Viajar
Herman Melville

Preferiría sí hacerlo.
Introducción de David De los Reyes
El 1 de agosto de 1819 nacía en New York el gran
escritor norteameriacano Herman Melville. Celebramos este año 2019 doscientos
años de su nacimiento. Queriendo sumarnos a todos los que han leído y apreciado
su arte literario, queremos presentarles en este blog su Credo del Viajero. El
cual nos marca las pautas de la condición del viajar no sólo para mediados del
siglo XIX sino también para el disfrute del viaje que podamos hacer aún por los
mares y continentes en el siglo XXI. Melville, siempre sorprende y exultante, en
este texto encontramos una invitación a querer hacerlo, casi de forma permanente,
el viajar. Lo contrario a esta invitación vital y existencial también lo pensó
Melville, lo hará notar en su relato del personaje Bartleby y su pertinaz y
tozuda negación a la vida con su repetida, obstinante y conclusiva respuesta
proverbial de Preferiría no hacerlo.
Viajar es un breve texto que invoca a la permanente partida y al encuentro con
horizontes y experiencias que encierran la necesidad de impulsarnos a tomar las riendas de nuestras vidas a través del
riesgo y de la oportunidad que todo viaje ofrece al viajero entregado al
descubrimiento, la aventura y a la exploración del mundo y de su tiempo, el
cual nos provee la continua movilidad creadora. Aquí les dejo su texto. David
De los Reyes.
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Viajar:
En el
solitario macizo montañoso de Greylock se encuentra un profundo valle llamado
«The Hopper», amplia y reverdecida región olvidada en el corazón de las
colinas. Supongamos que una persona nacida en dicho valle no conozca nada de lo
que se encuentra más allá, y que un día decida escalar la montaña: ¡con qué
emoción contemplaría el paisaje desde la cima! Le apabullaría y hechizaría
tanta novedad. Este tipo de experiencia refleja perfectamente el principal
placer de viajar. Cada hogar es una suerte de «Hopper» que, por seguro y
agradable que sea, aísla a sus habitantes del mundo exterior. Los libros de
viaje no satisfacen el ansia: tan solo estimulan el deseo de ver.
Para
ser un buen viajero y obtener del viaje verdadero placer son
necesarias
varias condiciones. La primera consiste en ser joven y
despreocupado,
dotado de talento e imaginación: si se carece de estas virtudes, es mejor
quedarse en casa. Además, si se viene del Norte, la primera parada deberá
hacerse un día hermoso, en un clima tropical, rodeado de palmeras y risueños
indígenas alegremente vestidos, y para disfrutar así plenamente de los placeres
de la novedad. Si no se poseen estas virtudes y se es además de naturaleza algo
amargada, se podría incluso viajar al Paraíso y no lograr con ello ningún
placer, pues la alegría es prerrogativa de las naturalezas festivas. Resulta
esencial ser un buen paseante, ya que el viajero solo puede obtener placer y
conocimiento al descubrir museos, magníficos jardines, catedrales u otros
lugares de sosegada visita si posee esta cualidad. Pero el placer de abandonar
el hogar, despreocupado, sin otro objetivo más allá del disfrute, también se acompaña
del placer de la vuelta al viejo y querido hogar, a la casa a donde, tras un
largo viaje, el corazón siempre regresa con gusto, olvidando el peso de sus
ansias y preocupaciones.
No
debemos aspirar a un placer puro: tanto el placer como el sufrimiento forman
parte del viaje. Tal y como dijo Washington Irwing, un viaje por mar, con las
emociones, la falta de confort y la forzada disciplina que implica, es una
buena introducción a un viaje al extranjero. Pasaremos por alto los pequeños
contratiempos, las molestias propias de Egipto e Italia, es decir, las pulgas y
otros bichos, por mucho que estos de ningún modo estén dispuestos a pasar por
alto al viajero. También el pasaporte es fuente de constante inquietud. Se
aprende con rapidez, por los requerimientos oficiales, aquello que se
convertirá en una constante: «Abrir el pasaporte es abrir el monedero», y las
interminables formalidades al final de cada viaje no hacen más que recordar el
suplicio soportado. El acoso y la extorsión de los guías —no solo de los
canallas algo toscos, sino también de aquellos que combinan la cortesía más
pulida con la vileza más refinada— son otro Importante obstáculo al placer,
aunque, si se tienen en cuenta las extorsiones mil veces peores que sufren los inmigrantes
en nuestro país, debemos reconocer que Europa no es el hogar de todos los
picaros. Sin embargo, existe un método infalible para ahorrarse estas
preocupaciones: tener los bolsillos llenos. Pague a esos pillos, ríase y siga
su camino. También daremos con hombres buenos, honestos y humanos, pero no son
mayoría.
Por lo
que atañe a los beneficios del viaje, debemos deshacernos cuanto antes de
algunos prejuicios. El noruego que viaja a Nápoles disfruta tanto del clima que
hasta olvida las miserias del gobierno. El matador español, que cree ciegamente
en el dicho «cruel como un turco», constata en Turquía que las gentes son
respetuosas con los animales; admira los caballos dóciles, siempre dispuestos,
obedientes, extremadamente inteligentes, que, sin embargo, nunca han sido
golpeados; vuelve por tanto a sus corridas con una visión muy diferente de su
propia humanidad. El hombre de negocios viaja a Tesalónica y descubre que los
infieles son más honrados que los cristianos. El anti-alcohólico militante
descubre en Francia un país en el que todo el mundo bebe y nadie está ebrio.
Aquel que tiene prejuicios sobre el color de la piel descubre varios cientos de
millones de personas de todos los matices de color posibles, de todos los grados
de inteligencia, de todos los rangos y medios sociales: generales, jueces,
curas, reyes, y aprende a renunciar a su estúpido prejuicio.
El
viaje también abre nuestro espíritu a los detalles. Nuestro enfoque sobre la
vestimenta se ve en gran medida modificado, y la noción de confort toma más
relevancia. También la barba, estos últimos años, ha retomado su verdadero
valor gracias a nuestra experiencia del viaje. En la decoración de nuestras
casas se ha sustituido el blanco mortecino por los frescos. Dios es generoso
con los colores, y el hombre debería imitarlo.
El
viaje es, para un espíritu noble, como un renacimiento. Tiende a
enseñarnos
una profunda humildad, ampliando nuestro altruismo hasta abarcar la humanidad
al completo. Entre sus beneficios secundarios se cuenta el de comprobar, con
nuestros propios ojos, los logros más sobrecogedores de la naturaleza o del hombre,
y cómo cada individuo los aprecia de distinta forma según su personalidad. Pero
podemos valorarlo incluso leyendo y comparando las obras de todos los
escritores viajeros. Es lo que hacen los grandes hombres que aspiran a viajar.
Richter deseaba ver el mar. Schiller pensaba tanto en el viaje que llenó sus
sueños de lejanos paisajes. El doctor Johnson alimentaba el mismo deseo,
exagerando incluso las ventajas que este implicaría. Es importante tener alguna
facilidad para los idiomas para sacar provecho del viaje, y hablar al menos un
francés fluido. En los países del Levante, donde se cruzan todas las naciones,
la gente humilde habla media docena de idiomas, y a menudo una persona que se considera
bastante culta se ve, en aquellos lares, avergonzada por su ignorancia. Se ha
barajado la construcción de un enlace directo, por vapor, entre Nueva York y
algunos puertos mediterráneos. De esta forma, el viajero podría acceder al
viejo mundo por la puerta grande, en lugar de utilizar, como hasta ahora, la
entrada trasera.
Inglaterra,
Francia, el Mediterráneo: no es necesario insistir en sus
atractivos.
Pero, dado que el viaje implica novedad y cambio de aires, y que estos son
esenciales en una vida sana, no dejemos que unas circunstancias restringidas
nos disuadan. Viajar por Florida nos ofrecerá gratos placeres y muchos
espectáculos enriquecedores. Incluso ir a Nahant, si no resulta posible ir más
lejos, es viajar. Para un inválido, cambiar de habitación es ya un
viaje, es decir, un cambio. Descubrir horizontes, explorar nuevas ideas, romper
con viejos prejuicios, abrir el corazón y el espíritu: tales son los verdaderos
frutos de un viaje correctamente realizado.
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