miércoles, 1 de septiembre de 2021

Denis Diderot De la Manera

 

Denis Diderot

De la Manera[1]

(Texto clásico)



Estudio entorno cromático vegetal. DDLR2021. Redes Sociales Vegetales


Tema difícil, demasiado difícil quizá para quien sabe lo poco que yo sé. Materia de reflexiones finas y profundas, que exige unos conocimientos muy extensos y sobre todo una libertad de espíritu de la que carezco. Desde la pérdida de nuestro común amigo[2], por mucho que mi alma intente agitarse, permanece envuelta en las tinieblas del recuerdo de tantas escenas dolorosas. En este mismo instante en que le hablo, estoy al lado de su lecho, lo estoy viendo, oigo su lamento, estoy tocando sus rodillas frías, pienso que un día... ¡Ay, Grimm!, dispénseme de escribir o al menos déjeme llorar un momento. La manera[3] es un vicio común a todas las bellas artes. Sus orígenes son aún más secretos que los de la belleza. Tiene un algo original que seduce a los niños, que impacta a la multitud y que corrompe en ocasiones a toda una nación. Pero le resulta más insoportable al hombre de gusto que la fealdad, ya que la fealdad es natural y no sabe de ridículas pretensiones ni desviaciones mentales. Un salvaje amanerado, un campesino, un pastor, un artesano amanerados son monstruos inimaginables. Creo pues en primer lugar que la manera ya sea en las costumbres, en los discursos o en las artes, es un vicio propio de una sociedad civilizada. En el origen de las sociedades, se encuentran las artes brutas, el discurso bárbaro, las costumbres rústicas; pero tienden al unísono hacia la perfección hasta que nace el gran gusto; no obstante, el gran gusto es como el filo de una navaja, sobre el que resulta difícil mantenerse. Enseguida se depravan las costumbres, se extiende el imperio de la razón, el discurso se vuelve epigramático, ingenioso, lacónico, sentencioso, las artes se corrompen por el refinamiento. Se encuentran las antiguas rutas ocupadas por modelos sublimes imposibles de igualar. Se escribe poética. Se imaginan nuevos géneros. Se hace uno singular, original, extraño, amanerado. De ahí que la manera parezca el vicio de una sociedad civilizada en la que el buen gusto tiende a la decadencia. Cuando el buen gusto ha alcanzado en una nación su más alto grado de perfección, se discute sobre el mérito de los clásicos, que se leen menos que nunca. La pequeña proporción del pueblo que medita, que reflexiona, que piensa, que toma como única medida de su estima lo verdadero, lo bueno y lo útil, es decir, los filósofos, desprecian las ficciones, la poesía, la armonía, la antigüedad. Quienes sienten, quienes son interpelados por una bella imagen, quien poseen un oído fino y delicado, gritan: «¡Blasfemia! ¡Impiedad!» Cuanto más se desprecia al propio ídolo, más se inclinan ante él. Si aparece entonces un hombre original, de espíritu sutil, que discute, analiza y descompone, corrompe la poesía por medio de la filosofía, y la filosofía por medio de unas ingeniosas obritas de poesía, nace una manera que arrastra a la nación. De ahí surge toda una legión de insípidos imitadores de un modelo extraño, imitadores de los que podría decirse, como lo hacía el médico Procopio: «¡De los jorobados os burláis...! ¡Si sólo están mal hechos!»

Esos imitadores de un modelo extraño son insípidos, porque su bizarrearía es artificial. Su vicio no les es propio. Son monos imitadores de Séneca, de Fontenelle y de Boucher[4]. La palabra «manera» es ambivalente, positiva o negativa. Pero cuando está sola, en general se utiliza en un sentido peyorativo. Se dice «tener maneras», «ser amanerado», y siempre en el sentido de vicio. Pero también se dice «su manera es grande», como en el caso de Poussin, Le Sueur, el Guido, Rafael, los Carracci. Sólo cito aquí a pintores, pero la manera se encuentra en todos los géneros, en escultura, en música, en literatura. Hay un modelo primitivo que no existe en la naturaleza y que está sólo vagamente, confusamente, en el entendimiento del artista. Hay entre el ser más perfecto de la naturaleza y ese modelo primitivo y vago un espacio, una dimensión por la que se dispersan los artistas. De ahí las diferentes maneras propias de las diversas escuelas, y de algunos maestros distinguidos de la misma escuela, maneras de dibujar, de iluminar, de colorear, de vestir, de ordenar, de expresar. Todas son buenas, todas son más o menos próximas al modelo ideal. La Venus de Médicis es bella. La estatua de Pigmalión de Falconet es bella. Sólo que parecen ser dos especies distintas de bella mujer. Me gusta más la bella mujer de los clásicos, de los antiguos, que la bella mujer de los modernos porque es más mujer. Porque, ¿qué es la mujer? El primer domicilio del hombre. Tengo que percibir, pues, ese carácter en la anchura de las 

caderas y los riñones. La elegancia no puede consistir en una esbeltez en contra del carácter, de la esencia, porque será una elegancia falsa, amanerada. Hay una manera nacional que resulta difícil eludir. A uno le tienta la bella naturaleza que ha tenido siempre ante los ojos. No obstante, el modelo primitivo no es de ningún siglo, de ningún país. Cuanto más se acerque a él la manera nacional, menos viciosa será. ¿Qué estropeó casi todas las composiciones de Rubens? La fea y material naturaleza flamenca que se empeñó en imitar. En temas flamencos sería quizá menos reprensible. Quizá, la constitución fofa, blanda y compacta le vaya bien a un sileno, a una bacante y demás seres crapulosos. Sí, le convendría perfectamente a una bacanal. Porque no toda incorrección es viciosa. Hay deformidades propias de la edad y de la condición. El niño es una masa carnosa sin desarrollar; el viejo es descarnado, seco y cheposo. Luego, hay incorrecciones locales: el chino tiene los ojos pequeños y oblicuos; la flamenca, las tetas pesadas y el culo gordo; el negro, la nariz aplastada, los labios gruesos y el cabello encrespado. Si se respetaran tales incorrecciones no se caería en el amaneramiento sino, antes al contrario, estaría evitándose. Si la manera es afectación, ¿qué parte de la pintura no peca de tener ese defecto? ¿El dibujo? Pero si hay quien dibuja redondo y hay quien dibuja cuadrado. Los unos hacen sus figuras longuilíneas y esbeltas, los otros las hacen cortas y pesadas. O las partes se dejan sentir demasiado, o nada en absoluto. Quien haya estudiado al desollado, verá y transmitirá siempre lo que hay debajo de la piel. Ciertos artistas estériles tienen tan sólo un pequeño número de posturas corporales, un solo pie, una mano, un brazo, una espalda, una pierna, una cabeza, un rostro, que repiten siempre. En éste, reconozco al esclavo de la naturaleza, en aquél, al esclavo de la antigüedad. ¿El claroscuro? ¿Pero qué es sino afectación esa manía de reunir toda la luz sobre un objeto y dejar el resto de la composición en la sombra? Parece que esos artistas lo hayan visto todo siempre por un agujero. Otros diseminarán más sus luces y sombras, pero caerán sin cesar en la misma distribución. Su sol es inmóvil. Si se ha fijado alguna vez en las pequeñas circunferencias de luz que refleja el agua de un canal enviándolas al techo de una galería, tendrá una idea correcta de lo que es el parpadeo. ¿El color? Pero si el sol del arte no es el mismo que el sol de la naturaleza. Ni la luz del pintor, la del cielo; ni la carne de la paleta, la mía; ni la visión de un artista, la de cualquier otro. Entonces, ¿cómo no va a haber manera en el color? ¿Cómo no va a ser el uno demasiado brillante y el otro demasiado gris? ¿Y cómo no va a haber un tercero demasiado mate, demasiado oscuro? ¿Cómo no va a haber un vicio de técnica resultante de todas esas falsas mezclas? ¿Un vicio de escuela, o de maestro? ¿Un vicio físico, un defecto del órgano al que los diferentes colores no afectan en la misma proporción? 

¿La expresión? Pero si es a la que más se acusa de amaneramiento. Efectivamente, la expresión es amanerada de cien formas diferentes. Hay en el arte, como en la sociedad, las falsas gracias, los melindres, la afectación, el preciosismo, la vulgaridad, la falsa dignidad o la altanería, la falsa gravedad o la pedantería, el falso dolor, la falsa piedad. Todos los vicios, todas las virtudes, todas las pasiones tienen sus muecas. Las muecas están a veces en la naturaleza, pero siempre son desagradables en la imitación. Exigimos que un hombre siga siendo hombre en medio de los peores suplicios[5]. Es normal que un ser que no está volcado por completo en su acción resulte amanerado. Todo personaje que parece decirle a uno: «Mira qué bien lloro, mira qué bien me enfado, qué bien suplico» es falso y amanerado. Todo personaje que se aleja de las justas conveniencias de su estado o de su modo de ser, de su esencia, un magistrado elegante, una mujer que se desespera y que mueve enérgicamente los brazos, un hombre que anda y que mueve con gracia la pierna, son tan falsos como amanerados. Ya he dicho con anterioridad que el célebre Marcel[6] hacía de sus discípulos artistas amanerados, y no me desdigo. Los movimientos ágiles, llenos de gracia, delicados, que confería a los miembros, alejaban al animal de las acciones simples y reales de la naturaleza, sustituyéndolas por otras actitudes convencionales que conocía mejor que nadie en el mundo. Pero Marcel desconocía profundamente el aire franco del salvaje. Aunque estoy seguro que en Constantinopla, si hubiera tenido que enseñar a bailar a los turcos, habría compuesto otras reglas. Pretender que hubiera enseñado igual y de maravilla la monería esa francesa de la buena educación, por qué no. Pero que ese alumno consintiera en desolarse por la muerte o la infidelidad de su amante, o en echarse a los pies de un padre irritado, eso sí que no me lo creo. Todo el arte de Marcel se reducía al conocimiento de un número limitado de movimientos en sociedad. No sabía ni siquiera lo suficiente para formar a un actor mediocre. Y el modelo más insípido que hubiera podido escoger un artista, habría sido un alumno suyo. Puesto que hay grupos que son exigidos, masas convencionales, actitudes fósiles, una distribución esclava de la técnica a menudo en detrimento de la naturaleza y del tema, falsos contrastes entre las figuras, contrastes igual de falsos entre los distintos miembros de una misma figura, hay pues «manera» en la composición de un cuadro. Reflexione al respecto y se dará cuenta de que lo pobre, lo mezquino, lo pequeño, lo amanerado también se encuentra en los tejidos, en la vestimenta, en pintura como materia también. De la imitación de la naturaleza, ya sea exagerada, ya sea embellecida, nacerán lo bello y lo verdadero, lo amanerado y lo falso. Porque entonces el artista está abandonado a su propia imaginación. Se queda sin ningún modelo preciso. Todo lo novelesco es falso y amanerado. –«Pero toda naturaleza exagerada, agrandada, embellecida más allá de lo que nos presenta en los individuos más perfectos, ¿acaso no es novelesca?» No. –«¿Qué diferencia hace usted entre lo novelesco y lo exagerado?» Véalo en el preámbulo a este Salón[7]. La diferencia entre la Ilíada y una novela es que aquella representa el mundo tal como es, un mundo semejante al nuestro, pero donde los seres y en consecuencia los fenómenos físicos y morales son mucho más importantes, más grandiosos. Medio seguro para excitar la admiración de un pigmeo como yo. Pero me canso y me aburro de mí mismo, y acabo por temer aburrirle a usted también. No estoy nada satisfecho de estas páginas, que quemaría sino fuera por la pereza que me da volver a empezar. Mañana, el resto. Y me libraré de usted, y usted de mí.

 

 

 

 

 

 



[1] Denis Diderot: De la Manera. Artículo de su libro Salón 1767. Ed. A. Machado. Madrid, 2003. En Anexos.

[2] Étienne-Joël Damilaville (1723-1769), inspector principal del impuesto «vin- gtième» (había que pagar la vigésima parte de los ingresos), en el Quai des Mira- mionnes, amigo íntimo de Diderot (véase correspondencia) y autor de la voz «vingtième» en la Enciclopedia.

 [3] Se refiere al estilo manierista en las artes de su época. Estilo decadente y afeminado, según la opinión de este pensador francés.

[4] Séneca ha sido criticado en múltiples ocasiones por Diderot. A Boucher lo llama el «Fontenelle de la pintura». 

[5]En su ensayo sobre la pintura, Diderot retoma el tema, ejemplificado con el Laocoonte. 

[6]Marcel, fallecido en 1759, maestro de danza del rey en 1726. Ya trata Diderot el tema con ironía en su Ensayo sobre la pintura, citando como «maestros de gra- cias» a Marcel y a Dupré, maestro de danza en la Ópera.

[7] Se refiere a su propio libro de críticas sobre arte, Salón 1767.

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