miércoles, 1 de julio de 2015

¡Échale bola Cabrujas!
Villano de la Caracas del “mientras tanto”

Claudia Furiati Páez







“…provengo de  un pueblo demolicionista
que hizo del escombro un emblema”.
José Ignacio Cabrujas, La ciudad escondida



El origen de la expresión que da título a estas reflexiones acerca del ideario urbano que José Ignacio Cabrujas desarrolló sobre Caracas, ciudad natal, excusa su uso a pesar de lo inapropiado que pueda lucir. “Échale bola” fue la frase popularizada para inaugurar cualquier acto de demolición de algún edificio o construcción que “estorbara” a los ideales modernizadores del país en el estreno de régimen perezjimenista, época en la que Caracas acentuó su desbarrancadero hacia la metrópoli. De igual manera, nos sirve de coartada para evocar el espíritu crítico que siempre acompañó al dramaturgo a la hora de consultarle sus opiniones acerca del teatro, la telenovela, la cultura, la política, el país; nada de conceptos decimonónicos, nada de catálogos ni preceptos. La vivencia dialéctica y contradictoria fue siempre su mejor fuente filosófica para deconstruir, “demoler” íconos, paradigmas incluso alimentados por su propio discurso y actuación. Caracas no fue la excepción.

Contribuir a descifrar el mapa que Cabrujas trazó en torno a la idiosincrasia del caraqueño,  implica identificar en este territorio aspectos de su pensamiento y obra tales como el enmascaramiento (esconder nuestra esencia frente al otro), el no lugar (somos una equivocación histórica),  la dicotomía centro-periferia (El Este Vs. Catia), el antihéroe como protagonista (el villano exculpado), los cuales sen revisados en las líneas que siguen. [1]  

La ciudad Ave Fénix
Con relación a su mirada sobre el terruño urbano en los distintos documentos, artículos y opiniones consultados durante nuestra investigación, se adivina un cierto goce de Cabrujas por lo que describe como exploraciones de “arqueólogo del derrumbe”. A decir del sociólogo Tulio Hernández quien tuvo a bien escoger su texto La ciudad escondida, para encabezar una compilación de veinte escritores e investigadores que narran el devenir de Caracas [2], tal complacencia ante el desmorone perenne de nuestra ciudadanía, marca una diferencia respecto al alto pesimismo demostrado en torno a ser nación, destino al que al parecer no estamos predestinados desde la perspectiva cabrujiana. Para muestra basta apreciar la guasa con la que describe el derribamiento de monumentos arquitectónicos de la otrora Sultana de El Ávila.

“Me recuerdo a mi mismo presenciando la demolición del Majestic, el hotel de viejas memorias, donde se alojó Gardel o donde Titta Rufo vocalizó alguna bravura, antes de un discutido Rigoletto, por hablar de dos portentos. Recuerdo el sonido de aquella bola, quebrando las paredes ante el maravillado júbilo de centenares de caraqueños que voceaban y ponderaban el movimiento pendular de la pesada mole.

En un cierto momento, la esfera metálica alcanzó una columna y un piso entero se resquebrajó, levantando nubes de polvo. El aplauso fue unánime y emocionado. Era como si nos encontráramos a nosotros mismos en un gesto colectivo que iniciaba una esperanza, y mentiría si digo que alguien expresó una nostalgia…” [3]

Para José Carvajal, periodista que ha desarrollado una desenfadada crónica urbana actual, lo que el dramaturgo hizo con este tipo de planteamientos “es una gran descripción de esa suerte de sino que nos caracteriza, sin juzgar más allá, siendo capaz de disfrutar esa efervescencia del espacio público como el sitio de intercambio comercial, de historias y gente colisionando unas y otras”. [4] Por ello propone una relectura de textos como La ciudad escondida, el cual a su juicio ha sido asumido de forma “encriptada” por un sector intelectual y académico del país, refiriéndose a Caracas sólo desde sus espacios físicos, cuando la polis va mucho más allá.

Expone Carvajal, también oriundo de Catia, que muchas de esas cosas provisionales ya no son tales, por el contrario se han hecho permanentes. “La informalidad, por ejemplo, la cual es un fenómeno en sí misma,  pareciera ser ‘un mientras tanto’, pero en realidad cada vez está más solidificada dentro de los espacios de la ciudad. Y eso forma parte del referente urbano de mucha gente”. Como ejemplo describe a la Calle Colombia de Catia, a la cual vio desde que era pequeño preñada de vendedores informales, por lo que es una vía para transeúntes y no para conductores de vehículos.

De manera que el gran y ruidoso espectáculo de calle que resultó para Cabrujas la caída del coloso Hotel Majestic, sin remordimiento en aquel colectivo espectador del que formó parte, es posteriormente “exorcizado” en El día que me quieras rememorando a la edificación. Se trata de la escena donde el personaje “Plácido” describe la entrada del Morocho Gardel a su hall, revolucionando al recinto y a la aún provinciana sociedad caraqueña de 1935.

Y así como el Rey del tango personificó el anhelo de ser cosmopolita para los venezolanos de entonces, el sacrificio de la memoria urbana en pos de la arcadia moderna fue el ideal de la emergente generación de 1958, a la que perteneció Cabrujas. Esta sería una de sus tantas confesiones a la periodista Milagros Socorro al describir lo que significó entrar a la modernidad para los habitantes de Catia, parroquia en la que transcurrió su infancia y juventud: “La gente estaba muy contenta porque Catia prosperaba. Esos años de Pérez Jiménez fueron los de la verdadera fundación de ese lugar, lo que lo convierte en ese centro abigarrado y esa inmensa cantidad de habitantes que hoy en día es Catia. Cerca de la Plaza Pérez Bonalde se inauguró el Mercado de Catia, que ya era una clara señal de progreso. Progreso en la época de Pérez Jiménez era edificar, ese era el concepto: progresamos porque edificamos. Y todos estábamos muy contentos de que así fuera. Quienes nos oponíamos a Pérez Jiménez -por una cuestión visceral, porque éramos comunistas, porque nos perseguían- de alguna manera participábamos de ese mundo, ése era el mundo real; lo que no nos gustaba era él, el régimen de dictadura, la falta de libertad, pero la época nos gustaba, la vivíamos intensamente, sentíamos que progresábamos, que no era mérito de Pérez Jiménez sino de las inmensas riquezas del país”. [5]

En ese sentido, esta gran descripción de la escena de fines de los cincuenta, alimenta el argumento desarrollado por la filósofa venezolana Colette Carriles en torno a Caracas vista como un laboratorio teatral en el que se han querido desplegar las ideologías modernas. [6] “Por ello mismo, Caracas es la ciudad que nunca ha sido terminada de construir, siempre disponible para los experimentos urbanos, más excesivos mientras carece del alfabeto elemental que podría convertirla en ciudad, que es un sistema representable, comunicable, de flujos (de tránsitos de agua, de señales, de costumbres)”. Y como muestra Capriles recurre a “la metamorfosis guzmancista” también evocada por Cabrujas en El Americano Ilustrado, “el modernismo perezjimenista” y “el proyecto urbano adeco de la Gran Venezuela” pretensiones de Nación que  bien supo recrear en Una noche oriental.

La urbe enmascarada
De tal manera que para el dramaturgo la nostalgia urbana no la transmiten las edificaciones símbolo del poder, bien sea colonial o republicano; ni la Catedral, ni el Capitolio, ni el Panteón Nacional, ni el Teatro Municipal, ni Miraflores tienen el señorío arquitectónico de sus pares en ciudades como Lima, Bogotá o México que fueron en la colonia Virreinatos y que guardaron esa majestad en su devenir. Las construcciones de aquí son expresión en tres dimensiones de lo que Francisco Herrera Luque llamó “el país campamento”, tesis que Cabrujas suscribió y desarrolló hasta alcanzar el concepto del “Estado del disimulo”.

 “Cuando uno entra en la Catedral de Caracas, termina por entender donde vive. La Catedral de Caracas es un parecido, un lugar grande, relativamente grande, todo lo grande que podía ser en Venezuela un lugar religioso, pero al mismo tiempo se trata de una edificación provisional que forma parte de del ‘mas o menos nacional’…Venezuela se convirtió en un paso donde quedarse significaba ser menos”. [7]

Por el contrario, la urbe añorada por Cabrujas es la que estremeció los cimientos de su infancia, la que se erigió dentro de su mundo afectivo y que él emblematizó en el recuerdo de la casa donde nació ubicada en la otrora esquinas de Poleo a Buena Vista 11-B, la cual quedó enterrada bajo un montículo de tierra fabricado por los ingenieros perezjimenistas en favor del progreso. “Debajo de ella está mi vida…” revelará el escritor para quien este ocultamiento forma parte del gran enigma que es Caracas, cuyos habitantes y visitantes están condenados a nunca poder desenmascararla.

“¿Qué extraordinaria aventura puede ser, y lo comento, con cincuenta años de amor y pertenencia, vivir en una ciudad sin fachadas representativas?... la ciudad que aún no hemos terminado de construir y mucho menos de disfrutar, se encierra en sí misma y renuncia a la fachada. Es una ciudad privada. Las casas se enorgullecen por dentro e ignoran al paseante”. [8]

De igual parecer es el periodista José Carvajal para quien Caracas es una urbe que niega posibilidades al transeúnte. “La administración de la ciudad es la que ha dado la espalda al peatón, desde la época modernizadora cuando se construyen las grandes autopistas, proceso que privilegió la consolidación de las conexiones urbanas para los vehículos y no para sus ciudadanos. Ello derivó en que muchas zonas caraqueñas perdieran vitalidad. La Francisco Fajardo partió en dos ejes Norte – Sur a la metrópoli y la incomunicó. Aunque hoy día se encuentran ejes Norte – Sur como en la Av. Baralt, donde confluyen y se comunican una cantidad importante de parroquias y sus moradores”. [9]

Justamente es la visión del peatón, de la que se vale el escritor de teatro para redescubrir el rostro de la cotidianidad caraqueña y así reivindicarla ante la manida historia oficial. Para ello apela a la sensorialidad: “Un día, en mi infancia, extravié el dinero del pasaje y tuve que caminar desde el centro hasta el Oeste, en una pericia de seis horas. Recorrí la patria, que como todo el mundo sabe queda a media cuadra de la Plaza Bolívar, atravesé las bisuterías del viejo Cine Rialto donde solía comprar caramelos, presencié el enigma del fakir Urbano…, y la ciudad me desembocó como una piedra errática en el arcano sector Federal, donde podían contemplarse ángeles de prominentes pezones y banderas de bronce conmemorativo, amén de un pajarraco marmóreo que, según mi padre, representaba el futuro y tal vez la nacionalidad (…)

Quiero decir que esta marcha hacia el Hades, se parece en mi caso de caraqueño a la ruta de Orfeo, salvo la intención de Eurídice. Puedo evocarla por sonidos, por los ladridos, por las voces, por los latidos del corazón, por mi intimidad amenazada en esa aventura, pero jamás por la arquitectura que recorrí. Se trataba de un simple rumbo al Oeste, con la única intención de llegar al Oeste, y alojarme en la calle Argentina, entre 5ª y 6ª Avenidas, Quinta San Francisco, es decir hogar.” [10]

El actor Alejo Felipe, quien además de haber sido dirigido por Cabrujas en El Americano Ilustrado y algunas telenovelas, vivió en la misma calle Argentina del escritor , coincide en hacer ese viaje a la ciudad real a través de los sentidos: “Catia tenía un olor particular, como lo tenía cada zona de la Caracas de entonces (década del cincuenta al sesenta). Era una combinación de los humos de La Silsa, con los de Chocolate La India, con un aroma a reencauchadora y a humedad vegetal”. [11]

La Nueva Caracas
Si algún sitio reivindicó en José Ignacio Cabrujas el sentido de ser caraqueño, ese fue Catia, no obstante su contradictoria actitud de paria. Allí los inmigrantes principalmente europeos, llegados entre los cuarenta y cincuenta, encontraron cobijo a su desarraigo. Los aires de progreso le bautizaron con el pomposo nombre de “Nueva Caracas”, lugar semi rural en el que el sastre José Ramón Cabrujas levantó su casa-taller. Una construcción que su hijo siempre consideró inconclusa, pues todo el tiempo la modificada, ampliaba, remodelaba, al ritmo de la metamorfosis que sufría toda la parroquia y Caracas completa.

Recuerda Alejo Felipe que la calle Argentina aún conserva esa particularidad de construcciones de tres pisos, donde la planta baja era destinada al negocio del isleño o italiano de turno, el segundo funcionaba como pensión y el tercero a la residencia del dueño. En muchos casos lo coronaba una platabanda. El actor rescata de este sector los aires de sana vecindad que entonces se respiraba. “Todo el mundo se conocía, los mismos personajes, mi tío Benito Vargas isleño repartidor de hielo, el barbero sevillano Cirilo, el italiano de los buenos cafés expresos”. [12]

La vivienda de los Cabrujas aunque sí tuvo su azotea, se quedó en un primer nivel, y será en ese tope abierto a las estrellas el lar donde el entonces adolescente descubrirá su pasión por la literatura romántica, los clásicos sinfónicos y se iniciará en el arte amatorio como en el de la escritura, vivencias que luego compartía con sus amigos de la Plaza Pérez Bonalde, entre los que se encontraban César Bolívar (cineasta), Jacobo Borges (pintor), Oscar Guaramato (periodista), y Oswaldo Trejo (escritor).

En este territorio de clima generoso, de excursiones a los cerros cercanos a El Junquito, de paseos a la laguna, el entonces pueril y tímido muchacho se deslizará 16 años moviéndose a sus anchas. Allí, afirma, sí le fueron útiles los espacios públicos. Sobre el “ágora” en que se transformó la “Pérez Bonalde” dijo Cabrujas: “La plaza  era el lugar donde fingíamos y a medida que pasaba el tiempo fingíamos más, nos hacíamos más teóricos, más comunistas, más estetas, más conocedores, más gastrónomos, más mujeriegos…sin que eso fuera verdad, sin que eso fuera una experiencia. Éramos unos sofistas, unos retóricos, creíamos que el verbo suplantaba la realidad y nos daba poder. No éramos honrados pero al mismo tiempo, en nuestro descargo debe decirse, éramos más angustiados y todo eso lo vivimos sabiendo lo que vivíamos, sabiendo que lo que nos faltaba era grave y en verdad buscábamos que nos sucediera. Eso me lo concedo y se lo concedo a la gente de la Plaza Pérez Bonalde”. [13]


El antihéroe de la periferia
El otro espacio público al cual se entregó Cabrujas sin reserva alguna fue el cinema. La Catia de entonces contaba con el Cine Pérez Bonalde, donde descubrieran el amor imposible Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, el España, dedicado a la filmografía mexicana y todo su esplendor dorado, y el Esmeralda, situado en la “zona de tolerancia” de la parroquia y donde quedó hechizado por la vanguardia fílmica de Luis Buñuel, cuya película “Subida al cielo” lo convenció de que se puede hacer arte con escasos recursos[14]. Felipe suma a este inventario las Salas Catia, Propatria y Venezuela, en total seis pantallas que nutrieron del imaginario cinematográfico de los habitantes del sector.

Las calles de Nueva Caracas fueron recorridas por el intelectual, quien las describió como un gran bazar iraní, el alboroto que allí ocurría, los árabes con sus quincallas y su mezquita al final de la Plaza Catia, los obreros italianos y sus trattorias, los españoles y portugueses con sus panaderías, incluso checoslovacos en el inicio de la fabricación de pinturas.

Como bien señala el autor “Catia se autoabastecía de símbolos, de mitos de vivencias” que sin duda han pasado a formar parte de la cosmogonía del caraqueño, de ese significante que a juicio de Colette Capriles es necesario para construir ciudadanía. Dice la investigadora: “…el ciudadano moderno está signado por la diferencia, por su individualidad, y se construye no solo hablando, sino intercambiando… Se construye no en un foro sino en un mercado…” 13

Alejo Felipe apunta por su parte que otra manera del dramaturgo resemantizar lo venezolano y en lo particular lo caraqueño, fue mostrar la forma como vivía la gente decente de la época a través del lenguaje universal de sus piezas teatrales. Por ejemplo, la casa y los personajes de Profundo [15] “bien pudieran ser ubicados en las parroquias de San José, La Pastora, Lídice o el sector Propatria de Catia de una Caracas costumbrista y creyente de principios de siglo XX”.

Los “estímulos culturales” son los que quedaron cortos en la Catia de Cabrujas, de allí que antes de cumplir los veinte años, buscando resolver además la profunda contradicción que le producía vivir en la periferia y estudiar en “el centro del poder”, en la esquina de Jesuitas en el colegio San Ignacio de Loyola, se trasladó a otras geografías urbanas de las que también se nutrió. Residir en las parroquias de San José, Altagracia y Los Rosales, estudiar en el Fermín Toro cercano a El Calvario, ser miembro del Teatro Universitario en la Universidad Central de Venezuela, del Nuevo Grupo en la Alta Florida y escritor de telenovelas en la RCTV en la esquina de Bárcenas, por mencionar algunas de sus coordenadas vitales, alimentaron en años posteriores su obra teatral, televisiva, ensayística y en especial su mirada de “villano”, es decir  de habitante de esa villa aún por venir, la otra Nueva Caracas.-





[1] Ahumada, Yoyiana, Seminario Cabrujas: ese ángel terrible. Vigencia de un diálogo con el país, Fundación para la Cultura Urbana. Caracas, Marzo - Agosto de 2005.
[2] Hernández, Tulio (Invitado), Seminario Cabrujas: ese ángel terrible, dictado por Yoyiana Ahumada, Fundación para la Cultura Urbana. Caracas, Julio de 2005.
[3] Cabrujas, José Ignacio. La ciudad escondida en Caracas en 20 afectos. Edición del Museo Jacobo Borges, 1999. Pág. 20
[4] Carvajal , José. Editor asociado del Semanario En Caracas, entrevista, agosto 2005.
[5] Socorro, Milagros. Catia a tres voces. Fundarte, Colección “Rescate”, No 12. 1994. Pág. 60
[6] Capriles, Colette. El silencio de la ciudad. Revista Bigott No 50. Septiembre, 1999. Pág. 122.
[7] Cabrujas, José Ignacio. El Estado del disimulo en Estado y Reforma. COPRE, Caracas 1988. Tomado de elmeollo.com webpage 5.
[8] Cabrujas, José Ignacio. La ciudad escondida en Caracas en 20 afectos. Op. Cit. Pág. 21
[9] Carvajal , José. Editor asociado del Semanario En Caracas, entrevista, agosto 2005.
[10] Cabrujas, José Ignacio. La ciudad escondida en Caracas en 20 afectos. Op. Cit. Pág. 18
[11] Felipe, Alejo. Actor venezolano de teatro y televisión. Entrevista, agosto 2005.
[12] Felipe, Alejo. Actor venezolano de teatro y televisión. Entrevista, agosto 2005.
[13] Socorro, Milagros. Catia a tres voces. Fundarte, 1994. Op. Cit. Pág. 72
[14] Socorro, Milagros. Catia a tres voces. Fundarte, 1994. Op. Cit. Pág 63
[15] Cabrujas, José Ignacio. Profundo. Editorial Tiempo Nuevo, colección Letras Venezolanas. Caracas, 1972.

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