viernes, 1 de marzo de 2013




Rousseau y la idea de Revolución

(a los 300 años de su nacimiento)

David De los Reyes 




Podemos  comenzar afirmando que  las ideas de Rousseau eran revolucionarias mas él no lo era. Nunca se alisto en ninguna facción, movimiento partido político que fuera en contra de Estado monárquico del momento; no alentó tampoco a qué  grupo alguno llevase a la acción sus ideas; nunca estuvo en su hacer alentar la acción revolucionaria organizando a las masas o estableciendo un conjunto de acciones encaminadas a cambiar el orden existe como tal.  Su fuerte personalidad individual lo llevó a trascender tales contingencias  que le ofrecía la sociedad de su momento. Lo que si hizo fue llevar a cabo duras críticas a los modos y formas de la decadente sociedad francesa de su momento.

Así que podemos preguntarnos ¿Ideas revolucionarias? Sí y no. Sí respecto a lo que planteó en relación a la visión que tenía de la política, de su experiencia y particular experiencia de la republicana ginebrina y ello contrastaba e iría en contra del absolutismo reinante en la Europa de manera general, pero sobre todo a la extensión geográfico político francés.

No, porque su concepción no era una utopía para los ginebrinos de ese entonces, el cual era su país de origen, donde se respiraba un aire democrático avangarde y surgido a través de una voluntad general en relación a las decisiones legales y públicas que se tenían en dicha ciudad. Por ello es que cuando se habla de Rousseau como revolucionario encontramos un exabrupto o una manipulación del personaje a causas extremas políticas mas que a una realidad  de su personalidad; no deja de ser sino una opinión poco sopesada, dicha a la ligera, infundada por aquellos que quieren ver en él un paladín de la revolución que vendría a  surgir en 1789 gracias a sus propuestas, pero que seguramente no hubiera participado en lo absoluto con los guillotinazos a la Robespierre. En su autobiografía Confesiones (parte I, libro V), encontramos una declaración personal de principios al respecto:

“Cuando se tomaron las armas en 1737 vi, estando en Ginebra, al padre y al hijo salir armados de la misma casa, el uno para subir al ayuntamiento, el otro para marchar a su barrio, seguros de encontrarse dos horas después  el uno frente al otro expuestos a degollarse mutuamente. Este espectáculo espantoso me hizo una impresión tan viva que juré no mezclarme jamás en ninguna guerra civil, y no sostener en el interior la libertad con las armas, ni personalmente ni por consentimiento, si alguna vez recobrase mis derechos de ciudadano (itálicas nuestras)”. 

En una carta dirigida a la señora de Wooton, fechada  el 27 de septiembre de 1766, insiste: La sangre de un solo hombre tiene mayor valor que la libertad de todo el género humano…Se asume como  un hombre de mundo, solitario, ¿un cosmopolita diríamos  hoy? En su texto de Rousseau juez de Jean-Jacques (Diálogo III), lo vuelve advertir pues: profesa el respeto más sincero  a las leyes y a las constituciones nacionales, y que siente mayor aversión por las revoluciones y por los coligados de toda especie.  Sus palabras son elocuentes al respecto. Personalmente es un escritor que propone ideas. Políticamente se coloca al margen de toda manifestación violenta, que vaya en contra de la constitución asumida por una nación y no siente ninguna simpatía por cualquier movimiento revolucionario. ¿Utópica su propuesta? No, como ya dijimos, es la reconstrucción intelectual de la realidad ginebrina que coloca en contraste en relación al país que lo acoge es su ceno, Francia, y en el que va a germinar sus ideas republicanas, pero no por su voz sino por los dirigentes conspicuos que quieren llevar a cabo un cambio de orden político, en principio cercano a la monarquía constitucional, propuesto por Montesquieu; luego, gracias a la acción de huida de Luis XVI, en rechazo total a una reconciliación con el monarca se asumirán revolucionarios. Entonces buscan una justificación ideológica. Ahí está el Contrato Social.  Las ideas de Rousseau los guiará y les donará un proyecto de sociedad. Una sociedad donde la lógica y la razón conducirán a una desesperación que aniquilará a una buena parte de ciudadanos no simpatizantes con esa idea de cambio. Rousseau no vive el horror del Reino del Terror para verlo (¡de lo que se salva!). Tampoco para juzgar la situación. Es un ausente  que físicamente lo reviven mediante su invocación gracias a sus ideas, mas no por ejemplo de su experiencia de vida. Recordemos: la sangre de un solo hombre tiene mayor valor que la libertad de todo el género humano. El Dr. Guillotín y su racional máquina de la muerte si tenía más sed de sangre que el romántico, atribulado y excéntrico ginebrino.

Groethuysen observa, sin embargo,  que Rousseau intuyó que vendría una revolución, pues en el Emilio refiere, con una certera frase, que nos aproximamos a un estado de crisis y al siglo de las revoluciones (libro III). Sabía que una constitución y una corte (junto a un monarca) decadente se cernía sobre Francia conduciéndola a su ruina (la secuela de todos los monarcas luises – XIV, XV y XVI- abonarían el suelo para el cambio, llevando al país a la inoperancia económica hacia al maltrato y displicencia social). Tampoco que una revolución sería conducida únicamente a través de sus ideas o que hicieran justicia en reconocer sus propuestas revolucionarias. Si aspiró a algún reconocimiento su obra política sería, (además de su descripción personal de fenómeno republicano político), de orden moral, de  comprender su  afán personal por el bien político y su cuestionamiento a la sociedad  en que vivió y por la cual sintió un amor-odio permanente, llevándolo a establecer unas relaciones polémicas con sus amigos y con las ideas y posturas, estilos de vida y gustos de su entorno epocal. El reconocimiento a que aspira es a su personalidad moral, no a su condición supuesta de  revolucionario. Jamás supuso que su nombre estaría ligado a la revolución que emergía en el suelo político y social de Francia. Como lo señala Groethuysen  (1985:243):

“Cuando, durante una de sus estancias en París, se entera de que hay trastornos, no piensa más que en buscar asilo fuera del reino, pero no lo hizo porque se sentía tranquilizado con su pequeñez (y su) apacible humor (Confesiones, parte II, libro XI), y porque creía que en la soledad en que (quería) vivir, no podía penetrar tormenta alguna hasta él”. 

La tranquilidad de ser un paseante solitario lo protegía  y lo llevaba a vivir retirado, en soledad, con su condición de hombre separado de los acontecimientos sociales de los que, en realidad, no le interesaba participar e intervenir, ni física ni intelectualmente con sus ideas.  Sus ideas no buscan una actualización inmediata por medio de la acción. Para él está claro que la sociedad sería más dichosa si se hubieran limitado a su constitución primitiva y al ejercicio del derecho natural entre gentes. Pero ya no se puede remontar la sociedad a tiempos inocentes y de igualdad condición, pues  había dejado de serlo hacía muchos siglos.

En su carta de Respuesta al Rey de Polonia afirma que si alguna gran revolución debiera surgir  sería casi tanto de temer como el mal que pudiera curar y que es censurable a desear imponer prever.  La Revolución es tan cuestionable y peligrosa como lo es censurable el régimen decadente y corrupto, autoritario e injusto que pretende sustituir (de la monarquía absoluta francesa). Pareciera que nuestro autor está próximo a que la sociedad evolucione para mejor mediante reformas, pero el poder nunca tiene miramientos contra todo aquello que le lleve a perder sus privilegios y su dominio ante lo social.

Respecto a poder recobrar el hombre cierta felicidad social podemos encontrar las aclaraciones dadas por él en el Contrato Social, donde juzga que el estado ideal y del porvenir sería el de la república, pero en las pequeñas repúblicas, no en las que pudieran surgir de los grandes reinos o de las naciones extensas. Su modelo de instituciones públicas es tomada de la constitución de Ginebra; ella es un ejemplo para Europa (Cartas escritas desde la montaña, parte I, carta IV). Sin embargo no hay ninguna declaración en la que exalte a los hombres de su presente  acariciar la posibilidad de  encontrar realizada esa forma de gobierno donde se coloca no a  unos hombres por encima de otros, sino sólo a las leyes por encima de los hombres.

¿Qué hizo que las ideas de Rousseau sean revolucionarias a pesar de que él no tenía en su personalidad ningún viso de revolucionario? Su pensamiento, de hecho, será revolucionario por  una idea de derecho, y ello significa querer una reforma, de solicitar reivindicación, establecer un deber-ser universal para el conjunto humano al que va referido. Independientemente que sus proyectos fuesen realizados o no nos encontramos que el derecho presenta en el Contrato Social  (libro I), una relación respecto a la obediencia o no de las leyes establecidas. Las leyes nos llevan a cumplirlas, el pueblo está obligado a ello, lo cual es lo justo; pero también advierte que también puede sacudirse del yugo que lo reprime y eso es mejor: porque, al recobrar la libertad por el mismo derecho que se le ha arrebatado, o está autorizado a recobrarla, o no lo estaban para quitársela. Con estas palabras vendría a legitimar una acción de rebelión o de revolución frente a un régimen injusto.

Su pensamiento es revolucionario por enfrentarse a un orden existente. No hay manera de reconciliar el deber ser con lo que es, en tanto realidad vivida por el pueblo; no valen simples reformas que permitan hacerlo evolucionar hacia un mejor estado de cosas existentes. En el orden existente podemos encontrar errores de principios realmente malos, en lo que se puede fijar una acción para encaminar lo que es hacia una condición legal y política mejor y más justa.

Para los filósofos de su momento podemos notar que, al fijarse en la historia, encuentran una evolución en del desarrollo de los estados. Rousseau irá en contra los fundamentos mismos de dicha teoría. Podemos encontrar que para ciertos pensadores  conciben amplias esperanzas en un futuro incierto sin temer que rechazar  de forma absoluta todo lo corrupto y malo de lo que se vive en el presente.  Ello no lo podrá admitir Rousseau. Pide el cambio total de todas las condiciones morales de la vida.  No se contenta sólo con la crítica o una oposición de ideas. La postura intelectual del ginebrino será más radical y, por tanto, más difícil: no se alza contra determinado abuso de un régimen sino contra un estado de cosas, contra un estilo de vida y el espíritu de toda una época, contra las maneras de pensar decadente y  del sentir de su presente en la mayoría y en los llamados ilustrados, pues en ello se encuentra la aceptación y la propagación de los abusos; su postura es contra una mentalidad establecida que hay que cambiar, en principio, individualmente y posteriormente concretizarla en el derecho constitucional.  Rousseau, que representa un símbolo:

Ha luchado contra su siglo, ha sido un mártir Este ginebrino es el primer francés de los nuevos tiempos. Ha hecho, por su manera de ser y por su modo de combatir contra la sociedad, una revolución individual que ha precedido a la gran revolución colectiva. No es de su siglo, se adelanta a su época, y los revolucionarios hubieran querido verlo entre ellos (idem:247). 

Rousseau más que un revolucionario social y político ha mostrado su carta sobre la mesa de la metafísica política de  la modernidad: antes que ir a ver cómo se reacciona socialmente en el conjunto de los hombres, las nuevas propuestas de un estado nuevo ha manifestado la necesidad individual de cambiarse a sí ante de querer cambiar a los demás, de observar en nuestras maneras de sentir, pensar y ser en relación a lo que es nuestra vida individual, subjetiva, personal. Su vida se adelanta a su época; su condición de ciudadano de Ginebra le acompañará a lo largo de su existencia más allá de los límites de su ciudad. Será una permanente búsqueda personal y del conocerse de así, del amor de sí, que lo lleva a practicar maneras de vivir y existir que aún son demasiado novedosas para ser aceptadas de forma universal por un estado. Sólo las publicita pero antes de ello ya las  ha vivido en y por él en los límites de su propia convivencia e imaginario social e individual.

Más que ser  un utopista, que imagina posibilidades distintas al que encuentra en el orden existente, es un soñador. Elevándose por encima de la sociedad del momento, la combate de forma pertinaz con la palabra que ha forjado a partir de la ensoñación de espacios; de hombres y relaciones imaginados en tanto placer  que  surge de la construcción subjetiva personal ideal. Se ha expresado respecto a la insuficiencia  del mundo en que vive, ha hablado contra la propiedad, de la hipocresía, la miseria humana, de querer que no hubiera ricos y menos pobres. Sus razones nos muestra la intensidad de su sufrimiento al ver los principios en que se desenvuelve la sociedad en que habita junto a sus imperfecciones. Sin embargo no posee una visión concreta de las cosas; se despliega y se desparrama en la espuma de su imaginación y ello no da pie para una acción real guiada por una visión que le dé  una situación política real  vivida.  Combate contra todo el mundo sin tener una idea segura contra qué combate. La sociedad nos hace desdichados, pero  a qué sociedad se refiere, la de su presente, la del pasado, la de más allá o más acá; no es concreta su queja, sólo una emoción lanzada contra todo y contra nada.  “Es luchar en el vacío. En todo tiempo se ha lloriqueado mucho  sobre la condición de la naturaleza humana, sobre la sociedad y qué se yo sobre qué más, sin que todas las  lamentaciones hayan servido para algo” (idem:248). Nada es menos revolucionario que  una crítica a la sociedad en general. No hay qué objetivos a tomar,  solo molinos de viento que parecen gigantes sobre el horizonte. Así que quien se manifestara en concreto contra el régimen feudal reinante o contra la monarquía absoluta sería más peligroso que todas las críticas que un Rousseau  expresara pero sin llegar a precisar nada.

Sin embargo Rousseau es un espíritu peligroso para aquellos que gustan del reposo y de la tranquilidad, y piensan que todo va mejor que nunca.   Y al hombre social que dirige sus ataques será al del francés del siglo XVIII. No  hace crítica a un medio social; saca lo realmente humano de sus experiencias personales; y busca al fenómeno mismo para envestirlo. Vivió en lo general y sufrió por lo general; combina lo general con el punto de vista de lo concreto, llegando a ejercer un malestar en sus contemporáneos. Su hombre social es con el que se encontrará al ser arrancado de su vida fuera de  su ciudad: Ginebra y  se sabe distinto a él. Sus palabras son elocuentes al mostrarnos su malestar ante el prójimo francés: Dejadme vivir a mi antojo, soy distinto a vosotros.  Es de otro país, no de Francia, en donde encuentra un hombre social  que tiene maneras de vivir, traiciones e ideas distintas  a las suyas.  Y para él ello puede ser normal: ¿Qué de extraño que no sea como vosotros? Son dos maneras de ser que nacen de tradiciones diferentes. Será un extranjero a lo largo de su vida en donde quiera que se encuentre. Pareciera querer conservar en París el conjunto de las costumbres helvéticas que arraigaron en él. Encuentra que hay un divorcio entre su naturaleza y la de los demás. Lo que constituye la fuerza de Rousseau es que aquello  que hay en él de individual encuentra un fundamento en tradiciones que  expresan  la mentalidad de un pueblo, del pueblo ginebrino (idem:251).  De esta forma podemos comprenderlo, no es una especie de  taciturno solitario, de misógino,  o  un salvaje, un hombre natural sin más,  un nihilista que parte de la nada para volver a la nada. Es un hombre que sus modos de pensar y vivir son los que han permeado en él en los primeros tiempos de su vida y que están en permanente contraste (y contradicción republicana), con el resto de los hombres que encuentra a su  paso. Cuando critica a la sociedad francesa lo hace desde la orilla de su representación de los principios  y tradiciones de  un ginebrino. Invoca al campesino del Valais (suizo),  contra quienes  no saben concebir la vida más que bajo formas sociales y artificiales. Sea en lo religioso o en lo político su visión personal natal es determinante para su combate al hombre social francés. Así, por ejemplo, el Contrato Social no es una utopía, es  un orden existente de acuerdo a su modelo de patria real y rememorada. El pinta un mecanismo político real, un amor a la justicia, una necesidad de libertad personal y de igualdad ante la ley, una democracia republicana, sin que  con ello se pueda decir que será una mera representación calcada de la realidad ginebrina. En su concepción se mezcla esta objetividad política junto con sus aspiraciones e ideas personales que le conforman su imaginario político. Su felicidad se halla cerca de la comarca de Vaud (Suiza); leámos en Confesiones (parte I, lib.IV): Cuando el ardiente deseo de esta vida dichosa y amable, que  huye de mí y para la cual había nacido, viene a inflamar mi imaginación, es siempre en la comarca de Vaud, cerca del lago, en una campiña encantadora, donde se fija.

Eso desde su concepción crítica de la vida y cultura gala. Pero Francia será también un gran amor: Amo a Francia y la echaré de menos toda mi vida; si mi destino dependiera  de mí, iría allí a acabar mis días, nos dice cuando vive en Inglaterra y le escribe al marqués de Mirabeau, el 31 de enero de 1767. Rousseau amó a su patria pero, a la vez, se sintió atraído por una cultura que no era la suya y que no la encuentra en su país, y ella estará presente en el desenvolvimiento de la sociedad que amo y odio; en ella encuentra una fineza de tacto, de corazón de la que está de manera constante en toda su obra, pues para él el pueblo francés sigue amando lo que es justo y decoroso, dice al final de su vida en una carta a su amigo Dubelly, del 12 de marzo de 1770. Sigue siendo un republicano en una tierra donde nadie se hubiera atrevido a serlo, es decir, ningún francés se pronunciaría por querer cambiar la monarquía por una república. Si bien se adelanta  a su época por sus propuestas políticas no verán su realidad más tarde, cuando con un esfuerzo colectivo serán establecidas por la violencia y la confrontación a un orden decadente y sin esperanzas de seguir existiendo inmodificado en el suelo de la historia europea.

Rousseau puede manifestarse en contra de los reyes y la monarquía absoluta, pues no es fiel a ninguno; es un hombre libre, un extranjero que no es en absoluto súbdito del rey (Carta a Saint Germain, 26 de febrero de 1770). Nada le impide ser, pues, republicano; esa idea le es familiar, la ha absorbido de su país. Como se verá para entonces, nada más distinto que un francés de un ginebrino y viceversa. Como nos refiere Groethuysen:

“Quizá forma parte del espíritu de los suizos el buscar inspiraciones en otros países, ensanchar sus opiniones y vivir en una comunidad más grande que la suya, a reserva de sentir el Heimweh de que habla Rousseau en una de sus cartas. Por otra parte, el ejemplo de Rousseau demuestra que Suiza devuelve lo que toma de las demás naciones, haciendo ver a sus vecinos que hay formas de vida que no son ajenas a su espíritu, pero que ella sola, favorecida por las circunstancias, ha sabido desarrollar” (idem:263). 

Sin embargo Rousseau nació  político, su país, con sólo respirar entre sus calles, le daba esa dimensión que carecían el resto de los individuos de otras regiones en que no se presentaba la vivencia real de practicar cotidianamente la política en su comunidad de forma expresa y declarada. De ahí que en él arraigó tanto el interés por ese campo pues, como  refiere en sus Confesiones (parte II, lib.IX): Había visto  que todo radicaba esencialmente en la política, y que, de cualquier manera que se hiciese, ningún pueblo sería sino aquello que la índole de su gobierno le haría ser.  Tal declaración no es mera sentencia intelectual de un historiador, de un filósofo, o de un economista sino de alguien que lo había vivido en realidad, en el mundo estrecho pero intenso de la concentrada política de la pequeña democracia de Ginebra. Los conflictos y avenencias de ese pueblo no parten de lo que sucede en la corte sino de las contradicciones, de las tendencias, de las fuerzas vivas que emanan del mismo pueblo en tanto enfrentamiento de opiniones y polémicas vividas. Los ginebrinos sabían más de la real politic que lo que pudiera pensar un filósofo de ese tiempo a través de lecturas y teorías enmarcado en el salón de su casa, sin respirar las pestilencias y los aromas de la calle en la polis misma. Comprendió que las sociedades políticas y civiles son organismos puramente humanos donde los vicios de los hombres hacen necesarias estas organizaciones, y solo las pasiones humanas las conservan. Quitadles todos los vicios a vuestros cristianos, y ya no tendrán necesidad de magistrados ni de leyes; quitadles todas las pasiones humanas, y el vínculo civil pierde  al instante toda su fuerza; ya no hay emulación ni gloria ni anhelo por las preferencias; el interés particular queda destruido; y perdido el sosten conveniente, el estado político cae en postración (Carta a Usteri, 15 de julio de 1763). Donde encontramos que la justificación del estado y su política tiene como móvil el interés, a la vez,  individual y general como fundamento de todo organismo político; condición que hemos visto cómo la han castrado todos los regímenes marxistas, socialistas, conservadores, fascistas, nacionalsocialistas y conservadores tanto de antes como de hoy.  La ambición por el poder está enraizada en toda civilización y  al detentarlo se abusa de él, entonces sólo queda por hacer que en el espíritu de los ciudadanos prevalezca el interés general por encima del particular; todo gobierno, por ende, debe estar subordinado a la voluntad general y debe estar observado y controlado de forma permanente por el pueblo. La desconfianza del pueblo ante sus gobernantes es esencial si quiere permanecer libre y para ello debe vigilar constantemente los poderes constituidos y su ejercicio.  En política republicana nos encontramos con el problema de poner la ley por encima de los hombres, haciendo reinar la justicia en la extensión de la organización social, sin tratar de  despertar sentimientos de justicia entre los hombres  al recordarles sus verdaderos intereses, destruyendo sus prejuicios o iluminándolos con razonamientos filosóficos u otros. Todos esos sentimientos serán precarios y llevarán a un mal funcionamiento de lo político. El punto central está en organizar la justicia a todos los niveles y hacer que los hombres honren y acepten las leyes de  su organización, sean aquellos considerados buenos o malos.

En las leyes Rousseau encontraba el perfeccionamiento político de las mismas, en la medida que ellas emanaban de una voluntad general libre. Ellas llevan a que un pueblo se constituya como una individualidad bien definida. No se trata de hacer sólo a los hombres mejores o de iluminarlos individualmente, sino de considerarlos desde el punto de vista colectivo; más que desarrollar unas facultades individuales de forma aislada, está en  buscar desarrollar unos valores morales sociales. De esta manera  no se trata de sacar de la filosofía  cómo se puede transformar  el orden existente sino que se debe tener otras concepciones para la evolución y cambios del ser político de un pueblo.  No sirve sólo declarar los derechos del hombre sino que es preciso introducirlos en la médula de la estructura misma de la organización social y en el arraigo del ser social político del pueblo. Rousseau, no es revolucionario, sólo nos muestra, nada más y nada menos, que para que le derecho a la libertad y, a la igualdad sea conservado para todos indistintamente debe vivir tanto en la voluntad general como un principio que inunde y sustente a las elecciones y acciones que emana de la voluntad individual. En Rousseau lo que podemos observar es su reiterado empeño en presentar unas técnicas de cómo se forma un pueblo,  en cómo se arraiga una sentimiento patriótico natural vinculando individualidades y sentimientos a una causa común por el bien global.

Nos habla que lo que pareciera ser el problema de todo revolucionario, es decir, plantearse el problema del cambio social dentro de un orden existente que lo amerita por las exigencias del espíritu y las necesidades de sobrevivencia de una nación, de un pueblo, junto a la condición de vida de cada individuo para sí.  Y ello estriba en cuáles son las condiciones que se deben cambiar. El orden reinante es complejo y ninguna revolución puede cambiar totalmente todos sus elementos, de sustituir unos factores por otros enteramente nuevos. La revolución hace enunciados sobre lo que considera como malo y se presenta como factor a cambiar pero para ello también es preciso saber cuál es la finalidad que se persigue con dicha alteración del orden nefasto. No sólo con cambiar se hace la revolución: los fines cuentan. En un principio nos encontramos que debe existir el sentimiento de un malestar generalizado y en un segundo momento en encontrar lo que lo motiva, el mal arraigado en algún adversario social, sea partido, líder, ejército, iglesia, grupos económicos, etc. Y lo difícil es hallar esa causa primera que genera los abusos que se hacen sentir colectivamente.

De ahí que se deba partir de un punto de vista general y encontrar las ideas y procesos que universales que pueden llegar a determinar los destinos de los hombres.  El adversario, el culpable de tal designio funesto, será el que impida la liberación de los espíritus y el desarrollo del hombre autónomo para sí pero dado a su colectividad. Para ello se tiene que desarrollar, postura rousseauniana, los derechos de todos unidos dentro de una comunidad de iguales ante la ley, en donde tiene que reinar la voluntad general; el adversario sería siempre un déspota pues sólo irá a sus intereses, así sea en nombre de conminar al pueblo  en todo momento junto a él. Lo que nos muestra este ginebrino que la mayoría de las desdichas sociales está arraigadas al grado de madurez de los pueblos en el sentido que sus desdichas, dentro del estado social,  se deben a que los hombres (en el poder), reinan o mandan por encima de las leyes; situación vivida con Luis XVI en Francia del siglo XVIII. Lo que busca este pensador nacido político, es construir un orden político no centrado en la figura del líder o del hombre providencial, mesiánico, único, sino en un orden popular fundado sobre la columna organizacional permanente pero dinámica de la ley y su sentido universal de justicia. Por tanto, si bien puede criticarse a las autoridades religiosas elevándose como ductores de pueblos sin precisar una ley humana y justificando una ley divina, igualmente podemos cuestionar el totalitarismo que surge tanto de un partido único y de  líderes elegidos, mesiánicos, caudillos militarescos, dictadores iluminados, caudillos tropicales o africanos, de animales soberbios y ególatras, que igualmente observarán que ellos tienen todo el derecho para colocarse por encima de las leyes y gobernar con las leyes diseñadas a sus intereses personales; la propuesta rousseauniana no decanta en  repúblicas establecidas por un culto de corderos y popular a la personalidad o a una iglesia, sino un culto ciudadano al ejercicio de las leyes de forma igual y racional  para todos ante ellas.

Finalmente podemos decir como referimos al principio las ideas de Rousseau  son revolucionarias más no él, más no su bitácora de viaje individual. Su visión política está centrado en la conjunción de un orden en que  las leyes vuelvan a tener un sentido vital para el orden ciudadano, donde todos estemos bajo el cobijo de ellas y no poder presentarse ocasión para que cualquier se coloque por encima de su majestad. La voluntad del pueblo es un concepto que tiene un carácter revolucionario en la medida que es garante de que las leyes sean el factor determinante de la vida de una nación y no la nación esté determinada por la voluntad de un líder o de un partido único, que a la final siempre vela por su interés, su soberbia, su patología por el poder (y el presupuesto de una nación), y su vanidad política. Si bien las leyes pueden que no sean perfectas pueden llegar, por reforma y evolución cultural política de un pueblo, transformarse para que sigan permaneciendo como el instrumento que dirige las velas de una nación ante los vientos intempestivos de su historia.

Rousseau no era un revolucionario pero revolucionó el sentido de cómo hacer la política en la modernidad en función del bienestar común por medio de las leyes universales y democráticas.


Bibliografía

Groethuysen, B.: 1985: J.J. Rousseau. F.C.E. México

Rousseau, Ouvres completes, 5 vol. La Pléiade. Paris.

Advertencia: Este artículo es de dominio público. Agradecemos que sea citado con nuestra dirección electrónica: www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com


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