Sobre narcoestética
David De los Reyes
Territorios ocres y verdes vegetales
RSV/DDLR2024
La narco-estética no es
mal gusto, es otra estética, la del nuevo riquismo prometido por el
capitalismo.
Omar Rincón. Narcocolombia
¿Por qué hablar de una estética de la extravagancia?
Es el término como ase han referido a los gustos y maneras, costumbres y
posesiones que se encuentran dentro de este ambiente de prosperidad
ilícita. La cualidad de llamar la atención y el reconocimiento ante los
demás a partir de ser, en el conjunto de su vida, llamativo, poseer de lujos,
ser poseedor de lo que está fuera de lo común de las personas y tener gastos
exorbitantes, que se muestran como inusuales y exagerados. Propio de ellos fue
gastar constantemente en finas vestimentas demarca, en accesorios de lujo y de
una serie de detalles sofisticados que aspiran tener, por lo llamativo de
sus vidas, la distinción social con la cual aspiran ser reconocidos. Se piensa
tener un estilo y personalidad original, pero también puede verse como un
derroche innecesario y formas de ostentación.
Esta estética de la extravagancia, si bien se
muestra como una condición de exageración y un destacarse por el llamar la
atención, poseer lujos inusuales en torno a lo que les rodea. Con ella se
persigue, directa o indirectamente, en mostrar signos de la riqueza adquirida,
esgrimiendo una persistente opulencia. Presente en los objetos que visten y con
los que conviven, que van de los vestidos, diseños caros de firma, joyas finas
de oro y piedras preciosas, como también en la elección de la decoración que habita.
Lo llamativo de esto nos muestra su uso de los tonos de colores intensos y
brillantes, siempre alusivos a dorados, plateados, el púrpura, el rojo y el
azul real. A esto se incluirán encajes y bordados de tamaño exagerado. Colores
y detalles que despiertan una sensación de lujo.
No menos en el tipo de construcciones en que
habitan, que se destacarán por su tamaño y proporciones exagerados. Además de
lo excesivo en los elementos y detalles que combinan de forma exagerada, una
manera inusual para crear una apariencia de soberbia, posesión y exhibición de
riqueza. Proporcionando una expresión personal audaz y segura que los hace
destacar, buscando ser diferentes y únicos en su expresión y posesiones
personales.
Luego se darán cuenta que más que mostrarse bajo el
teatro de lo excesivo, se buscara cierta simplicidad y austeridad en sus modos
de vida, como el no llamar la atención, de modo pasar desapercibidos en
cualquier ambiente en que se encontrasen.
Bajo estas premisas surge toda una estética del
narcotráfico suramericano, siendo, en primera instancia, una representación
visual y cultural de lo exagerado que se dará en diferentes plataformas
artísticas en tanto tema a descifrar, no menos que la música con el género del
narcocorrido, como ha sido su presencia en la literatura, en el cine y en otros
medios de comunicación. Se busca mostrar en la percepción de esta estética
latinoamericana un glamour y una ostentación, pero que no deja de enseñar sus rasgos
de peligrosidad de la condición del narcotraficante; vidas de lujos que algunos
llevan, pero que también termina delatándolos.
Por otra parte, encontramos que glorificación
social dentro de determinados estamentos llevan a que emerja como un
santo carismático que convierten, al capo, en un Santo para una iglesia tribal
dentro del submundo en consenso emocional de intereses individuales y de grupo.
Son prácticamente transliterados casi en una deidad pagana que
le sirve de vector referencial para muchos miembros de una población marginal.
Y para el movimiento musical industrial de las expresiones del narcocorrido
vienen a ser intermediarios, mediadores que proveen una constelación de
significados, notas, hechos, acciones que alimentan esta estética de lo
narco-tribal.
Por esto último se puede hablar de su condición de
actividad ilegal y arriesgada, esta fascinación estética de este narco glamur
del exceso, no deja de ser una influencia dañina y peligrosa por todas las
implicaciones que emergen en la sociedad.
Así lo ha visto el investigador y periodista
colombiano Omar Rincón, al referir que lo narco no es sólo un tráfico y un
negocio; sus actividades no dejan intactas a los gustos comunes y populares
donde se instalan. Una estética que va a imbricarse y tejerse cerradamente con
la historia de Colombia (como antes lo ha hecho con México). El narcotráfico ha
construido su propio mundo, y han instaurado sus propios valores en todos los
entornos en que se han aposentado sus actividades. Sus manifestaciones están presentes
en la música, en el lenguaje (jergas comunes), programas y series de
televisión, filmes, literatura y arquitectura. El referido Rincón es de los que
habló de una narcoestética ostentosa, exagerada,
grandilocuente, que se distingue por la adquisición de autos caros, siliconas y
fincas, junto a la atracción de mujeres hermosas que se visualizan mezclándose
con la virgen y la madre. Este escritor no las define como de mal gusto,
si no que surge del mismo gusto de la idiosincrasia y cultura popular del
colombiano. Al venir de comunidades desposeídas que sacan la cabeza a la
modernidad, se encuentra que con el dinero les cambia sus posibilidades y
posesiones de existir en el mundo[1].
Respecto a lo narco. Los capos son tratados por los narcorridos a través de construir un mito, se convierten en figuras míticas.
Se convierten en tipos sociales que permiten la aparición de
una estética afectiva común que vendrá a servir de receptáculo a la expresión
de un nosotros común sostenido por la presencia de la pieza musical en la
memoria de esta sociabilidad tribal.
La narcoestética, como bien ha dicho Omar Rincón, se
comprende desde una óptica moralista (de clase), o exhibicionista (por los
artistas) o como problema cultural (por los académicos) o como pecado nacional
(por los políticos). Pienso que se debe primero comprender como una realidad
que produce un gran excedente de capital y un beneficio inmediato para aquellos
que participan en él. Pero, sobre todo, sin dejar de apreciarlo como una
realidad cultural que, guste o no guste, que tengan buen o mal gusto estético,
no deja de crear un cerco seductor que entibia su rechazo y atrae con su
introyección presencial en todos los ámbitos de la cultura contemporánea
latinoamericana. Se crea toda una mitología entorno al narco y su organización
muy asociada a la antigua condición romántica y atractiva del mito del hampa,
propia de lo señalado como la musa del hampa.
Este estudioso del fenómeno, el periodista Rincón, advierte que el
gusto narco es el gusto del capitalismo en su mejor condición. Es un pase para
la valoración de la vida a través del fetichismo del dinero, del hiperconsumo y
toda una moral del narco arriesgado dentro del dominio de un mercado ilegal. Es
buena parte de la consciencia del capitalismo regional que impone una antiética
y cultura del exceso, de la fuerza, del terror y del crimen. Y advierte que el
narco no es un solo país, como pudiera ser el caso de Colombia, ¡por supuesto
que no! Pero el capitalismo requiere de la aceptación y la apertura de sus
mercados y su producción para adentrarse en cualquier territorio. De esta forma
podemos comprender que desde esta óptica que el capital no tiene
nacionalidad, y su entramado surge dentro de los mismos valores y símbolos que
nos han permeado a nuestro ser en tanto existentes en una época narco.
El paradigma narcoestético viene a experimentarse y
sentir en tanto comunión de la persona en la medida que sólo vale en cuanto se
relaciona con los demás imponiendo se condición de permitirse existir en el
espíritu de los demás. No es una estética que se construye contractualmente, al
estar asociado con otros individuos, sino que nos adentramos en ella en la
medida que participamos de al exhibir y prodigar todo o que incluye su entorno
de exceso, es aceptar el mito narco, junto a sus implicaciones jerárquicas de
poder. Es la entrada de una buena estratificación del hombre del pueblo en el
juego del capitalismo, primero regional, luego nacional y últimamente global.
Es la muestra de una épica epocal del ideal individualista intrínseco al
capitalista del hombre hecho a sí mismo, el corrido por los
territorios del peligro en las siete leguas del mundo. Y con el
narcocorrido puede el narco sentir la plena satisfacción de su postura ante el
mundo. Revela su aventura y riesgo, la épica vivida a través de todo medio
posible, es decir, primeramente, en su entorno inmediato donde habita, pero
sobre todo por los medios que expande su condición a una velocidad inmediata en
la medida que se producen los hechos para su reconocimiento social:
en las redes digitales, en la música como sabemos, y también en la
arquitectura, las fiestas y el hiperconsumo de lujo, gustos con
los que se identifica plenamente.
Visto en una dimensión macro regional observamos una
condición afirmativa de todo este tejido que construye el negocio del
narcotráfico latinoamericano. Este infernal negocio nos presenta una
cualidad positiva en su instalación a nivel global. Es una industria que puede
casi afirmarse que es la mejor y más cuidad organización integral regional e
internacional. A partir de unos países productores y distribuidores (Colombia, Perú, México,
Bolivia) que son la cabeza de exportación por donde circulan sus
productos (países de Centroamérica y ahora también Ecuador), por otros circulan
para su venta y consumo (como Estados Unidos Europa, principalmente España,
Francia e Italia, entre otros como mercados prioritarios), que satisfacen una
alta demanda de esos productos en los países desarrollados del norte, pero que
en el reparto de las ganancias, a la final ganan, quienes realmente se lucran
son pocos. Una situación que no busca legalizar tal comercio pues el gran
negocio es mantenerlo en el marco de la ilegalidad, entre las sombras de la realidad. Empresa que vendrá a
finalmente invertir en ciencia y tecnología para sus fines. Organización que
crea una extensa ccultura de consumo que moviliza a la economía formal actuando
por detrás de las bambalinas. Todo ello pudiera ser un conjunto de
elementos para que expertos en comercio mundial lo estudien en tanto buna
práctica imitar para una mejor y exitosa integración latinoamericana y
su presencia a escala de mercados y globalización, y adentrarse en el sueño
mundial de nuestra condición del sueño capitalista, centrando al mundo como un
único mercado. Visto así, hasta ahora en nuestros territorios nadie viaja e
integra mejor que lo narco y los narcos.
Podemos afirmar entonces que es importante reconocer
al narcocorrido como la expresión de una población, de una situación, de una
realidad presente para nada ausente es adentrarnos a mirar en el espejo del
alma de los hombres que forman parte de un drama internacional y, ahora,
nacional. En los años 70 del siglo pasado, se cantaban canciones que
reivindicaban la opción de un cambio social ante las injusticias crecientes en
un mundo que se basa, buena parte de él, en el pillaje sistemático. Tales temas
estuvieron prohibidos en muchos medios y en espacios culturales y público de
todo tipo. El estatus quería ocultar lo que expresaban las letras de esas
canciones. Los narcocorridos en las naciones epicentro de esas multinacionales
del tráfico de estupefacientes también siguen sufriendo las mismas
consecuencias de tales cantos de denuncia, información, gestas, épicas y modos
de esa cultura narco. Convirtiéndose en un drama no sólo nacional sino
internacional para las naciones. Aunque los temas y la música del narcocorrido
tengan una factura popular y kitsch, ramplona y burda, cumplen con una estética
realista en contar y narrar lo que para muchos viene a ser un núcleo de
identidad tribal de vida. Moralmente se pueden objetar y mantener su censura,
pero pienso que hay que escucharlas porque nos están mostrando una parte de la
realidad con la que debemos compartir todos los días, sin una respuesta certera
a ese drama de la perpetua violencia urbana en nuestro efímero presente.
Estas propuestas vendrán a sonar simultáneamente
con las que encontramos en el grupo de investigadores de Narco.Colombia,
que buscan son sus proyectos de instalación y obras artísticas
cuestionadoras, el inducir a una especia de catarsis al revelar para los que
estamos conscientes de esta realidad social, nuestra alma narco, vislumbrando,
desde un prisma estético y ético, que sí hay un gusto narco que se imbrica y
extiendo el mismo que aporta internamente el espíritu capitalista, pero no
menos también el que encontramos dentro de los regímenes del capitalismo
salvaje de los socialismos del siglo XXI latinoamericano.
De esta forma afirma Rincón que: “Trump, Bolsonaro,
Bukele, Berlusconi, Uribe, Chávez, Zuckerberg, Bezos, Maluma y siga listando…
No son narcos, pero habitan los valores de la narco-cultura y expresan en sí
mismos y en sus modos de actuar la narco-estética. No es la estética
colombiana, es la del capitalismo”. Pudiéramos añadir a Daniel Ortega, Nicolas
Maduro y su corte, como también al isleño tropical del Caribe Miguel Díaz Canel.
Sin olvidarnos incorporar al más representativo de todos, el mexicano Andrés Manuel
López Obrador, alias AMLO. Ver Omar
Rincón: Narco.estética y narco. cultura
en narco.colombia. Rev. Nueva Sociedad. Nº 222, julio-agosto 2009. Ver en: https://nuso.org/articulo/narcoestetica-y-narcocultura-en-narcolombia/ Visitado el 18 de septiembre de 2023.