar de café. (Popper, 1974: 208)
Peor aún, si cabe, el determinismo es indefendible en la medida en que desconoce el poder de los argumentos y la capacidad que tienen de influir en nuestras decisiones. Para el determinista la aceptación del determinismo es una consecuencia de la propia estructura determinista del mundo. Si esto es así entonces  la aceptación del determinismo no puede ser sino producto del autoengaño, no del convencimiento propio.

Según el determinismo, una teoría –como, por ejemplo, el determinismo- se sostiene a causa de cierta estructura física de su defensor (tal vez de su cerebro). De acuerdo con ello, nos estamos engañando a nosotros mismos (y estamos físicamente determinados a hacerlo) cuando creemos que existen cosas tales como argumentos o razones que nos hacen abrazar el determinismo. En otras palabras, si el determinismo físico es verdadero, no es defendible, ya que debe explicar todas nuestras reacciones (incluso las que nos parecen creencias basadas en argumentos) en términos de condiciones puramente físicas. Las condiciones puramente físicas, junto con nuestro medio físico, nos obligan a decir o aceptar lo que decimos o aceptamos. Un físico experimentado que no sepa una palabra de francés  no haya oído hablar nunca del determinismo, habrá de poder predecir lo que diría un determinista francés en una discusión francesa acerca del determinismo, así como lo que diría su oponente indeterminista. Ahora bien, lo que esto significa es que si creemos haber aceptado una teoría como la determinista movidos por la fuerza lógica de ciertos argumentos, entonces según el determinismo físico nos estamos autoengañando; o, más exactamente, estamos en unas condiciones físicas que nos determinan a autoengañarnos. (pp. 208s)

En cambio, la creatividad y  la inventiva humanas en todas sus manifestaciones, científica, artística, etc., es, sin duda, la mejor prueba  en contra de un universo determinista y cerrado causalmente.  La música, por ejemplo, es la mejor prueba de que no podemos reducir el mundo a su expresión puramente física o material. Sin duda que si Beethoven hubiese sido sordo de nacimiento hubiese sido una limitación que le hubiese impedido el ser compositor. Sin embargo, las limitaciones de un músico provienen también de las propias restricciones internas que imponen la teoría musical y que no puede reducirse a meras manchas en un pentagrama.

Pero la teoría de que la creación de obras de arte o música puede explicarse, en última instancia, en términos de química o física, me parece absurda. En la medida que puede explicarse la creación de música, tiene que hacerse, al menos en parte, en términos de la influencia de otra música (que también estimula la creatividad en el músico); y, lo más importante, en términos de la estructura  interna, las leyes y las restricciones internas, que juegan un papel en la música y en todos los demás fenómenos del “Mundo 3”; leyes y restricciones cuya absorción (y cuyo ocasional desafío) es enormemente importante para la creatividad del músico. (Popper, 1983: 149s)

En suma, lo que está planteado  es la existencia de  un universo abierto, de un mundo donde es posible la emergencia de novedades que no estaban preformadas o contenidas de antemano, un mundo y una sociedad en perpetuo cambio, donde lo que perdemos en certeza y seguridad lo ganamos en creatividad y libertad. La creatividad humana es vista, así, como parte de la propia evolución creadora del universo; somos también, en esa medida, cocreadores de la evolución del universo o multiverso –como algunos prefieren llamarlo-.

Así pues, vivimos en un universo abierto. No podíamos hacer este descubrimiento antes de que hubiera conocimiento humano. Pero, una vez que lo hemos hecho, no hay razón para pensar que la apertura depende exclusivamente de la existencia de conocimiento humano. Es mucho más razonable rechazar todas las teorías de un universo cerrado: la de un universo cerrado causalmente tanto como la de uno cerrado probabilísticamente, rechazando, por tanto, el universo cerrado concebido por Laplace y el contemplado por la mecánica de las ondas. Nuestro universo es causal, en parte probabilista y en parte abierto: es emergente. (pp. 151s)


Nubes o relojes
Posiblemente una de las metáforas más felices de Popper ha sido la del contraste entre nubes y relojes, para expresar las diferencias que existen entre un universo abierto e indeterminista, por un lado, y un universo cerrado y determinista, por otro lado. Desde la invención del reloj mecánico de péndulo, gracias a Huygens, el reloj ha sido comprendido como la expresión más acabada  de la precisión y la regularidad. La idea de un Dios-relojero enfrentó a Leibniz y a Newton, permitiendo expresar así sus diferencias sobre el universo. Si para Leibniz se trataba de un mecanismo de relojería perfecto,  que medía el tiempo sin  adelantarse ni retrasarse jamás, dejando así ocioso a su creador; en cambio,  para Newton ese universo-reloj sufría ciertos adelantos y retrasos de cuando en cuando, lo que hacía imprescindible la intervención regular de ese Dios-relojero en su propia creación y hacía  que se mantuviese constantemente ocupado. Si el primero es el Dios del descanso dominical  o del Sabbath, el segundo es el Dios de los días laborales, en la hermosa metáfora de Koyré.
Un gran naturalista también utilizó la metáfora del reloj para expresar la imposibilidad de concebir los maravillosos diseños, los “diseños inteligentes” de que hace gala abundantemente la naturaleza, sin que una Inteligencia Superior hubiese concebido previamente esos diseños, pues ello sería tan impensable como observar un reloj y no pensar que ese reloj es el producto de un maestro relojero o de un artesano. En efecto, para William Paley el fino ajuste que muestra el ensamblaje de las partes de los organismos en la naturaleza para desarrollar una determinada función, por ejemplo, la visión, es similar al fino ajuste que presenta el ensamblaje de un reloj para medir el tiempo. Y así como es inconcebible pensar que las partes de un reloj se han unido espontáneamente o como producto del azar y sin la intervención de un artífice, así mismo, plantea Paley, es impensable que ese “diseño inteligente” que observamos en la naturaleza sea producto del azar y no obedezca también a un artífice o diseñador inteligente. Paley establece así un analogía entre la mente humana y la mente de Dios, entre la construcción de un casa por un arquitecto y la construcción del universo por parte de Dios. De nuevo pareciera que pudiésemos hacer una analogía entre la precisión matemática de un reloj y la precisión matemática que encierra el funcionamiento de la naturaleza.[3] Justamente para contrarrestar la precisión matemática de los relojes Popper introduce la imagen de las nubes, para dar cuenta, más cercano al sentido común, de la existencia de fenómenos altamente irregulares.

Mis nubes pretenden representar los sistemas físicos que,  como los gases, son altamente irregulares, desordenados y más o memos impredictibles. Supondré que tenemos ante nosotros un esquema u ordenamiento a cuya izquierda está situada una nube muy perturbada o desordenada. En el otro extremo de nuestro ordenamiento, a la derecha, podemos colocar un reloj de péndulo, un reloj de precisión que intenta representar los sistemas físicos regulares, ordenados y de comportamiento altamente predictible.
De acuerdo con lo que se podría denominar la visión de las cosas según el sentido común, algunos fenómenos naturales, como el tiempo  atmosférico o el paso de las nubes, son difíciles de predecir: hablamos de los “caprichos del tiempo”. Por otro lado, hablamos de “precisión propia de un mecanismo de relojería” para describir fenómenos  muy regulares y predictibles. (Popper, 1974: 194)

Esta tabla nos permite hacer una clasificación todo lo exhaustiva que se quiera de fenómenos que se ubican claramente a la izquierda si son bastante desordenados o claramente a la derecha si son altamente regulares y periódicos. Y dentro de esos dos extremos podemos encontrar toda una gama de fenómenos que se aproximan más a uno u otro de ambos extremos.

Entre ambos extremos –las nubes a la izquierda, los relojes a la derecha- podemos colocar muchísimas cosas, procesos y fenómenos naturales. Los cambios de estación son relojes un tanto imprecisos, por lo que tendríamos que situarlos hacia la derecha, aunque  no demasiado. Supongo que será fácil ponerse de acuerdo en que los animales han de estar no muy alejados de las nubes, mientras que las plantas habrán de colocarse algo más cerca de los relojes. Por lo que respecta a los animales, habrá que colocar a un joven cachorro algo más a la izquierda que a un perro viejo. Los coches también dispondrán de un lugar en alguna parte de nuestra ordenación de acuerdo con su precisión: imagino que un Cadillac estará bastante a la derecha, y mucho más un Rolls-Royce, que estará muy próximo al mejor de los relojes. Tal vez el sistema solar haya de situarse más a la derecha, (pp. 194s).

El autor nos propone otras metáforas alternativas, como la de un enjambre de mosquitos o una excursión familiar al campo, en la cual el carro hace las veces de centro de atracción o atractor, como se denomina en teoría del caos.

Los mosquitos individuales que, como las moléculas de un gas forman todos juntos un enjambre,  se mueven de un modo asombrosamente irregular. Es casi imposible seguir el vuelo de un mosquito particular, aunque todos ellos sean lo suficientemente grandes como para ser visibles con claridad. (p.195)…
Del mismo modo que ocurre con muchos sistemas físicos, biológicos y sociales, el enjambre de mosquitos puede describirse un “todo”. Mi conjetura de que se mantienen unidos por una especie de atracción que ejerce la parte más densa sobre los mosquitos individuales que se alejan demasiado de la muchedumbre, muestra que incluso dicho todo ejerce una especie de acción o control sobre sus elementos o partes…., (p. 196).
Un ejemplo (semejante en muchos sentidos) de sistema biológico que constituye un “todo”, con un control sobre los movimientos en gran medida irregulares de sus partes, viene dado por una familia que va de excursión al campo –los padres con unos niños y un perro- vagabundea durante horas por el bosque sin alejarse nunca mucho del coche familiar (que actúa, como si dijéramos, a modo de un centro de atracción). Puede decirse que este sistema es aún más nebuloso que nuestra nube de mosquitos; es decir, menos regular respecto al movimiento de sus partes, (p. 196).







Aunque esta posición nos parece completamente familiar y acorde con nuestras nociones básicas de sentido común sobre la realidad, la visión del determinismo físico se mantuvo como la única posible científicamente. Según el determinismo científico todas las nubes son relojes y cualquier ubicación de fenómenos hacia la izquierda responde simplemente a nuestra ignorancia. Resultaba poco científico o racional no adherirse a este determinismo físico. Sin embargo, Popper destaca a Charles Sanders Peirce como un claro exponente de la disidencia en contra de ese modelo dominante y como alguien que se atrevió a nadar contra la corriente científica principal.

Charles Sanders Peirce, el gran matemático y físico americano que considero uno de los mayores filósofos de todos los tiempos, se encontraba en el pequeño grupo de los disidentes. No ponía en cuestión la teoría de Newton; ya en el año 1892 mostró que aunque la teoría fuese verdadera no nos suministraría ninguna razón válida para creer que las nubes sean relojes perfectos. Aunque compartía con todos los físicos de su tiempo la creencia de que el mundo era un reloj que funcionaba de acuerdo con las leyes de Newton, no aceptaba la creencia de que dicho reloj, o cualquier otro, fuese perfecto hasta en los menores detalles. Señalaba que, en cualquier caso, partiendo de la experiencia no es posible pretender alcanzar el conocimiento de algo semejante a un reloj perfecto; ni siquiera de algo que se asemeje débilmente a la absoluta perfección supuesta por el determinismo físico.  (pp. 198s)….
Por tanto, Peirce conjeturaba que el mundo sólo no estaba estrictamente regulado por leyes newtonianas, sino que, a la vez, también estaba dominado por leyes de azar, aleatorias o de desorden; por leyes de probabilidad estadística. El  mundo se convertía así en un sistema trabado de nubes y relojes de tal modo que incluso los mejores relojes mostrarían cierto grado de nubosidad en su estructura molecular. (p. 199)

Para él las medidas físicas y astronómicas estaban muy lejos de la precisión con que se usan los números en  la contabilidad, por ejemplo. Si bien Peirce era una voz que clamaba en el desierto, a comienzos del siglo XX se invierte la relación y son los defensores del determinismo físico los oscurantistas y reaccionarios, aunque entre ellos se encontrasen los propios fundadores de la teoría cuántica.

Los físicos solo estuvieron dispuestos a abandonar el determinismo físico tras la caída de la física clásica y el surgimiento de la nueva teoría cuántica.
Entonces cambiaron las tornas. El indeterminismo, que hasta 1927 era igual a oscurantismo, se convirtió en una moda generalizada hasta el punto que algunos grandes científicos  como Max Planck, Erwin Schrödinger y Albert Einstein fueron tenidos por viejos carcamales, a pesar de estar a la vanguardia de la teoría cuántica. (p. 200)

Como ya vimos antes, el determinismo físico –o el determinismo científico, al efecto es lo mismo- tiene una gran desventaja con relación al indeterminismo físico, pues tiene la carga de la prueba y debe demostrar que no hay ningún evento que no esté predeterminado y que no sea predecible en principio. En cambio, el indeterminismo físico afirma simplemente que sí los  hay y es “compatible con cualquier grado de regularidad que se desee”.

Lo único que afirma el indeterminismo –o, más exactamente, el indeterminismo físico- es que no todos los acontecimientos del mundo físico están predeterminados con absoluta precisión en todos sus detalles infinitesimales. Al margen de esto, resulta compatible prácticamente con cualquier grado de regularidad que se desee y, por tanto, no implica la opinión de que haya “acontecimientos” sin “causas”, por la  sencilla razón de que las palabras “acontecimientos” y “causas” son lo suficientemente vagas como para permitir la compatibilidad de indeterminismo físico con la doctrina de que todo acontecimiento tiene una causa. Frente al determinismo físico, que exige una predeterminación física completa e infinitamente precisa sin excepción alguna, el indeterminismo físico sólo afirma que el determinismo es falso y que al menos hay, aquí y allá, algunas excepciones a la determinación precisa. (pp. 205s)

A menudo la discusión entre el determinismo y el indeterminismo es visto como la elección entre el determinismo absoluto y perfecto o el azar absoluto y perfecto. El haber planteado las cosas en esos términos no ha ayudado para nada y ha sido fuente de confusión y falsas extrapolaciones, como la de que en un mundo dominado por el azar hay cabida para la libertad humana. Pero para Popper es claro que el puro azar es tan insatisfactorio como el determinismo más estricto, por lo que debemos ubicarnos en un punto intermedio. Por ello “lo que necesitamos para comprender el comportamiento humano racional –así como el animal- es algo que posea un carácter intermedio entre el azar perfecto y el determinismo perfecto –algo intermedio entre las nubes perfectas y los relojes perfectos.” (p. 212)

Como es obvio, lo que queremos es comprender de qué modo las cosas no físicas, como los propósitos, deliberaciones, planes, decisiones, teorías, intenciones y valores pueden tomar parte en la introducción de cambios físicos en el mundo, como es obvio que lo hace, mal que les pese a Hume, Laplace y Schlick. Es evidentemente falso que todos esos tremendos cambios físicos que producen nuestras plumas, lápices o excavadoras se puedan explicar en términos exclusivamente físicos, sea mediante una teoría física determinista, sea mediante una teoría estocástica (según la cual se deberían al azar). (p. 213)

A continuación nuestro autor va a criticar a aquellas teorías que llama  “modelos de control de conmutador general” o “teorías de conmutador general”, según las cuales “nuestro cuerpo es una especie de máquina que puede regularse mediante una llave o conmutador desde uno o más puntos centrales de control.” (p. 216)  Para él estas teorías le recuerdan la excusa de la madre soltera que afirmaba que su niño era muy pequeño, como para restarle importancia al hecho.

La razón estriba en que estas teorías –sea la cartesiana o la del amplificador de los físicos cuánticos- pertenece a lo que tal vez podríamos denominar “teorías del niño pequeñito”. Me parecen casi tan poco atractivas como los niños pequeñitos.
Estoy seguro de que todos ustedes conocen la historia de la madre soltera que alegaba: “Pero si sólo es un niño muy pequeñito”. Las protestas de Descartes me parecen similares: “Pero si es tan pequeño: no es más que un punto matemático inextenso aquel en que la mente actúa sobre el cuerpo”.
Los teóricos cuánticos mantienen una teoría del niño pequeño muy similar: “Pero si es sólo mediante un salto cuántico y precisamente con las incertidumbres de Heisenberg –que también son muy pequeñas- con lo que la mente actúa sobre un sistema físico.” Admito que aquí puede haber un ligero progreso en la medida en que se especifica el tamaño del bebé. Pero sigue sin gustarme la criatura.
Por pequeño que sea el conmutador general, el modelo de tal conmutador cum amplificador sugiere con gran fuerza que todas nuestras decisiones o son precipitadas (como ya lo he señalado en la sección X) o se componen de decisiones precipitadas. (pp. 216s)

Para dar una explicación satisfactoria a la interacción mente-cuerpo o problema de Descartes y la interacción entre las ideas abstractas y la mente humana –o cómo influyen en el comportamiento humano- o problema de Compton,  Popper propone sustituir el control férreo que está implícito en estas teorías del conmutador general  por el control plástico de una pompa de jabón.

Se puede definir mi teoría como un intento de aplicar a la evolución en su conjunto lo que hemos sacado en limpio del análisis de la evolución, desde los lenguajes animales hasta el lenguaje humano. Se trata de una visión de la evolución como un sistema de  controles plásticos en desarrollo, así como de una visión de los organismos como elementos que incorporan –o, en el caso del hombre, que desarrollan exosomáticamente – ese sistema jerárquico de controles plásticos. Suponemos aquí la teoría neodarwinista de la evolución, aunque se reformula señalando que sus “mutaciones” pueden interpretarse como gambitos de ensayo y error más o menos accidentales y la “selección natural”, como un modelo de controlarlos mediante la supresión de errores. (p. 224)

Popper resume su teoría en doce tesis que transcribimos a continuación:

(1)   Todos los organismos acometen constantemente la resolución de problemas.(2)   Estos son problemas objetivos y no precisan de una contrapartida consciente.  (3)   La resolución de problemas procede siempre por ensayo y error: por medio de nuevos órganos, nuevos hábitos e hipótesis y la eliminación de errores correspondiente.(4)   La eliminación de errores procede a través de la selección natural o evolución tentativa de estos órganos, hábitos o hipótesis.(5)   El organismo individual incorpora en sí mismo los controles desarrollados a lo largo de la evolución de su phylum.(6)   El organismo individual es una especie de punta de flecha de la secuencia evolucionista de organismos a que pertenece su phylum: él mismo es una solución tentativa que prueba nuevos nichos ecológicos, eligiendo y modificando el medio.(7)   Todo lo anterior se  puede esquematizar del siguiente modo: P à TT(S) àEE àP o mejor P1 à TT(S) à EE àP2  (donde P=problema, TT=teoría tentativa o TS=solución tentativa y EE=eliminación de error).(8)   Tomando en cuenta la multiplicidad de ensayos o hipótesis tentativas sería: P1 à TS1 à EE à P2, P1 à TS2 à EE àP2, ……… P1 à TSn à EE à P2.(9)   Este esquema es comparable con el neodarwinismo: hay una multiplicidad de soluciones tentativas –las variaciones o las mutaciones- aunque sólo hay un medio de eliminar los errores –la muerte del organismo.(10)      Cabe señalar que no todos los problemas son de sobrevivencia, sino también con la creación de nuevos “nichos ecológicos”.(11)      Los  problemas a los que trata de enfrentarse el organismo son muchas veces nuevos y surgen por sí mismos como  resultado de la evolución. Esto se ha denominado, de un modo un tanto equívoco, “evolución creadora” o “evolución emergente”.(12)      Nuestro esquema permite que nuestra hipótesis muera en lugar nuestro. ( ver pp. 224ss)

Es aquí donde desarrolla su epistemología evolucionista y considera la propia evolución material desde una ameba hasta Einstein como una línea continua de resolución de problemas, por más diferencias obvias que podamos encontrar entre una ameba y Einstein. Aparte de la búsqueda consciente de la mente de Einstein, la diferencia fundamental es que los entes biológicos suelen morir si se equivocan, si, por ejemplo, confunden una presa con un predador, mientras que las teorías científicas pueden morir en lugar de nosotros. (Esto no impide reconocer el hecho que haya habido personas que hayan muerto o se las haya amenazado de muerte por defender determinadas teorías.)  Entre las teorías científicas y, en general, todos aquellos objetos del mundo 3 que son producto de la mente humana, pero tienen relativa independencia, se establece un control plástico, un control flexible, que restringe algunas posibilidades pero que también hace posible otras.  En fin, la pompa de jabón exhibe toda la complejidad de las nubes y requiere  un control flexible para mantener su sutil y delicado equilibrio.

Pero, ¿acaso hay ejemplos de sistemas físicos pequeños controlados “blandamente”, a parte de los sistemas orgánicos y esos vastos sistemas de partículas?
Creo que los hay. Propongo que, en medio de nuestro diagrama, coloquemos la pelota de un niño o, tal vez mejor, una burbuja de jabón que resulta ser un ejemplo muy primitivo, y en muchos aspectos excelente, de sistema peirceano con un tipo blando de control plástico.

La burbuja de jabón consta de dos subsistemas que resultan ser nubes y que se controlan entre sí: sin el aire, la película de jabón se destruiría, con lo que  sólo tendríamos un agota de agua jabonosa. Sin la película de jabón el aire estaría descontrolado, se difundiría y  dejaría de formar un sistema. Por tanto, el control es mutuo, plástico y tiene un carácter de retroalimentación. Con todo, es posible establecer una distinción entre el sistema controlado (el aire) y el sistema de control (la película): el aire encerrado no sólo es más nebuloso que la película envolvente, sino  que además deja de constituir un sistema físico (con interacción) si eliminamos la película. Por el contrario, tras eliminar el aire, la película formará una gota que, aunque tenga una forma distinta, se puede decir que es un sistema físico. (p. 230)

De nuevo, el mejor ejemplo de que nuestra mente ejerce un control plástico sobre nuestro cuerpo proviene del arte y en particular del aprendizaje en la ejecución de un instrumento musical.
El control, una vez más, tendrá un carácter “plástico”; de hecho todos sabemos –especialmente los que tocan algún instrumento como el piano o el violín- que el cuerpo no siempre hace lo que queremos, así como hemos de aprender mediante nuestros fracasos a modificar nuestras metas, haciendo concesiones a las limitaciones de nuestros controles: aunque hasta cierto punto seamos libres, siempre hay  condiciones físicas  o de  cualquier otra naturaleza que limitan lo que podemos hacer. (Naturalmente, antes de rendirnos, somos libres de intentar vencer estas limitaciones). (p. 233)
Sería, sin embargo, un error considerar que todo lo que hacemos tiene un valor de sobrevivencia, por ser productos de la evolución biológica del ser humano. Posiblemente hasta el arte rupestre tenía en sus comienzos ese sentido de sobrevivencia y de utilidad biológica, aunque posteriormente otras acciones pueden incluso oponerse a la mera sobrevivencia biológica, como “la ambición de sobresalir en empresas arriesgadas, escalar el Everest, descubrir un nuevo continente, llegar el primero a la Luna o, también, la ambición de descubrir una nueva verdad.” (p. 234) 

En fin, hemos pasado de la opinión de que todas las nubes son relojes, a la opinión de que incluso los relojes más precisos contienen elementos nebulosos y de incertidumbre, los relojes se nos han tornado blandos y suaves, una suerte de huevos fritos, como en el conocido cuadro de Salvador Dalí.  Posiblemente, al final el poeta tenía razón y debemos preferir “los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”. 

Tal vez podamos detenernos aquí un momento para volver sobre el problema del determinismo físico y sobre nuestro ejemplo del físico sordo que, sin haber oído nunca música, era capaz de “componer” una ópera de Mozart o una sinfonía de Beethoven, sólo con estudiar sus cuerpos y el medio en que se desenvolvían sus sistemas físicos, prediciendo en qué lugar del pentagrama iban a escribir sus plumas las señales negras. Para mí, estas consecuencias del determinismo físico son inaceptables. Mozart y Beethoven eran controlados, en parte, por sus “gustos”, por sus sistemas de evaluación musical. Ahora bien, dichos sistemas no son férreos, sino plásticos. Responden a nuevas ideas y se pueden modificar mediante nuevos ensayos y errores –tal vez, incluso, mediante un error accidental o una disonancia inesperada. (pp. 234s) 

Notas:       


[1] Cabe señalar que Newton era perfectamente consciente de esta simplificación necesaria. El concepto de centro de masa o gravedad –o baricentro- permitía reducir la masa del Sol –o de cualquier planeta-a un punto o partícula. Por otra parte, la mecánica clásica trabaja con un modelo de dos partículas, pues al introducir una tercera el modelo se hace extremadamente complejo y genera perturbaciones –o turbulencia- en  todo el sistema. Newton introduce el “sensorio Dei” como hipótesis “ad hoc” para mantener estable el sistema solar, siendo Laplace el que se deshace precisamente de esta hipótesis. El problema de los tres cuerpos –o de n-cuerpos, siendo n>3- y la sensibilidad a las condiciones iniciales fue posteriormente destacado por el matemático francés Henri Poincaré, y sentó las bases de la moderna teoría del caos. Fue también él quien consideraba al azar como la medida de nuestra ignorancia y a la ley de los grandes números como patrón del orden dentro del caos, formulando así la existencia de un caos determinista.
[2] Popper nos platea el siguiente experimento mental: “4. 25 Pero supongamos que hallamos una máquina física cuyo mecanismo no comprendemos y cuya conducta es muy humana. Podemos preguntarnos entonces si actúa intencionalmente, y no mecánicamente (causalmente o probabilísticamente), es decir, si no tendrá una mente, a fin de cuentas, si no debemos tratar de evitarle dolor, etc. Pero una vez que comprendemos totalmente cómo está construida, cómo se la puede copiar, quién es el autor de su diseño, etc., ningún grado de complejidad hará que sea de una especie diferente a la de un piloto automático, un reloj o un termómetro de pared. 4. 4 Una vez que conocemos la conducta causal de la máquina, comprendemos que su conducta es puramente expresiva o sintomática.  Podemos seguir interrogando a la máquina para divertirnos, pero no discutiremos seriamente con ella, a menos que creamos que transmite los argumentos a otra persona y que ésta, a su vez, nos responde a través de la máquina”, “Lenguaje y problema del cuerpo y la mente” en Conjeturas y Refutaciones, Paidós, Buenos Aires, p. 343. Para él “una computadora no es más que un lápiz dignificado”.
[3] Ya antes de Darwin, Hume hizo un demoledor ataque al concepto de diseño inteligente, criticando no sólo la falta de justificación para establecer una analogía entre la mente humana y la mente divina, sino destacando además las imperfecciones y males que encontramos en la naturaleza, las cuales contradicen la omnipotencia y benevolencia divinas o, lo que es peor, nos llevan a un Dios malicioso. Anticipándose a Darwin, Hume propone considerar a la naturaleza  como un animal en vez de como una máquina o artificio, por lo que podríamos omitir la presencia de diseño previo alguno o de ajuste de finalidades, lo cual realizará Darwin mediante su concepto de selección natural. En sus propias palabras: “Claramente se ve que el mundo se asemeja más a un animal o un vegetal, que a un reloj o un telar”, Diálogos sobre religión natural, FCE, México, 1979, p. 83. Por qué no mejor volver a las viejas cosmogonías que veían el origen del mundo como producto de una cópula originaria o de una araña infinita, como en la mitología brahmánica, nos sugiere Hume (Filo). Algunos autores consideran que hoy en día hay más razones aún para defender la tesis de Paley, pues hay una “complejidad irreductible” que resulta inexplicable sin la intervención de un Creador. 



Referencias:

Karl Popper: El universo abierto. Un argumento a favor del indeterminismo, Post Scriptum a La Lógica de la Investigación científica, Vol. 2, Tecnos, Madrid, 1983.

Karl Popper: “Lenguaje y el problema de la mente y el cuerpo” en Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico, Paidós, Buenos Aires, 1979, pp. 339-345.

Karl Popper: “Sobre nubes y relojes” en Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista, Tecnos, Madrid, 1974, pp. 193-235. 

Acercamiento y compresión

a la Esencia 

de la Poesía (Dichtung)


Adaías Charmell Jameson


El hombre que es consciente de su pensamiento, vive en un transitar por un largo y difícil sendero,  el mundo, la tierra, es la senda necesaria para el encuentro con la poesía (Dichtung). Un camino que es pensado en una sencilla pero poderosa palabra, eso es el lenguaje, el Logos. Todo hombre viene a esta tierra dotado de una naturaleza poética gracias al lenguaje, de manera que toda habla, es una forma del poetizar, la poesía viene a ser un rasgo muy esencial de todos los humanos.

De suerte que el humano nació dotado de una existencia poética, hay que comprender que  todo modo de hablar es una sutil manifestación poética, y en medio de esta comprensión, diremos que esencialmente todos somos poetas.

Buscar el sutil camino que nos indique, cómo podemos acercarnos a la esencia de la poesía, es una tarea que nos toca sobre esta tierra, es meritorio poder reconocer que todos hemos sido tocado y buscar esa vía especial para este reconocimiento. Porque “Pleno de méritos, pero es poéticamente como el hombre habita esta tierra.” Hölderlin.

Habitar poéticamente no es lo más meritorio, lo más estimable es el poder pensar en eso que nos fue donado por el simple hecho de ser hombre; esa realidad de la existencia poética que nos concierne a todos y nos concierne de modo primario. Este un rasgo esencialísimo de la existencia humana; comienza por el  poderoso legado del lenguaje. No hay poesía si no existiera la esencia del lenguaje.

De la misma forma debemos llegar al reconocimiento de todo material e instrumento de ayuda que llega y nos iluminan los caminos por donde tímida y silenciosamente vamos transitando con el mayor sigilo, buscando aquellos fundamentos que nos enseñen y nos permitan conocernos y reconocernos a través de la poesía; y de esta manera, aprender a presentir por medio de la experiencia y el temple de ánimo,  la verdadera Esencia de la Poesía (Dichtung). Es estar atento y permanecer en la cercanía de la esencia de las cosas;  abierto hacia los fenómenos del ser y  de los entes en general.

¿Qué hacer para dejarnos tocar y entrar en ese reconocimiento? Hölderlin, podría ser un camino a través de Heidegger; Poéticamente habita el hombre,
 “Estas palabras han sido sacadas de un Poema tardío de Hölderlin que ha llegado a nosotros por un camino especial. Empieza así ‘en un azul amable, dulce florece, con el metálico tejado, la torre de la iglesia…poéticamente habita el hombre…’…Para oír adecuadamente estas palabras debemos devolverlas cuidadosamente al poema” (Heidegger; Conferencias y artículos; 1994 : 163).
Habitar poéticamente  ya es un mérito y una virtud. El hombre habita en un espacio que define como su casa, su hogar o, su hoguera, su fuego. Es del fuego y de la hoguera de  donde se origina el hogar y en esa casa, es de donde se desprende aquello que nos ilumina, este es el lenguaje. En la medida en que la casa sea reconocida podremos partir al acercamiento y la comprensión de la Esencia de la Poesía, del Dichtung. Así ante el reconocimiento de la casa,  el acogimiento de la hoguera y la intimidad del refugio; seremos capaces de oír en medio del silencio la voz del ser y ante la vista de este, poder devolver las palabras con el poder de la imaginación al poema; dice Henry Bosco que “cuando el refugio es seguro la tempestad es buena” (cit. por Bachellard;1974:71)

Hay que entrar en conexión con la Dichtung que poéticamente (dichterisch), estemos en ese habitar continuo del hombre como un rasgo esencial y vital de la existencia humana.  Si habitamos en el lenguaje, hay la posibilidad de que se abran los sentidos, veremos con los ojos del ser los diferentes colores “En azul amable’;  degustaremos con la fuerza del lenguaje ‘dulce florece’ y, oiremos adecuadamente las palabras ‘con el metálico tejado, la torre de la iglesia’.

Apropiarnos del espacio habitable en su esencia llega a ser incompatible con la poesía si nos dejamos arrastrar por los ruidos externos: lo mundanal, las habladurías, “el sortilegio de la empresa de placer y del ocio” y tantas cosas que hacen que el hombre se olvide del Ser.

Estas interrupciones no permiten que se establezca la fundación de lo poético en el habitar de la casa como forma esencial en el  humano. En otras palabras, si nos entretenemos en medio de tanto ruido es posible que estemos al borde del extravío y en el peligro de la caída y del olvido del Ser.

Nos toca pensar ahora en este habitar de la existencia del hombre; en lo más originario donde el hombre habita desde su esencia en la casa; el ser ahí, de allí que esta existencia debe ser mostrada, sacada del desocultamiento y puesta de manifiesto para que el poetizar sea la mera construcción de la esencia de la cosa misma. Esto, solo puede hacerse bajo el dominio del lenguaje como medio y herramienta de expresión, dejándose arropar por el embrujo de él, respondiéndose y  correspondiéndose de manera que podamos a través de él y en él,  atrapar la sutiliza de la significación de la esencia de la cosa.

El poseer una casa significa estar lleno de mérito, saber que tenemos un abrigo y que nuestro transitar por el camino lleva siempre la esperanza de estar y habitar la casa de donde a cada instante salimos y entramos, en donde estamos cubiertos y encubiertos, es nuestro propio compromiso con el habitar poético. La casa es el lugar que nos acoge, nos hace consciente y nos invita en una retraída exhortación a vivir y convivir en armonía con la esencia, consigo mismo, y, por medio de tal exhortación, podemos visualizar nuestra actuación y nuestro dominio del mundo
“toda gran imagen simple es reveladora de un estado de alma. La casa es, más aún que el paisaje, un estado del alma. Incluso reproducida en su aspecto exterior, dice una intimidad” (Bachellard; op.cit.:104)
Corresponder con esta actuación y dominio que el lenguaje ejerce en nosotros comienza no con un mero poderío material de la casa; es decir, del lenguaje, es un corresponder con la esencia misma y que pueda acontecer la experiencia legítima de la poesía, sentir que estamos en un poetizar ontológico, en la que el hombre y el Ser se afectan mutuamente bajo un arropamiento y señorío de la divinidad y los dioses. Para esto no solo tenemos que estar expuestos ante el mundo sino dispuestos a tomar la decisión de abrirnos y comprender lo más originario del poetizar mismo como “la más inocente de todas las ocupaciones”  como oficio del  hombre bajo la dirección y protección del Ser de forma que, por ser un oficio ontológico sea inofensivo.

¿Cómo poder abrirnos ante el poema para  poder oírlo como dice Hölderlin y así, regresarlo a su origen, al poema mismo? Volvamos al habitar, allí está el acontecer como fundamento del ver y el oír, el fundar y el cultivar como el mérito  que ha hecho posible que ese habitar permanezca en el hombre. Si en ese habitar en el Ser que es el lenguaje, permitimos que el ver y el oír sustantivado actúen, ya hay una gran parte del terreno abonado como pieza esencial de la fundación y el cultivo de la Esencia de la Poesía.

Lo poético y el poetizar exigen un terreno, una tierra fértil donde crezca la semilla, el que Hölderlin nos diga que “…poéticamente habita el hombre  en esta tierra” esa tierra que se habita, ¿cómo es y dónde  está?  La tierra siempre lleva un amplio sentido polisémico: como origen de todas las cosas, lugar donde se puede cultivar, espacio que se puede habitar, materia de la que está hecho el hombre de forma mítica. En todas estas múltiples acepciones semánticas, podría ser posible que estuviera el pensamiento y el sentimiento de Hölderlin para ubicar al hombre en su habitar poético;

“Pero ¿qué debe mostrar el hombre? Su pertenencia a la tierra. Esta pertenencia consiste en que el hombre debe ser heredero y aprendiz en todas las cosas” (Heidegger;1958: 131,132).  
El que el hombre sea poseedor del lenguaje, lleva consigo el habitar poético sobre esta tierra,
“De este modo Hölderlin no sólo preserva a lo “poético’ de una mala interpretación, que es fácil que se dé, sino que añadiendo las palabras ‘en esta tierra’, señala propiamente la esencia del poetizar. Este no sobrevuela la tierra ni se coloca por encima de ella para abandonarla y para flotar sobre ella. El poetizar, antes que nada pone al hombre sobre la tierra, lo lleva a ella, lo lleva al habitar. (Heidegger; 1994:167)
Al comienzo de esta reflexión se ha hablado de la conciencia del pensamiento en el hombre, el poetizar es el resultado del pensar, es el diálogo que establece la poesía con el pensamiento,

“el diálogo entre pensamiento y poesía evoca la esencia del habla para que los mortales puedan aprender de nuevo a habitar en el habla” (Heidegger: De Camino al Habla; tradcc.;1979 edic.2002:30); siempre y cuando, puedan permanecer “de un modo decidido en un carácter diverso de su esencia” (Heidegger; op.cit; 1958:168).

Es imperante para llegar a un verdadero acercamiento de la Esencia de la Poesía, ir en busca de la comprensión; y luego, con mucha habilidad y sutileza, tener un acercamiento hacia la interpretación del poetizar y de la esencia en sí de la poesía misma.
“el proyectar del comprender tiene la posibilidad peculiar de desarrollarse. Al desarrollo del comprender lo llamaremos interpretación” (Heidegger: El Ser y el Tiempo; 1927; edic. 200:166) 
 Estas posibilidades de comprensión e interpretación nos conducen a la proyección y el acercamiento al lenguaje en su sentido primario, a eso que reconocemos como Logos;  y comprenderemos que  donde hay Logos hay mundo; iremos hacia una visión de que somos pensamiento, reconocimiento, desocultamiento y patencia en el lenguaje como diálogo mismo. El hombre nace dotado de este bien, me refiero al lenguaje y ahora, le toca pensar y por este difícil camino, obtendremos un Temple de Ánimo ante las experiencias fundamentales, este temple es necesario en el hombre para poder sostener en este mundo la pugna y la lucha entre los contrarios con la que día a día se enfrentará  ante su propia donación.

Temple de ánimo, pensamiento y lenguaje, todos juntos, uno al lado del otro establecen un diálogo y una mediación; cada uno se complementa en medio del diálogo en la realización de la Esencia Poética.

El vivir del hombre es un constante mediar y medir, ¿con quién media y qué  mide? Media con el mundo y mide las dimensiones del espacio en donde habita. El hombre toma la medida en tanto que puede ser medido con la divinidad. El hombre puede medir en la medida que pueda comprender la dimensión entre el cielo y la tierra, y esta comprensión no es una simple comprensión espacial de lo celeste y lo terrenal, de lo conocido y lo desconocido, es una mediación ontológica del habitar de los dioses y, del lugar habitado por los humanos; y en medio de esta comprensión de lo que es su propia medida, está el habitar  poético; podemos medir porque somos diálogo, una medición como reconciliación del ser con el hombre, mediación del hombre con la divinidad y esta con los dioses; llegando a establecer un diálogo los uno con los otros; oírnos mutuamente, medir y medirnos.

 Y en este medir está  la esencia de lo poético, en que podamos revelar, develar y rebelarnos ante lo no conocido, ante lo misterioso. Difícil tarea  para los que habitamos esta tierra, 
“Esto acontece en un tomar que nunca arrebata para sí la medida sino que la toma de un percibir concentrado que no es otra cosa que un estar a la escucha.Pero ¿por qué esta medida, que tanto nos extraña a los hombres de hoy, tiene que ser exhortada al hombre y tiene que estar participada  por medio de la toma-de- medida del poetizar? porque sólo esta medida saca la medida de la esencia del hombre. Porque el hombre habita midiendo lo que está “sobre la tierra” y lo que está “bajo el cielo” y este “debajo de” se pertenece el uno al otro. La interpretación de ambos es la medición transversal (de un cabo a otro) que el hombre recorre siempre en tanto que es como terrenal” (Heidegger; Conferencias y Artículos; op.cit.:172,173)
Esa conexión con la divinidad como medida misma es dios. Hay que conquistarlo y conocerlo ya que Él forma parte de eso misterioso y desconocido por el hombre, de lo originario y hasta de lo imaginario “en el principio era el verbo y el verbo era Dios” ¿es acaso dios la palabra, el verbo, así como la poesía es el lenguaje originario de un pueblo? Si lo permanente es presente, el lenguaje que es lo más originario junto a dios que es lo permanente, permanece en el presente. 

La poesía como lenguaje originario debe ser comprendida desde la esencia del lenguaje mismo y es al poeta a quien le compete fundarla en esta tierra, hacerla permanente;   indiscutiblemente esta es la medida, y esta medida, es la que abre esa morada debajo y sobre la tierra, es la razón por la que debemos deslastrarnos de esa dejadez, salir del desierto del Ser. Aquí nos insta Hölderlin por medio de Heidegger a que vayamos hacia la transición y a “otro inicio del pensar” de manera que nos sometamos al dominio del pensar y lleguemos a ser tocados. Heidegger de alguna manera nos exhorta que es meritorio ponernos en presencia de esta gran fundación  y habitar como todo  poeta de forma muy distinguida en la esencia del poetizar y en el sentido más originario del lenguaje.

El fin único del humano debiera ser, el hacerse consciente de eso que habita en el interior, dejar que acontezca la verdad del ser y que podamos vivir en este mundo o en esta tierra poéticamente.

Textos Consultados:
BACHELLARD, Gaston ( 1974) La Poética del Espacio;  Fondo de Cultura Económica. 
HEIDEGGER, Martin: 1958; Arte y poesía; México; Fondo de Cultura Económica.
HEIDEGGER, Martin: (1994) Conferencias y Artículos.
HEIDEGGER, Martin: 2002; De Camino al Habla; Barcelona, España. Colección La Estrella Polar-38.
HEIDEGGER, Martin. (2000) El Ser y el Tiempo. Fondo de Cultura Económica..