lunes, 1 de noviembre de 2010

LA DIMENSIÓN ETICA DEL RACIONALISMO CRÍTICO DE KARL POPPER

Por: Carlos Blank
     




                                           
Resumen

Este artículo tiene dos propósitos. El primero es poner de manifiesto la profunda afinidad que hay entre la filosofía de la ciencia y la filosofía social de Karl Popper. El segundo es destacar la dimensión ética que el mismo Popper confiere a la formulación de su posición epistemológica básica, a saber, su racionalismo crítico. En su formulación original podemos encontrar elementos para superar ese irracionalismo mínimo que,  según él, está incluido en su planteamiento y amenaza sus bases. En suma, su posición corresponde a una postura ética o compromiso moral en lugar de a una teoría o doctrina. 

Palabras clave: racionalismo crítico, irracionalismo, decisión ética.                 




Uno de los más sublimes aspectos de la filosofía de Popper es que, aunque austeramente rigurosa en la invocación de los principios de la lógica, destila, no obstante, un profundo sentido para comprender la imperfección humana. 
David Miller 
                                                                                  
A mi juicio, Marx evitó formular una teoría moral explícita porque aborrecía los sermones. Desconfiando profundamente del moralista que vive predicando que se beba agua mientras él bebe vino, Marx se resistió a expresar explícitamente sus convicciones éticas.     
Karl Popper                                       

Las dos citas anteriores recogen las ideas básicas de nuestro trabajo. La primera es que  todo el edificio lógico de argumentaciones del pensamiento popperiano tiene su punto de apoyo en una posición de carácter moral y ético. Que la lección que podemos extraer de todo ello es una lección moral, se resume en la enseñanza socrática acerca de la fragilidad de la razón humana, aunque en el reconocimiento de esta fragilidad se encierra su verdadera fortaleza. Finamente entretejido con la aparentemente fría estructura racional del discurso popperiano es imposible no advertir también su profundo contenido de carácter ético, su profundo sentido moral.  De hecho está tan finamente entretejido que no podemos separar este hilo moral sin deshacer toda su costura, pues ese impulso siempre está atemperado por un modo expositivo de argumentación racional.  
La segunda idea es que esta posición moral está en gran parte de modo implícito y presupuesto en su obra, aunque aparezcan formulaciones aquí y allá, y  busca apartarse lo más posible de cualquier moralismo barato o hipócrita, ese que hace que otros tomen agua mientras nosotros tomamos vino o que nos pide defender con hambre y desnudos una revolución, mientras nosotros comemos bien y nos vestimos elegantemente. 

Feyerabend

Más aún, el punto de vista que pretendemos desarrollar es que el pensamiento popperiano solo puede ser comprendido cabalmente desde una perspectiva ética, desde su trasfondo ético innegable. Quizás el primero en advertir claramente el trasfondo moral de Popper  haya sido Feyerabend, aunque solo fuese para burlarse de esos valores puritanos, como la responsabilidad y la honestidad intelectuales, y nos indicase los recursos bastante oportunistas y bastante poco honestos con los cuales Galileo trataba de imponer sus ideas.  
 Sin embargo, no ha sido sino en años recientes que se ha ido desarrollando una vertiente interpretativa que toma este trasfondo ético como una posible clave unitaria de su pensamiento. Al respecto vale la pena señalar que, en un seminario celebrado en Kyoto en 1992, él lamentaba las diversas orientaciones y reinterpretaciones que se le había dado a sus planteamientos originales, en particular, a su defensa del racionalismo crítico o de la actitud racional, y planteaba la necesidad de recobrar el sentido y contexto ético original de su propuesta. Son diversas las razones que explican este alejamiento de su contexto ético original.
 En primer lugar, como analizaremos más adelante,  fue el propio planteamiento original de Popper el que dio pie a una serie de equívocos y de dificultades que colocaban aparentemente su postura en un callejón sin salida.
En segundo lugar, muchos de sus planteamientos éticos aparecen como presupuestos obvios o como elecciones personales que no requieren análisis ulterior, por lo que suelen ser obviados con facilidad.
Y por último, pero no el menos importante, una de las constantes del autor ha sido la de criticar los peligros que encierra la fácil apelación a la moral y cómo en su nombre pueden cometerse los peores crímenes y barbaridades. Los crímenes que se han cometido en nombre de la moral y de los más nobles sentimientos o ideales morales, han hecho que él sea bastante cauto a la hora de plantear su propia valoración ética. En sus propias palabras:

Las principales perturbaciones de nuestro tiempo –y no niego que vivimos en tiempos perturbados- no se deben a nuestra perversidad moral, sino, por el contrario, a nuestro entusiasmo moral, a menudo mal dirigido: a nuestra ansiedad por mejorar el mundo en que vivimos. Nuestras guerras son, fundamentalmente, guerras religiosas: son guerras entre teorías rivales acerca de la manera de establecer un mundo mejor. Y nuestro entusiasmo moral se halla a menudo mal dirigido porque nos damos cuenta de que nuestros principios morales, sin duda muy simples, son con frecuencia difíciles de aplicar a las complejas situaciones humanas y políticas a las que nos sentimos obligados a aplicarlas. [2]
      

El problema principal al  cual se enfrenta Popper es, sin duda,  a la labor de darle una formulación satisfactoria a su posición clave: su racionalismo crítico. Emprende esta tarea en el que constituye uno de los más fascinantes capítulos de toda  su extensa obra La sociedad abierta y sus enemigos. El título del capítulo 24 habla por sí solo: “La filosofía oracular y la rebelión contra la razón”.[3]  No dudamos en calificar estas páginas como una de las defensas más impresionantes que se hayan llevado jamás a favor de la razón, no sólo en contra de sus enemigos sino también de aquellos que dicen defenderla y sostienen supuestamente una postura racionalista. Efectivamente, uno de los rasgos más sobresalientes de su pensamiento ha sido el de revisar críticamente las posturas que él mismo defiende, con la finalidad de reforzar lo más posible sus propias defensas, de evitar en lo posible flancos débiles que hiciesen fácil el ataque de posiciones enemigas. Cuando se defienden  ideas, no sólo es necesario conocer las debilidades del enemigo sino, con más razón, las propias.   Sin embargo, la forma como él plantea su defensa del racionalismo crítico pareciera indicar, desde el comienzo y por propia confesión, que no puede evitar determinados flancos débiles y que por ende debe hacerle concesiones a la posición contraria. Como decíamos  anteriormente, la forma como él planteó inicialmente su defensa del racionalismo crítico fue en parte la responsable de que se fuese alejando del contexto ético original, de que se fuese difuminando su acento ético y  de que se orientase en otras direcciones imprevistas. Veamos porqué.
Popper se ve ante la difícil tarea de “justificar”-así, entre comillas- o defender el racionalismo frente al irracionalismo. Ya de entrada debe reconocer que el  irracionalismo tiene mejor posicionamiento que el racionalismo, pues está completamente exento de requerir autojustificación alguna. El irracionalista puede adoptar la razón cuando le dé la gana, pero también abandonarla cuando lo desee y no está obligado a dar razones en su defensa, todo ello sin contradecirse o sin temor a contradecirse. En cambio,  al racionalista consecuente no le está permitida esta posibilidad sin poner en peligro su postura, sin minar sus propias pretensiones.
 Pasa a distinguir entonces entre dos tipos de racionalismo: uno no crítico o inclusivo, el otro crítico y no inclusivo. Según el primer tipo de racionalismo, solo puede ser aceptado aquello que está apoyado o bien por la razón o bien por la experiencia. Pero como él señala, “no es difícil ver que este principio del racionalismo no crítico es inconsecuente, pues dado que no  puede, a su vez, apoyarse en ningún razonamiento ni experiencia, él mismo nos indica que debe ser descartado.”[4]
         El racionalismo no crítico o comprensivo se refuta a sí mismo, pues no puede ser sostenido ni por la experiencia ni por la razón. (A un problema similar se enfrentaba para Hume la justificación de la inducción, así como también el principio de verificabilidad defendido por el positivismo lógico.)   La única forma de resolver este dilema es si ya hemos adoptado previamente la posición o la actitud racionalista,  esto es, si previamente estamos dispuestos a aceptar el dictamen de la razón o de la experiencia.

La actitud racionalista se caracteriza por la importancia que le asigna al razonamiento y a la experiencia. Pero no hay ningún razonamiento lógico ni ninguna experiencia que puedan sancionar esta actitud racionalista, pues solo aquellos que se hayan dispuestos a considerar el razonamiento o la experiencia y que, por lo tanto, ya hayan adoptado esta actitud racionalista, se dejarán convencer por ellos. Es decir que debe adoptarse primero una actitud racionalista si se quiere que una argumentación o experiencia dadas tengan eficacia, y esa actitud no podrá basarse, en consecuencia, ni en le razonamiento ni en la experiencia. [5]


Hasta aquí su planteamiento no conduce  aparentemente a ningún problema y luce como una movida perfectamente válida frente al carácter inconsistente del racionalismo no crítico o inclusivo. Sin embargo, esta congruencia se ve seriamente amenazada cuando  a renglón seguido plantea la cuestión en los siguientes términos, mucho más discutibles:

Pero esto significa que todo aquel que adopte la actitud racionalista lo hará porque ya ha adoptado previamente, sin ningún razonamiento, algún supuesto, decisión, creencia, hábito o conducta que caen dentro de los límites de la irracionalidad. Sea ello lo que fuere, podríamos darle el nombre de fe irracional en la razón. El racionalismo dista necesariamente de ser comprensivo o autónomo. [6]

 Y más adelante  insiste en que “el hecho de la actitud racionalista fundamental se basa en una decisión irracional o en la fe en la razón”  y que le confiere “en esa medida cierta prioridad al irracionalismo”. Tal como él mismo plantea las cosas, o bien el racionalismo resulta inconsecuente o bien está obligado a hacerle concesiones al irracionalismo, aunque sea en grado mínimo.   Así pues, no es de extrañar que su decisión a favor de la razón crítica, que él considera como la “más fundamental en el campo ético”, amenace aparentemente toda su postura, al contener un indeseable e irreductible elemento irracional. Para él, la admisión de este elemento irracional en el núcleo del racionalismo crítico constituye una aporía inevitable.
 Tampoco es de extrañar que una de las vías de solución  planteada haya sido la de expurgar al pensamiento popperiano de todo elemento fideista, de todo compromiso ético, de toda convicción moral, y elaborar una suerte de racionalismo auntoinclusivo o pancrítico.  Este camino, emprendido por Radnitzky, Bartley y Vollmer, entre otros, soluciona el problema original, pero plantea nuevas aporías lógicas y está lejos de ser completamente satisfactorio[7]. Por esta vía, además, botamos el bebé junto con el agua, pues perdemos toda la riqueza de matices éticos y morales que están contenidos en la postura popperiana original.
Popper ha reconocido que hablar de racionalismo en lugar de razonabilidad o de actitud racional ha ayudado a extender el equívoco de que se trata de una posición puramente teórica. Por otro lado, reconoce que al hablar de una fe ha dado pie a que se interprete como defendiendo la tesis filosófica del fideísmo. Él aclara estos equívocos a que ha dado pie su formulación inicial, en una intervención espontánea realizada en el ya mencionado seminario celebrado en Kyoto, en la que hace mención explícita de William Bartley.  A continuación reproducimos parte de lo que dijo entonces:

         Esto es lo que yo he llamado Racionalismo Crítico. No es una tesis, no es una 
teoría, no es un dogma. Es la actitud según la cual si nos dedicamos a los problemas de modo crítico podemos aprender. A esto es a lo que yo llamo Racionalismo Crítico. Es muy importante que no es una teoría, y por tanto tampoco es una fe en el sentido del fideísmo.
 Ahora el fideísmo, según Bartley, que está muerto, y diré unas pocas palabras sobre esto –el fideísmo, ¿qué tiene que ver con esto? Yo recomiendo a mis lectores en mi libro una actitud. Si no la recomendase, no tendría sentido. La recomiendo porque pienso que es una actitud que todos deberíamos, al menos, intentar. No digo “deberíamos adoptar”, digo “intentar”. Todos deberían al menos intentar ver hasta donde les lleva. Es la actitud del Racionalismo Crítico. Pero, ¿qué tiene que ver el fideísmo con esto? Si yo recomiendo esta actitud a mis lectores, debo creer en la posible bondad de esta actitud. Y aquí se acabó.  “Creencia” en inglés también se llama “fe”, y “fe” es la misma palabra, la misma raíz, que fideísmo. Sin embargo, mientras el fideísmo es muy importante para los fideístas y, por así decirlo, lo escriben con una F mayúscula, es una tesis filosófica. El fideísta dice: esto es una tesis filosófica.
  Mi Racionalismo Crítico es una respuesta al fideísmo. No es una tesis filosófica, admite que al final puede que realmente no sepamos, y yo siempre hablo por todas partes intentando recordarnos lo poco que sabemos. Y a pesar de saber tan poco, recomiendo esta actitud, al menos para que mis lectores la intenten. Pero debo decir y admitir: ¿por qué lo hago? Por que se trata de una actitud que es buena para probarla o incluso adoptarla. Una actitud no puede ser formulada en la forma de un enunciado, una tesis, una definición ni nada de este tipo, pero uno puede creer que esta actitud hace a la gente amiga más bien que enemiga. Es muy importante aquí qué significa discusión racional. Discusión racional significa discutir no la actitud o cosas por el estilo, sino problemas, y soluciones de estos problemas: por tanto, proposiciones, teorías, etc. Lo que se discute son teorías, proposiciones, etc. El Racionalismo crítico es solamente la actitud abierta para discutir estas cosas. Esta es la situación. El fideísmo no tiene nada que ver. Sólo interviene mi creencia en que se trata de una actitud que es buena para probarla o quizás adoptarla, pero el fideísmo es la tesis según la cual todas nuestras teorías, todas nuestras opiniones deben estar basadas en último término sobre una fe. Espero que se vea que estas dos cosas son completamente diferentes.[8]                            
             
La cuestión que se plantea, entonces, es si podemos preservar el contexto ético en que es formulado originalmente el racionalismo crítico y eliminar también ese elemento indeseable e incómodo de irracionalidad que él dice conceder. En lo que sigue veremos cómo su invitación a al menos intentar probar el racionalismo crítico, está lejos de ser la adopción de una fe irracional, sino que existen buenas razones y consecuencias muy concretas que lo hacen elegible o digno de ensayarlo.
En primer lugar, no cabe duda de que la adopción del racionalismo, o de la actitud o disposición racional, es de carácter moral, es una decisión ética. Pero esto no implica necesariamente, como concede él, que se trata de una decisión irracional y, en consecuencia, pasemos necesariamente al campo del irracionalismo.  Se trata  de una decisión ética o de una convicción moral, “por muchos conceptos la decisión más fundamental en el campo ético”, y como tal no puede ser forzada por argumentos racionales. Pero esto tampoco quiere decir, como él también reconoce, que sea una decisión a ciegas o que no podamos dar argumentos a su favor. Podemos analizar las consecuencias que derivan de tal actitud y argumentar a su favor.

Como vimos antes y nuevamente ahora en nuestro análisis  de la versión no crítica del racionalismo, los argumentos no pueden determinar una decisión moral tan fundamental: Pero esto no quiere decir que nuestra decisión haya de prescindir de toda suerte de argumentos. Muy por el contrario, toda vez que nos veamos ante una decisión moral de tipo más abstracto nos convendrá analizar cuidadosamente las consecuencias correspondientes a las distintas alternativas entre las cuales debemos optar. En efecto, solo si alcanzamos a ver estas consecuencias de forma concreta y práctica conoceremos realmente  el peso de nuestra decisión, pues de otro modo estaríamos decidiendo a ciegas. [9]

Por ejemplo, una de las razones que le conducen a la adopción del racionalismo es que constituye una alternativa al empleo de la violencia, esto significa, que aquel que adopta la actitud racionalista estará siempre menos dispuesto a utilizar algún medio violento que aquel que no adopta esta postura. Popper resume así su postura básica:

'Creo que tengo razón, pero yo puedo estar equivocado y ser usted quien tenga la razón; en todo caso discutámoslo, pues de esta manera es más probable que nos acerquemos a una verda­dera comprensión que si meramente insistimos los dos en tener la razón'. [10]

Esta disposición a escuchar los argumentos del otro, a conceder el beneficio de la duda al momento de defender nuestras opiniones, a reconocer que podemos estar equivoca­dos y, sobre todo, a reconocer que el otro puede tener razón, aunque al comienzo pensemos lo contrario, es una disposición o una actitud de consecuencias invalorables en los asuntos humanos.  Para él esta disposición a escuchar los argumentos  del adversario es comparable a la "actitud que trata, en la medida de lo posible, de transferir al campo de las opiniones en general las reglas de todo procedimiento legal: primero, que se debe oír siempre a ambas partes; segundo, que quien es parte en el caso no puede ser un buen juez."[11]   Esta disposición supone una diferenciación importantísima entre los argu­mentos que sostiene una persona y la persona que los sostiene. Esto implica que podemos atacar los argumentos de una persona, sin dejar por ello de respetar la dignidad de la persona que los profiere, que po­demos criticar sus argumentos sin atacar directamente a la persona. Este cambio de espadas (swords) por palabras (words), constituye un paso decisivo en la evolución humana y supone que nuestros argumentos pueden morir en lugar de nosotros. En efecto, "no se mata a un hombre cuando se adopta primero la actitud de escuchar sus argumentos."[12]  En cambio, "es imposible tener una discusión racional con un hombre que prefiere dispararme un balazo antes que ser convencido por mí."[13]  En resumen:
El hecho de que la actitud racionalista tenga más en cuenta el argumento que la persona que lo sustenta es de importancia incalculable.  El nos lleva a la conclusión de que debemos reconocer en todo aquel con quien nos comunicamos una fuente potencial de raciocinio y de información razonable; se establece, así, lo que podría llamarse la 'unidad racional del género humano'. [14]

Por otra parte, la actitud del irracionalista se caracteriza a menudo  por “ignorar o, cuando mucho, deplorar la existencia de esos seres inferiores que son los racionalistas”, esos “pobres de espíritu consagrados a actividades prosaicas y en gran parte mecánicas, ajenos a los problemas más profundos del destino humano y de su filosofía.”[15]  El irracionalista considera que los verdaderos resortes de la conducta son las pasiones y las emociones y considera que la actitud del racionalista “carece irremediablemente de realismo, pues no tiene en cuenta la debilidad de la ‘naturaleza humana’, la flaca dotación intelectual de la mayor parte de los hombres y su dependencia obvia de las emociones”.[16]   
Popper  no niega la importancia o el valor de los sentimientos y de las emociones en la vida humana, pero  está firmemente convencido  de que esa insistencia en las capas más profundas del ser humano, en el predominio de lo emocional y lo pasional, conduce a la larga a la violencia y al asesinato. Esta actitud “debe conducir a la idea de que el pensamiento es tan solo una manifestación algo superficial de o que yace dentro de esas profundidades irracionales” y “debe llevar a la  creencia de que ‘pensamos con nuestra sangre’, ‘con nuestro patrimonio nacional’ o ‘con nuestra clase’” o, finalmente, a “la idea de espíritus selectos o inspirados que ‘piensan por la gracia de Dios”.[17]   Él se resiste, por razones morales, a aceptar cualquiera de estas concepciones inmodestas, pues “no juzgan los pensamientos por sus propios méritos”. Además, esta apelación al vínculo emocional entre las personas  tiende a dividir más a las personas que a unirlas.

Emocionalmente, todos dividimos a los hombres entre aquellos que están cerca nuestro y aquellos que están lejos. La división de la humanidad entre amigos y enemigos es un distingo emocional elemental, tanto, que ha sido reconocida incluso en el mandamiento cristiano: ‘¡Ama a tus enemigos! … De este modo, aun la apelación a nuestros mejores sentimientos, el amor y la compasión, sólo pueden tender a dividir a la humanidad en diferentes categorías.[18]

Esa apelación a los más nobles sentimientos morales puede fácilmente convertirse en lo contrario, abre la puerta para que también se manifiesten los más bajos o menos nobles. Esto es particularmente cierto, según él,  en el caso de aquellos que apelan al gobierno directo del amor en lugar de la razón. Pero para él tal actitud emocional en relación con la humanidad en abstracto  no es posible, pues "podemos amar a la humanidad sólo en ciertos individuos concretos”, ni  tampoco es deseable, puesto que esta "apelación a nuestros mejores sentimientos, el amor y la compa­sión, sólo puede tender a dividir la humanidad en diferentes catego­rías."[19]  Estos nobles sentimientos difícilmente pueden sustituir a la razón en la solución de los conflictos humanos, pues no fomentan pre­cisamente la imparcialidad y, en cambio, le brindan una oportunidad para que actúen "a aquellos que sólo quieren y pueden gobernar por el odio."[20] La apelación a los sentimientos más nobles abre la espita para que apa­rezcan los menos nobles, razón por la cual "ningún sentimiento, ni si­quiera el amor, puede reemplazar el gobierno de las instituciones con­troladas por la razón."[21]
 Estrechamente vinculado a lo anterior está el impulso a hacer feliz al ser amado, está la búsqueda de la felicidad como un objetivo político.  Este es de todos los ideales políti­cos no sólo el que revela mayor ingenuidad, pues no es posible hacer felices a los hombres por medios institucionales, sino el que reviste también mayor peligrosidad.
Pero de todos los ideales políticos quizás el más peligroso sea el de querer hacer felices a los pueblos. En efecto, lleva invaria­blemente a imponer nuestra escala de valores 'superiores' a los demás, para hacerles comprender lo que a nosotros nos parece que es de la mayor importancia para su felicidad; por así decirlo para salvar sus almas. Y lleva al utopismo y el romanticismo. Todos tenemos la seguridad de que nadie será desgraciado en la comunidad hermosa y perfecta de nuestros sueños; y tampoco cabe ninguna duda de que no sería difícil traer el cielo a la tierra si nos amásemos unos a otros. Pero como dijimos antes, la tentativa de llevar el cielo a la tierra produce como resultado invariable el infierno.  Ella engendra la intolerancia, las guerras religiosas y la salvación de las almas mediante la Inquisición. Se basa además –a mi entender- en una interpretación completamente errónea de nuestros deberes morales. [22] 


Claro que, como dice Popper: "¡A quien podría no gustarle traer el paraíso a la Tierra!  Y sin embargo debemos tener como principio rector de toda política racional el de que no podemos traer el paraíso a la Tierra."[23]  Y añade:

En política, al igual que en medicina, lo más probable es que el que promete demasiado sea un charlatán. Debemos dar el máximo para mejorar las cosas pero debemos abandonar la idea de una piedra filosofal o de una varita mágica capaz de convertir nuestra corrupta sociedad humana en oro puro y perdurable.[24]

        Por lo menos durante un tiempo, acota  con tono humorístico, debemos acostumbrarnos a la idea de que no somos ni vamos a convertirnos en espíritus puros o ángeles, o cualquier cosa que se le parezca.
   En el dominio de las políticas públicas debemos ser muy precavidos y cautelosos con las metas e ideales que nos proponemos realizar. En particular, el concepto de felicidad es un concepto bastante elusivo   Ya Kant había señalado el carácter contingente que un concepto como el de felicidad tiene, pues depende de consideraciones subjetivas acerca del placer y del dolor, por lo que es imposible elabo­rar a partir de él una guía práctica o una ley universalmente valedera para todos los hombres. En particular, Kant se oponía también a toda forma de “gobierno benevolente” porque entendía la amenaza a la libertad que ello entraña.

Un gobierno fundado en el principio de la benevolencia para con el pueblo, tal como el de un padre para con los hijos, es decir, un gobierno paternal (imperium paternale) en el que entonces, los súbditos, como niños menores de edad incapaces de diferenciar lo que es verdaderamente útil o dañino, están obligados a comportarse de un modo meramente pasivo a fin de esperar únicamente del juicio del jefe de Estado la manera en que deben ser felices, y solo de su bondad el que él lo quiera igualmente, -un gobierno así es el mayor despotismo pensable (constitución que suprime toda libertad de los súbditos que, por tanto, no tienen derecho alguno).[25]



El problema consiste en que se tratan de manera simétrica el placer y el dolor, cuando en realidad se trata de una relación asimétrica. La concepción utilitarista que privile­gia el placer y la felicidad "supone, en principio, una escala continua del placer al dolor que nos permite tratar a los grados de dolor como grados negativos de placer."[26]   Pero esto es algo que no se puede hacer y me­nos aún cuando esta escala se pretende aplicar a una escala social, pues ello supondría que el dolor de toda una generación puede ser compren­dida como un grado negativo de placer de la siguiente o como una cuota de sacrificio para la felicidad, siempre incierta, de la siguiente.
Por eso, en lugar de las fórmulas utilitaristas que afirman "la mayor suma de felicidad para el mayor número" o "aumentemos la felicidad", debemos emplear fórmulas más realistas y realizables como "la menor cantidad de dolor posible para todos" o "disminuyamos el dolor".  Para él, la reducción del sufrimiento y la injusticia son “los problemas eternos de la moral pública, el eterno ‘programa’ de la política pública.”[27] 
Aparte de consideraciones de orden moral y humanitario, existen razo­nes de orden metodológico y práctico para preferir este otro enfoque del problema, pues "es más fácil llegar a un acuerdo razonable acerca de los males existentes y de los medios para combatirlos, que con respecto al bien ideal y a los medios para materializarlo."[28]  Esta asimetría entre el placer y el dolor no debe ser vista, como una diferencia pu­ramente verbal, sino como una diferencia de enfoques metodológicos, como lo que diferencia a la ingeniería social gradual de la utópica. Esta asimetría guarda estrecha relación con la asimetría que él plantea a nivel metodológico entre la verificabilidad y la falsabilidad.

Se me ocurre que existe cierta analogía entre este punto de vista de la ética y el de la metodología científica que yo propiciaba en mi obra Logik der Forschung. En el campo de la ética se gana en claridad si formulamos nuestras exigencias en forma negativa, es decir, si exigimos la eliminación del sufrimiento más que la promoción de la felicidad. De modo semejante, es útil formular la tarea del método científico como la eliminación de las falsas teorías (de entre las diversas propuestas), más que como la consecución de verdades eternas. [29]


  
Esta asimetría también está presente y constituye la base de un sistema democrático. La democracia constituye el único método disponible, aunque desgraciadamente no infalible, para evitar la dictadura; se trata, en lo fundamental, de un sistema que permite sancionar a los malos gobernantes y desalojarlos pacíficamente del poder. Creer que la democracia constituye el gobierno de la mayoría y que la mayoría no puede equivocarse, constituye una peligrosa superstición que debe ser condenada por razones morales, al igual que la dictadura.[30]
En  última instancia, la adopción de la actitud racional nos compromete moralmente a la defensa de aquellas “instituciones sociales destinadas a proteger la libertad de la crítica, la libertad de pensamiento y, de esta manera, la libertad de los hombres”,  todo ello, por cierto, “no mediante la ‘ciencia’, mediante una autoridad platónica, pseudorracional, sino mediante la razón socrática consciente de sus limitaciones y respetuosa, por lo tanto, de los demás hombres a quienes no aspira a coaccionar, ni aun para procurarles su felicidad.”[31] 
Todo lo anterior pone de manifiesto la opinión de Popper de que el debate a favor de la razón no debe plantearse en un plano abstracto o teórico, sino en un plano ético o humano bien concreto y particular, en el ámbito de situaciones específicas, y desde él, sopesar sus consecuencias.
Después de haber revisado posibles consecuencias prácticas que se derivan de la adopción de la actitud racional en contraste con la actitud irracional, pudiéramos considerar necesario adoptar la primera en lugar de la segunda. Sin embargo,  todo lo anterior no hace racional nuestra decisión a favor de la razón, ningún análisis de las posibles consecuencias podría hacerlo, pues siempre  podemos adoptar otra posición y “somos siempre nosotros los que decidimos”.  Pero ello tampoco implica, como esperamos haber aclarado, que esta decisión sea enteramente irracional o a ciegas. Nuestra decisiones éticas tienen ese elemento final de libertad y no pueden ser por ello determinadas de modo enteramente racional.

Es imposible, a no dudarlo, demostrar la corrección de determinado principio ético o argüir a su favor en la misma forma en que puede razonarse a favor de un enunciado científico. La ética no es una ciencia. Pero aunque no exista ninguna base científica racional de la ética, existe una base ética de la ciencia y del racionalismo. [32]

           En este sentido, el pensamiento ético de Popper se sitúa claramente dentro de la tradición que defiende el dualismo de hechos y normas, de hechos y valores, de hechos y decisiones, de proposiciones y propuestas, considerando que es imposible inferir los segundos a partir de los primeros –lo que se conoce como la falacia naturalista.

La formulación de una decisión, la adopción de una norma o de un modelo, es un hecho. Pero la norma o el modelo adoptado no es un hecho. Que la mayoría de la gente ajusta su conducta a la norma ‘No robarás’ es un hecho sociológico, pero la norma ‘No robarás’ no es un hecho y jamás podrá inferirse de las proposiciones que tienen a hechos por objeto de su descripción. [33] 


 
La naturaleza tiene sus propios patrones

Para él “somos nosotros quienes imponemos patrones a la naturaleza y quienes introducimos, de este modo, la moral en el mundo natural”[34], quienes introducimos la ética en el mundo de los hechos.  Por eso mismo también se opone a todo intento de reducir la ética o una cuestión de gustos o preferencias, de sentimientos o emociones – lo que se conoce con el nombre de emotivismo o expresionismo-, pues todo ello apuntaría hacia una naturalización de la ética. Es bueno lo que nos agrada, malo lo que nos desagrada.   La formulación paradigmática y paradójica de esta posición es la conocida expresión de Hume: “No es contrario a la razón el preferir la destrucción total del mundo a sufrir un arañazo en uno de mis dedos.”
El equívoco surge, para nuestro autor, de que al separar la naturaleza de la convención, asimilamos lo convencional a lo artificial, y lo artificial a lo arbitrario.  Desde luego que muchos de los productos humanos tienen un alto grado de artificialidad y pueden ser considerados, en cierto grado, arbitrarios. Incluso los llamados "lenguajes naturales" tienen un alto grado de artificialidad, pero sería un error considerarlos completamente arbitrarios por eso. Los lenguajes de la ciencia o de la música son altamente artificiales y convencionales, pero de ello no se sigue que sean arbitrarios. En especial, debemos hacer una importante diferenciación entre las decisiones en el plano estético y en el plano ético.

Existe, específicamente, una gran diferencia entre las decisiones éticas y las decisiones en el campo del arte. Muchas decisiones morales involucran la vida o la muerte de otros hombres, en tanto que difícilmente podrían encontrarse, en el campo del arte, decisiones de tal importancia. Resulta en extremo equívoco, decir que un hombre se decide a favor o en contra de la esclavitud, del mismo modo que podría decidirse a favor o en contra de ciertas obras musicales o literarias, o bien, que las decisiones morales son una simple cuestión de gusto. Tampoco son, tan solo, meras decisiones de cómo tornar más hermoso el mundo u otros refinamientos por el estilo; lejos de ello su gravitación es, las más de las veces, decisiva. [35]
  
Con todo lo dicho hasta aquí esperamos que haya quedado suficientemente realzada la dimensión eminentemente moral que reviste la adopción del racionalismo crítico en Popper. Como toda decisión moral fundamental, y esta lo es sin duda, no puede ser determinada lógicamente, pues entonces carecería de ese indispensable elemento de libertad que  requiere toda decisión ética. Pero no por ello se trata de una decisión completamente arbitraria o irracional, de una decisión a ciegas, como él mismo se encarga de demostrarlo.
De este modo ha debido quedar expuesta la fina costura moral con la que está entretejido todo el racionalismo popperiano. Sin dejar de recurrir a argumentos racionales cuando ello es posible, la defensa de la razón emprendida por él está alejada del frío discurso puramente racional y se acerca más al tono de un compromiso moral  o de un acto ético decisivo. Por eso, despojar al racionalismo crítico de su contexto ético original es despojarlo de su rasgo más característico y esencial.

El hombre ha creado nuevos universos: el lenguaje, la música, la poesía la ciencia y, el de mayor importancia aún, la ética, con su exigencia moral de igualdad, libertad y ayuda a los necesita­dos. [36]

En suma, el racionalismo crítico en Popper no puede entenderse meramente como una teoría epistemológica, aunque también lo es; como una mera doctrina filosófica, aunque también lo es; sino como una invitación amigable a probar al menos una disposición a o una actitud de escuchar a los demás en lugar de tratar de imponerles nuestras “verdades” o “creencias”.  Podemos o no aceptar esta invitación y el ser libres de aceptarla o no es sin duda lo más importante en este caso. Así se contrapone a toda forma de adoctrinamiento o de sermoneo moralista. O como dice él: “y puesto que soy un racionalista, no quiero convertir a nadie”[37]
 
Karl Popper
     
                                           

                             



[1] El siguiente artículo es una versión corregida y ampliada de nuestro artículo del mismo título publicado en Lógoi, No. 8, Caracas, UCAB, 2005.
[2] POPPER, Karl: El desarrollo del conocimiento científico. Conjeturas y refutaciones, Paidós, Buenos Aires, 1979, p. 422.
[3] En realidad Popper ya se había ocupado de este problema anteriormente, al señalar que la aceptación provisional de determinados enunciados como elementos de la base empírica de una teoría científica dependía en última instancia de una decisión libre. Con lo cual resolvía el trilema de Fries o, como también se le conoce, el trilema de Münchausen: entre dogmatismo, regreso infinito y psicologismo o detención arbitraria.  Pero es en este capítulo que se reconoce explícitamente la dimensión moral de esta decisión libre como principio de su racionalismo crítico. También nos hemos ocupado del carácter intersubjetivo y al mismo tiempo autónomo de la racionalidad en “Popper y el problema de la autonomía del pensamiento sociológico”,  Lógoi, No. 4.  Caracas, UCAB, 2001, pp. 15-37.
[4] POPPER, Karl: La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona, 1981(1945), p. 397
[5] POPPER, Karl: La sociedad abierta y sus enemigos,  pp.397s.
[6] Ibid., p. 398.
[7] Véase en particular RADNITZKY, Gerard & W. Bartley III (ed.): EvolutionaryEpistemology, Rationality and the Sociology of Knowledge, Open Court, Illinois, 1988. El racionalismo crítico es autoinclusivo en la medida en que sostiene que toda tesis es revisable, incluyendo la del propio racionalismo crítico. Para un excelente análisis de este problema véase: BÜBNER; Rudiger: La filosofía alemana contemporánea, Cátedra, Madrid, 1984, pp. 132-150.
[8] En ARTIGAS, Mariano: Lógica y ética en Karl Popper, Eunsa, Pamplona, 1988, pp. 30s. Este libro constituye un minucioso análisis de cada una de las oraciones que Popper dijo en aquella oportunidad. También existe una versión más breve con el mismo título en formato electrónico.
[9] POPPER, Karl: La sociedad abierta y sus enemigos, p. 399.
[10] POPPER, Karl: El desarrollo del conocimiento científico, p. 410.
[11] Ibid., pp. 410s.
[12] La sociedad abierta y sus enemigos, p. 404.
[13] El desarrollo del conocimiento científico, p. 411.
[14] La sociedad abierta y sus enemigos, p. 393.
[15] Ibid., p. 396.
[16] Ibid., p. 400.
[17] Ibid., p. 402.
[18] Ibid., p. 401.
[19] Ibid., p. 406.
[20] Ibid., p. 402.
[21] Ibid., p. 403.
[22] Idem.
[23] Ibid., p. 628, 4n.
[24] Idem.
[25] KANT, Immanuel, Teoría y Praxis, pdf. p. 23, copyright www.elaleph.com, 1999. Por eso señala también: “El soberano quiere hacer feliz al pueblo según la idea de felicidad que él mismo tiene, y se convierte en déspota”. Para un excelente tratamiento de este tema véase de Lucas, Javier: “Sobre el origen de la justificación paternalista del Poder en la Antigüedad”, Doxa 5, 1988. Véase también POPPER, Karl: “Observaciones referentes a la teoría y praxis de los Estados democráticos”, en La responsabilidad de vivir, Paidós, 1995, pp.183-202. Por eso Popper entiende las formas totalitarias como expresión de una profunda necesidad de tener un Jefe, un Líder, un Führer o un Padre, si se quiere.  De allí su  fácil arraigo.
[26] La sociedad abierta y sus enemigos, pp. 533, 2n.
[27] Ibid., pp. 403s.
[28] Ibid., p.159.
[29] Ibid., p. 534, 2n.
[30] Hemos abordado este tema con más profundidad en “Una aproximación al liberalismo crítico de Karl Popper”, Lógoi, No. 15, Caracas, UCAB, 2010, pp. 76-92.
[31] La sociedad abierta y sus enemigos, p. 404s.
[32] Ibid., p. 404.  (Subrayado nuestro)
[33] Ibid., p. 73.
[34] Ibid., p. 71.
[35] Ibid., p. 74.
[36] Idem. (Subrayado nuestro)
[37] “A propósito del tema de la libertad” en La responsabilidad de vivir, p.140.
Karl Popper, televisión y democracia.
Por David de los Reyes.




Resumen

Nuestro ensayo  versa  sobre el tema de la violencia en la televisión y la reflexión popperiana que desencadena tal  situación dentro  de nuestras sociedades signadas por  el orden democrático.  La violencia, a juicio de Popper, debe ser minimizada en toda democracia pues  ello es el fin de todo Estado que se encuentre insertado dentro de un régimen de derecho. La violencia y sus valores deletéreos deberían declinar a una mínima expresión dentro de una sociedad abierta, que constituida por  un código legal evolutivo permita  perpetuar, junto a cierta tradición,  la vida moral de los individuos. Igualmente contrastamos esta postura con las ideas de John Country presentes en su ensayo La tv., ladrona del tiempo, en el que se nos presenta un balance de ciertos efectos de los contenidos de la televisión y las respuestas  de la audiencia infantil en relación a su proceso de formación educativa, moral  y ciudadana. También damos una reflexión en relación a las teorías del lenguaje de John Austin  y los medios.

Hombre salvaje, Ron Muek, 2005


¿Una ley para la televisión?
Para la mayoría que hemos estudiado al filósofo Karl Popper no es nada extraño de catalogarlo como uno de los más grandes epistemólogos del siglo pasado, pero si bien esto es así, no es menos cierto el hecho de que nunca se puede tomar a su pensamiento como el de un desertor ante los problemas cívicos, políticos y morales: ante ellos su preocupación fue constante.  La especialización puede ser una gran tentación para el científico. Para el filósofo constituye un pecado mortal (Popper, 1995:25).
Su acercamiento, al final de su vida, al problema del poder de la  televisión y su influencia dentro de una sociedad democrática, nos presenta  una última de esas inquietudes cívicas a la que antes aludimos. Es el uso reiterativo de la violencia en ella. La violencia debe ser minimizada en toda democracia porque no es congruente con un Estado democrático, insertado dentro  un estado de derecho, donde las partes zanjan sus problemas por vías de acuerdos y decisiones; la violencia y sus valores deletéreos deberían declinar dentro de una sociedad abierta, que constituida por  un código legal, permite  perpetuar, junto cierta tradición,  la vida moral de los individuos.
¿Pero qué nos dice Popper acerca de la violencia presente en la televisión? Veamos cuál es su diagnóstico y su identificación del problema  y sus peligros,  además de ofrecernos un  conjunto de proposiciones que  recomienda para el establecimiento de  una televisión abierta, ergo democrática,   mas no cerrada, ergo tiránica-totalitaria-tribal. Podemos adelantar que para Popper la televisión, tal como está concebida   en tanto negocio, lleva la violencia al interior del seno familiar.

La televisión para Popper puede tener un doble cariz. Puede ser  un instrumento útil para la formación/información de la audiencia o puede tener un efecto nocivo a los mismos. Vigilante  de la condición liberal en el Estado democrático, nos  declara que, de acuerdo al uso que se pueda ejercer a través de ese poderoso medio,  podría llegar a ponerse en peligro ese mismo Estado de derecho.
La televisión que opera en la democracia  pluralista (más en las llamadas socialistas…), tiene que tener ciertas características preeminentes que la distinga de otros modos de utilizar los medios fuera de ese marco jurídico-político. La democracia, en su acepción popperiana, deberá someter cualquier poder político a un control. Y su situación es la de no permitir que exista ningún poder público sin estar controlado por los demás. Y es por esta tónica que va la atención urgente que quiere que se establezca con ella, pues la televisión ha llegado  a tener un poder inmenso; un poder tal que Popper  llega a compararla con el reemplazo de la misma voz de dios. Ve, entonces, que si no se le  pone ciertos controles para solventar esta situación,  la televisión puede adquirir un poder muy extenso al interior de las democracias.
Es lo que pudo observar para la época  y lo que conoció respecto al tipo de uso que se le daba (y pretenden dar), en regímenes  de corte totalitarios o de una economía de mercado salvaje. Y es  aquí donde se llega a enfatizar de manera rotunda que  si no se le pone fin a ello en el presente, no se podrá hacer nada a futuro. Leamos y pensemos la siguiente alarmante cita del mismo Popper: La televisión no existía bajo el régimen de Hitler, aunque su propaganda fuese organizada sistemáticamente con un poder casi comparable al de la televisión. Un nuevo Hitler poseería con ella un poder sin límites.  Posiblemente podríamos ser algo más optimistas. Sería difícil darse ahora por la condición de la globalización misma. Posiblemente en un mundo donde los medios no estén globalizados y no hubieran alternativas informativas para la sociedad civil podríamos estar de acuerdo; situación de los mundos dictatoriales y totalitarios. Pero nuestro presente venezolano  y occidental nos puede ilustrar al respecto.
Contra lo dicho por Popper nos hemos podido percatar que el seno  de una democracia pluralista al quererse erigir un gobierno con visos totalitarios, con el interés de ejercer el poder de forma absoluta sobre los medios, y donde la división de poderes no existen, los medios se han presentado no sólo como una institución pública democrática sino también como un auténtico fiscal social ante los desmanes  del Estado en  su  pretender conculcar  los derechos legítimos democráticos.




Ron Mueck, A Girl, 2006



Una preocupación compartida: Popper/Coundry
Es así que su creciente preocupación por la violencia radiada por los medios de comunicación le venía de tiempo y sólo decide  hacer su propuesta luego de dos hechos. Uno: la muerte de un niño de dos años que fue raptado por otros dos de diez en el año de 1993 en la ciudad de Liverpool, y la reflexión que le ocasiona el revelador  ensayo sobre medios en Estados Unidos del psicólogo social norteamericano John Country Ladrona del tiempo, sirviente infiel. Investigación que arroja luz sobre el  efecto e influencia de la televisión, el tiempo que su audiencia pasa ante ella, los valores que muestra, su destilar  violencia,  amoralismo y futilidad, además de la deformación del mundo que muestra a los ojos de la población infantil. Para ciertos estudiosos pudiera  ser un informe un tanto puritano, pero su preocupación está en  la formación y educación de las nuevas generaciones  y la presencia  e influencia del medio en relación a los valores cívicos democráticos. Se establece que la mayoría de la información presente en su programación vendrá a estar deformada. Deformada no sólo desde el marco temporal que tiene el espacio para emitir determinado programa sino por el uso y tratamiento de la imagen, de los valores y presentación de los temas, de códigos y lenguaje, de la secuencia y reiteración icónica y tempo de acción que envuelve al mismo evento televisivo.
La conclusión de Popper-Coundry respecto a la baja calidad e influencia del medio, y su   constante degradación a todos los niveles se debe a la alta competencia por captar la audiencia que existe debido al gran número de canales.
Todo programa está sometido al número de audiencia que pueda absorber y captar: ese será la pauta para su permanencia o desecho. Y ahí es donde entran diversas instancias mercantiles, mas no educativas, que hacen que la creación de los programas tengan determinada carga de distintos elementos (violencia, sexo, irrealidad, etc.) y en donde uno de los más usuales es el de la violencia en todas sus posibles modalidades, desde su infiltración en los diálogos  por parte de los personajes hasta las acciones físicas y gestuales acordes a un tipo de agresión determinada. El efecto “audiencia” por la competencia del raiting hace que la televisión se aparte cada vez más de sus posibles actos educativos y se aboquen al tratamiento sólo para diversión que vendría a captar su producción por parte de los patrocinantes, dejando ver sólo su faz comercial en tanto instrumento público de comunicación.
Habría que señalar que Popper  centra su reflexión refiriéndola a la programación  y contenidos usuales y cotidianos de ese medio. No se refiere mayor cosa a los usos políticos informativos directamente, aunque quizás sí, de forma sesgada, pues  de acuerdo a la ética que absorben los niños, no sólo en  el seno familiar sino también a una alta dosis de presencia cotidiana ante la pantalla, también se tendrán mejores ciudadanos a futuro. Para este filósofo  hay una relación directa en lo que respecta a sociedades que tienen un alto grado de educación de sus miembros respecto a aquellas otras en que los niveles de formación no son suficientes; la educación tiene como fin que las relaciones entre sus integrantes se viva una situación cívica,  donde la violencia se haya sido reducida a su mínima expresión gracias al comportamiento, la cultura, la formación y educación y no a la intervención de las fuerzas represivas  del Estado. Es la postura del individuo de masas democrático ante el colectivismo tribal totalitario-tiránico.



Ron Muek, 2006

Evolución de la televisión
En su artículo nos describe toda la parábola involutiva por la que va pasando  el tratamiento de los programas  desde los orígenes de la televisión pública (caso Inglaterra) y el uso masificado de la violencia, del sexo y de lo sensacional como ingredientes constitutivos de sus contenidos.
En esos orígenes,  afirma, era relativamente buena. sólo con su evolución el tiempo, junto al desarrollo de las técnicas psicológicas para el estudio de los gustos de la audiencia a fines de los ’50 del siglo pasado (que comenzaron a utilizar las agencias de  publicidad), fue cuando comenzó, para Popper, la curva decreciente respecto a la calidad de la programación. En un principio había programas buenos y honestos y la audiencia era casi nula, y la producción era bastante selectiva. Ahora la mayoría de los contenidos de todo canal generalista  o privado (de cable), pueden ser cuestionados y la capacidad selectiva del televidente ha sido condicionada y ello varía, como se dijo, del grado de formación cultural y educativo individual, (Coundry).
¿Cuáles programas se deberían presentar según la opinión de los dueños de medios? Nosotros debemos ofrecer  a la gente  lo que ellos esperan,  puede ser la respuesta obvia de todo dueño de medios. ¿Es así? Y ¿Cómo saben lo que quiere el público? Ello se basa en las encuestas. Cosa que cuestiona Popper; las estadísticas  no  son fiables para tener un saber ajustado acerca de esa situación. Con ellas sólo se obtiene la preferencia de los telespectadores  ante la programación usual que se les ofrece. Esas cifras son incapaces de dar a conocer qué es lo podemos y debemos proponer. Sólo se obtiene información acerca de la programación ya conocida pero no la reacción de un posible a conocer. Este tipo de encuestas mantiene la convicción de que son de corte democráticas por ellas tener una cierta opinión  porcentual de lo que es más popular en distintos estratos sociales. Pero popular para este filósofo no quiere decir mejor. Nada en la democracia justifica  la tesis de ese director de canal el hecho de presentar programas  más y más mediocres corresponda a principios democráticos porque es lo que la gente espera. ¡Con esta tesis podemos irnos al infierno! (Popper, 1997:186). En esto pudiéramos  hallarnos ante una televisora cerrada, es decir, totalitaria, al interior de las democracias,  por su imposición y uso de la emocionalidad y lo tribal como elemento determinante de  la constitución de su programación sin tener idea de lo dicho por Nicholas Johnson: La televisión siempre es educativa, pero todavía falta saber lo que ella enseña (idem:197).


ron mueck

Ron Muek, 2006

Del acto audiovisual
Si aceptamos que la televisión  trasmite  eventos mediáticos por medio de un lenguaje audiovisual con  su propia gramática, podríamos aseverar cierto argumento que nos parece interesante dejar entrever aquí acudiendo a la teoría del pragmatismo lingüístico propuesta por John L. Austin  acerca del lenguaje natural[1].
Bien se sabe que Austin propone que el lenguaje no es descripción de mundo sino  que, ante todo, gracias al lenguaje realizamos acciones con él sobre el mundo; en fin, el lenguaje, en tanto habla, es un acto y  todo hecho comunicacional por medio del lenguaje no es más que un acto de habla; y como acto al fin, venimos a actuar o interactuar ante lo que llamamos realidad o lo que representa ello para cada uno de nosotros. Si aceptamos esta segunda premisa nos encontramos que Popper, al desplegar su crítica contra la televisión como un aparato que atenta contra la democracia, vendría a facilitar su comprensión.
La televisión, como aparato cultural, (Bisbal), podríamos afirmar por lo anterior,  ni describe ni nos amplía la experiencia del mundo. Su lenguaje audiovisual más que sólo una transmisión lingüística de imagen y sonidos nos proporciona, visto así, un acto audiovisual. ¿Qué queremos decir aquí por acto audiovisual?  Con ello nos referiremos que la televisión más que sólo mostrarnos al mundo o describirnos al mundo objetivamente o de una manera imparcial nos  lleva a presentar ciertos actos icónicos que vendrán dados no ya sólo sobre el condicionamiento único del habla en la concepción mediática del lenguaje sino del mirar o percibir e interactuar (que es un acto también) sobre y con el mundo por los contenidos vistos y presentados por dicho sistema de reproducción audiovisual. Es decir, nos muestra formas de  comportarnos (que no son ni verdaderos ni falsos), ante el mundo más que comprender a este.
De ahí que podamos entender la preocupación ética a la que alude Popper en su último artículo en vida  La televisión: un peligro para la democracia (UCV, 1997).  En este  ejercicio interpretativo del desarrollo de la televisión dentro de las sociedades democráticas del mundo occidental  podemos encontrar una denuncia donde Popper no puede separar el ejercicio democrático de los medios de comunicación del orden político en que está anclada.
Bien sabemos que todo sistema político fabrica los medios acordes al tipo de sociedad política establecida. Y  la democracia, a los ojos de este autor  es, entre otras cosas, un sistema que nos protege de la tiranía de las dictaduras y ese debe ser uno de los fines imperantes en su establecimiento. Y es así que tampoco en la democracia no hay ningún impedimento para que personas más instruidas puedan enseñar a  menos instruidas, pues uno de los objetivos de ella es elevar los niveles  de educación de sus miembros. Basándose en esta observación revela que ningún medio tiene  el derecho a desmejorar sino de mejorar y dar, de esta forma, mejores posibilidades y opciones  a todos. Pero suele suceder todo lo contrario. Los programas resultan malos y plagados del más burdo uso de la violencia, del sexo  y del sensacionalismo. Es lo que productores llaman agregar  picante que a la final la audiencia está ¿incitada? a pedirlo. Con este picante el director de canal piensa que ha resuelto el problema de captación y aceptación. Es lo que se produce años tras años desde que la televisión apareció: se agrega siempre más picante  sobre los platos de baja calidad, a fin de hacer pasar  su gusto detestable e insípido (idem:186).


ron mueck
Ron Muek, 2006



La televisión, ¿nos orienta en el mundo?
Por otra parte encuentra que la televisión ha venido a establecer con el público de menor edad la posición de darles  una orientación  en el mundo. Se ha restado a nuestra capacidad de pensar qué o cuál vendría a  ser esa instancia orientadora personal y ello se ha suplido por el  mensaje artificial que genera la televisión ¿En qué consiste  orientarse ante el mundo? No es otra cosa que encontrar nuestro camino, es decir,  hallar el lugar que podemos ocupar dentro del espacio de convivencia social. Entiende  la situación que se crea entre el niño y la televisión en tanto un problema de evolución: es la imperiosa dificultad que tiene todo niño de adaptarse al ambiente en el cual crece. Los niños, teniendo un ambiente más o menos normal, tienen todas las condiciones innatas para poder salir al encuentro con el mundo y adaptarse a distintos lugares y situaciones. Para ello depende el llevar su evolución mental,   aunada estrechamente con un  medio social y unas tradiciones, unos valores y una inteligencia colectiva, haciéndolos favorables, en la medida que pueda,  para su desarrollo. Aprender o educarse significa para Popper  saber actuar sobre el ambiente  en razón de prepararlo y prepararse, para las futuras tareas: convertirse en ciudadanos,  desempeñar un trabajo, ganar dinero, tener miembros nuevos en la familia, etc.  Y es por eso que cuando se forma a la generación que nos precede se debe tener en cuenta darles el mejor ambiente posible. ¿Eso se logra con la ración diaria de cuatro a cinco horas diarias de televisión (ahora debería agregarse internet), junto a videojuegos, videos, en los días de semana y de hasta ocho o más los fines de semanas que ven los niños en cualquier metrópolis del presente? Si bien la televisión forma ya parte de la vida de los niños, somos, entonces, responsables de los efectos culturales y formativos (o de-formativos),  pues ella es obra de los hombres.
Si bien la violencia siempre pudo (y puede) residir en hogares por la conducta que tienen ciertos padres respecto a los miembros, ahora se ha desplazado la violencia a concentrarse en casa, sobre  la pantalla de televisión. Y esa violencia es contemplada a toda hora y día a día por los niños[2]. La conclusión a la que se llega es que no es el mundo de afuera sino la televisión que habita adentro de nuestro hogar la que introduce la violencia en él.


Ron Muek, 2006


Qué hacer
Ante esta situación, tantas veces comentada y  reiterada la sociedad civil ha quedado impotente, ¿se puede hacer algo? Según Coundry no, su pesimismo lo llega a declarar que es imposible hacer algo ante esta ladrona del  tiempo;  lo único que podemos es crear, por medio de cambios en el sistema educativo y en el entorno familiar, un televidente crítico.  Un ciudadano más consciente de cómo se estructura, se realiza y se monta cualquier evento mediático;  conocer su gramática, su sintaxis y los distintos engranajes que tienen que moverse para que  llegue a ser aceptado dicho evento como algo que pueda ser seductor para ese televidente y que así, en cualquier país de corte democrático, no se retenga por el uso de la censura; y si ello ocurre siempre  vendría  a decirse que hay censura previa en la construcción de todo programa y ello atenta con la libertad de expresión.
Si Country es pesimista,  Popper es optimista;  se mantendrá dentro de cierta postura realista por la que siempre ha sentido simpatía. Su propuesta fue la de crear una especie de juramento hipocrático, que al igual que el gremio médico tiene que observar como código deontológico preestablecido, el cual  viene a darles unos límites a los que se tienen que atener a todos los que ejerzan la profesión en el momento en que se tienen que enfrentar con el dolor y la cura, la vida o la muerte de algún paciente. Ello es necesariamente una forma de control. Es ese tipo de instrumento gremial al que aspira poner en práctica Popper en relación a todo el personal que opera para la televisión; un organismo que sería cónsono a unas libertades democráticas y civiles.  Este organismo debería proveer al profesional de una patente o licencia que si incurre en una violación a dicho código perdería, acorde a la sanción, hasta la posibilidad de ejercer su profesión. Bajo la mirada de una institución dirigida por el gremio se mantendría la autonomía respecto a cualquier intervencionismo o censura impuesta por el Estado. Este control por parte del gremio y por los mismos trabajadores de la televisión  debería ser más eficiente que cualquier censura o código a cumplir impuesto por cualquier institución estatal.  Tal licencia, en el proyecto popperiano, no sería obtenida de manera inmediata sino previa formación y de un examen.
La finalidad de todo esto es que se llegue a comprender, por parte de aquellos que operan en la televisión,  que forman parte de un proceso educativo de gran magnitud gracias al lugar público en que se encuentran y por operar dentro de ese aparato cultural que es la televisión. Todos los que integran, el personal con el que opera en todos los distintos niveles de las emisoras tendrían conciencia del rol de educadores que constituyen de por sí. Eso sería una postura que podía resultar para todos sus participantes novedosa,  posiblemente una opción que nunca habían considerado de su trabajo en los medios.  Con ello comprenderían que un nivel alto de educación se necesita en toda sociedad civilizada y con aspiraciones a perfeccionar la  condición democrática de sus  integrantes; que los ciudadanos que se comportan de manera cívica no son el resultado de un producto del azar, sino de un proceso formativo, educativo, de transmisión de valores y formas de mirar, ordenar e interpretar el mundo circundante, y en este caso, ayudada esa formación gracias a la acción audiovisual.
Es aquí en donde Popper hace un punto de unión entre educación y civilización. Si queremos transitar hacia una sociedad más civilizada se debe impartir una educación de calidad, no cualquiera. Y es por lo que la formación de estos trabajadores de la televisión y de los medios debería girar en torno al rol fundamental de la educación como palanca; ello es abogar por el establecimiento de una sociedad para y por la reducción mínima de la violencia dentro de sus linderos.
A este personal se le mostraría cómo los niños están influenciados por las imágenes por el tiempo que pasan ante la televisión  y que a la vez intentan adaptarse a un ambiente marcado por el medio audiovisual en su mayor parte. Mostrarles que los niños, como muchos adultos, no hacen distinción entre ficción y realidad. Y uno de los aspectos de cualquier film de ficción es ese, hacer creer y construir el sentimiento paralelo a una credulidad ficcional conciente; que  se llegue a entretener al televidente en situaciones que no le cause fricciones ante el hechizo mediático;  que pueda sentir que  está como viviendo no una ficción sino –casi- la misma realidad.
Tal distinción entre la ficción y la realidad, junto a los mecanismos que le puedan facilitar la distinción mental para todos, debería facilitarse en los cursos a impartir dados para la formación de ese personal, pues sus efectos están en el subconsciente  de los niños como en los adultos. Impartir la idea del riesgo que hay si una mayoría de la población pierde el sentido y la capacidad de hacer esa distinción entre ficción y realidad. Claro está que la influencia y los efectos que ejercen en los usuarios de este medio dependerán, como se ha dicho ya antes, del grado de inteligencia y formación, educación y cultura que tenga cada quien. Es por ello que no se puede hablar de una dosis general pero sí crear programas generales que cualquier público pudiera elegir, acordes a los gustos segmentados de la audiencia,  propia de una sociedad de individuos de masa.
Para Popper esa distinción es algo de suma importancia y del que tienen que estar claros todos aquellos que operen y trabajen en los medios audiovisuales.
Todos los operarios y productores que realizan los programas deben pasar por ese examen antes de obtener una licencia; y su deber está en mostrar la comprensión de esa situación fantástica que opera  en toda relación entre individuos y realidad/ficción televisiva, junto a las dosis de violencias icónica excesivas.  Esta licencia la deberían poseer desde los productores hasta los  técnicos, como son camarógrafos, luminotécnicos, etc.;  pues cada uno de ellos tiene una parte de responsabilidad en el momento que un programa sea lanzado al aire.
Es por lo que piensa que sin un determinado control a una televisión plagada de mala información  y publicidad, de violencia en grado sumo, de una degradación en los usos de los términos y de los diálogos por los actores y agentes, de una moralidad cuestionada, junto a  técnicos y productores que operan en ella, la democracia no podrá subsistir por mucho tiempo a no ser que ese tipo de medio sea puesto a raya por aquella institución gremial y la sociedad de consumidores de programación televisiva.
Hoy bien nos hemos dado cuenta que ya no hay nadie, políticamente hablando, y respecto a aquellos que son enemigos de la democracia, de no conocer y usar este aparato singular para el beneficio particular  en la técnica de la manipulación y de la orientación de los actos en el mundo de los individuos por parte de estos entes, y es de esta manera que se puede lograr una mejora de la televisión, dando rápidamente un cambio en la mentalidad, en la convivencia y en los trazos cívicos de los individuos. Tal proposición, si bien pareciera utópica, es casi parecida a la que un par de años más ya había propuesto el filósofo venezolano Ernesto Mayz Vallenilla (1998) y su propuesta de un Poder Comunicacional integrado a los otros poderes que conforman el Estado. Pero sólo parecida. Esta tenía más visos de una televisión para una sociedad cerrada que abierta.
La diferencia entre ambos está en que la concepción popperiana se ciñe a respetar las coordenadas de su concepción pluralista del estado democrático liberal, dándole al gremio mismo los instrumentos  necesarios para mantener a los medios como verdaderos entes de servicio público, cultural y cívico para la mayoría. En el caso de Mayz Vallenila nos topamos con un conservadurismo camuflado al establecer un poder sembrado  y ejercido por el propio Estado. Ello puede ser un peligro para la democracia también; hemos visto en estos últimos tiempos, que por medio de la arbitraria elección a dedo por los representantes de ese mismo Estado, se puede llegar a tener más intereses doctrinarios particulares que plurales en los medios oficiales, haciéndose así muy disímiles y distantes a los que pauta la conformación de la información en una sociedad democrática moderna.


Hyperrealist Sculptures (18) 17
Ron Muek, 2006


Conclusiones.
Popper  fue un pacifista a lo largo de toda su vida y siempre odió la violencia en cualquier forma de expresión, sea física o psíquica. Su eliminación debía ser, a sus ojos, el programa  que vendría a constituir la razón de cualquier sociedad liberal. La democracia, si se ha dicho que es el sistema político menos malo, se debe  a que comprende dentro ella la neutralización de la violencia y los desórdenes por vías legales y planes sociales más que por el uso de la fuerza y la represión. La distinción popperiana  entre sociedades abiertas o cerradas lo lleva a decir que la democracia abierta   vendría a ser aquella que puede liberar sus escollos sin derramamiento de sangre. Y es así  que para ello implica el reforzamiento de  las instituciones con la mira  de evitar la tiranía  en cualquiera de sus expresiones. Tratar de modificar por medio de políticas y reformas públicas los problemas sociales es preferible  a someterse a cualquier tiranía por buena  que prometa ser. Es así que podemos afirmar que la preocupación de Popper respecto a la presencia de la violencia en la televisión se enmarca con su propuesta política de  sociedad abierta. Sabemos que la intencionalidad que cierne la política de este pensador no se centra en la realización de grandes ideales o fines abstractos pues ello equivaldría a comerciar con una concepción exclusivista de  la acción política. Reiteradas veces  afirmó que  debe concentrarse la atención en eliminar los problemas del sufrimiento y violencia social.
El que haya propuesto una especie de juramento hipocrático a todos aquellos profesionales que intervienen en la elaboración y proyección de programas por medios audiovisuales masivos está, igualmente, acorde  con su postura liberal, su racionalismo político y hasta con visos un tanto de socialdemócrata; ello privilegia más los métodos en relación a los fines.
Reducir la violencia mediática vendría a ser un objeto parcial o intermedio de llevar a  establecer una sociedad que, por abierta y sostenida sobre un fondo legal democrático, vendría a tratar de reducir  esta epidemia social a su mínima expresión, pues en su ceno está eliminar toda violencia por medio de los recursos e instrumentos sociales que tiene en su haber.
Sin embargo nos deja claro que respecto a la violencia –más no a la verdadera libertad de expresión, es decir, de opinión pública- la televisión debe ser sometida a un control,  si queremos que la democracia como tal subsista como sistema político, sus palabras son aún más certeras: la democracia  no puede  subsistir  por mucho tiempo  en tanto que el poder de la televisión no sea completamente puesto a raya, (Popper, 1997:190). La democracia, para Popper, es un sistema que no busca someter o resolver la vida de las personas imponiéndoles un sentido único de lo que debe ser la felicidad social. La democracia debe aspirar, en un sentido real,  elevar el nivel educativo, recreativo e informacional de cada uno de sus miembros y es por ello que se debería eliminar o llevar a un mínimo la degradación que encontramos en el flujo icónico de los programas de televisión;   nos señala su honda preocupación respecto a la posible influencia que pueda tener la educación formal que se imparte a los niños y jóvenes  en relación con el tiempo empleado por ellos en absorber programas mediáticos durante el periodo de formación de sus vidas.
En su libro  Conjeturas y Refutaciones nos da su modelo a seguir en relación a la acción política dentro de una sociedad abierta: Es conveniente trabajar  en la eliminación de  vicios concretos y no en construir un bien abstracto;  no se debe tratar de instaurar la felicidad por medios políticos, sino por el contrario, suprimir los vicios reales.  Entre los vicios reales dentro de  nuestra sociedad está el culto y el uso de la violencia y la presencia de ella en nuestras vidas de manera constante gracias a la televisión en el interior de  la sociedad: en los hogares en principio. Y es por ello que  es un mal que nos afecta gravemente y exige en esforzarse y ser paciente, en buscar los métodos o las posibilidades de eliminarla. Para comenzar se debería evaluar los  programas a ser emitidos y ver si corresponden con un estándar aceptable de número de emisiones violentas y  llevado a cabo por esa especie de colegio de productores de televisión que debería estar encargado para ello. Este modelo estará acorde con lo que él ha nombrado por ingeniería social, que es aplicar la técnica del paso a paso para la creación de políticas públicas acordes con el sentido democrático de una nación. Esto no escaparía a la creación, por ejemplo,  de los juegos de videos.
En fin, Popper deja la palabra final a los dueños y productores de televisión, son ellos los que a su mirar pueden estar atentando más contra la democracia que la misma violencia cotidiana y real que sufrimos todos dentro de las sociedades modernas. Reducir la dosis de violencia mediática sería ya un beneficio social. Pero ¿cómo ponerle el cascabel al gato?



Bibliografía


Mayz _Vallenilla, E. (1998): Invitación al pensar del siglo XXI. Monte Avila, Caracas.  

Popper, K. (1986): Conjetures et refutations. Payot, Paris.
---  ---  (1995): Escritos selectos. Compilador David Millar. F.C.E., México.
--- --- (1997): La Televisión: un peligro para la democracia. En el libro: AAVV:  Comunicación, múltiples escenarios, diversas confrontaciones. UCV-FHE. Caracas. Trad. David De los Reyes.


[1] El texto de John L. Austin titulado  Delimitación de un performativo nos aclara cuál es la posición a la que queremos recurrir aquí: “Todos nuestros ejemplos tendrán, como se verá, verbos en la primera persona del singular del presente de indicativo en voz activa. Se pueden hallar expresiones que satisfacen estos requisitos y que, sin embargo:
A) no «describen» o «registran» nada y no son «verdaderas o falsas»; y
B) el acto de expresar la oración es realizar una acción, o parte de ella, acción que a su vez no sería normalmente descrita como consistente en decir algo.
Esto dista de ser tan paradójico como puede parecer, o como, no sin mala intención, he tratado de presentarlo. En realidad los siguientes ejemplos pueden parecer decepcionantes.

E.a) «Sí, juro (desempeñar el cargo con lealtad, honradez, etc.)», expresado en el curso de la ceremonia de asunción de un cargo.
E.b) «Bautizo este barco Queen Elizabeth», expresado al romper la botella de champaña contra la proa.
E.c) «Lego mi reloj a mi hermano», como cláusula de un testamento.
E.d) «Te apuesto cien pesos a que mañana va a llover»”.

En estos ejemplos parece claro que expresar la oración (por supuesto en las circunstancias apropiadas) no es describir ni hacer aquello que se diría que hago al expresarme así, o enunciar que lo estoy haciendo: es hacerlo. Ninguna de las expresiones mencionadas es verdadera o falsa; afirmo esto como obvio y no lo discutiré, pues es tan poco discutible como sostener que «¡maldición!» no es una expresión verdadera o falsa. Puede ocurrir que la expresión lingüística «sirva para informar a otro», pero esto es cosa distinta. Bautizar el barco es decir (en las circunstancias apropiadas) la palabra «Bautizo...» Cuando, con la mano sobre los Evangelios y en presencia del funcionario apropiado, digo «¡Sí, juro!», no estoy informando acerca de un juramento; lo estoy prestando. Ver: Cómo hacer cosas con palabras, Paidós, Madrid 1990, 3ª ed., p. 45-47.

[2] Hoy abría que agregar a los juegos de computación (y otros) en sus sucesivas generaciones de perfeccionar el realismo del juego en  pantalla. Pues se ha ampliado  aún más los medios o los aparatos en que el niño ahora concentra su mirada; tiene toda una constelación electrónicas de aparatos y sus efectos a su alcance. Un juego de éstos tiene una buena dosis de violencia en la mayoría de los casos, haciéndolos más realistas  en cómo se expresan las acciones violentas entre los personajes y los obstáculos que tiene que descifrar o enfrentar todo jugador. La televisión es  un aparato cultural donde el uso de la violencia forma parte de recetario del formato para realizar películas exitosas; los juegos también copian las tramas del cine, se agrega la violencia como un elemento para captar el interés del apático niño que ya no quiere desplazar su mirada de la pantalla hacia el mundo sino que la pantalla –y todo lo que pase o suceda en ella- es el mundo.