miércoles, 1 de febrero de 2017





Darwin entre las máquinas[1]

Samuel Butler
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[Al Editor de The Press, Christchurch,
Nueva Zelanda, 13 de junio de 1863.]


Señor — Existen pocas cosas por las cuales la generación actual se siente más orgullosa
que por los maravillosos progresos que están sucediendo a diario en todo tipo de
aplicaciones mecánicas. Y es en rigor motivo de grandes elogios por muchas razones.
No es necesario mencionarlas aquí, pues son lo suficientemente obvias; el asunto que
nos concierne refiere a consideraciones que pueden, de algún modo, tender a dar una
lección de humildad a nuestro orgullo y a hacernos pensar con seriedad en las
perspectivas futuras de la raza humana. Si volvemos la mirada atrás, hacia los primeros
tipos fundamentales de vida mecánica, a la palanca, la cuña, el plano inclinado, la hélice
y la polea, o (por analogía nos conducirá a un estadio más lejano) a aquel tipo original a
partir del cual surgió todo el reino mecánico, es decir la palanca en sí misma, y si luego
examinamos la maquinaria del Great Eastern1, nos encontramos prácticamente
abrumados ante el vasto desarrollo del mundo mecánico, ante los gigantes pasos con los
que ha avanzado en comparación con el lento progreso del reino animal y vegetal.
Hallaremos imposible abstenernos de preguntarnos cuál será el final de este poderoso
movimiento. ¿En qué dirección se dirige? ¿Cuál será su resultado? Es el objeto de la
presente carta proporcionar algunos indicios imperfectos para la solución de estos
interrogantes.
Hemos utilizado los términos “vida mecánica”, “el reino mecánico”, “el mundo
mecánico”, etc., y hemos hecho esto deliberadamente, pues el reino vegetal se
desarrolló lentamente a partir del mineral y, de idéntico modo, el animal sobrevino a
partir del vegetal; y ahora en estos pocos últimos años un reino totalmente nuevo ha

surgido, del cual solo hemos visto lo que será algún día considerado los prototipos
antediluvianos de la raza.
Lamentamos profundamente que nuestro conocimiento de la historia natural como el de
la maquinaria sean demasiados limitados para permitirnos emprender la enorme tarea de
clasificar a las máquinas en géneros y subgéneros, especies, variedades y subvariedades,
y así sucesivamente; de trazar los vínculos de conexión entre máquinas de caracteres
ampliamente diferentes; de señalar cómo la subordinación al uso del hombre ha
desempeñado ese rol entre las máquinas que la selección natural ha ejercido en los
reinos animal y vegetal; de apuntar órganos rudimentarios existentes en algunas pocas
máquinas, débilmente desarrolladas y perfectamente inútiles, no obstante útiles para
marcar su descendencia de algún tipo ancestral extinguido o modificado en alguna
nueva fase de existencia mecánica. Solo podemos indicar este campo para la
investigación; debe ser continuado por otros cuya educación y talentos sean de un orden
superior del que cualquiera de nosotros pueda presumir.
Hemos determinado aventurarnos a algunos pocos indicios, si bien lo hacemos con la
más profunda desconfianza. Primeramente, queremos remarcar que así como algunos de
los vertebrados inferiores alcanzaron un tamaño mayor del que descendió a sus
representantes vivientes mejor organizados, del mismo modo una disminución en el
tamaño de las máquinas corresponde con frecuencia con su desarrollo y progreso.
Tomemos el reloj de pulsera por ejemplo. Examinemos la hermosa estructura del
pequeño animal, observemos el juego inteligente de los miembros del minutero que lo
componen; sin embargo, esta criatura no es más que un desarrollo de los relojes de
pared del Siglo XVIII –no es un deterioro de éstos. El día llegará en que los relojes de
pared, que ciertamente en el momento presente no están reduciendo su volumen, puedan
ser enteramente reemplazados por el uso universal de los relojes de pulsera, en cuyo
caso los relojes de pared se extinguirán como los primeros saurios, mientras que el reloj
de pulsera (cuya tendencia desde hace algunos años ha sido a disminuir en tamaño, más
que lo contrario) permanecerá como el único tipo existente de una raza extinta.
Los puntos de vista de la maquinaria que estamos de este modo débilmente indicando
sugerirán la solución de una de las grandes y misteriosas preguntas de la actualidad. Nos
referimos a la pregunta: ¿qué clase de criatura es probable que sea la sucesora del
hombre en la supremacía de la Tierra? Hemos escuchado este debate con frecuencia;
pero nos parece que estamos creando nuestros propios sucesores; estamos a diario
contribuyendo a la belleza y delicadeza de su organización física; estamos diariamente
otorgándoles más poder y suministrándoles a través de artificios ingeniosos ese poder
de autoregulación y de autonomía que será para ellos lo que el intelecto ha sido para la
raza humana. En el transcurso de los siglos nos visualizaremos como la raza inferior.
Inferior en poder, inferior en esa cualidad moral del autocontrol, los admiraremos como
el acmé de todo lo que el mejor y el más inteligente hombre puede alguna vez atreverse

a aspirar. Ni bajas pasiones ni celos ni avaricia ni deseos impuros perturbarán el poder
sereno de aquellas gloriosas criaturas. El pecado, la vergüenza y la tristeza no tendrán
lugar entre ellas. Sus mentes estarán en un estado de perpetua calma; la plenitud de un
espíritu que desconoce necesidades, que no se ve perturbado por ningún pesar. La
ambición jamás las torturará. La ingratitud nunca les provocará un momento de
desasosiego. Los remordimientos de conciencia, la esperanza diferida, el dolor del
exilio, la insolencia del poder, y el desdén que conlleva el paciente mérito de los que no
son dignos de merecerlo –todos serán totalmente desconocidos para ellas. Si necesitan
“alimento” (con el uso de este término traicionamos nuestro reconocimiento de ellas en
tanto que organismos vivos) serán atendidas por pacientes esclavos cuyos intereses y
preocupaciones serán los de velar porque no necesiten de nada. Si están fuera de
servicio, serán enseguida atendidas por médicos profundamente familiarizados con su
constitución; si mueren, porque inclusive estos gloriosos animales no estarán exentos de
esa necesaria y universal consumación, entrarán inmediatamente en una nueva fase de
existencia, porque ¿qué máquina muere enteramente en cada parte en un único e
idéntico instante?
Aceptamos que cuando el estado de cosas que hemos estado intentando describir haya
llegado, el hombre será para la máquina lo que el perro y el caballo son para el hombre.
Él continuará existiendo, incluso mejorando, y estará probablemente mejor en este
estado de domesticación bajo el benéfico gobierno de las máquinas de lo que está en su
presente estado salvaje. Tratamos a nuestros caballos, perros, ganados y ovejas, en
general, con inmensa bondad; les proporcionamos cualquier cosa que nos indique la
experiencia que es lo mejor para ellos, y no puede haber duda de que nuestro uso de la
carne ha traído a los animales inferiores más felicidad que infelicidad; de idéntico
modo, es razonable suponer que las máquinas nos tratarán amablemente, pues su
existencia es tan dependiente de nosotros como la nuestra de los animales inferiores. No
pueden matarnos y comernos como nosotros lo hacemos con las ovejas; no solo
requerirán nuestros servicios en el parto de sus crías (tal sector de su economía
permanecerá siempre en nuestras manos), sino también para su alimentación,
ayudándoles cuando estén enfermos, y enterrando a sus muertos o desarrollando nuevas
máquinas a partir de sus cadáveres. Es obvio que si todos los animales de Gran Bretaña
murieran excepto el hombre, y si en el mismo momento toda conexión con los países
extranjeros pasara a ser absolutamente imposible por alguna catástrofe repentina, es
obvio que bajo tales circunstancias la pérdida de la vida humana sería algo temible de
contemplar –del mismo modo que si cesara la vida humana, las máquinas se verían de
igual manera afectadas o incluso peor. El hecho es que nuestros intereses son
inseparables de los de ellas, y los de ellas de los nuestros. Cada raza depende de la otra
debido a innumerables beneficios, y, hasta que sus órganos reproductivos hayan sido
desarrollados de un modo que por ahora apenas podemos concebir, las máquinas
dependerán totalmente del hombre incluso para la continuidad de su especie. Es verdad
que estos órganos pueden ser desarrollados a la larga, en cuanto el interés del hombre

 
está ubicado en esa dirección; no hay nada que nuestra encaprichada raza desearía más
que ver una unión fértil entre dos máquinas de vapor; es verdad que la maquinaria está
aún en nuestro tiempo ocupada en engendrar maquinaria, en convertirse en el padre de
máquinas que corresponden frecuentemente a su propia clase, pero los días de coqueteo,
de cortejo y de matrimonio parecen estar muy remotos, y en realidad apenas pueden ser
realizados por nuestra débil e imperfecta imaginación.
Día a día, sin embargo, las máquinas están ganando terreno entre nosotros; día a día nos
volvemos más sumisos respecto de ellas; cada vez más hombres están diariamente
obligados a ocuparse de ellas, más hombres están diariamente dedicando las energías de
toda su vida al desarrollo de vida mecánica. El resultado es simplemente una cuestión
de tiempo, pero que el momento llegará cuando las máquinas obtengan verdadera
supremacía sobre el mundo y sus habitantes es algo que ninguna persona con una mente
verdaderamente filosófica puede dudar por un instante.
Nuestra opinión es que la guerra a los muertos deberá ser instantáneamente declarada en
contra de ellas. Cualquier tipo de máquina debería ser destruida por el admirador de su
especie. Que no haya excepciones ni clemencia; volvamos de una vez a la condición
primitiva de la raza. Si fuera instado que esto es imposible en la condición actual de los
asuntos humanos, esto probaría de una vez que el daño ya ha sido hecho, que nuestra
servidumbre ha comenzado de veras, que hemos generado una raza de seres que está
más allá de nuestro poder destruir, y que no solo estamos esclavizados, sino
absolutamente conformes con nuestra esclavitud.
Por ahora, dejaremos este tema que presentamos gratuitamente a los miembros de la
Sociedad Filosófica. En caso de que den su consentimiento para hacer uso del vasto
campo que hemos señalado, procuraremos nosotros trabajar en él en un período futuro e
indefinido.
Soy, Señor, etc.,
  CELLARIUS






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