jueves, 2 de febrero de 2023

 

Arte, Migración, Exilio e Insilio

David De los Reyes*





 I

Migraciones y Arte 

Migración y arte son dos condiciones del ser humano y han estado reunidas a lo largo de todos los tiempos. En todo momento ha habido desplazamientos habitados de creación imaginaria, de culturas en procesos de cambios y adaptación. Los hombres a lo largo de su evolución, como especie, siempre se han desplazado buscando nuevos horizontes donde la vida pueda ser menos riesgosa en función de vivir y mejorar; emigrar no está exento de crecer y construir una utopía personal o familiar. Y el arte, su tecné¸ forma parte del equipaje de salvación y permanencia: el arte reúne a las capacidades y las prácticas creadoras que el hombre desarrolla en su imaginación junto con sus habilidades corporales, para dotar y traducir sobre el estambre del mundo un manto de simbolismo y memoria. Una acción que dota de sentido y significado metafísico a su existir. En los momentos de desarraigo, de apertura, de huida y de condiciones deplorables por guerra, xenofobia, racismo, criminalidad, estados tiránicos fallidos, ausencia de bienes de subsistencia elementales, o todas estas circunstancias juntas, se nos presentan un ambiente inexorable para comprender que la única opción para apostar al derecho de vivir, es salir  del lugar que habitamos e intentar, si no la tierra prometida, si una tierra compartida para construir una vida más humana y menos acosada por  carencias de seguridad, sociabilidad, alimentos y cobijo.  


Las migraciones, comprendidas también como éxodos, destierros, exilios, cuando son por motivos imperativos y de fuerza, - políticos y amenazas de muerte -, hacen que se presente la violencia de la forma más directa y cruel sobre la persona por el ejercicio del poder omnímodo. Se nos arranca de nuestros territorios y de nuestros antepasados. Emigrar es un acto de violencia cuando no se puede hacer frente a dos cosas: ni a las condiciones primarias de vida, ni al poder del Estado o del grupo al que todos están sometidos. Si migrar es, por un lado, violencia llevada a cabo por una fuerza desmedida, por otro, también puede ser vista como una esperanza de libertad, de tener la capacidad de emprender y reencausar lo perdido y abandonado por el acoso existencial del lugar de donde se partió. Situación que también puede consustanciarse con una esperanza de regreso nunca abandonada por completo. La posibilidad de un retorno es, la mayor de las veces, lo anhelado. Quizás esos sean los pensamientos más recurrentes del que toman un camino prácticamente a un destino desconocido. 

*Ponencia presentada en el 2do Encuentro de Arte y Migración en la Universidad de las Artes, febrero 7 y 8 de febrero del 2023

 

Todos hemos sido, somos o seremos migrantes. Mis abuelos fueron emigrantes, mis padres siguieron esa ruta y en mi caso también me ha vuelto a tocar rodar con esa rueda de la fortuna sin fortuna; mis hijos también están tocando esa tabla de salvación temporal; esa elección se ha vuelto parte de una tradición familiar, de un patrimonio común en nosotros. Estoy seguro de que tú, lector, también habrás pasado por esa experiencia, si no directa sí indirectamente: familiares, amigos cercanos, vecinos, conocidos, compañeros de trabajo o estudio, que han salido de su país hacia otro. Una condición adjunta a la modernidad, que pareciera saltar en ella los tiempos y los espacios, donde los humanos nos hemos visto casi o totalmente desesperados por salir del atolladero sin solución que pesa sobre los estados fallidos en el que nacimos, vivimos, producimos, nos realizamos y nos echaron por incomodos y no sumisos a unas reglas en que deja sólo la vida como nuda vida (Agamben). Optar no ser parte de esa instauración de un biopoder que controla hasta los más mínimos requerimientos de la existencia a cambio del sometimiento y extorción infrahumana al Estado acosador.  Donde escapar a tal cacería de bárbaros y del permanente canto de muerte escuchado alrededor nuestro, es el pulso vital que se hace insoslayable ante la cúpula cerrada de los sistemas totalitarios modernos, las guerras de conquista, los genocidios de pueblos enteros o, los ya nombrados, estados fallidos.  


El artista es, en principio, un ser que surge en territorios donde se tiene un margen civil de libertad garantizada jurídicamente y de facto. Se requiere saborear la libertad para crear; no hay creación auténtica sin la posibilidad de elegir por sí mismo. Esta sería una primera condición. La segunda circunstancia es la estabilidad, y la de conseguir formas de vivir más o menos sensatas para llevar el día a día y tener tiempo para la creación.  La tercera situación es la existencia de la libertad de expresión y comunicación real, y no sólo jurídica. Diferente es la situación del artista cuando las creaciones son impuestas.  Requeridas realizaciones artísticas a cambio de colocarse gríngolas ante lo que realmente estalla como acontecer y realidad circundante cerrada. Serán obras que reflejan sólo el interés del grupo o de la ideología de un partido o Estado. Ante ello, se yerguen humanos que no aceptan tal acorralamiento y mudez mental y física. Entonces escapamos, se busca la senda del exilio. El artista emigra llevando a cuestas una memoria, un imaginario, unas habilidades, unos saberes que le dan identidad cultural-geográfica y sentido de vida, o menor dicho, esa formación es lo que lo ha convertido en un ser humano particular, diferente y por lo cual tiene un mundo propio a crear. Al emigrar su impulso creador puede que se vea coartado como también todo lo contrario, crecer y evolucionar; deposita todo un acervo cultural en el nuevo suelo que le acobija. De la rabia pueden surgir fuertes energías creadoras, que de otro modo no las viviríamos, no las sentiríamos. Se trata de hacer de nuestras pulsiones negadoras la afirmación de una creación significativa de libertad. Nuestra era, que puede llamarse la era de los refugiados, se pudiera proponer un género de arte (donde se asientan todas, desde la literatura, música, plástica, etc.), como creaciones de la extraterritorialidad, obras que surgen del fenómeno del desplazado, de la disrupción de la vida, realizadas por exilados, refugiados y emigrantes, que tratan sobre el exilio y sus expresiones existenciales. Versa pues sobre la emigración que encontramos en el siglo pasado y que en este siglo XXI ronda acuciosamente indetenible por canales sorprendentes en territorios afectados y condenados por la guerra, la muerte, el hambre, la inseguridad, la miseria, la pobreza y la neo-esclavitud. Hoy lo encontramos en la situación vivida en muchos lugares debido a los controles surgidos tras sufrir la pandemia china, que asoló y doblegó sin excepción, globalmente a todos en el 2020, por ejemplo.   


Bien podemos decir que la llamada cultura moderna ha sido obra de exiliados, emigrados y refugiados y nuestro tiempo, quizás más que los siglos anteriores, es la escala con que se ha medido la vida.  E igualmente podemos hacer eco de las palabras de Jean Luc Nancy al afirmar que pareciera haber un exilio constitutivo de existencia moderna que se traduce por un permanente estar fuera de o de un haber salido de.  Sin que por ello sea un ser arrancado de su suelo, ex solum1 


 

II 

Diferencia entre exilio y migración  

Etimológicamente exilio procede del verbo latino excilire-exilum, que vendría a significar saltar fuera. Saltar fuera del lugar donde se vive, pero de forma obligatoria de la tierra donde se nació o vivió. Es la condición que sufre un individuo al separarse del lugar de vida por motivos políticos; es un salto irrevocable de la historia y geografía vital particular del afectado por esa decisión externa y condenatoria.  


Migrar tendrá otras características y significaciones, aunque quizás en un comienzo se emigra y luego se termina exilado por las condiciones a que se ha llegado la situación de la nación de la que se parte. Emigrar o emigración viene del latín e-migrare el cual vendría ser cambiar de casa o del lugar de residencia. A diferencia del exilio, que es una salida obligatoria por razones políticas o simplemente por defensa de la vida, la emigración es una decisión que parte del fuero interno del emigrante. Decidí partir a otro lugar es una afirmación voluntaria, en busca de mejores condiciones de vida del territorio del que dejamos. En principio, emigrar pareciera ser de orden económico, pero puede haber otras causas incorporadas, como las de sobrevivir a situaciones extremas en el entorno general.  Búsqueda de mejoras materiales, pero también se pudieran añadir de orden familiar y cultural, de reconocimiento de libertades y ambientes de trabajo apto para el desarrollo personal y profesional.   


La distinción entre emigración e inmigración se puede decir que comprende dos momentos del viaje del salir fuera de casa. Emigración siempre estará relacionado con salir fuera del lugar en que se nació o ha vivido desde su nacimiento. Inmigración es el fin y reposo del salir fuera, en tanto llegada a un nuevo lugar de vida, la elección de límite para el viaje emprendido. Ambos son desplazamiento que involucra al cuerpo y al imaginario espiritual personal y colectivo, pero propicia la necesidad humana de una construcción de la memoria que no sólo se genera a partir de sí misma, sino que está intrínsecamente ligada a la geografía y cultura de los nuevos espacios donde se permanece, generando ese doble sentido de permanencia. La memoria del pasado, de dónde viví y partí, y la memoria del presente, a dónde llegué y que construí de cara a un futuro. 


Surge el individuo nómada que integra en su desplazamiento un tratamiento complejo entre la memoria, la identidad arraigada y restructurada, junto al lugar y territorio. Es lo que nos refiere Jacques Attali en su historia de la vida nómada del hombre2. En un principio habría que comprender que no hay un desplazamiento continuo, pero, como refiere este autor, el hombre nace del viaje; tanto su cuerpo como su espíritu son moldeados por el nomadismo3


Esto lleva a construir un molde y estilo de vida que va incorporándose en la existencia del hombre, condicionando lo que lo convierte en humano, es decir, en su memoria, pero de múltiples formas que va adquiriendo dentro de la experiencia vivida como una pseudo formación móvil identitaria del ser, del lugar y del territorio habitado.  Recurso que la creación artística incluirá para expresarse en tanto idea simbólica y significado de esa misma identidad en movimiento y, a la vez, en busca de anclaje, de reconocimiento en el otro a través de la diferencia vinculante y la absorción cultural. 


El elemento diferenciador está en la voluntad del exilado respecto a la voluntad del emigrante. Esto independiente del desarraigo, separación, ruptura, alienación, peligro que conlleva dejar la tierra madre. La voluntad se ve determinada bien por el imperativo de dictamen de fuerza de expulsión y huida a la otra voluntad en cuanto a búsqueda de un horizonte para mejoras materiales y espirituales motivado por razones extremas soportadas. Lo común, es que tendrán que ser marchas forzadas, no tomadas de manera espontánea o en absoluta libertad.  El exilado no tiene elección, está obligado a partir; se somete a una salida irreversible. El emigrante pueda aceptarse como tomado por una voluntad independiente ante las condiciones sufridas. 


Notamos que el exilado, en la exigencia de expulsión y huida, soportará el peso, en principio, de una derrota, de una situación límite que lleva a un enfrentamiento que lo conduce al escape para no experimentar males que se traducen en una expatriación insoslayable. Porta consigo un fracaso político ideológico frente al poder establecido que determinará su partida inminente; ideas y actos políticos determinan su suerte, tomada por un gobierno que lo rechaza y destierra; salta fuera por temor a ser encarcelado o perder la vida o distintas amenazas a familiares. Y dónde se traslade, siempre estará acompañado del efecto inevitable del desarraigo y del dolor por la amputación social sufrida y forzada.  


En cambio, la emigración es partida de una tierra o lugar donde ya nada le es propicio y que lo niega como individuo, pudiendo llegar a ser su desaparición, (el exilio como crisis de conciencia no contra la nación a que pertenece sino contra el gobierno que lo habita). También la emigración se puede comprender con una suerte de fracaso, pero por la realidad social a la que se enfrenta. Su partida, a diferencia del exilado, está alimentada por el deseo que le otorga confianza en alcanzar una solución a sus padecimientos materiales, culturales y espirituales al distanciarse del entorno económico y físico desfavorable. El emigrante parte con la ilusión de encontrarse con una tierra de promisión. Sin embargo, esto no siempre ha sido así. Y menos en las olas de emigraciones de las últimas décadas en los casos del norte de África, las olas migratorias de Venezuela y Ucrania hacia los países limítrofes. El peso de la historia y derrota cimbran el alma del exilado; el exilado al insertarse en el horizonte que lo acoge vendrá a significar un nuevo comienzo de su historia, de una oportunidad real de su seguir y respirar4 


La aptitud del inmigrante es lograr el éxito económico, laboral, vivencial con la apertura a un posible regresar. Vive un desarraigo transitorio, espera el día de regresar a la tierra de sus mayores. Organiza no bajo el rencor político del exilado, sino de dirigirse a organizar su vida para dar solución a sus problemas de superación material y cultural; vive su propia historia y está empeñado en crearla; el exilado les es impuesto vivir una historia que no es la proyectada por él, ajena a la que se supone que debía vivir en una situación normal. La situación temporal varía de uno a otro: el exilado puede arraigar en una situación atemporal respecto a su regreso a la patria; el emigrante se plantea un tiempo transitorio y temporal dependiendo de su condición y superación individual material.  


Por otra parte, el inmigrante siempre puede regresar; el exilado no está en la misma situación; su regresar está condicionado a un golpe de suerte, un cambio del gobierno que lo expatrió o las condiciones políticas cambien, sea aceptado, indultado, etc.; el exilado carga siempre un estigma político a cuestas, impuesto por el poder establecido que lo estigmatiza. El retorno del inmigrante es el de una voluntad libre, no está vetado; el exilado corre a su suerte por su retorno: no es aceptado, y su voluntad tiene la mediación de no ser un ciudadano reconocido sino visto como un fugitivo. 


Notamos la evidente diferencia y condición del exilado y del emigrante, sus voluntades están encaminadas por distintas motivaciones. El primero vive un desarraigo y fracaso político, como un peligro inminente a su vida   posible en donde se encuentre; su situación la define una negación inevitable: derrota y expulsión, desposesión y ausencia a la fuerza, al tener que aceptar vivir en una tierra extraña; se convierte en un desarraigado: sin raíces, Se vive bajo una situación no buscada, forzada, no deseada; lleva una vida en torno a la otredad y el extrañamiento. El emigrante tendrá la fija dirección de organizar su vida en torno a cierto éxito o beneficio material y espiritual como problema de base. Su causa no es ideológica y de expulsión, aunque si puede tener su elección una motivación debido a la situación político-económica del país de origen; no es un perseguido, amenazado y enjuiciado directamente por un estado. Puede que quizás sea indirectamente, y podrá vivir la emoción de la ausencia y recuerdo de su territorio de origen. Pero su vida tendrá una marcha y plena razón de su estancia. No por ello no deja la opción de ser traumática esta errancia al vivir una experiencia ruda, dura y difícil en ciertas situaciones: condiciones no deseadas, pero mirará encontrar la salida a sus carencias que lo empujaron a saltar fuera de su país. Se ve alimentada su vida por una promesa y una solución. No tiene el lastre del exilado del compromiso político-ideológico. Ambos pueden presentar la analogía del desarraigo, pero es vivida de diferente manera; ambos son producto de resultados de sociedades fallidas o incapaces de dar solución al bien común para la vida de las mayorías, por caminos diferentes viven la tragedia humana de forma distinta pero cercana. Pero presentan dos posturas diferentes y delimitadas por aspectos externos que tienen diferentes pesos, fuerzas y motivaciones; ambos tendrán condicionamientos delimitados y opuestos. La vida para ambos se presenta biológica y culturalmente distintas.  

 

 

III

Entre el exilio y el Insilio

Luego de esta referencia a la condición de millones de personas en la actualidad, que se debaten entre emigración, inmigración o en el exilio queremos referirnos algunos aspectos de otra de las elecciones humanas que asumen otras personas. No son aquellas que se dan la tarea de movilizarse, entre peligros y desconocimiento ante lo que el futuro puede depararle, son los individuos que se retiran de convivir con la imposible realidad exterior del mundo en que viven y se retiran a sí mismos. Hablo de una palabra sin paradero. Digo sin paradero porque los diccionarios no la albergan. Pero es un concepto que no podemos de tratar al hablar del tema de las conductas erráticas al no poderse insertar en el territorio en que habitan. Esta palabra no es otra que Insilio. Como digo, es un concepto que si se busca en el Diccionario de la RAE no existe. Pareciera que es utilizada por los que se han dado estudiar el comportamiento humano en situaciones de desarraigo, desesperación y ansiedad.  Si bien pasa por debajo de la mesa para los académicos del idioma, cada día la vemos más dentro de los círculos de los discursos y narrativas sobre migraciones en relación con el tipo de conducta que viene a representar. Para muchos la hemos no sólo conocido como morfema sino como experiencia personal en algún momento en los tiempos difíciles, como dijo Borges alguna vez, que todos los humanos tenemos que vivir. Tiempos que se presentan en todos los ámbitos de la vida, y quizás para muchos de los ciudadanos ante la incomprensible, desafiante y confusa realidad exterior.


Insilio se contrapone a Exilio. Y como ha dicho Tudela-Fournet, el único instrumento al que nunca ha renunciado el poder político es el del exilio, el de expulsar de la comunidad a aquel individuo que, por  una  causa  u  otra,  sobresale  en  el  conjunto[1].


Pero ¿Cuál es la diferencia real entre una y otra? Antes de dar una posible respuesta a este interrogante debo señalar algo particular. La palabra insilio cada vez que la escribo el diccionario de mi laptop la subraya en rojo, como si estuviera equivocado al suscribirla en la página en blanco de la pantalla. Cosa que no pasa con exilio, que parece ser sólo el vocablo aceptado por la lengua castiza. 


El insilio tiene como causal unas condiciones, en principio, muy particulares de sociedad, donde las posibilidades de pertenecer a una comunidad están retiradas y la espera de convivir dentro de un estadio más o menos democrático en que se  respire el espíritu de  igualdad y participación están anulados. Es, quizás, uno de los fenómenos sociales más pronunciados por la ciudadanía de muchas ciudades, la de presentar la condición de permanente del aislamiento entre los individuos que la componen. Y esto lleva a una resignificación del exilio, pero vivido hacia concebir la separación hacia una realidad interna distante de los otros. El pensador francés Lyotard en su mirada a la condición de la postmodernidad lo refirió la soledad del individuo del presente, donde cada uno se ve remitido a sí mismo. Y cada uno sabe que ese sí mismo es poco, experimentando una disolución social y pasar a entrar en la indiferente masa integradas por átomos individuales[2]. Es una soledad propia de la modernidad tardía. Individuos aislados que viven juntos, más sin nada en común, tangible y visible. Donde pareciera que hoy sólo existiera los vínculos digitales a través de los dispositivos tecnológicos: otro marco sin marco real, sólo un suceder del tiempo sin fin de las pantallas sin que se llegue a nada, como ha previsto Bauman. Como advirtió ya el forjador del pensamiento crítico frankfurtiano, Max Horheimer: Todos nos quedamos solos; las máquinas pueden trabajar, hacer los cálculos, pero son incapaces de tener ideas o de introducirse en la piel del otro. A pesar de la actividad, los hombres se hacen más pasivos; a pesar de su poder, crece la impotencia de cara a la sociedad y a ellos mismos[3]. Si bien podemos comprender al pensador y el tiempo en que escribió posiblemente hubiera sido así. Hoy las cosas cambian, la IA ha dado puerta abierta para dialogar de forma inteligente con las máquinas. Se ha emigrado el diálogo humano a la frialdad de la pantalla que responde nuestros interrogantes sean estos los más superficiales como los interrogantes más existenciales y personales. Vivimos no sólo en una sociedad líquida, del cambio permanente y la voluble transformación con olor de intensa obsolescencia, sino en el carrusel tecnológico del metaverso, de la inteligencia artificial que reflexiona con nosotros (el software del GTP), y a los poderes metálicos que van, y en esto podemos recordar y repetir la frase de Horkheimer, a pesar de la actividad, a pesar del poder de la IA, sigue creciendo la impotencia y la soledad de cara a la sociedad y a nosotros mismos.

Esto nos lleva a retomar a nuestro transitar por el concepto de insilio. Pareciera, a pesar de todas las comunicaciones de desplazamiento territorial real, nos adentrarnos en el anhelo de un desplazamiento fijo. Hay una resignificación de nuestra condición, en la palabra exilio, el ex refiere afuera, y el verbo latino, salio, que es saltar a, se transforman en el insilio, que sí existe en latín, cuyo significado es saltar sobre[4]. Entre ambos hay el vínculo del salto físico, pero en diferente dirección. En exilio nos manda para fuera, el insilio nos lleva a saltar hacia sobre, es decir, en el mismo sitio, pero retirándose de cualquier otro marco al que se pudiera desplazarse, pero su saltar se albergan sentimientos similares que detectamos en la sociedad contemporánea. El insilio se nos presenta como una realidad que emerge de nuestra soledad de la existencia humana. Donde la sociedad contemporánea sólo nos arroja, en muchos casos, hacia la condición mercantilista del consumo para salir de sí en la apropiación de objetos sin fondo, de la mercantilización como neurótico proseguir en tanto proceso indetenible.

Ello nos lleva a comprender que dentro de las sociedades  cerradas contemporáneas, donde no ha desaparecido para nada la posibilidad de asumir o de imponer el exilio por las consecuencias de vida, también se puede decir la aparición del insilio, un exilio que puede imponerse desde los miembros de una colectividad a la libertad individual, acallando las voces críticas, permitiéndoles hablar pero reduciéndoles el número de público al que se puedan dirigir, advirtiendo que sea lo que pase nada va a cambiar, rondando así el sistema de ostracismo interno triunfante en una mayoría, llevándonos a vivir una existencia permanente donde el hombre ya no existe para los demás. Ese tipo de exilio en que nos lleva a aislarnos de los demás por una multitud ideologizada e informatizada mentalmente y con un sentido unilateral del ejercicio del poder, se impone casi para siempre. En una era que volamos en la alfombra mágica de la realidad virtual y del GTP como interlocutor alterno universal, quedamos como individuos atomizados. Atomizados bajo la paradoja de que en apariencia no estamos aislados, sino viviendo en el entretejido móvil, digital y líquido como nunca antes tan presente en la condición humana. Un mundo de toques inesperados a la puerta por las millonarias movilizaciones migrantes, in y e, de exilios que nos lleva a saltar afuera del territorio que habitamos a la fuerza por los poderes totalitarios de turno o del insilio, (¡siempre subrayado en rojo en la página de la pantalla cuando lo escribo!), que nos lleva a saltar sobre nosotros mismos, quedándonos prácticamente sin voz, amordazados pero en apariencia libres, ahogándonos en el ruido persistente de las ideologías de masas consumistas o comunistas (a la fuerza), sin una real mirada al mundo exterior y permaneciendo en la internalización del angustioso silencio. Pareciera que son una cualidad negativa persistente y propias de sociedades fallidas. Y tendremos que experimentar, en algún intervalo de nuestras vidas, o en una buena parte del poco tiempo que nos queda que, como dijera Borges, saber que nos tocó, como a todos los hombres, vivir en tiempos difíciles.



[1] Tudela-Fournet, M. (2020). «Insilio»: formas y significados contemporáneos del exilio. Pensamiento. Revista De Investigación E Información Filosófica76(288), 75-87. https://doi.org/10.14422/pen.v76.i288.y2020.004

[2] Lyotard, F., (1989): La condición postmoderna. Ed. Cátedra, Madrid, p. 39.

[3] Cit en Tudela-Fourmet, op.cit., p.82.

[4] Segura, S (2006): Nuevo diccionario etimológico latín-español y de voces derivadas. Universidad de Deusto, Bilbao, p.271

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