jueves, 1 de abril de 2021


David De Los Reyes: 

"No se escuchan y no los escuchamos"

Hugo Prieto (Portal Prodavinci)(*)







El blog Filosofía Clínica, cuyo autor es David De los Reyes*, trata sobre el dolor y su relación con la filosofía. Al principio, el punto de vista era más teórico que práctico, pero posteriormente, lo llevó a una condición de filosofía práctica y una posibilidad de las terapias con relación al dolor físico y al dolor psíquico “que es el peor”. Lo que ha ocurrido en Venezuela es que el Estado se ha encargado de expandir el dolor. “No hay un sentido del bienestar y la condición del dolor pareciera ser la imposición dentro de las políticas que privan dentro del Estado venezolano”.

Actualmente, David De los Reyes es profesor titular de la Universidad de las Artes, Guayaquil, Ecuador. Su blog, que comenzó en 2008, sigue publicándose como vínculo con el país. Veamos cuál es la impresión que tiene De los Reyes del momento actual de la política venezolana. 

¿Por qué las sociedades, en algún momento dado y bajo ciertas circunstancias, tienen la urgencia, la necesidad, de construir la memoria, detenerse en ese hecho como algo fundamental?

El hecho de construir la memoria, al menos en una sociedad que tiene historia, tradición, herencia, tiene que ver con todo lo que ha ocurrido. Es decir, con los destrozos, las guerras, el horror. Se ha hecho en Europa y también en América Latina, en las sociedades contemporáneas, precisamente para no olvidar las gravísimas injusticias que se han cometido y, sobre todo, a las víctimas. Realmente, creo que el tema de las víctimas es lo importante, siempre y cuando se quiera llevar a cabo la imperiosa tarea y la necesidad de construir la memoria. Es, si se quiere, la mejor forma de evitar el olvido y la amnesia social. Pero si hablamos de esto, también tenemos que referirnos a las políticas del olvido. Todo régimen tiene una memoria selectiva desde el punto de vista de su construcción. Todas las naciones tienen una memoria que, al ser idealizada, es falsa, en la cual hay voces silenciadas que no se toman en cuenta. 

En la construcción de la memoria, se llega al punto de erigir un monumento que refiere, necesariamente, a un hecho histórico o a una etapa de la historia. Hablemos de América Latina. Hay un museo de la memoria en Santiago de Chile, al igual que en Bogotá, Colombia. Creo que, en ambos casos, se refleja un fragmento, quizás una visión parcial de la memoria. ¿Cómo podemos evitar la amnesia social? ¿Acaso la memoria no tiene otra cara que es, precisamente, el olvido?

Eso pudiera formar parte de la utilización de los símbolos para construir, también, un olvido. En ese concepto museístico, por ejemplo, se olvidan prácticamente de todos los relatos, de todas las vivencias luctuosas, del duelo, que se debió vivir y que, por otra parte, debe existir en la presencia de la condición de la memoria ante las víctimas de un hecho criminis. Por otro lado, como decía Orwell en 1984, es «la vaporización de los individuos». Se trata, al fin y al cabo, de monumentos de piedra. ¡Y conmemorarán! Pero las muertes no se pueden conmemorar. Es decir, ante hechos tan abismales, como pudiera ser la eliminación del otro, ya sea por ser diferente o por tener posiciones de consciencia distintas al común o a la condición del Estado central, eso no justificaría, de por sí, que haya un monumento que conmemore a las víctimas. Lo que debemos preguntarnos en Chile, en Argentina, en Colombia, en la propia Venezuela, en Nicaragua o en Cuba, es ¿qué políticas llevaron a esas situaciones? ¿Y cómo enmendar las injusticias que provocaron esas políticas, en función de una supuesta justicia o la superación de un hecho conflictivo?

En Venezuela, el Gobierno habla de reconciliación y la sociedad civil de entendimiento. Lo importante, eso sí, tener en cuenta que esas palabras no se usan como sinónimos, entre otras cosas, porque son definiciones clave para caracterizar un conflicto político. Lo pertinente, antes que nada, es entenderse, luego pudiera hablarse de reconciliación. ¿Usted qué cree? 

Lo que pudiéramos ver, si hablamos de la superación del régimen que detenta el poder, es una suerte de autoamnistía, que la están proponiendo sus propios actores, con miras a un acuerdo que conduzca a un nuevo poder. La pregunta es ¿quiénes van a participar en ese nuevo poder? Hay que buscar el reconocimiento entre las partes, hay que integrar a sectores hostiles, que se autodenominan oficialistas dentro del Estado, como parte de un nuevo horizonte político. Lo que pudiéramos ver no es la búsqueda de la justicia, sino una política de olvido que, invariablemente, ha sido una táctica empleada por regímenes dictatoriales en América Latina. Los sectores democráticos quizás se vean obligados a aceptar esa política, tomando en cuenta la asimetría de fuerzas y de poder que hay en la política venezolana en estos momentos. Siempre va a haber un punto donde va a sopesar más la postura del régimen que la postura de un orden —vamos a decirlo así— que busque la superación de la condición de la dictadura, que hoy está presente en Venezuela. 

Puede haber un objetivo plausible que concite la aprobación de una gran mayoría de la sociedad, que no sería otro que la consulta electoral —competitiva y auditable— cuyos resultados sean aceptados por todos. ¿Cómo ve esa posibilidad?

Yo, particularmente, soy bastante escéptico con relación a ese camino. No veo que en la organización de esa consulta —que sería equivalente a un referéndum— participen las personas, de lado y lado, que reúnan la condición de neutralidad. Los grupos de poder los considero bastante distantes. Sin embargo, ese sería el deber ser, en esta situación que, por otra parte, pareciera que no tiene salida, si no se llega a una mesa de discusión, a una mesa de negociación. Ése podría ser un punto de partida, pero no creo que tampoco sea el punto de llegada. 

¿Sería un punto de partida para qué?

Para crear las condiciones que, eventualmente, nos lleven a un período de transición. Allí deberíamos comprender, como tanto se ha hablado, que es necesaria la participación de representantes de todas las fuerzas políticas de la nación —de un lado y de otro— pero que sea, además, una transición para que surjan otras opciones, desde el punto de vista del relevo generacional, dentro de la política venezolana, que hoy no se dejan representar o visualizar, pero ciertamente existen. Sería un momento para impulsar una posición más inteligente, menos salvaje. Ése sería el deber ser, pero no le veo esas cualidades a las personas que detentan el poder y lo digo, entre otras cosas, por lo que hemos visto en estos 20 años. Por eso dudo y soy escéptico ante lo que sería una propuesta de reconciliación y de búsqueda de la verdad, desde el punto de vista político, para un nuevo orden en la nación venezolana. 

Los venezolanos no podemos eludir la responsabilidad que tenemos ante una crisis económica pavorosa, ante una emergencia humanitaria compleja, ya prolongada y extendida. ¿Cuál es la actitud que debe prevalecer?

Atender, en este momento, las necesidades que enfrenta la población venezolana. Hacia allá es lo primero que (los actores políticos) deberían apuntar y, por otro lado, buscar la ayuda internacional requerida —no sólo de los países que apoyan al régimen, sino de otros países que han manifestado su disposición a ayudar— para revertir las condiciones infrahumanas en que se encuentran, prácticamente, 30 millones de personas en Venezuela. Ése sería un punto de partida. No para que los personeros del régimen, insisto, decreten algo parecido a una autoamnistía, sino para que veamos una actitud diferente, realmente conciliadora, que nos lleve a la consulta electoral, a una reinstitucionalización de la democracia y a un periodo en el que abordemos el tema de la justicia ante lo que se ha vivido en estos 20 años por parte del régimen. 

La realidad, duélale a quien le duela, es que el chavismo no es un adversario derrotado, a quien se le pueda juzgar como si hubiese, de por medio, una «rendición incondicional». Todo lo contrario, han puesto de rodillas a la sociedad venezolana. ¿Qué queda entonces?

El concepto de justicia tendrá que discutirse para llegar a acuerdos, en cuanto a quién y qué debe ser tomado en cuenta. Tiene que haber un reconocimiento de las víctimas, de lo que han padecido. No sólo en cuanto a muertes, sino a la violación de sus derechos humanos —las prácticas de tratos crueles y torturas—, a la privación de su libertad personal dentro del contexto de lo que hemos vivido. Eso es, al menos, lo que debería plantearse. Pero en el momento actual, más bien, deberíamos hablar de una filosofía de la espera, porque no hay condiciones, vamos a decirlo así, de llevar a cabo actos de justicia de manera inmediata. Habría que mantener la pregunta sobre ¿cómo se construye la justicia dentro de la barbarie en la cual se ha anclado la sociedad venezolana a partir de los últimos 20 años? Lo que uno ve es que la condición del estado de excepción ha sido permanente y en ese contexto se han cometido crímenes como la eliminación de individuos por parte de grupos paramilitares afectos del régimen. Lo que vendría a ser una especie de depuración salvaje. También deberíamos comprender que de la otra parte podría surgir algo similar a esta especie de depuración salvaje, al no haber instituciones que apliquen un ordenamiento jurídico, dentro de las cláusulas que se planteen como parte de esta postura de negociación. La Comisión de Determinación de Hechos de Naciones Unidas ya se pronunció en cuanto a los crímenes de lesa humanidad que ha cometido el Gobierno del señor Maduro. Entonces, hay una esperanza de que, en algún momento, pueda haber justicia. Hay un reconocimiento y la victoria no ha sido como ellos la prefiguran a través de los medios de comunicación. 

Dialogar se ha convertido en una enorme dificultad. Entonces, ¿cómo puede haber negociación? Uno ve que hay una aproximación con el sector empresarial, que una delegación del reino de Noruega se reunió con voceros del Gobierno del señor Maduro a comienzos de este mes, uno ve pronunciamientos de la sociedad civil que buscan el entendimiento. Pero en realidad, no hay instancias de diálogo que estén funcionando. Y mucho menos instancias de negociación. ¿Cómo contraponemos el deseo a la realidad?

¿Adónde nos conduce, por un lado, el deseo? Todos quisiéramos que se llegara a un diálogo en el que no hubiese un enfrentamiento bélico, que es lo que, posiblemente, en algún momento, pudiera haberse planteado. Pero no creo que tal cosa tenga razón de ser, bajo las condiciones actuales del país. Al menos lo veo así. Una cosa es el deseo y otra la realidad. El deseo vendría a ser la postura un poco idealista, ¿no? En cuanto a que un régimen pueda dialogar con aquellos que no tienen la fuerza, ¿cómo se llega a dialogar en una relación, prácticamente, de amo y esclavo? Si el esclavo ha superado esa condición y ha vencido el miedo a la muerte, pudiera enfrentarse al amo. Pero en esa dialéctica del amo y el esclavo, ¿quiénes serían los esclavos? Todos los venezolanos que no estén amparados o dentro del régimen. Entonces siguen manteniendo la postura que no pueden dejar de mantener. Es decir, una postura de debilidad. Prácticamente de desdoblamiento humano con relación a las condiciones de la realidad. Quizás lo que podamos observar es que más que un cambio político factual, de hecho, lo que estamos negociando es una permanencia donde se dé la apertura a una cierta tolerancia, una cierta injerencia, una cierta atención a las fuerzas vivas y medio vivas que puedan estar en el país. No sé cómo se pueda dialogar con un régimen que, finalmente, lo que ha demostrado es que se decida a la conveniencia de su posición. A mí me resulta una técnica muy cubana, de darle largas al diálogo, de empastelarlo todo, para mostrar ante la diplomacia internacional que se está haciendo algo.   

¿Qué nos queda entonces?

En la relación del diálogo debe haber, al menos, unos resultados que, además de fiables, sean vistos y conocidos por todos. Y no dentro de unas cúpulas donde las discusiones terminan siendo silenciadas para la voz común de los venezolanos. Mientras no haya esa transparencia por parte de un Gobierno como el que tenemos, en cuanto a las acciones que se acometen con respecto a evolucionar, más allá de posiciones que hoy están ancladas e inamovibles, prácticamente estamos en un diálogo de sordos. No se escuchan entre ellos y no los escuchamos nosotros. 

Tanto en Europa como en América Latina hay experiencias útiles de diálogos que han contribuido a crear las condiciones para una negociación, así como la creación de mecanismos para que los acuerdos puedan ser verificados. ¿Por qué no podrían funcionar en Venezuela?

Las experiencias existen en Colombia, Perú, Argentina y Chile. Pero en Venezuela hay una particularidad, porque intervienen no sólo factores nacionales sino internacionales, que tienen unos intereses muy específicos dentro de lo que es la geopolítica de nuestro país. Entonces, el diálogo no es entre dos partes que están en discusión dentro de un territorio, sino que también (en ese diálogo) van a tener injerencia esos factores externos. No es un diálogo de un conjunto de pares, sino un conjunto mayor. En ese contexto, los factores externos podrían obstaculizar el diálogo. Por otra parte, lo que hemos encontrado es una reorganización total de la sociedad. Y no es algo que viene solamente de los intereses de un grupo nacional. Estamos hablando de toda una propuesta que está dada a nivel internacional y que viene a conformar un polo —un grupo de países—, en los que la democracia representativa, la democracia liberal, con visos socialdemócratas, está fuera del tablero. 

¿Usted cree que el chavismo modificó la sociedad venezolana hasta ese punto?

Creo que sí, una generación son 25 años. Los venezolanos que nacieron en 2000 no tienen ninguna referencia, ninguna experiencia en un ejercicio político que no sea el chavismo. Lo encontramos en el lenguaje, en los símbolos, en todos los cambios de una estética política que está muy presente dentro de ellos. Y, por otra parte, elementos que vienen de muy atrás: la exaltación del presidencialismo y de lo militar dentro de las condiciones de la vida política venezolana. No hay alternabilidad en el poder y, por tanto, la elección de un individuo que desarrolle, dentro de las prácticas democráticas, una política sensata, o certeras, desde el punto de vista de las necesidades del país. Lo que hemos visto es una discriminación, un desplazamiento de aquéllos que hemos practicado y que hemos creído, dentro de una democracia, tener no una pugnacidad sino, al menos, una capacidad de acción. 

Dentro del pesimismo, de los argumentos que ha enumerado como parte de esta conversación, ¿usted cree que en Venezuela hay posibilidades de que se respeten los Derechos Humanos? ¿De que podamos reinstitucionalizar el Estado y recuperar la democracia?

Si cabe esa posibilidad, sería a largo plazo, porque los actores que tenemos hoy en día —chavismo y oposición— no son los más idóneos para llevar a cabo esa tarea. Antes de recuperar la democracia, pienso que hay que recuperar las instituciones. Y eso va a tomar un tiempo. Hoy nos han reducido a una vida de supervivencia y eso no es una vida democrática.

*Licenciado en Filosofía, UCV, 1981. Máster en Filosofía, USB, 1990. Doctorado en Filosofía, USB, 1998. Estudios y Trabajo Postdoctoral, Universidad Neuchatel, Suiza, 1998-2000. Estudios completos de música en el Conservatorio «Juan José Landaeta», 1977.


(*) Entrevista publicada en el portal Prodavinci el 14/02/21: David De los Reyes: “No se escuchan y no los escuchamos” – Prodavinci

 El adoctrinar supone vía para ‘infantilizar’

Entrevista a David De los Reyes 
por el periodista Alexander García 
(El Comercio, Ecuador) (*)

Fragmentación Vegetal - DDLR2021
@RedesSocialesVegetales







 


La incitación al miedo es una de las prácticas adoctrinantes que condiciona y reduce la libertad de pensamiento y anima a reacciones viscerales, según el profesor y filósofo venezolano David de los Reyes, quien ahonda en el tema en esta entrevista. 

¿Por qué seguimos siendo susceptibles al adoctrinamiento en pleno siglo XXI? 

Existe desde siempre en los grupos humanos, es una condición de lo tribal, que se relaciona con lo emocional, en vez de con una ética comunicativa y racional. Y busca el efecto de adhesión y la incorporación a una visión del mundo en función de los intereses de una élite, de un grupo, de un gobierno o de una determinada concepción política. Se trata de influenciar las conductas de las personas bien por educación o por efecto de repetición de la propaganda. 

¿Se diría que es una especie de fábrica de cretinos? 

(El filósofo alemán Immanuel) Kant formula en un texto periodístico lo que es la ilustración, lo contrario al adoctrinamiento, el lado opuesto al dogmatismo y a la aceptación ciega. El texto de Kant, que siempre recomiendo, se titula ‘¿Qué es Ilustración?’ y allí habla de la minoría de edad, pues adoctrinando a un individuo no se busca otra cosa que convertirlo en un menor de edad, someterlo a la autoculpabilidad de no crecer desde el punto de vista de su conciencia y razón, siempre sometido a los dictámenes de otro... 

¿De qué hablamos cuando nos referimos al adoctrinamiento?

 Estamos refiriéndonos a un control mental de parte del grupo que adoctrina a un individuo. Y esto va a romper la posibilidad de expandir en ese individuo la autonomía y la libertad pues va a estar circunscrito a los límites que le imponen, por el temor, por medio del castigo, terminando sujeto a unos dogmas, conductas, visiones o formas de pensar del mundo. El adoctrinamiento procura un confinamiento no sólo del pensamiento, sino el sometimiento del individuo y su anulación. 

¿Es la propia educación una forma de adoctrinar? 

educación debe formar en cuanto a unos encajes conceptuales, a procedimientos y lógicas. La buena educación es la que puede relativizar ciertos valores históricos de una sociedad y rehuir a estas verdades absolutas, sediciosas, dogmáticas. Dentro de la educación pueden haber momentos de adoctrinamiento, pero ello no quiere decir que involucione al individuo a quedarse dentro de unos cánones y formalidades. La buena educación busca en el individuo motivaciones para su autonomía. 

¿Cuáles son los peligros del adoctrinamiento?

 Involución. Viene a crear sociedades estacionales, donde el individuo termina siendo prácticamente un ratón dentro de la ratonera que es el grupo, la tribu, el estado, la nación o del régimen, para el que la libertad individual es engorrosa, un obstáculo para sus fines. 

¿El adoctrinamiento elimina la deliberación y la sana confrontación?

 La idea no es apabullar a través de mi discurso al otro, lo cual sería adoctrinar. Lo importantes es el debate, la posibilidad de desarrollar la libertad de expresión, que se confronten las ideas y los hechos, que se corroboren los valores en la práctica social. 

¿Es algo solo de regímenes totalitarios?

Lo que sucede es que en los regímenes totalitarios el adoctrinamiento se vuelve sistemático, pero en las democracias estas prácticas adoctrinantes son más comunes a nivel de grupos, de dispositivos legales o al interior de colectivos, asociaciones, organizaciones sociales, políticas o religiosas. Todo individuo que se incorpora a un partido político, por ejemplo, recibe un adoctrinamiento. 

¿Cómo limitar estas adhesiones ciegas? 

Primero viene desde el orden familiar. Si en la familia se cultivan valores adoctrinantes los niños tendrán por mímesis esa misma visión de mundo. En una sociedad que pugna por una educación para la autonomía, para la libertad y la vida democrática se debería deslastrar ese tipo de idiosincrasia. Sería un ideal. Por otra parte están los ‘fake news’ (noticias falsas) que se expanden por medios tecnológicos y pueden resultar en manipulación y adoctrinamiento si no se corroboran. La confianza que uno puede tener en los medios es la de la asertividad de la información y el beneficio que proporciona a la sociedad. La posibilidad de liberarse del lastre de un adoctrinamiento ciego, dogmático y fanático es una condición del ejercicio personal, de una mejor formación y educación; pero también depende de instituciones que respeten la posibilidad de una visión abierta del individuo y de la sociedad para confrontar ideas.


(*) Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:https://www.elcomercio.com/tendencias/entrevista-david-reyes-adoctrinar-infantilizar.html#.YEfEpWIwOel.whatsapp. 


Los días de Hesíodo
y los trabajos del emigrante
David De los Reyes, UARTES - Guayaquil


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El mayor campo de refugiados del mundo: Dadaab, Kenia (África). 


Vivimos en una época de intensa emigración permanente alrededor de todo el mundo. Una emigración surgida, la mayoría de las veces, por  la fuerza y las circunstancias extremas de los países; por las condiciones inhumanas, injustas, carentes, criminales, bélicas que distinguen a muchas naciones que son manejadas por gobiernos dictatoriales, criminales, fallidos y de fuerza, cuya característica y condición principal es el empobrecimiento sistemático de sus habitantes tanto a nivel material como espiritual, intelectual y vital. 
Las más de las veces, al salir del país de origen en busca de nuevos horizontes, la vida no se hace fácil, y tenemos que comenzar a reestructurar nuestras vidas, nuestras costumbres, nuestros valores y nuestras formas cotidianas de hacer. Pero lo insoslayable que se nos presenta al dar este salto, a veces desesperados, otras con buena acogida por amigos o familiares que ya residen  a donde  hemos elegido emigrar, es tener la actitud para aceptar la necesidad imperiosa de trabajar y hacer la faena de la mejor forma para el acoplarse a la nueva situación y obtener la superación de carencia por la que se tiene que vivir al pasar esa línea fronteriza que nos aleja de nuestro territorio natal. Además de conocer y adentrarse,  vivir y explorar  las ancestrales y presentes culturas a las que nos vemos inscrito en el nuevo hábitat elegido o permitido dentro del abanico de posibilidades geográficas.  Hesiódo, ya en la antigüedad del mundo griego, reflexionó acerca de ello y hoy volvemos a retomar sus palabras   como inspiración y ejemplo del  emigrante que va a nuevos derroteros para enderezar  su vida abrirse con sus propias fuerzas y habilidades, con sus propios valores éticos (y religiosos para quien los tenga), gracias por su labor, a donde hemos llegado para continuar nuestra propia historia personal.      
Hesíodo es uno de los autores clásicos del mundo griego, e igualmente,  ciertos estudiosos de su obra le otorgan la condición de haber sido el primer filósofo del mundo helénico, al encontrar en sus palabras la alusión al ser y lo cambiante que constituye esta identidad ante  un mundo (de los entes) fenoménico. Sabemos que vivió  entre el siglo VIII y VII antes de nuestra era, es decir, entre el 800 y 700 del mundo antiguo. Hesíodo se le conoce por dos obras, Teogonía, que describe todas las burradas, virtudes y fantasías míticas de los dioses griegos, y un libro más humano, Los Trabajos y los Días, que es el que nos interesa aquí, cuya primera parte no deja de estar salpicado por la visión divina del destino determinado por edades, por parte de ese padre vengativo y hedonista nombrado como Zeus, respecto a los hombres. Y una segunda sección donde encontramos un conjunto de recomendaciones para los nuevos colonos y trabajadores de ese período ancestral de occidente; toda una lista de buenas propuestas para sobrevivir luego de buscar tierras dónde asentarse y recrear, una vez más, la vida humana en común.
Sin embargo, lo interesante de esta obra, por otra parte, es que es un ajuste de cuentas. ¿Ajuste de cuentas dije? Si, un ajuste de cuentas.  En el escrito encontramos el nombre de su hermano, Perses, que es a quien va dirigido, o para quien fue escrito. Los trabajos y los días contiene una serie de recursos y declaraciones muy de su entorno helénico, todo un catálogo de disposiciones positivas para la vida común y del emigrante: actitud de los dioses y su poder ante los débiles y sufridos seres humanos, consejos de conducta, observaciones de vida, calendarios de los días adecuados para las faenas, y toda una relación de lo que debe ser el condenado y sudoroso trabajo honesto para los hombres que quieran, como se dice, agarrar los cuernos del toro de frente.
Una doble verdad  se desprende de sus páginas. La actitud proba que debemos mantener ante nuestra labor diaria.  Del trabajo no podemos escapar, por ser necesario para subsistir, es un pesar que debemos soportar los hombres durante la vida, pero si queremos, el trabajo forja un destino insoslayable y sólo aquel que esté dispuesto a enfrentarlo, en asumir el qué-hacer cotidiano es quien podrá con él, y doblegarlo para su bienestar. Fuera los holgazanes,  serán perseguidos los zánganos, mal vistos los ociosos sin causa o con causa por no hacer nada  y vivir del trabajo de los demás. Postura radical ante la labor, pero que en un mundo de carencias, como era aquél en el que vivió Hesiódo, no se podía distraerse y asumir una vida sin un orden estricto y secuencial, reiterativo pero vital para la conservación  y lo que pudiera llamarse hoy por buen vivir.
Es un libro que fue útil para los griegos en su momento de expansión colonizadora a territorios inhabitados del mar Mediterráeno y proclives para la  supervivencia y negar la adversidad del pasado personal y colectivo. Lo llevaban como preciada pertenencia algunos colonos o emigrantes que buscaban escapar de las carencias donde habitaban, de tierras infértiles o lugares hostiles por los habitantes de los alrededores, de dominios por estados extranjeros, guerras permanentes genocidas, de territorios pobres en nutrientes, de geografía difícil de doblegar para una mejor vida. Texto apreciado y atesorado por estos viajeros   que sabían  la ardua labor que les esperaba. Fue un libro para el viajero que buscó un destino y un espacio que, con trabajo, podía llegar a ser  provechoso y en los que se pudiera establecer la continuidad de la familia, de la vida y de la cultura helénica en expansión al abandonar regiones ya invivibles por condiciones políticas o naturales, y obtener los recursos vitales dentro de una cotidianidad empobrecida.
Y por otra, esta obra, como se dijo, contiene y expresa  una confrontación  entre hermanos. De los conflictos fraternos gracias a las malditas herencias familiares donde,  a la muerte del padre, comienza a emerger lo más bajo de los instintos y miserias entre hermanos, la ambición que siempre va atada a la mezquindad personal, signo  visual del fracaso de familiares o hermanos. Perses será la postura del ambicioso, en esta tragicomedia antigua; Hesíodo, aquel que, a pesar de saber cómo invertir lo obtenido para el provecho familiar, tendrá que entregar buena parte de su herencia a su hermano dilapidador a la fuerza e injustamente. ¿Cómo trascurrió este pleito entre hermanos?  Perses demandó a su hermano ante los tribunales  y los jueces dictaminaron a favor del despilfarrador por ser el mayor. Una historia que se repite hasta la saciedad aún en nuestro tiempo presente. Al obtener este botín, Perses, por sus andanzas y procederes, vuelve a estar en la penuria, propio de una vida sin trabajo y excesos, de zángano y sin responsabilidad ante lo que se tiene. Y vuelve a exigir más ayuda a su hermano Hesíodo,  quien se negará, en esta oportunidad, auxiliarlo otra vez a costa de la herencia de su padre; de un padre común que había vivido del cabotaje en las costas occidentales de Anatolia (hoy Turquía), y  terminó arruinado, regresando a las tierras de sus ancestros, Beocia (zona occidental de Grecia), dedicándose a la agricultura y al pastoreo, lugar donde nacieron, en la  población de Ascra, sus hijos. Esta vida de colonos pastores marca a  Hesíodo, y será el contenido experiencial de su  reconocido escrito sobre los días y sus labores pertinentes. Ambos hermanos  no tuvieron otra opción en su juventud que dedicarse a tales oficios a campo abierto. Uno saco provecho y otro, su ruina.

La aparición de la inspiración poética de Hesíodo ha sido relatada por él mismo, el momento en que las musas se le aparecen un día,   mientras estaba  como pastor, cuidando un rebano de ovejas al pie del verde y bucólico monte Helicón. Tal don poético lo impulsa a crear y ser vencedor en la ciudad de Calis, ante el insuperable bardo Homero en un certamen de poesía; este premio lo gana, según narran,  a que el poeta de la Ilíada escribió sobre las atrocidades de la guerra y el beocio pastor, sobre las bondades de la  paz. Parte de su obra  está inspirada por la tradición oral de la mitología de los dioses, proporcionando toda una particular genealogía de los dioses olímpicos como la conocemos hasta el presente; antes de Hesíodo sólo se tenía conocimiento de ellos por ser transmitida de forma oral y sin una clasificación certera y jerárquica de cada uno. Su Teogonía será una transcripción de las creaciones, aventuras y ocurrencias mitológicas de los dioses bajo la dominación del patriarcal Zeus.
Las palabras que dirige a su hermano en Los Trabajos y los Días,   con lo que quiere decirle unas cuantas verdades, comienzan advirtiendo las distintas edades por las que ha tenido que pasar el hombre. Su creador, Zeus, al ser engañado y robado el fuego por el hombre, va a crear, en venganza, una diosa maligna, Pandora, que hará justicia divina, expandiendo los peores males sobre la tierra de los humanos, dejando dentro del cofre, la Esperanza.
Su voz  narra la condición de los seres a su paso por distintas edades míticas, en que aparecen y desaparecen sin dejar herederos. Comienza con la paradisíaca  edad  de oro, donde se vivía exentos de males y en plena armonía, libre del trabajo y enfermedades, sus habitantes eran dioses. A esta sucede la edad de plata, tiempo en que los primeros cien años de todo niño era criado por su madre, pero sin ninguna inteligencia, abrumados por sufrimientos a causa de la estupidez, síntoma de tanta protección maternal; tampoco honraban a los dioses: fueron dichosos subterráneos. La edad de bronce, semejante a la de plata, sus habitantes tenían sólo la preocupación de injuriarse entre ellos, no comían trigo, eran feroces y duro corazón como el acero: grande su fuerza, armas de bronce, moradas de bronce, trabajaban el bronce; semejante a la invasión de los dorios, cazadores y guerreros nómadas, que llegaron desde los territorios del norte de Grecia a dominar todos los pueblos establecidos; un tiempo en que comienza a tener serias dificultades las condiciones mínimas de la vida humana. La edad  de los semidioses, donde por sus luchas y guerras entre ellos, van a  ser sometidos por Zeus y llevados a la isla de la Bienaventuranza, allende el profundo océano, donde tres veces al año la tierra da frutos. Y la última edad, en la que viven estos hermanos desavenidos, la edad del hierro, donde los males han sido expandidos, el trabajo y la miseria los abruma en todo momento, las enfermedades están en todo lugar, la envidia corroe y la carencia lleva a la necesidad de exigir trabajar para ganar con el sudor de tu frente el pan, como dirían luego los cristianos, donde los hombres son destruidos por los dioses cuando sus cabellos se tornan blancos. Nosotros, pudiéramos especular con Hesíodo, vivimos en la edad de lo inmaterial, de lo virtual, de lo digital, que funge como moneda y elemento etéreo por el cual transcurren nuestras vidas amarradas al dispositivo del computador, aliñado dolorosamente todo ello con las grandes pandemias de masivas emigraciones a nivel global, donde el entorno se vuelve  más angustioso, carente, destrozado y violento en todos los sentidos posibles que en aquellos tiempos pasados, y una vida urbana de continua evasión y distracción que viene a permear narcóticamente nuestras míseras y aceleradas existencias. 
La condición que observa Hesíodo de estos hombres de la edad de hierro no es nada alentadora, son violentos, tramposos e inicuos. No saben de dignidad ni de humildad, sólo de engaño y perjurio, algo muy normal hasta en nuestros días. Una  visión bastante pesimista por realista del hombre en todos los tiempos.  Donde no han tenido la osadía de abordar la vida a través de las diosas Edo (representante de la humildad, la modestia y pudor) y de Némesis (aquella diosa que aplica la justicia retributiva, la solidaridad, la venganza y el equilibrio ante los excesos humanos). La edad de hierro es una era donde esta diosa ajusticiadora, Némesis, se enfrenta refrenando a los hombres que piensan tener derecho ante los demás por el uso de la fuerza, donde los hijos ya no obedecen a sus mayores, y su mano empuñando la espada del castigo divino, lacera toda desmesura. Asume la difícil tarea de repartir la felicidad, midiendo su grado en los mortales que han sido favorecidos en demasía y sin justificación alguna, por la otra diosa, Fortuna.
Así el texto nos lleva a un recuento de las atrocidades y castigos que imponen los dioses a los hombres por sus excesos y acciones. Un mundo mitológico pero humano,  proclive a la religión y al dogma, donde todo queda sometido a fuerzas invisibles, cuando la ignorancia y la razón se nublan para la mente humana, alejando una mirada justa de la vida individual y colectiva, junto a su condición trágica, mortal.
Esto lleva a Hesíodo a dictar a Perses, a través de sus palabras, la necesidad de mantener y obtener a lo largo de la vida un sentido de la justicia, un rechazo de la violencia, pues es el dictamen que exige el dios mayor, Zeus, para los humanos. Donde el trabajo justo y autónomo, pero vinculado con la comunidad cuando la haya, vendrá a ser la superación del hambre y la miseria general; gracias a esto,  no se incurrirá en aparecer y persistir en carencias y dificultades por desatención al orden que impone y nos exige la vida; sólo quedaría detestarnos por negar, insistentemente, la labor proveedora de justo sustento,  por nuestra acción. Al abocarse estos emigrantes colonos campesinos a su faena,  obtendrán el  beneficio de  Démeter, la diosa de la tierra, que procurará llenar los graneros gracias al buen y atento cultivo del suelo habitado. El hambre es la compañera inseparable de los ociosos, seres que serán odiados por no hacer nada para cambiar su condición; son  vidas determinadas y condenadas por la envidia,  al mirar a aquel que se ha enriquecido por su labor. Se trabaja no para el lujo y la exhibición de oropeles y fatuidades, sino para no padecer necesidad, ni cubrirse con el manto de la carencia perpetua: se trabaja para llenar los graneros, es decir, tener el buen alimento de los días trabajados. Los holgazanes son vistos como zánganos, que devoran la miel de las abejas trabajadoras. Sin embargo los dioses son calificados como dadores de bondades,  y considera, nuestro antiguo autor, que estas riquezas son las mejores; la peor riqueza de todas es la obtenida por el robo.
Un principio dirigido a su hermano Perses era el de aspirar a riquezas obtenidas por el esfuerzo cotidiano. Así llega al corolario ama a quien te ame, ayuda a quien te ayuda, da al que te dé, pero no des nada a quien no te dé nada, lo cual aplico a aquél.  Pero es, también, un principio ético de buen vecino,  con quien se deberá tener una constante y cultivada política de ayuda mutua en los buenos y en los malos tiempos por venir. Y, sobre todo, atender al proceso que conlleva todo trabajo, he ahí sus palabras: Hártate de beber al principio y al final, pero no cuando estés en la mitad, pues no sabes cuán largo será el trayecto que deberás recorrer.  Sólo antes y después de la labor realizada es que podemos festejar, celebrar en nuestras vidas; en el proceso de la labor desempeñada abstenerse es lo  preferible, para no distraerse y perder lo ya producido.
De lo mínimo que exige para iniciar la vida en otro lugar serán tres las condiciones exigidas: casa, mujer y animal para arar. Ante todo procura tener  una casa, una mujer y un buey de labor. Una afirmación que aún hoy debe ser seguida por todo emigrante. Es lo indispensable para asentarse en un nuevo espacio. Todo exiliado  de una u otra forma, en una u otra época, siempre ha requerido eso, un  techo que acobije, un ser que nos acompañe y ayude, junto a una labor y habilidades e instrumentos de trabajo que nos lleve a procurarnos lo necesario para una vida proba. Luego está la importancia de mantener un orden, una continuidad del hacer cotidiano productivo: el orden es la mejor de las cosas para los mortales, el desorden la peor. La imprudencia esta en nuestro obrar y ésta, si sólo está aliada al dinero, se convierte en el alma de los miserables mortales.
El uso de la expresión de la palabra, la oratoria cotidiana, el uso del lenguaje, es tomado en cuenta por Hesíodo, pues considera que la palabra pronunciada parsimoniosamente es un tesoro excelente entre los hombres, ya que la gracia de las palabras esta toda en su mesura. Saber medir las palabras que pronunciamos nos da un sentido de armonía ante aquel que nos escucha al pronunciarlas y de un pensamiento que se adentra en un orden medible y vivible, adjunto al honesto hacer.
De todos los días del mes Hesíodo da unos que son más proclives para hacer ciertas cosas que otras. Es un orden algo azaroso, casi subjetivo o dispuesto por su experiencia personal en el territorio helénico donde habitó. Esto nos da a entender que tenía muy en cuenta los cambios atmosféricos y geográficos, aunado a una sucesión de acciones para la buena labor cotidiana, semanal y mensual; es lo que hoy llamaríamos como su agenda laboral. De esta forma nos dará de los treinta días del mes una docena de ellos especialmente dedicados a labores importantes, los demás vendrán a ser secundarios.  Como ejemplo de lo dicho este griego observa que el décimo día del mes es propicio para la generación,  para el engendrar hijos la pareja, o la subjetiva apreciación sobre el veinticuatroavo día del mes, que será mejor por la mañana y por la tarde es menos bueno. El peor día del mes, el más peligroso y terrible, es el quinto día. De ahí pueda que venga esa superstición itálica de ciertos días propicios para la mala suerte, como el trece y el martes tan común en nuestra habla común.
Con estas líneas hesiódicas  hemos querido presentar un texto clásico que, no por haber pasado veintiocho  siglos, ha dejado de hablarnos sobre todo para aquellos que hemos emigrado por inhumanas condiciones de vida de nuestros territorios nativos. Nos da una serie de  reflexiones que nos muestran una sabiduría para el proceder del hombre de todos los tiempos. El hombre se debe al buen trabajo. El trabajo no es visto como un mal; todo trabajo porta consigo su dignidad cuando está bien hecho y no a costa de la explotación y viveza sobre otro semejante. Tampoco se refiere al trabajo del esclavo. Tampoco el de un hombre sometido al amarre de un salario para subsistir. Se trata del trabajo que requiere hacer aquel hombre que quería ser autónomo, vivir sin carencias o con las mínimas, de respirar aires de libertad en otras tierras dentro de los límites de la vida sencilla y de los pequeños placeres que nutren la felicidad de la labor hecha. Una ética para todo emigrante, para todo aquel que busca nuevos horizontes donde asentarse para la obtención del principio de la diosa Pachamama andina, el buen vivir o, como diría Aristóteles, una vida buena. Solo el que sepa enfrentar el trabajo sabrá como surgir airoso de él. En esto radica todo.   
Leed a Hesíodo, y sacad vuestras propias conclusiones de emigrante.

Guayaquil 20 de marzo de 2018

Referencia electrónica:
Hesíodo: Los trabajos y los días.



lunes, 1 de marzo de 2021

 

Mauricio, Ecce Hommo *

David De los Reyes




 

A la memoria de Mauricio Navia 1956-2018

I

Nos conocimos en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Corrían los últimos años de los setenta del siglo pasado. Nos encontramos con una escuela que nos daría una formación clásica, moderna y contemporánea de la filosofía. Sin embargo, entre muchas de las materias que veíamos a lo largo del ciclo normal de nuestra formación, en varias nos inscribimos de forma entusiasta. ¿Cuáles fueron esas materias? Las concernientes con temas de estética y arte, los cuales serían de importancia para nuestro desarrollo posterior como docentes, investigadores o simplemente como jóvenes curiosos y diletantes en relación con los problemas de la filosofía del arte. Esas materias las impartieron profesores queridos y recordados. Estaban Victoria de Stefano, José Luis Ruggeri, Francisco Romero, entre otros. En el caso de Victoria de Stefano nos encontramos con la presencia de una madura y personal reflexión en torno a la novela, el romanticismo, la filosofía hegeliana y las relaciones que se extendían a la obra del filósofo húngaro de la corriente marxista estética György Lukács, así como también con el inclasificable pensador Walter Benjamin. En el caso de Ruggeri nos presentó temas apasionantes, bien por juventud o por sentimiento de cuestionamiento y otras miradas al arte y la vida, a través de su relación con la estética anarquista y la relación entre Wagner y Nietzsche. Romero, gran lógico y pianista español enraizado en el país desde muchos años, nos dictó uno de los seminarios más intensos y densos sobre música medieval y sus relaciones con la escolástica y la filosofía. Además de estas materias estaban las obligatorias de distintos autores clásicos, Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Descartes, Spinoza, Vico, Kant, Hegel, Nietzsche, Marx, Freud, Foucault, entre otros. Fue de esta manera como nos fuimos dando cuenta de la amplitud del pensamiento occidental y sus variaciones filosóficas. Un largo camino con muchas bifurcaciones entre las que debíamos escoger por dónde tomar la senda del ser filosófico personal.

Mauricio al graduarse de licenciado, se dirigió hacia varios cauces del conocimiento de marras. Se fue a México a realizar estudios de cuarto nivel en la prestigiosa UNAM. Allí vino con un equipaje filosófico que lo llevaba por dos caminos ya inseparables para él, y a los que sería fiel a lo largo de su trayectoria como pensador. Eran la estética y la ontología. Su tesis de maestría la defendería en el Instituto de Filosofía de la UCV en torno al pensamiento de Marcuse y sus afiliaciones político-estéticas entre el eros y la civilización, animadas por los coqueteos hegelianos del autor alemán. Una vez obtenido su grado de maestría en el Instituto de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela, se desplazó a su anhelada ciudad de Mérida y su sempiterno cordial ambiente andino para la creación, el arte y la filosofía.

 

II

La Universidad de Los Andes vendría a convertirse en su bunker creativo, su campo de acción filosófica en los más diversos temas del pensamiento. Además de ontología y estética, estarían también los de la filosofía de la educación, la filosofía política, los filósofos presocráticos, y en especial su permanente amor por el oscuro y solitario Heráclito de Éfeso. En el departamento de filosofía de esa institución se encontró con otro gran entusiasta de la filosofía del arte, de la educación estética y la poesía, me refiero a su amigo Luis Alberto Arvelo, que se especializaba en filosofía alemana y debatía entre autores como Schelling, Hegel y Nietzsche en su discurso; este filósofo-poeta acentuó siempre la necesidad de la educación estética del hombre para la transformación de la sociedad.

Esto permitió a Navia encontrarse con una muy buena tierra abonada para su andar inteligente por la reflexión teórica, y perfilar un desarrollo exponencial de la filosofía dentro de la Facultad de Humanidades de la ULA. Y a su vez, pudo proyectarse personalmente en casi todos los espacios del interés intelectual, cultural y artístico de la ciudad de Mérida. La filosofía había vuelto a tomar cuerpo y por ende presencia cultural y cívica, gracias a la gallardía de los docentes de su departamento académico. Un retorno empoderado dentro de una tradición muy merideña, pues la universidad había salido del Seminario de Mérida, que luego se transformaría, con la independencia y la república, en universidad.

Mauricio intuyó muy bien el ambiente espiritual filosófico en el que se enmarcaba su vida.  Su labor estaría dirigida a la expansión del pensamiento filosófico en esta latitud andina, tomando a las corrientes intelectuales que iban marcando el hacer reflexivo del momento. El campo de la estética se abría a un cielo reflexivo abierto como uno de los más interesantes para llevar un estandarte dentro del terreno del pensamiento nacional e internacional. Y así comenzó su preocupación por desarrollar los temas de la filosofía del arte, la estética y de una ontología muy personal desde los aspectos teóricos de la filosofía. Esto sería el germen del cual despertaría toda una preocupación formativa propia, llevándolo a realizar su trabajo doctoral, trasladándose como investigador becario en la española Universidad Autónoma de Madrid. De allí retornaría con una mirada y entusiasmo esclarecedor y original sobre el pensamiento trágico de Friedrich Nietzsche y su vital visión del devenir y del eterno retorno.

 

III

A su regreso no se dio descanso, ni menos buscó dormirse en los laureles doctorales obtenidos. Comenzó a intensificar y ser un gran promotor del arte, de la estética, de la reflexión ontológica y teórica. La dura filosofía tamizada por la criba del pensamiento hermenéutico surgido de las directrices, en principio, de los alemanes Heidegger y Gadamer. Se empeñó, junto con otros compañeros de marras, crear la maestría en filosofía. Y luego más tarde daría otra fecunda creación académica para la república, organizando y constituyendo el doctorado de filosofía de la ULA. Más tarde, plenamente convencido de la importancia y la necesidad de crear la Escuela de Filosofía de la universidad andina venezolana para toda la población interesada en discurrir y pasear por los salones del quehacer filosófico universal y local.

A la par de esto, por si fuera poco, surge una respuesta a los inusitados y desatendidos campos por la filosofía nacional, con su proyecto de encuentros sobre el saber y la producción del pensamiento estético y del arte, de su importancia en la condición moderna, postmoderna y transmoderna, dentro del flujo civilizatorio de fin de siglo XX y principios del XXI. Mauricio tenía un don de gentes, y poseía gran poder de producción y capacidad para la organización de eventos académicos, artísticos y culturales. Se da la tarea, junto a un grupo de estudiantes, amigos, investigadores y docentes, de establecer los encuentros que se llamarían Simposios de Estética, acompañado de su órgano editorial difusivo, la revista Estética y su correspondiente Galería de Arte La otra banda. Un evento sin par a nivel nacional y por qué no, a nivel internacional. Esto último lo refiero por la capacidad de convocatoria y calidad de invitados que se logró traer para afirmar la importancia de los temas del arte, de la estética y afines, en el campo del pensamiento contemporáneo. Un evento que, además de abordar la política del arte, también se adentró en los nuevos derroteros de la creación y crítica artística en todas sus especialidades: arquitectura, plástica, música, teatro, performances, cine, comics, nuevas propuestas conceptuales, digitales y experimentales del arte. Filósofos, críticos y artistas internacionales de la talla de Jean-Fran­cois Lyotard, Omar Calabrese, Michel Maffessoli, Jesús Soto, Dieter Jung, Antoni Muntadas, entre otros, fueron los que nutrieron esos encuentros consecutivos de una forma prodigiosa a toda una juventud que tenía un intenso entusiasmo y curiosidad por la experiencia y formación artística en todos sus ámbitos.

 

IV

Mau, así lo llamamos los amigos, nunca dejó de proseguir esa necesidad del encuentro entre el ser artístico y filosófico que arraigaba dentro de sí.  Sus seminarios y escritos lo declaran abiertamente. Su pertinaz desempeño por el pensamiento de Nietzsche, sus derivaciones lectoras en la senda del bosque de la obra de Heidegger, sus recorridos ontológicos por Gadamer y la dura piedra filosófica cotidiana del alumbrado de Éfeso, Heráclito y el problema de la traducción de sus fragmentos del griego antiguo a los diversos idiomas contemporáneos y su precisión en el horizonte del idioma español, serían encuentros constantes en sus clases y seminarios, sin olvidar su diálogo contemporáneo y filológico con los pensadores presocráticos. Son las ramas en que sostuvo una intensa mirada personal sobre la condición del pensamiento contemporáneo de la filosofía. Un acercamiento a la continua interrogación y apertura a los matices de las intuiciones y conceptos sobre el ser y el ente. Sin dejar de cuestionarlos y de separarse de lo que llamó, su estimado Nietzsche, la egiptología filosófica. Lo que podemos inferir como la condensación e inmovilidad del pensamiento en su devenir y su transformación permanente ante los estambres que iban surgiendo de una renovada ontología y la cultura filosófica. Una puesta en escena reflexiva en permanente interacción con la fructífera escuela filosófica de la sospecha discursiva y crítica.

Haciendo un recorrido por el Heidegger de Mau nos encontramos que su concepción entra en el contexto del vitalismo y del dasein, del ser-ahí, en apertura al mundo. ¿Cuál es el estambre en que se teje esa vida como apertura al ser del mundo que retoma y traduce nuestro amigo filósofo de los Andes en sus derivados reflexivos? En principio el medio que nos rodea, natural (lo poco que queda…) y cultural vendrían a ser cauces que portan significados al tema de la ontología y de una posible antropogénesis. La distinción entre el hombre y el animal está en cómo enfrenta y actúa ante el entorno próximo, que lo condiciona y lo hace suyo. Comprendiendo esto, Mau se adentró a transformar los entornos merideños en el campo filosófico, dando múltiples significados y respuestas en un devenir argumentativo y práctico, donde su pensamiento partía del presentimiento que se rodea del ocultamiento al develamiento del ser y la existencia.  Y aquí encontramos el desocultamiento que enrumbó de forma constante, en la dirección inalterable ante la vida, al arte, a la confrontación de las diferencias complementarias, y un estilo de estar en el mundo donde lo apolíneo y lo dionisíaco, razón y pasión, logos y physis, marcaron su desentrañamiento de los temas filosóficos en deriva fructífera. Está claro que en Mauricio la postura de lo que pudiéramos llamar, siendo nominalistas, esencia humana, está en el enraizamiento personal y social con la existencia construida. Mostrando su concepción, y parte de su hermenéutica filosófica, en un diálogo que lo vuelve visible, matizado, casi tangible, en el umbral que separa las cosas y lo biológico de la construcción del ser.  En Heidegger encuentra la mano para seguir repensando(se), dentro del marco prístino y original de los filósofos mal llamados presocráticos. Un punto para establecer, cuestionar y aclarar las simples interpretaciones del concepto de physis en las páginas de la Metafísica de Aristóteles y su imputación de materialistas al corpus de los presocráticos, al determinar el concepto, bajo la simpleza de ser tomado sólo como causa material del universo separado de un logos y nous originario.

Si algo que sacamos como prueba de la intención vital de Mau es comprender cómo la fuerza animal del ser se transforma en posibilidad y revelación humana, en pulsión creadora y apolínea, decantando en el principium individuationis implícito en nuestra evolución junto al establecimiento de la apariencia, en contraposición a la naturaleza y al mundo, a través de la presencia del hombre-artista.  Volviendo la irracionalidad y el misterio de la existencia en significado y en un cuerpo que irrumpe con su pulsión creativa en obra de arte, a través de concebir esa misma obra como un campo en expansión, del cual él refirió, justamente, como el concepto ampliado del arte. Ecos de artistas y pensadores transitaban por esa concepción. Kant, Nietzsche, Gadamer y Heidegger fueron llamados a declarar ante un público ávido de pronunciamientos y aclaraciones para su hacer artístico. Artistas fueron también evocados, como lo son los ahora ya clásicos Duchamp, Cage, Warhol, Soto, Beuys, entre otros. De este último nunca estuvo más presente su lema todo hombre, un artista. Figuras clásicas que daban realce al campo de experimentación estético y artístico que promocionó constantemente Mauricio, con una particularidad propia en tanto propuesta filosófica crítica y reflexiva al país desde las márgenes de su región geográfica andina.

 Estuvo consciente, como nos advierte el Nietzsche de El Ocaso de los Dioses, en contraponerse a lo que se había convertido parte de la filosofía desde milenios. Ser una actividad que se nutrió - ¡y se nutre! - de momias conceptuales, que no queriendo vincularse con el desgaste consustancial e inevitable del ser, sin colocarse en situación histórica, murieren por no producir nada vivo, real con el pensamiento y la pulsión creadora humana. Ante esto, nuestro homenajeado introdujo una valoración e interpretación reflexiva desde la óptica sensible, fisiológica y corporal en la filosofía. Se inspiró en la disposición trágica dionisíaca-artística, de todo elemento humano. Postura donde todo concepto es asumido como variable en desarrollo. Nada pueden ponerse en el pedestal del estatismo de lo eterno, pues sólo lo muerto puede ser eso. La vida tiene la perdurabilidad, el tiempo, como el vital impulso embriagante que nos lleva a un absurdo estar y existir que sólo creando nuestros propios valores nos damos una significación. Era su propuesta en aceptar lo trágico, lo contingente y la incertidumbre como condición de toda existencia en devenir. Un devenir en tanto juego del fuego interior heracliteano del ser inocente que destruye y construye bajo una primera instancia amoral, más allá del bien y del mal. Un ludismo dionisíaco que explora una perspectiva óptica del ser y del ente en tanto pensamiento y su sentir corporal atravesado por la voluntad de poder del artista y su indetenible presentar nuevos valores - ¡apariencias! - ante la realidad congelada de una innombrable verdad absoluta.

 

V

Se abrieron las puertas piramidales que se contenían. Ya no sólo se trata del músculo de la razón filosófica que hay que ejercitar y argumentar. El cuerpo vendría a ser convocado como centro de ramificaciones expresivas, poéticas, sensibles y emocionales, con significaciones que desbordaban hacia discursos filosóficos que, para su momento, no se habían tocado en la ciudad de Mérida. De esta manera, con el entusiasmo de Mauricio junto investigadores, docentes, artistas y estudiantes se pusieron en la mesa de discusión lo corporal, el cuerpo y sus implicaciones estético-filosóficas, como tema de interés en los grandes encuentros que se dieron para la cita irremplazable muchos interesados e invitados casi anualmente en los Simposios. El cuerpo y su physis bajo la mirada del escalpelo crítico a la ciencia que enrejaría sus posibilidades de significación del ser a un reduccionismo algorítmico y a meras reacciones bioquímicas. El cuerpo es llevado más allá del reduccionismo positivista y del datismo contemporáneo bajo una mirada en cómo la ciencia no lo piensa sino sólo traduce a datos.  Frente a ello el conocimiento científico, como toda realidad, en su propuesta filosófica personal la va a observar bajo la óptica trágica del legado fisiológico nietzscheano. La ciencia, y toda realidad, son productos que deben abarcarse como espectros poéticos por surgir de la cantera expresiva de la imaginación y el logos del hombre-artista.

Ante la religión del datismo contemporáneo y sus algoritmos perpetuos, procuramos asumir el arte como un reactivo fulminante del nihilismo pasivo global, ampliado hoy aún más con la pandemia china del criminal COVID19. Como bien leímos a través de las palabras de Nietzsche, ver la ciencia bajo la óptica del arte y el arte bajo la de la vida. Una ciencia que amplía su campo por la introducción de la estética y del arte ante la existencia informe, y a veces asfixiante, que está más allá de los entes, del ser mismo. Ante un mundo de representaciones falseadas y de manipulación digital exacerbada, que pareciera desear la condición inoculada de enfermo, de débil a todo humano, se planteó al arte como un campo de valor superior a eso que han llamado la certeza declarativa mediática. Ampliándolo a través del concepto disruptivo estético del espectador-crítico.

Mauricio propuso, finalmente, comprender la realidad representada del mundo de la apariencia como una tela producida artísticamente por lo que llamó pulsión artística (kunstrieb) apolínea, promocionado un principio individual y colectivo que constituye y crea lo real, las cosas. El mundo como un estambre de fenómenos en tanto obras de arte, impulsado de forma irresoluta y reiterativa por la condición de la fuerza perpetua del germen implícito, pero necesariamente buscado y elegido, del nihilismo creador.    

Ante la persistencia de un absurdo y presente régimen político en Venezuela con más de veinte años establecido y padeciéndolo colectivamente, en su afán de animalizar a lo humano del hombre por una situación  sorda e insensible, Mauricio, como saliendo de las cuevas de Lascaux, supo reconocer y profundizar el paso original que significaba  el cambio que evolucionamos de animal a hombre, donde el juego, lo lúdico, la transgresión y el arte transformador de physis (naturaleza), arranca desde las entrañas y necesidades, la diferencia de lo humano ante el ambiente transformado y transformador. El arte como una sensibilidad casi mágica, misteriosa, separándonos de una epidermis estática a una en flujo permanente de experimentación del ser. Arte como sacrificio y rito, como vida y muerte, destrucción y creación, inmovilidad extática y éxtasis, placer y dolor, convirtiendo toda convocatoria en un ejercicio de negación dialéctica transgresora de nuevas sensibilidades y conceptos.

 

VI

Con estas palabras he querido acercarme y argumentar sobre este trabajo individual y colectivo, radical que sostuvo el amigo Mau. Puede que falten muchos recuerdos que describirían nuestra entrañable amistad. Pero puede que sea para otra instancia. Por ahora describo en estas palabras algunas de las vivencias intelectuales de nuestro amigo. De un hacer que se opuso cual fuerza esclarecedora ante un régimen claustrofóbico, organizado para la mediocridad y sometimiento, para el encerramiento y la criminalidad negadora no sólo de la existencia corporal sino, y, sobre todo, del ser de lo imaginario en el hombre. Su propuesta fue abordar la vida bajo el escudo de la reflexión y la acción disruptiva de la filosofía y del arte. Del Arte asumido como la forma más transparente y conocida de la voluntad de poder tanto del mismo arte como de su engendrador, el artista. El ser del artista como un poder hacer original, conspirando contra el mundo al representar algo que aún no es o no ha sido. Es su invitación a una oposición al nihilismo metafísico enquistado de la realidad establecida. Se trata de seguir llevando a cabo la labor del arte reconociéndolo como la actividad humana más necesaria, que tiene más valor que la verdad.  Surge la paradoja de la necesidad de esta mentira nada piadosa del impulso artístico de la voluntad, de la apariencia para vivir y ordenar nuestros significados existenciales; de una voluntad de la apariencia que emerge de sí misma y se sintoniza con su devenir. Arte como desocultación, crítica (destruktion), deconstrucción ante el cielo metafísico de la modernidad en una época asaltada por la imagen acuciante de la hiperrepresentación.

Dentro de este viaje narrativo por su amplio péndulo creativo, Mauricio nos presentó en su insistente interrogatorio heracliteano/nietzscheano, la transparencia de un saber vivir por un trabajo cultural, docente, investigativo, creador y artístico junto a las prohibiciones y las carencias derivadas de un tiempo nacional confuso, fatigoso, enfermo y reductor a lo animal del hombre. Ante el muro de la dura realidad atroz y aparentemente inamovible, y su rueda enceguecedora que puede llevarnos a la inútil y estéril inercia, sabía - ¡y sabemos! -, que se tienen que contraponer, como un espacio siempre abierto, como un astringente pharmacón, la dimensión resiliente de lo lúdico, la apuesta por el juego inocente, el cuerpo vital y su imaginación, el arte y la transgresión. Actitudes que serán, hoy y siempre, la condición del ser prestablecido para la construcción, experiencia, creación de la compleja vida humana.

Podemos referir otras esferas por la que se hizo sentir la voz de Mau. No menos importantes fueron sus apreciaciones y participación con el arte cinematográfico, su planteamiento ante la estética postmoderna de la arquitectura, y sobre todo en lo que derivó su relación académica con la dirección del doctorado en filosofía y su nueva generación de relevo que construyó conscientemente para no morir en el intento. Todo ello sin dejar de atender a su incansable actividad como productor cultural de la ciudad de Mérida, a su paso en el cargo de la Dirección de Cultura de la ULA, al que entregó su quehacer de forma permanente y entusiasta hasta su irremediable partida. 

Creo que todo ese conjunto de situaciones teórico-filosóficas y culturales rememoradas aquí, a partir de la permanente e insoslayable amistad entre Mau y mi persona, podrán ir definiendo y reconociendo, a lo largo del tiempo por venir, la obra auténtica de una acción humana genuina que expandió con todos los fueros a su alcance, la importancia de la cultura, del arte, la literatura y no menos del saber filosófico, concentradas en la personalidad de Mauricio Navia. Un amigo que, haciendo eco de Nietzsche, fue conscientemente un artista-filósofo trágico, pero no pesimista, sino dionisíaco, pues siempre dijo sí incluso a todo lo problemático y terrible que se le interpuso en su senda de su fructífera vida creadora. Ecce Homo…

 

David De los Reyes                                                                                       

Guayaquil, septiembre 2020 


* Este artículo fue publicado primeramente en enero del 2021 en la Revista Actual de la Universidad  de Los Andes (Mérida-Venezuela) # 73, dirigida por la Prof. Dianayra Valero.  http://erevistas.saber.ula.ve/index.php/actualdivulgacion/index



 

lunes, 1 de febrero de 2021

  

Lo imprescriptible:

el perdón está muerto en los campos de la muerte

David De los Reyes

UArtes - UCV




 

Dentro del gran coro de los filósofos y pensadores del siglo XX que han contribuido y reflexionado sobre el imponderable acontecimiento del Holocausto, hay algunos que suenan más que otros. En la delirante música enarmónica del mundo de las comunicaciones encontramos una serie de intelectuales que se hacen más presentes y otros quedan ausentes. Entre los que no aparecen mucho entre el coro de los pensadores de la Shoa (Catástrofe), uno que no es alemán ni austriaco, menos inglés o polaco precisamente. Este pensador de marras, casi olvidado, era, por parte de padres, de origen ruso, pero por nacimiento francés. Su nombre: Vladimir Jankélévitch (1903-1985), quien nunca pasó por ser un pensador complaciente con el estatus imperante y menos con las posiciones ponderadas y reconciliatorias del suceso más inhumano del pasado siglo y que, por otra parte, ha llevado a convertirlo en un acontecimiento casi de culto religioso: la Shoa. Filósofo, músico, docente universitario, partisano de la Resistencia Francesa, posee una de las obras más relevantes en el desdeñado terreno actual de la filosofía moral que, paradójicamente, pareciera ser silenciada y condenada al olvido.

Una de sus memorables contribuciones filosóficas póstumas fue la titulada Lo imprescriptible. ¿Perdonar? En el honor y la dignidad, donde abordó directamente el tema sobre la crueldad desplegada contra la humanidad o lo que se ha llamado de manera certera, crímenes contra la humanidad. En ella se plantea que ante el horror y la crueldad, el crimen cometido no puede prescribir. No puede prescribir ni por el paso del tiempo, ni por retóricas intelectuales o por intereses fortuitos políticos.

Este raro ensayo nos muestra el andar de un filósofo citadino que no voltea su rostro ante la injusticia de su tiempo, asumiendo la mayor seriedad como testigo de lo ocurrido. Sus reflexiones son un honesto intento de argumentar una postura desde la linterna de la moral, para develarnos los alcances del genocidio nazi, sus consecuencias y la constelación de sus relaciones implícitas y explícitas.

Sus argumentos irrebatibles van directo al nudo esencial de los hechos, no es una proclama en el tono de la retórica diplomática de los Derechos Humanos del 48 o sobre los criterios técnicos y los daños colaterales inherentes de las absurdas guerras contemporáneas. Su punto de vista considera lo imprescriptible que condiciona la posición humana y jurídica ante los crímenes genocidas contra la humanidad. Plantea que lo ocurrido en el pasado no puede dejarse sin estar presente en la memoria, asumiendo lo que Theodor Adorno demandó como el nuevo imperativo ético que se abría ante este horizonte de destrucción, humo, cenizas y muerte: “que Auschwitz no se repita”. Una prescripción moral que no salía de los bosquejos de una abstracta razón pura kantiana, sino de la experiencia histórica y corporal vivida. Un principio que, a pesar de la desgarradora experiencia, se ha dejado muchas veces de lado, permitiendo ante la mirada de la actual globalización mediática, seguir cometiendo hechos terroristas y genocidas de la misma abominación en las dos décadas del siglo XXI.

La sola indignación sin acción es absolutamente insuficiente ante el sentimiento del horror al que puede llegar acometer un gobierno de fuerza, con una población narcotizada y sumida en una cultura del banal espectáculo cotidiano del consumo. Por lo cual este autor no acepta asumir posturas de tolerancia ante lo intolerable. Como bien afirmó: “El perdón está muerto en los campos de concentración”, escribe este sobreviviente, convocándonos a protestar sin descanso la indiferencia frente a la consternación y el espanto del crimen masivo. Su llamado es mantener un luto desde ese pasado en adelante. Un luto permanente en acto hasta el fin de los tiempos por los asesinatos realizados emanados por una inteligencia del mal a partir de los esquemas y planes de una razón instrumental aniquiladora del otro. En otras palabra, anular al que esgrime su diferencia particular frente a la homogeneidad del colectivo nacionalista de la masa, que no quiere reconocer que ese pájaro pintado no es más que otro ser humano. El recuerdo del horror, tanto por los hechos imprescriptibles de ayer como los que se siguen cometiendo por los distintos regímenes de hoy, es de una obligación moral actuante insoslayable. No es la postura de la recordada Hannah Arent al afirmar que el perdón es la clave para la acción y la libertad. Jankélévitch escribirá otro texto imprescindible para responder esa frase, El perdón.

La pregunta de este pensador es: ¿qué hacer ante los casos de violencia extrema? Del mal por el mal mismo donde se comenten los actos más atroces e inimaginables, de quienes no sienten ni culpa ni arrepentimiento de lo cometido, de aquellos que no tienen médula espinal y desfilan como soldados de plomo ante el tirano. Jankélévitch no es cercano a la mirada de Derrida sobre el perdón como una condición esencial ante lo imperdonable. Ante el abusus crimen conmunis no puede aceptarse el acto de perdonar, bien sea por el paso del tiempo o por discursos reconciliatorios de comodidad e intereses políticos. Ante ello sólo podemos sostener una postura irrevocable, la de la resistencia. Resistencia de no ser indiferentes ante el crimen y su ejecutor. Para este moralista de la resistencia francesa sólo queda tomar esta posición ética y política en cualquier tiempo que se quiere reconocer y enaltecer a las víctimas de las minorías, desarmadas del holocausto por los verdugos de los uniformes y sus símbolos de asesinas calaveras.

Ante lo acontecido y vivido, se preguntó, ¿qué debemos hacer ante ese horror? Y nos responde que, en un sentido estricto y para el presente en que escribe su texto, aparentemente no se puede hacer más que gestos impotentes, simbólicos y poco razonables, como el de no pisar jamás el suelo alemán o el sumiso espacio de la anexión austriaca, como tampoco aceptar las indemnizaciones o clamores públicos oficiales y sus sutiles reparaciones, o dejar de enaltecer a los filósofos alemanes que se asentaron o acogieron alrededor del pardo coro ejecutor del crimen imprescriptible. Todos serán actos simbólicos de una resistencia ética enraizados no por una razón práctica, sino por un sentimiento moral, cónsona con una sensibilidad y una indignación que se inscribe más allá de cualquier indiferencia o postura amoral ante lo acontecido. Los verdugos de ayer y de hoy en la acción plena contra el otro debilitado y desarmado, dejan en éste una huella irreparable ante la ipseidad de cada vida, al experimentar el crimen, el trauma, la tortura y el miedo aniquilador; al desamparo de la fuerza el hombre que no puede hacer nada. El daño está hecho para siempre y es irreversible. Y al asumirlo de forma trágica y realista, nadie podrá resarcir esa pérdida de vida. Toda violencia extrema o dosificada pero persistente, genera, por el perjuicio causado, la pérdida del proyecto personal de vida.  El sujeto ha dejado el impulso y los hábitos por los que conducía su existencia, para llegar alcanzar el destino que una vez quiso realizar, de una vida como expresión y garantía de una libertad reconocida por derecho y hecho como condición universal vital para todos los conciudadanos. Difícilmente se podría decir que una persona es verdaderamente libre si carece de opciones para encaminar su existencia y llevarla a su natural culminación. Esas opciones poseen, en sí mismas, un alto valor existencial¸ son sus palabras.

En su declaración sobre el perdón no apuesta al que todo pueda ser absuelto por parte del ofendido ante el ofensor. Ante la fría crueldad ejecutada no puede haber reconciliación; no puede existir consentimiento y complacencia ante ese tipo de violencia expuesta y ejecutada desde la inhumanidad y el mal banal (Arent). Se trata de un rechazo que surge desde las entrañas y fibras del hombre, no de una normativa jurídica, de un principio abstracto legal; es el sentimiento humano del derecho de defender la vida ante el mal y la infamia. Es la indignación contra el atentado forjado por una fría consciencia común pero asesina, que trunca la cotidianidad y la posibilidad del ser y del hacer. Es una intolerancia moral ante lo inaceptable.  Como refiere el mismo Jankélévitch: “Los hombres tolerantes se toleran, se soportan como se miran los perros de porcelana, es decir, viven codo a codo sin conocerse, cohabitan sin dirigirse la palabra, se abstienen simplemente de toda violencia”. Se separa de los llamados hombre puros pues prefiere la impureza del coraje y de la buena voluntad apasionada, para terminar, afirmando que en toda acción desde la resistencia se requiere aceptar mediaciones impuras. En ello está asumir nuestra situación de mundo ante la irrupción de toda voluntad de perversión criminal. Exige un re-sentimiento perfilando su energía contra aquellos que callan y olvidan, negocian y se lucran con la violencia que está detrás del rostro de apariencia humano pero ejecutor del mal. Así, cuando no se puede hacer nada lo que sí podemos hacer es sentir y re-sentir ante lo inaceptable del pasado contra la humanidad, contra el hombre común. Un sentimiento que no es rencor sino el que expresa el más intenso horror ante lo vivido, lo sucedido, el horror ante el fundamentalismo, el fanatismo, o los amorales que se quieren limpiar las manos y seguir pensando que aquí no ha pasado nada. Re-sentir es renovar el sentimiento que intensifica lo vivido de lo inexplicable. Para Jankélévitch re-sentir desde la resistencia ética es protesta contra una amnistía moral que no es sino vergonzosa amnesia; nutre la llama sagrada de la inquietud y de la fidelidad a lo invisible. El olvido sería aquí una grave afrenta a quienes murieron.

Lo sustancial de la enseñanza ética de este pensador de la resistencia moral radica en que los crímenes contra la humanidad son imprescriptibles, es decir, no prescriben, el tiempo no los puede borrar y perdonar.  Se está ante un crimen metafísico de una maldad ontológica, que viene a justificar la eliminación de la existencia del otro, no por tal o cual caso, sino a partir del hombre visto desde la degradación biológica a simple bacteria a destruir. Los crímenes contra la humanidad son crímenes contra la esencia del hombre, es decir, contra la humanidad del hombre general. Una forma de calificar este tipo de crimen es la de aquellos que son vistos como una existencia que no debe por qué existir, constituyéndose un atentado del hombre en tanto hombre, pues niega a una parte del género humano el derecho de formar parte de ella. Advierte que olvidar el gigantesco crimen de todos los campos de la muerte sería un nuevo crimen contra el género humano. A tono con la cita anterior de Adorno, declararía que Auschwitz no es una opinión. Nos queda luchar apasionadamente contra el olvido pues los muertos dependen enteramente de nuestra fidelidad. El pasado no se defiende completamente solo como se defiende el presente o el porvenir. El pasado, como los muertos, tienen la necesidad de nosotros; no existe sino en la medida en que nosotros los conmemoramos. Y de tal forma que no mueran dos veces y sean hundidos en las tinieblas.

El deber de la memoria se hace presente ante lo imprescriptible. No hay posible perdón para aquellos que han privado para siempre a otros de toda palabra. Por ello el perdón está muerto en los campos de la muerte.

No queremos terminar estas palabras sin las de otro de la resistencia ética ante el horror de los holocaustos. El premio nobel húngaro Imre Kertéz, en su inquietante obra Un instante de silencio en el paredón nos dice:

«Auschwitz no fue un accesorio del poder nazi, no fue, para emplear una palabra de Jean Améry, su mero ‘accidente’, sino su ‘esencia’, su sustancia y hasta su meta. (...) Auschwitz ya acechaba en los inicios en absoluto inofensivos y se convirtió luego en el gran secreto, en la inmensa sombra proyectada por las luces de Nuremberg, en el Gehena que humeaba bajo los pies de todo el mundo y al que al final se precipitaron pueblos y naciones enteras y hasta toda una época».

 

 

 

Bibliografía

 

Jankélévitch, V. (1967). Le pardon. París: París: Aubier-Montaigne.

Jankélévitch, V. (1971). L’imprescriptible, Pardonner? Dans l`honneur et la

dignité. París: Seuil.