¿Qué es la participación estética?
Arnold Berleant
Conoce los distintos planteamientos de la filosofía clínica, del concepto de dolor, sexualidad, arte, política, ciencia y estética a través de los textos clásicos de la filosofía y otros autores contemporáneos. Este blog se edita en Caracas, Venezuela (UCV) y en Guayaquil, Ecuador (UArtes).
Arnold Berleant
La estética se encontró en un aprieto y, por un tiempo, se obsesionó con el problema de definir el arte que había excedido con mucho sus límites acostumbrados. Además, las maneras tradicionales de caracterizar la experiencia apreciativa, en particular una actitud contemplativa y distanciada unida al desinterés kantiano, parecían inapropiadas e irrelevantes para el mundo del arte que había emergido. Fue en este contexto que la atención comenzó a desplazarse, para algunos teóricos, desde un enfoque en el objeto artístico —que pasó a denominarse con el término asumido «obra de arte»— hacia la experiencia apreciativa del arte. En una serie de artículos y libros iniciados a mediados de la década de 1960, el filósofo estadounidense Arnold Berleant comenzó a desarrollar una explicación teórica que pudiera acomodar estos desafiantes desarrollos en las artes contemporáneas. El concepto central que emergió en esta indagación fue la idea de «engagement», más tarde especificada como «participación estética». La participación estética se convirtió en el concepto central de una estética que surgió como alternativa al desinterés estético que era central en la teoría estética tradicional.
La participación estética rechaza el dualismo inherente a las explicaciones tradicionales de la apreciación estética y epitomizado en la estética kantiana, que trata la experiencia estética como la apreciación subjetiva de un objeto bello. En cambio, la participación estética enfatiza el carácter holístico y contextual de la apreciación estética. La participación estética implica una participación activa en el proceso apreciativo, a veces mediante acción física manifiesta pero siempre mediante una implicación perceptiva creativa. La participación estética también devuelve la estética a sus orígenes etimológicos al subrayar la primacía de la percepción sensorial, de la experiencia sensible. La percepción misma se reconfigura para reconocer la actividad mutua de todas las modalidades sensoriales, incluida la sensibilidad cinestésica y somática en sentido más general.
El concepto de participación estética, entonces, epitomiza una estética holística y unificada en lugar del dualismo del relato tradicional. Rechaza las separaciones tradicionales entre el apreciador y el objeto artístico, así como entre el artista y el intérprete y la audiencia. Reconoce que todas estas funciones se solapan y se fusionan dentro del campo estético, el contexto de la apreciación. Las separaciones y oposiciones habituales entre las funciones de artista, objeto, apreciador e intérprete desaparecen en la reciprocidad y continuidad de la experiencia apreciativa. Así, ya no es necesario mantener la ficción que convierte funciones diferentes en entidades opuestas. Se convierten en aspectos del proceso estético más que en objetos o acciones discretas, y la experiencia apreciativa se vuelve perceptivamente activa, directa e íntima. La participación estética reconoce que la belleza, o el valor estético en sentido más amplio, no reside en el objeto ni en el perceptor, sino que es más bien la característica principal del proceso recíproco de participación perceptiva entre apreciador y objeto.
Entendida de esta manera, la participación estética es un concepto valioso para comprender y apreciar los desarrollos recientes. Al mismo tiempo, reaviva nuestra experiencia de las artes tradicionales. La participación estética tiene un efecto transformador cuando se aplica a la pintura de paisajes y al retrato neerlandés del siglo XVII, al canon clásico de la música, a la poesía y a la novela, así como a las artes modernas. Además, la participación estética se presta particularmente bien al amplio interés por la estética ambiental, donde la participación ofrece una descripción más apropiada de la apreciación ambiental que ha descendido de la distancia contemplativa de una perspectiva escénica a caminar por un sendero boscoso o remar por un arroyo serpenteante. La participación estética también resulta útil para el interés aún más reciente en la estética de lo cotidiano donde, de nuevo, el modelo kantiano de contemplación desinteresada se vuelve irrelevante.
La cuestión central ahora no es la diferencia entre arte y no‑arte sino entre lo estético y lo no estético. Tanto por su valor teórico para acomodar innovaciones artísticas, por su capacidad para abarcar desarrollos en la apreciación estética que se extienden a la vida y la actividad ordinarias, como por su capacidad para proporcionar una teoría unificada de las artes y de la apreciación estética de la naturaleza, la participación estética ha demostrado ser particularmente útil. Lo que se necesita ahora son estudios específicos de las artes y otras ocasiones de valor estético que demuestren su capacidad para iluminar la experiencia de la apreciación.
Arnold Berleant ab@contempaesthetics.org
Arnold Berleant es profesor de Filosofía (emérito) en la Long Island University (EE. UU.). Su trabajo abarca estética, las artes, ética y filosofía social, y ha dado conferencias y escrito ampliamente en estas áreas, tanto a nivel nacional como internacional. Berleant es autor de numerosos artículos así como de ocho libros sobre estética, las artes y, especialmente, la estética del entorno. También es el editor fundador de esta revista.
Publicado el 30 de diciembre de 2013.
Las Redes Sociales Vegetales
y la participación estética de Arnolt Berleant
David De los Reyes
La participación estética transforma la relación
humano‑vegetal: no es mirar plantas, sino entrar en una experiencia recíproca,
sensorial y ética que despierta conciencia ecológica y prácticas de cuidado.
La noción de participación estética formulada
por Arnold Berleant desplaza la atención desde el objeto aislado hacia un campo
de percepción donde apreciador y entorno se co‑constituyen; la experiencia
estética se vuelve activa, corporal y contextual, y el valor estético emerge en
la reciprocidad perceptiva entre humanos y no humanos. Integrar esta idea en un
proyecto de Redes Vegetales Sociales significa concebir las plantas y sus
hábitats como agentes perceptivos que invitan a la inmersión: el paseo
por un sendero, el tacto de una hoja, la escucha del viento son prácticas
estéticas que reconfiguran la atención y fomentan una ética del cuidado.
La estética ambiental contemporánea reclama ampliar la
sensibilidad hacia lo cotidiano y lo no‑escénico; Yuriko Saito subraya la
necesidad de cultivar una alfabetización estética que reconozca el valor de
paisajes modestos y prácticas diarias, desplazando la preferencia por lo
espectacular hacia la apreciación de la salud y la sostenibilidad de los
ecosistemas. Esta orientación permite que las Redes Vegetales Sociales no
compitan por la mirada sino que transformen hábitos perceptivos, enseñando a
ver la riqueza en lo aparentemente ordinario y a valorar funciones ecológicas
invisibles.
La dimensión somática —trabajada por la tradición de
la somaestética— aporta herramientas prácticas: entrenar la sensibilidad
corporal (respiración, postura, ritmo) intensifica la percepción del mundo
vegetal y convierte la experiencia en una disciplina de atención que mejora
tanto la apreciación como la acción ecológica. En la práctica, esto se traduce
en ejercicios de caminata lenta, sesiones de escucha vegetal y talleres de
respiración en comunidad junto a parches verdes que aumentan la conciencia
somática y la empatía ecológica.
Una toma de conciencia ecológica profunda exige,
además, aceptar la interdependencia y la complejidad de los sistemas vivos: la
estética participativa no es neutral; es política y ética, porque al
transformar la percepción transforma también las prácticas —desde el cuidado
cotidiano hasta la gobernanza compartida de espacios verdes— y abre paso a
formas de pertenencia que sostienen la vida.
Propongo que las Redes Vegetales Sociales articulen
prácticas concretas que conviertan la teoría en experiencia: rutas
coreográficas que modulen velocidad y contacto; nodos de escucha que
amplifiquen sonidos vegetales; estaciones táctiles que inviten al
contacto respetuoso; y jornadas de cuidado colectivo que combinen
trabajo y reflexión estética. Estas prácticas transforman la estética en
pedagogía ecológica: percibir, cuidar y pertenecer se vuelven actos
inseparables.
Si la estética deja de ser contemplación distante y se
convierte en participación, las ciudades y los territorios pueden
reconfigurarse como redes sensibles donde la experiencia estética es también
una práctica de supervivencia y de justicia ecológica; las Redes Vegetales
Sociales, así entendidas, son laboratorios de percepción y de política
ambiental que enseñan a vivir con plantas, no solo a mirarlas.
Notas
Bibliografía (formato Chicago Deusto)
Berleant, Arnold. What is
Aesthetic Engagement? Contemporary Aesthetics 11 (2013).
Berleant, Arnold. The
Aesthetics of Engagement. (ediciones y artículos recopilados).
Saito, Yuriko. “Future Directions for Environmental
Aesthetics.” Environmental Values 19 (2010): 373–391.
Saito, Yuriko. “The Aesthetics of Unscenic Nature.” The
Journal of Aesthetics and Art Criticism 56, no. 2 (1998): 101–111.
Saito, Yuriko. The Significance of Environmental
Aesthetics. Rebus Press; introducción y síntesis.
Estética del recalentamiento en las Redes Sociales Vegetales, exceso y colapso en el Antropoceno
David De los Reyes
Nuestra imagen de la colección de mis Redes Sociales Vegetales (@ddlr2025) nos lleva a relacionarla con diversas ideas por las que estamos sobrellevando nuestro día a día que, muchas de las veces, no tenemos consciencia de ello, o no queremos tenerla, y preferimos borrarlas o invisibilizarlas de nuestro mundo. Esta imagen para mí presenta, en su estructura más inmediata, una constelación de intensidades más que un intento de representar un objeto con identidad fija reconocida. No hay aquí una oscilación que se estabilice, sino una multitud de líneas, manchas y flujos prolongadas que pretenden oscilar, como foto intervenida, entre lo orgánico y lo digital, entre la vibración vital y la saturación técnica. La oscuridad presente del fondo no se anuncia como vacío, sino como una manta densa de la que parten fragmentos rosados, blancos y verdes que estallan, se expanden, se destilan a un supuesto vacío que no lo es. La experiencia visual no exige contemplación pasiva, sino casi una mirada térmica: uno no “ve” la imagen, la mirada es travesada por un halo de calor y ruido espacial.
Nuestra intensión, de este gesto visual formal, me permite referir la obra sobre el horizonte del Antropoceno, no como una consideración que se apoya en un argumento científico, sino como un volumen que contiene una transformación estética radical. Lo que se deshace en la imagen no es solo un cuerpo imaginario, sino la posibilidad misma de una naturaleza estable. Ya no hay “paisaje”; solo procesos. Ya no hay figura; solo modulaciones intensivas.
Por tanto, la imagen puede leerse como una narrativa que se relaciona como una inscripción visual del recalentamiento global. Pero no en el nivel de una imagen del atiborrado y asfixiante realismo fotográfico denunciante (no hay fábricas, ni humo, ni ríos contaminados, islas de plástico en medio del océano, ni glaciares derritiéndose), sino persigo un nivel más matizado: como desorganización de la constitución atómica bajo un régimen energético excesivo. El rosa saturado —que podríamos relacionar con carne, coral o flor— aparece aquí excedido, redimensionado, casi en estado de combustión. No es vida imaginaria representada, sino vida trasladada al límite de su propia estabilidad en perpetuo cambio. Aquí resulta pertinente evocar a Bruno Latour cuando afirma: “Ya no vivimos en la naturaleza, sino en una zona crítica donde la acción humana interfiere con todos los procesos de la Tierra¹”.
La imagen nos proyecta, precisamente, a una “zona crítica”: un espacio donde ya no es posible separar lo natural de lo artificial. Las líneas parecen a la vez arterias, cauces de corrientes marinas, mapas isotérmicos y errores digitales (glitch). Una totalidad que se nutre de la ambivalencia que no es un efecto estético superficial, sino el sello de una mutación ontológica: la Tierra ya no es sustrato basal, sino un cuerpo inestable, radicalmente mutado por la técnica en expansión y dominio de todo espacio posible.
Desde otra perspectiva, podría alegarse que la imagen hace visible lo que el filósofo Timothy Morton denomina hiperobjeto. El cambio climático, según Morton, no es fantasía y afirmación de un cuento de ciencia ficción futurista, es más real que el aire que respiramos, pero no nos percatamos directamente de su existencia en su totalidad; se distribuye en múltiples manifestaciones fragmentarias: “El cambio climático es un hiperobjeto: algo tan vasto en escala temporal y espacial que trasciende la localización²”.
Lo que vemos en la esta imagen no es una representación del cambio climático en sí —lo cual, de por sí, sería imposible—, sino algo más simple y complejo a la vez, es una traducción sensible de su excedencia. La distensión, la saturación cromática, la pérdida de centralidad compositiva: todo ello son matices perceptivos de una situación que excede nuestra escala. La imagen no intenta mostrar el fenómeno; pretende intensificar su percepción.
Hay, además, un elemento interesante a reseñar: el desvanecimiento del horizonte en mi intervención fotográfica. Tradicionalmente, una fotografía (o pintura paisajista o realista), organiza la experiencia mediante una línea de separación entre cielo y tierra, entre distancia y proximidad. Aquí esa estructura está ausente. Todo está lo he puesto como si estuviera al frente nuestro, todo choca contra la superficie. Este enquistamiento espacial lo puede interpretar como una metáfora del presente ecológico: ya no hay distancia desde donde observar la catástrofe; estamos inmerso en ella. En este contexto, mi obra también pudiera dialogar con la visión de Donna Haraway sobre el fin de la nostalgia natural: “No hay retorno posible a la naturaleza; solo podemos aprender a vivir con el problema³”.
Lo que muestra esta obra no es la ausencia y disolución de la naturaleza como lamento, sino la aparición de otra condición ineludible: un mundo en el que lo vivo continúa sin nosotros, pero transformándose, mutándose, irrigándose por flujos que ya no le pertenecen exclusivamente. Las formas teñidas de rosado podrían evocar un coral o un tejido biológico aparecen contaminadas y tocadas por líneas que recuerdan a circuitos, a interferencias técnicas en vibraciones entrecruzadas. No hay pureza posible, solo hibridación.
Bajo esta afectación visual estética, esto implica un ciclo fundamental: el calentamiento global no solo afecta al mundo de nuestro entorno inmediato, sino también a como percibimos y representamos. Como hemos podido notar, las convenciones de la belleza clásica, ligada a la armonía y al equilibrio, son insuficientes. Aparece, en cambio, una estética del exceso, de la saturación, de la vibración sin reposo. Podríamos hablar —siguiendo una intuición deleuziana— de una imagen intensiva, donde lo que importa no es la forma sino la fuerza.
Gilles Deleuze, en su reflexión en torno a la pintura de del artista inglés Francis Bacon, señalaba que el arte no representa nada, sino que su mejor opción es hacer visibles fuerzas invisibles⁴. Esta afirmación resulta determinante aquí: la imagen no tiene ninguna intención de describir un paisaje ecológico, sino en hace perceptible la fuerza abstracta del recalentamiento —su presencia, su inestabilidad, su carácter invasivo, en apariencia invisible, pero total.
En tal sentido, la obra no es tanto una denuncia, no pretende mostrar una realidad afectada de nuestro entorno inmediato sino es, más bien, presentada como una experiencia. Nos coloca ante un foco perceptivo donde la estabilidad ha desaparecido. La vibración permanente, la fragmentación de las líneas, la saturación cromática, todo el conjunto producen una sensación de exceso que no permite serenidad. Es como si el propio plano fotográfico estuviera afectado por un aumento de temperatura invisible.
Para finalizar, creo que es importante señalar un rasgo integrado: la dialéctica entre creación y destrucción. Las formas parecen estallar, pero también generarse, una suma de contrarios que se complementan y se dinamizan en su absorción mutua. Hay algo floral en la expansión rosada, pero también algo violento, casi explosivo. Esta ambivalencia es esencial para pensar la crisis ecológica contemporánea: no se trata simplemente de un fin, sino de una transformación irreversible de los regímenes de existencia a los que hemos estado habituados como especie.
Mi intención con esta intervención fotográfica, en este sentido, no es mostrar un apocalipsis, sino algo más turbador: un mundo que sigue su devenir, pero en condiciones radicalmente transformadas, donde lo vivo, si persiste, se encuentra en un estado de tensión dinámica permanente. No hay quietud, ni estabilidad, no hay equilibrio, no hay retorno. Solo intensidades vibrátiles en transformación continua.
Notas:
Referencias bibliográficas:
Deleuze, Gilles. Francis Bacon: lógica de la sensación. Madrid: Arena Libros, 2002.
Haraway, Donna. Seguir con el problema. Bilbao: consonni, 2019.
Latour, Bruno. ¿Dónde aterrizar?. Madrid: Taurus, 2018.
Morton, Timothy. Hiperobjetos. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2018.