miércoles, 1 de abril de 2020


El Beethoven de Nicolas Harnoncourt

A los 250 años de su nacimiento

David De los Reyes

(Universidad de las Artes -Universidad Central de Venezuela)






Original: Beethoven 1823, óleo de Ferdinand Georg Waldmüller
Con intervención digital de DDLR2020


¿Hay un exceso de música en nuestras vidas?
No nos sobra música, más bien nos falta.
Nicolas Harnoncourt

I
Nikolas Harnoncourt (1929-2016), director austriaco, filósofo, iconoclasta de la música, partidario del movimiento historicista en su arte, siempre fue un controversial artista por sus interpretaciones de la música de los periodos barroco, clásico y romántico por proponer utilizar instrumentos originales (o réplicas) de la época, junto a firmes convicciones filosóficas musicales, en sus interpretaciones musicales.
Chelista en 1952 de la Orquesta Sinfónica de Viena, decide en 1953 fundar, junto con su esposa, la violinista Alicia Hoffelner, el grupo musical que sería emblemático por su sonoridad particular y su atenta reconstrucción, casi arqueológica, de la interpretación musical con instrumentos auténticos de cada periodo de la música occidental del pasado, el Concentus Musicus Wien.  Este conjunto orquestal vino a ser, en el mejor sentido de la palabra, un particular intérprete de la música, en verdadero intermediario entre la herencia de las composiciones de los siglos precedentes en la construcción arquitectónica auditiva de la orquesta moderna para el oyente contemporáneo. Sus preocupaciones les condujo asumir una postura original por la autenticidad histórica de la dinámica y tempi musical de la ejecución musical.
Harnoncourt, a lo largo de su controversial y exitosa carrera musical, centrado en un discurso musical con unas dinámicas únicas y subjetivas, siempre mantuvo una fidelidad a la partitura.  Dejó, como legado sonoro, las grabaciones de más de cuatrocientos discos y Cds. Sus grabaciones con la Orquesta de Cámara de Europa de las sinfonías de Beethoven, en su búsqueda de una nueva expresividad orquestal, se han convertido en una referencia permanente para sus estudiosos e intérpretes. Pero no menos importantes han sido sus propuestas y grabación completa de las cantatas de Bach (menos las cantatas 59 y 199), apoyándolo en el proyecto el reconocido clavecinista Gustav Leonhardt, grabadas con un coro de solistas masculinos conformado por niños y contratenores. No menos interesante su apreciación y montaje de las obras de Mozart, Schumann, Wagner, Verdi, Bizet y Offenbach, entre otros.
Harnoncourt tuvo la plena convicción que el arte no es un simple adorno o un lujo de la vida, sino un alimento necesario para no atrofiar nuestra vertiente sensible y emocional. La condición del bienestar no reside sólo en lo material, es decir, en dónde vivir, tener qué comer, o tener dinero. Tarde se llega a comprender, (si es que llegan…), que la tranquilidad y cierta felicidad no tiene un valor monetario.  Y el arte es ese aditivo espiritual que se transforma en una necesidad vital para el desarrollo completo del hombre. Es una materia frágil, relegada o eliminada de muchos programas de educación actuales a nivel mundial. Los niños, los adolescentes, los universitarios salen de las escuelas empachados de un saber puramente utilitario, funcional. En su visión como artista exige que el individuo se desarrolle como un ser humano y no como una rueda dentada que permite el funcionamiento de una máquina [1].
Al principio de su carrera como director de orquestas no se ocupó de Beethoven. Su campo profesional se centró en la música barroca. Sin embargo, posteriormente realizó interpretaciones originales, muy personales de su obra, consciente de haber introducido cambios y novedades enormes en cómo se componía e interpretaba la música en el siglo XIX. Sin reducirse sólo en montar una ejecución más, su puesta en la orquesta de la obra; hecho que termina siendo muchos de los conciertos en la actualidad: solo cumplen una tarea rutinaria de trabajo al presentar un espectáculo musical más.
En sus propias palabras encontramos sus convicciones como artista, al mostrar la importancia del arte y las razones del corazón que implica para la humanidad, a través de la referencia a una obra, en apariencia, secundaria de Beethoven, su Ballet Prometeo. Una cita algo larga, pero sin desperdicio:
“Personalmente creo que, al empezar a formar parte de la Humanidad, el individuo traspasa un umbral que está estrechamente ligado con el arte. Voy a servirme de un ejemplo del ballet Prometeo de Beethoven para explicar mejor el sentido exacto de esta afirmación. Aunque se trata de una obra relativamente temprana, su influjo en la creación posterior del compositor fue muy significativo. Beethoven volvió sobre el tema una y otra vez. Yo lo considero una especie de confesión de fe artística por parte de él. El argumento es el siguiente: Prometeo modela esas figuras vivificadas le entreguen su amor. En efecto, ambos personajes carecen de sentimientos, y Prometeo se desespera al comprobar que son incapaces de amar a su creador. Sin embargo, más adelante -ese momento aparece ahora algo reducido- se produce el milagro: gracias al contacto físico con las musas, las figuras del barro se convierten en seres animados y en amantes. En ese instante, Prometeo se da cuenta de que sus criaturas son seres humanos con cuerpo y alma. De Beethoven me atrevo a saltar ahora a una afirmación de Pascal que me impresionó mucho. El pensador francés dice que hay dos maneras de pensar: la raison arithmétique, el pensamiento aritmético, racional – en este apartado incluyo también el derecho romano y la lógica-, y la raison du coeur, el pensamiento del corazón. En el ámbito de esta raison de coeur, no existe lógica alguna, ni un sistema basado en el sí o en el no. En la esfera de la razón del corazón puede hacer acto de presencia de diversas reflexiones, con el carácter, por así decirlo, hipotético, pero el sentimiento está siempre en el primer plano de la escena. El lenguaje propio de este pensamiento es el arte. [2].

Habrá que advertir que las ideas o temas musicales del Prometeo las volvemos a encontrar en el finale de la Tercera Sinfonía. Material musical que el compositor utilizó en distintas ocasiones para representar la idea del hombre luchador. Está presente en forma de variaciones que relaciona con la idea de lo heroico. Esta sinfonía, más que estar dedicada a Napoleón, como siempre se recuerda, para Harnoncourt expresa la visión de lo heroico para el genio de Bonn. De ella hablaremos más adelante.  
Entonces, según Harnoncourt, nos debatimos entre un pensamiento lógico y otro teñido por lo emocional. Premisa que nos recuerda la bien conocida frase de Pascal, su filósofo preferido según confiesa: el corazón tiene razones que la razón ignora. Pero no cabe duda -al menos para mí-, que sin arte no hay desarrollo de ese elemento de supervivencia que es el cultivo de razón afectiva (hoy popularizada, para la psicología de masas, como inteligencia emocional). De ahí que no duda al referir que el arte es un componente absolutamente necesario de nuestras vidas. Su visión es que a la par del pensamiento lógico debe coexistir también el pensamiento imaginario, fantástico, poético. Y bien se sabe, como han advertido muchos pedagogos, que los individuos que han crecido en contacto con el arte están mucho mejor preparados que aquellos impelidos del contacto artístico para pensar y actuar, por ende, la esfera cotidiana de la vida práctica, de lo utilitario, en el buen sentido de esa palabra; están en condiciones de manejarse con varias partes del cerebro en muchos procesos mentales donde otras personas se ven impelidas[3].

II
Se interroga respecto del estilo de vida del artista. ¿Se puede ser un buen ciudadano y a la par ser un artista genial? Es el caso de muchos músicos, como lo fue el caso de Beethoven. Harnoncourt admite una franja de tolerancia respecto de la condición estética y ética del artista. La exigencia moral del artista no puede demandar ser, al mismo tiempo, un creador genial y un ser humano modélico. Exigirle esto a un compositor como Beethoven lo consideró un reclamo terrible. Preguntó ¿cómo exigirle al cascarrabias y atribulado Beethoven ser completamente un buen hombre? ¿Quién puede imponer esa exigencia a otros seres humanos? ¿Puede alguien prescribir cómo debe ser un artista? ¿Hay una posibilidad de construir un perfil del comportamiento del artista? Lo que responde a tales interrogantes es que ante ello deberíamos alegrarnos de contar con la obra del artista. El director austriaco no sabe personalmente si le gustaría tener una relación a nivel personal como amigo íntimo a Bach, Mozart o Beethoven, pero de lo que sí no duda es que ¡Sin su música, yo no podría vivir[4].
Harnoncourt ha sido, como ya hemos dicho, uno de los grandes directores e intérpretes de la música barroca y romántica, sin dejar de lado la música contemporánea del siglo XX. Sin embargo, no todo han sido elogios en su carrera al buscar la transparencia interpretativa en las obras de Beethoven. Sus interpretaciones fueron cuestionadas sin piedad por la crítica musical. Y uno de esos casos sería la interpretación de la Octava Sinfonía de Beethoven con la Filarmónica de Berlín. Fue abucheado, pero se sintió orgulloso de su propuesta. Esto le sirvió para afinar más aún su percepción estética de lo realizado. Argumentó que sus colegas se preocupan más por la forma y tienen una ausencia y desconocimiento de los contenidos de la obra. Su interpretación buscó resaltar lo contrario, los contenidos más que la forma. El formalismo musical en la interpretación es una situación que consideró de gran error y, a la vez, de una enorme gravedad. Pareciera que hoy se centrara todo en torno a la forma, dejando pasar a los contenidos por alto. Eso lo encrespa como músico. Sin dejar de lado lo que ocurre también en relación con las llamadas ejecuciones auténticas, aquellas que han utilizado instrumentos históricos del pasado[5] .
Su concepción de la interpretación lo lleva a aceptar la importancia del aprendizaje del error. Donde hay seres humanos no puede dejar de haber error. Lo contrario, una interpretación libre de errores sería para él prácticamente inhumana. La perfección -dicho de otro modo: la ausencia de todo error- es algo que provoca miedo, angustia. Si todo fuera perfecto, diáfano, limpio y puro -es decir, libre de toda suciedad- corre el peligro de ser inhumano, divino y diabólico[6].
Toda interpretación termina siendo una aproximación, lo más fiel posible al contenido de la obra a ejecutar, más no por ello se debe tomar como la definitiva, y más en relación con los autores clásicos. Siempre hay que partir de valores musicales aproximativos, geográficos y epocales en el enfrentamiento de las obras. Su regla de interpretación es que, al abordar, por ejemplo, la Séptima Sinfonía de Beethoven, trata de hacerlo como si el público no la hubiese escuchado nunca[7] . Le repugna el virtuosismo técnico, un peligro que siempre acecha en el arte. Su propuesta estriba que, ante todo, hay que dar a conocer en la interpretación la elevada calidad de una obra; no basta que sea una música interesante históricamente. Una obra debe interpretarse en función de su sustancia, de su contenido; esta es la regla de la que no pudo prescindir en sus actuaciones como director. Su máxima: Cuando se renuncia a la belleza en favor de la seguridad, siempre sale perdiendo el arte[8]. Se trata de alcanzar la máxima transparencia en una interpretación, sabiendo que nunca será la definitiva.

III
A Beethoven le debe su vocación como músico. Su decisión de enfrentar este arte fue de forma repentina. Harnoncourt desde los siete años se inició en el arte de las marionetas. Había experimentado y desarrollado una vocación realizando montajes teatrales. Montó obras de leyendas populares tradicionales, como las del Doctor Fausto. Sin embargo, notó la dificultad de poder pagar a sus colaboradores con las ganancias que obtenía de tales producciones y decidió dejar ese oficio, pues no sabía cómo alguien pudiese ganarse dignamente la vida con esa profesión. Así pues, metí todas mis marionetas en fundas de lino, las colgué en un armario y no volví a tocarlas[9].
Esta experiencia hizo que se fijara en el arte de los sonidos, y a los diecisiete años contrajo una enfermedad que lo llevó a vivir estados extremos de sensibilidad, gracias a la fiebre. Lo cierto es que estando en cama escuchó un día por la radio el movimiento lento de la Séptima Sinfonía de Beethoven. Le invadió repentinamente un sentimiento que no le dejó margen para duda alguna: ¡Esta es mi profesión! ¡Esto debo hacer! Era una interpretación de Furtwängler[10]. Beethoven tuvo la culpa de tal elección, lo cual nosotros, escuchas mortales, agradecemos que desde el silencio de los muertos haya resucitado su obra para llevar a cabo la determinación de una vocación de este gran director de la música occidental.
Por otra parte, al hablar de los contenidos extra musicales de una obra, y en especial referencia a todo el discurso narrativo será bueno detenernos en torno a la Tercera Sinfonía de Beethoven, la Heroica. Esta obra, como es conocido por todos, en principio fue dedicada a Napoleón. Supone que describe los aciertos y el destino del héroe histórico a través del lenguaje musical. Pero para Harnoncourt no es así. Refiere que no encuentra ninguna relación concreta con los acontecimientos políticos de su tiempo. No duda, por ser conocido, que Beethoven tuviese, en algún momento de su vida, una gran admiración por el revolucionario militar francés. Pero tal empatía se redujo al observar su cambio de actitud y fungir luego de dictador y finalmente su apoteósico autonombramiento como emperador. Y esto se debe a que Napoleón representó para el compositor de Bonn una gran esperanza en implantar ideas reformistas. Pero sabemos que más tarde terminó en toda Europa en una gran decepción para todo aquel que albergaba un espíritu republicano. La soberbia y el egocentrismo de Napoleón lo dirigen a emprender el camino de autoproclamarse y convertirse en emperador, quebrando así toda esperanza de mantener una república.
Es por lo que Beethoven cambio el título y la dedicatoria original de su sinfonía. Harnoncourt afirma con esta reflexión que Beethoven escribió su obra sin tener presentes la persona o la realidad del héroe, el cual parecía construir el centro de su sinfonía. Para él esa obra no gira en torno a la persona de un héroe, como hemos referido.  Más bien trata sobre la idea de lo heroico, de lo grandioso, del vencedor -o bien del fracasado. En ella expresa su autor de forma admirable ese hecho a través del lenguaje de la música. Mostrar los sentimientos de grandeza y la fragilidad del heroísmo. No una glorificación de un personaje histórico, sino una crítica a ello, como podemos notar en los pasos melódicos que marca del movimiento Marcha fúnebre.
En la sinfonía recurre al uso de las trompetas en Mi bemol y al recurso de los instrumentos de viento de madera en otros pasajes para mostrar emociones contradictorias, pero complementarias, dentro de la obra. Los instrumentos de viento de metal dan un tono de grandiosidad y están presentes en el segundo tercio del primer movimiento de la sinfonía. Pero luego introducirá un cambio al colocar los sonidos de los instrumentos de viento de madera que, genera, por decirlo con palabras de Harnoncourt, una pálida niebla sonora. De lo que deduce el director que, si bien encontramos una encarnación de la suprema heroicidad, también no nos deja de presentar su condición de ser humano y su adjunta condición miserable. Para él no cabe duda, Beethoven musicalizó con frecuencia la idea del fracaso humano[11]. Lo que nos lleva a comprender que la Tercera Sinfonía es una tragedia musical del sentido y vida de toda alma heroica.



IV
Expresar lo humano y lo inhumano. Cuando Beethoven quiere expresar lo inhumano aparece entonces temas musicales totalmente desprovistos de humor, como lo hace en la introducción del Fidelio, al describir el calabozo en que el personaje Florestán lanza su primer grito de dolor. Ocurre lo contrario cuando el compositor quiere resaltar un rayo de felicidad. Entonces nos muestra un sentido inequívoco de humor en sus pasajes. Hace fuertes contrastantes con aquellos otros donde se impregna la obra de desesperación y una total carencia de sentido de humor.
Como ser humano Beethoven fue conocido que tenía un sentido desarrollado, satírico y agudo de humor. Desbordaba en muchas estampas de su vida una muestra de alegría ingeniosa, presente en su forma de hablar con los músicos y cantantes. Apodos, diálogos que están recogidos y expresan una forma de humor sensible y afectuoso. Para Harnoncourt el humor está presente en todas las sinfonías y debe ser perceptible por el oyente. Es lo que afirma encontrar al ejecutar la Octava Sinfonía donde encontraremos agudeza de ingenio… casi nada que no sea humor. Es una prolongación de la idea del humor de Haydn [12].
Respecto a las interpretaciones de otros directores de las sinfonías de Beethoven siempre reconoció la importancia de las escuchadas por la mano del maestro Pablo Casals (1876-1973). Siguió de cerca las interpretaciones del gran cellista y director catalán. Las consideró increíblemente hermosas y absolutamente correctas. Sin embargo, no afirmó nunca que este músico tendría la clave de Beethoven y tratara de emularlo. Si bien admira a Casals, no lo asume como el modelo de director de Beethoven.
E igual le sucedió con otros directores, como el caso de la Heroica por la batuta de Wilhem Furtwängler (1886-1954). Apreciaba su interpretación como ninguna otra; la que más cercana estaba a las obras del compositor[13]. Furtwängler, aunque no se impone en su ejecución, se diferencia de otras. Siempre nos muestra que tiene presente qué es lo que exige el compositor y su partitura. Era un intento fortuito de exhibir lo que exige la obra por parte de su creador.  Si quiere el compositor un determinado efecto registrado en la partitura, hay que complacerlo y se esta en la obligación de buscarlo. Esto se nota muy bien respecto a las indicaciones de los tempi por Beethoven. De todos modos, esto no quiere decir que las medidas de metrónomo de Beethoven hayan de ejecutarse al pie de la letra. De lo que no dudo es de que dichas medidas son correctas desde el punto de vista de Beethoven[14]. De esta forma consideró como correcta la ejecución de cada movimiento de sus sinfonías la velocidad que marca el metrónomo suscrita en la partitura[15]. Aunque está consciente que esto puede ser otra cuestión respecto a la ejecución práctica de toda la pieza en tanto discurso sonoro. Por ello, las partituras de Beethoven, al interpretarlas mentalmente, los cálculos métricos llegan a coincidir con los propuestos por él.
Hecho que cambió para Harnoncourt cuando están presentes otras variables al ejecutar una interpretación exterior sonora de la misma. En circunstancias diferentes se pueden desplegar distintas velocidades a la antepuesta por el autor en la partitura. ¿Cuáles eran esas circunstancias? El director austriaco refiere varias:  la magnitud del aparato sonoro (por ejemplo, número de ejecutantes de la orquesta), junto a otros menos comunes, como son las dimensiones y luminosidad de la sala, o si se toca antes o después del mediodía o a última hora de la tarde. Habría que añadir que también habrá que atender a los diferentes ritmos de pulsación cardiaca en cada individuo, interviene y matiza nuestro particular sentido del tiempo.
El amigo y discípulo del compositor romántico, el virtuoso pianista y compositor austriaco Carl Czerny (1791-1857), quien advirtió que una misma obra de Beethoven pueden darse, dependiendo el estado afectivo del intérprete, ciertas fluctuaciones del tempi en la ejecución de sus obras. El tempo medido con la cabeza es sin duda el más rápido; con un piano o un cuarteto de cuerdas me acerco mucho al tempo en la cabeza, cosa que probablemente no acontece con una orquesta de grandes dimensiones [16]. Pero sí queda comprobado que Beethoven se tomó la molestia y la precaución de señalar en cada una de sus piezas cómo entendía sus tempi. El mismo Beethoven dijo en cierta ocasión que él solo podía facilitar las indicaciones de metrónomo para los dos primeros compases [17]. Mantener el mismo tempo desde el comienzo al final, según esta afirmación, estaríamos cometiendo un sustantivo error, una total equivocación. Czerny tenía razón, la interpretación beethoveniana exige fluctuaciones.
Las variaciones de los tempi en las obras de Beethoven lo tuvieron en cuenta otro gran intérprete, que marcó para la posteridad de los futuros pianistas la interpretación de su obra pianística. Dante Michelangelo Benvenuto Ferruccio Busoni (1866-1924), compositor, pianista virtuoso, profesor y director de orquesta italiano, en su legendaria interpretación de la Hammerklavier, Sonata N° 29, Op. 106 de Beethoven. El crítico Bekker refiere que la tocaba vacilando, como si se tratara de un esbozo sobre el cual había que improvisar. A lo que Schneider agrega: Perfectamente consciente de las aberraciones de la escritura que, en efecto, contiene, Busoni evitaba lo que demasiados pianistas hacen: proporcionar a esa sonata una coherencia pianística de la que carece[18]. Busoni es fiel al espíritu beethoveniano que absorbe de la partitura.  Sabe restituir un principio propio del romanticismo, su terrible imperfección e inacabamiento definitivo por su creador, su aspecto de obra fallida, manteniendo un vínculo entre lo que está escrito y la exigencia de exploración que pide y exige a su intérprete: exploración que cuestiona un más allá de lo escrito.
 Igualmente cabe señalar que el compositor de Bonn tenía un preciso sentido práctico en lo referente al espacio disponible. El pensamiento interpretativo de sus propias obras fue cambiando de acuerdo con la sala en que se realizara su ejecución. Montar una sinfonía en un palacio o en el Teatro Nacional de Viena tendría otro arreglo espacial al colocarla, por ejemplo, en el salón de la Escuela de Equitación de esa misma ciudad. El número de músicos variaba respecto a ello. A la final, en el caso de Harnoncourt y su interpretación musical, se centraba en una regla que da sentido a su acción música: el punto esencial de la interpretación de todas las músicas es comprender lo que piensa el compositor, y encontrar caminos que conecten con nuestros instrumentos actuales, con nuestra estética actual y con mi comprensión y emoción personales [19]. Pues toda música debe sufrir una actualización para que tenga sentido ante los individuos que la escuchan en ese momento.

V
Una obra con rasgos biográficos. El discurso sonoro de Beethoven inauguró en la creación musical por primera vez la presencia de rasgos biográficos en las obras. De ahí que para Harnoncourt fue importante conocer qué suerte ha recorrido el creador en su vida personal al componer en determinado momento, y que se refleja en su obra.
Caso contrario con Mozart, del cual señala que en su obra no hay ningún vínculo real entre su vida y sus piezas. Mozart fue un compositor profesional, en cada etapa deja de lado su vida, su propio estado personal, escribiendo las obras que realmente había proyectado realizar con anterioridad.
A ello se antepone el espíritu del arte romántico. Afirma, respecto a Beethoven, vida y obra impregnan a su creación. Describe a Beethoven como una personalidad contradictoria, que adoptaba actitudes de altivez. Como artista no podía dejar de sentirse superior a su prójimo, y opinaba que un artista estaba por encima del resto de los mortales. Así que, junto a Goethe y Napoleón, Beethoven se coloca entre esas personalidades descollante de su tiempo. Pero a la par era hombre sin exhibicionismos, discreto, con una vida cotidiana insignificante, de conducta pequeñoburguesa. Es lo que deja entrever en su epistolario con sus amigos y familiares, con su criado, su vivienda y su dieta. Si en la música subía a las alturas más inabarcables para el común de las personas, no era así en sus acciones cotidianas, que siempre se mantuvo a ras de tierra.
Hacer una descripción ajustada de este musico, afirmó Harnoncourt, es casi imposible. Entre las biografías que lo intentaron esta la obra de Arnold Schering, la biografía temprana de Schindler (bastante cuestionada por su tergiversación de los hechos del biografiado), de Román Rolland en varios tomos, la más leída de Maynard Salomón, la más intrincada y filosófica de Theodor Adorno, pero son una aproximación a las múltiples facetas abiertas de su personalidad y obra en perpetuo conflicto contradictorio.
Como refiere Harnoncourt, la muerte de Mozart fue necesaria para el desarrollo de músicos como Beethoven y Schubert. Necesitaban quedarse solos, en ser auténticos supervivientes de un arte que sólo ellos podían crear a partir de sus entrañas y su consciente desviarse del camino de la música clásica; ésta última concebida más para el divertimento social y no para la expresión del fuero interno del individuo, actitud propia de la tempestuosa alma romántica. De una música asentada en la subjetividad personal más que en los gustos de una sociedad o una corte. Una música propia, en el mejor sentido de la palabra, del individuo humano, centrado en un yo original, ideal y único, proyectando luz armónica sobre el mundo, pero con el que nadie más puede identificarse. Como refiere nuestro director invitado: La tragedia de Mozart es general: afecta a todos los seres humanos; la de Beethoven remite de forma mucho más clara y directa a la persona individual [20].
En la música del sordo de Bonn está la fuerte presencia de un conflicto técnico, artístico, imaginativo por un cambio de rumbo sin precedentes en la música occidental, pero dentro de las dimensiones calculables del alma humana. Beethoven sólo pasó reconociendo, en su tiempo de formación, por los vocabularios de Haydn y de Mozart, pero desprendiéndose al trazar nuevos caminos en el discurso sonoro y su propia retórica musical; no dirigido a lo que dice o significa su habla musical, sino a la reacción que sigue a lo que este discurso ha producido. Un discurso musical que no fue pensado bajo la función de píldora vibrátil tranquilizadora para un oyente, sino para que abriera sus ojos, sus oídos, su sensibilidad y despertarlo de un letargo, y quizás, hasta aterrorizarlo sin consuelo.







Bibliografía

·        Adorno, Th. 2003: Beethoven. Filosofía de la música. Akal. Madrid
·        Harnoncourt, N., 2010: La música es más que las palabras. La música romántica. Entrevistas y comentarios. Ed. Paidós. Madrid
·        Harnoncourt, N., 2011: La música como discurso sonoro. Acantilado. Madrid
·        Harnoncourt, N., 2003: El diálogo musical. Reflexiones sobre Monteverdi, Bach y Mozart. Paidós, Madrid.
·        Schneider, M., 2002: Músicas nocturnas. El lado oculto del lenguaje musical. Barcelona: Paidós.
·        Soloman, M., 2001: Beethoven Schirmer Trade Books. NY

Referencias electrónicas

Johan Nepomuk Mälzel en: https://es.wikipedia.org/wiki/Johann_M%C3%A4zel. Visto el 30 de marzo de 2020

Johan Nepomuk Mälzel, en: https://ahombrosdegigantescienciaytecnologia.wordpress.com/2015/08/15/1053/. Visto el 30 de marzo 2020.


NOTAS:


[1] Harnoncourt, 2010:87
[2] Harnoncourt 2010:28
[3] Harnoncourt 2010:29
[4] Harnoncourt, 2010:42
[5] Harnoncourt, 2010:45
[6] Harnoncourt, 2010:61
[7] Harnoncourt, 2010:69
[8] Harnoncourt, 2010:96
[9] Harnoncourt, 2010:58
[10] Ídem
[11] Harnoncourt, 2010:106
[12] Harnoncourt, 2010:108
[13] Harnoncourt, 2010:118
[14] Harnoncourt, 2010:119
[15] Habría que señalar que el metrónomo, invento de Dietrich Nikolaus Windel, fue en principio, elogiado por Beethoven en su etapa clásica; posteriormente, ya en su periodo romántico, lo denostó y crítico con relación a los cambios dinámicos rítmicos, fluctuaciones sería la palabra, que exigía para sus partituras; dijo que, para la nueva música, más libre y llena de elementos que alteraban el tempo, el metrónomo era una abominación. Aunque fue uno de los primeros compositores que estableció los tiempos en función de ese aparato rítmico. Mostró preocupación para disponer el tempo adecuado en sus obras. El metrónomo fue patentado por un amigo de Windel, en 1816, quien lo perfeccionó  y, a su vez, fuese amigo cercano de Beethoven, el mecánico inventor de la corte de Viena, Johann Mälzel (1772-1883).  También sería quien le construiría varios dispositivos auditivos para mejorar su sordera, cornetas acústicas o todo un sistema de escuchar el piano. Igualmente, en 1804, inventó el panarmónico, un autómata capaz de tocar los instrumentos musicales de una banda militar, alimentado por fuelles y dirigidas al girar los cilindros de almacenamiento de las notas. El instrumento fue vendido a un admirador parisiense por 120.000 francos. Constaba de un teclado mecánico que automatizaba los sonidos de unos instrumentos mecánicos construidos por el ingeniero. Fueron 42 instrumentos que formaron el panarmónico, los mismos que habrían formado una orquesta militar: flauta, clarinete, trompeta, violín, violonchelo, percusión, clavicémbalo, triángulo. Todos ellos automáticos y controlados desde el panarmónico. Este particular instrumento moderno sería una especie de un primitivo procesador central que controlaba una serie de periféricos (los instrumentos musicales). Este instrumento musical entusiasmó a que Beethoven compusiera su denostada obra La Victoria de Wellington de 1813, que luego termino siendo acabada para orquesta en octubre del mismo año, La Victoria de Wellington y estrenada en el concierto del 8 de diciembre, junto al estrenó también la Séptima Sinfonía. El invento se hizo célebre en toda Europa. Mäelzel fue nombrado mecánico de la corte imperial en Viena.   Es interesante destacar que Johan Nepomuk Mälzel vino a morir, a los 65 años, en América del sur, en el puerto de la Guaira, Venezuela el 21 de julio de 1838. Referencia: apartado de Johan Nepomuk Mälzel en  Wikipedia y https://ahombrosdegigantescienciaytecnologia.wordpress.com/2015/08/15/1053/, visitados el 30 de marzo 2020.
[16] Harnoncourt, 2010:131
[17] Harnoncourt, 2010:138s
[18] Schneider, 2002: 126
[19] Harnoncourt, 2010:148
[20] Harnoncourt, 2010:122

sábado, 29 de febrero de 2020

El trio Ludwig, Betina y Johann
A 250 años del nacimiento del Sordo de Bonn
David De los Reyes

Fotomonataje: David De los Reyes 2020


I
Invocar a Ludwig van Beethoven (1770-1827) en el año conmemorativo de su Natalicio número 250, es rigor dentro de la agenda musical, museística, cultural y literaria global. De Bonn a Guayaquil o de Viena a Caracas sonarán, sin lugar a dudas, unas cuantas de sus sinfonías. ¡Infaltables la Quinta y la Novena! éxitos de los clásicos populares urbi et orbi. Menos tocadas serán sus sonatas y sus tríos, y aun poco menos sus cuartetos. Estos últimos opus marcan la cúspide y el límite expansivo de su arte. Beethoven, el Sordo de Bonn, ha sido reconocido como el artista romántico que vendría a encarnar uno de los espíritus más libres del arte del siglo XIX. Decir algo nuevo de su vida es casi imposible por todos los estudios que se han realizado en su obra; ofrecer esclarecimientos con relación a su condición y sus efectos de artista nos parece un pequeño intersticio por el cual podemos entrar dentro del magma musical y espiritual de este volcán humano en permanente ebullición y contradicción. Odiado por unos, amado por otros, pero unos y otros no pueden negar la genialidad que emana de su música.
Una de sus frases más conocidas es “Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”. Palabras que se convertirán no solo en una postura estética sino ética y en su caso, una condición física sin retroceso y ¡casi natural! dada su condición de sordera, que lo llevó a separarse de los sonidos del mundo exterior. Ella lo reduciría al cuadro de un imperioso silencio no elegido y a escuchar sólo los sonidos en el espacio de su imaginación sonora. Allí emergerían los temas y desarrollos musicales que darían forma a sus composiciones a partir de 1800, año en que comienza a manifestarse su discapacidad auditiva. Su frase, entonces, pedirá que la música debe justificarse porque viene a mejorar al espectro casi imposible del silencio. El arte de los sonidos, aún para entonces con un sentido ligado a presupuestos rituales sociales y civilizatorios superiores, no tendría justificación sino en la medida que cumpliera con tal condición: el presupuesto romántico de mejorar lo dado por la naturaleza, el silencio. Beethoven, el sordo, sería aún más sordo para el resto de los sonidos musicales que no enaltecieran el natural manto transparente del silencio.
¿Podríamos imaginar qué pensaría del silencio en este mundo actual, doblegado por los irritables sonidos electrónicos a todo dar y por doquier, que van del conductista ambiente mercantil del hilo musical a la avasallante presencia en la discoteca andante gracias al celular y los infaltables audífonos? Música para oídos (y mentes), dóciles por los sonidos digitales, indiferentes a otras realidades acústicas. Fácil imaginar que la situación de la sociedad líquida sonora de nuestra postmodernidad no pudiera albergar un Beethoven, aunque fuese sordo y con un padre empeñado en hacerlo músico a fuerza de maltratos, baños de agua fría en invierno, despertarlo a medianoche y otras torturantes “disciplinas”. En nuestro acontecer todo está violentado y enmarcado por la rutilante condición de los sonidos sometidos a los decibeles y las emisiones electrónicas. El silencio es el gran ausente. Si bien hoy se habla de islas de contaminación de residuos plásticos en medio de los mares, del tamaño del territorio de Francia, poco se dice y alerta sobre las extensiones aéreas y sus ondas hertzianas por doquier, convirtiendo el oído común en un sordo musical (sólo queda el reggaetón...). Prohibición del mundo actual: todo silencio debe ser asesinado e interrumpido inmediatamente. Ciudades silenciosas pocas, ruidosas todas. El silencio como sinónimo de extremo lujo. La exigencia de Beethoven, la música para mejorar el silencio pudiera reducirse a pocos espacios acústicos privados. El silencio, por lo general para el hommo digitalis actual, vendría a sentirse como en un círculo de soledad, de aislamiento, de ensordecedora ansiedad y separación física con lo otro: es decir, no de otras personas sino de su celular. Beethoven aullaría y maldeciría al mundo a cada paso por cualquier ciudad actual, sería, no menos, que un lobo estepario. La era digital ha nutrido, como lo demás del mundo actual, con el aniquilamiento de los sonidos naturales y el inaudito silencio. Visto así, el silencio - ¡hasta de su única y espectacular obra musical! - puede ser un motivo para celebrar a Beethoven. Se pudieran hacer unas instalaciones y performances beethovenianos, donde el silencio es el motivo de la acción y el encuentro para celebrar el principio romántico del mayor compositor del siglo XIX: “Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”.

II
Entre los personajes de su entorno que igualmente serían interesantes revisar por estos días conmemorativos por la celebración global de su nacimiento, y de reconocimiento a un espíritu que ha transitado con su creación musical todos los linderos geográficos culturales y musicales de la tierra, propongo dos a mi juicio meritorios. Uno, indiscutible, el poeta y fiel burócrata del gobierno de Weimar, Johann Wolfang Goethe (1749-1832) con quien protagonizó un inusual encuentro en la ciudad de Teplitz. Y el segundo, más delicado y apreciado por el turbulento y casi salvaje genio musical: la ilustrada dama Bettina Brentano (1785-1859), escritora y novelista romántica alemana, además de ser compositora, cantante, ilustradora, mecenas de jóvenes artistas y activista social de los derechos de la mujer, todo un ejemplo femenino de la era romántica.
Bettina conoció a Ludwig e inmediato nació entre ambos admiración y fidelidad amistosa. Intenso vínculo cultivado por un prolijo intercambio epistolar alimentado, como buenos artistas individualistas del tiempo, por sus personalidades egocéntricas y dominadoras. Posteriormente, la dama presentaría al compositor con el poeta del Fausto, Goethe, intentando construir una relación creadora y artística entre ambos. Beethoven habría puesto música a algunos poemas de Goethe; luego, éste pensó siempre que sería el compositor indicado para realizar una ópera con su voluminoso Fausto, lo cual, infortunadamente (o fáusticamente), como sabemos, tal creación nunca aconteció. Lo que si ocurrió fue la composición de una serie de lieder (a comentar más adelante) así como de diez piezas de música incidental para la representación de la tragedia goetheana Egmont, el opus 84 de Beethoven. Siendo la Obertura Egmont una de sus partituras aún tocadas esporádicamente. Sin embargo, en su tiempo el poeta se quejó de no haber podido dar con el compositor ideal para su obra. Siempre pensó que Beethoven sería ese compositor, pero éste sintió que su música no estaba a la altura de la creación poética del bardo de Weimar, o al menos se desprende de sus confesiones sobre por qué finalmente se produjo un distanciamiento entre ambos.
Para Beethoven, en ese período de su vida, la joven e impasible Bettina, arquetipo del zeitgeist (espíritu del tiempo) femenino, pasó a convertirse en su musa, dedicándole una serie de canciones, como también lo harían luego Robert Schumann y Johann Brahms, entre otros.
Goethe y Beethoven fueron sus dos adorados tutores, inspiradores y admirados héroes del arte del momento. Literatura y música eran los impulsos vitales que concentraron su pasión por un buen tiempo. Su hermano, el poeta Clemens Brentano, alentó a la joven Bettina a leer a Goethe y inmediatamente enloqueció por el personaje de Mignon en "Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister". Por su actitud y su forma de vestir, Bettina se convirtió en la inexplicable Mignon. Y concibió una pasión por Goethe que alimentó hasta el final de su vida. ¿Qué representaba el personaje femenino goetheano que atrapa a esta rebelde dama? Mignon es un poema visionario que relata su trágica historia de vida, donde recuerda a su tierra natal, Italia, luego de haber sido secuestrada y trasladada por la fuerza a tierras alemanas por un grupo de malandros. Experimentará el abuso, la servidumbre física y la esclavitud de entretener mediante el baile y el canto, entre otras cosas a sus raptores. Pero la suerte hace que su penosa situación cambie, al encontrarse con el héroe de la novela, Wilhelm Meister (de 1795), quien se convierte en su protector y salvador, y es llamado hasta padre. Toda una trama romántica en el mejor (¿o peor?) estilo de entonces y que no deja de repetirse hasta la saciedad en la literatura y en los guiones cinematográficos actuales. Eso con respecto a Bettina y su vínculo con Goethe. Veamos ahora qué le inspiraba el músico.
De este lado, estaba la fuerza de la energía musical que tocaba a su destino con las obras y las improvisaciones ejecutadas por el pianista considerado un segundo Mozart. Bettina queda deslumbrada por la personalidad creadora del otro semidios del momento, Beethoven. La música para ella fue una revelación más allá del lenguaje y del intelecto. Beethoven conocía a su medio hermano Franz y a su esposa, Antonie. Un día de 1810, cuenta el filobeethoveniano, musicólogo y novelista francés, Roman Rolland, que una mañana, mientras el compositor ya casi sordo, estaba trabajando en su piano, sintió unas manos sobre sus hombros. Se dio vuelta, enfurecido, y se encontró con una joven atractiva que le hablaba melodiosamente al oído: "Me llamo Bettina Brentano". ¿Acaso la dama querría escuchar la melodía que estaba interpretando? nada menos que el lied de su Op.75/1 , "Kennst du das Land?" (“¿Conoces el lugar?”). Poema cuya famosa letra refería al personaje Mignon de Goethe, justo su obra preferida y personificada por el vital y cotidiano espíritu desenvuelto de Bettina. A esta ejecución le siguió otro lied con letra del poeta, el Op.83/1, “Wonne des Wehmut” (Dichosa melancolía) para deleite de su joven escucha. 
En una carta de Bettina a Goethe, fechada el 28 de mayo de 1810, cita una confesión de admiración por parte del compositor respecto a la obra literaria del poeta: “Los poemas de Goethe tienen un gran poder sobre mí, estoy activado y estimulado para la composición por su lenguaje”. Acto seguido la dama le envió copia de los manuscritos del músico amigo de estas canciones, junto con una tercera, “Trocknet nicht”, (lo curioso es que las tres canciones de la Op.75 no incluyeron las otras tres que fueron publicadas como Op.83, compuestas por la misma época y todas con lírica de Goethe).
En los días siguientes, se vieron, caminaron e hicieron música juntos. Al pasar de los años, algunos especularon sobre Bettina como la mujer misteriosa que inspiró la carta e la misteriosa Amada Inmortal de Beethoven. En realidad, no lo fue, pero si convivió con la responsable de tal leyenda, su propia cuñada, Antonie de Brentano. Sobre esta brumosa relación han surdido las más conspicuas investigaciones del comadreo académico, uno más de los episodios de la atribulada trama amorosa del sordo genial.
Bettina Brentano, en su Epistolario de Goethe con una niña (Goethes Briefwechsel mit cinem Kinde), amplía y describe esta amistad entre los creadores no sólo de una obra portentosa en ambos, sino del arte mayúsculo de una época. Este texto fue la primera de tres novelas epis­tolares que la autora escribió tras la muerte de su ma­rido, el también poeta Achim von Arnim, para embalsamar en el arte los recuerdos de su vida. Evoca su relación afectuosa e intelectual con Johann e introduce a Ludwig transitando su vida cual personaje literario. En sus páginas presentan quizás una de las más explícitas descripciones de la condición de las cualidades artísticas beethovenianas; la visión extasiada que tenía el maestro de su propio arte: "La música es una revelación superior a toda sabiduría y filosofía; es el vino que inspira a uno a nuevos procesos creativos, y yo soy el Baco que extrae este glorioso vino para la humanidad. Quienes entiendan mi música se sentirán liberados de todas las miserias que otros acarrean consigo".
Estas palabras, se sabe, surgieron de la admiración e imaginación romántica de Bettina, no del propio Beethoven. Estos y otros credos de ese epistolario literario se convertirían en unas de las declaraciones más famosas del compositor sobre música, dando paso así al mito romántico de Ludwig van Beethoven.

Sellos ilustrados con las imagenes de Ludwig, Bettina y Johann












miércoles, 1 de enero de 2020


Sobre Arte Degenerado y otras cuitas

David De los Reyes


Imagen relacionada
Oscar Kokoschka, El huevo rojo, 1940

I
Arte Degenerado es la traducción del alemán Entartete Kunst, nomenclatura adoptada por el régimen nazi en 1937,  para referirse a todo el arte moderno y prohibido en favor del arte heroico (que en música estuvo signado por la obra de Richard Wagner y Richard Strauss). Todo arte de vanguardia fue vedado en todo el territorio alemán. También se obstaculizó por ser artistas no nacidos en ese país o por ser simpatizante de los bolcheviques o de origen judío, además de no tener ninguna relación con la emblemática y trama heroica alemana. Estos artistas fueron identificados como artistas degenerados y fueron sujetos a sanciones. Esta medida incluía ser despedido de cargos públicos, como ser profesor o funcionario, además de tener prohibido exhibir, ejecutar o vender su arte y, en algunos casos, prohibir la producción de arte personal completamente.
La primera muestra de Arte Degenerado presentada por los nazis fue mostrada en 1937, en Munich, con la participación de 650 pinturas y esculturas que ellos mismos habían confiscado de los museos y las galerías privadas de toda Alemania. Obras de Paul Klee, Pablo Picasso, Vincent Van Gogh, Marc Chagall, Wassily Kandinsky, Max Ernst, Otto Dix y Eduard Munch, entre otros, eran consideradas fruto de una fantasía enfermiza o simplemente judeo-bolchevique. Pero fue en mayo de 1938 cuando se realizó por primera vez una exposición sobre Entarte Musik (Música degenerada), en Dusseldorf; se quería llamar la atención al desprevenido pueblo alemán del supuesto peligro que asechaba para el arte musical las obras de ciertos músicos compositores degenerados.
Fue el inicio de calificar y censurar obras por la condición de raza o filiación político comunista en el siglo XX. La música no pasó por alto a los comisarios del régimen, pues para Alemania sería, junto a la poesía romántica, una de sus más celosas y representativas expresiones artísticas de todos los tiempos. En Alemania durante el III Reich cualquier ciudadano alemán que deseara ejercitar sus derechos civiles pertenecer a una organización paramilitar o al partido NSDAP, requería de un certificado que asegurara la pureza de su sangre.
No todos los compositores europeos por los años treinta o cuarenta de este siglo, cosa sabida, tuvieron la misma suerte. El talento y la genialidad de las obras no eran una carta de presentación para ser aceptados en los programas interpretados por las grandes orquestas europeas o por los circuitos del arte musical; se requería también de una limpieza o pureza de sangre de origen, junto con la aprobación de ser un artista comprometido con las políticas del Estado.
Ambas exposiciones de arte degenerado, aunque dados en distintas esferas del arte, música y pintura, muestran por donde tocaron los vientos del arte europeo en la primera tercera parte del siglo XX, sin embargo, estas últimas décadas se ha tratado de hacer justicia a los que sufrieron y murieron, hace ya más de noventa años, a causa de la irracionalidad y criminalidad dirigida desde los centros de poder en manos inescrupulosas, criminales e inhumanas. Se trata, con esta acción reivindicativa, de restaurar los patrimonios artísticos no sólo de artistas pertenecientes al pueblo judío sino de la humanidad en general.
El caso del compositor y organista francés Oliver Messiaen, encerrado en un campo de concentración nazi, por ejemplo, donde compone su espectacular obra Cuarteto para el fin de los tiempos
 (1944), y que posteriormente haya podido desarrollar una larga vida artística musical, no fue lo común; este compositor no sólo terminó el referido cuarteto en prisión, sino que lo pudo interpretar dentro del mismo campo de concentración ante miles de compañeros que sufrían su misma condición. Su obra se convirtió en un símbolo de la resistencia contra la criminalidad ante los agentes del holocausto.
Por otra parte, otros grandes compositores sufrieron no sólo las humillaciones y la muerte sino también el olvido gracias a las corrientes estéticas y sus mandarines que dominaron en la época, los cuales dictaban en clave los caminos estéticos a seguir; quienes osaban no estar con ellos, ya sabemos las consecuencias: pertenecían a las minorías olvidadas dentro del arte. A la par, Schöenberg y sus discípulos, Berg y Webern, no fueron cubiertos por la negra manta del olvido gracias a una excepción. Tuvieron mejor suerte al abrir una nueva tendencia musical, el dodecafonismo. Este sistema de composición fue, para entonces, el consentido internacionalmente por su originalidad dentro de los círculos de los compositores vanguardistas, desde fines de los años cincuenta. Su prestigio se prolongó hasta hace pocos años, cuando se ha visto cuestionado y rechazado por los nuevos aires del eclecticismo musical postmoderno.
Pero ¿quiénes serían "los otros", los olvidados? Eran los músicos que, junto a los nombrados anteriormente, entraron dentro de la nomenclatura que el régimen nazi calificó como música de origen judío, Entarte Musik, música degenerada. Esta discriminación tuvo la paradoja siguiente: muchos de estos músicos y compositores, a diferencia del serialismo vienés de la escuela de Schöenberg, tuvieron fuertes lazos comunes no sólo con el ambiente musical alemán, sino también con su tradición, estilo y gusto musical. El pecado, la mancha, la señal de Caín de estos artistas, el sentido de degenerados o decadentes, su impureza y con ello su negación absoluta y hasta su exterminio, vino determinado por la condición y el origen judío de esa música.
Obras que ante los ojos del racismo nazi no sólo tuvieron la condición de inferioridad racial y artística. También fueron objetos de fetichismo al pensar que ellas impulsaban a la corrupción y a la depravación del glorioso pueblo ario alemán. Algunos de estos compositores son: Zemlinsky, Haas, Ullmann, Krasa, entre otros. Aunque desde hace tiempo se sabe que toda prohibición o censura respecto al arte no dice nada del valor intrínseco de una obra; y el cementerio artístico ejecutado por los censores está pleno de tesoros por descubrir.
Estos tesoros musicales son los que han buscado en estas últimos dos décadas una serie de músicos y directores de orquesta para hacer justicia no sólo desde un punto de vista moral y político, sino sobre todo artístico; estando todos ellos conscientes que el arte no puede cambiar el rumbo del mundo, y apenas puede denunciar o prevenir con sus creaciones visionarias al vasto horizonte de la humanidad.
Compositores que poseyeron un talento indudable vieron su impulso creador fatalmente detenerse con el ascenso de Hitler al poder. Muchos de ellos fueron mandados al exilio: Zemlinsky, Korngold, Goldschmidt, Schreker; otros fueron exterminados por la aplicación de las técnicas de aniquilación masiva de la solución final, dentro de las cámaras de gas presentes en los campos de concentración preparados para ello; eran las fábricas de la muerte: Ullmann, Krasa, Haas, Schulhoff; o simplemente, condenados al abandono por la necesidad de hacer tabla rasa durante el periodo de postguerra: Krenek, Eisler, entre otros.
II
Aunque Heráclito, desde la Grecia Antigua, nos dijo que la guerra era la madre de todas las cosas, hoy, por su carácter destructivo universal, deben tenerse en cuenta otras variables. Todos sabemos que las guerras no son buenas para nadie: es el culto a la destrucción y nos muestra el grado de la incomprensión humana a que puede llegar, a veces, el hombre y comprometer vidas ajenas y distantes a los hechos con que algunos la quieren justificar muchas de las veces. Pero la fuerza de la violencia lleva a perder el control de los objetivos hacia donde va dirigida, afectando, de éste modo, el patrimonio cultural de las naciones.
Si bien con la guerra se perdieron muchas vidas civiles, y entre ellos a muchos compositores tildados por "degenerados", como ya hemos hablado, Alemania no quedó indemne de sufrir ante los estragos de la guerra. Buena parte de las obras y manuscritos originales de sus grandes artistas alemanes, hoy universales, se pensaron perdidos por mucho tiempo. Su patrimonio cultural se vio afectado por el mismo sentido destructivo con que se llevó a cabo la invasión a otros países del orbe europeo. De esta manera se habían dado por perdidas muchas de las partituras originales de Bach, Beethoven, Mozart, entre otros.
Esta pérdida fue acompañada con manuscritos originales de las cartas y obras de Goethe, Schiller, Kant. Todas ellas depositadas, hasta 1941, en la Biblioteca del Estado de Prusia de donde fueron sustraídas para su resguardo de los bombardeos a la ciudad de Berlín. Hoy se sabe, para bien del pueblo alemán como para el legado humano del arte universal, que imponderables obras se encuentran en buenas manos. Fue en el año de 1977 que se supo de ellas gracias al primer secretario del Partido Comunista Polaco Edward Gierek, cuando visitó a Alemania Oriental, que trajo de regalo oficial a su camarada Honecker, para sellar un nuevo tratado de buena vecindad y amistad entre los entonces estados socialistas, unos fragmentos de "La Flauta Mágica" de Mozart, y de la 9na. Sinfonía de Beethoven y un concierto de Bach.
Los alemanes pudieron volver a tener esperanzas sobre su patrimonio cultural que se pensaba perdido o destruido. La revelación de todos los tesoros guardados en tierra polaca se supo en 1980, con el movimiento Solidarnosc. Para entonces se sacó la información de ciertos secretos de Estado a la luz pública. En Polonia se encontraban 505 cajas en madera selladas que habían permanecido a la Biblioteca del estado prusiano y que habían sido llevadas al monasterio de Grussau, en Basse-Silesia, zona que pasó a ser territorio polaco a partir de 1945. Todos esos documentos se trasladaron luego a la Biblioteca de la Universidad de Cracovia, allí permanecieron en la oscuridad y el secreto durante unos treinta y cinco años.
El regreso de tantas obras hoy dio para iniciar una serie de largas conversaciones y negociaciones entre ambos estados. Una cosa es cierta, las dos partes involucradas decidieron llegar a una negociación justa. Así como Alemania volvería a recuperar casi el 100% de su patrimonio cultural, Polonia, que fue un territorio muy bombardeado, sufriendo  también la sed de destrucción con que arrasaba a su paso el ejército nazi en el momento de su invasión, quedó por esta acción la nación polaca sin un 70% de su patrimonio cultural. Ello fue tomado en cuenta a la hora de las conversaciones y restituciones para poder llegar a un acuerdo favorable por ambas partes.
Por los momentos se pensó que las partituras manuscritas pueden permanecer durante un periodo de 20 años en cada país; se mantendrán a las bibliotecas de la Universidad de Cracovia y de Berlín como sedes respectivas. Estos archivos están abiertos a todos los investigadores y eruditos que quieren hacer uso de ellas. Con este hecho notamos que en la guerra no hay nada seguro. Hasta los tesoros mejor resguardados pueden ser destruidos o perdidos, disminuyendo el patrimonio cultural que identifica la historia de un país.

A pesar de los múltiples acuerdos y reconocimientos a artistas infaustamente olvidados o marginados, nuestro mundo se yergue sobre un horizonte inestable, sobre el que se intenta mantener un espíritu democrático universal, con sus matices particulares respecto a cada pueblo y región. La democracia ha permitido dar nuevos giros a la estética y a la vida de los artistas. En la mayoría de todos los regímenes democráticos en las sociedades abiertas, nos encontramos que se ha puesto fin a la condición de una estética impuesta y absoluta, a una teoría de lo bello partidista o ideológica, junto a una postura didáctica o útil del arte como condición de valor. En las sociedades democráticas el artista se encuentra con la necesidad de llevar a cabo su propia búsqueda expresiva e independiente a los gustos de los comisarios estatales o de grupos interesados; he ahí su dificultad en la defensa de su libertad de expresión artística.
Cada quién se reconoce que puede hacer lo que quiera crear y cada artista debería ser su más severo crítico, como defensor, de este sistema; alrededor de él se constituye su público particular. Esta situación la vemos surgir independientemente que el artista sea un continuador del neo-clasicismo o un provocador, permanezca libre o comprometido, sea un contestatario o un conservador. Su interés creador está en explorar posibles vías para mostrar los signos expresivos de nuestros tiempos, signos que en ellos no vemos que provengan, precisamente, de un arte degenerado. El arte actual bien pudiera verse como expresión lúcida (y a veces confusa), de un mundo donde su dinámica nos ha llevado, y puede seguir llevándonos, a una real degeneración y limitación de nuestra existencia recortando y acorralando la prolongación de la vida en el planeta.




viernes, 1 de noviembre de 2019


Sobre la nube te veas:
Theodor Adorno, cincuenta años después

David De los Reyes


Instrumasificación, dibujo de Al Margen



Por los caminos de las ondas y de las nubes de la industria cultural
A los cincuenta años de la partida definitiva del pensador, filósofo, compositor, crítico de arte judío-alemán Theodor Adorno (1903-1969), aquellos que seguimos su obra desde antes y ahora, nos preguntamos: ¿qué de actualidad sigue manteniendo sus reflexiones sobre la condición del pensamiento crítico que propuso en su última obra, Dialéctica Negativa (1965)? ¿Cuán vigente son aún los parámetros del arte y la estética en su Teoría estética (obra inconclusa, publicada en 1971)? ¿Cómo su idea de la ilustración se manifiesta (o quizás no) en los días aciagos por los que transitamos como humanidad y que han sido centro de atención en su Dialéctica de la Ilustración (1944)? Consideramos este último uno de los textos de filosofía más impactantes e importantes del siglo pasado, escrito junto a su compañero de marras y cercano amigo Max Horkheimer.  En el fondo se trata  de comprender nada menos que el hecho del por qué el individuo en lugar de haberse conducido a estadios verdaderamente humanos  se hundió (y  sigue hundiéndose) en un nuevo estadio de barbarie generalizado, ¿globalizado?.
Quienes hemos leído a Adorno sabemos que no es un pensador fácil de digerir. Cumple con seguir la tradición hegeliana de un lenguaje hecho a su medida, elegido para entrabarse con los temas que consideró de vital interés para la posibilidad de un cambio de época y de vida. Su postura filosófica se iniciará por hacer un análisis del racionalismo en su condición de ser  instrumento de libertad y de dominio. Señalando a la sociedad capitalista como la causa de la permanente restricción de las formas del pensamiento y de acción. Es un rechazo a la razón como fin último. Por tanto, a un año antes de su deceso, se opondrá al Mayo 68 francés, criticando su accionismo de protesta a favor de la argumentación crítica. Lo cual provocó que los estudiantes de la universidad de Frankfort rechazaran su opinión, tomando su aula  de clases.
Los textos de la Dialéctica de la Ilustración de su autoría, como el dedicado a la Industria Cultural, han sido objeto de múltiples interpretaciones, usos, manipulaciones y justificaciones para bien o para mal. Por ejemplo, sus consideraciones sobre la masificación aportada por la simultaneidad y repetición de los contenidos a tiempo de velocidad luz gracias a la electrónica. Como concepto, la industria cultural refiere a la desproporcionada valoración instrumental y mercantil de cualquier resquicio  de la cultura. Se trata de cómo opera y qué efectos provee los productos culturales al ser estandarizados y masificados por su perspectiva utilitaria e instrumental. La conclusión es que se llega a la banalización de  toda expresión cultural;  es un apéndice del modelo industrial de producción dominante.
Los índices de la libertad, tan pregonada por la ideología de la ilustración, sufren en su desenlace una reducción y coacción debido a la organización económica, en su dominio indetenible contra la naturaleza. Antes, era propio de ese capitalismo de recuperación postguerra mundial, una opción donde se acentuaba una libertad individual, pero la elección terminó recayendo para siempre en la inercia de lo mismo. Donde las formas de trato se convierten en una formalidad tecno-burocrática, donde la repetición es lo que da contenido y realidad pseudo verdadera, en tanto superestructura reinante. El ejemplo que coloca Adorno es el de una recepcionista de oficina, la cual se ve constreñida a un compromiso obligatorio y aprendido que va desde el tono de voz en atender el teléfono y en la situación más familiar de escoger las palabras para responder a un cliente. La  vida íntima cotidiana se organizada en torno al psicoanálisis o psicología cognitiva y positivista vulgar, de cuadernillo de autoayuda y de coach personal, que es lo que se presenta como la condición adecuada para llegar a alcanzar el éxito en su puesto a destajo. Una condición que transportada a nuestros días, ilustra una forma totalitaria simbólico-digital, hasta en los movimientos más íntimos de cotidianidad, huellas de la industria cultural  se revela y traspasa casi de forma invisible por nuestras vidas.
El concepto marxista de enajenación, (reificación, alienación, extrañeza erróneamente usados por los mismos marxistas), está siempre presente en su mirada negativa en la cosmovisión dialéctica que nos retorna a la imposible salida de este torbellino de signos y símbolos, imágenes y sonidos que nos escupen en todo momento los medios de comunicación para su época. Pero también hoy cuando se torna en un cerco más asfixiante  esa industria de la distensión, de la distracción, de la conformación de pensamientos y lenguaje presentes en todos los dispositivos electrónicos que cargamos sobre y debajo de nuestra piel. Donde lo específico de la vida se convierte en algo absolutamente abstracto pero asentado en la base de la virtualidad realista de las pantallas. Un mundo de publicidad invasora en la red del hiperconsumo simbólico y virtual de un big brother/big data incansable que nos acompaña de forma permanente. De una industria cultural hoy masivamente cibernética y virtual, rastreando nuestras elecciones íntimas para convertidas en posibles manipulaciones instantáneas y reduciendo aún más el espacio de la libertad individual El cerco está hecho, la libertad también está sometida al diseño cultural de la banalización, al que nos exigen que reaccionemos a través de nuestra empatía mecánica digital expresada en conexiones simultáneas y del like “frontal ratonil”.
Adorno pronosticaba la cultura de masas como una prolongación de la publicidad. De una publicidad que bien pudiera ser producto de un capitalismo pulpo, como de un estado monolítico socio/comunista con rostro humano, pero con zarpa de animal rapaz. La publicidad y el marketing digital, que se han convertido en más asertivos ante los incautos consumidores ávidos de nuevos productos ineficaces y succionadores de beneficios y de tiempo de vida, nos anteponen una asimilación forzada como consumidores de los mercados culturales. Los mismos que Adorno intentó desenmascarar en todos sus múltiples significados para su época, como las paradojas del proyecto ilustrado iniciado en el siglo XVIII.
Para los momentos históricos que traspasa su vida el dispositivo tecnológico  elegido fue la radio, fruto mecánico de  ondas hertzianas proclive al avance y expansión de la cultura de las masas. Luego incorporaría en su reflexión al aparato cultural de la televisión. Y hoy lo serían los smartphones perfeccionadores, junto con las redes sociales, de ese peinado masificador del gusto a través de la influencia y  el masaje táctil y perceptual efectuado por la intensa relación del dispositivo cultural de comunicación. Adorno explora un mundo que se le viene encima, lo envuelve e intenta contrarrestar su influencia a través de una alta cultura científica y filosófica en el hacer de la persona como opción de defensa individual. Observó que el cerco electrónico de los medios de antes (y más ahora), inmuniza contra cualquier desviación liberal que pudiera ser presentada por las consideraciones cotidianas del individuo medio de una sociedad. La única dueña de toda esa estrategia era entonces la empresa privada, pero hoy habría que agregar a la dirección de gobiernos únicos y totalitarios en los países del socialismo democrático popular realizado. La empresa, como estos gobiernos castradores de vida y creatividad humana, vendrían a preservar la totalidad soberana en el espacio y en el tiempo, al colocar los productores culturales como mercancía de valores de cambio, pero también como mercancías ideológicas para la legitimidad infausta de regímenes o líderes populistas, reduciendo cualquier posible intervención de otros consorcios civiles en el mercado o de otras posturas políticas más liberales dentro del patio político de un país.
La radio se había convertido, en los años 30 del siglo pasado, “en la boca universal del Führer”. Hitler llegó a todos los rincones de Alemania y a las almas de sus habitantes gracias al paso aéreo de las incisivas ondas hertzianas, transportadoras silenciosas en su navegar, pero portadoras de infaustos mensajes mesiánicos del delirante de las masas, “mediante altavoces en las calles, en el aullido de las sirenas que anunciaban pánico, de las cuales difícilmente puede distinguirse la propaganda moderna”. Lo que viene a corroborar que la política es un brazo más de las compañías multinacionales de la publicidad que junto a los portales de las redes sociales conforman las estrategias de acción para conformar dócilmente, pero con entusiasmo letal, a las masas en la obtención y permanencia del poder. Es lo que se puede observar, de forma más matizada pero más directa y eficaz, con las campañas electorales de un Trump, o con los discursos vociferantes de los populismos de países del Trópico y del Sur. Los medios culturales de manipulación (no de información ni comunicación, que es como se nos venden) hoy más pertinentes, necesarios y más inclusivos en nuestra vida diaria, dan forma a la causa en todos los sentidos, porque la niegan o porque las reafirman, pero la indiferencia no está permitida. La presencia del enunciado en nuestras mentes ya nos da forma a nuestro pensamiento, acosándolo y redireccionando nuestras emociones (negativas o afirmativas) para su causa. La imprenta lo hizo con la Reforma, la radio para el ascenso del nazismo, la televisión para la implantación de la ideología de la publicidad consumista simbólica a la americana y las redes ahora para la implantación de organizaciones multinacionales y globales, tanto a nivel económico como el lastre que pesa en toda condición civil en relación con lo político, recreando un narcisismo electrónico universal y justificando narcoestados multinacionales.
De esta forma las propuestas y conceptos de la industria cultural de masas no han dejado de perfeccionarse. Está dentro de la lógica de la voracidad del capitalismo, del imparable consumo y producción global (China, sobre todo), y la aguda aplicación de los reflejos condicionados de la virtualidad ensambladora de mensajes y símbolos, imágenes y discursos para reducir cualquier vestigio de autonomía personal. ¿Determinismo del logaritmo digital del big brother/big data ? No cabe duda. Y ante ello sólo tenemos la propuesta de diseñar personalmente estrategias de distanciamiento de esa asfixia tecnológica del parasitismo mecánico electrónico por la que transitan nuestros tiempos vitales.
De esta forma podemos pensar que las reflexiones angustiosas y radicales de Adorno ante el cerco del mundo industrializado al proyecto de la ilustración, de esa  modernidad que aspiraba a una vida mejor y más feliz, se hacen más pertinentes.  Plantea hacer una revisión y una actualización del pensamiento crítico y negativo con que el autor de la Escuela de Frankfurt describió toda esta retícula cultural de masas, un mundo más ignorante que nunca, más (y mejor) manipulado que nunca, más confuso que nunca y más pobre en experiencias reales y humanas que nunca. Pero la felicidad llegó en tono de smartphone. La felicidad ahora se llama conexión de masas. ¿Cultura de masas? Si, por supuesto, el individuo autónomo ha dejado de existir, pertenecemos a un magma acuoso de virtualidades sin sentido, apropiándose de toda voluntad independiente de aceptar y construir la tan buscada autonomía del pensamiento junto a su expresión individual, propia de aquel período de oro del iluminismo filosófico y cultural. Muerta la ilustración del individuo quedamos sólo como un reflejo ante las pantallas, la oscuridad ahora se ilumina con la fijeza de nuestra mirada en el flujo de imágenes incesantes y en la nada del suceder de la vida.

Bibliografía

Adorno, Th., 1975: Filosofía y superstición, Capítulo 3. Madrid, Alianza/Taurus.                     
                        2001: Mínima Moralia. Ed. Taurus, Barcelona.                                                             
                        2005: Dialéctica Negativa. Ed. Akal, Barcelona
                        2005: Teoría Estética. Ed. Akal, Barcelona.
                        2007: Dialéctica de la Ilustración, Ed. Akal, Barcelona.

Dependencia, dibujo de Al Margen