martes, 5 de mayo de 2009


La sexualidad como culpa 
y negación corporal


David De los Reyes





Max Sauco


De la selva sexual venimos y hacia lo sagrado sexual vamos
Según Feuerstein (1984:17s) vivimos en una selva sexual. Si bien se habló de una revolución sexual en los años 60 y 70, hoy pareciera que estamos en un ámbito caótico y diverso, que nos lleva a estar todos dentro de una jungla carnal sin aparentes señales del camino a seguir en tanto normas y valores,  una jungla que nos  lleva a un espectro cultural que nos incita a la experimentación y a la tolerancia. Estamos en un paisaje social que no nos muestra en cómo sostenernos espiritualmente y poseer una clara guía moral. Una mayoría vive en el extravío, lo cual, según este autor, es el síntoma trágico de la desorientación moral de nuestra cultura.

Lo que si podemos notar, como hemos dicho en otras oportunidades, es que el sexo tiene un espacio dominante en la vida contemporánea. Época de exceso y experimentalismo sexual, de amplitud de las opciones y de intensificación del cuerpo sexual: modos de referirse a él desde nuestro presente. Sin embargo esta presión de y por lo sexual causa el síntoma que se ha llamado estrés sexual. Tal malestar en la sexualidad ha ocasionando conflictos, alteraciones y confusión entre las parejas con relación a los temas y prácticas sexuales, al amor, nuestras opiniones y conductas.


En esta aparente deriva sexual algunos asignan que se han perdido los límites familiares o aquellos aceptados por tradición. A mayor número de opciones más indisposición al momento de elegir; pareciera faltar cierta sabiduría para llevar a tener un buen uso de ese ampliado placer corporal. Y a mayor libertad igualmente se involucra una mayor responsabilidad personal.

Entre los modos en que se presentan este malestar nos encontramos con la cotidianidad sexual rutinaria, la cual conduce a practicar sexo de manera mecánica, privada de sentimientos, y como descarga orgásmica (1) de energía sexual reprimida. Muchos opinan del sexo como una necesidad biológica; para ciertas mujeres, como un mal necesario. La rutina causa disociación emotiva e inapetencia en la pareja. La descarga orgásmica se vive como un desgano, una caída. Frustración, insatisfacción, carencia de amor, desavenencias, depresión, incomunicación, rupturas, son algunos de las emociones sentidas por dicha situación, obteniendo una degradación del gozo con la el resultado de una despersonalización del individuo y de la pareja: émbolo o recipiente sexual.

El bloqueo emocional lo proporciona la ansiedad del rendimiento que termina con impotencia, disfunciones orgásmicas e indiferencia. Se finaliza con la sensación de una sexualidad frustrante, negativa, fuente de conflicto y dolor que habrá que evitar a toda costa. Es lo que Fuerstein llama extinción sexual, condición que termina no sólo retrayéndonos de nuestros genitales sino también de nuestros sentimientos. Frigidez y rigidez corporal son sus síntomas notables y observables, otros serán: incapacidad creativa, espontaneidad convivencial. Y a todas estas, al vivir esa experiencia, pareciera que se es más feliz sin tener sexo que hacerlo. Lo habitual, para romper con este esquema rutinario, muchas veces es el salto a encontrar satisfacción fuera de la pareja, o superar el aburrimiento traspasando las fronteras establecidas en la transgresión del bondage, el sadomasoquismo, la zoofilia, la pedofilia o las orgías, entre algunas. Estas búsquedas de la intensidad sexual suprema terminan dominando la vida, construyendo una práctica adictiva. Es la puerta a la cultura sexual de consumo. Es la entrada a la mercantilización sexual extrema. Cosa que choca con la puritana situación legal que existen en los códigos civiles al catalogar  a estas conductas. Las costumbres oficiales (hipócritas) posiblemente condenarían a más de una de las relaciones sexuales que hoy son aceptadas, y son ya casi vistas como normales. Kinsey (1948:24) dijo que: si un individuo se aparta de los códigos sexuales judeo-cristianos e incurre en la masturbación, los contactos buco-genital, homosexual o animal y otras actividades que no satisfacen la función procreativa del sexo, está poniendo en juego intereses sociales. Y por tanto es un individuo que sexualmente se encuentra fuera del orden reinante legal.
Alfred C. Kinsey (1894-1956)

Todo uso recreativo y fuera del orden y control del consumismo mercantil o del código sexual civil, pone en juego las relaciones sociales de la supuesta política correcta de los cuerpos en conjunción. Para ciertas personas la fornicación y el adulterio son delitos que deben ser penados legalmente. Fuerstein dice al respecto que considerando la cantidad de divorcios que se conceden sobre pruebas de adulterio, se trata de leyes evidentemente anticuadas (1994:23). En nuestro país esto todavía sigue siendo aplicable en el código civil como causante de divorcio. La homosexualidad igualmente no es aceptada legalmente.


Robert Bly


Por otra parte la mujer solicita que al sexo se acompañe con sentimiento. El individuo neurótico (hombre o mujer) pide ternura. Ello propone una disposición a superar el sexo por el sexo mismo, la inclusión del otro y el vínculo afectivo es un ingrediente determinante para una mejor relación. Pero nos encontramos que la feminización de la vida pudiera ser requerida no sólo como apertura de los hombres a su sensibilidad sino hoy también en la misma mujer en el reencuentro con su condición natural, al ser desplazada en ella el mundo afectivo al masculinizarse por sus relaciones sociales y culturales de trabajo y espacio personal. Más que la feminización del hombre el poeta Robert Bly (cit. en idem) prefiere recurrir a un personaje del folclore alemán, Juan de Hierro, diciéndonos que el macho blando podía ser sensible y comprensivo, pero terminar siendo exasperado e infeliz. Lo que quiero explicar -dice Bly-, es que en el fondo de la psique de todo hombre moderno hay un primitivo grandote y peludo de pies a cabeza. Lo que aún le falta al hombre de los ’70 y ’80 (y podemos agregar del 2000), es tomar contacto con el Salvaje: la cultura contemporánea todavía no ha dado lugar a ese proceso. Al hablar del Salvaje no se refiere a lo primitivo, sino a la fuente de energía creativa que el hombre a abandonado al estar absorbido por lo exterior y la historia, este encuentro integraría al individuo superando al síndrome de macho y al de Sissí. La exigencia femenina de ternura puede parecer amenazante como la de la satisfacción sexual.

En relación a ¿cuál es nuestro ser sexual? nos encontramos que podemos encontrar que hay un ambiente de grupo y de ciertas religiones que alientan al sexo. Sabemos que se puede experimentar sexualmente mucho más de lo que nos permitimos. Que las posibilidades son múltiples respecto al placer y al juego sexual. Pero la carencia de tiempo, energía, coraje y sinceridad nos lo impide.
Para Fuerstein la felicidad no se encuentra en el formato del matrimonio abierto, en los orgasmos múltiples ni en los vibradores. Tampoco en los paraísos sexuales sugeridos e inducidos por los medios de comunicación. Tampoco en la libertad prometida de una revolución sexual incomprendida o en el desgano de la alcoba. Antes que nada habría que intentar un acto de auto-reconocimiento y echar una mirada a los sentimientos de culpa y vergüenza, mecanismos extraños que se nos instalan -desde tiempos pasados-, con toda la naturalidad, bien para nuestro fracaso o para alejarnos de la felicidad.


De la culpa
Sexualidad y culpa se encuentran reiteradamente juntas. La culpa sexual es uno de los síntomas que aparecen con frecuencia. La culpa se presenta objetivamente cuando sentimos que se ha cometido algo incorrecto, infringiendo la ley y, por ello, es generador de castigo. En lo subjetivo es un insistente sentimiento de tener conciencia de cometer una falta, de ser culpable. Todo estriba en qué pensemos respecto a lo que sea correcto e incorrecto de nuestro comportamiento. Culpa y temor van dados de la mano al poder ser descubierto en relación a lo que creamos que deba ser castigado. El sentimiento de culpa es un gatillo interior que la menor provocación se dispara. El mito de Adán y Eva y la idea del pecado original que inculca sentir vergüenza por el cuerpo desnudo, junto a la prescriptiva de la Iglesia ante los gozos corporales, forman parte de muchos de estos síntomas de culpabilidad individual.

Adán y Eva ante el árbol del bien y del mal.


La culpa es un sentimiento natural en determinadas ocasiones: enfado o celos; si se vuelve permanente, exagerada y persiste, es síntoma de neurosis. Fuerstein distingue entre culpa situacional y modal. La primera es por haber cometido una falta, la segunda por haber sentido, dentro del imaginario de culpabilidad personal, que se ha infringido una ley o un pecado. La primera es normal y pasajera, la segunda neurótica y persistente.

La culpa aparece en toda sociedad y cultura. La condición imperfecta del hombre la conlleva, en el sentido de admitir errores o faltas que se han cometido ante leyes, costumbres o protocolos existentes. Causan pena y remordimiento pasajeros, mezclada con miedo al castigo que puede conllevar. La condición humana, y sobre todo por la condición del cuerpo dentro de la tradición cristiana, es proclive a la culpa.


Las culturas religiosas han desarrollado un control del la sexualidad 
por medio del sentimiento de vergüenza




De la vergüenza


Se vincula con la culpa pero son distintas. La culpa es la conciencia de haber hecho algo malo. La vergüenza es sensación penosa de ser malo o indigno. Aquella surge al hacer algo indigno, la segunda al pensar que se es indigno. La vergüenza viene acompañada por la sensación de un fracaso de ser, de un avergonzarse de nuestros supuestos defectos, de sentirse abandonado por ello; la culpa de un fracaso en el hacer, de poner atención a nuestras transgresiones, de poder ser castigado por ello. Sin embargo la vergüenza puede devenir de un sentimiento de culpa. Ambas emociones pueden ir juntas, rotando en la persona indistintamente, intensificando el malestar sexual.

El sexo pareciera ser un reducto donde puede aparecer fácilmente la culpa y la vergüenza. Es visto, en ciertas posturas de orden religiosa y puritana, como algo indigno e inhumano, sucio y degradante. Se debe practicar en oscuras, apresurado y casi ocultando nuestro cuerpo. Son individuos sometidos al remordimiento de hacer sexo. En los círculos religiosos fundamentalistas siempre deslumbran por su actitud negativa ante el cuerpo y al placer sexual en tanto gozo natural.

La aparición de la culpa en la pareja por motivos sexuales es diversa. Por ejemplo de querer sexo uno y el otro no; por la frecuencia o economía sexual de cada uno de los miembros de la pareja; por las ganas de uno respecto a otro; por la manera inhibida o desenvuelta, exploratoria o limitada en como se quiere practicar; por el tipo de posiciones o caricias, sugerencias placenteras solicitadas; culpa por proponer cierto tipo de contacto carnal, o por el uso o no de métodos anticonceptivos; por mantener relaciones prematrimoniales, inducir a ver material pornográfico, etc. Todos estos motivos pueden dirigirnos al tobogán de la culpa. Numerosas situaciones para rechazar o desear son causantes de vergüenza o culpa. Y se sabe que quienes menos saben de sexo más afectados se sientes y se sumergen en una ignorancia que puede terminar en una conciencia puritana y castradora. Fuerstein (1994:31) advierte que los intransigentes en materia religiosa tienden a ser frígidos en materia sexual. Y citando a Confort incluye que el mayor logro negativo de la cristiandad es haber hecho del sexo un problema. Sin embargo, sabemos que muchos cristianos condenan la actitud eclesiástica hacia el sexo.


La carne: enemigo del espíritu.


En toda esta actitud en contra del uso del cuerpo para el placer sexual, hay un menosprecio y persistente negación de la existencia corporal. El cuerpo es visto como enemigo del espíritu, como el medio que nos lleva al pecado por el placer y la satisfacción del mismo. En la visión tradicional cristiana el cuerpo es algo impuro y enemigo de la vida religiosa o espiritual. Demasiados traumas siguen causando tal afirmación. Vergüenza y culpa corporal por poseer, usar y gozar con nuestros órganos sexuales individualmente o en pareja. Si bien conscientemente muchas personas rechazan tal situación, en su inconsciente cobijan un mensaje negativo que nos ha trasmitido siglos de platonismo, gnosticismo, cristianismo y, por fin, del dualismo cartesiano que está en la base de todo nuestro edificio científico (idem, 1994:32). La creencia de la doble existencia de un cuerpo y alma ha arraigado la condición de condena al cuerpo separado de lo que han llamado como alma, que vendría a ser sede de la condición intelectiva y espiritual. En nuestra evolución cultural pareciera que a medida que progresamos en tecnología y ciencia, en comodidad y calidad de vida material tenemos en la misma medida un descenso en el contacto con nuestra auténtica realidad somática. La pensamos como dividida y disgregada: el cuerpo corrupto y perecedero por un lado y el alma pura e inmortal por otro. Hemos perdido cuerpo y ganado en evasión y negación corporal. Se nos exige permanente atención a lo que está fuera del cuerpo; se nos dan sucedáneos: búsqueda de éxito, reputación, carrera, imagen, dinero, prácticas deportivas, actitudes fundamentalistas nacionalistas y gusto por la destrucción y la guerra (que son una forma de eliminar a otros cuerpos, además del nuestro como opción en la acción).

La forma en que posa nuestro cuerpo nos da una información valiosa respecto de nuestra relación con nosotros mismos. Toda derrota es expresada corporalmente: nos estiramos, o nos encorvamos, nos hundimos y nos surgen ticks persistentes. Hay un olvido de lo somático en tanto necesaria preocupación (no idolatría) por el cuerpo y su apariencia. El cuido que viene desde lo externo, propio de la atención consumista que nos exige nuestra sociedad, nos proporciona mejorarlo a través de maquillajes, ropa cara, peinados, cirugía plástica, perfumes, comida sana, vitaminas y sesiones de gym. Nos olvidamos del cuerpo vivido, es decir, cómo lo sentimos por lo vivido junto a él tanto en el pasado como en el presente.

Cuando el cuerpo está normal desaparece de nuestra conciencia. Cuando estamos incómodos de él, no es posible desapegarnos de la molestia que nos causa. El dolor es una de las formas de expresarnos su reclamo de atención respecto a las prácticas que realizamos en nuestra cotidianidad. La vida pareciera ser sólo importante en la medida que es captada por la mente y la abstracción y representación conceptual. El cuerpo vivido se encuentra en el olvido y está oculto por la atención a la fuerza de las cosas y del mundo exterior estigmatizando la corporalidad personal.

Así la obsesión por el sexo, vivido mentalmente, es la imposibilidad de experimentar una sexualidad verdadera con el cuerpo, de tener una atención al ritmo propio del deseo y de la expresión de la entrega y pasión a nuestra condición corporal. Fuerstein habla de llegar a hacer el amor sin estar verdaderamente presentes con el otro. Quien sea religioso se identificará con el espíritu porque el cuerpo es impuro. Quien sea laico, se identificará con la mente o la conciencia porque el cuerpo es una amenaza. En ambos casos el ser quedará disminuido (idem: 33). Es el miedo a nuestro propio cuerpo en tanto naturaleza, estableciendo con él sólo una adecuación permanente; es un receptáculo a todos los adminículos y desechos de la sociedad de consumo. Hay una alienación por un desdén, que podemos decir casi conciente, tanto de lo femenino como de lo masculino que somos, que se encuentra presente por ser naturaleza y corporalidad.


Culpa o vergüenza existencial


Lo tratado en tanto afectación de la sexualidad por la culpa y la vergüenza se derivaba de la experiencia personal, de nuestros traumas, valores religiosos y morales, condicionamientos y alienaciones sociales respecto al cuerpo; todas partían de realizar una transgresión o insuficiencia individual. Fuerstein nos habla también de una culpa y vergüenza existencial, en tanto aspectos integrales de la condición humana. Parte de la conciencia de alienación, finitud e imperfección que surge de nuestro yo, al tener la sensación e idea de sentirnos separados de los demás y del mundo.

Esta separación nos reporta desdicha. El existencialismo lo refiere como angustia. Esta escisión lleva a ser vivida como una incapacidad de expresar la totalidad de nuestro ser. Se experimenta la vida mostrándose por debajo de sus capacidades. Es una especie de neurosis en tanto incapacidad de trascenderse heroicamente a sí mismo, de salir y traspasar más allá de la apariencia del presente: se toma como normalidad el impulso hacia la totalidad y auto-trascendencia del ser.

Por otra parte al sentirnos que estamos por debajo de nuestras capacidades experimentamos vergüenza existencial, que es conciencia de separación y de falta de unión amorosa, añadiéndose culpa y ansiedad a nuestras vidas. Puede surgir de la idea del cuerpo como residuo de maldad y riesgos al practicar la sexualidad.

Culpa y vergüenza existencial son de carácter neurótico. Esta situación nos consume nuestra energía vital. La vergüenza se experimenta como royendo nuestra alma, como vivir en un agujero negro, un sentimiento sombrío rodeando a nuestro ser, una queja y resentimiento continuo, roba la energía ajena y no proyecta ni comparte la propia, no tiene la materia para emprender un crecimiento personal y todo ello es la carencia de confianza personal, voluntad de poder, valentía y aceptación al cambio y sus opciones. Es lo que Freud ya manifestó en su texto Malestar de la Cultura, al constatar que la civilización conspira para reducirnos a la mediocridad, volviéndonos inauténticos e incapaces de éxtasis. El principio de placer que busca todo individuo que quiere ser feliz es desviado por otras opciones culturales como lo es la seguridad a la expresión personal y la libertad. Viendo el conjunto de la humanidad se afirma que la neurosis es, aparentemente, una condición universal. La cultura está enferma y la sexualidad reprimida y desviada.


S. Freud.
En nuestra sociedad postmoderna la felicidad no se centra en el principio del placer sino en el principio de diversión. Tal diversión se nos ofrece como felicidad, y se presenta como lo es la sexualidad para el voyer: mira pero no participa ni trasforma su sexualidad. El principio de diversión es consustancial al modo de vida capitalista. Esta búsqueda de placer es la respuesta del estilo de vida de una civilización agobiada por el aburrimiento (idem:37). Nuestro status quo nos ofrece el porcentaje y estilo de diversión para paliar la monotonía y el displacer de una vida que ha perdido el interés por la misma vida. Un civilización que todo lo convierte en una búsqueda de diversión y espectacularidad mediática. Ante la permanente competividad lacerante nos queda el reducto de una diversión evasiva.

¿Cómo se expresa la diversión en nuestra corporalidad? La diversión se sostiene en base al fingimiento, a la ficción, al espectáculo. No es real placer ni alegría, menos dicha y felicidad. Es una neurosis de escape de la misma neurosis implícita al sistema. Son una secuencia de sensaciones agradables pero que no tienen que ver con la alegría y la sensación de plenitud. Para muchos el placer está vetado. Es más temor que opción. Las situaciones placenteras pueden llegar a arrojar ansiedad aguda y si es muy intenso dolor y malestar.

El cuerpo normal de los ciudadanos medios está asentado entre rigidez y tensión crónica, impidiendo dejar vivir el placer que está bloqueado por los temores, los valores y el estilo de vida, transformándose en un cuerpo para el cual lo placentero se transforma de agradable en doloroso. Viven el lado oscuro del placer. A bloqueos físicos corresponden bloqueos emocionales. Se nos prohíbe vivir el éxtasis en tanto poder transformador. Se busca el éxtasis más no se sabe cómo y se traduce en diversión consumista, mecánica la sexualidad como mera fricción genital, la ingesta de drogas y alcohol como salida a la rutina y a la frustración, la televisión como un permanente carrusel de paraísos artificiales iconográficos. Se carece de la intuición del sentido de auténtica felicidad.

La adicción de la descarga genital y la estela de lo traspersonal

Existe una permanente condición sexual en nuestra cultura respecto a la fijación a las sensaciones genitales, y en particular al orgasmo. Esta descarga sexual la utilizamos como un escape a la monotonía cotidiana y a la rutina que se incrusta como tensión nerviosa en tanto fuerza negativa, o agresión contra sí.

La sexualidad se puede vivir, al igual que el alcohol y las drogas, como una variante adictiva: termina siendo una instantánea excitación fugaz para beneficio del sistema nervioso. No enfrentamos un cambio personal para superar este malestar y extender el margen de nuestra realidad emotiva y expresiva corporal. Engañamos nuestra naturaleza por medio de elementos artificiales y ajenos. Hay una permanente huida a la intimidad. Las mujeres pueden comportarse en tanto provocadoras, verse sexy y sólo piensa en cómo excitar al otro pero tiene miedo profundo al contacto pleno y a una ampliación del placer sexual: es una anoréxica sexual (igual puede ser para la parte masculina). Otro tipo de adicción es la búsqueda permanente de fantasías sexuales, la adicción a tener aventuras sexuales en espacios públicos y con riesgos de ser sorprendida, llevando a una permanente búsqueda del orgasmo siguiente en condiciones y situaciones socialmente peligrosas o engorrosas. También estaría aquello que sólo logra la satisfacción sexual por medio de la violencia sexual, incesto, abuso infantil y sadomasoquismo no consensuado.

Esta adicción es una forma de actuar para distanciarse de la felicidad. Se pasa del placer corporal a la excitación instantánea.

Sexualidad como realidad interna sagrada

Dentro de cultura hay un empeñó permanente y como también desde nuestra vida familiar, en reducir toda vida instintiva, rodeando a la sexualidad y a la agresividad de variadas restricción que se convierten en tabúes. Nuestro mundo políticamente correcto nos conduce a una permanente intensificación de sentimientos de culpa. Sin poder hacer conscientes esos sentimientos que forman parte de una liberación personal. En un mundo de un ideal extático de la persona, sólo al trascender a las tendencias corrientes es que podemos hacer un salto cualitativo hacia el conocimiento real de la búsqueda de placer y así trascender nuestra condición de fracaso. Este salto implica superar el espacio y tiempo a la experiencia transpersonal, superando la identidad fija pública e incitada por los demás hacia nosotros. Para ciertos autores es el encuentro con lo espiritual, que puede traducirse por participar de una realidad mayor llamada dios, diosa, absoluto, tao, unión de Shiva y Shakti, Brahman o Atman.

Cada uno de estos conceptos tiene una referencia y particularidad con lo trascendente. El tao significa camino, senda, representando el proceso último de todas las realidades y existencias sin limitarse a su condición contingente. El término sanscrito shunya, del budismo, significa vacío, y refiere a la realidad vacía de toda cualidad y condición presente en la conciencia. La palabra brahman, del sánscrito, se origina en la raíz brih cuyo significado es crecer y expansión, alude a lo trascendental que habita en el universo. Shiva y Shakti son los dioses hindúes que en su unión, en tanto portadores de lo masculino y lo femenino en tanto fuerzas creadoras que dan forma al universo, experimentamos la unidad de lo absoluto en nuestras vidas. Atman es la identidad de sí mismo, el self personal experimentado pero en tanto sujeto último y más allá de la experiencia del mundo y del cuerpo como espacio y tiempo. Todo ello apunta a la búsqueda de una realidad interna sagrada. Sólo despojándose de la vida humana convencional y lleno de asombro reverencial se obtiene una puerta a ese recinto de la condición humana. Se trata de vivir lo divino no como separación sino como fundamento o esencia del universo (taoísmo, hinduismo, tantrismo, budismo, etc.) (idem:41). Hoy la ciencia ha dado muestras de encontrar una especie de realidad divina en la construcción de lo existente, que quizás Heráclito en su intuición de oráculo filosófico le daba el nombre de hierologos o logos divino. Se ha vuelto a lo sagrado pero buscándolo en lugares distintos a los referidos por las religiones tradicionales occidentales en tanto un mundo del más allá. Esta realidad última reside en un más acá personal. Es la permanente búsqueda que cubre a toda acción humana en tanto impulso espiritual que se traduce en el contacto con la trascendencia personal, saliendo de la ilusión y de la apariencia que habitan en nuestras conciencias. Es la superación del yo mundano para entrar en la realidad último del Atman o del self: del sí mismo.

Esta realidad última que habita en nosotros se nos escapa por los estilos de vida que cubren nuestra vivir cultural y social. Son más los obstáculos que se nos coloca y nos seduce que la fuerza y energía que tenemos dispuesta a sacrificar para alcanzarlo. Nuestra condición sagrada, por llamarlo así, nos da miedo llegar a poseerla por el sentido de placer o dicha profunda, pues puede envestir contra nuestra identidad estatizada o personalidad yoica, viviendo una corporalidad y una conciencia reducida y limitada, más cómoda y menos riesgosa. Apostamos por el yo y no por el crecimiento del sí mismo. El mundo, gracias al yo, nos remite que lo real está en la realidad exterior. Lo verdadero viene de afuera y no se experimente como realidad interior. No hay verdad interior, si topamos con un indicio de transitar por ella nos retractamos de hacerlo bien por miedo o incomodidad ante el mundo en que habitamos. Para ciertos autores esto refiere a la experiencia de vivir en una autotrascendencia extática o iluminación espiritual más que satisfacción momentánea. Así comprendemos que somos cuerpo pero no como algo separado sino como una unidad con el mundo. Es el éxtasis de la vida identificada como continuidad y proyección de mí ser en el ser del mundo.

Esta incapacidad nos lleva a vivir en ese malestar sexual postmoderno que viene a ser una falla de profundidad de vida psíquica o vida interior. El cuerpo es un fantasma escindido, es ambigüedad corporal, es dualismo cartesiano, es exclusión del mundo, es incertidumbre permanente con nuestro cuerpo. Es imposibilidad de gozo sexual por la experiencia de la sensación permanente de escisión. No hay relanzamiento ha lo sagrado sino reducción a lo aparte. El intento de Fuerstein es proponer la unión entre lo sagrado y lo profano en nuestras vidas a partir de esta experiencia de búsqueda interior. Se trata de vivir lo trascendente más que adorarlo: esto termina en el fetiche, aquel en la liberación espiritual por el contacto con lo absoluto gracias a la sexualidad como medio; es encuentro con el éxtasis, la alegría, la dicha, la felicidad o, epicúreamente, con la plena vivencia del placer del simple existir.

Notas:
1- El tema del orgasmo pareciera ser un placer más masculino que femenino, al encontrarse el hombre en incapacidad para afrontar y llevar a la mujer a su orgasmo, el cual requiere de mayor tiempo y de otros matices que la mera eyaculación del varón.

Bibliografía:
Feuestein, G. 1994: Sagrada sexualidad. Ed. Kairos. Barcelona.
Kinsey, A y otros. 1948: Sexual Behavoir in the Human Male. W.B. Saunders Company. Filadelfia.





Advertencia: Este artículo es de dominio público, agradecemos que sea citado con nuestra dirección eletrónica: http://www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com/


Deseo y placer

Gilles Deleuze

Max Sauco

Traducido por Javier Sáez
Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura
Barcelona, nº 23 / 1995

(Observación: Los números entre corchetes corresponden
a la paginación de la edición impresa )



A.
Una de las tesis esenciales de Vigilar y Castigar de Foucault (1), se refería a los dispositivos de poder. Esta tesis me parece esencial desde tres puntos de vista:


1) en sí misma y en relación al “izquierdismo”: profunda novedad política de esta concepción del poder, en oposición a cualquier otra teoría del Estado.


2) En relación al propio Michel [Foucault], ya que esta tesis le permitía superar la dualidad de las formaciones
discursivas y de las formaciones no–discursivas, que subsistía en la Arqueología del Saber (2), y explicar cómo los dos tipos de formaciones se distribuían o se articulaban punto por punto (sin reducirse la una a la otra, ni parecerse... etc.). No se trataba de suprimir la distinción, sino de encontrar una razón de sus relaciones.


3) Por una consecuencia precisa: los dispositivos de poder no actuaban ni por represión ni por ideología. Por tanto, ruptura con una disyuntiva que todo el mundo había más o menos aceptado. [13] En lugar de represión o ideología, V. y C. conformaba un concepto de

normalización, y de disciplinas.



B.

Gilles Deleuze


Esta tesis sobre los dispositivos de poder me parece que presenta dos direcciones, en absoluto contradictorias, pero distintas. De todas formas, estos dispositivos eran irreductibles a un aparato de Estado. Pero en una dirección, consistían en una multiplicidad difusa, heterogénea, de micro–dispositivos. En otra dirección, remitían a un diagrama, a una especie de máquina abstracta inmanente a todo el campo social (como el panoptismo, definido por la función general de ver sin ser visto, aplicable a una multiplicidad cualquiera). Eran como dos direcciones de microanálisis, igualmente importantes, ya que la segunda mostraba que Michel no se contentaba con una “diseminación”.


Diseño del Panóptico, cárcel moderna, propuesto por Jeremías Bentham. Cuya función es ver sin ser visto.


C.

Voluntad de Saber (3), supone un nuevo paso, en relación a V. y C. El punto de vista permanece idéntico: ni represión ni ideología. Pero, dicho brevemente, los dispositivos de poder ya no se limitan a ser normalizadores, tienden a ser constituyentes (de la sexualidad). Ya no se limitan a formar saberes, son constitutivos de verdad (verdad del poder). Ya no se refieren a “categorías”, negativas a pesar de todo (locura, delincuencia como objeto de encierro), sino a una categoría considerada positiva (sexualidad). Este último punto es confirmado por la entrevista de la Quinzaine. (4), al comienzo de la página 5. A este respecto, creo que se puede ir más lejos en el análisis de V. S. El peligro es: ¿Michel vuelve a un análogo del “sujeto constituyente”?, y ¿por qué experimenta la necesidad de resucitar la verdad, incluso si hace de ella un nuevo concepto? No es que yo plantee estas preguntas, pero me parece que estas dos falsas preguntas se plantearán, en la medida que Michel no las ha explicado suficientemente.



Michel Foucault


D.
Una primera cuestión para mí era la naturaleza del micro–análisis que Michel establecía a partir de V. y C. Entre lo “micro” y lo “macro”, la diferencia evidentemente no era de tamaño, en el sentido de que los micro–dispositivos únicamente se refieren a pequeños grupos (la familia no tiene menos extensión que cualquier otra formación). No se trata tampoco de un dualismo extrínseco, ya que hay micro–dispositivos inmanentes al aparato del Estado, y que segmentos del aparato del Estado penetran también en los micro–dispositivos —inmanencia completa de las dos dimensiones. ¿Hay que entender entonces que la diferencia es de escala? Una página de V. S. (132) rechaza explícitamente esta interpretación. Pero esta página parece remitir lo macro al modelo estratégico, y lo micro al modelo táctico. Y esto es algo que me molesta, ya que los micro–dispositivos me parece que tienen en Michel una dimensión estratégica diferente (sobre todo si se tiene en cuenta este diagrama [14] del que son inseparables).

Otra dirección sería la de las “relaciones de fuerza” como determinantes de lo micro: cf. especialmente la entrevista en la Quinzaine. Pero Michel, a mi juicio, no ha desarrollado todavía este punto: su concepción original de las relaciones de fuerza, lo que él llama relación de fuerza, y que debe ser un concepto tan nuevo como los restantes. En todo caso, hay diferencia de naturaleza, heterogeneidad entre lo micro y lo macro. Lo cual no excluye en ningún caso la inmanencia de los dos. Pero la cuestión, en último término, sería ésta: ¿esta diferencia de naturaleza todavía permite que se hable de dispositivos de poder? La noción de Estado no es aplicable en el nivel de un micro–análisis, ya que, como dice Michel, no se trata de miniaturizar el Estado. ¿Pero la noción de poder es más aplicable?, ¿no es también ella la miniaturización de un concepto global?

A partir de esto, vuelvo a mi primera diferencia con Michel actualmente. Si hablo con Félix Guatari (5) de disposición (agencement) de deseo, es porque no estoy seguro de que los micro–dispositivos puedan ser descritos en términos de poder. Para mí, disposición de deseo señala que el deseo no es nunca una determinación “natural”, ni “espontánea”. Por ejemplo, feudalidad es una disposición que pone en juego nuevas relaciones con el animal (el caballo), con la tierra, con la desterritorialización (la carrera del caballero, la Cruzada), con las mujeres (el amor caballeresco), etc. Disposiciones completamente locas, pero siempre históricamente asignables. Yo diré por mi parte que el deseo circula en esta disposición de heterogéneos, en esta especie de “simbiosis”: el deseo está vinculado a una disposición determinada, supone una confusión. Por supuesto, una disposición de deseo comportará dispositivos de poder (por ejemplo los poderes feudales), pero habrá que situarlos entre los diferentes componentes de la disposición. Siguiendo un primer eje se pueden distinguir en las disposiciones de deseo los estados de cosas y las enunciaciones (lo que sería conforme a la distinción de los dos tipos de estas). Los dispositivos de poder serían por tanto un componente de las disposiciones. Pero las disposiciones indicarían también puntos de los que disponen, ni serían constituyentes, sino que serían las disposiciones de deseo quienes articularían las formaciones de poder siguiendo una de sus dimensiones. Esto me permite responder a la pregunta, necesaria para mí, no necesaria para Michel: ¿cómo puede el poder ser deseado? [15] La primera diferencia sería pues que, para mí, el poder es una afección del deseo (una vez dicho que el deseo no es nunca “realidad natural”). Todo esto es muy aproximativo: relaciones más complicadas que no cito entre los dos movimientos, de desterritorialización y de re–territorialización. Pero es en este sentido en el que el deseo me parece lo primero, y es el elemento de un micro–análisis, viene a ser determinantes de formaciones o de multiplicidades del poder, que hace Michel). Siguiendo otro eje, se distinguirían las territorialidades o re–territorializaciones, y los movimientos de desterritorialización que una disposición implica (por ejemplo todos los movimientos de desterritorialización que implican la Iglesia, la caballería, los campesinos). Los dispositivos de poder surgirían donde operan re–territorializaciones, incluso abstracto-desterritorialización. En resumen, los dispositivos de poder no serían vistos sino sentidos.

E.
Estoy de acuerdo con Michel sobre un punto que me parece fundamental: ni ideología ni represión —por ejemplo, los enunciados o más bien las enunciaciones no tienen nada que ver con la ideología. Las disposiciones de deseo no tienen nada que ver con la represión. Pero evidentemente para los dispositivos de poder no tengo la actitud firme de Michel, desemboco en lo vago, visto el estatuto ambiguo que tienen para mí: en V. y C, Michel dice que normaliza e interesa mucho: ¿porqué ciertos “trastornos” son más accesibles a la vergüenza —e incluso dependientes de ella— que otros (por ejemplo, el anoréxico son poco accesibles a la vergüenza)? Necesito por tanto de un cierto concepto de represión no en el sentido de que la represión remita a una espontaneidad, sino en el sentido de que las disposiciones colectivas tengan muchas dimensiones, y los dispositivos de poder no sean más que una de estas dimensiones. Estos dispositivos disciplinan; yo diría que codifican y re–territorializan (supongo que, también en esto, existe algo más que una distinción de palabras). Pero vista mi primacía del deseo sobre el poder, o el carácter secundario que adoptan para mí los dispositivos de poder, sus operaciones siguen teniendo un efecto represivo, ya que no aplastan el deseo como dato natural, sino los puntos de disposición del deseo. Tomemos una de las tesis más hermosas de V. S : el dispositivo de sexualidad pliega la sexualidad sobre el sexo (sobre la diferencia de los sexos... etc.; y el psicoanálisis está de lleno en el movimiento de este plegamiento). Veo ahí un efecto de represión, precisamente en la frontera de lo micro y lo macro: la sexualidad, como disposición de deseo históricamente variable y determinable, con sus puntas de desterritorialización, de flujos y de combinaciones, va a ser replegada sobre una instancia molar, “el sexo”, y aunque los procedimientos de este movimiento no son represivos, el efecto (no–ideológico) es represivo, en tanto que las disposiciones se rompen, no sólo en sus potencialidades, sino en su micro–realidad. Entonces ya sólo pueden existir como fantasmas, que las cambian y las distorsionan completamente, o como cosas vergonzosas... etc.

Otro punto fundamental: creo que la tesis “ni represión–ni ideología” tiene un correlato, y quizá depende ella misma de este correlato. Un campo social no se define por sus contradicciones. La [16] noción de contradicción es una noción global, inadecuada, y que implica una gran complicidad de las “contradicciones” en los dispositivos de poder (por ejemplo, las dos clases, la burguesía y el proletariado). Y en efecto, me parece que otra gran novedad de la teoría del poder en Michel es que una sociedad no se contradice, o apenas lo hace. Pero su respuesta es: se estrategiza. Y encuentro esto muy bello, veo la inmensa diferencia entre estrategia y contradicción. En este sentido tendría que releer a Clausewitz. Pero no me seduce la idea.

Por mi parte, yo diría: una sociedad, un campo social no se contradice, pero lo primero es que extiende líneas de fuga desde todas partes, primero son las líneas de fuga (aunque “primero” no es cronológico). Lejos de estar fuera del campo social o de salir de él, las líneas de fuga constituyen el rizoma o la cartografía. Las líneas de fuga son casi lo mismo que los movimientos de desterritorialización: no implican ningún retorno a la naturaleza, son puntas de desterritorialización en las disposiciones de deseo. Lo primero en la feudalidad son las líneas de fuga que supone; lo mismo ocurre para los siglos X al XII; y lo mismo para la formación del capitalismo. Las líneas de fuga no son necesariamente “revolucionarias”, al contrario, pero los dispositivos de poder quieren taponarlas, amarrarlas. Alrededor del siglo XI, todas las líneas de desterritorialización se precipitan: las últimas invasiones, las bandas de pillaje, la desterritorialización de la Iglesia, las migraciones campesinas, la transformación de la caballería, la transformación estatuto de estos fenómenos. En efecto, éstos tampoco serían ni ideológicos ni anti–represivos. De aquí la importancia de las dos páginas de V. S. donde Michel dice: no se me haga decir que estos fenómenos son un señuelo... Pero ¿qué estatuto les confiere? Aquí se producen diferentes direcciones: 1) la de V. S. (126–127) donde los fenómenos de resistencia serían como una imagen invertida de los dispositivos, tendrían los mismos caracteres, difusión, heterogeneidad... etc., estarían vis à vis con ellos; pero esta dirección me parece que tapona las salidas en vez de encontrar [17] una; 2) la dirección de la entrevista Politique Hebdo (revista francesa). : si los dispositivos de poder son constitutivos de verdad, si hay una verdad del poder, debe haber como contra– estrategia algún tipo de poder de la verdad contra los poderes. De aquí el problema del papel del intelectual en Michel; y su forma de reintroducirlo respecto de las ciudades que abandonan cada vez más los modelos territoriales, la transformación de la moneda que se integra en nuevos circuitos, el cambio de la condición femenina con los temas del amor cortés que desterritorializan incluso el amor caballeresco... etc. La estrategia será secundaria en relación a las líneas de fuga, a sus combinaciones, a sus orientaciones, a sus convergencias o divergencias. Una vez más encuentro ahí la primacía del deseo, ya que el deseo está precisamente en las líneas de fuga, conjugación y disociación de flujos. Se confunde con ellas. Me parece, por tanto, que Michel se enfrenta con un problema que no tiene en absoluto el mismo estatuto que para mí. Porque si los dispositivos de poder son de alguna forma constituyentes, sólo puede haber contra ellos fenómenos de “resistencia”, y la cuestión nos lleva al traducir la categoría de verdad, pero, al renovarla completamente haciéndola depender del poder. ¿Encontrará en esta renovación una materia que se pueda volver contra el poder? No veo cómo. Hay que esperar a que Michel hable de esta nueva concepción de la verdad, en el nivel de su micro–análisis; 3) tercera dirección, sería la de los placeres, el cuerpo y los placeres. Aquí también, para mí, la misma espera, ¿cómo animan los placeres a los contra–poderes, y cómo concibe él esta noción de placer? Me parece que hay tres nociones que Michel toma en un sentido completamente nuevo, pero sin haberlas desarrollado aún: relaciones de fuerza, verdad, placeres. Se me plantean algunos problemas; problemas que no se plantean para Michel porque han sido ya resueltos anteriormente en sus investigaciones. Inversamente, para animarme, me digo que a mí no se me plantean otros problemas que sí se le presentan a él necesariamente por sus tesis y sentimientos. Las líneas de fuga, los movimientos de desterritorialización no me parece que tengan equivalencia en Michel, como determinaciones colectivas históricas. Para mí, no hay problema en el estatuto de los fenómenos de resistencia: dado que las líneas de fuga son las determinaciones primeras, dado que el deseo dispone el campo social, son más bien los dispositivos de poder los que, al mismo tiempo, son producidos por estas disposiciones, y las aplastan o las taponan. Comparto el horror de Michel hacia esos que se llaman marginados: el romanticismo de la locura, de la delincuencia, de la perversión, de la droga, me resulta cada vez más insoportable. Desde mi punto de vista, las líneas de fuga, es decir las disposiciones de deseo, no han sido creadas por los marginados. Por el contrario, son líneas objetivas que atraviesan una sociedad, en las que los marginados se instalan aquí o allá, para hacer un bucle, un remolino, una recodificación. Por tanto no tengo necesidad de un estatuto para los fenómenos de resistencia, dado que el primer dato de una sociedad es que todo huye, todo se desterritorializa en ella. De ahí que el estatuto intelectual, y el problema político no sean teóricamente los mismos para Michel y para mí (intentaré decir en seguida cómo veo esta diferencia).

G.

La última vez que nos vimos Michel me dijo, con mucha amabilidad y afecto, más o menos esto: no puedo soportar la palabra deseo; incluso si usted lo emplea de otro modo, no puedo vitar pensar o vivir que deseo = falta, o que deseo significa algo reprimido. Michel añadió: lo que yo llamo “placer” es quizá lo que usted [18] llama “deseo”; pero de todas formas necesito otra palabra diferente a deseo.

Evidentemente, una vez más, no es una cuestión de palabras. Porque yo mismo no soporto apenas la palabra “placer”. Pero, ¿por qué? Para mí, deseo no implica ninguna falta; tampoco es un dato natural; está vinculado a una disposición de heterogéneos que funciona; es proceso, en oposición a estructura o génesis; es afecto, en oposición a sentimiento; es haecceidad (individualidad de una jornada, de una estación, de una vida), en oposición a subjetividad; es acontecimiento, en oposición a cosa o persona. Y sobre todo implica la constitución de un campo de inmanencia o de un “cuerpo sin órganos”, que se define sólo por zonas de intensidad, de umbrales, de gradientes, de flujos. Este cuerpo es tanto biológico como colectivo y político; sobre él se hacen y se deshacen las disposiciones, es él quien lleva las puntas de desterritorialización de las disposiciones o las líneas de fuga. Varía (el cuerpo sin órganos de la feudalidad no es el mismo que el del capitalismo). Si lo llamo cuerpo sin órganos es porque se opone a todos los estratos de organización, del organismo, pero también a las organizaciones de poder. Es justamente el conjunto de las organizaciones del cuerpo quien romperá el plano o el campo de inmanencia e impondrán al deseo otro tipo de “plano”, estratificando en cada ocasión el cuerpo sin órganos.

Si digo todo esto tan confuso es porque se me plantean muchos problemas en relación a Michel:

1) no puedo dar al placer ningún valor positivo, porque me parece que el placer interrumpe el proceso inmanente del deseo; creo que el placer está del lado de los estratos y de la organización; y en un mismo movimiento el deseo es presentado como sometido desde dentro a la ley y escandido desde fuera por los placeres; en los dos casos, hay negación de un campo de inmanencia propio al deseo. Pienso que no es casualidad que Michel atribuya cierta importancia a Sade, y yo por el contrario a Masoch (7). No sería suficiente decir que yo soy masoquista, y Michel sádico. Eso quedaría bien, pero no es verdad. 



Leopold_von_Sacher-Masoch

Lo que me interesa en Masoch no son los dolores, sino la idea de que el placer viene a interrumpir la positividad del deseo y la constitución de su campo de inmanencia (de igual modo, o más bien de otra manera, sucede en el amor cortés: constitución de un plano de inmanencia o de un cuerpo sin órganos donde al deseo no le falta nada, y donde éste evita todo lo posible placeres que vendrían a interrumpir su proceso). El placer me parece el único medio para una persona o un sujeto de “recuperarse” en un proceso que le desborda. Es una re–territorialización. Y, desde mi punto de vista, el deseo se remite de la misma manera a la ley de la falta y a la norma del placer.

2) Por otra parte, es esencial la idea en Michel de que los dispositivos de poder tienen una relación con el cuerpo de manera inmediata y directa. Pero para mí, esto sucede en la medida en que imponen una organización [19] a los cuerpos. Mientras que el cuerpo sin órganos es lugar o agente de desterritorialización (y por ello plano de inmanencia del deseo), todas las organizaciones, todo el sistema de lo que Michel llama el “bio–poder” opera reterritorializaciones del cuerpo.

3) ¿Podría pensar en equivalencias del tipo: lo que para mí es “cuerpo sin órganos–deseos” corresponde a lo que para Michel es “cuerpos–placeres”? La distinción de que me hablaba Michel “cuerpo–carne”, ¿puedo ponerla en relación con “cuerpo sin órganos–organismo”? Existe una página muy importante en V. S. (190) sobre la vida en tanto que confiere un estatuto posible a las fuerzas de resistencia. Esta vida, para mí, incluso aquella de que habla Lawrence, no es en absoluto Naturaleza, es exactamente el plano de inmanencia variable del deseo, a través de todas las disposiciones determinadas. Concepción del deseo en Lawrence, en relación con las líneas de fuga positivas (pequeño detalle: la forma en que Michel se sirve de Lawrence al final de V. S., opuesta a la forma en que yo me sirvo de él).

H.
¿Ha avanzado Michel en el problema que nos ocupaba: afirmar los derechos de un micro–análisis (difusión, heterogeneidad, carácter parcelario), y sin embargo encontrar una especie de principio de unificación que no sea del tipo “Estado”, “partido”, totalización, representación?

En primer lugar, del lado del poder mismo: vuelvo a las dos direcciones de V. y C, por una parte, carácter difuso y parcelario de los micro–dispositivos, pero también, por otra parte, diagrama o máquina abstracta que cubre el conjunto del campo social. Me parece que seguía existiendo un problema en V. y C.: la relación entre esas dos instancias del micro–análisis. Creo que la cuestión cambia un poco en V. S.: aquí, las dos distinciones del micro–análisis serían más bien las micro–disciplinas por una parte, y por otra parte los procesos bio–políticos (p. 183 y ss.). Esto es lo que quería decir en el punto C de estas notas. Así pues, el punto de vista de V. y C. sugería que el diagrama, irreductible a la instancia global del Estado, operaba quizá una micro–unificación de los pequeños dispositivos. ¿Debemos entender ahora que los procesos bio–políticos tendrían esta función? Confieso que la noción de diagrama me parece muy rica: ¿la encontrará Michel sobre este nuevo terreno?

Pero del lado de las líneas de resistencia, o de lo que yo llamo líneas de fuga, ¿cómo concebir las relaciones o las conjugaciones, las conjunciones, los procesos de unificación? Yo diría que el campo de inmanencia colectivo donde se producen en un momento dado las disposiciones y donde trazan sus líneas de fuga, presenta también un verdadero diagrama. Por tanto, hay que encontrar la disposición compleja capaz de efectuar este diagrama, operando la conjunción de las líneas o de los puntos de desterritorialización. Es en este sentido en el que yo hablaba de una máquina de guerra, [20] totalmente diferente del aparato del Estado y de las instituciones militares, y también de los dispositivos de poder. Así pues, tendríamos por una parte: Estado–diagrama del poder (siendo el Estado el aparato molar que realiza los micro–datos del diagrama como plano de organización); por otra parte, máquina de guerra–diagrama de las líneas de fuga (siendo la máquina de guerra la disposición que realiza los micro–datos del diagrama como plano de inmanencia). Me detengo en este punto, ya que esto pondría en juego dos tipos de planos muy diferentes, una especie de plano transcendente de organización contra el plan inmanente de las disposiciones, y que revertiría sobre los problemas precedentes. Y a partir de este punto ya no sé cómo situarme en relación a las investigaciones actuales de Michel.

[Apéndice: lo que me interesa en los dos estados opuestos del plano o del diagrama es su enfrentamiento histórico y bajo formas muy diversas. En un caso, se tiene un plan de organización y de desarrollo, que está escondido por naturaleza, pero que permite ver todo lo que es visible; en el otro caso, se tiene un plano de inmanencia, donde ya no hay más que velocidades y lentitudes, no desarrollo, y donde todo es visto, oído... etc. El primer plano no se confunde con el Estado, pero está ligado a él: el segundo, por el contrario, está ligado a una máquina de guerra, a una ilusión de máquina de guerra. En el nivel de la naturaleza, por ejemplo, Cuvier, y también Goethe, conciben el primer tipo de plano; Hölderlin en Hiperión, pero más aún Kleist, conciben el segundo. De golpe, dos tipos de intelectuales (ponerlo en relación con lo que dice Michel sobre la posición del intelectual). O bien en el terreno de la música, las dos concepciones del plano sonoro se enfrentan. Las relaciones poder–saber tal como Michel las analiza podrían explicarse así: los poderes implican un plano–diagrama del primer tipo (por ejemplo la ciudad griega o la geometría euclidiana). Pero inversamente, del lado de los contra–poderes y más o menos en relación con las máquinas de guerra, hay otro tipo de plano, de especies de saberes “menores” (la geometría arquimediana, o la geometría de las catedrales que va a ser combatida por el Estado); ¿todo un saber propio de las líneas de resistencia, y que no tiene la misma forma que el otro saber, el saber sobre los poderes?]






Notas:
1 V. y C. por Vigilar y Castigar. Todas las notas son de la redacción de Magazine
Littéraire.
2 A. S. por Arqueología del Saber.
3 V. S. por La voluntad de Saber.
4 «Les Rapports de pouvoir pasent à l’interieur des corps» (entrevista con Lucette
Finas), La Quinzaine littéraire, nº 247, 1º, 15 enero 1977, pp 4–6; cf. Dits et Écrits, nº 197,
III p. 228 (Dits et Écrits es el nombre de una obra en cuatro volúmenes publicada en
1994 por la editorial Gallimard que recoge entrevistas, artículos y cursos de Foucault
aparecidos en diferentes publicaciones desde 1954 hasta 1988. N. d. T.)
5 Se trata evidentemente de Félix Guattari. (En todo el texto hemos traducido
agencements por “disposiciones”. N. d. T.)
6 «La Fonction politique de l’intellectuel» Politique Hebdo, 29 noviembre – 5 diciembre,
1976, cf. Dits et Écrits,
nº 184, III, p. 109.

7 Deleuze ha dedicado un libro a Sacher– Masoch: Presentación a Sacher– Masoch,
Taurus, Madrid, 1973.



Advertencia: Este artículo es de dominio público. Agradecemos que sea citado con nuestra dirección electrónica: http://www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com/
De la transparencia al queer:

La sexualidad en Vicente Verdú

David De los Reyes





Max Sauco

Dentro de la transparencia
La condición del hombre y de la postmodernidad nos modela como un ser sin demasiados atributos fijos, disponible para desarmarnos nuestra personalidad y cambiarla, experimentando muchos avatares y situaciones, obteniendo una condición emocional que nos conduce a estar listos para la discontinua adhesión de todo tipo de ficciones mediáticas en torno a él. Es frágil ante las realidades únicas, pero óptimo para las alianzas pasajeras y un corazón adaptado a las circunstancias.

Verdú nos afirma que vivimos en un mundo obsesionado por la transparencia y la vigilancia. Pasamos de lo sólido al plasma, de lo pesado a lo liviano, de las relaciones para toda la vida a los contactos por unas horas. Del mundo opaco de entre guerra, al transparente globalizado. El siglo XX fue el último siglo sólido, tanto en las cosas como en las ideas, y ahora es el momento de la liviandad, (Verdú, 2003:160). En nuestra época traslucida lo que permanece como secreto huele mal; es dudoso y políticamente incorrecto. La palabra transparencia es el término más presente en los medios, en foros económicos, en parlamentos y en cualquier meeting público.

De vivir en lo todo es político de los ’60, traspasamos a lo todo es público, dentro del marco verduniano del capitalismo de ficción. Tenemos publicidad de las cosas más insospechadas y todo se convierte en espectáculo transparente: el sida, la homosexualidad, las violencias domésticas, la pedofilia del clero, los cambios de sexo, los implantes de todo tipo corporales. 





My Bed de Trace Emin

Es el caso de la obra de Tracey Emin, My Bed, una instalación donde presenta la cama revuelta donde se aplicó un aborto. Las Confidencias por teléfono de Christian Marclay. Las Confidencias de mi alcoba de Dieter Roth. La obra Foreign Body de Mona Hatoum, que se autoexploraba el interior de su intestino gracias a una cámara endoscópica provista de micrófono.



Mona Hatoum





Lo privado se hace público y vivir en el reino de la transparencia es una exigencia pública. La transparencia es la nueva esfera de explotación del capitalismo ficcional. Mostrar la intimidad más que una moda es el espíritu de la época, un gusto por la evidencia. La transparencia más que una condición moral es una cultura de tono protestante que enaltece el gusto anglosajón por el empirismo como condición de comprobación de vida, la realidad experimentada y en directo, la mirada trasparente se perfila sobre un mundo explícito e inteligible de principio a fin. La transparencia es propia de un mundo intensamente vigilado.

Tal mundo surge a partir de la manía de las Webcams. Manía porque prácticamente la técnica impone los nuevos vicios y las nuevas obsesiones. Instaladas en los sitios más inverosímiles todo esta rastreado por el ojo de una cámara. Sonría, podríamos advertir, que siempre habrá una instantánea cerca de Uds. Y con ello, pasa nuestra imagen a formar parte de bancos de datos que podrán ser trasmitidas sin pagar derecho de autor ni permiso de distribución. De esta manera podemos ver, en nuestra cotidianidad, desde un ingenuo acto doméstico como el desayuno de una pareja a ver a la copulación en vivo y en directo de una pareja. En nuestro mundo bien sabemos que nada logra estatus ontológico de existencia si no ha pasado por ser imagen. Todo es espectáculo y lo privado tiene sabor de agua, es decir, es insípido.

La realidad virtual de los Webcams pasa a ser el golpe del momento, llevando todo a convertirse en espectáculo. Si hubo en siglos pasados una progresión de la intimidad, de los usos privados de nuestras libertades, en la era de la imagen la imagen íntima es la imagen anhelada y por ende pública. Desde los reality shows a programas como gran Hermano y en cualquier obra literaria descarnada y autobiográfica nos hallamos entre consumibles de la intimidad de los demás, una mercancía común que sale de los relatos únicos, en vivo y en directo, por decirlo así. La emoción de la intimidad se proyecta hacia la emoción que se ancla ante lo exterior. Los familiarizados en este negocio íntimo no dudan en vender, ceder su privacidad.

Verdú plantea que ello nos lleva a un estado de vigilancia perpetua desde nuestro nacimiento hasta el final de nuestros días. La tecnología permite introducirse hasta en nuestros archivos más guardados a través de los cookies, códigos o programas incrustados en el disco duro que identifican al usuario y esa es parte de su función.

Volver en la actualidad a la intimidad de, los años sesenta, por ejemplo, es prácticamente una quimera. Ahora estamos siendo investigados todos los días, sea por estar grabados por viodecámaras o por los dispositivos a que estamos conectados en Internet. Esto ha sido motivado e intensificado gracias a la escalada de terrorismo, lo cual ha permitido, en disposición de la seguridad pública, introducirse en cualquier comunicación electrónica que sea sospechosa. Es el proyecto del pentágono llamado Information Awareness (Total Conocimiento de la Información), que sirve para vigilar tanto a los estadounidenses sin necesidad de autorización judicial (en sus comunicaciones electrónicas, sus transacciones bancarias y datos personales, etc.). El terrorismo ha convertido la seguridad en un valor ciudadano en alza (idem:168), eso en las sociedades desarrolladas, en la nuestra es la simple seguridad ciudadana lo que ha convertido la exigencia de una garantía de la seguridad por lo precario de nuestras vidas ante el hampa.

Sexualidad en el mundo de la transparencia

¿Cómo afecta esta tendencia de un mundo sostenido sobre la transparencia en nuestros cuerpos, en nuestras vidas, en nuestras relaciones íntimas y en nuestra sexualidad? Por lo pronto en una demanda de la visión de la intimidad de otro. Tener sexo es compartir virtualmente con otro su sexo. Es lo que viene a perfilar al negocio de la pornografía como un lugar privilegiado por esta demanda de transparencia política y económica. Sólo ver el número de películas porno realizadas en estos últimos años en relación con el pasado podemos notar lo que ha cambiado la cultura del Webcams y de la digitalización de las imágenes.







Joven oriental vigilada con una webcam.




Los datos de Verdú son estos: en 1995 en España se hicieron sólo 5 películas, en el 2001 se hicieron 50. Y junto a ello la reproducción de festivales de cine erótico. La publicación de libros sobre contenido sexual fue entre 1990 y 1996 de un 324%, mientras que los otros títulos sólo creció un 83%. La presencia de la pornografía en televisión, cine, revistas, videojuegos, en los motivos del arte actual, en anuncios por palabras, videos, en pasarelas, en publicidad de moda: el porno-chic de Dior, Ungaro, Yves Saint Laurente, Sisley, etc.).









Imagen Porno-Chic

Si realmente tenemos que hablar del gran negocio de la red sería el de la pornografía pues en el 2000 buscando en http://www.alltheweb.com/ encontramos unas 1.5 millones de páginas web en contraposición a la palabra car que arroja 500mil. Las visitas a este tipo de páginas aumenta anualmente y de forma considerable desde el año 2000. El 68% de los negocios en la red es de contenido porno. Existen 300000 páginas en todo el mundo dedicadas a ello y sus ganancias supera a la de la industria cinematográfica de taquilla. El tipo de cliente son hombres de mediana edad y jóvenes con ingresos medios y altos. La industria del porno llega hasta las cadenas de hoteles de cinco estrellas, en los que hay pequeñas cámaras web ocultas que graban escenas íntimas que después se venden a voyeurs o a través de 150 mil páginas web (El País, 21 de mayo de 2000).

El marketing porno ha emergido gracias a la estrategia de las tres A: A-anonimity (anonimato), acces (acceso) y affordability (barato). Es lo que ha cambiado el tempo de la producción de productos pornográficos en la red. Hoy se habla de una 2da revolución sexual vía Internet, pues gracias a ello muchas personas han podido superar las viejas barreras del puritanismo victoriano y se ha convertido en un amplio consumidor de material psicalíptico.

Como sabemos la palabra pornografía surge del griego perné que significa esclavitud, y porné era usado para referirse a las prostitutas, eran esclavos de los que podían gozarse sexualmente. El cine porno sale de los burdeles para excitar a la clientela masculina, y se les llamó smokers o, en Francia, cinéma cochon. Ahora es un género más de la industria cinematográfica, y están al lado de los thrillers y de los westerns. Esto obedece en parte a la aceptación creciente de la mujer en su consumo quien por demás es hoy la guía de lo que se considera o no políticamente correcto. Igualmente ha aumentado la producción de porno por directoras femeninas (Virgine Despentes: Baise-moi: Cógeme; Catherine Breillart: Romance y Pornocratie; Jeanne Labrune: Prends gard a toi: Cuídate; Laetitia Masson: Á vendre; Brgitte Roüan: Post coitum). En literatura están los libros de Catherine Millet con su libro del 2001: Vida sexual de Catherine M.

Si bien las feministas han estado contra el porno a partir de los ’80 han surgido empresas porno dirigidas por mujeres (Femme Productions), que se destacan por tener más argumento y ser más psicológicas que las hechas por los machos directores.

La obsesión por la transparencia ha desplazado la distinción entre lo que es cine porno del que no lo es. Lars Van Triers, fundador del grupo DOGMA, ha impulsado un cine que supera esta categorización. La pornografía (también política, cultural y económica) y el desnudo se ha banalizado y vuelto tan presente que hasta en las protestas civiles han dado pie para ello; políticamente los manifestantes quedan en cueros a la hora de una manifestación pública. Igual con programas domésticos de televisión referentes al reporte del tiempo, donde los locutores o empiezan desnudos y terminan vestidos acordes con el clima del día entrante o como en La verdad desnuda informativo de Rusia, en que la chica del tiempo hacía un striptsease a tiempo real.

La pornografía acentúa las escenas donde las violaciones no son escenificadas y el masoquismo se revela mediante el bukkake (una mujer se ofrece o es forzada a ofrecerse a decenas de hombres que eyaculan sobre su cuerpo) o del fisting( se hunde el pie, la mano, alguna parte del brazo en el sexo de la mujer). Para ciertos autores algunos ex adictos se han incorporado al sadomasoquismo para llenarles el vacío dejado por el alcohol y las drogas. Una especie de pornotrip, un viaje hacia otra realidad que devora lo real y trasporta a un escenario de verdad constituyente (idem:175).

Para Verdú esta escalada del porno es un signo de la demanda de verdad-verdad, el grado extremo de la ansiedad por lo auténtico, puesto que en el porno ni la erección ni la eyaculación pueden fingirse (idem). El porno termina siendo disolución masturbatoria, tautología genital.

La pornografía se erige sobre una ficción total: nos hace creer que toda mujer es voraz, perversa, desea el cuerpo del hombre sin poder contener sus impulsos. Pero también tiene como fin la excitación de quien escucha o mira, pone su objetivo comercial en la autosatisfacción masturbatoria del personaje. Además de exhibir lubricados y abiertamente los órganos genitales, presentando minuciosamente y de cerca en zoom, los actos sexuales. Planos cortos, mínima fractalidad, exposición completa. Es la presentación de una intimidad ante la mirada absoluta que anula la intimidad. Pero esto nos lleva a un estado exhausto en que la pupila termina velándose. Al explorar estos mundos de cuerpos ludíbricos y lubricados la excitación se apaga.

La pornografía es la trampa donde la sexualidad termina por banalizarse totalmente. Es una metáfora vulgar del exceso, donde se redunda en un agotamiento del deseo y acaba con lo que en un principio era lo buscado: la estimulación erótica. La cita de Baudrillard es aclaratoria: En realidad ya no hay pornografía identificable en cuanto tal porque la pornografía, agotado el secreto político, económico, artístico, sexual, está virtualmente en todas partes…, y en ninguna, añade Verdú (idem:176). Aclara al decir que con la máxima luz no se llega a ver nada. Desdibuja la moralidad, la identidad, la sexualidad.





La mujer: la medida de todas las cosas



Época del declive del hombre como modelo cultural. La mujer toma el testigo y corre por delante de él. Al conseguir la igualdad legal la mujer ahora busca ser el arquetipo de mayor categoría. Del hombre como medida de todas las cosas, del sofista Protágoras, Verdú señala que en la postmodernidad es la mujer la medida de todas las cosas. Dentro de la nueva moral sexual los hombres aparecen catalogados como protagonistas de la violencia doméstica y el abuso sexual de niños, la violación y el fraude, el tráfico de drogas, las guerras y el terrorismo, siendo el 90% de presos por hecho de sangre hombres. Las mujeres también lo son pero menos. Se presente este mundo femenino como aquel que provee un futuro mejor, del desarrollo sostenible, del cuerpo ecológico, la encarnación de la afectividad y el fin de las guerras. Es propia de ellas, por historicidad, la sentimentalidad, la empatía, el gusto por los detalles, la sexualidad difusa, la mayor visión en un mundo confuso y oscuro. Es el personaje principal del siglo XXI.

Además de las reivindicaciones y de sus victorias económicas, legales y sociales, han sucedido hacia la apología de su sexo y ello ha reducido la imagen de la fortaleza masculina. Lo femenino es el futuro, es la promesa a cumplir; lo masculino lo obsoleto, en desuso y desgastado.

Verdú señala que ser hombre tiene una caída de popularidad, no sólo como sexo fuerte sino respecto al debilitamiento de la sexualidad. Y ello muestra que el movimiento de emancipación femenino ha sido exitoso. Pero sin embargo nos encontramos con un enérgico resentimiento de las mujeres contra el no poder masculino. La paradoja construida por su propia emancipación lleva a que al carecer del antiguo poder masculino y separarse de la alienación masculina producida en ella, queda sin disfrutar sus privilegios de mujer (el encantamiento romántico, el misterio, el galanteo, etc.). Según estos criterios expuestos en lugar del viejo odio contra la represión aparece un nuevo odio contra la normalización (idem:178).

La misma situación se encuentra respecto a la respuesta de los niños donde los padres no quieren asumir el rol de padres, aprovechándose de la emancipación de los niños para dejar de ser padres y despreocuparse de su papel. Nos presenta esta situación el odio de unos niños desposeídos de su estatuto y de su antigua ilusión de ser niños. El que se libera no es nunca el que uno cree.

Esta disminución de lo masculino ha llevado a un buen número de hombres al desequilibrio en el orden biológico: la tasa de espermatozoides en su flujo seminal ha disminuido y junto a ello una disminución de su voluntad de poder, pues ya el espermatozoide no rivaliza tan imperiosamente como antes en el objetivo de la fecundación (idem:179).





¿Sexualidad recreadora o sexualidad innecesaria?





Por lo dicho en antes, el sexo ha dejado de ser necesario y decisivo. No respecto a su práctica sino a su función reproductora; es más insegura que en sus momentos fundacionales. De la fecundación sexual pasamos a la recreación sexual, contribuyendo definitivamente la mujer con ello. Y esto gracias a las técnicas de la clonación. La reproducción sin sexo puede llegar a ser una norma. Esto facilitará la crianza en homosexuales y lesbianas, siempre que el código civil del país en cuestión así lo admita. Ello ha establecido la existencia de bancos de esperma para lesbianas, como el londinense Hombre no incluido. El resultado de todo ello nos lo dice Verdú: ni la mujer necesita hoy a un hombre para prosperar, defenderse o salir al cine, ni lo necesita para ser madre. (idem:180).

Las conclusiones surgen al comprender que si el siglo XX fue el tiempo de la igualdad biológica entre células sexuales, el siglo XXI será, según este autor, el de la supremacía del óvulo. Prescindir del hombre para la fecundación, ello traerá nuevos retos y nuevos roles tanto para la dama como para el varón.

Los ’60 se separó el sexo de la reproducción gracias a la píldora. Hoy, cincuenta años después, se ha separado la reproducción del sexo. El ideal anterior era un máximo de sexo con un mínimo de reproducción; ahora es un máximo de reproducción con un mínimo de sexo, o sexo igual a cero (Baudrillard). La sexualidad pasa a un segundo plano por los objetivos de la reproducción.





Louise Browm


Todas las opciones hoy son posibles desde que en 1978 Louise Browm vino al mundo por medio de la fertilización en un tubo de ensayo (en la actualidad son más de 300.000 personas que han surgido por ese proceso, y en aumento).

Es por lo que afirma nuestro autor que la sexualidad se encuentra en vilo. Con la escisión entre procreación y copulación, adheridos a otros cambios de orden relacional entre hombres y mujeres, surge otras prácticas, otros usos, otras satisfacciones –más trasparentes…- de nuestra sexualidad y de nuestro inconfundible sexo. Al abdicar la mujer a muchos de los roles tradicionales de su esteriotipo convencional ha hecho que el hombre se desplace a un nuevo personaje separado del esteriotipo desacreditado. Llegando a una situación donde ni la mujer ni el hombre quieren seguir desempeñando las atribuciones que tenían asignadas.

Es así como las feministas hablaron de género (cosa cultural) antes que de sexo (cosa biológica), pero en el tiempo de la multiplicación de los papeles, los roles, las mutaciones, los implantes y las transformaciones se diluyen la bisectriz hombre/mujer. Pero al rebajar el hombre su perfil, la mujer le ha pasado otro tanto: ha descaracterizado el suyo. Surge el apogeo del mix donde queda desplazado todos los roles hombre-hombre y mujer-mujer. Esto ha mitigado las diferencias y se ha multiplicado la confusión de la heterosexualidad. Nos encontramos en una segunda igualación pero no de los sexos sino del amor y la pasión. Si vivimos dentro del relativismo ético donde se difuminan los polos entre el bien y el mal, en política los linderos entre izquierda y derecha, en la sexualidad se amortigua la oposición. Al difuminarse los contornos y los horizontes, al vivir un mundo de colores suaves así como se ha perdido la idea de qué es el arte, con la sexualidad pasa otro tanto, no se tiene un criterio seguro de lo que es ahora masculino y femenino, pues cualquier cosa podría parecerlo y aceptarse.

Para las feministas el cuerpo es una suerte de excesiva dicotomía masculino/femenino, pues el género sería una cuestión histórica y no esencial ni ontológica. Aparentemente se ha construido el mundo humano en función de esa pequeña parte corporal que es el sexo. Siendo ella una de muchas que pudieran surgir. Las diferencias profesionales, de estatus o de edad se superponen pesadamente a las del sexo.

Al perderse la bipolaridad hombre/mujer su desmembramiento arroja una gama amplia de piezas móviles como formas construidas por Lego. Nos adentramos en tiempos que el sexo se ha des-acoplado. Para ciertas feministas (Beatriz Preciado) las particularidades genéticas no tienen consecuencias decisivas. Entramos en el período de la contrasexualización: es la propuesta de una sexualidad sin rostro genital, entregada a la caricia amplia de una topografía sin lugares eminentes. Verdú se pregunta si el hombre está incondiciones de entender esta explanación, esta devastadora castración.

La respuesta es no. Pues la copulación ha sido una empresa capital en la representación de la voluntad de poder masculina, mientras que en la mujer menos. Y llega a referir que las mujeres han sido más homosexuales y los hombres más homófonos. Y la tendencia de asumir a los cuerpos sin los caracteres primarios del sexo particular puede ser una tendencia (capricho…?) que dirijan las mujeres orientadas a sus peculiares deseos. En el pasado la relación sexual fue coitocéntrica del varón, en las tendencias actuales encontramos una postura coitoexcentrica, repartida en la paciente que solicitaban siempre las amantes.


De la crisis de la heterosexualidad al queer

Entramos, pues, en la crisis de la heterosexualidad (Guasch), donde este mundo ha sido desplazado por la aceptación de la emergencia gay y por la ligera con que se toma el hecho antes siendo un tabú. La heterosexualidad está en crisis por encontrarse debilitados sus dogmas, pero también la subcultura gay, al perder significación: es una más, no hay ya novedad, es una corriente del mar de la sexualidad en que habita el mundo actual. La institucionalización de lo gay conlleva su absorción y su institucionalización, por ende, su carácter de contracultura o subcultura para ser asumir la cultura los rasgos que ellos presentan.


Cómo se manifiesta lo gay en nuestra cultura? Verdú señala que: De los gay son las modas de las prendas ceñidas o semitransparentes, pelo azul y fucsia, los piercings, los tatuajes, los pantalones de cuero, los peinados extravagantes. De los gay es la cultura que impera en las revistas de moda, en el estilo, en el estilo de las películas, en la publicidad de Calvin Klein, Armani, Versace o Gaultier, en la figura de ídolos deportivos como David Beckam, en las voces celebradas de la radio o en los presentadores de la televisión. De nuevo, pues, como sucede con el feminismo, la paradoja del movimiento gay es que ha tenido demasiado éxito. Ha logrado tanto éxito como para haber permeado en la cultura general y como consecuencia haber dispersado su identidad en el arco iris de los sexos múltiples (idem:184).

Movimiento Queer

Ya no hay dos sexos ni tres, es una cantidad muy pequeña para la amplia gama de las últimas tendencias. Hoy es ser queer (rarito), término que emerge de una alternativa contracultural, cuando lo contracultural pareciera estar sepultado. Verdú nos explica que la palabra queer se aplicaba a la acepción de marica, pero hoy son otra cosa y mucho más. Los queer califican a los gay de aburguesados, encajonados en la normalidad social y clasificados para el sistema como las trasvestis, los transexuales, las drag-queens y los drag-kings, los bisexuales o las lesbianas que conforman ya un catálogo fijo. Lo queer será lo incatalogable, tanto para el sexo como en la cultura: en la epistemología, la lingüística, la política, la representación, lugares donde se da la posibilidad de emerger condiciones antisistemas en los campos del saber. Los queer no tienen una identidad sexual determinada. En un mundo cambiante el sexo también debe cambiar, al igual que las identidades, el trabajo, las profesiones, las parejas. Las identidades se degradan, se usan, se canjean, se disipan. Propio de una sociedad multicultural, mestiza y con múltiples globalizaciones y culturas presentes por todas partes. Es como las investigaciones interdisciplinarias, las comidas fusión, los equipos deportivos multirracionales, etc.

El mundo de los queer propaga un sentido hacia los hombres feministas, las lesbianas que se acuestan con hombres, las personas que simpatizan con ellos y los antisistemas. Propio de un mundo en que ¿se ha agotado la ideología, se ha envejecido la izquierda? Contra toda decadencia nace el queer, una identidad proteica, es mestizaje y homogeneización junto, sexo múltiple o monosexo imaginario, que instiga mil variantes del sexualidad interminable. Ampliación del sexo en tanto realidad e imaginación de la sexualidad global pero adjunto al movimiento de la antiglobalización.


Es un culto a la impureza. La globalización es una mezcolanza, pero el movimiento antiglobalización también: antimarxistas, ex marxistas, católicos, anarquistas, ecologistas, gays, Médicos sin Fronteras, etc.


Es este el mundo en que habitamos, donde las posibilidades están abiertas a la subjetividad sexual individual y en colectivo. Escoja Ud.





Bibliografía:
Verdú, V. 2004. El Estilo del Mundo. Anagrama Ed. Barcelona.





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