martes, 1 de julio de 2014

Rousseau y su paradoja
sobre la naturaleza humana
María Eugenia Cisneros Araujo

 Cuerpo Humano de Yuriko Takagi

SEGISMUNDO:
¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice! Apurar, cielos, pretendo
ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor; la vida es sueño
pues el delito mayor del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber, para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos, el delito de nacer),
qué más os pude ofender, para castigarme más.
¿No nacieron los demás? Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron  que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas que le dan belleza suma,
 apenas es flor de pluma,  o ramillete con alas
cuando las etéreas salas corta con velocidad,
negándose a la piedad del nido que deja en calma:
¿y teniendo yo más alma, tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas, gracias al docto pincel,
cuando, atrevido y cruel, la humana necesidad
le enseña a tener crueldad, monstruo de su laberinto
¿y yo con mejor distinto tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira, aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira, midiendo la inmensidad
de tanta capacidad. La vida es sueño como le da el centro frío:
¿y yo con más albedrío tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata, entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra de las flores la piedad
que le dan la majestad, el campo abierto a su ida:
y teniendo yo más vida tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón negar a los hombres sabe
privilegio tan suave, excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal, a un pez, a un bruto y a un ave?
La vida es sueño
 Pedro Calderón de la Barca



Cuando un discípulo de Buda fue a informarle, después de un largo viaje por Occidente, de que unas cosas milagrosas, unos instrumentos, unos métodos de pensamiento, unas instituciones, habían transformado la vida de los hombres desde los tiempos en los que el Maestro se había retirado a las Altiplanicies, éste lo detuvo después de las primeras palabras, ¿Han eliminado la tristeza, la enfermedad, la vejez y la muerte?, preguntó. No respondió el discípulo. Entonces, igual habrían podido quedarse donde estaban, pensó el Maestro. Y se volvió a sumergir en su contemplación, sin tomarse la molestia de mostrar a su discípulo que ya no le escuchaba.

 La institución imaginaria de la sociedad                                                                                                                            Cornelius Castoriadis

Para estudiar las ideas de Rousseau sobre su concepción antropológica, primero, analizaré el ensayo de Montaigne sobre “De la desigualdad que hay entre nosotros”, Montaigne es una referencia importante. Rousseau fue un lector del mencionado ensayista y el ginebrino bebe de esa fuente para desarrollar sus propuestas sobre la naturaleza humana. Segundo, precisaré el problema que plantea el pensador ginebrino en el Discurso sobre las ciencias y las artes y, en tercer lugar mostraré que en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres es donde el pensador ginebrino desarrolla y fundamenta la propuesta enunciada en el Discurso sobre las ciencias y las artes.

Cuerpo Humano, Johanna Knoue


1. Montaigne y De la desigualdad que hay entre nosotros
En el ensayo “De la desigualdad que hay entre nosotros”[1], Montaigne afirma que existe más distancia entre los seres humanos que entre estos y los animales. La naturaleza humana debería ser apreciada por las cualidades que le son ínsitas y, no por las características que le son externas y la rodean como: el poder, el prestigio, la riqueza, entre otras.
Las cualidades internas a la naturaleza humana son las que hacen que los seres sean humanos y se diferencien de los animales, las posesiones no son características inherentes a la naturaleza humana. Es preciso reflexionar sobre la naturaleza humana despojada de riquezas, honores, prestigio, poder. Examinar si el contenido de tal naturaleza es ecuánime, sosegada, calmada, de noble entereza. Se trata de comprobar que el hombre es:
Sabio y dominador de sí mismo; capaz de resistir sin miedo enfermedad, hierros y muerte; rechazador de concupiscencias y desdeñador de honores; en sí mismo recogido […] siempre imperturbable ante la fortuna[2]

La máxima cualidad de la naturaleza humana es tener y mantener el dominio sobre sí mismo, esta condición lo separa y diferencia de aquellos seres humanos vacíos en su sí mismo, carentes de integridad y presos de la riqueza, los honores y el prestigio. Si, a estos últimos, se les despojara de las posesiones, de los bienes exteriores que lo sostienen, tendríamos seres cuya manifestación de su naturaleza consistiría en la cobardía, ambición, envidia, temor. Una naturaleza humana determinada por lo pusilánime, débil, esclava de la fortuna y determinada a sufrir las dolencias propias de la vida: la enfermedad, la muerte, el miedo. Situaciones que se manifiestan independientemente del poder, riqueza que se tenga.

Entonces, para Montaigne lo ínsito a la naturaleza humana es forjarla para la vida ética, estética y hedonista; no para las meras apariencias, la vacuidad. La vida consiste en hacer de los seres humanos individuos dignos mediante el arte de vivir.
La estética de la vida exige la formación de un criterio propio, de un juicio como guía para decidir entre lo bueno y lo malo, el desarrollo de la capacidad de gobernarse por sí mismo. El poder, la fortuna, los privilegios apartan a la mayoría de los individuos del camino del arte de vivir. El poder, la riqueza tienen el efecto de hacerle creer a los individuos que son dioses y no mortales. Son las divinidades que aparecen sobre un altar de arena.
En la lectura de este ensayo, se encuentra que Montaigne advierte que la diferencia entre los hombres radica en la riqueza, los honores, los privilegios. En cosas ajenas a lo que constituye su naturaleza humana como son: los principios, la belleza del alma y el gozo de vivir.
La manifestación del sí mismo del individuo producto del diálogo consigo mismo, de la confrontación consigo mismo es una cuestión debatida desde los griegos. Ciertamente, en su diálogo, Sócrates hostiga a sus interlocutores con una serie de preguntas que los llevan a prestarse atención a sí mismos, a examinar su conciencias, a cuidarse a sí mismos, que los llevan al célebre “conócete a ti mismo”. En esta línea, José Manuel Briceño Guerrero en su obra ¿Qué es la filosofía?[3], afirma que son pocos los auténticos creadores de formas de vida que se atreven a liberar su indeterminación y cuestionar el modelo cultural establecido al que están sometidos. Estos hombres son aquellos a los que les ha ocurrido “…alguna vez, que tenga el tremebundo confrontación consigo mismo y vea, cuando menos el destello fugaz de una intuición momentánea, la contingencia de su absurda existencia, acechada continuamente por todo género de peligros, condenada a dejar de ser, finita”[4]. De las palabras de Briceño, se nota que también hace énfasis en el conócete a ti mismo, al momento, en el que el individuo comienza a cuestionar su propia existencia, su manera de estar en el mundo, a examinar su vida. Dicho de otro modo, el hombre se atreve a preguntarse ¿Cómo vivo? ¿Cómo me realizo como individuo en el tiempo que me toca vivir?
Pierre Hadot en su obra Ejercicios espirituales y filosofía antigua[5], destaca la importancia del arte de vivir, esto es, la construcción de la vida a partir de la existencia. Se trata de que el hombre decida comprometerse con su existencia como un arte de vivir; vivir responsable y libremente. En este mismo contexto, Michel Onfray[6], destaca el arte de vivir, en la estética de la existencia, en la relación consciente con la cotidianidad que lleva a los hombres a cuestionar su propia vida. Se trata de mostrar que los cambios, las transformaciones, transgresiones de lo establecido se inician desde la existencia, la acción, la imaginación activa, la praxis social, toda vez que los hombres se atreven a cuestionar su existencia para desconstruir el estilo de vida impuesto por lo establecido y autocrear el propio estilo de vida que queremos a partir del ejercicio de nuestra propia lucidez, reflexión, de nosotros mismos. Ello significa aceptar que la creación de un estilo de vida que nos sea propio obedece a nuestra acción imaginativa y no a la institución establecida. Se trata de una confrontación entre la pseudorealidad y la realidad, que nos obliga a la toma de una decisión existencial: atrevernos a ser nosotros mismos. Una decisión dolorosa, que comporta riegos, consecuencias, pérdidas, separaciones, algunas veces soledad, porque estamos en la vida tal como hemos decidido ser y estar. Por ello, son muy pocos los auténticos creadores de su propio estilo de vida[7].

 Naturaleza Humana, Diego


2. Discurso sobre las ciencias y las artes
El tema recurrente de Rousseau consiste en indagar el origen de la desigualdad entre los individuos. Diferencia que surge cuando los individuos se relacionan.
En el Discurso sobre las ciencias y las artes[8], Rousseau elucida sobre cómo las ciencias y las artes han contribuido a corromper las costumbres. Las ciencias y las artes se desarrollan en la sociedad, la sociedad implica relación entre los hombres. Las ciencias y las artes constituyen una forma en que los hombres se aproximan desde la diferencia, porque entre ellos se valoran de acuerdo a un cúmulo de información, quién es más culto, más sabio. Del conocimiento se derivan privilegios, honores, reconocimientos, la oportunidad de destacarse del resto. Como consecuencia las ciencias y las artes no pueden considerarse un progreso en lo atinente a la forma de socializar entre los hombres porque no los enseñan ni educan para convivir. Por el contrario, las ciencias y las artes contribuyen a que los individuos se alejen y distancien. Su socialización responde a las apariencias y no a la estética de la existencia, como ya lo anunció Montaigne en el ensayo descrito anteriormente.
Las ciencias y las artes  instituyen la máscara del lujo, la ostentación, la fama, la reputación, una envoltura más del hombre. La sociedad es producto de un artificio, de una fachada que profundiza las diferencias entre los individuos. La consecuencia de ello es la depravación en las costumbres, la pérdida de la virtud, la aparición de la perversión. Todo artista, intelectual, músico, escritor, filósofo, entre otros, quiere ser aplaudido, elogiado. Esta es su máxima recompensa.
El problema para Rousseau consiste en la conformación de la sociedad como un modo de desigualdad que tiene su origen en las ciencias y en las artes y, que excluye de esta forma de organización a la institución de las costumbres, principios mediante la virtud y la ética que constituyen la fuerza y el vigor del alma. La cuestión reside en que el conocimiento corrompe la naturaleza humana porque la cultiva con las apariencias y no con la estética de la existencia[9]. Las letras han convertido a los individuos en esclavos, sofisticado las formas de dominación de la sociedad y la institución[10]. No evocan la libertad, por el contrario elevan la servidumbre.
... reina en nuestras costumbres una vil y falaz uniformidad, y todos los espíritus parecen haber sido arrojados en un mismo molde; sin cesar la cortesía exige, la conveniencia ordena; sin cesar se siguen los usos, nunca el genio propio. Nadie se atreve ya a aparecer lo que no es; y en esta coacción perpetua, los hombres que forman ese rebaño llamado sociedad, puestos en las mismas circunstancias, harán todos las mismas cosas si motivos más poderosos no los apartan de ello…[11]

Para Rousseau la diferencia que incorpora las ciencias y las artes entre los individuos se traduce en lo siguiente: “Ya no se pregunta de un hombre si tiene probidad, sino si tiene talentos; ni de un libro si es útil, sino si está bien escrito.  Las recompensas son prodigadas al hombre culto y, la virtud queda sin honores. Hay mil premios para los discursos bellos, ninguno para las buenas acciones”[12]. En una frase: se recompensa al hombre culto aunque no sea virtuoso, ni probo. Probablemente el pensador ginebrino se preguntó: ¿para qué sirven las ciencias y las artes si a pesar de su progreso la diferencia entre los hombres se profundiza a tal punto que sin darse cuenta viven en un entorno de vicios que reproducen y mantienen?[13]
Las ciencias y las artes no deben estar en función del comercio y del dinero[14].  Deben estar dirigidas a instituir principios éticos. La denuncia del pensador ginebrino se dirige a mostrar que las ciencias y las artes causan desigualdad entre los individuos; originan el lujo, la ociosidad y la vanidad en la sociedad; y, son perjudiciales para las cualidades morales.
Rousseau destaca, por un lado, que la moral como cualidad humana está separada de las ciencias y las artes porque la educación no genera hombres virtuosos, produce hombres viciosos. Por el otro, las ciencias y las artes en su función socializadora cambian las costumbres, modifica la ética y ello varía el comportamiento de los individuos y sus formas de relacionarse. Los hombres son socializados artificialmente, es decir, su comportamiento responderá a las diferencias que originan los honores, privilegios, riquezas, lujos, reputación, poder, y no a la virtud, el corazón, los sentimientos. En vez de crear ciudadanos se reproducen esclavos. La virtud, los deberes, los principios éticos y la ciudadanía deben estar por encima de las riquezas, honores, privilegios. La socialización entre los hombres debe obedecer a la virtud. La virtud es la cualidad humana que aproxima a los hombres mediante el amor de sí y la piedad. La toma de conciencia entre los hombres de asumir que la naturaleza humana es lo que los hace común porque son vulnerables al dolor, la enfermedad, el miedo, la muerte. El ejercicio de la virtud desarrolla el propio criterio lo que mantiene la fuerza y la pasión de permanecer en libertad. Los individuos deben relacionarse mediante la práctica de la virtud, ello impediría que cayeran presos de las apariencias, de lo ficticio. Se trata de procurar una socialización que forje ciudadanos con sentimientos de libertad, fuerza y arrojo para preservarla. Ser ciudadanos, en el pensamiento de Rousseau, supone que los hombres se interesen en construir su vida mediante acciones dirigidas a fortalecer la voz de la conciencia y los sentimientos del corazón. Por eso al referirse a Sócrates destaca la siguiente frase “Quiero seguir siendo lo que soy”[15]. Y ¿qué soy? ¿Qué somos?
Armando José Sequera en su cuento "Preguntas y respuestas", afirma que el hombre es "un niño, pero más grande" que le gusta ser "un pescado que no se deja pescar"[16].
Y en su poema "Esencia" leemos:
Puerta abierta a la metamorfosis, nudo resuelto por la espada. Soy el que soy, el que será, el que aún ausente seguirá estando mañana. Soy este, el mismo y tantos otros. Soy y en tanto sea, aquí estaré: único, irrepetible. Una astilla de la divinidad.
Provisionalmente eterno[17]

Realiza actos virtuosos, no te quedes en el mero estudio teórico sobre la virtud. La contribución de las ciencias y las artes deben concentrarse en lo político y lo moral para hacer de la virtud, las costumbres los principios éticos de las instituciones para que enseñen a los individuos a ser libres y no esclavos. Para Rousseau la virtud es la ciencia sublime de las almas sencillas cuyos principios están grabados en sus corazones y, cada día ejercitan el diálogo consigo mismas para permitirse escuchar la voz de sus conciencias. Esta ascesis no requiere del conocimiento que provee las artes y las ciencias, solicita el examen continuo de nuestros actos cotidianos que son los que despiertan nuestra naturaleza a la construcción de la estética de nuestra existencia.
…¿A qué buscar nuestra felicidad en la opinión ajena si podemos encontrarla en nosotros mismos? [...]
¡Oh virtud! Ciencia sublime de las almas sencillas ¿tanto esfuerzo y aparato son precisos para conocerte? ¿No están tus principios grabados en todos los corazones, y no basta para aprender tus leyes con recogerse en uno mismo y escuchar la voz de la propia conciencia en el silencio de las pasiones? He ahí la verdadera filosofía…[18]

De Anastasii Mikhailov

3. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres
Las propuestas que hace Rousseau en el Discurso de las ciencias y las artes son desarrolladas y profundizadas en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. En su disertación sobre la desigualdad entre los hombres, a mi modo de ver, Rousseau define como causa: la socialización bajo varias aristas que planteo como interrogantes: ¿cómo convivir con el otro a pesar de las desigualdades que genera la socialización establecida? ¿Cómo aceptar la existencia del otro, diferente a mí artificialmente, e igual a mí en nuestras naturalezas humanas? ¿cómo se construye el otro en la sociedad? ¿Cómo practicar la virtud en la apariencia? ¿cómo me mantengo escuchando la voz de mi conciencia en la sociedad que me toca vivir? ¿Cómo impido que el amor de sí sea disminuido por el amor propio?[19]. En este Discurso, el pensador ginebrino comienza por examinar a la naturaleza humana. Resurge la pregunta ¿Qué constituye naturalmente a los seres humanos? La premisa de Rousseau es la siguiente: los hombres por naturaleza son iguales entre sí y, en esto consiste su estado original. El pensador ginebrino tiene presente que la propia naturaleza establece diferencias físicas entre los hombres como la edad, salud, contextura del cuerpo, la fuerza del alma. Pero la cuestión que le ocupa es que: algo produjo cambios en la naturaleza humana, alterando su estado original. El resultado de esta metamorfosis consiste en la desigualdad entre los hombres, diferencias que son productos de una convención consentida por los individuos y, que se desarrolla en el ámbito moral y político. Estas distinciones responden a los privilegios como la riqueza, honor, poder, dominio[20].
El pensador ginebrino aborda la constitución de la naturaleza en un estado original y en un estado artificial. El problema que presenta Rousseau consiste en una invitación a examinar qué sucede con la naturaleza humana cuando se introduce en la esfera social. Asume de entrada que la estructura primigenia al incorporarse en la sociedad pierde elementos que les son intrínsecos. Tal hecho la corrompe y la pervierte “…no es liviana empresa separar lo que hay de originario y de artificial en la naturaleza actual del hombre, ni conocer bien un estado que ya no existe, que quizá no haya existido, que probablemente no existirá jamás…”[21]. Le interesa analizar la composición de la naturaleza humana en su estado original para conocer los fundamentos reales de la sociedad humana. Se trata de una elucidación que parte de un ejercicio imaginativo por parte de Rousseau al preguntarse por el tipo de hechura de la naturaleza humana primigenia[22].
¡Oh hombre, de cualquier región que seas, cualesquiera que sean tus opiniones, escucha! He aquí tu historia, tal cual yo he creído leerla no en los libros de tus semejantes que son falaces, sino en la naturaleza que no miente nunca. Todo cuanto sea de ella, será verdadero. No habrá de falso sino lo que yo haya puesto de mi cosecha sin querer. Los tiempos de de que voy hablar están muy lejanos. ¡Cuánto has cambiado de cómo eras! Por así decir, es la vida de tu especie lo que te voy a describir según las cualidades que recibiste, que tu educación y tus hábitos han podido depravar, pero que no han podido destruir…[23]

El Discurso sobre el origen de la desigualdad persigue mostrar que: “…en el progreso de las cosas el momento en que, sucediendo el derecho a la violencia, la naturaleza fue sometida a la ley; de explicar por qué encadenamiento de prodigios pudo el fuerte decidirse a servir al débil, y el pueblo a comprar una tranquilidad ideal al precio de una felicidad real”[24]. Rousseau analizará la naturaleza humana en sus cualidades físicas y, en sus modos morales y metafísicos. En la consideración de estas últimas se referirá a la libertad. El hombre escoge mediante un acto de libertad. Los animales están determinados por su instinto. ¿Quiere decir esto que el hombre elige libremente la institución de su propia esclavitud y dominación? ¿El individuo se distancia de su naturaleza voluntariamente? ¿Por qué lo hace?
El hombre en su estado original es fuerte, ágil, robusto, con vigor y valor. Tiene en contra la degeneración propia del cuerpo en el sentido biológico, la infancia, la vejez y la enfermedad. Cuando el hombre se vuelve sociable se convierte en débil, temeroso, cobarde, sin valor y esclavo. También está conformado por el amor de sí y la piedad. Dos principios que la razón al ingresarlas en la sociedad sobre fundamentos artificiales modifica la textura primigenia de la naturaleza humana. Al respecto señala Rousseau:
…meditando sobre las primeras y más simples operaciones del alma humana, creo percibir dos principios anteriores a la razón, uno de los cuales nos interesa vivamente para bienestar nuestro y para la conservación de nosotros mismos, y el otro nos inspira una repugnancia natural a ver perecer o sufrir a cualquier ser sensible, y principalmente a nuestros semejantes. Del concurso y de la combinación que nuestro espíritu es capaz de hacer de estos dos principios, sin que sea necesario hacer entrar ahí el de la sociabilidad, es de donde me parece que derivan todas las reglas del derecho natural; reglas que la razón se ve luego forzada a restablecer sobre otros fundamentos, cuando por sus desarrollos sucesivos termina por ahogar a la naturaleza [25]

De las anteriores palabras, se desprende que la constitución de la naturaleza humana está compuesta por una sensibilidad que se manifiesta mediante los sentimientos de la conservación y de no hacer daño, ni mal a mis semejantes. Estos sentimientos son desnaturalizados por la razón que se fortalece mediante las letras, las artes y las ciencias.
Asimismo, el hombre se caracteriza por: 1) ser un agente libre, esto es, elige vivir conforme a las cualidades ínsitas a su naturaleza o las formas establecidas convencionalmente “…La naturaleza da una orden a todo animal, y la bestia obedece. El hombre experimenta la misma impresión, pero se reconoce libre de asentir, o de resistir; y es sobre todo en la conciencia de esta libertad donde se muestra la espiritualidad de su alma...”[26]. Y, 2) por su facultad de perfeccionarse. Capacidad que unida con las circunstancias hace que el hombre progrese, adquiera conocimientos para proveerse lo necesario y se desarrolle. Lo que implica la comunicación. Este es el comienzo de las diferencias, la depravación. El nacimiento de lo superfluo, los placeres, riquezas, poder, dominio. El progreso produjo que alguien cercara un terreno y se le ocurriera decir: “esto es mío y encontró personas lo bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil”[27] y de la servidumbre.
La naturaleza humana para Rousseau se conforma por: 1) los sentimientos de conservación y piedad; 2) la libertad; y, 3) la facultad de perfeccionarse. En esta estructura el pensador ginebrino está alertando que es ínsita a la naturaleza humana la tendencia tanto a la virtud, la probidad, los principios, la ética como al vicio, la corrupción, la depravación. La naturaleza humana tiene necesidades que se manifiestan como pasiones. Las pasiones progresan por el conocimiento. Es decir, las letras, artes y las ciencias movilizan los deseos del gozo, la sensualidad, los placeres. La perfectibilidad como el impulso hacia el progreso y porvenir es lo que modifica la naturaleza humana originaria. “…los progresos del espíritu fueron exactamente proporcionados a las necesidades que los pueblos habían recibido de la naturaleza, o a las que las circunstancias los habían sometido, y consiguientemente a las pasiones que los llevaban a proveer a tales necesidades…[28]”.
Por consiguiente, es inherente a la naturaleza humana su inclinación a la construcción  y a la destrucción. Esta disposición a la ruina, desmoronamiento, exterminio se materializa por las acciones que los individuos eligen realizar. En otras palabras, la naturaleza humana es artífice de su propio desmantelamiento cuando posibilita las condiciones institucionales que la alteren y la conduzcan a su propia corrupción. Rousseau muestra la paradoja humana: la perfectibilidad, el progreso de crear respuestas para resolver los obstáculos que se le presentan en su desarrollo lleva en sí mismo la causa de su hundimiento. A mayor ilustración más perfeccionamiento de la industria y simultáneamente potenciaron la fuerza de la pérdida de las cualidades inherentes a la naturaleza humana. Al crear los instrumentos que le facilitaran el trabajo, al procurarse la comodidad, quedaron sometidos a su yugo y presos de vivir solo para la satisfacción de sus necesidades. Y, entonces
Todos comenzaban a mirar a los demás y a querer ser mirado uno mismo, y la estima pública tuvo un precio. Aquel que cantaba o danzaba el mejor; el más bello, el más fuerte, el más diestro o el más elocuente se convirtió en el más considerado, y éste fue el primer paso hacia la desigualdad, y hacia el vicio al mismo tiempo: de estas primeras preferencias nacieron, por un lado, la vanidad y el desprecio, por otro, la vergüenza y la envidia; y la fermentación causada por estas nuevas levaduras produjo finalmente compuestos funestos para la dicha y la inocencia[29]

El amor de sí es un sentimiento natural que lleva a los hombres a velar por su conservación. La piedad es un sentimiento de rechazo que manifiestan los hombres ante el sufrimiento de sus semejantes. La cuestión para analizar, según Rousseau, reside en cómo el amor de sí y la piedad son socializados. Aquí se produce la alteración. El amor de sí en la sociedad se convierte en amor propio[30] y, la piedad se transforma en egoísmo. Esto quiere decir, que se da una metamorfosis del sentimiento: de natural pasa a lo artificial. Y, esta es otra de las fuentes de la desigualdad entre los hombres.
Si el amor de sí es socializado como un sentimiento intrínseco a la naturaleza humana y relacionado con la piedad, entonces, producirá la humanidad y virtud en los hombres. El contenido de la naturaleza humana son los sentimientos y no la razón.
Rousseau le interesa analizar los elementos constituyentes de la naturaleza humana en su estado primigenio u original para destacar la importancia de mantenerse en los sentimientos del amor de sí y la piedad aunque la sociedad donde nos ha tocado vivir sea violenta, agresiva, depravada, egoísta, individualista y recompense a los hombres por los privilegios adquiridos y no por la práctica de la virtud. La cuestión está en cómo el individuo preserva el amor de sí y la piedad ante un mundo que enaltece el amor propio. Sólo el asirnos a la voz de la conciencia, a los sentimientos del corazón, al sentido interior intensifica la fuerza de nuestra humanidad y virtud para edificar como una roca nuestro juicio cuyo fundamento son los principios éticos. Desde este punto de vista, Rousseau está resaltando la importancia de entender que la socialización es posible en tanto yo como individuo acepte la existencia del otro mediante los sentimientos del amor de sí y la piedad. La voz de la conciencia no es sólo un asunto individual, también es colectivo. Es un sentimiento que involucra al otro, pues no puedo ser yo sin aceptar al otro. Esto significa que la conformación de lo colectivo requiere de lo individual y la estructuración de lo individual necesita del colectivo. Utilicemos las siguientes palabras de Castoriadis para comprender la precedente idea:
Deseo poder encontrar al prójimo a la vez como a un semejante y como a alguien absolutamente diferente, no como a un número, ni cómo a una rana asomada a otro escalón (inferior o superior, poco importa) de la jerarquía de las rentas y de los poderes. Deseo poder verlo, y que me pueda ver, como a otro ser humano, que nuestras relaciones no sean terreno de expresión de la agresividad, que nuestra competitividad se quede en los límites del juego, que nuestros conflictos, en la medida que no pueden ser resueltos o superados, conciernan unos problemas y unas posiciones de juego reales, arrastren lo menos posible de inconsciente, estén cargado lo menos posible de imaginario. Deseo que el prójimo sea libre, pues mi libertad comienza allí donde comienza la libertad del otro y que, solo, no puedo ser más un <>. No cuento con que los hombres se transformen en ángeles, ni que sus almas lleguen a ser puras como lagos de montañas, ya que, por lo demás, esta gente siempre me ha aburrido profundamente. Pero sé cuánto la cultura actual agrava y exaspera su dificultad de ser, y de ser con los demás, y veo que multiplica hasta el infinito los obstáculos a su libertad[31]
La exposición que hace Castoriadis traduce el planteamiento de Rousseau en cuanto a la forma en que se desarrolla la socialización. La sociedad implica a los individuos singularmente y también colectivamente. La cuestión está en cómo se aproxima lo individual y lo colectivo. El enigma radica en cómo la práctica del amor de sí y la piedad genera una socialización que estimule los sentimientos de humanidad y virtud en los individuos y el colectivo. Cómo hacer para incorporar en la experiencia la voz de la conciencia como un sentimiento individual y colectivo a la vez.
Finalizo esta disertación con un verso de un poeta venezolano que encuentro apropiado para la ocasión:
Hemos entrado en una barbarie. No ha habido invasiones. Después de todo, los bárbaros portan una energía que avigora civilizaciones cansadas. En nuestro tiempo es la sociedad la que, revestida de progreso, se barbariza. Se trata de una destrucción inteligente.
Anotaciones
Rafael Cadenas



[1] Montaigne, M. (1984). Ensayos Completos. Ediciones Orbis, S.A., Barcelona, Volumen I, pp. 210-218.
[2] Ibíd., p. 211.
[3] Briceño Guerrero, J., ¿Qué es la filosofía?, Mérida, Ediciones La Castalia, 2ª ed., 2007.
[4] Ibíd., p. 12.
[5]Hadot, P., Ejercicios Espirituales y Filosofía Antigua, Madrid, Biblioteca de Ensayo Siruela, Ediciones Siruela, 2006.
[6]De este autor ver, entre otras obras: Antimanual de Filosofía, Madrid, Editorial Edaf, S.A., 2005; Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros, Buenos Aires, Editorial Paidos, 1ª Reimp., 2004; La fuerza de existir. Manifiesto hedonista, Barcelona, Anagrama, 1ª  ed., 2008; Las sabidurías de la antigüedad. Contrahistoria de la filosofía I, Barcelona, Editorial Anagrama, 2007.
[7]Ver Cisneros, M. E., Los Cínicos: El arte de vivir en libertad. Documento en línea en: http://www.filosofiaclinica1.blogspot.com. Disponible en: http://www.filosofiaclinica1.blogspot.com.
[8] Rousseau, J-J. (1980). Discurso sobre las ciencias y las artes. Madrid, Alianza Editorial, S.A., pp. 142-176.
[9] “¡Cuán dulce sería vivir entre nosotros si el continente exterior fuera siempre imagen de las disposiciones del corazón; si la decencia fuera virtud; si nuestras máximas nos sirvieran de reglas; si la verdadera filosofía fuera inseparable del título de filósofo!...”. Ibíd., p. 150.
[10] “…las ciencias, las letras y las artes, menos despóticas y más poderosas quizá, extienden guirnaldas de flores sobre las cadenas de hierro de que están cargados, ahogan en ellos el sentimiento de esa libertad original para la que parecían haber nacido, les hacen amar su esclavitud y así forman lo que se denomina pueblos civilizados […] Esclavos felices, les debéis ese gusto delicado y fino del que os jactáis; esa dulzura de carácter y esa urbanidad de costumbres que entre vosotros vuelve el trato tan comunicativo y tan fácil; en una palabra, las apariencias de todas las virtudes sin tener ninguna”. Ibíd., p. 149
[11]  Ibíd., p. 151.
[12] Ibíd., p. 170.
[13] “…la depravación real, y nuestras almas se han corrompido a medida que nuestras ciencias y nuestras artes han avanzado a la perfección…”. Ibíd., p. 152.
[14] “…Los antiguos políticos hablaban sin cesar de costumbres y de virtud; los nuestros no hablan más que de comercio y de dinero…se tiene de todo con dinero, excepto costumbres y ciudadanos…”. Ibíd., pp. 163 y 164
[15] Ibíd., p., 157.
[16] Sequera, J. (2000). “Preguntas y respuestas”. En Teresa en mosaico. Cuentos 1977-2001. El otro & el mismo, pp. 243 y 244.
[17] Sequera, J. (2007). “Esencia”. En Passarola. Editorial El Perro y la Rana, p. 69.
[18] Rousseau, J-J. (1980). Discurso sobre las ciencias y las artes, p. 176.
[19] ¿cómo podría meditar sobre la igualdad que la naturaleza ha puesto entre los hombres, y sobre la desigualdad que éstos han instituido, sin penar en la profunda sabiduría con que una y otra, felizmente combinadas en este Estado, concurren, de la manera más cercana a la ley natural y más favorable para la sociedad, al mantenimiento del orden público y a la felicidad de los particulares?” Rousseau, J-J. (1980). Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Madrid, Editorial Alianza, S.A., p. 180.
[20] “…desde el instante en que un hombre tuvo necesidad del socorro de otro, desde que se dio cuenta de que era útil para uno solo tener provisiones para dos, la igualdad desapareció, se introdujo la propiedad, el trabajo se hizo necesario y las vastas selvas se trocaron en campiñas risueñas que hubo que regar con el sudor de los hombres, y en las que pronto se vio la esclavitud y la miseria germinar y crecer con las mieses”. Ibíd., p. 258.
[21] Ibíd., p. 195.
[22] “…No hay que tomar las investigaciones que se puedan realizar sobre este tema por verdades históricas, sino sólo por razonamientos hipotéticos y condicionales que para mostrar su verdadero origen […] formar conjeturas sacadas únicamente de la naturaleza del hombre y de los seres que lo rodean, sobre lo que habría podido devenir el género humano de haber quedado abandonado a su suerte…”. Ibíd., p. 208.
[23] Ibíd., pp. 208 y 209.
[24] Ibíd., p. 206.
[25] Ibíd., p. 198.
[26] Ibíd., pp. 219 y 220.
[27] Ibíd., p. 248.
[28] Ibíd., p. 222.
[29] Ibíd., pp. 255 y 256.
[30] “No hay que confundir el amor propio con el amor de sí mismo; dos pasiones muy diferentes por su naturaleza y sus efectos. El amor de sí mismo es un sentimiento natural que lleva a todo animal a velar por su propia conservación y que, dirigido en el hombre por la razón y modificado por la piedad, produce la humanidad y la virtud. El amor propio no es más que un sentimiento relativo, ficticio y nacido en la sociedad, que lleva a cada individuo a hacer más caso de sí que de cualquier otro, que inspira a los hombres a todos los males que mutuamente se hacen, y que es la verdadera fuente del honor” Ibíd., pp. 329 y 330.
[31] Castoriadis, C. (2003).La institución imaginaria de la sociedad. Marxismo y teoría revolucionaria, Vol.1, Buenos Aires, Tusquets Editores, 2ª Reimpresión, pp. 158 y 159.
Textos de archivo


Entrevista a Jacques Derrida



LA DEMOCRACIA COMO PROMESA





«Ante el miedo a que se nos quiera reducir al silencio»,
 se trata de inventar «un nuevo espacio en la historia y en el mundo».
J. Derrida

  
«A democracia é uma promessa» Entrevista de Elena Fernandez con Jacques Derrida, Jornal de Letras, Artes e Ideias, 12 de octubre, 1994, pp. 9-10.

Fue una entrevista concedida en Lisboa, durante el primer Encuentro del Parlamento Internacional de los Escritores[i], Jacques Derrida, poco traducido al portugués, nos habla de la situación mundial del presente, de la deconstrucción, del fin de la filosofía, así como de los posibles caminos para el pensamiento y sus líneas de fuerza, de la democracia por venir.

¿Qué hace un filósofo en el Parlamento de los Escritores?
No participo sólo como filósofo en el Parlamento. Sin duda soy un filósofo, mi profesión es  enseñar Filosofía, pero mis intereses también se extienden a otras áreas, como la escritura  literaria, los media, el espacio público o la vida cultural en general. Por otro lado, lo que durante  mucho tiempo me interesó en tanto que filósofo es aquello que generalmente se denomina  deconstrucción, lo que significa un conjunto de cuestiones en el ámbito de la filosofía, acerca de su historia y de su origen. Y para formular tales cuestiones se requiere una formación filosófica,  aunque también hay que situarse en un lugar que casi no es el filosófico, toda vez que los problemas  deconstructivos» se despliegan en un terreno relativamente exterior al de la filosofía.
Estoy en el Parlamento como filósofo pero también como escritor, como ciudadano y como  persona que participa en la vida político-cultural a lo largo del mundo. Tengo sin embargo que  asumir en el interior del Parlamento mi cultura filosófica o mi interés por la filosofía. El propio  Parlamento propuso cuestiones de filosofía política: ¿qué es un ciudadano?, ¿qué es un Estado?, ¿qué es la técnica?, ¿qué es la lengua?, ¿qué es la palabra? Y seguramente todos los miembros  del Parlamento, ante unas cuestiones provistas de dimensión filosófica, tuvieron que hacer un  verdadero esfuerzo filosófico. 

En su libro Du droit a la philosophie se manifiesta en contra del enclaustramiento o la circunscripción de la filosofía. ¿Percibe la filosofía como una posibilidad de actuar y de transformar  las cosas? ¿Cómo comparte la «deconstrucción» esa idea general de filosofía?
La deconstrucción comprende muchos aspectos y dimensiones, pero desde el punto de vista de  su pregunta realizar un trabajo deconstructivo afecta no sólo a los conceptos filosóficos sino  también a las propias instituciones filosóficas, dado que también deconstruye las instituciones, las estructuras sociales de enseñanza y de investigación. El libro que cita protesta contra las limitaciones institucionales en el aprendizaje de la filosofía. En el ámbito francés, por ejemplo, se  enseña Filosofía en la secundaria y nunca antes de una determinada edad. Por añadidura, su enseñanza entre otras disciplinas del ámbito académico es insuficiente.
Un conjunto de personas creamos, en 1974, el Grupo de Investigación sobre la Enseñanza de la  Filosofía (GREPH) que discute de forma práctica y teórica, al mismo tiempo, las limitaciones del  universo académico con el objetivo de transformar la situación de la formación filosófica en  Francia. Se trataba de un trabajo político y filosófico sobre las instituciones: era una tarea  deconstructiva.

La deconstrucción se presenta, entonces, como un ejercicio crítico, como una acción. Mientras que, en los Estados Unidos, es cada vez más usada como un método. ¿No supone esto la cristalización de la antítesis de lo que pretende ser la deconstrucción?
Sí. Varias veces he insistido en que la deconstrucción no debe reducirse a un método, a una  técnica con sus reglas y sus recetas. Cada vez que esto ocurre surge una faz negativa que  personalmente critico o denuncio. Ello no significa que se necesite prohibir todo tipo de enseñanza  de la deconstrucción que emplee técnicas, como las tareas escolares, de modo que pueda ser  aprendida, comprendida, leída y practicada. Existe un método, pero esto no es necesariamente el  peligro. Afirmar que en los Estados Unidos la deconstrucción se transformó en un método supone  generalizar algo que no es tan sencillo como parece. En varios sitios sufrió este efecto escolástico,  transformándose en una especie de instrumento de aplicación mecánica; sin embargo, creo que la  deconstrucción no puede reducirse a esos casos. Si fuese posible describir el complicado universo  americano, captaríamos cómo la deconstrucción se modifica en consonancia con el lugar de que  se trate. En algunas partes se percibe una apropiación transformadora, que inscribe la  deconstrucción en nuevos campos que le son ajenos, como el derecho, la economía, la  contabilidad, la empresa. Existen efectos negativos, aunque también hay transformaciones  enriquecedoras que impiden que la deconstrucción adquiera esa arteriosclerosis metodológica  que describió.

En la rueda de prensa, indicó que la deconstrucción no era simplemente una crítica, sino que es la justicia misma, y que ello era debido al ser posible una deconstrucción del derecho, a través de algo que, sin ser el derecho, solicitaba esa deconstrucción. ¿Qué es ese algo que fuerza la  deconstrucción de las cosas?
Es lo otro; si podemos decirlo en una palabra es lo otro. Lo que llamo justicia es el peso de lo otro,  que dicta mi ley y me hace responsable, me hace  responder al otro, obligándome a hablarle. Así  que es el diálogo con el otro, el respeto a la singularidad y la alteridad del otro lo que me empuja,  siempre de una forma continua e inadecuada, a intentar ser justo con el otro (o conmigo mismo  como otro). En consecuencia, me mueve no sólo a formular cuestiones sino para afirmar el sí que  se presupone en todas las interrogantes. La  pregunta no es la última palabra del pensamiento,  tras ser dirigida a alguien o al serme dirigida. Supone una afirmación -sí-, que no es positiva ni  negativa, ni es un testimonio o declaración. Este sí consiste en comprometerse en oír al otro o hablar con él, es un sí más viejo que la propia pregunta, un sí que se presenta como una afirmación originaria sin la cual no es posible la deconstrucción.

En consecuencia, ¿estamos hablando de libertad?
Sí. Podemos llamarlo libertad, siempre que no se confunda con el concepto vulgar de libertad subjetiva. Pero existe ahí un momento de libertad.

Libertad, justicia, origen: ¿no son categorías metafísicas tradicionales?
No necesariamente. Ese puede ser el nombre de categorías metafísicas. Pero no hay categorías metafísicas en sí, sino que hay discursos...

Pero los discursos se sirven de categorías para elaborarse...
Hay un discurso metafísico sobre la justicia, sobre la libertad, y existe una forma de pensar la justicia que no es necesariamente metafísica. No hay conceptos que sean en sí mismos metafísicos o no metafísicos.
Cuando hablo de metafísica quiero decir la «tradición metafísica». ¿Todavía podemos operar con estas categorías filosóficas?
Pienso que la palabra justicia está aún viva, es operacional, siempre que se apte en determinado discurso. Pero no digo nada al pronunciar únicamente la palabra «justicia». Si me remito, por ejemplo, a mi libro Políticas de la amistad, lo que intento ahí es percibir ciertas facetas de Marx, comprender la palabra justicia en un sentido que espero que no sea vacío o sin valor, aunque éste dependa de la forma en que reinscribimos la palabra en nuestro discurso.

Entonces, ¿qué sería la justicia?
Es una relación que respeta la alteridad del otro y responde al otro, a partir del hecho de pensar que el otro es otro. Y no me parece poco este hecho: que el otro no es reducible a mí ni a mí mismo, lo que demuestra que hay una justicia irreductible a su representación jurídica o moral. Hay una larga historia del concepto griego de díke de sus interpretaciones. En algunos textos míos recorro otros muchos de Heidegger, Aristóteles o Nietzsche sobre la justicia, para sugerir que ésta no se reduce a la representación jurídica que le demos; y otro tanto sucede con las ideas de distribución, proporción y adecuación.
La justicia es algo interior a la justicia, de dentro [dedans], por eso no se reduce a la readecuación entre una falta y una condena. No es reducible, no es calculable, por oposición al Derecho: calcula con ese incalculable que es lo otro. No debemos pensar acaso en este otro como algo inefable; pues es preciso tener en cuenta el cálculo de manera que logremos contar mejor con lo incalculable. No quiero decir que sea preciso hacer estallar al Derecho para poder situarnos en la vida; lo que se requiere es transformarlo de modo que sea lo más justo posible. Y por esta razón existe una historia del Derecho, una historia política, y el concepto de derechos humanos...

Por eso existe un Parlamento de los Escritores. Por ejemplo.
En la rueda de prensa, señaló que la palabra «parlamento» evocaba una solemnidad democrática, la de un lugar que surge ante la necesidad de crear un espacio público abierto y de discusión.
¿Nos enfrentamos con una época en la que es preciso crear una estructura, dentro de las existentes, para poder hablar?
Por eso se requiere volver a pensar (ya lo dije varias veces en el Parlamento) sobre el concepto actual de espacio público. El Parlamento, que no se instala en el espacio público, debe intentar pensar en la transformación que está ocurriendo, bien de la tecnología y los media o de otros factores, en el concepto de realidad del espacio público. Es preciso, por tanto, repensar sobre la democracia, una de las formas de tratar el espacio público, y sobre la palabra, el hecho de dirigirme libremente al otro, una de las condiciones del espacio público, que es lo que significa la palabra «parlamento».

¿Ello supone que conceptos democráticos como el de «parlamento» ya no se refieren a la situación presente y que usamos conceptos vacíos con respecto a su sentido originario?
No. Lo que quería decir con la palabra «parlamento», en el caso particular del Parlamento Internacional de los Escritores, es que se pide prestada a una tradición -a saber, el espacio de discusión, de deliberación democrática-, aunque, al mismo tiempo, cobra un sentido nuevo, a partir del momento en que existió el Parlamento Internacional de los Escritores... La palabra recibe la tradición pero la transforma.

Acaso podamos inferir la existencia de una democracia, cuando hablamos de espacio público y de parlamento. Así en el estado «espectacular-integrado» de Guy Debord. ¿Podemos hablar de democracia?
No. Es preciso transformarla. Creo que actualmente no hay democracia. Pero ella no existe nunca en el presente. Es un concepto que lleva consigo una promesa, y en ningún caso es tan determinante como lo es una cosa presente. Cada vez que se afirma que «la democracia existe», puede ser cierto o falso. La democracia no se adecua, no puede adecuarse, en el presente, a su concepto.

¿Por qué?
Desde luego, porque es una promesa, y entonces no puede ser sometida a cálculo, ni ser objeto de un juicio del saber que lo determine. Por otro lado, seria una cosa, aunque, partiendo de la libertad y del respeto a la singularidad del otro, el reto para la democracia es justamente no ser una cosa, sustancia y objeto. De ahí se deduce que no puede ser objeto de un juicio que lo predetermine. «La democracia que ha de venir», decimos siempre, y no «la democracia actual», que es inexistente. Esa promesa es lo que determina, por ejemplo, una institución como el Parlamento de los Escritores. Lo que no significa que la democracia vaya a estar presente mañana. Es algo que siempre está por venir.

Si no existe democracia y si es una promesa, ¿qué trabajo puede realizar la filosofía y la deconstrucción sobre la realidad?
Tenemos un poco de democracia, disponemos de una tradición y una idea de democracia. Cuando afirmo que nunca estuvo presente, actual y adecuadamente, ello no significa que no exista democracia. Hay una tendencia, signos, movimientos que sobresalen o dependen de la democracia. La palabra democracia no cayó del cielo. Tiene un sentido griego, tiene un sentido tomado de la historia, hubo revoluciones -lo que en absoluto es poco-, aunque esa palabra, actualmente, no corresponde a una situación plena y adecuada.

¿Es preciso transformar la realidad, es preciso «golpear» la realidad?
No existe acontecimiento sin un golpe [coup]. Un acontecimiento es algo que debe sorprender e interrumpir. Si no hay un corte [coupe] no hay decisión, y a partir de ese momento lo que aparece es el despliegue de un programa. Para que exista un acontecimiento es preciso que sea como un golpe, una interrupción, y que venga alguien a inscribirse y a marcar ese corte.

En Du droit a la philosophie escribió sobre la autonomía de la filosofía con respecto a toda finalidad externa, aunque al mismo tiempo abogaba por una filosofía crítica y activa. ¿Cómo es posible realizar este trabajo si tenemos unas instituciones mediadoras, si es preciso crear un parlamento; en suma, si no podemos actuar directamente sobre las cosas?
Pero la propia institución está hecha de un golpe y es un golpe: instituir cualquier cosa es lo que queda de una iniciativa absoluta [un coup]. Cuando se funda una institución se produce un acontecimiento que se prende en el pasado, que lo interroga, pero que, al mismo tiempo, inventa algo. Por lo demás, una institución no es una cosa. En su interior hay formas en conflicto que trabajan, y en la historia de la institución no existe sólo cierta conservación: cada momento institucional debe ser una refundación.

Comentó antes que no es suficiente ya el espacio público, ¿por qué el espacio público o el espacio de las instituciones ya no es satisfactorio?
Las instituciones no satisfacen porque son efectos de la censura, excluyen a las personas y las reducen al silencio. Por eso es preciso transformarlas.

¿Cómo?
¡Por favor! Consagro varias páginas y miles de minutos al día a esta cuestión. La transformación es diferente dependiendo del país y de la sociedad en cuestión; la situación francesa no es similar a la portuguesa, y es preciso tenerlo en cuenta. No puedo dar una receta general; supongo que debe darse el máximo de oportunidades al trabajo filosófico, lo que equivale a conocer la historia del país, la historia de su cultura y filosofía. Resulta complejo.

Entonces, ¿es posible transformar las instituciones a partir del pensamiento?
El pensamiento no es la palabra de la palabra. La palabra es pública, y todas las transformaciones políticas pasan por la palabra. ¿Conoce algún cambio político que no haya pasado por la palabra?

¿Qué podemos esperar de la deconstrucción o de la filosofía en general?
No puedo afirmar que la deconstrucción sea filosofía, como tampoco puedo decir que no lo sea. La deconstrucción mantiene con la filosofía una relación muy complicada que, al mismo tiempo, es de pertenencia y de herencia, de ruptura y de dislocación. De ahí que suponga una explicación con la filosofía. Ello implica que la deconstrucción interioriza la filosofía, a la vez que es una
manera de hacer filosofía y no otra cosa. Hay aquí dos gestos que se ntrelazan, uno muy filosófico y otro que no llamaré antifilosófico pero sí afilosófico. Si tiene un origen consiste en esta dualidad. La deconstrucción es muy filosófica y no es filosófica, y cuando digo esto no es para abusar de cierto virtuosismo sino porque es así.

¿Y la deconstrucción puede actuar sobre la realidad?
Espero que sea así. Heidegger sostiene que pensar es una Handlung, una acción. El pensamiento actúa si no lo reducimos a una mera representación especulativa. El pensamiento y también la palabra -esta última preformativa y, por tanto, transformadora-. Nunca opuse el pensamiento a la acción; y la distinción entre theoría y praxis es tardía... El pensamiento es un acto, lo que no quiere decir que este acto sea eficaz en el sentido de que, si yo quiero mover una silla, pienso: pensar en ella no basta, eso recibe el nombre de animismo. Pero no hay acción, sea política, científica o técnica sin pensamiento. Eso no es idealismo, y es difícil dar una respuesta aquí.




¿Y qué cabe esperar de la filosofía con respecto a este problema?
No es posible esperar una respuesta de la filosofía, si por respuesta se entiende una solución o una receta de la cual los filósofos afirmen: «¡esta es la verdad, esto es lo que se requiere hacer!» .

En el mundo de hoy, ¿qué lugar le corresponde entonces a la filosofía? ¿Qué le va a suceder a la filosofía?
La filosofía se transforma desde siempre, y va a continuar transformándose. Actualmente, después de cincuenta años en vías de una mudanza radical, se halla mucho más cerca de su fin... Con todo, la cultura no está finalizando. Pueden suceder muchas cosas en la filosofía. La deconstrucción es una de ellas.

Jacques Derrida
1994


[i] Esa sesión inaugural del Parlamento de los Escritores se celebró a finales de septiembre de 1994. Según expuso allí Derrida como vicepresidente, ante «el miedo a que se nos quiera reducir al silencio», se trata de inventar «un nuevo espacio en la historia y en el mundo».



domingo, 1 de junio de 2014

Hegel y la Modernidad


David de los Reyes






I
De la modernidad

Deberíamos comenzar con ciertas preguntas que nos hemos hecho más de una vez, frente a este difícil autor alemán. ¿Es Hegel un filósofo de la modernidad?, ¿La filosofía hegeliana es el fin de la filosofía moderna?, ¿Es Hegel el primer autor que se plantea al pensamiento de la modernidad como problema?, ¿Qué diferencia encontramos entre la novísima filosofía alemana y la filosofía de la Edad Media?, ¿Terminó la modernidad con Hegel?, ¿Cuál es la solución que da Hegel ante esa modernidad filosófica?.

         Cabe decir que ser moderno es ante todo, un querer insistir que uno sabe que está viviendo en el presente y por otra parte es una expresión de una agudizada conciencia histórica. Aspira a una reconciliación de la conciencia filosófica con el presente y el mundo creado dentro de este tiempo nuevo. Bien ha dicho que en épocas como éstas, el Espíritu, que es la creación de la conciencia finita e infinita reconciliada dentro de la historia, parece avanzar velozmente con botas de siete leguas. Hegel comprende que la reconciliación con el presente es algo necesario, algo que urge al hombre para adquirir confianza en sí mismo, en su pensamiento y respeto a la naturaleza tanto dentro como fuera de él y en relación al mundo celestial de la teología medieval. ¿Pero, por qué esta necesidad de vivir en el presente? Vivir en el presente es entrar al mundo de lo general, de las leyes tanto científicas como políticas, apropiarse de ese mundo y hacerlo suyo. En la época moderna serán significativos los descubrimientos tanto en el campo de la naturaleza como en el de las artes, ya que en sus palabras, la inteligencia despierta a lo temporal. El hombre se hace infinitamente lleno de posibilidades: su conciencia deja de ser una conciencia desgarrada por problemas de una divinidad del más allá y de una vida del más acá. El hombre despierta  ante sí. Pareciera que otra vez nos encontrásemos bajo el lema del antiguo sofista de Abdera, Protágoras (485 a 411 a.n.e): El hombre es la medida de todas las cosas. El hombre cobra conciencia de su voluntad y de su capacidad: encuentra justo preocuparse de su economía doméstica, le parece normal e inteligente el ocuparse de su tierra, de su suelo, de sus oficios. El capitalismo vuelve laico lo que pareciera o tenía aún algún viso de salpullido divino. Centra al hombre en sus poderes productivos y dentro de sus ganancias obtenidas por sus productos. El globo terráqueo se vuelve cognoscible en su totalidad y se buscan nuevas rutas comerciales para alcanzar a las Indias Orientales. El Europeo encuentra a América y América encuentra Europa para bien y mal de ambas; descubre tesoros, pueblos, naturalezas exóticas y se descubre el europeo a sí mismo. El mundo –ha dicho Hegel- vuelve a ser digno de que el espíritu vuelva a tener interés por él. Y esto es importante. Es importante porque el hombre en vez de alejarse de sí,  regresa  su mirada tanto a lo externo como a su interioridad y ello lo lleva avanzar, no sólo filosóficamente; en la obra de Hegel encontramos uno de los esfuerzos mayores en su época para hacer real, no solo dicha evolución filosófica, sino también desde el punto de vista científico, religioso y estético, encontrando una fuerza humana arrolladora desde lo que va del siglo XV hasta el mismo XIX, sin contar realmente lo que ocurrirá dentro de nuestro siglo, pues ese está fuera de los límites del pensamiento hegeliano.

         Hegel va a ser el primer autor que entenderá que la filosofía sólo puede llevar su época a pensamientos, o mejor dicho, filosofía para él, es llevar a pensamientos su época, su momento histórico. La filosofía concibe su tiempo en pensamiento y cada uno es hijo de su tiempo (Hegel, 1976, Prefacio). Nos ha dicho que la prensa era la oración matinal del hombre moderno y él ha tratado de mostrárnoslo en su filosofía. El fin último y el interés supremo de la filosofía consistirá en conciliar el pensamiento, el concepto, con la realidad, con su momento histórico, construido bajo la acción del hombre. Hegel concibe sólo el pensamiento en tanto realidad; sólo existe el pensamiento que existe en la realidad. La acción del hombre será el medio con el cual se construya esa realidad. La acción hará que la realidad exterior del mundo se establezca de acuerdo y conforme al concepto. Y el movimiento del pensamiento en la realidad es lo que comprende él por su espíritu. El movimiento del pensamiento es el desarrollo de ese mismo pensamiento dentro de la realidad histórica. Así, su obra la Fenomenología del Espíritu (1806/7), será una visión total del desarrollo del pensamiento, de la conciencia por medio de la contradicción que se presenta dentro de ella; va desde el momento más indeterminado, la certeza sensible, hasta remontarse al momento más determinado, completo y desarrollado del pensamiento, del espíritu; es decir, el saber absoluto.

         El mundo no se comprende bajo una serie de conceptos y leyes propios de la conciencia dentro de sí, separados de los demás, de la sociedad, de los otros, de la comunidad, de las instituciones políticas del estado; sino la comprensión estriba en que encuentre la conciencia finita una reconciliación con lo infinito, con lo universal, con la sociedad, con su comunidad, con su estado, etc., y ello es posible cuando es llevado a cabo por la mediación de la acción del hombre. El hombre no es pura contemplación, no es separación entre pensamiento y ser, el hombre reconciliado con su época encuentra que lo propio de su interioridad se halla realizado en el mundo exterior, en el espíritu histórico y absoluto. Avanzar sin cesar, pues sólo el espíritu es progreso. Filosofía que imprime un optimismo al curso de la historia, filosofía que bien encontramos que se mantiene dentro de una concepción feliz de la historia desde el punto de vista de las ideologías; su filosofía era también el fin de todas las filosofías por llegar a conciliar lo finito y lo infinito, gracias al saber de lo absoluto en tanto haberse desarrollado la libertad del suelo del presente histórico, representada dentro de la sociedad, el estado, etc.. La libertad interior, como lo concebía Kant, no es verdadera ni tampoco plena libertad,  es un momento del desarrollo de la libertad pero que no puede darse en la conciencia separada del hombre. Para Hegel, la libertad es una situación ética que se vive en conjunto, la libertad será la libertad de prensa, de asociación, política o comercial, la existente dentro del Estado (Vasquéz, 1988, p. 174). La libertad que se busca dentro de la interioridad del individuo aislado, será una concepción más moral que ética, por tanto no identificada con la realidad dada dentro del universo social, de la libertad construida por la acción del hombre, a partir del concepto plasmado en las instituciones y leyes dadas  por la acción del mismo hombre y no por otro ser; como por ejemplo, las leyes dadas en forma divina. En estas épocas en que la corteza terrestre se desmorona como un edificio podrido y sin alma y el Espíritu se revela revestido de una nueva juventud calza las botas de siete leguas. Surgen los tiempos modernos con un concepto de la realidad del espíritu del mundo, donde Hegel cree poder conocer definitivamente la víspera de los nuevos tiempos; la actividad social y universal es la vida del espíritu mismo; al final sólo encontramos su concepto que se aprehende a sí mismo. La filosofía no puede ir ni remontarse más allá de su propio tiempo, que es igual a su concepto, el espíritu humano, el pensamiento, la acción guiada por el pensamiento discurre paralelamente junto a todas las fases de la realidad. Hegel continuamente está reafirmando su ser moderno, su insistir en querer mostrarnos que sabe que está viviendo junto al presente y que es el filósofo de su tiempo.



         Ahora bien el concepto es un  elemento determinante dentro de su filosofía. Eduardo Vásquez (1988), continuamente nos lo ha estado presentando así y creemos  que este intérprete de Hegel no se equivoca en ello. El concepto es el instrumento intelectual por el cual se nos puede revelar y hacer comprensible el Espíritu del mundo; es decir, lo que llamaríamos el presente concreto de la historia, a su totalidad. Para Hegel, sólo la totalidad es lo verdadero; el espíritu es lo verdadero porque en él está representada la realidad concreta y ello es posible al concepto, que será la forma universal que adquiere el pensamiento para poder realizar la totalidad real. Pero ello sólo es pie para poder comprender al pasado como un momento superado y presente dentro de la realidad actual. Hegel nos ha dicho que lo más alto, lo más importante de todo es el presente (H., 1955, p.514). Si su filosofía se apoya en el saber en tanto Absoluto, esto no quiere decir que encuentra a éste como algo unilateral, abstracto, celeste, como esencia eterna, separada del mundo; ello sería creer en lo que él llama como mal infinito, que es querer una realidad, una verdad sólo desde el punto de vista del pensamiento sin llegar a plasmarse dentro de la realidad infinita de la naturaleza y del hombre por medio de su acción en el mundo. El saber absoluto es conocer en la unidad la oposición de sus términos y en la oposición la unidad de esos opuestos; lo finito se torna infinito y lo infinito se convierte en finito, por medio de su acción. Hegel así lo comprendió y para él no era más que el movimiento propio de la realidad del espíritu humano.

         Si nos fijamos a los juicios de Hegel sobre la sociedad de su tiempo, veremos que ellos encajan perfectamente con su concepción dialéctica de la realidad. Pero Hegel tiene la particularidad de que, si bien estaba completamente familiarizado con toda filosofía tanto del pasado como del presente, de igual forma le presta atención a una disciplina que va desarrollándose con botas de siete leguas para ese momento, todo gracias a la evolución de las naciones y del capitalismo mercantil. Dicha ciencia es la economía política. De ella saca conclusiones y advierte que el tráfico económico capitalista había producido una sociedad moderna, que, si bien seguía adjudicándole el rótulo de sociedad civil, representaba una realidad completamente nueva que no podía compararse con las formas clásicas de la societas civilis o de polis; pese a que aún se tenía ciertas relaciones con el derecho romano. El concepto que desarrolla de sociedad civil, ilustra realmente al movimiento dialéctico de la realidad llevado a cabo gracias a lo que el llama como astucia de la razón, donde el individuo será lo que invierte y lo invertido al mismo tiempo; cree permanecer aislado de la comunidad pero su acción lleva a cohesionarse con esa realidad que rechaza desde su pensamiento; la acción del individuo pasa a ser en tanto realidad universal y viceversa, en lo infinito, en lo universal siempre se hallará presente, en tanto realidad, su unión con lo particular. Hegel se plantea la relación que se da entre el individuo singular y su comunidad. Si bien el individuo tiende a aislarse y a únicamente velar por sus intereses, a ser sólo para sí, convertirse en un absoluto, en querer convertirse en un ser que no necesita de los demás, siempre terminará uniéndose a los otros. En eso está lo que este alemán llama movimiento dialéctico. Vásquez lo ha expresado reiteradamente, él nos dice

"(...) el singular se aísla de lo universal (el individuo se aísla de la comunidad), se opone a él, como dos seres separados, pero la acción de ese mismo individuo lo lleva a unirse a la comunidad. En lenguaje lógico A (el singular), pasa a No-A (la comunidad). Pero, a su vez la comunidad (la sociedad civil, sus relaciones, sus instituciones), no existen aisladamente de la actividad de los singulares. Es la acción de éstos la que crea las instituciones, la moralidad objetiva (o eticidad) y todo tipo de relaciones universales...De modo, pues, que la comunidad (lo universal) no existe sin la acción de los individuos singulares. Es de nuevo A (la comunidad) que pasa o transita a No-A, pues no podemos encontrar lo que es A repitiendo que A es A, sino que ella se disuelve en No-A, donde encuentra su verdad y realidad. En esto consiste la crítica de H. a la identidad abstracta (Vásquez, 1988., p. 173). 

Este movimiento dialéctico reseñado por Vásquez lo encontraremos constantemente dentro del opus hegeliano y en especial en la Fenomenología del Espíritu. Pero veamos como define a la sociedad civil del presente de entonces: en la sociedad cada uno es fin para sí mismo, todo lo demás no significa nada para él. Pero sin  la relación con los otros no puede alcanzar sus fines. Estos otros se convierten, por tanto, en medio para el fin del individuo particular. Pero el fin particular se da a sí mismo, mediante su relación con los otros, la forma de la universalidad y se satisface satisfaciendo simultáneamente el bienestar de los otrosLa sociedad civil es el lugar de encuentro de lo finito, del interés particular, y de lo universal o infinito, del conjunto del resto de los individuos que forman a dicha sociedad y ninguno se da por separado; ambos se necesitan para satisfacer sus necesidades e intereses y ello es lo que da pie para que surja el movimiento dialéctico de la realidad. Mejor dicho, la dialéctica es el mismo movimiento de lo particular y de lo universal propio de la edad moderna, propio del capitalismo moderno. Por otra parte, se nos describe el desarrollo mercantil como un ámbito éticamente neutral, en oposición a lo moral; un estado social en el que todos los miembros le son reconocidos sus derechos y todos satisfacen sus necesidades sin necesidad de violar el interés del otro. Este terreno neutralizado da campo para fundar y desarrollar los intereses privados, egoístas, particulares, presentes dentro de un sistema de dependencia multilateral. La sociedad civil será la creación del mundo moderno, cuadro donde encuentra la emancipación; para Hegel, el individuo al estar cohesionando sus intereses con los intereses del conjunto social, ésta cohesionada su libertad individual dentro de la libertad realizada en conjunto y establecida dentro de las leyes e instituciones de la sociedad burguesa. La emancipación del individuo viene dada por una libertad legal a la cual todos se adjuntan. Lo arbitrario y caprichoso de las necesidades y del trabajo individual, es un momento necesario en el camino por el que la subjetividad se educa y se forma su particularidad. Sale del reino de la naturaleza y entra en el de la cultura social; el trabajo y las necesidades del individuo lo llevan a desarrollar sus dones, capacidades y fuerzas para poder adentrarse dentro del curso del mundo, dentro del presente moderno de la sociedad civil. Si bien la eticidad del mundo antiguo estaba centrada en sus costumbres y en la ley de la ciudad libre, dentro del mundo moderno, la eticidad se conformará dentro de la sociedad civil. La sociedad civil moderna, el lugar del intercambio, de la propiedad y del derecho, será no la esfera de la destrucción de la eticidad sustancial sino un momento necesario de la eticidad, entendiendo en Hegel por ésta, lo que ya dijimos anteriormente. El estado social en el que todos sus miembros les son reconocidos sus derechos y todos satisfacen sus necesidades sin tener necesidad de violar los intereses de otro. El estado de la antigüedad (polis), queda lejos de poder restablecerse dentro de la sociedad moderna, de una sociedad mercantil y casi completamente despolitizada. La sociedad antigua es entendida por Hegel bajo la idea de una totalidad ética casi tocante a una religión popular, es casi una fe inmediata, un comportarse inconsciente. Este filósofo tratará de establecer una mediación entre el ideal ético de los antiguos, bajo el concepto de que éste es superior al individualismo de la Edad Moderna y las realidades de la modernidad social.

         ¿Cómo se hace comprensible el estado moderno para Hegel? El estado moderno sólo se torna comprensible bajo el principio de la sociedad civil, como asociación operada por el mercado; es decir, por un principio de asociación no estatal. El estado moderno deja desarrollar la plenitud el principio de subjetividad, llevando a cabo el establecimiento de la autonomía de la particularidad personal, la cual es a la vez reducida a la unidad sustancial del conjunto social, gracias a sus necesidades y trabajo reguladas por el principio de esa unidad estatal y civil.

         Hegel comprende que si el orden social se estableciera únicamente a través de la sociedad civil, ésta la llevaría, por los intereses individuales, a su destrucción y sólo encuentra salida a esta situación canibalesca por medio de la intervención reguladora del estado. En esto pareciera Hegel es más liberal que un conservador. El Estado, vendría a ser la esfera de la eticidad, de la eticidad del mundo moderno distinta a la del Estado  de la antigüedad, en donde lo ético surgiría de la sociedad y de las creencias populares halladas entre su misma religión.

         El estado moderno será el lugar en donde resida la eticidad perdida de la sociedad civil. Lo interesante de ésta última, es que gracias a ella llega a conformarse una eticidad individual, pero desde el punto que su universalidad surgirá por el estado y residiría dentro del estado; la acción de los hombres crearán en conjunto, a medida que con su acción la interiorizan, a las leyes en tanto existencia real y a las que apega el individuo en relación con los demás; el movimiento dialéctico tiende a reconciliar el individuo con la sociedad y esta situación se da gracias a las leyes que el hombre se ha dado a sí mismo; las leyes, las instituciones, la sociedad no son otra cosa que el resultado de su propia acción. Ésta conformará  a la eticidad: la familia, la sociedad, la formación de voluntad política y de la figuración del conjunto estatal. Habermas igualmente a podido entrever esto y acota una declaración que da Hegel en su curso de Filosofía del Derecho pronunciadas en el semestre de 1819-1820; en esta declaración Hegel ya anunciaba la crisis que la sociedad civil tiene estructuralmente inscrita en su seno: La caída de una gran masa de población por debajo del nivel de un cierto modo de subsistencia... lo que a la vez trae consigo una gran facilidad para que se concentren desproporcionadas riquezas en manos de unos pocos (Habermas, 1989, p. 55). Hay que incluir la sociedad antagónica dentro de la eticidad moderna, hay un predominio de orden superior que es el Estado sobre la libertad subjetiva de los individuos. La mano visible del estado estará apretando a la mano invisible del mercado y de la sociedad civil. El estado, bajo la figura del príncipe, de perpetuidad ética por un lado como la reconciliación de los antagonismos conformados dentro del seno de la sociedad civil. La subjetividad del individuo estará completa y necesariamente vinculada al orden de las instituciones; subjetividad en que se haya toda una lógica del sujeto que conforma su esencia, su para sí, y su existencia, bajo el dominio de un fuerte institucionalismo de estado. El estado es para Hegel, la realidad de la voluntad sustancial y racional en y para sí. En ello se reafirma su conservadurismo: cualquier movimiento reformista, como una reforma electoral, al estilo inglés o una autodeterminación del pueblo, al estilo del jacobinismo francés dados en su época están fuera del modelo monárquico constitucional. Hegel es el filósofo del Estado burgués moderno.

         Creo que en todo esto podemos sacar una concepción del estado moderno dado dentro de Hegel. Al igual podemos encontrar toda una crítica a la subjetividad dentro de su filosofía, donde todos los desgarramientos, toda individualidad, toda crisis particular de conciencia queda apaciguada por el concepto de lo Absoluto. Lo Absoluto como poder unificante y garante de la paz social, gracias a interponer entre el individuo y la sociedad un fuerte institucionalismo interventor, justificado por las ecuaciones de que sólo lo racional es real y lo real es racional; lo que surja fuera de este esquema queda fuera del concepto del saber absoluto, de la relación dialéctica entre lo finito e infinito. Y esto por entender que para Hegel, la libertad forma parte de la realidad racional, de la realidad construida bajo el concepto del hombre gracias a su acción

         Hemos constituido todo un discurso en donde mostramos, refiriéndose a ciertas parcelas, a la comprensión de Hegel de la modernidad, como un problema filosófico pertinente dentro de sus trabajos, y a la vez tendríamos que entender a la modernidad como el momento que se ha desprendido de todo modelo –la sociedad moderna se ha desprendido del pasado gracias al desarrollo del capitalismo. La modernidad es un abanico abierto al futuro, llena de espíritu de innovación; sus criterios surgen únicamente de sí misma; como única fuente de lo formativo se ofrece el principio de la subjetividad, de la cual brota la propia conciencia histórica de la modernidad. Hegel le ha puesto freno a toda crítica, al establecer a la razón únicamente como existencia realizada por la acción del individuo en tanto fin dentro de la realidad; es decir, sólo lo racional es real y lo real es racional, con ello su filosofía privada de toda crítica a una posible evolución del pensamiento filosófico por otros causes; Marx pudo ser uno de ellos, como también lo fue Kierkegaard o Max Stirner. De todas formas Habermas lo ha dicho: “Hegel no es el primer filósofo que pertenece a la época moderna, pero es el primero para el que la modernidad se torna problema” (Ibíd., p. 60). Será quien toque primeramente a la constelación de la modernidad, la conciencia del tiempo y la racionalidad. Su problema está en querer llevar a la razón a espíritu absoluto, con lo cual Habermas ha dicho que neutraliza las condiciones bajo la que la modernidad tomó conciencia de sí misma. Para Hegel la modernidad, bajo su concepción, es un problema cerrado, resuelto. No establece una razón bajo términos más relativos a la época sino que quiere comprender dentro de su sistema, la culminación de la razón bajo la rúbrica de espíritu absoluto, reconciliación de lo interno y lo externo desde la conciencia en y para sí; la evolución de la sociedad no puede darse mediante proyectos alternos a la misma sociedad fundada dentro de un presente; la evolución social vendrá dada mediante el desarrollo de nuevas leyes, mediante reformas, si acaso; por reconciliaciones entre la acción individual y el movimiento del espíritu histórico social plasmado tanto en la sociedad como en el Estado. Para Hegel, no se admiten cambios revolucionarios, los procesos de cambios tienen que ser fundados por medio del desarrollo del concepto de la realidad que se conforma con la acción cohesionada al conjunto. Las Revoluciones, para Hegel, sólo instauran el reino del Terror, la guillotina y la muerte en nombre de la autodeterminación de la soberanía popular. Hegel huye de la oclocracia, del gobierno de la plebe, de la democracia jacobina y admite el gobierno constitucional pero representado bajo la figura de un Príncipe que da continuidad a la configuración del estado.




II
Entre monjes y filósofos

         Otras preguntas: ¿Cuál será el viraje que dará la Edad Moderna respecto a la Edad Media?, ¿Cómo se desprende la ilustración moderna del oscurantismo medieval? Hegel sabe que dentro la Edad Media, la religión cristiana ha dado un cambio sustancial respecto a lo Absoluto, divino. ¿Cuál?, y es que el contenido absoluto lo coloca dentro del espíritu del hombre; siendo lo Absoluto un contenido supra-sensible lo coloca en el centro del individuo. Pero frente a la vida religiosa aparece un mundo exterior: un mundo natural y otro espiritual, que ocupan las inclinaciones, necesidades y libertades del hombre y sólo admiten un valor al ser superadas sus unilateralidades como mundo espiritual. La Edad Media estuvo constantemente elaborando diferencias entre esos dos mundos, el natural y el espiritual, manteniendo las diferencias; hasta que supera tal separación y con el cual se adentra a un tiempo nuevo.

         La superación de la separación de la relación entre el hombre y la vida divina, se manifestó para los ojos de las autoridades eclesiásticas, como corrupción de la iglesia. Esta corrupción de la iglesia significaba la temporalización, historificación de lo eterno bajo los impulsos sensoriales del hombre. La verdad eterna se traslada al campo del entendimiento, seco, escueto y formal por medio del cual el hombre hace desaparecer la separación de lo eterno y lo temporal, lo divino y lo humano, lo finito y lo infinito dentro de la conciencia de sí.

Esta unión del más allá y del más acá dentro de la conciencia del hombre, hace que surja tal distinción en forma consciente dentro de la cabeza de Lutero junto a su Reforma, que era un movimiento de separación de la Iglesia Católica.

El principio de reconciliación interior del espíritu, de lo suprasensible con lo sensible, socaba la interioridad que hasta entonces se hallaba dividida, además de tumbar las fachadas exteriores del mundo corrupto de la iglesia. De ahí brotará, de esa cáscara vacía, la nueva forma de los nuevos tiempos

"En épocas como estas, el Espíritu – que anteriormente progresaba a paso de caracol, incluso con caídas y retrocesos y alejándose de sí mismo- parece avanzar velozmente, con botas de siete leguas (Hegel, 1955, t.III, p. 204).

El desarrollo del movimiento del pensamiento por la acción y  la reconciliación de la conciencia de sí con el presente, sin estar desgarrada por una eternidad, hace que el hombre adquiera confianza en él mismo y en su propio pensamiento junto a la naturaleza sensible tanto fuera como dentro de él.

La Reforma de Lutero apela al “sensus comummnis” (sentido común) para que no se reconozca ni a las autoridades corruptas de la iglesia papal ni tampoco a los Padres de la Iglesia, ni al Antiguo Testamento ni la autoridad de Aristóteles. Sólo deberá atenerse a reconocer al espíritu interior, individual.

Se le da puesto a lo finito, a lo presente; a esto se da reconocimiento y ello llega hasta llenar las aspiraciones de la ciencia moderna. Lo finito, el presente interior y exterior, es captado por la experiencia y elevado por el entendimiento al plano de lo general; se aspira ahora a reconocer leyes y fuerzas; es decir, a convertir lo particular de las observaciones en forma general, de lo universal, de leyes universales. El mundo quiere ser juzgado mundanamente, y su juez es la razón pensante (Ibíd., p. 204).

El punto de vista de la filosofía de la Edad Media, es la de mantener la diversidad de lo pensado y el universo existente.

El interés pertinente de la Edad Moderna está en no pensar los objetos en su verdad sino en pensar el pensamiento y la comprensión de los objetos, en una sola unidad, lo cual significa cobrar conciencia de un objeto que se presupone. Gracias a esta unidad de ser y pensamiento, de objeto y pensamiento, es que la filosofía puede separarse de la Teología, de la misma forma que los griegos se separaron de su mitología, o sea, de su religión popular. Los griegos querían entender el universo por medio del pensamiento, sin ninguna otra mediación; el mundo medieval interponía entre el pensamiento y el universo la traba de la palabra de Dios, no dejando con ello, desarrollar un pensamiento más terrenal y, por tanto, más real.

Será en los siglos XVI y XVII cuando aparecerá la verdadera filosofía. La verdad en cuanto verdad humana, construida por un hombre que se sabe infinitamente libre en el pensamiento y que se esfuerza por comprenderse a sí mismo comprendiendo a la naturaleza, comprendiendo con ello el presente de la razón, la esencia, la ley general misma. Lo propio de la filosofía de la modernidad será la reflexión centrada alrededor de la subjetividad. La subjetividad como problema será algo pertinente para Hegel.

El pensamiento de la modernidad no está exento de trabas y tampoco es espontáneo. Frente a él tiene la oposición, la contradicción entre pensamiento y naturaleza. Espíritu <-> naturaleza, pensamiento < -- > ser, son los dos lados infinitos de la idea. Sólo superar por el pensamiento esa antítesis –dirá Hegel-, es que puede decirse que se ha comprendido esa unidad. La filosofía tomará dos vertientes para superar esa contradicción.

-La Filosofía Realista - - > La objetividad y el contenido del pensamiento nacen de la percepción.

-La Filosofía Idealista - - > La verdad tiene como punto de partida la independencia del pensamiento.

Filosofía Realista: su dirección nace de la experiencia. Filosofar es pensar por cuenta propia, para asimilarse lo presente, lo que está aquí y ahora: fuente de la cual reside toda verdad y en donde puede llegar a se reconocida. El principio de causalidad rige a los fenómenos del mundo y a los juicios de verdad acerca de aquel. Lo especulativo, lo suprasensible, se achata para ser reducido a la experiencia. Este algo presente que sirve de pauta es la naturaleza existente, externa y la actividad espiritual en cuanto mundo político y actividad subjetiva. Sin permanecer en la inmediatez de la realidad externa, el pensamiento debe sacar las leyes generales de esa realidad tanto natural como política.

Desde el punto de vista político, esta filosofía observa lo espiritual tal y como, en su realización, se formaba el mundo espiritual de los Estados, con el fin de obtener mediante la experiencia cuáles eran los derechos de unos individuos frente a otros y respecto al Príncipe. Se soslaya al Antiguo Testamento como dador de todos los principios del derecho público. Frente a la concepción papal, divina y cristiana del derecho se le opone ahora a las realizaciones del hombre mismo y su historia, poniendo de relieve lo que habrá regido como derecho en tiempos de paz y guerra.

Filosofía Idealista: partirá siempre de lo interior, de lo suprasensible (aquello que no se da en los sentidos pero que sin embargo existe: el yo, la libertad, etc.). Para ella todo reside dentro del pensamiento y el espíritu mismo, es todo su contenido. Se toma por objeto la Idea misma; con ella se piensa llegar a lo determinado. Lo que en la Filosofía Realista se extraía de la experiencia aquí se extrae del pensamiento a priori: se capta a lo determinado no para reducirlo a lo general sino a la Idea.

La Filosofía Realista y la Filosofía Idealista tienen un punto en común. La Filosofía Realista se esfuerza en sacar de la experiencia sus observaciones, principios y leyes generales; la Filosofía Idealista, a su vez, partiendo el pensamiento de lo general abstracto, necesita darse un contenido determinado, donde no están deslindados lo dado a priori y a posteriori. Ambas necesitarán un contenido para lograr sus determinaciones. Como había dicho Lucrecia: de la nada, nada.

Hegel nos da un croquis de cómo estaba conformada la filosofía europea para entonces:

Francia - - > Prevaleció el criterio de lo general abstracto.

Inglaterra - - > El criterio de la experiencia.

Alemania - - > Tomó como punto de partida la idea concreta, el interior del hombre.

Otro de los temas que encontramos en Hegel, es sus observaciones sobre las circunstancias de la vida de los filósofos modernos en relación a los filósofos de la antigüedad y de la Edad Media.

Los pensadores de la filosofía moderna viven en condiciones completamente distintas a las que vivieron sus anteriores colegas.

Los antiguos practicaron la costumbre de vivir tal y como enseñaron, despreciando al mundo y manteniéndose al margen de él. Su objeto de conocimiento, como ya dijimos antes, no fue otro que el de llegar a comprender el universo por la vía del pensamiento. Se mantendrán al margen de los sucesos del mundo, repudiando muchas cosas de éste y si no viéndolas transcurrir con el arreglo a las leyes propias de su pensamiento. Vivían exclusivamente para su concepción filosófica, para su idea, sin dejarse arrastrar a otras cosas que no fuesen del interés de su pensamiento. Se rodearán de un ambiente como de condiciones de vida que cuadren con su ciencia. Procurarán mantenerse como particulares, independientes, al margen de las relaciones de la vida social; en este sentido se le puede comparar con los monjes, que renuncian a los bienes temporales, al menos en teoría.

Para Hegel, la filosofía de la Edad Media corre a cargo, en su mayor parte, de clérigos y doctores en filosofía. Es un momento de transición.

Dentro del mundo moderno no nos encontramos con individuos filósofos que forman una clase aparte como lo fue en épocas anteriores. No hay separación entre ellos y la sociedad. No son monjes; viven dentro del mundo, asociados a él y tomando parte, de un modo u otro, en las actividades humanas. Viven sujetos a las condiciones de la vida civil, ocupando opuestos y desempañando cargos públicos; y cuando no es así, que son simples particulares, su posición no los aísla y separa del resto del mundo. Viven entregados al presente, al mundo, entrelazados con la marcha y el desarrollo de éste y se dedican a la filosofía por añadidura, como un lujo y una superabundancia.

En la modernidad encontramos que el reconciliarse al individuo con el principio mundanal dentro de él, se aquieta y se adentra en el orden del mundo exterior; las relaciones mundanales, las clases y los estamentos, las maneras de vivir, se organizan de un modo natural y racional. Se forma una cohesión general e inteligible, con lo cual la individualidad adquiere una posición distinta dentro de la sociedad.

Dicha cohesión es tan fuerte que el individuo forma parte de ella, quiéralo o no, pero ello no es obstáculo para que no se forme dentro de él todo un mundo interior. Hegel nos dice que lo exterior se ha reconciliado de tal modo, que lo interior y lo exterior pueden convivir, manteniéndose al mismo tiempo independientes entre sí. El individuo puede confiar el lado exterior de su vida al orden exterior de la sociedad, a diferencia de las plásticas personalidades de los filósofos antiguos, en los que el exterior dependía únicamente y exclusivamente de lo interior y era determinado por ello.

Hegel aclara que el filósofo moderno no debe empeñarse en aparecer como un carácter independiente y en lograr una posición en el mundo. Un filósofo –dice-, debe vivir como un filósofo; es decir, debe ser independiente de las circunstancias y abandonar las tareas y empeños del mundo. Pero el marco de todas las necesidades, principalmente la de formación, nadie puede obtener por sí mismo los medios, sino que debe buscarlos en conexión con los otros. El los buscará en conexión con sus amigos: Schelling y Holderlin.

El mundo moderno es este poder esencial de la cohesión dentro de él, es sencillamente necesario para el individuo formar parte de la cohesión general social respecto a lo que se refiere a vida exterior; los hombres modernos sólo pueden vivir en común dentro de su sociedad y dentro de su clase; la única excepción a la regla se tendrá con Espinoza.

La valentía antigua era individual, se asumía el riesgo sólo. La valentía moderna consiste en que el individuo no obra según su capricho, sino que su acción sea con arreglo y en confianza en su cohesión junto a los demás, junto a la sociedad civil y el estado.

Esa realidad es la que le asigna el puesto que debe ocupar y la que le reconocerá sus méritos.

Unas palabras del propio Hegel para terminar esta relación de la vida de los filósofos modernos: la clase de los filósofos aún no se halla organizada como la de los monjes. Los dedicados a la enseñanza y a la vida universitaria lo están ya un poco; pero incluso esta clase se ve obligada a hundirse en las formas cotidianas de las relaciones sociales, ya que la entrada en ellas es algo regulado exteriormente (Hegel, 1955, T. III, p. 213). Ello, en gran parte, aún sigue siendo así. Aunque existan constituidas sociedades de filósofos y otras formas parecidas. Hegel con su siglo de diferencia tiene muchas cosas que son de interés para nosotros, filósofos de una modernidad junto a su negación, su post-modernidad.


 


III
Conclusiones:

Nuestro trabajo se centró en Hegel y la modernidad. Este filósofo sería el primero que asume a esta época como un problema que no había podido reconciliar al pensamiento con el ser, la naturaleza con el espíritu, lo finito con lo infinito, lo particular con lo universal, lo sensible con lo suprasensible. El dará una solución por medio del saber absoluto. El concepto debe realizarse dentro del cerco del mundo pero debe partir del pensamiento racional del hombre; obrar es realizar y determinar la acción de un fin determinado. La modernidad es conciencia del presente y Hegel es el filósofo de su época, no se extravía el regreso al pasado sin volver a sopesarlos con la evolución y movimiento del pensamiento de su época. Sabe bien que uno sólo es hijo de su tiempo y que no se puede salir de él como el pez no puede salirse de su medio. Si no se tiene conciencia del presente, se está dentro de los confines del extrañamiento de la conciencia a su propio porvenir. Los filósofos de la modernidad no se asemejarán para nada a los antiguos; saben que están cohesionados a su familia, a su sociedad, a su estado y de ahí deben partir sus propios pensamientos. Lo contrario es que debe mantenerse en la arcadia del pasado y fijarse a un tiempo que no es su tiempo. El filósofo se vuelve más mundano, más histórico y más social. Su función, para Hegel, está en comprender el desarrollo del concepto dentro de la realidad; de una realidad compuesta por la acción individual y en conjunto de los hombres. El tiempo del filósofo, no es otro que el concepto mismo en tanto que es ahí; no se capta al concepto, al tiempo como algo puro, como concepto puro; el tiempo se manifiesta como destino y necesidad del espíritu de la historia; el espíritu es devenir que llega a desarrollar su propia verdad. Luego de esto sólo podemos decir, como Fichte, que hemos querido, en tanto filósofos, no pensar por los demás, sino pensar delante de los demás para someter a sus críticas nuestras reflexiones sobre Hegel y la modernidad.

        

        
Bibliografía

Hegel: 1976: Fenomenología del Espíritu. F.C.E. México.
          1955: Historia de la Filosofía, t.3. F.C.E. México
          1991 : Filosofía del Derecho. Ed. FHE-UCV, Caracas. 

Hábermas, J. 1989: Sobre la Modernidad. Ed. Taurus.  Barcelona.


Vásquez, E. 1988: Ensayos sobre la dialéctica. Ed. UCV. Caracas.