lunes, 8 de junio de 2009

Genealogía de las pulsiones
Por: Jenniree Barbera
* Estudiante del seminario Genealogia de la Sexualidad 2009-I
Facultad de Humaninades y Educación UCV

Maggie Taylor. Serie: Alicia.


El término genealogía fue acuñado por primera vez por Nietzsche, para criticar aquella forma de historia que acomoda el pasado según los prejuicios del presente. Genealógicamente toda institución tiene su historia y esta es cosecha de sus interpretaciones, es decir, surge para romper con ese determinismo empírico trayendo de la mano el estudio del hombre en sí mismo. Estudio en el que todo es válido, en el que todo es posible y en el que son valederos los instintos más ocultos de hombre.

La genealogía es contraria a la búsqueda del origen de los fenómenos. Su fin último es “ocuparse de las meticulosidades y de los azares de los comienzos; prestar una escrupulosa atención a su derrisoria malevolencia (…) quitar las mascaras, con el rostro del otro; no tener pudor para ir a buscarlas ahí donde están revolviendo los bajos fondos” (Foucault, 1999).

Entonces, la genealogía aspira contar los cambios ocultos de la humanidad, sus tormentos, sus curiosidades, ociosidades y sus secretos más íntimos, siempre desde un punto de vista deslastrado de cualquier juicio de valor. Observa al hombre en lo más profundo de su ser. En la trasparencia de su instinto. El enfoque genealógico no es estático, es crítico, interesado y subversivo. Está en constante innovación como la necesidad innata de los seres humanos de aflorar sus pulsiones.

Los individuos nos encontramos en una quimera revuelta de sentimientos ocultos. Las sensaciones orgánicas indisolubles de las personas son una carga difícil de asimilar. La necesidad incansable de experimentación hacen que los individuos seamos esclavos de nuestras pulsiones que son la fuente, empuje, objeto y fin de nuestros secretos. Entendiéndose pulsión no como instinto humano sino como un sentimiento en constante efervescencia, con el fin último, de satisfacer los placeres ocultos del humano, esto según la teoría psicoanalítica de Sigmung Freud.

Dentro de esas pulsiones la curiosidad sexual ha sido un tema recurrente en el inconsciente humano. “Las pulsiones eróticas” del hombre se cuestionan como antinatura. Sin embrago, lo erótico es parte de nuestra corporalidad, la experiencia ancestral de nuestro cuerpo denota que siempre hemos tenido esa necesidad intrínseca de innovación. Según Michel Foucault, “la curiosidad es un vicio que ha sido estigmatizado una y otra vez” (1999, p.222).
La representación más evidente de la curiosidad humana se experimenta con sólo hacer click, en cualquier página pornográfica libre en Internet. La complacencia de las pulsiones sexuales del hombre por medio de la web, se manifiestan como una especie de “reality show” (Verdú, p.100) en el que todos somos participes de las curiosidades y necesidades de innovación humana.
La pasión de ver o saberlo todo ha hallado importante significación en la divulgación de las Webcams. Sus propietarios se instalan en sus salones, cocinas y cuartos de baño para trasmitir a los demás el aspecto de su intimidad. Unos muestran sus juegos con los nietos, otros sus copulaciones, otros simplemente los bostezos (Verdú).

Esta obsesión pulsante del individuo de aflorar todo lo que arremete en sus pulsiones hace que “nuestro mundo se ha desnudado, y de tantos modos en los años que la dificultad empieza a presentarse ya en la definición de lo que es porno y lo que no lo es (Verdú pp.173-174).

Las pulsiones están a flor de piel en los contenidos mostrados públicamente en páginas web y por la innovación pornográfica del hombre. Lo que demuestra que cada día vemos como estos impulsos incontrolables se muestran.
En la tradición más reciente, la pornografía se distinguía del erotismo no por el desnudo (el culo y el pecho, masculinos o femeninos, se ven mil veces al día), sino por tres elementos: la pornografía exhibe lubricados y abiertos los órganos genitales y presenta minuciosamente y de cerca los actos sexuales; la pornografía tiene por complemento la excitación de quien escucha o mira, atendiendo a la autosatisfacción masturbación del personaje; finalmente, el porno hace creer que toda mujer es voraz, perversa, desea el cuerpo del hombre sin poder contener sus impulsos. Es decir: ficción total (Verdú p.175).


Esto demuestra la necesidad de exteriorizar todas aquellas conductas que son imperadas por las pulsiones humanas, lo que significa que los seres humanos estamos en constante contacto con nuestra quimera interna sólo que algunos son capaces de hacer de ella un circo exhibiéndola en los mejores canales de difusión posible. La carnalidad humana está presente y nos define. Los seres humanos según el planteamiento de Freud somos sexuados por naturaleza. La sexualidad define nuestra conducta, actitudes, defectos, complejos y traumas que vamos asomando en nuestra manera de exteriorizar la sexualidad.

En la medida en que seamos más conscientes de nuestra naturaleza sexual y seamos capaces de aceptar la innata pulsión sexual. Tomaremos como propio todas las manifestaciones pornográficas que no son más que la aceptación de ese objeto sexual, necesario para que los individuos acepten como propio y natural las distintas formas de exteriorización de un acto intimo.
Propia de la pornografía, en todo caso, en el máximo caso, es la iluminación de lo más recóndito, el plano corto de la mínima anfractuosidad. Propia de la pornografía es la exposición completa, sin frunces por indagar ni rendijas por reconocer. Con un efecto paradójico: la exposición de la intimidad a la mirada absoluta anula la intimidad y hace desaparecer el objeto de la pesquisa. Porque una vez que se ha explorado exhaustivamente todo el campo, una vez que la pupila se ha colmado de lo más explícito, la visión se vela. La total visión de lo visible anula la excitación y el resultado es una hartura donde agoniza el deseo (Verdú, p. 176).


Sin ánimos de hacer juicios de valor de Verdú, y contrastándolo con la posición de Freud, esta explotación de la sexualidad a las iris de los demás parece ser más un grito de auxilio a ese inconciente que está en cada uno y necesita salir. Esta exhibición de actos sexuales por medio de la pornografía no es más que la subsanación de los placeres y satisfacción que necesitan los individuos. En cierta medida, banaliza el acto sexual romántico, desligado de delicadeza convirtiéndolo en un “grotesco” pero aceptable trance que responde a las pulsiones y no a las exigencias globalizadoras.

Lo que sí es cierto es que la accesibilidad a los distintos medios de difusión de la pornografía en la actualidad es más fácil. Sin embargo, no se descarta la igual necesidad de los individuos de manifestar sus pulsiones sexuales en épocas pasadas. Los seres humanos siempre estaremos en contacto con nuestro inconsciente sólo que algunos tienen la capacidad de asumirlo como algo normal y otros simplemente utilizan mecanismo de abstracción.

Además, es acertada la posición de Verdú sobre los tiempos que vivimos en la actualidad. “Esta es la época del declive del hombre. Siguen naciendo varones, varones que obtienen Premios Nobel, golpean en los campeonatos de fútbol, cantan rock o clonan ovejas”, (Verdú, p.177).
Por otra parte, las pulsiones no sólo se encuentran en el plano inconsciente, sino que atacan las distintas inclinaciones sexuales. Los seres humanos vemos como sospechoso el hecho de que se establezcan vínculos afectivos con personas del mismo sexo. Sin caer en cuenta de que esta es una actitud ancestral de los seres humanos.

En mi caso particular, no tengo, ni he sufrido, ni probablemente sufriré inconvenientes con mi heterosexualidad. Sin embargo, entiendo estas innovaciones de género como aceptables. En sintonía con esto, retomo la posición Freudiana que establece que todos los seres humanos somos sexuados por naturaleza, es decir, en la medida en que estemos más conscientes de nuestros gustos e inclinaciones el panorama afectivo va cambiando. La identidad sexual es primordial para cualquier paso que se emprenda en la vida.

Por ello, que el liberalismo sexual “ha transformado de arriba abajo la moral sexual tradicional. A lo largo de medio siglo, el sexo ha dejado de ser asociado al mal y a la falta, la cultura represiva de los sentidos ha perdido su crédito, Eros se ha convertido en una de las expresiones más significativas del mundo del posdeber” (Lipovetsky, p.58).

En este sentido, las pulsiones sexuales surgidas en la actualidad han hecho que el “sexo-pecado” pase a “ser sexo-placer” (Lipovetsky, p.58), es decir, el sexo ha pasado a ser tema en las “agendas setting” individuales. “el sexo se ha liberado ampliamente de las normas puritanas e imperativas de otra época, la idea de deberse en materia de sexualidad ya sólo suscita la sonrisa y la vida virtuosa ya no se entiende como austera disciplina de los sentidos” (Lipovetsky, p.60).

Con esta afirmación de Lipovetsky se entiende que la sexualidad antes era desacralizada, pero con este paso al sexo-placer también se han banalizado algunos aspectos enriquecedores del erotismo, de la seducción. El acto sexual en cierta medida con los cambios del capitalismo se ha hecho más plástico, ósea que: “en la pasión multisexual, en la iconología del Kitch en los queers, en la boga de unir lo industrial con lo artesanal, la física con la biología, lo gótico con patchwork, se reproduce el mismo culto a la impureza” (Verdú, p.186).

En los tiempos globalizadores, la exaltación del placer “libidinal es una manifestación típica de la dinámica de los tiempos de igualdad democrática. Se sabe que desde la Ilustración los modernos han colocado loa felicidad terrenal al mismo nivel de dignidad que los diferentes placeres de la vida” (Lipovetsky, p.59). En tal sentido, se demuestra la actitud del hombre en la actualidad donde sus pulsiones no son escondidas, sino que se exteriorizan desde una perspectiva respetable.

En la medida en que los individuos reconozcan sus deseos inconscientes, sus más carnales aspiraciones sexuales, en ese misma, sintonía serán más aceptados y regocijados.
El sexo postmoralista tiene en primer lugar una definición funcional, erótica y psicológica, ya no se debe vigilar-reprimir-sublimar, debe expresarse sin limitaciones ni tabúes con la única condición de no perjudicar al otro. Con el proceso histórico de disociación del sexo de la moral, Eros ha cortado los lazos; que lo unían con el vicio, ha adquirido un valor intrínsecamente moral por el hecho mismo de su papel en el equilibrio y el pleno desarrollo (Lipovetsky, p.59).


Con las afirmaciones de estos autores que relatan aspectos importantes de la genealogía sexual humana. Se observa que las afirmaciones sobre la conducta sexual del hombre planteadas por Freud son ciertas. Las pulsiones son espinas que están en constante ahínco con en nuestra mente. Cabe destacar, que los distintos autores vistos en clase desde Verdú hasta los misterios del Tantra muestran esa necesidad intrínseca del hombre de aflorar su naturaleza, que se su inconsciente deje de ser secreto para pasar a ser objeto respetable de sus homólogos. Las pulsiones son una carga difícil de sobrellevar a cuestas cuando somos hipócritas con lo que se siente.

La realidad es que no podemos huir de nuestro propio Lobo, ese que está latente en cualquier actividad porque la sexualidad la plenitud sexual son asuntos in-postergables, con fecha de prescripción que se debe respectar. Es imposible luchar contra las pulsiones porque pasan a ser más que institutos actos voluntarios que terminan destruyendo a la humanidad.
Quizás en la medida en que aceptemos nuestras pulsiones sexuales y sepamos manejarlas, reconocerlas y controlarlas podremos ser inteligentes en nuestras respuestas con el entorno. Inclusive podría evitarse tantos crímenes que se entremezclan en un patrón de patología. En donde las pulsiones son incontrolables, donde la necesidad de sacarlas a flote retumba la mente. Por ello, que importante sincerarnos con las pulsiones para poder tener respuestas que no afecten la psique del otro. En fin, en la medida en que reconozcamos nuestra sexualidad como innata a la humanidad, reconoceremos nuestro entorno y estableceremos relaciones empáticas que ayudarán a conservar la salud mental.

Bibliografía:

Foucault, M. (1999). Arqueología del Saber. Mexico: Siglo XXI
Lipovetsky, G. El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Barcelona: Anagrama
Verdú, V. El Estilo del Mundo. La Vida en el capitalismo de ficción. Anagrama

Advertencia: Este artículo es de dominio público. Agradecemos que sea citado con nuestra dirección electrónica: http://www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com/

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