Pensando como una montaña (1949)[1]*
Aldo Leopold[2]
Aldo Leopold
Un aullido profundo resuena desde el fondo del pecho, como eco de peñasco en peñasco, bajando desde la montaña para desvanecerse en la profunda oscuridad de la noche. Es el arrebato de una pena desenfrenada, salvaje y desafiante, llena de coraje ante todas las adversidades del mundo.
Todos los seres vivos (y tal vez también muchos de los muertos) prestan atención a este aullido. Para el ciervo es un aviso del destino de la carne, para el pino es una previsión de luchas de medianoche y sangre sobre la nieve, para el coyote es una promesa de los restos de las presas que vendrán, para el ranchero es una menaza de cifras rojas en la cuenta del banco, para el cazador es el desafío del colmillo contra la bala. Sin embargo, más allá de estas expectativas y temores obvios e inmediatos subyace un significado más profundo, que solo la montaña conoce. Solo la montaña ha vivido el tiempo suficiente como para escuchar y comprender el aullido de un lobo.
Incluso aquellos que son incapaces de descifrar este significado oculto saben que este existe, pues se siente en todos los territorios con lobos y eso distingue a estos territorios de los demás. Su mensaje “hormiguea en la médula” de todos los que escuchan lobos en la noche o encuentran sus huellas durante el día. Aun cuando no los veamos u oigamos, su presencia se manifiesta en un centenar de pequeños acontecimientos: el relincho de un caballo de carga a medianoche; el golpeteo de rocas que ruedan y caen, los brincos de un ciervo en fuga, y la forma en que las sombras yacen bajo los pinos.Solo el insensible podría dejar de percibir la presencia o ausencia de los lobos, o el hecho que la montaña posee una opinión secreta acerca de ellos.
Mi propia convicción acerca de este hecho proviene del día cuando vi morir a una
loba. Almorzábamos arriba de un alto peñasco, bajo el cual se abría paso un río turbulento, cuando vimos algo que pensamos era una cierva vadeando el torrente, con su pecho en las aguas blancas. Mientras subía por la ribera hacia nosotros y sacudía la cola, constatamos nuestro error: era una loba. Una media docena de otros, evidentemente cachorros grandes, saltaban en las praderas y todos se juntaban en una mezcla de bienvenida, como juego que se manifiesta con colas meneándose y mordiscos. Seextendía al pie de nuestro peñasco, literalmente, un montón de lobos que retozaban y se revolcaban en el centro del llano abierto.
En esos días no concebíamos dejar pasar oportunidad alguna para matar un lobo. Dentro de unos segundos lanzábamos plomo a la manada, pero nuestros disparos iban con más excitación que precisión; siempre es confuso apuntar un tiro empinado que va cuesta abajo. Cuando nuestros rifles estuvieron vacíos, la loba vieja ya estaba derribada y un cachorro arrastraba una pierna hacia rodados intransitables.
Alcanzamos a llegar donde la loba vieja a tiempo para ver en sus ojos moribundos un salvaje fuego verde que se extinguía. Allí me di cuenta, y desde entonces supe para siempre, que había algo nuevo para mí en esos ojos, algo que solamente ella y la montaña conocen. En esos días yo era joven y estaba lleno de ganas de disparar; pensaba que mientras menos lobos hubiese más ciervos habría; la ausencia de lobos traería entoncesun paraíso para los cazadores. Pero después de haber visto morir ese fuego verde, sentí que ni los lobos ni la montaña compartían mi parecer.
Desde entonces he vivido para observar cómo en región tras región se han ido exterminando los lobos. He contemplado la faz de las montañas donde recientemente se han extirpado los lobos, y en ellas he visto cómo las laderas que miran hacia el sur se van arrugando con miríadas de laberintos de nuevas huellas de ciervos. He visto cómo cada arbusto y retoño comestible ha sido ramoneado, primero hasta una debilidad anémica y luego hasta la muerte. He visto cada árbol comestible para los ciervos, deshojado hasta la altura de sus cuernos. Tal ontaña se ve como si alguien le hubiese dado a Dios una podadora y le hubiese prohibido hacer otro ejercicio. Al final, blanqueándose junto a los esqueletos de los arbustos muertos o pudriéndose bajo los altos cipreses rayados, encontramos los huesos de aquellos ciervos de los cuales se esperaba tanto y que murieron de hambre por ser demasiados.
Ahora sospecho que tal como la manada de ciervos vive con el temor mortal de los lobos, la montaña vive con el temor mortal de la presencia de los ciervos. Y tal vez con mayor razón, puesto que para sustituir a un ciervo macho eliminado por los lobos se necesitan dos a tres años, pero para recuperar una pradera eliminada por el exceso de ciervos se necesitan muchas décadas. Lo mismo ocurre con los vacunos. El ranchero que limpia sus terrenos de lobos no se da cuenta que es él mismo quien debe realizar el trabajo de los lobos; esto es, debe ir ajustando el número del ganado para mantener su pradera. El ranchero no ha aprendido a pensar como la montaña. Por eso tenemos erosión, y los ríos lavan los suelos llevándose el futuro al mar.
Todos aspiramos a tener seguridad, prosperidad, comodidad, una vida larga y sin sobresaltos. El ciervo se esfuerza con sus patas ágiles, el vaquero con sus rampas y venenos, el estadista con su lápiz, la mayoría de nosotros con máquinas, votos y dólares. Todos aspiramos a lo mismo: la paz en nuestros días. Un cierto grado de éxito en estos ámbitos parece necesario. Sin embargo, necesitamos un modo de pensar más objetivo, porque parece que demasiada seguridad genera solamente peligro en el largo plazo. Tal vez este es el mensaje contenido en la máxima de Thoreau[3]: “en lo salvaje está la salvación del mundo”. Tal vez ese es el significado oculto en el aullido del lobo, conocido desde hace mucho por las montañas, pero rara vez percibido por el hombre
* Este texto es tomado de la Revista Ambiente y Desarrollo 23 (1): 13 - 15, Santiago de Chile, 2007, a la que agradecemos por su publicación y por permitir colocarlo en el blog de Filosofía Clínica.
[1] Este artículo fue originalmente publicado con el título Thinking like a mountain, por Aldo Leopold en 1949 (Sand County Almanac, Oxford University Press; reimpreso por Ballantines Books Edition, Nueva Cork, Septiembre 1970, pp. 137-141). Traducción de Uta Berghöfer, Mitzi Acevedo y Ricardo Rozzi.
[2] Aldo Leopold (1887-1948), ecólogo, ingeniero forestal y ambientalista estadounidense que impulsó el desarrollo de la ética ambiental contemporánea. Leopold es considerado el padre del manejo de áreas silvestres en Estados Unidos. Trabajó en el Servicio Forestal y fue más tarde profesor en la Universidad de Wisconsin. Con una gran capacidad de comunicación escribió ensayos apelando al concepto de la tierra como organismo vivo. Leopold murió en 1948 de un ataque al corazón mientras combatía un incendio en los pastizales de un proyecto de restauración en Wisconsin. Su obra más conocida es A Sand County Almanac –una colección de ensayos que incluye Pensando como una Montaña–, la cual fue publicada póstumamente por sus hijos en 1949.
[3] N. del T. Henry David Thoreau (1817-1862), escritor, anarquista y filósofo estadounidense, pionero de la ética ambiental, la ecología y la literatura norteamericana.
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