Blak
Mama
y las identidades
arrendadas
o una ópera prima
contra el cine latinoamericano
Amalina
Bomnin[1]

Resumen
TÍTULO: Blak Mama y las identidades arrendadas o
una ópera prima contra el cine latinoamericano
La
película Blak Mama intenta pensar la
sociedad y cultura ecuatorianas como instancias en construcción, ajenas a lo
normativizado, plurales, y que nos permiten acercarnos a los conceptos de
nación no desde criterios preconcebidos, anclados en el concepto de identidad,
sino más bien teniendo en cuenta nociones de alteridad, desajustes en torno a
una temporalidad dominante, emergencia de sujetos y situaciones de talante
barroco, surreal, performativo. La crítica ha subrayado la importancia de
pensar en un arte que se construya sin la preposición de (de Ecuador, de Venezuela, de Brasil) y que por ende debería
ostentar las características de sus contextos, de acuerdo a ciertas
invariantes; sino más bien trabajar en la posibilidad de un arte desde nuestras realidades, que asuma las
posibilidades de resultar inestable, caótico, transgresor, porque la noción de
identidades fijas ya forma parte de un debate demodé para las actuales condiciones de globalización e
interculturalidad.
Palabras clave: Nación.
Identidad. Diferencia. Transgresor.
Interculturalidad. Teoría.
Abstract
TITLE: Blak Mama and borrowed identities or a
debut film against Latin American cinema
The film Blak Mama asks us to think about
Ecuadorian society and culture as work in progress, both plural and separate
from mainstream mores, so as to explore ideas on the nation not from a set of
biases fixed on a concept of identity, but rather taking into account notions
of alterity, inadequacies around a dominant temporality, as well as the emergence
of subjects and situations of a baroque, surreal and performative nature.
Critics have emphasized the importance of thinking about art without
prepositions of place (from Ecuador, from Venezuela, from Brazil) as if burdened with the task of showcasing a set of
invariable contextual traits. Rather we are asked to pursue a kind of art that
emerges out of our reality, risking a
result that may be unstable, chaotic, transgressive given that the idea of
fixed identities is already part of an outdated debate in light of the current
conditions of globalization and interculturality.
Keywords: Nation. Identity. Difference. Transgressor. Interculturality.
Theory.
Quiero
ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente: ni va usted a comprender
nada, ni apenas si yo sabré expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo
desconocido por el desarreglo de todos los sentidos.
Cartas
del vidente, Arthur
Rimbaud
Menos identidad blasonada, más
sentido decolonizador
Resultó
estremecedor hacer tour en Ecuador a
través de la película Blak Mama. Ganadora
del Premio Augusto San Miguel en la categoría de ficción (2008), fue el primer
develamiento que tuve sobre el territorio, ofrecida de la mano del polifacético
Miguel Alvear, quien en entrevista previa me había comentado que la recepción
por parte del público había sido polémica. Los inconvenientes que causara su
proyección no estaban provocados por enfoques desatinados, sino justamente lo
contrario: por la honestidad, y, al mismo tiempo, apoteósico abordaje de una
realidad que, recién me transportaba desde la escéptica Cuba, donde, —como
dicen acá: “no pasa nada”—, hasta la alambicada
realidad ecuatoriana.
La
pretensión de mi acercamiento al filme está anclada en un intento por
establecer cierto paralelismo entre el posicionamiento de algunas voces
críticas dentro del arte, propenso a desobedecer, oxigenar y replantear lo
entendido como arte latinoamericano, en la búsqueda de enfoques que vayan
contra ese sentido esencialista, regional, calamitoso, que obedece a constantes
discursivas y estéticas que ya en el siglo XXI son apenas discernibles. Abogar
a favor de lo fragmentario, oblicuo y poroso de nuestras realidades a través de
una cinematografía dispuesta a operar con ciertas categorías que desmantelan
esa visión venida a menos, homogeneizadora, y tendiente a victimizar a nuestras
corporeidades e imaginarios. Me refiero a textos de Ticio Escobar, Eva
Grinstein, Gerardo Mosquera, Luis Camnitzer, Guillermo Gómez Peña, Pablo
Oyarzun, por mencionar algunos autores, que están respaldados en el análisis de
obras, figuras, contextos y procesos que han alcanzado niveles notorios de
cristalización y reconocimiento. Y es que los constantes desplazamientos de
Alvear dan fe de esas intermitencias latentes en nuestros contextos:
fotografía, intervención, videoarte, cine, instalación, performance, como si las
peregrinaciones de lenguaje le permitieran aprehender las disonancias
culturales.
La
posibilidad de tornarnos provincianos, más que certeros, como alguien señalara
en algún momento, al referirse a nuestras autodefiniciones como “latinoamericanos”,
está condicionada por nuestro exacerbado deseo de autorreconocimiento. Hay un
planteamiento acertado de Pablo Oyarzun en este sentido:
¿Qué conceptos serán relevantes
para el arte latinoamericano, para acusar sus perfiles y sus rasgos, su
putativa entidad? Por lo pronto, hablar de categorías es hablar de nociones
universales. Sugerir que éstas puedan ser especificadas regionalmente resulta
por lo menos controvertible. Podría implicar que la región cultural a la cual
han de aplicarse debe estar dotada de señas inequívocas de identidad, de una
consistencia en virtud de la cual es susceptible de ser tratada como un
universo sostenido en sí mismo: en tal caso los principios a partir de los
cuales se da esa consistencia desde el punto de vista estético serían las susodichas
categorías. Pero también podría implicar que, concedido que las categorías
estéticas son de envergadura universal (transregional, si se quiere), el arte
de esta región tendría sus índices de reconocimiento y valoración en ciertos
modos específicos de articularse y declinarse tales categorías. En buena medida
la discusión del arte latinoamericano ha estado atenazada por esta alternativa
y, qué duda cabe, en ella la primera opción —la de identidad— ha dado largamente la nota
dominante. Es que esa misma discusión ha estado marcada, condicionada por esa
obcecada búsqueda de autognosis del latinoamericano, que dicta la pregunta por
la identidad (o la diferencia) como un síndrome perennizado a través de
décadas. Se entiende, asimismo, que al arte se le ha pedido que traiga
paliativos a esa carcoma, ofreciendo retratos fehacientes de lo que somos; le
ha sido imperiosamente demandado un potencial cognoscitivo que el arte da sin
duda, pero no por exacción, sino como hallazgo y vislumbre, como un don que se
recibe a condición de que no se lo exija […][2]
El
film producido por Alvear junto al bailarín, coreógrafo y profesor de danza
Patricio Andrade, propone un alucinante ensayo —so pretexto de la festividad de
la Mama Negra en la ciudad andina de Latacunga, provincia de Cotopaxi— que
deconstruye los vericuetos e intersticios de la nacionalidad y pensamiento
ecuatorianos, marcados por la hibridación cultural. La festividad opera con
muchas constantes presentes en la realidad de Latinoamérica, y ese denominador
común es aprovechado por los autores para minar desde adentro el sentido
barroquizante, simulador y anacrónico de nuestras realidades sociales. Desata
conceptualizaciones psicológicas, políticas, sexuales y transgenéricas, desde
un lenguaje que cita al surrealismo, al dadaísmo, al accionismo y la performance,
como un universo sobresaturado y caótico que por obligación nos contiene a
todos. Se erige en la apoteosis del relajo para convidarnos a la lucidez. El
travestismo como metáfora de la doble moral es recurso usado en esta película
donde todos se re-conocen y re-enuncian.
Bambola,
Blak y I don dance son los tres personajes que inician la trama, y subsisten
gracias al reciclaje de papel, imagen que resume el trunco proceso modernizador
de nuestros contextos, arrojados a un pasado del que nos avergonzamos y al
mismo tiempo impide, en muchas ocasiones, que analicemos con objetividad. No es
casual que sean tres los personajes. Serían en stricto sensu mujer, hombre y travesti; pero su inclusión desborda
el sentido parco y dualista para “recibir” como señalaría Sarduy otros cuerpos
posibles en su juego de simulación:
Para saber qué simula, habrá que
ir pues hasta ese espacio en el que el saber no está en función binaria, ni
surge en el intersticio, el magnetismo o la antagonía de los pares de opuestos,
sino que, el cuerpo condicionado, sosegado, lo recibe más que lo conquista, sin
depredación de un exterior […][3]
Además,
la posibilidad del tercero incluido introduce el necesario completamiento de
ese discurso modernizador y reductivista que circunscribía el orden al patrón
dual, como recurso para obliterar al dominado y magnificar al colonizador. No
obstante, si persiste la sentencia de “los blancos son unos desgraciados” para
la actualidad, es porque los autores son conscientes de que ese pasado ostenta
un peso a nivel de conciencia y de acto, aún irresoluble dentro de un proceso
social que pretende instaurar las normas del buen vivir.
De
manera subrepticia la película hace acotaciones políticas. Nunca lo conversé
con Miguel pero después de analizarla varias veces advertía que su narración se
convertía en políticamente incorrecta, pues la construcción del diálogo dejaba
más interrogantes que respuestas; los personajes se mantienen soñando o
materializando una temporalidad donde resultan anacrónicos, desajustados,
inadvertidos, fantasmales. Así en cierto momento la voz en off del narrador
señala: “Ahora están soñando, sueñan contigo y conmigo. Sueñan sobre lo que
quisieran ser”. La posibilidad, —manifestada como aseveración
por parte del narrador—, sobre el anhelo de
ser Otro. Similar a como lo planteara Arthur Rimbaud: “Yo es otro”[4].
La
película se convierte en chivo expiatorio respecto a varios rubros culturales.
La educación, por ejemplo, donde existen pretensiones de estabilizar un
discurso decolonizador dentro de los programas académicos superiores sin que
sean debidamente analizados los procesos colonizadores que dieron lugar a un
historial de concientización contra aquella intención política de marras; o sin
evaluar el peso real de dicha cognición en un país como Ecuador, donde las
personas comúnmente usan en su lenguaje coloquial expresiones como “ese man, esa man” , cual reflejos incondicionados. ¿Si esa es la realidad
ecuatoriana por qué Blak Mama ha
dejado a muchos con un sinsabor al verla? Porque el ecuatoriano se reconoce en
ella tal cual es, y eso, como menciona la película: “Me gusta, me gusta, pero
me asusta”. De ahí que los autores usen el armario como elemento que sirve de
leit motiv a través de toda la trama. Es el contenedor de tabúes, prejuicios,
vicios, trastiendas, que entorpecen el crecimiento personal y colectivo de la
nación. Al final es lanzado por Blak desde una colina y culmina explotando cual
bomba de tiempo. Ocurre el desocultamiento, como lo planteara Heidegger, al
considerarlo uno de los procesos que más atención debía ocupar en nuestros
procesos culturales.
No puedo eludir acordarme de una frase que leo
a diario, estampada en unas camisetas promocionales de la institución donde
laboro: “La cultura es el camino más seguro hacia la libertad”. Máxima que
certifica el sentido emancipador de la cultura como pasaporte para el cambio y
la autonomía. ¿Cómo es posible que podamos reproducir en el siglo XXI ese
carácter positivista que alienta al individuo a pensar su independencia en
función de su conocimiento o asimilación de ciertos presupuestos científicos,
cuando ese paradigma quedó cuestionado y superado, sobre todo, a partir de los
años sesenta del siglo pasado? No podemos continuar razonando la cultura como
la plataforma que nos construye como personas porque el resultado no ha sido
satisfactorio. Es preciso desmontar ese modelo para autorreconocernos como
caóticos, virtuales, degenerados, parias, abocados a una crisis de la que sólo
saldremos reconstruidos si aprendemos a mirar dentro de nosotros mismos. Sólo
atentos al error y la ilusión, como señalaba Nietzsche, podremos aspirar a un
estadio de crecimiento espiritual. De ahí que la obra insista en rememorar al
alemán:
Oh Zaratustra —me dijo el niño—, ¡mírate en el espejo!” Pero
cuando me miré en el espejo proferí un grito y quedé hondamente asustado; pues
no vi mi propio rostro reflejado en él, sino la mueca repugnante de un demonio
[…] [5]
Blak Mama
alude constantemente al impacto en nuestra existencia de una sensibilidad
derivada de las tecnologías mediáticas que produce en los individuos una nueva
forma de experiencia: la estetización de la vida y la fragmentación del sujeto.
Existe un texto que se repite en la película: “Vos mismo eres” y alude al
desencuadre que opera en nuestras identidades.
Hay
tópicos que han sido recurrentes en la trayectoria de Alvear: el
replanteamiento de las identidades, las sesgadas conceptualizaciones en torno a
“baja” y “alta” cultura, los imaginarios culturales, y los ha trabajado como
proyectos donde intenta involucrar siempre a la mayor cantidad de espectadores.
No son obras para galería, sino más bien tesis para ser mostradas en eventos,
coloquios, cines, bares, fuera del recinto habitual. Están pensadas para la
confrontación, no para el simple disfrute; y sus acotaciones pueden desembocar
en procesos de empoderamiento, donde cualquier persona pueda emplearse en
cambiar el status quo.
Blak
Mama
no es negra como la pintan; más bien es LGBT
La
Mama Negra es una festividad conocida en Ecuador como Santísima Tragedia por
sus connotaciones relacionadas con un marco de dominación colonial, y está
anclada en un proceso de sincretización cultural donde confluyen componentes
indígenas, españoles y africanos. En ella los devotos rinden culto a esta santa
en agradecimiento a los favores concedidos. La Mama es adorada como “abogada y
patrona del volcán” Cotopaxi, pues se le atribuye el milagro de haber aplacado
su furia en 1742; y también se le conceden honores por parte de los
latacungueños en noviembre, el día de su independencia. En este último desfile
participan personajes de diversos ámbitos: civil, religioso, militar, popular y
mítico, que son elegidos por el destacado desempeño en sus labores.
La
galería de personajes del film apuesta por mostrar el variopinto escenario
local en sus ámbitos más controversiales: la religión, la política, lo militar,
lo femenino, amalgamados de una manera que el accionar de uno siempre termina
interviniendo en la vida del otro, como “rehenes” de una realidad anárquica. La
trama se inicia desde un local donde se recicla papel y que sirve al mismo
tiempo de residencia a los recicladores. A la entrada aparece un cartel que
versa: “Se recicla todo tipo de papel”, lo cual da cuentas de la ausencia de
una sociedad civil realmente configurada, y en la que se “negocian” funciones,
cual un escenario de teatro o cine, sin que las leyes, la ética o el sentido
común, tengan mucha jurisprudencia. Mientras reciclan referentes diversos uno
de los personajes masculla: “Los blancos son unos desgraciados”. Frase que
desacredita cualquier pretendida visión de multiculturalidad desde el discurso
oficial. La realidad es que el racismo alcanza límites marcados en el contexto
nacional.
La
película hace alusiones recurrentes a un mundo homoerótico al que se enfrentan
los protagonistas: Capi Luna, Ángel Exterminador, Virgin Wolf, Blak Mama, y en el que ellos se sienten
cómodos, intercambian roles, se besan, bailan, traicionan, en un ambiente de
beligerancia, violencia, trueque, como si sus vidas no fueran propias y
existiera una realidad que es superior a su albedrío. Ellos mismos no son creíbles:
su atuendo (Bambola usa lentes Ray Ban reparados con alambre), el intercambio
de roles (Blak se viste como hombre del teatro y a veces aparece con la banda
presidencial, I don dance puede aparecer como hombre de pueblo y al mismo tiempo
como policía o travesti), su erotismo exacerbado, sus ansias de viajar al
exterior, sus marcadas devociones, forman parte de las características de
perfiles poco centrados, ávidos de cambios y reconocimiento.
En una de las primeras escenas Bambola está en
su habitación y del espejo sale una voz que le pide se acerque. Cuando decide
mirarse en él se refleja la imagen del Ángel Exterminador que dice “Vos mismo
eres”. Al ponerse vanidosa la voz repite la frase nuevamente. Comienza a
operarse una transformación que supuestamente permitiría al personaje sentirse
a gusto consigo misma, pues en su soliloquio nos deja ver a una mujer insegura,
frágil, inconforme con su físico. En su cambio de look queda delgada, con lentes y brackets en su dentadura, aspecto
éste último muy común en la población ecuatoriana cuando desea mostrar ciertos
símbolos de estatus. Detrás de ella aparece Blak que la invita a contraer
nupcias.
Bambola
escapa de la celebración del matrimonio y Blak la persigue todo el tiempo. La
acosa y le dice warmilla, a lo que ella responde: “Yo no soy warmilla, soy
linda”, negando la posibilidad de que una mujer nativa pueda autorreconocerse y
ser aceptada como hermosa. Blak le responde: “Eres fisfitilla” [6] Bambola
increpa a su amado: “Yo necesito que pase algo Blak” Acto seguido aparece
cargando el armario que sirve de transporte a Blak para su travesía hasta
Latacunga.
Hay
un sentido barroquizante en la película derivado de la construcción de los
personajes, su humor, la manera en que conversan, cómo actúan, el détournement que se opera en sus vidas,
y el enfrentarla como si no esperaran nada de ella, como si simplemente se
dejaran llevar, manifiesta el despropósito de buena parte del contexto. Los
personajes parecen salidos de una obra de teatro o la literatura, y estuviesen sujetos
todo el tiempo a los altibajos del guión, como si les faltara vida propia, como
si fueran incapaces de generar sus propias decisiones. Quizás sólo se sientan
identificados con la festividad de la Mama Negra, por su sentido sincrético y
popular.
La
escena de las danzas takis, —que encierran un
significado esotérico, y funcionan como “pases de carga o limpieza energética”[7] —,
en su origen fueron manifestaciones de resistencia de los indígenas ante el
poder, aquí en cambio deja ver a los personajes en su aliento promiscuo y
transgresor. Virgin Wolf baja del altar para dejarse ver como profesora de
danza, y conmina a los personajes a una bacanal donde todos se mezclan en el
ejercicio. Culminan teniendo sexo de manera orgiástica, con escenas de bondage
y voyeurismo incluidas. Hay juego de roles, se intercambian parejas, se besan,
hay burla, castración, y carnavalización. El erotismo desborda a estos seres
llegando a pulsar lo pornográfico. En su comercio de roles graban sus escenas
para compartirlas más tarde. El sentido fetichista se impone por encima del
disfrute natural. La teatralización presente a través de toda la historia
adquiere una tensión marcada y habla de esa tendencia a lo festivo, al goce, a
la chanza y al libertinaje, sin que existan óbices que intervengan en su
desenvolvimiento. No hay normas, ni límites; pero es una libertad que se vive sin
responsabilidad, alegoría de los desbordamientos que se producen por oposición
a lo religioso o cualquier institucionalidad en nuestros contextos.
Vale
puntualizar respecto al personaje Capi Luna, suerte de militar venido a menos, quien
presume de sus dotes masculinas y es representado con un pene pronunciado, que
devela los instintos más bajos ocultos en una clase que ostenta poder. En un
momento del film entran todos a una discoteca y éste queda prendado del Ángel
Exterminador, quien funge como bailarín y entra en un juego seductor con Capi.
Se tocan, se besan, y éste último dispara al otro dándole muerte, después de
haberle seducido. Intenta reivindicarse gritando públicamente como si hubiese
aleccionado a su amigo.
Cuando
le pregunto a Miguel qué importancia le concede a la agenda LGBT me dice que
para él es primordial en el Ecuador, donde justamente los procesos
colonizadores fueron los que, en muchas ocasiones, tergiversaron las
orientaciones homosexuales o de otra naturaleza en aras de una sociedad
normativizada y homogeneizadora. En cambio, es llamativo que casi ninguna de las
propuestas cinematográficas ni audiovisuales ecuatorianas, aborden este tópico.
Cine desde Ecuador y contra lo
latinoamericano
Blak Mama
no es una película para el ecuatoriano medio. Los paratextos, la configuración
de su trama y personajes, los sets donde éstos se desenvuelven, todo el
ambiente surrealista y barroquizante de la historia requiere del espectador una
mirada atenta, inquisitiva y con cierto background estético. Dentro de la
cinematografía nacional —tendiente al clásico
discurso sobre la precariedad, el trabajo orgánico de configuración de los
personajes, la utilización de sets ordinarios, y la ortodoxa manera de abordar
lo entendido por nacional como referencialidad cultural—,
Blak resulta sui-géneris por transgresora, multidisciplinaria, y sobre todo por
ir contra el cliché de lo latinoamericano. Explico las razones que me inducen a
este último planteamiento. En primer lugar no es una película con una
temporalidad lineal, y la mayoría de las propuestas del continente lo son; sus
personajes son híbridos, no tienen naturalezas estáticas, aspecto también poco
común en nuestras cinematografías; la confluencia de lenguajes artísticos diversos
(teatro, danza, performance) dentro de una misma historia; el uso de citas
filosóficas, literarias o hacia el propio cine nacional aparecen no sólo en
función de la reflexión crítica sobre determinados clichés, actitudes o
posiciones culturales, sino que va más allá; se emplaza en las aporías que el
proceso ecuatoriano entraña, tendiente a posicionar ciertos sujetos que aún se
sienten desajustados dentro de una historicidad que ha dejado latente la fuerte
tendencia a los desbalances clasistas, el racismo, la desigualdad económica y
de derechos, por sólo mencionar algunos aspectos notorios. El bucle recursivo
que se establece con la historia (local de reciclaje-festividad de la Mama Negra-viaje
al interior del volcán-“viaje a la semilla”) remite a una construcción social
siempre en cierne, que nunca termina de materializarse porque no admite sus
errores, no cultiva la crítica, no admite el disenso. Los personajes retornan
sin que se opere cambio alguno en sus endebles vidas, y sin sentir satisfacción
respecto a sus vivencias.
Es
curioso que la recepción nacional no haya sido la mejor; aunque al mismo tiempo
eso torna la pieza más convincente. Ello no significa que concuerde
íntegramente con el tratamiento de ciertas claves alusivas al lenguaje, que
podrían haber resultado más asequibles para un público heterogéneo. Si las
pretensiones de Alvear y Andrade hubiesen sido convocar masivamente a los
ecuatorianos la vertebración de un discurso con altos niveles de tropologización
no sería el recurso ideal para interactuar con el público, a quien le cuesta
sobremanera asistir al cine, y doble esfuerzo conllevaría que su elección sea
la película del patio. Al mismo tiempo ¿por qué seguir pensando que los autores
desean un intercambio con un público masivo? Esa masificación es justamente una
de las críticas que introduce la película. La paradoja del cambio como vehículo
de democratización social. Así como lo manifiesta Bambola cuando Blak la
alcanza en su persecución: “¡Yo necesito que pase algo, yo quiero que pase
algo!”.
El
lanzamiento del armario por parte de Blak, que termina en explosión, instaura
una crítica contra determinados aspectos y valores que continúan siendo un
óbice para materializar ese añorado sentido de lo nacional: religión, patrones
de género, libertad de expresión, polarización política; y, sin lugar a dudas,
no existe ninguna tendencia a que puedan transformarse en aras de un cambio
epistemológico que catapulte al ecuatoriano a otra realidad. La película
concluye con la desaparición de los personajes, después que la cámara los capte
desnudos y más adelante invisibilizados.
De manera particular Mosquera plantea en su texto
Contra el arte latinoamericano la posibilidad de reinventarnos sin angustias,
más bien aceptando que en todo proceso de sojuzgamiento hubo también una
asunción de nuestra mascarada como ejercicio de introducción de nuestra diferencia.
En algún momento señala:
el “What is Africa?” de Mudimbe aumenta cada
día su vigencia transferido a nuestro ámbito: ¿qué es América Latina? Entre
otras cosas, una invención que podemos reinventar. Ahora tendemos a asumirnos un poco más en el
fragmento, la yuxtaposición y el collage, aceptando nuestra diversidad y aún
nuestras contradicciones. El peligro es acuñar, frente a las totalizaciones
modernistas, un cliché postmoderno de América Latina como reino de la
heterogeneidad total […]
[8]
Y más adelante, el mismo autor se refiere a cómo se
ha transformado el discurso proyectado por los artistas latinoamericanos en las
últimas décadas:
Cuando en un viejo texto de 1996
decía que el arte latinoamericano estaba dejando de serlo, me refería a dos
procesos que observaba en el continente. Por un lado, la superación de la
neurosis de la identidad entre los artistas, críticos y curadores. Por otro, el
arte latinoamericano comienza a apreciarse en cuanto arte sin apellidos. En vez
de exigírsele declarar el contexto, se le reconoce cada vez más como
participante en una práctica general, que no tiene por necesidad que exponer el
contexto, y que en ocasiones refiere al arte mismo. Así, los artistas de
América Latina, como los de África o Asia, están exhibiendo, publicando y
ejerciendo influencia fuera de los circuitos ghetto […][9]
Blak Mama
propone algo similar dentro del ámbito cinematográfico ecuatoriano, —con
cierta renuncia a la posibilidad de ser aceptados por el público—,
intenta remover las fisuras de un proceso que se debilita en la misma medida que
enarbola cuestiones de identidad aún en construcción. Los imaginarios
ecuatorianos no forman parte de las reales pretensiones de estos personajes que
simplemente no saben su lugar en el mundo. Necesitan líderes que catalicen los cambios
deseados, no están a gusto con sus físicos, ni saben cuál es su destino,
tampoco qué los conmina a participar en la festividad. Sus vidas les resultan
miserables porque no saben en qué medida es útil “exponer su contexto” o diluirse
cual “un rostro en la muchedumbre”.
La película participó en la 55 edición de la
Bienal de Venecia en el 2013, después que fuera un fracaso de exhibición
nacionalmente, e incluso dentro de los festivales. El proceso de realización se
extendió ocho años (2001-2009) porque querían lograr un producto que se
apartara de los tradicionales personajes, escenografías y vestuarios, amén de
los escasos recursos con que contaban. Sin embargo, un film como Sin muertos no hay carnaval (2016), de
Sebastián Cordero, participará durante el 2017 en la 89a. Edición de los
Premios Oscar, y los que pudimos apreciarla con sentido crítico somos
conscientes de que sólo se trata de una propuesta que aborda un tema álgido
para los ecuatorianos: las “invasiones”, como consecuencia de la venta ilegal y
las subsecuentes y criminales expropiaciones. En cambio, es un material con
muchos vacíos en el guión, en la fuerza expresiva de sus personajes, relamida;
que evidentemente buscó cuidar la
factura pero descuidó la energía dramática que validaría el alcance real de uno
de los dramas más candentes del Ecuador.
Varias interrogantes se me antojan
respecto al cine ecuatoriano en este momento. ¿Qué parámetros se toman como
referentes en la situación actual para valorar la calidad de una película
nacional? ¿Qué validamos cuando se propone a Sin muertos no hay carnaval como nominada al galardón internacional
y la Bienal de Venecia elige a Blak Mama
para ser exhibida en sus predios? Si como señala la crítica un film como Ratas,
ratones y rateros marca un antes y un después dentro del cine local es porque
su trama resultó convincente; porque de algún modo activó una reflexión cínica
sobre lo que es el ecuatoriano. Por tanto, tenemos una deuda pendiente con
Blak, y se trata de una deuda onerosa, lograr que el ecuatoriano medio, en
primer lugar, desee sentirse reflejado en una obra tal cual es, y en segundo,
que tenga la capacidad, el nivel cultural, las herramientas personales, para
sentir que crece cuando hace balance de sus errores y no cuando los olvida o encubre.
Referencias bibliográficas
Alfano, Jorge
(2002): Espiritualidad andina. El sendero
del corazón. Iniciación dentro del conocimiento ancestral. Buenos Aires:
Kier. 2003.
Jiménez, José
ed. (2012): Una teoría del arte desde
América Latina, España, Turner, 2012.
Mosquera,
Gerardo. “Contra el arte latinoamericano”, 14-15. Consultado en
http://ccemx.org/archivovivo/wp-content/uploads/2012/08/contra-el-arte-latinoamericano-short.pdf
Mosquera, 15-16
Nietzsche,
Friedrich.
Así hablaba Zaratustra. Barcelona:
Plutón Ediciones. 2013.
Oyarzun, Pablo. “La
cifra de lo estético: Historia y categorías en el arte latinoamericano” en Una teoría del arte desde América Latina.
España: Turner. 2012, 95-96.
Rimbaud, Arthur.
Cartas del vidente. http://www.biblioteca.org.ar/libros/153514.pdf
Sarduy, Severo. La simulación, Caracas: Monte Ávila
Editores. 1982.
[1]
Amalina
Bomnin es docente de la Universidad de las Artes, Guayaquil, Ecuador
amalina.bomnin@uartes.edu.ec. Este
artículo ha sido cedido por la autora para el blog. Antes ha sido publicado en Revista de
cine Fuera de campo. Dossier Pensar el cine en América Latina. Volumen 1/Número
3/enero 2017 Uartes Ediciones pp. 58-70, Guayaquil, Ecuador
[2]
Pablo Oyarzun, “La cifra de lo estético: Historia y categorías en el arte latinoamericano”,
en Una teoría del arte desde América
Latina (España: Turner, 2012), 95-96.
[3] Severo
Sarduy, La simulación (Caracas, Monte
Ávila Editores, C. A., 1982), 19
[4] Arthur
Rimbaud, Cartas del vidente. Georges
Izambard, 1871-05-13, Charleville, Biblioteca virtual universal.
[5]
Friedrich Nietzsche, Así hablaba
Zaratustra (Barcelona: Plutón Ediciones X,2013), 81.
[6] Fisfitilla
es un término usado en la región Sierra ecuatoriana para referirse con sentido
peyorativo a las mujeres, y significa pilla, zorra, perra.
[7]
Jorge Alfano, Espiritualidad andina. El
sendero del corazón. Iniciación dentro del conocimiento ancestral (Buenos
Aires: Kier, 2003), 82-83.
[8] Mosquera,
“Contra el arte latinoamericano”, 14-15.
[9]
Mosquera, “Contra el arte latinoamericano”, 15-16.
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