sábado, 1 de agosto de 2015

Fotografía 
o la escritura de la luz*



Jean Baudrillard




*Traducido en el original por Francois Debrix.
(Nota: el texto ha sido traducido del inglés al español por Jaime Bailleres. Se han respetado las anotaciones que el profesor Debrix hace al final, acorde con su interpretación en la traducción del francés al inglés). Tomado de: U-ABC Teoría




Foto de Jean Baudrillard


El milagro de la fotografía, o su indicación recurrente de imagen objetiva, es que revela un mundo radicalmente no-objetivo. Es una paradoja que la ausencia de la objetividad del mundo está revelado por el lente fotográfico (el objetivo) [2].
El análisis y la reproducción (la semejanza) no resuelven este problema. La técnica de la fotografía nos lleva más allá de la réplica en el dominio del trampantojo. A través de su juego irreal de las técnicas visuales, su rebanada de realidad, su inmovilidad, su silencio y su reducción fenomenológica de movimientos, la fotografía se afirma así misma como la más pura y la más artificial exposición de la imagen.

Al mismo tiempo, la fotografía transforma la noción del término “técnica”. Técnica que deviene en una oportunidad para un doble juego: amplifica el concepto de ilusión y el de las formas visuales. Una complicidad entre el objeto técnico y el mundo que se conforma. El poder del objeto y las técnicas “objetivas” convergen. El acto fotográfico consiste en entrar a este espacio de complicidad íntima, no para dominarle, pero sí para utilizarle y demostrar que nada ha sido decidido todavía (rendre evidente l’idee que les jeux ne sont pas faits) “lo que no puede ser dicho debe ser guardado en silencio.” Pero lo que no puede ser dicho puede ser también guardado en silencio a través del despliegue de imágenes.

La idea es resistir el ruido, el discurso, y los rumores alterando el silencio fotográfico; resistir los movimientos, los flujos, y la velocidad usando su inmovilidad; resistir la explosión de la comunicación y la información, blandiendo su secrecía; y resistiendo el imperativo moral del significado desplegando su ausencia de significado. Lo que sobre manera debe ser confrontado es el sobre-flujo automático de las imágenes, su sucesión sin final que arrasa no sólo con la marca de la fotografía (le trait, el trazo), el conmovedor detalle del objeto (su punctum), pero también el momento preciso de la foto, lo inmediatamente pasado, irreversible, por lo tanto; lo siempre nostálgico.

La instantaneidad de la fotografía no deber ser confundida con la simultaneidad del tiempo real. El flujo de las imágenes producidas y borradas en tiempo real es indiferente a la tercera dimensión del momento fotográfico. El flujo visual solo conoce el cambio. La imagen ya no requiere del tiempo para crearse así misma. Para crear una imagen, tiene que haber un momento de irrupción el cual sólo puede suceder cuando los procedimientos acostumbrados del mundo son interrumpidos y desordenados para bien. La idea, entonces, es sustituir la epifanía del significado por una silenciosa apofonía de objetos junto con sus apariencias.

En contra del significado y su estética, la función subversiva de la imagen es descubrir la literalidad en el objeto (la imagen fotográfica, es en sí mismo una expresión de literalidad, que viene a ser la operación mágica de la desaparición de la realidad) En un sentido, la imagen fotográfica materialmente traslada – o transmuta -- la ausencia de la realidad la cual “es tan obvia y tan fácilmente aceptada porque ya tenemos el sentimiento de que nada es real” (Borges)
Tal fenomenología de la ausencia de la realidad es usualmente imposible de lograr. Tradicionalmente, el sujeto encandila al objeto. El sujeto es una fuente de luz excesivamente cegadora. Así, la función literal de la imagen tiene que ser ignorada para beneficio de la ideología, las estéticas, políticas y la necesidad de hacer conexiones con otras imágenes. La mayoría de las imágenes hablan y dicen historias; el ruido que hacen no puede ser sofocado. Éstas borran el significado silencioso de sus objetos. Debemos deshacernos de todo lo que interfiera y cubra la manifestación de la evidencia silenciosa. La fotografía nos ayuda a filtrar el impacto del sujeto. Facilita la exposición de la magia inherente de los objetos (negra o como sea)

La fotografía permite también la perfección de la mirada (a través del lente) el cual protege al objeto de su transfiguración estética. La mirada fotográfica tiene una especie de serenidad la cual de manera no intrusiva captura la aparición de los objetos. No busca probar o analizar la realidad. En lugar de eso, la mirada fotográfica es “literalmente” aplicada en la superficie de las cosas para mostrar su aparición como fragmentos. Es una revelación muy breve, inmediatamente seguida por la desaparición de los objetos.

Y no importa cuál técnica fotográfica sea usada, siempre hay una cosa y sólo una que persiste: la luz. Fotografía: la escritura con luz. La luz de la fotografía permanece propia a la imagen. La luz fotográfica no es “realista” o “natural”, tampoco es artificial. En cambio, es la luz la imaginación en esencia de la imagen, su propio pensamiento. No emana de una fuente sencilla o única, sino de dos diferentes y duales: el objeto y la Mirada. Platón dijo: “la imagen se mantiene en la intersección entre la luz - la cual viene del objeto - y lo otro que viene de la Mirada”.

Esta es exactamente la clase de luz que encontramos en el trabajo de Edward Hopper. Su luz es blanca, cruda, como un océano o como la reminiscencia de la orilla de una playa. Aunque, al mismo tiempo, es irreal, vacía sin atmósfera, como si hubiese venido de otro litoral. Es una luz irradiante la cual preserva el poder de los contrastes entre blancos y negros o del uso de los colores.





De la serie "Almas Perdidas" de Edward Hoopper



Los personajes, sus rostros, los paisajes, son proyectados hacia una luz que no les es inherente. En cambio son violentamente iluminados desde el exterior, como objetos extraños, bañados por una luz que anuncia el evento inesperado. Todo ello aislado en un aura la cual es al mismo tiempo, extremadamente fluida y distintivamente cruel.

Es una luz absoluta, y literalmente fotográfica, la cual podría influir para que uno le viera en su totalidad, y que a cambio uno pudiera cerrar un ojo en la noche que le contiene. Hay en el trabajo de Hopper una intuición similar a la que se encuentra en la pintura de Vermeer. Pero el secreto de la luz de Vermeer es su intimismo, mientras que, en la obra de Hopper, la luz revela una exterioridad despiadada, una brillante materialidad de los objetos y de su inmediata realización, como una revelación a través del vacío.

Esta fenomenología cruda de la imagen fotográfica remite un poco a una teología del negativo o de la negación. Es “apofática” (que lo niega) tal como le usamos en el sentido de la práctica al probar la existencia de Dios enfocándonos en lo que no ha sido en vez de lo que fue. Lo mismo pasa con nuestro conocimiento del mundo y sus objetos. La idea es revelar ese conocimiento en su vacío, por default, en lugar de confrontarle de manera abierta (en cualquier caso imposible). En la fotografía, es la escritura de la luz lo que sirve como medio para esta omisión de significado en su casi revelación experimental (en las obras teóricas, es el lenguaje lo que funciona como el filtro simbólico del pensamiento).

En adición a dicho acercamiento apofático a las cosas (a través de su vacuidad), la fotografía es también un drama, un movimiento dramático de la acción (un pasaje al acto), el cual es una forma de atrapar al mundo por el “exteriorizarle”. [3] La fotografía exorciza al mundo a través de la ficción instantánea de su representación (no por su representación directa; la representación es siempre un juego con realidad). La imagen fotográfica no es una representación; es una ficción. A través de la fotografía, es quizá que el mundo en sí mismo inicia su acto (de representación o que pasa al acto) y que al mismo tiempo impone su ficción. La fotografía transfiere al mundo en la acción (actúa fuera del mundo, es el acto del mundo) y el mundo incide dentro del acto fotográfico (actúa fuera de la fotografía, es el acto fotográfico) [4] Esto crea un material de complicidad entre nosotros y el mundo, puesto que el mundo nunca es nada más que un continuo movimiento hacia la acción (un constante acto de exteriorización).

En la fotografía no vemos nada. Solo el lente “ve” cosas. Pero el lente está oculto. No es lo Otro o la otredad [5] lo que atrapa al ojo del fotógrafo, en cambio, es lo que es ignorado del Otro cuando el fotógrafo está ausente. Nunca estamos en realidad frente a la presencia del objeto. Entre la realidad y su reflejo como imagen, existe un intercambio imposible. Si acaso, uno encuentra una correlación entre la realidad y la imagen. Realidad “pura” – si es que acaso existe eso --, es una pregunta sin respuesta.

La fotografía cuestiona también a la “realidad pura”. Provoca preguntas en torno a la otredad. Pero no espera una respuesta. Italo Calvino en su relato corto “La aventura de un fotógrafo” [6] describe: “Para atrapar a Bice en la calle cuando no se diera cuenta de que era observada, para mantenerla al alcance del lente furtivo, para fotografiarle sin que se diera cuenta que él le veía, y que al mismo tiempo pudiera hacerlo sin la posibilidad de verle a ella misma, para sorprenderle a ella como si estuviese en la ausencia de su atenta mirada, de cualquier mirada … era una Bice invisible la que quería poseer, una Bice absolutamente sola, una Bice cuya presencia presupuso la ausencia de él mismo así como de todos los demás” [7] Después, el fotógrafo de Italo Calvino solo tomó fotografías de las paredes del estudio en donde ella alguna vez había estado. Pero Bice había desaparecido en su totalidad. Y el fotógrafo también había desaparecido.

Siempre hablamos en términos de la desaparición de la desaparición del objeto en la fotografía. Lo que alguna vez fue, ya no lo es. Hay sin duda un asesinato simbólico que es parte del acto fotográfico. Pero no es simplemente el asesinato del objeto. En el otro lado del lente, el sujeto también está destinado a desaparecer. Cada foto termina simultáneamente en la presencia real del objeto y en la presencia del sujeto. No es siempre una transfusión exitosa. Para tener éxito, una condición deber ser reconocida.

El otro, - el objeto - debe sobrevivir esta desaparición para crear una “situación poética de transferencia” o una “transferencia de situación poética”. En esa reciprocidad fatal, uno podría quizá encontrar el principio a la solución del renombrado problema social llamado “carencia de comunicabilidad”. Podríamos encontrar una respuesta al hecho de que la gente y las cosas tiendan a no significar más, el uno para el otro. Es una situación de ansiedad que generalmente trata de conjurar forzando más el significado.

Pero hay muy pocas imágenes que pueden escapar al deseo de su significación forzada. Y al mismo tiempo, sólo hay muy pocas imágenes que no son forzadas para provocar su propio significado, o que han tenido que ir a través del filtro de una idea específica, cualquiera que ésta pudiera ser (pero, en particular, sobresalen las ideas de la información y de los testimonios). Una moral antropológica ha sido ya intervenida. La idea del hombre ha sido ya interferida. Esto es por lo cual, la fotografía contemporánea (y no sólo el fotoperiodismo) es usada para tomar fotos de “victimas reales”, “gente realmente muerta”, y “destituidos reales” que son así relegados a la categoría de la evidencia documental y a la compasión imaginaria. [8]

La mayoría de las fotografías actuales lo que reflejan es la miseria “objetiva” de la condición humana. Uno ya no puede encontrar a la aldea primitiva sin la necesaria presencia de algún antropólogo. Similarmente, uno ya no puede encontrar a un individuo sin casa rodeado de basura sin la necesaria presencia de algún fotógrafo que habrá de “inmortalizar” esta escena en su película. De hecho, miseria y violencia nos afectan menos cuando éstas son literalmente significadas o abiertamente explicitas. Este es el principio de la experiencia imaginaria. La imagen debe tocarnos directamente, imponer sobre nosotros su ilusión peculiar, hablarnos con su lenguaje original de manera que seamos afectados por su contenido. Para crear una transferencia del afecto en la realidad, debe haber una contra-transferencia definitiva de la imagen.

Deploramos la desaparición de lo real bajo el peso de demasiadas imágenes. Pero no olvidemos que la imagen desaparece también debido a su realidad. De hecho, lo real es en ocasiones menos sacrificado que la imagen. La imagen es sustraída de su originalidad y subordinada a vergonzosos actos de complicidad. En lugar de lamentar el renunciamiento de lo real en las imágenes superficiales, uno haría bien en provocar la rendición de la imagen a lo real. Al regresarle a la imagen su especificidad (su “estupidez” de acuerdo con Rosset), [9] lo real en sí mismo puede redescubrir su verdadera imagen.

La tan llamada fotografía “realista” no captura el “qué es”. En su lugar, está más preocupada con lo que no debería ser, como la realidad del sufrimiento por ejemplo. Se prefiere tomar fotos de lo que no debería ser, y no de lo que es, desde una perspectiva moral o humanitaria. Mientras tanto, todavía produce una buena estética, comercial y claramente inmoral el uso cotidiano de la miseria. Estas fotos no son los testigos de la realidad. Son los testigos de la negación total de la imagen ahora en boga para representar lo que se rehúsa a ser visto.

La imagen es entonces convertida en el cometido de aquellos que escogen violar a la realidad. La desesperada búsqueda por la imagen en ocasiones da lugar a resultados desafortunados. En lugar de liberar lo real de su principio de realidad, pone un candado a lo real inherente de este principio. Con lo que nos vamos a quedar es con una constante infusión de la imagen “realista” a la cual, solo las “retro-imágenes” responden. Cada vez que somos fotografiados, espontáneamente tomamos una posición mental en el lente del fotógrafo, justo como si su lente tomara posición sobre nosotros. Aún el más salvaje de los aborígenes en una aldea, ha aprendido cómo responder de manera espontánea en una pose frente a la cámara. Todos saben cómo adoptar una pose en un vasto campo de reconciliación imaginaria.

Pero el evento fotográfico reside en la confrontación entre el objeto y el lente (el objetivo), y en la violencia que ésta confrontación provoca. El acto fotográfico es un duelo. Es una afrenta lanzada hacia el objeto y una afrenta del objeto como respuesta. Cualquier cosa que ignore esta confrontación es liberada para encontrar refugio en la creación de nuevas técnicas fotográficas o en estéticas fotográficas. Son éstas soluciones más fáciles.

Uno podría soñar en una época de la fotografía donde todavía fuese una caja negra (la cámara oscura) y no el espacio transparente e interactivo que ha venido a ser. Recordemos a aquellos granjeros de Arkansas de los años cuarenta a quien Mike Disfarmer retrató. Todos ellos eran humildes, conciente y ceremoniosamente parados frente a la cámara. La cámara no trató de entenderles o atraparles por sorpresa. No hubo un deseo de capturarles lo que ellos tenían de “naturales” o “cómo se veían al ser fotografiados” [10]





Fotografía de Mike Disfarmer


Eran solo lo que eran. No sonreían. No se quejaban. La imagen no se queja. Eran, por decirlo de alguna forma, atrapados en su apariencia más simple, en el momento fugaz, en el de la fotografía. Están substraídos de sus vidas y sus miserias. Se les eleva desde su miseria a la condición trágica, a la figuración impersonal de su propio destino.

La imagen es revelada por lo que es: exalta como se ve como una evidencia pura, sin interferencia, consenso, y decoro. Revela lo que ni es moral ni “objetivo”, pero en cambio, permanece ininteligible para nosotros. Expone lo que no es la realidad para nosotros pero es, en cambio, el genio maligno compartido (independientemente que sea afortunado o no). Expone lo que es inhumano en nosotros y lo que no lo significa.

En cualquier caso, el objeto nunca es nada más aquello que rebase a la línea imaginaria. El mundo es un objeto que es al mismo tiempo inminente e inaprensible. ¿Qué tan lejos se encuentra el mundo? ¿Cómo puede uno entonces obtener un punto de enfoque más claro? ¿Es la fotografía un espejo, el cual de manera muy escueta captura la línea imaginaria del mundo? ¿O es el hombre quien, cegado por el reflejo amplificado de su propio consciente, falsifica las perspectivas visuales y borra las precisiones del mundo? Sería como la distorsión visual que provocan los espejos retrovisores de los carros norteamericanos, pero que al mismo tiempo nos advierten gentilmente: “los objetos en este espejo podrían estar más cerca de lo que aparentan” [11] pero, de hecho, ¿no están estos objetos más lejos de lo que aparentan? ¿Es la imagen fotográfica la que nos lleva más cerca al tan llamado “mundo real”, el cual es de hecho infinitamente distante? O ¿es la imagen la que mantiene al mundo a cierta distancia, al crear una percepción artificial de la profundidad, la cual nos protege de la inminente presencia de los objetos y de su daño virtual?

Lo que está en juego es el lugar de la realidad, la pregunta sobre su posición. Quizá no sea sorpresa que la fotografía fue desarrollada como un medio tecnológico en la era industrial, justo cuando la realidad empezaba a desaparecer. Es quizá incluso esta desaparición de la realidad lo que disparó su conformación técnica. De manera que la realidad encontró un medio para mutarse en una imagen. Esto puso en cuestionamiento nuestras explicaciones simplistas acerca del nacimiento de la tecnología y el advenimiento del mundo moderno. Quizá entonces las tecnologías y los medios de comunicación no sean los que hayan causado nuestra famosa desaparición de la realidad. Al contrario, es probable que todas nuestras tecnologías (con sus fatales resultados tal como son) sean las que erigen la extinción gradual de la realidad.











Fotos de Jean  Baudrillard


Notas
1. Una traducción de Jean Baudrillard, "La Photographie ou l'Ecriture de la Lumiere: Litteralite de l'Image," en L'Echange Impossible (The Impossible Exchange). Paris: Galilee, 1999: pp. 175-184.
2. Hay aquí un juego entre la palabra francesa "objectif." "Objectif" significa objetivo (adj.) y lente visual (subs.) al mismo tiempo.
3. Este término está en ingles en la versión original en francés.
4. Una traducción insatisfactoria de "la photo 'passe a l'acte du monde' et le monde 'passe a l'acte photographique'."
5. Baudrillard utiliza mayúsculas en el texto frances. .
6. "L'Aventure d'un photographe," en Italo Calvino, Aventures [Adventures]. Paris: Le Seuil, 1990. Calvino's Adventures (I Racconti in Italian) ha sido publicado en varios libros diferentes en ingles. Por ejemplo, "The Adventure of a Photographer" fue publicado como parte de la novella de Calvino Difficult Loves (New York: Harcourt Brace, 1984), pp. 220-235.
7. Traducción prestada de Italo Calvino, Difficult Loves, trans. W. Weaver, p. 233.
8. Uso el término "real" (entre comillado) frente a victimas, gente muerta, y despojados para traducir el término de Baudrillard "en tant que tels" (el cual literalmente significa “como tal”).
9. Posiblemente Clement Rosset, autor de La Realite et Son Double (Reality and Its Double), Paris: Gallimard, 1996; y de Joyful Cruelty: Toward a Philosophy of the Real. New York: Oxford University Press, 1993.
10. En ingles en el texto original en francés.




11. En ingles en el texto original en francés.
Libertad como desconexión

Daniel Innerarity [1]




En la era de las redes y las conexiones, de los links y la instantaneidad comunicativa, la peor tragedia cotidiana es tener que escuchar que el teléfono marcado está desconectado o fuera de cobertura, que alguien tarde demasiado (es decir, dos días) en contestar un correo electrónico. Y la pérdida de conexión equivale a la muerte comunicativa, donde uno queda al margen de las oportunidades vitales. Si el fallo o la lentitud en la conexión los experimentamos como un verdadero drama es porque la comunicación inmediata forma parte de las posibilidades que damos por supuestas en una sociedad de la instantaneidad interactiva.
El éxito de la metáfora de la Red para describir la sociedad contemporánea se debe a la omnipresente realidad de la conexión. La conectividad es vista como un multiplicador de las actividades y de las oportunidades. El estado de conexión permanente se ha convertido en nuestra normalidad cotidiana. La obligación de estar conectado vale para todos los ámbitos de la sociedad: para el cultivo de la amistad, para la comunicación en la familia, para las organizaciones, la ciencia o los movimientos antiglobalización, para los niños a los que en una edad muy temprana pertrechamos con un móvil.
No llevamos bien la desconexión porque sentimos que nos estamos perdiendo algo
La conectividad es tanto un imperativo técnico como moral. Se trata de estar siempre integrado, disponible, accesible. No llevamos bien la desconexión porque estamos psicológicamente configurados con la sensación de que nos estamos perdiendo algo, sin argumentos para frenar la multiplicación de los contactos y apremiados por la exigencia de rendimiento continuo. No estar al alcance de los demás o resistirse a ciertas redes es toda una rareza. La conexión ha sido la clave de las oportunidades personales y la fuente de la riqueza para las naciones. La desigualdad digital se ha planteado como un problema de desigualdad en el acceso y no tanto a la capacidad efectiva de hacer algo con tales tecnologías.
Ahora bien, en menos de veinte años hemos pasado del placer de la conexión a un deseo latente de desconexión (Francis Jaureguiberry). Del mismo modo que el ocio y la pereza fueron reivindicados en la era del trabajo o el decrecimiento en medio del éxtasis del crecimiento y la aceleración, han ido apareciendo en los últimos años diversos elogios de la desconexión. Las reivindicaciones de un derecho a desconectar se han venido sucediendo a medida en que eran más visibles los inconvenientes y las patologías de la hiperconectividad. Aumentan los diagnósticos que hablan de una verdadera dependencia provocada por el exceso de interpelaciones y la sobredosis comunicativa.
¿A qué se debe este malestar que surge allí donde hasta hace poco celebrábamos una verdadera orgía del contacto y la accesibilidad? De entrada, al hecho de que el imperativo de la conectividad es una forma de poder, una imposición que exige de nosotros disponibilidad continua. El hecho de no responder inmediatamente al teléfono, por poner un ejemplo cotidiano, es algo que ahora debemos justificar. El imperativo de la inmediatez comunicativa se ha convertido en una estrategia de abreviación de los plazos y generación de la simultaneidad, lo que incrementa la aceleración general y la cantidad de cosas que podemos (y debemos) hacer. Pensemos en el teletrabajo, que en pocos años ha pasado de ser una liberación a experimentarse como una maldición. Donde rige la teledisponibilidad permanente, la urgencia se contagia hasta el espacio privado, que ya no resulta protegido por la distancia física.
El exceso de conectividad se vive subjetivamente como una carga porque el impulso de comunicar y expresar nos está situando fuera de todo autocontrol subjetivo. Seguramente hemos traspasado ya el umbral a partir del cual el networking se convierte en overlinking, la complejidad resulta irreductible y la sensación más habitual es la de estar desbordado. Todo ello ha llegado a provocar una náusea telecomunicativa, una fatiga tecnológica que se traduce en un deseo de desconexión, aunque sea parcial.
Cada vez hay más problemas que tienen que ver con el exceso de conectividad: las decisiones se complican cuando intervienen demasiadas personas e instancias; donde esperábamos una crowd intelligence tenemos más bien una conducta adaptativa que dificulta la creatividad personal; hay conexiones siniestras que están en el origen de cierta corrupción (entre los poderes políticos, económicos y mediáticos) y que solo se resuelven desacoplándolos; experimentamos el agotamiento que supone no tener espacios libres de conexión o la obligación de estar siempre localizables... La idea de "enredarse" tiene cada vez más connotaciones negativas, que aluden a la pérdida de tiempo, a quedar entrampado, a una omisión de lo verdaderamente importante.
Frente a este malestar, aumentan las estrategias de desconexión. En primer lugar, las de tipo personal, en la gestión de la propia conectividad. El objetivo sería preservar el propio ritmo en un mundo que empuja hacia la aceleración y a defenderse de un ambiente telecomunicacional intrusivo. Algunos reivindican el derecho a hacer una pausa, a no atender todo lo que nos solicita. Aquí cabe mencionar toda una serie de prácticas de desconexión voluntaria que permiten la desintoxicación informativa, como gestionar la atención y reducir el número de las informaciones a las que se hace caso, o modos de rehusar la comunicación continua, como desconectar el teléfono o el correo electrónico mientras se trabaja. Como decía Deleuze se trataría de "crear vacíos de comunicación, interruptores, para escapar al control". La espera, el aislamiento y el silencio, que habían sido entendidos como una pobreza a la que había que combatir, pasan a ser opciones positivas que permiten construir la autonomía personal.
La ciudad nos enseña prácticas de indiferencia social útiles para civilizar el espacio digital
En Francia ha habido recientemente un debate en el que se ponía en cuestión que estar conectado veinticuatro horas fuera bueno para los trabajadores; hay empresas californianas que envían a sus empleados a estancias para curar su exceso de conectividad; se da el caso también de empresas que han prohibido todo correo profesional a partir de cierta hora y durante los fines de semana. Me da la impresión de que estar desconectado es algo que va poco a poco perdiendo algunas de sus connotaciones negativas, que ya no designa una deficiencia comunicativa sino una práctica voluntaria que puede ser beneficiosa. Tal vez ilustre este cambio de valores el hecho cotidiano de que las vacaciones se hayan convertido para muchos en algo que ponemos bajo la metáfora del "desconectar".
Las estrategias para desconectar pueden agruparse en las de tipo temporal o espacial, según sea la dimensión en que se realizan. Las desconexiones temporales tienen que ver con la recuperación de un tiempo propio en el que el individuo pueda encontrar sus propios ritmos, el sentido de la duración y de la espera, de la reflexión y la atención. Se basan en el descubrimiento, tras décadas de sumisión a la prisa, de que los tiempos propios (de la reflexión, la distancia y la maduración) son fundamentales para construirse a sí mismo como sujeto. A veces basta con adquirir hábitos elementales como no contestar inmediatamente o ralentizar el trabajo. Desconectar, en este sentido, no tiene por qué significar salirse del tiempo sino encontrar el propio ritmo y no dejarse imponer unas aceleraciones que son discriminatorias, que no se corresponden con el tiempo que nos caracteriza íntimamente o con el propio de nuestro modo de trabajar (como las exigencias de rentabilidad a los saberes humanísticos, por ejemplo, o un criterio de innovación tomado de las ciencias naturales).
Las estrategias de desconexión espacial consisten en un placer inédito para nuestros antepasados: "La felicidad de estar ilocalizable" (Miriam Meckel). Se trata de salir de un ámbito en el que rige el ideal —que termina convirtiéndose en obligación— de transparencia o de reivindicar el derecho a no estar geolocalizable, interrumpiendo dicha función en nuestros móviles y ordenadores.
Hay empresas californianas que envían a sus empleados a  curar su exceso de conectividad
De hecho, nuestros dispositivos desarrollan cada vez más estas posibilidades de desconexión. Del mismo modo que los coches tienen la posibilidad de desconectar el sistema de conducción asistida o los fusibles saltan en nuestras casas cuando la intensidad eléctrica es excesiva, ya existen aplicaciones que bloquean la tentación de las redes sociales como AntiSocial, Afirewall o SelfControl cuando uno quiere no ser interrumpido y pretende aislarse para trabajar durante un tiempo. Igualmente hay filtros cada vez más sofisticados para proteger a los niños en el espacio abierto de Internet. Cabe mencionar en este sentido, como un movimiento contrario al frenesí expresivo de las redes sociales, movimientos como Anonymous, que reflejan el deseo de despersonalizar ciertas intervenciones en la Red. O pensemos, sin ánimo de hacer la lista exhaustiva, en el hecho de que la seguridad de las comunicaciones tiene que ver con soluciones que dificultan la accesibilidad a cualquiera, es decir, con estrategias para limitar la conectividad.
¿Cómo equilibrar las ventajas de estar conectado con la libertad de no estarlo siempre ni absolutamente? Propongo pensarlo mediante una analogía con la ciudad y plantearnos como objetivo urbanizar el espacio digital. Los grandes teóricos de la vida urbana (como Simmel, Bahrdt o Goffman), a contracorriente del tópico que exaltaba la cercanía y autenticidad de los pequeños enclaves comunitarios, subrayaron el anonimato que hacían posible las grandes ciudades, la libertad frente al control, la indiferencia generalizada, una cierta desatención, esa combinación de relaciones y privacidad, donde uno puede decidir qué aspecto de la propia personalidad desvela u oculta a los demás. El sociólogo alemán Georg Simmel dijo algo acerca de la ciudad moderna que podría sernos muy útil a la hora de pensar el tipo de interacción que debemos construir con las redes sociales. Llamó la atención sobre el hecho de que las ciudades son formas "débiles" de comunidad y comunicación, en las que es posible una cierta indiferencia frente a las múltiples ofertas de interacción. A diferencia de lo que ocurre en el mundo rural, en ellas no es obligatorio saludar a todo el mundo, ni comprar a todos los que nos ofrecen algo, ni considerar como un desprecio que no se fijen en nosotros. En la ciudad es posible ignorar a otros y disfrutar la libertad del ser ignorado por otros, el derecho a la no intromisión, a no ser juzgado.
La ciudad nos enseña muchas prácticas de indiferencia social que pueden ser de gran utilidad para civilizar el espacio digital. La experiencia de la distancia urbana podría ser un modelo para pensar de qué modo disfrutar de las posibilidades de interacción que nos ofrecen las TICs sin renunciar a las diversas formas de libertad que sólo pueden disfrutarse mediante una práctica de desconexión.
En un mundo en el que la inmediatez y la vecindad son lo habitual, resulta imperativo recuperar el sentido de la distancia como algo que uno debe procurarse para ralentizar el ritmo de la comunicación y la decisión, para sustraerse a la influencia de las opiniones ajenas y pensar por cuenta propia, para decidir uno mismo en su propio espacio y con su propio tiempo. Si en el pasado la distancia era un obstáculo para muchas cosas, hoy es un instrumento que facilita la autonomía personal.








[1] Tomado de El País, 21 de mayo 2015

Medios digitales

en la praxis política venezolana

Mariangel Alvarez



Existen concepciones de la vida política que se nos hacen tan corrientes que, para bien o para mal, las tomamos como naturales sin atender al entramado simbólico que esconden a la hora de motivarnos y dirigirnos dentro de nuestra cotidianidad. Los símbolos y las imágenes como medio para comunicar a  la sociedad tienen una fuerte influencia con respecto a las maneras en que nos podamos manejar hoy día, gracias a la manera tan efectiva en que condensan la información de todo ámbito que se considere importante o relevante en la vida social. No cabe duda que necesitamos de los símbolos y las imágenes para poder actuar y comunicar en forma conjunta de manera rápida y eficiente, pero es precisamente por esta condición que éstos son el vehiculo más adecuado para los discursos de poder.
Con la introducción de las nuevas tecnologías nuestras vidas han cambiado drásticamente, no sólo la forma en que nos comunicamos, sino también la forma en que hacemos nuestra praxis política. Las tecnologías se han convertido en el nuevo campo de batalla de los diversos intereses políticos, ¿Qué pasa cuando los medios digitales se relacionan con los políticos, y no únicamente con la política? Pensamos que el principal objetivo de tales medios de comunicación es informar los acontecimientos de la realidad, sin embargo, en ocasiones se convierten en megáfonos que permiten favorecer sectores de conveniencia. La importancia de este cuestionamiento versa entonces, no en discernir que es verdadero o no, pues esto es prácticamente imposible debido a los millones de participantes involucrados en la difusión de información en los medios digitales, lo que se busca es que, pensándose uno mismo como usuario de tal información, podamos abrir la ventana para explorar aquello que me afecta y ser crítico con tal información, no sólo reproductor sin variante ni evaluación critica.


El medio es el mensaje
Cuando McLuhan afirma que “El medio es el mensaje”[1] apunta a la relevancia de los medios de los cuales nos servimos para comunicar y comunicarnos con los otros, pues considera que el medio no es únicamente el vehículo por el cual se hace presente el mensaje que se quiere transmitir sino que siempre introducen información agregada a la que se tenía prevista al inicio. Esta afirmación, me parece, proviene de vieja data pues me recuerda a la frase de dominio popular “no es lo que dices sino como lo dices”. Así, el medio que se utilice para transmitir un mensaje impacta de manera inevitable en aquello que interprete el receptor cuando reciba lo resultante.
Existen diferentes formas de transmitir y expresar información, diferentes formas de arrojar nuestra interpretación de la realidad al mundo para ser compartida y enriquecida en conjunto con los otros. El medio de transmisión y expresión por excelencia, concuerdan muchos, no es otro que las palabras. Sabemos que las palabras son el principal medio de cualquier mensaje, son símbolos que, a su vez, diseñan representaciones que evocan diversidades de objetos a la mente.  Así, para McLuhan las palabras “son complejos sistemas de metáforas y símbolos que traducen la experiencia en nuestros sentidos pronunciados o exteriorizados”[2], es la primera tecnología de la que se sirve el ser humano para enriquecer su entorno pues permite una traducción de todas las complejidades que atañen al ser humano en un medio más que eficiente y altamente persuasivo. Sin embargo, él mismo afirma que “cada vez más podemos traducirnos en otras formas de expresión que nos superan”[3] y eso va a la par de las evoluciones tecnológicas.
Asimismo, la manera en que se ha enraizado la tecnología para la simplificación de las relaciones humanas no puede ser subestimada. Lo interesante de esto es que no se trata únicamente de la comunicación sino que se han abierto un sin fin de posibilidades de significación e interpretación gracias a la diversificación de los medios que bombardean y agobian al individuo. Si bien la televisión, la radio y la prensa (como los medios por excelencia) poseen[4] un respaldo sostenido por el supuesto de credibilidad que le antecede en su definición adjunta a la verdad por correspondencia sugerida por la inmediatez de la información, en la medida que los avances tecnológicos dieron paso a nuevos medios cada vez más y más accesibles para el público, esa inmediatez de la televisión, por ejemplo, se transformó en lejanía para el sujeto en comparación a los nuevos medios tecnológicos.[5] Esto hace que aquello que se considere verdadero dentro de la configuración de comunicación actual depende, principalmente, de los intereses del individuo por un lado y del poder dominante por el otro[6], y a fin de cuentas sería lo que la sociedad considera válido y coherente con su entorno. Con la televisión, por ejemplo, nos situábamos pasivos frente a la información que recibíamos porque la interacción con ésta es imposible. En ella encontramos una situación muy peculiar ya que, a diferencia de sus hermanas en la triada (la radio y la prensa), en menor tiempo ésta puede comunicar mucho más de lo que podría decirse en la radio o en la prensa. Si en todas ellas lo común es el lenguaje, ¿por qué la televisión ha sido el medio de comunicación por excelencia? Principalmente, gracias al uso de la imagen.[7]  
Las imágenes, al igual que las palabras, evocan representaciones en nuestro ser, sin embargo la forma en la que representan tienden a ser un poco más compleja por todo lo que está detrás de ella. La representación, dice Goodman, es un tipo especial de denotación pero en el sentido que propone el autor de Los lenguajes del arte, la representación es mucho más rica, no se reduce a la relación de semejanza sino que involucra tanto nuestros esquemas conceptuales como el contenido simbólico de los comunes en un contexto. En este sentido, Goodman nos propone tres criterios que le dan un sentido más completo a la complejidad que figura la representación por parte de las imágenes: denotación, ejemplificación y expresión. Todas ellas se dan de forma relacionada, pues si falta alguna de estas simplemente no es posible la representación.
La denotación es el proceso que va del símbolo al objeto, donde la representación de una imagen cualquiera debe ser un símbolo de ésta, haciendo que el espectador se refiera a dicha símbolos en el momento de representar tal imagen, es decir, lo que se busca es configurar la recreación del símbolo de tal manera que al representar a esa imagen este sea preciso y sin ambigüedades (siempre y cuando esté puesto en un contexto claro) una vez que ya fue denotada la imagen. Ahora, además de la denotación, la representación también involucra otra forma de simbolizar, esta la ejemplificación. En este sentido, ¿Qué involucra la ejemplificación? No representa al objeto sino a las propiedades de éste y a las que refiere según la simbolización usada, principalmente las propiedades representativas del objeto, aquellas propiedades que poseen evidente y literalmente, las cuales se organizan en sentido contrario que la denotación, pues estas van del objeto al símbolo.[8]
Para referirse a la expresión, el autor afirma lo siguiente: “Lo que expresa ejemplifica metafóricamente”[9]. En este caso particular, la representación le pertenece al propio símbolo que fue configurado como representación de la imagen y le pertenece de forma adquirida haciendo que estas sean referencia de aquello que quiere expresar, es decir, son criterios que no le pertenecen a la imagen, sino que son agregados por el sujeto. Se trata de un traslado de significado de un símbolo a otro, de agregar significados a imágenes que, de forma literal, no los tienen. Este proceso se da de manera metafórica y se da en la subjetividad del individuo, ya que la imagen puede impactarnos de diferentes maneras, lo que hace surgir en nosotros una serie de pasiones, sentimientos, pensamientos, conversaciones, etc., que no le son propias a la imagen. La manera en que trasladamos un significado de un símbolo a otro en función de una necesidad de expresar algo que en sí el objeto no posee pero gracias a la complejidad del lenguaje el hombre puede adjudicar sentimientos, sensaciones, pasiones, etc. a  las cosas, a las palabras, al arte[10], sin embargo creo que esto también puede extenderse a la política.


Microblogging
Tomando en cuenta que nuestras sociedades actuales son altamente visuales (ya sea por evolución propia o por imposición oculta debido a la inmanejable cantidad de información que nos bombardea a cada momento), el progreso tecnológico que gira en torno a la comunicación se ha dado la tarea de poder comunicar mucho más en el menor tiempo posible, logrando que el usuario maneje mucha más información de la que antes podría haber manejado bajo la premisa de “conectarlo” con el mundo. Hieronimo Squarciafico dijo que debido a la gran cantidad de libros que se podían hacer gracias a la imprenta, la memoria y la mente se verían debilitadas; una afirmación bastante difícil de respaldar. Pero ¿y si cambiamos los libros por imágenes, y la imprenta por Twitter?
Los medios digitales relacionan palabra, sonido e imagen, conjugan las diversas formas de creación de lo humano, no sólo para transmitir información sino además para la creación de nuevos medios cada vez más inmediatos.[11] Hemos creado la cultura de los 140 caracteres. Una combinación breve de palabras que usualmente viene acompañada de alguna imagen, generalmente alusiva al contenido escrito. La necesidad de la imagen se hace imperante en estos casos debido a lo poco que se puede decir en esos 140 caracteres y esperamos que dicha imagen complemente aquello que esperamos comunicar. El hombre que lee, poco a poco ha ido desapareciendo[12] y Twitter, como medio, ha creado en el imaginario social nuevas formas de comunicar. La complejidad de nuestro que hacer cotidiano nos exige, de una u otra forma, atender diversas cuestiones al mismo tiempo por lo que no podemos dedicar mucho a una sola cosa. Siguiendo esta tendencia, la información inmediata ha trascendido los espacios de twitter.com pues hemos adoptado su premisa para diversas áreas de nuestra vida[13]. Este proceder para la vida personal lo encuentro irrelevante para los propósitos de esta entrega, lo que encuentro interesante es el impacto de esto en la vida social y política.
Para la política, las imágenes le ayudan a canalizar los elementos irracionales que sostiene todo su entramado, y en los medios digitales se da una “casi infinita descomposición y recomposición (ensamblaje) de imágenes, formas y figuras”[14]. En este sentido, lo irracional (que es también una forma de organización de reglas para la convivencia) se define a partir de pasiones, creencias e impulsos sociales los cuales, según García – Pelayo, son “capaces de provocar, de fortalecer o de actualizar el proceso integrador” pero su fundamentación no es en tanto legalizada, sino legitimada, pues es en la aceptación social que tiene lugar su desarrollo.
Si pensamos entonces la democracia en los términos de Schumpeter en Capitalismo, socialismo y democracia como:
“es aquel sistema institucional, para llegar a las decisiones políticas, en el que algunos ciudadanos adquieren el poder de decidir por medio de una lucha de competencia por el voto del pueblo. Así pues, el ciudadano normal desciende a un nivel inferior de prestación mental tan pronto como penetra en el campo de la política”

Nos encontramos con un uso muy peligroso de la imagen, pues partiendo del ciudadano de a pie como individuo sometido a prejuicios e impulsos irracionales, además del poco tiempo del que dispone para mantenerse informado, caemos en una forma de hacer política que deja de lado la argumentación que intenta ser racional y se enfoca en los deseos inconscientes y de la manipulación de las imágenes de los candidatos, del partido o de las ideas que se pretenden caracterizar como si fuese una marca de consumo. Se hace clara la unión entre la apariencia y el discurso pasional cuando entran en juego los medios de comunicación, pues ya no se piensa en el ciudadano como un elector, sino como un consumidor que ha de comprar un producto. Mientras más grande el espectáculo, más consumidores se podrán obtener.

Los medios digitales como instrumento político
Tenemos los medios[15], utilizando el Internet[16], para acercarnos cada vez más los unos con los otros, incluso, tenemos la plataforma al alcance de nuestra mano. Gracias a estos medios tenemos mensajes en tiempo real, información del mundo en el momento que acontecen, actualizaciones instantáneas en el momento en el ocurren los sucesos, fotos, videos, notas de voz, en síntesis, tenemos la realidad frente a nosotros, ¿no?
¿Existe un mejor panorama que éste para hacernos una opinión, para ser críticos con nuestro entorno? Un día me tope con el siguiente tweet de @ChumelTorres[17] el 26-02-2015: “La polémica del vestido[18] nos demuestra que Internet es un arma muy poderosa en manos de la generación más estúpida de la historia.” Sinceramente no comparto tal afirmación, sin embargo, deja en evidencia el poder de los medios digitales, no sólo para lo que alguien pueda considerar contenido relevante sino que abarca todo. El preguntarnos que se considera contenido relevante es, en sí mismo, una entrega aparte, por lo que dejémoslo de manera muy básica: el contenido será relevante según los intereses de cada individuo o grupo de individuos. La pregunta que me surge directamente con el comentario de Chumel Torres es la siguiente: En la política ¿Cómo usamos esta arma tan poderosa? Sartori dice lo siguiente:
“las noticias de mayor repercusión, de mayor importancia objetiva, son las que tratan de información política, las informaciones sobre la polis (nuestra o ajena). Saber de política es importante aunque a muchos no les importe, porque la política condiciona toda nuestra vida y nuestra convivencia.”[19]

A la hora de formar nuestra opinión política, juzgamos en función de la información que llega a nuestras manos y es aquí donde el poder de la imagen se coloca en el centro de la problemática pues ésta es capaz de dirigir la opinión, transformando así a  la imagen en el eje de la política contemporánea.[20]
Los comunicadores sociales de profesión aún tienen la tarea de comunicar el hecho, independientemente del medio en que lo hagan por lo que aún existe un sustento de credibilidad en su oficio. Si las imágenes son crudas[21] entonces las tomamos como verdaderas, sin están modificadas de cualquier manera, entonces pierden su credibilidad. Siguiendo lo que propone Goodman, la imagen necesita de un contexto para poder delimitar su representación y así poder representar algo, pero si le agregamos a esto las consideraciones de McLuhan, el problema no estaría en la autenticidad o no de la imagen, sino en la imagen misma y el medio por el cual se presenta, pues a pesar de que la imagen sea nítida o no, esté centrada o descentrada, que no muestre ningún punto de referencia claro para poner en situación un hecho, etc., no importa demasiado pues se parte del supuesto de que esa persona estuvo allí[22] ya que el mismo concepto de medios digitales lleva esto de manera intrínseca.
Así pues, para nadie es un secreto que para que los partidos puedan llegar a los ciudadanos de manera recurrente hacen uso de los medios digitales. Esto configura cercanía con la población, y deben hacerlo en los términos predominantes; cuestión que para ellos es excesivamente beneficiosa puesto que, como ya hemos comentado, los medios digitales conjugan todas las cualidades de los medios tradicionales pero la digitalización de ellos ha tenido una interesante particularidad: no hay manera de verificar la información de manera infalible. Es por esto que la importancia de la imagen no se basa, en un primer momento, en lo que ella ejemplifica, es decir, el hecho como tal, el acontecimiento, sino lo que expresa, las circunstancias, las interpretaciones, las pasiones, acompañado de un breve texto que no agrega nada concreto a la imagen, y que si lo agrega lo haga de tal manera que evoque principalmente la pasionalidad del espectador, que en este caso es el gobernado y no a la descripción precisa del hecho.[23] Pensado en las consecuencias últimas de un modelo de dominio de los medios digitales, la cúspide de consecuencias políticas que devienen de la utilización de la imagen como recurso político se da, principalmente en tiempos profundamente trágicos donde, el pesimismo, el desencanto, la desilusión y la melancolía constituyen un elemento central de la visión del hombre en su entorno directo cosa que, no está de más decir, le agrada a los tiranos.
Es interesante cuando nos damos cuenta de cómo algunas concepciones de la vida política se nos hacen tan cotidianas (para bien o para mal) que acabamos por hacernos la vista gorda, olvidarlas, les dejamos de dar importancia, mientras que poco a poco nos consumen y controlan. Es así como he percibido que sucede con los medios digitales, en este caso específico con el uso que se le dan a las imágenes. En este sentido, no se ve la imagen únicamente como un recurso que otorga objetividad y veracidad al hecho que se desee ver reseñado, sino que también funciona como persuasión y retórica del poder, que influye en la forma de interpretar nuestra realidad a través de sentidos figurados e imaginarios. Pienso que el primer paso es reconocer estas complejidades y una vez que logramos esto somos concientes de ellas, lo que nos da la posibilidad certera de ser dueños de nuestro contexto histórico-social, dando paso hacía un total control de nuestra autonomía, y abriendo caminos para una vida política libre y plena.






[1] Cfr. Marshall McLuhan, Comprender los medios de comunicación: Las extensiones del ser humano, 1964, Editorial Paidós, (Barcelona, 1996), Cap. 1
[2] McLuhan, Comprender los medios, Pág. 78
[3] McLuhan, Comprender los medios, Pág. 78
[4] Particularmente considero que lo poseían, pues una de las cosas que me ha enseñado vivir la situación política actual es que la verdad se puede comprar.
[5] Cfr. Giovanni Sartori, Homo Videns: La sociedad teledirigida, 1997, Editorial Taurus (Buenos Aires, 1998), Pág. 26
[6] Cfr. Michel Foucault, Microfísica del Poder, Las ediciones de la Piqueta, (Madrid, 1980), pág. 188
[7] Cfr. Sartori, Homo videns, Pág. 26
[8] Cfr. Cfr. Goodman, Nelson, Los lenguajes del arte: Aproximación a la teoría de los símbolos, 1976, Editorial Paidós, (Madrid, 2010), Pág. 64
[9] Goodman, Los lenguajes del arte, Pág. 87
[10] Cfr. Goodman, Los lenguajes del arte, Pág. 88
[11] Cfr. Sartori, Homo videns, Pág. 32
[12] Cfr. Sartori, Homo videns, Pág. 51: “Siete horas de entretenimiento, más nueve horas de trabajo (incluyendo los trayectos), más seis o siete horas para dormir, asearse y comer, suman veinticuatro horas: la jornada está completa.” Cursivas son mías.
[13] Incluso las notas de prensa que se publican en línea mantienen esta idea de con la menor cantidad de caracteres posibles, con la mayor cantidad de imágenes y/o videos, comunicar la idea central de todo lo referido… Esto si podemos pasar del título que aparece en Twitter.
[14] Sartori, Homo videns, Pág. 58
[15] Mi inquietud no sólo se reduce a Twitter sino que se extiende a los medios digitales que impactan la sociedad: Facebook, Instagram, Snapchat, etc. donde lo común es el reducido uso de texto, acompañado de una imagen para completar la información que se pretende presentar.
[16] Cfr. Sartori, pag 54: Internet, la «red de las redes» es un prodigioso instrumento multitarea: transmite imágenes, pero también texto escrito; abre al diálogo entre los usuarios que se buscan entre ellos e interactúan; y permite una profundización prácticamente ilimitada en cualquier curiosidad (es como una biblioteca universal, conectada por diferentes mecanismos).
[17] Comediante mexicano.
[18] ¿De qué color ves el vestido? ¿Azul con negro o blanco con dorado?
[19] Sartori, Homo videns, Pág. 65
[20] Cfr. Sartori, Homo videns, Pág. 66
[21] RAW en Inglés, imagen sin ningún tipo de modificación o alteración digital. 
[22] Esto en un primer momento, ya sabemos que una vez que esta información sale, no hay manera sencilla de conseguir su origen.
[23] En este tipo de comentarios, pienso en páginas de divulgación como VTV, DolarToday, Aporrea, La Patilla, etc., con las reseñas de noticias de carácter y consecuencias políticas.