sábado, 1 de enero de 2022

Del Gusto en Voltaire y Rousseau David De los Reyes

 

Del Gusto en Voltaire y Rousseau


David De los Reyes

Ritornelo Vegetal 1, DDLR2022



El paladar de Voltaire y  la doble condición del gusto

En tema del gusto y su génesis hasta su presencia en la actualidad puede verse desde varias perspectivas. Para ello  comenzaremos dirigiendo nuestra mirada a los autores del siglo XVIII y en principio nos encontramos con las reflexiones de Voltaire (1694 – 1778). El maestro de la ironía ilustrada nos presenta una reflexión del tema en su Diccionario Filosófico. En el apartado Gusto nos declara que no piensa tratar sobre la condición de los alimentos y su relación con el paladar gustoso, y aclara que muchas lenguas al hablar del gusto lo primero que sale es un plato de comida. Considera que este tema tiene más aristas que un mero plato de trufas. Pero bien sabemos que el gusto es eso, pero también mucho más. Es la metáfora para el conocedor ilustrado del sentido de belleza en las artes. Hoy perdido como brújula para el reconocimiento del arte en general, al ampliar su dirección al callejón de lo estético para toda expresión artística. Igualmente en este recorrido por el gusto nos encontramos con su oponente de marras de Voltaire, el caminante solitario Jean Jacques Rousseau, el cual nos lleva a relacionar el gusto con la virtud, el placer con la ética personal, y comprender que al hablar de gusto se está ante una sociedad que carece de ello, pues el gusto, para este ginebrino, va con la prácticas de la convivencia social y su adquisición por medio de las costumbres de un lugar, declarando que tanto los individuos, como las naciones, tienen su propio gusto que lleva a distinguirlos de los otros.

Voltaire, François-Marie Arouet (Paris, 1694 – 1778), fue un filósofo y literato francés, uno de los más connotados representantes de la Ilustración. El gusto, para este gran polemista y cultivador de la palabra iluminada, lo relaciona con el placer del paladar, como dijimos, pero para negar que sea reducido al sabor obtenido por las papilas gustativas al degustar cualquier manjar.  Nos da una mirada rápida del concepto y su justificación, propone que esta condición humana proviene de un acto reflexivo, que parte por ser una experiencia sensible y voluptuosa en relación con lo bueno y que al conocer este marco se puede rechazar lo contrario que no es tal. En la confrontación de los gustos entre individuos podemos observar indecisiones, lo cual es lo casual en todas estas miradas subjetivas, pero cayendo en el abismo de no llegar a tener certeza de lo que verdaderamente se presenta como agradable o aceptable, pues para ello se requiere haberse ejercitado y acostumbrado en adquirir determinado gusto. Cosa que no es fácil en ciertos campos del arte, que no es el del simple consumismo de signos y productos con los que se inflama nuestro deseo material.

De esta forma el gusto personal no se puede llegar a satisfacer sólo con la perspectiva inmediata del ver y del comprender un objeto que expide un rasgo de belleza o de atención estética. Para ello hay que vivirlo y describirlo con nuestra imaginación. No por medio de un discernimiento contingente, donde el tránsito del gusto personal debe estar atravesado, para Voltaire, tanto por un acercamiento del gusto de orden intelectual como sensual.

Por consiguiente, siendo fiel a su intensificado gusto etílico francés, nos dirá que un catador apreciará y reconocerá enseguida la mezcla de dos licores, como el conocedor literario sabe desojar en una obra literaria la mezcla de dos estilos si aparecen en ella. Y, como todos los delicados de gusto y sin mucho conocimiento de los matices de los fuertes y variados sabores picantes, echará al rincón del mal gusto físico el gustar de condimentos demasiado intensos, refiriendo una analogía con el mal gusto artístico que para él no era otra cosa que aquello que constaba de muchos adornos recargados sin poder presentar nada que pueda hacer gala de su constitución natural en su aproximación a nuestra percepción. 

Voltaire, gastrónomo por todos los costados, no deja de acentuar su displicencia ante la corrupción que expide el gusto depravado de los alimentos, (que hoy estaría en todos, intensificado con toda la variedad de comida chatarra e industrialmente procesada en millones de anaqueles tanto de supermercados como de establecimientos de todo tipo). Este gusto depravado de los alimentos estriba en preferir lo que degustan la mayoría de los hombres. Como el gusto depravado vendría a presentarse en el arte al enamorarse de dispositivos que rechazan las personas ilustradas, como sería preferir lo burlesco a lo noble, lo afectado a lo sencillo y natural. ¿Cuál puede ser este gusto depravado en nuestro presente? Posiblemente todo aquel que está inscrito en la llamada industria cultural que vendrá a satisfacer nuestra dosis de afectación de forma rápida y pasajera de adicto consumidor pertinaz, es decir, de aquellos productos que tienen inscrito la obsolescencia en el momento de su aparición y que viene a ser lo que nutre un mercado de consumo transitorio masivo, comercial y chusco, sin mayor profundidad que el pago de su adquisición para pasar lo más pronto a otra apropiación compulsiva dentro del mercado estético de los dispositivos vinculado con la afectación sensible. Preferir lo banal, las obras estandarizadas por el mercado, los gustos alimenticios de intensos ingredientes saborizantes o las obras de ¿arte? que son validadas por los efectos y el schock producido sobre nuestra sensibilidad por la influencia que despierta con el dispositivo de un impacto visual, sónico, táctil, etc. Esto podría ser ejemplo de un sujeto sin gusto que, para Voltaire, padecería una enfermedad del espíritu, de una carencia perceptual, de una patología en la sensibilidad en nuestra estructura corporal, y de un desarrollo ante lo significativo truncado por la imposición de efectos que no están sujetos a un cultivo de la reflexión ni a una comprensión de los juegos sensibles del lenguaje artístico. 

Voltaire distingue una doble condición del gusto. Un gusto físico que se desarrolla por el contacto con las artes, el cual es un gusto limitado sólo a la vivencia de lo sensual. De un gusto que remite sólo a lo físico, aunque advierte que puede llegarse a acostumbrarse el apreciar objetos que estéticamente antes podían causarnos repugnancia. Y llega a un corolario naturalista sensualista: la naturaleza pareciera que está conformada de tal manera que conduce al hombre a desear todo lo que le es necesario.  En cambio, el gusto intelectual exige otras consideraciones y otros tiempos. Nos exige la continuidad de la formación y reflexión para su apropiación. No por ser sensible vendrá a poseerse una condición de gusto innato. El gusto intelectual exige conocimientos.  El gusto por el que apuesta Voltaire es el que nos pide, por encima de nuestra condición social, el emprender una aventura en el desarrollo del gusto por medio no sólo de nuestra relación con la inmediatez sensible, sino por la gradualidad del posesionarse de conceptos, juicios, teorías junto a sus matices perceptuales, que pasan a conformar nuestra acción cotidiana ante lo que nos afecta y nos perfila nuestro día a día.  Es la formación que lleva a saber distinguir y discriminar cuando nos coloquemos ante determinada obra de arte, como el ejemplo que nos da: el distinguir las partes de un gran coro de música, o el de ser capaz de observar las gradaciones y matices de una obra visual, que en su época estaría al captar en una obra pictórica sus claroscuros, su perspectiva, el uso armónico de los colores o lo correcto del dibujo en su representación.

Notamos entonces que el gusto no es un saber sensible que se adquiere de forma inmediata o en poco tiempo. Si bien todos poseemos una capacidad sensible, un sensus communis. Su ampliación consciente requiere para su aparición la disposición en nuestro cuerpo y mente  ejercitarse de forma gradual, y con tiempo, según el caso. En el fondo es tener una consciencia del uso de nuestros sentidos, de nuestros ojos, nuestros oídos; de cómo enfrentamos nuestra mirada y nuestra escucha ante los tipos de obras que nos afectan. Toda una dimensión extensiva de nuestra sensibilidad receptiva como sujeto estético epistemológico formado. Es la opción de saber conmoverse espiritualmente ante la representación de una representación teatral, pero sin alcanzar a comprender su estructura, sus partes, su unidad, ni el delicado arte ejecutado por algún personaje del por qué entra o sale de escena, ni otros subterfugios de la artificiosa teatralidad en nuestra imaginación.

Voltaire reclama la necesidad de reflexionar sobre lo que se ve y se escucha, lo cual ese ejercicio, al cabo de esta experiencia con lo sensible elegido, nos otorgará el poder comprender lo que nos recomienda para esta inserción del gusto sensible dirigirse hacia un gusto intelectivo, de un juicio estético reflexivo. El buen arte lleva a que el gran público de una nación pase de una imantada insensibilidad contagiosa a una cercanía del gusto profundo estético: El gusto se forma insensiblemente en una nación que carecía de él, porque poco a poco va comprendiendo el espíritu de los buenos artistas. Es el caso que refiere a su nación, la Francia de la Ilustración en el siglo XVIII, modelo internacional de influencia y desarrollo de todas las artes, tanto para los países europeos como para las nuevas impersonales repúblicas americanas.

Todos nacemos con la capacidad de expresar cierto gusto sensual. Llegamos a conmovernos por nuestra innata condición de la sensibilidad que nos proporciona casi de forma natural un gusto sensual, como es el caso de la repulsión de ciertos alimentos y la preferencia dada a otros por el placer que nos proporciona al paladar acostumbrado a ellos. Voltaire comprende que eso no puede discutirse, pues será una experiencia individual y no se puede corregir los defectos de determinados órganos si no están bien conformados. 

Sucede lo contrario respecto al gusto artístico. En ello podemos captar cierto sentido de belleza real, un buen gusto que nos lleva a una porcentaje de comprensión y un mal gusto cuando se desconoce tales opciones artísticas; pudiendo superar sus carencias y tal defecto por una atención a su uso y a las costumbres con las que nos hacemos de nuestra experiencia sensible a lo largo de los días.

También advierte que habrá especímenes del género humano que no tendrán la más mínima capacidad de acercamiento a este gusto artístico. Hombres fríos y obtusos, plenos de necedad y prejuicios que no tienen la menor disposición de esforzarse para enderezar su inteligencia. Dejando claro que con estas personalidades no se debe disputar en materia de gusto, pues simplemente carecen de él y no tienen el menor interés en acercarse en cambiar tal no-preparación en su persona.

El gusto seguro y desarrollado, formado, por regla general, tendrá una opción rápida de captar la belleza ante la diversidad de efectos; como notar de un efecto particular entre una variedad amplia de belleza. Sus apreciaciones son propias de toda una tradición clásica del arte.  La de una razón sensualista que nos aclara la rentabilidad estética de nuestras experiencias con lo artístico.  Resguardándonos de los posibles choques contingentes de defectos y de insensibilidad ante la obra bien hecha y significativa, sea a nivel simbólico o cualquier de otra distinción, superando la indiferencia a un orden creativo y distinto del arte.

El gusto formado, la apreciación del gusto ante el arte, tiene la particularidad de entrar verdaderamente en los placeres que dispone un público con gusto construido conscientemente- Esto da grados de humanidad y formación, de calidad de experiencias y formas de vida pues: ven, oyen y sienten las bellezas que se escapan a los hombres que tienen una organización menos sensible o son menos prácticos. Voltaire no duda por su propia experiencia. Concibe el gusto artístico como un derecho del que no se debe evadir el hombre cultivado esforzado por su propia decisión formativa. Un cambio en toda su condición ontológica natural al sufrir un juicio estético adquirido por la experiencia al contacto con la llamada belleza del arte, que hoy no tiene nada que ver con la belleza referida como propia de ese siglo de las luces. Unas luces que transformaría en el hombre de buen gusto con otros ojos, otros oídos, otro tacto que el hombre vulgar, sin sensibilidad, sin formación de apreciar los matices de la sensibilidad estética, del público que siente satisfacción en los programas masivos que tienen mucho picante, es decir, acción y efectos gratuitos que afectan solo a nuestra emocionalidad separada del espacio de una inteligencia emocional consciente, que es lo que se prescribe en los públicos de hoy.

O como el mismo anota al final de su artículo del Diccionario referido:

“El hombre de buen gusto tiene otros ojos, otros oídos y otro tacto que el hombre grosero. Le desagradan los lienzos mezquinos de Rafael, pero admira la gran corrección de su dibujo; descubre con satisfacción que los niños de Laocoonte son desproporcionados comparándolos con la talla del padre; pero el conjunto del grupo le hace estremecer, mientras otros espectadores lo contemplan tranquilos”[1].

 

 


 

El paseante voluptuoso de Rousseau y la sencillez del gusto desde la campiña

El caso de Jean Jacques Rousseau (1712 -1778), el  polímata suizo francófono ginebrino, nos lleva a tener nuestra atención sobre el gusto bajo otro perfil  distinto a Voltaire. Este comprende en unir la perspectiva estética con la ética. Nada más leer sus primeras palabras sobre el asunto nos lleva a recordar la postura que desarrollará Kant en su tercera crítica, la Crítica del Juicio, publicada en 1790, en torno al juicio estético, en la cual se concluirá, de manera determinante, que siempre será un juicio subjetivo, individual en principio.

Pero el pensador suizo enfatiza que el gusto no puede imponerse a través del juicio estético mismo, pues no es susceptible de demostración.  Aceptar que poseemos por nuestro gusto una afirmación de algo como bueno no nos puede referir que estamos ante una verdad absoluta artística. Por más que se busque comparaciones con referencias en torno a ello no podemos asegurar que nuestro gusto merezca una preferencia por encima de otra opinión. Esta, sea individual o por el producto de la idiosincrasia de una nación (como puede ser una música folclórica ante otra, i.e.). Ese énfasis estético lo que nos revela realmente es un prejuicio individual (nacional), que no se puede convertir en una razón universal, ante lo cual es mejor aceptar la tolerancia de mantener un paralelismo de reconocimiento de la diferencia surgida ante la diversidad de opiniones al respecto.

Imponer un gusto por encima de otro, como darle una importancia al buen gusto por encima de otro es, para Rousseau, un síntoma de depravación.  El gusto debe vivirse más que reflexionarse; es la postura de una personalidad que ya afina la ruta futura del alma romántica. Y su posición es que los discursos que aparezcan sobre el gusto, como también de la virtud, muestran una época en que ya no hay, o son escasas, las experiencias virtuosa o gustosa que se puedan observar.  Este autor nos afirma que en donde reina tanto una como la otra, la sensación es arropada por la costumbre, se adentra en la intimidad subjetiva experimentada en la cotidianidad vivida tanto individualmente como en la convivencia con los otros. Como costumbre se le presta atención, se le ama y nada más, no hay que hablar sobre ello. Así: la unión íntima del gusto con las costumbres no escapa a quien reflexione por un momento. Es una inconsecuencia que no está en el hombre, y lo lleva a actuar constantemente contra sus propios prejuicios[2].  

Rousseau relaciona el gusto con lo bello. Rechaza lo que llama como bello abstracto. ¿Qué es lo bello abstracto para este autor? En una primera aproximación pareciera que va en contra de la idea de belleza platónica, donde lo bello percibido o experimentado en los objetos sería una apariencia y, por la concepción de la teoría de las ideas, algo imperfecto e ilusorio. El paseante solitario de Rousseau nos dará una concepción más romántica o física de la experiencia de lo bello, adentrándonos a comprenderlo en función de la cultura y del tiempo, es decir, de su aparición histórica en una sociedad. De esta forma nos separa de aceptar una belleza abstracta  (intelectual), al no haber sido vivida, sentida y experimentada. Experimentada en tanto aceptar ciertas relaciones de conveniencia y convención social respecto a lo que debe ser bello. Lo bello no se remite a un concepto o a una teoría desgajada del contacto personal sensorial estético.  Sólo nos tenemos a nosotros mismos para medir las relaciones que nos despiertan en nosotros sentir lo bello de un objeto o de una experiencia, y es esa experiencia y no los juicios sobre las afectaciones lo que nos llevarán a toparnos con lo ente que es bello. Lo bello no es una proposición abstracta, un juicio universal, sino un vínculo con lo que vivimos, nos afectamos, y agradamos por el juego de las relaciones sensoriales personales. Lo bello humaniza al reconocernos en lo otro las potencialidades sensibles de la creación artística o natural.

Y, sin embargo, Rousseau nos conmina aceptar la postura clásica de la idea de belleza aristotélica. Lo bello aparece para el hombre por imitación: El hombre no hace nada bello sino por imitación. Siendo fiel a su postura naturalista y defensor del mítico buen salvaje no afectado por las depravaciones de la sociedad europea de su momento, encierra esta perspectiva del gusto al relacionar que los verdaderos modelos del gusto se encuentran y surgen al imitar a los elementos de la naturaleza. Al alejarse de este modelo insoslayable el arte se deforma, disminuye la condición bella de una obra. La naturaleza es el escenario que debemos amar en principio y de la que surgirán todos los modelos posibles, haciendo de ello la regla, el canon de la belleza para todo producto de nuestra imaginación. Esto nos resguarda de vivir  la idealista concepción platónica atemporal de lo bello en sí; tener a la naturaleza como dadora de todos los buenos gustos humanos. Nos resguarda del gusto depravado que vendrá atenerse ¡y someterse! al capricho y la autoridad de lo que les place a los que tomamos como nuestros guías para la experiencia de lo bello[3].

Esto se nos muestra, i.e., en su ensayo sobre El origen de la melodía. Ahí Rousseau opone el artificio a la naturaleza. Si la melodía y el canto es una pura obra de la naturaleza, la armonía, al contrario, será «una producción pura del arte». Es por estas palabras que Rousseau analiza la edad de oro que preside a la unión de la melodía y el lenguaje. El autor describe a la sociedad pastoral antes de la llegada de la edad heroica griega. Y así encadenará la prueba que para él tiene la superioridad de la melodía sobre la armonía. En su conocida polémica con el compositor francés Jean Philippe Rameau encontramos el origen de estas dos actitudes ante la idea del gusto, de dos filosofías del arte musical distintas: la sensibilidad melódica en Rousseau ante la racional armonía de los acordes en Rameau. La melodía ilustra el grito de la naturaleza, el acento, el nombre y el tono patético y apasionado que agita al alma dada por la voz humana. Rousseau siente salir la melodía desde su propio corazón. Por su canto interior, el escritor encuentra el alma de la música, reconociendo la voz de la naturaleza y descubriendo el origen de la melodía.[4]

Rousseau advierte de forma crítica al supuesto buen gusto de los artistas, los nobles, los líderes, pues en ellos el gusto está presente para expandir su vanidad, como proyección de su personalidad egocéntrica. Estos, vendrían a establecer el sistema e imperio del lujo, es decir el ornamento personal superfluo para resaltar una superficial distinción social, al aspirar aceptar como bello lo costoso y lo difícil de obtención. Es una belleza que no surge de la regla propuesta por el pensador, nos referir tal ejercicio de vanidad gustativa como única: una postura naciente de una personalidad presuntuosa, arrogante y engreída; imposición estética en contradicción con lo verdaderamente bello para este pertinaz caminante ginebrino; lo cual está alejada de aceptar lo bello como imitación de la naturaleza. Tales formas de percibir  presuntuoso no dejan nada sano a los ciudadanos. El lujo y la vanidad absorbidos de estos individuos hará de los mejores hombres seres corruptos por el afán de imitar no la naturaleza, sino al envanecimiento social de tales personajes. No dejarían en ellos la opción de apropiarse un gusto sano en las afectaciones de los ciudadanos. Esto da pie al nacimiento de los vicios que querrán ser satisfechos, permaneciendo esta condición más por la fuerza que tienen tales personajes sobre el resto, terminando ser aceptado como un hombre bueno aquel que se ha convertido en un bribón, según afirman sus propias palabras. Siendo no el gusto por cierto confort a lo que refiere el autor sino al lujo que expide vanidad, superioridad, soberbia, posesión, incómodo ornamento. Tal lujo no provee nada bueno a nadie y menos a la sociedad, lo considera una plaga, una peste cultural. El lujo y su sistema de vanidad y exhibición de poder y distinción material ante los demás sólo vendrá a producir más miseria, junto al abandono y muerte del cultivo de los campos; la vida del campesino para él se convertiría en la vida óptima e ideal para la especie humana. El sistema del lujo, propio del consumismo capitalista absurdo y destructor de recursos, es el causante de los males del conjunto terráqueo y humano: devasta la tierra y hace peligrar al género humano. Juicio que nos muestra una preconciencia ecológica hasta en la apreciación estética del buen gusto rousseauniano; este no escapa a estar vinculado con cierto estilo de vida al aire libre, junto a la labor bien producida y a un saber hacer del hombre que se forma separado de la vanidad del lujo. Por ello al final de su reflexión nos espeta a nosotros como ciudadanos corrompidos por el lujo y el consumo: ¡Ven!, fastuoso imbécil, ¡no pongas tu placer en la opinión del otro! Que te enseñaré a degustarlo por ti mismo. ¡Sé voluptuoso, y no vano! ¡Aprende a adular tus sentidos, rica bestia! ¡Ten gusto y disfrutarás!

De esta forma podemos tomar las palabras del romántico avangarde solitario  en su mirada visionaria al esbozarnos su comprensión de la importancia voluptuosa personal en vivir por cierta condición y costumbre del gusto en nuestras vidas. No se trata de apartar las comodidades de cierta opción estética  existente en los contornos en que habitamos, sino en saber separarse y huir del gusto que se nos impone por vanidad, engreimiento, o por el poder de influencia y capricho de los especialistas del gusto que terminan siendo un agrado  artificial y hoy por la persistente influencia en las redes sociales de la elección personalizada procedentes de los algoritmos de la Big Data. Falsa de afectación que termina moldeando nuestra conducta hacia la vileza, la miseria y la devastación de nuestro mismo habitad estético y cultural.  Por mi parte puedo estar de acuerdo con tal concepción del gusto. Cultivar el gusto individual, vivir la sensualidad, el goce y la voluptuosidad a partir de nuestra aproximación personal. Actos estéticos que se incorporan como costumbres dentro de nuestra cotidianidad, sin  intentar alcanzar, por vanidad e imposición, el de los otros por medio del enfático juicio sobre lo que es el gusto para esta clase de individuos fatuos, que Rousseau no dudó en introducir hasta a los mismos artistas junto el saco de los que cultivan la vanidad, afectación, engreimiento, jactancia como condición de distinción y poder social. El gusto es una acción individual subjetiva, que parte de nuestra propia experiencia personal  al asumir el agrado y la placidez sensual como un ingrediente necesario para la reafirmación de nuestras vidas.

De esta forma nos hemos adentrado en dos posturas distantes pero complementarias sobre el gusto en el siglo XVIII, la de un Voltaire gourmet y la de un Rousseau salvaje en lo que respecta a la condición del communis sensus gustatibus.


Notas: 


[1] Voltaire, Diccionario Filosófico. En: https://www.e-torredebabel.com/Biblioteca/Voltaire/gusto-Diccionario-Filosofico.htm. Visitado 14/06/2021. Todas las referencias al tema en Voltaire son tomadas de esta publicación.

[2] Jean Jacques Rousseau : Obras complétas, t.v, pp. 482-483. Pléyade, París, 1995. Trad.: David De los Reyes. En: http://saber.ucv.ve/ojs/index.php/rev_af/article/view/13545/13237. Visitado 16/06/2021. Todas las referencias al tema en relación con Rousseau son tomadas de esta publicación.

[3] Esta concepción reina en el ambiente que frecuente este pensador. Nos encontramos con una apreciación muy cercana con la del creador de La Enciclopedia, Diderot, quien avalará esta condición de la imitación de la naturaleza como parangón y encuentro con la belleza. Pero este crítico de arte ajustará su afirmación al arte pictórico, del cual escribirá ampliamente a través de sus críticas sobre los pintores más representativos de la época. En su libro Salón 1767, encontramos un apartado anexo titulado Pequeña enciclopedia de términos estéticos donde nos encontramos esta definición del gusto así: “Gusto: Se dice en pintura del carácter particular que reina en un cuadro en relación con la elección de los objetos representados, así como con la forma de hacerlo. Se dice de un cuadro que es de buen gusto, cuando los objetos representados han sido bien escogidos e imitados, conforme a la idea que los conocedores tienen su perfección. Se dice  buen gusto, gran gusto, gusto trivial, mal gusto. El buen gusto se forma con el estudio de la bella naturaleza. Gran gusto supone un gusto extraordinario, sublime incluso, que depende directamente de la inspiración. Hay que ser poseedor de grandes talentos para ejecutar cuadros de gran gusto. En: Denis Diderot, 2013: Salón 1767. Ed. La balsa de la medusa. Madrid.

[4] De todas maneras, la evolución armónica de la música occidental proveerá a Rameau la primacía de encontrarse en la preponderante dirección posterior de la música europea. Ver: David De los Reyes: Reseña: Jean Jacques Rousseau: Obras Completas. Rev. Apuntes Filosóficos, # 7-8 (1995): 281-285. En:  http://190.169.94.12/ojs/index.php/rev_af/article/viewFile/14075/13763 . Visitado: 16/06/2021.

 

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