sábado, 2 de mayo de 2026

                              La enantiodromía de la IA 

                   o todo exceso convoca su contrario

 David De los Reyes


Serie vegetabilis ericius II. Redes Sociales Vegetales. DDLR/2026 marzo

La palabra enantiodromía, como podemos referir, nombra en su etimología griega (enantíoslo contrario y drómos: carrera, curso), un movimiento que no se reduce a la alternancia externa de opuestos, sino a la inversión interna de un proceso que, llevado a su extremo, se revierte en su contrario. No se trata de una dialéctica reconciliadora, sino de una ley trágica del devenir: la plenitud o el desarrollo máximo de una forma o tendencia engendra su negación o lo contrario. Esta intuición, presente ya en el pensador griego Heráclito, atraviesa siglos de pensamiento hasta reaparecer, con particular fuerza, en la psicología de C. G. Jung y en las reflexiones culturales del siglo XX. Ernesto Sábato, en su libro Hombres y engranajes, retoma esta ley para pensar las oscilaciones profundas de la cultura occidental, entendida como una historia de domesticación y rebelión, de exceso racional y retorno violento de lo reprimido.

En un pasaje del citado texto de Sábato interpreta, de modo elocuente, una lectura jungiana de la cultura: el proceso cultural aparece como una progresiva dominación de lo animal en el ser humano, una pedagogía de la represión, de la contención y la forma que, sin embargo, no puede cumplirse sin resistencia. La embriaguez cíclica de la humanidad —las orgías dionisíacas, el entusiasmo renacentista, la exaltación tribal contra los estados totalitarios, la negación del cerco digital de las redes sociales— no son un accidente o un error, sino la respuesta necesaria de lo vital frente a un orden que se coagula en exceso. La referida dinámica de la enantiodromía heraclíteana se presenta como una ley histórica: a Dioniso sigue el estoicismo; al exceso, el ascetismo; a la disciplina, la explosión; al control de los cuerpos, la exaltación de libertad. Esta lectura no es progresista ni optimista: es trágica, en el sentido griego del término. El equilibrio no se conquista o se construye a la larga, se pierde y se recupera cíclicamente a través del conflicto.

Heráclito había formulado ya esta lógica en una serie de fragmentos decisivos: el camino que sube y el que baja son uno y el mismo; la armonía más profunda nace de la tensión entre contrarios; el pólemos es padre de todas las cosas. La enantiodromía no es una anomalía del devenir, sino su ley secreta e interna. Cuando una forma de orden pretende abolir el conflicto, lo intensifica subterráneamente. Lo que no encuentra cauce simbólico retorna como violencia, como exceso, como ruptura. Jung recoge esta intuición y la traduce al lenguaje de la psique: toda actitud consciente, al absolutizarse, convoca en el inconsciente su contrario. La sombra no es un error del sistema o de nuestra personalidad, sino su producto inevitable. El equilibrio psíquico no se logra eliminando la sombra, sino reconociendo su función compensatoria.

Esta estructura resulta particularmente fertiliza todo un terreno humano para pensar la situación contemporánea marcada por la inteligencia artificial. La IA puede ser entendida como la cristalización extrema de un largo proceso civilizatorio: la externalización de la memoria, el cálculo, la previsión y el control. Desde la escritura hasta el algoritmo, la historia de la técnica es la historia de una progresiva delegación de funciones que antes estaban encarnadas en la experiencia humana o, en el mejor de los términos, intervenía. En este sentido, la IA no irrumpe como un corte y ruptura absoluta, sino como culminación de una tendencia inconsciente que ahora declara su estatus casi incuestionable y aparición irreversible. Pero es precisamente en la culminación de una tendencia o civilización donde la ley de la enantiodromía hace su irremediable e inexorable aparición.

La inteligencia artificial, concebida como ampliación de la inteligencia humana, tiende —por exceso— a convertirse en su sustituto. No porque piense, sino porque organiza el mundo de tal modo, casi incuestionable, que pensar – por parte de la consciencia humana- deja de ser necesario. La promesa de eficiencia, predicción y optimización empuja al pensamiento hacia una forma mínima o su reducción: elegir entre opciones ya calculadas, aceptar recomendaciones, delegar el juicio. Desde una perspectiva jungiana, podríamos decir que la hipertrofia de la inteligencia funcional genera una sombra: la atrofia del criterio, de la memoria vivida, de la imaginación improductiva. La inteligencia, reducida a rendimiento, pierde su espesor existencial.

Heidegger formuló esta inversión con particular radicalidad al analizar la esencia de la técnica moderna. No es la máquina lo que constituye el peligro, sino el Gestell, el modo de desocultamiento que reduce todo ente —incluido el ser humano— a fondo disponible (Bestand). Cuando el pensamiento se pliega por completo a la lógica de la disponibilidad, se produce una clausura del preguntar. Paradójicamente, cuanto más poder obtiene la técnica para ordenar el mundo, más indigente se vuelve el pensamiento. La enantiodromía heideggeriana no conduce automáticamente a la salvación, pero abre una posibilidad: allí donde el peligro es máximo, crece también lo que salva. Esa posibilidad no es técnica, sino meditativa.

Bernard Stiegler radicaliza esta intuición al pensar la técnica como pharmakon: remedio y veneno a la vez. La exteriorización técnica de la memoria —desde la escritura hasta los sistemas digitales— constituye al ser humano, pero también lo amenaza con la proletarización y depauperación de la mente. Cuando los saberes se automatizan, el sujeto pierde su capacidad de individuación psíquica y colectiva. La IA, en este marco, puede entenderse como el punto en el que el pharmakon se vuelve predominantemente tóxico o dicho en palabras coloquiales, el remedio es peor que la enfermedad: una técnica que ya no amplía la atención, sino que la captura; va de la capacidad de concentración a la distracción multitasking focalizada infinita; una relación que no potencia al pensamiento, sino que lo sustituye. Sin embargo, fiel a la lógica enantiodrómica, este mismo exceso podría forzar una reinvención del saber cómo cuidado de sí tanto de nuestra sensibilidad como de nuestro pensamiento; un cuidado como práctica deliberada de atención y demora.

Byung‑Chul Han, por su parte, describe el resultado existencial de este proceso: una sociedad de la producción continua y de la transparencia en la que el sujeto, aparentemente liberado de la coerción, se auto-explota; aparición de un neo-esclavismo invisible y aceptado. La inteligencia artificial intensifica esta lógica al eliminar incluso el conflicto negativo: todo debe ser optimizable, visible, predecible; nos introduce en una acción virtuosa de la pasividad acrítica inducida. Pero una sociedad sin negatividad y sin pensamiento crítico ante lo supuestamente evidente, es una sociedad sin experiencia y dócil. Apareciendo la fatiga, la depresión y el vacío no como fallas individuales orgánicas, sino síntomas culturales absorbidas por nuestro inconsciente como el deber ser de nuestra sociedad. Aquí la enantiodromía adopta una forma silenciosa: el exceso de positividad engendra una negatividad difusa que ya no se manifiesta como rebelión dionisíaca, sino como agotamiento, desaliento, apaciguamiento, pasividad, pereza, inercia.

Inspirándonos en los planteamientos de Sábato, podríamos decir que la IA marca un nuevo momento del proceso de domesticación que él describe. Pero, como antes, esta domesticación invisible a la que está sometido la mayoría de los cuerpos de los seres humanos, no puede consumarse sin resistencia. La pregunta es de qué forma retornará lo reprimido. No necesariamente como orgía ni como romanticismo, ni praxis revolucionaria de masas, sino tal vez como una revalorización del silencio, de la lentitud, de la inutilidad, la indiferencia a los artificios digitales y mediáticos. El arte contemporáneo, en muchos de sus dispositivos, gestos y acciones, ya habita en un contra-espacio cultural: prácticas que no buscan eficiencia ni sentido inmediato, o valoración monetaria del mercado. El arte de nuestro tiempo ha aprendido también a trabajar con el vacío, con la interrupción, con lo que no produce datos.

La enantiodromía de la inteligencia artificial no implica su negación tecnológica, sino su desplazamiento ontológico. Al delegar el cálculo, el ser humano podría verse forzado —si no abdica por completo— a redefinir el pensar como aquello que no se deja automatizar: la responsabilidad, la memoria histórica, la experiencia del límite, las habilidades corporales. En este sentido, la IA funciona como umbral. Lleva la inteligencia instrumental a tal grado de explicitación que vuelve visible su insuficiencia para sostener una forma de vida. El contramovimiento no será técnico o científico, pues hay muchísimo capital financiero y corporativo de por medio que impulsa este mecanismo hiperreal infausto, sino ético y estético, (¿político? no creo, se utilizará para anclarse más en el poder los partidos y su lobby de las corporaciones que pululan en su entorno). Quizás podemos prever este resurgimiento de las conductas éticas como reacción contraria a este pegamento digital dopamínico que nos dictará qué hacer, qué conocer, qué apoyar, qué saber, produciendo, como tendencia contraria y como resultado un retorno intensificado de lo humano no como voluntad de dominio, sino como vulnerabilidad existencial consciente.

Así entendida, la enantiodromía no garantiza salvación alguna; no construye un corpus mesiánico como toda ideología. Solo nombra una ley: todo exceso convoca su contrario. La pregunta decisiva, tanto para la cultura como para la especie, es si ese contrario será vivido como catástrofe o como posibilidad de transformación. Como en Heráclito, no hay reconciliación final; como en Jung, no hay conciencia sin sombra: no hay síntesis dialéctica hegeliana-marxiana o la mano invisible de la mano del economicismo liberal. Tal vez el desafío contemporáneo consista en aprender a habitar esa inversión sin negarla, reconociendo que la inteligencia, cuando se separa del sentido, prepara silenciosamente el regreso de aquello que había intentado dominar.

 

Bibliografía

Han, Byung‑Chul. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder, 2012.

Heidegger, Martin. La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1994.

Heráclito. Fragmentos. Trad. José Luis Calvo Martínez. Madrid: Gredos, 2001.

Jung, Carl Gustav. Tipos psicológicos. Madrid: Trotta, 2002.

Sábato, Ernesto. Hombres y engranajes. Buenos Aires: Seix Barral, 1951.

Stiegler, Bernard. La técnica y el tiempo I: El pecado de Epimeteo. Hondarribia: Hiru, 2002.

  

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